Una noticia empezó a circular por París: «¡Montalbo se casa!...». Y las
damas que guardaban recuerdos de su intimidad con el escritor pedían
detalles a sus tertulianos sobre el pasado de aquella señorita Soudré.
Algunos la creían una jovenzuela sin otro atractivo que el de su
frescura juvenil, que había tentado al viejo autor. Otras, presintiendo
su malicia, admiraban la habilidad con que había sabido envolver a un
hombre que se tenía por psicólogo infalible. En las reuniones de
escritores jóvenes se hacían comentarios insolentes sobre la edad del
maestro y de su novia, envidiando el porvenir de Crovetto.
El único que encontraba esta unión natural y lógica era Montalbo. Ya no
llamaba a la gloria «el sol de los muertos». Reconocía en ella la fuerza
de esos astros que comunican su energía incandescente a los cuerpos
obscuros, atrayéndolos con una energía irresistible y obligándoles a
girar en torno a ellos. El maestro, como observador célebre, era incapaz
de engañarse en la apreciación de su propia personalidad. Sabía de
sobra que no era joven, y una mujer de pocos años sólo podía aproximarse
a él empujada por la gloria. Pero él se llamaba Montalbo, y tenía
derecho a exigir, junto a la puerta de la vejez, los consuelos del amor,
a los que renuncian en igual período de la vida los hombres del vulgo.
Soudré mostraba prisa por ultimar los preparativos oficiales del
matrimonio. Tal vez tenía miedo a que el maestro, reflexionando de
pronto como un simple burgués, se arrepintiese de la aventura. Cuando se
ocupaba en fijar la fecha de la ceremonia y había deslizado en los
periódicos varios «ecos» indiscretos revelando el próximo
acontecimiento, para cortar de este modo toda retirada a Montalbo,
empezaron a surgir molestias.
La hija del grande hombre, que aguardaba pacientemente su vejez y su
renuncia a las aventuras pasionales para ir a instalarse en su casa,
sugiriéndole el amor a los nietos, se indignó al enterarse del próximo
matrimonio. Y como la exuberancia de su carácter le hacía ser en
determinadas ocasiones tan violenta como su padre, envió a éste una
carta para decirle que siempre le había considerado igual a un niño y no
extrañaba que se dejase engañar una vez más por la primera mujer que le
salía al paso.
Avisado el hijo por un telegrama de su hermana, escribió también desde
Asia una carta lacónica, fría y triste, que era como un reflejo de su
carácter. Consideraba ilógica y disparatada la conducta de su padre,
pero a continuación le reconocía un absoluto derecho a hacer reír con su
casamiento al público de la tierra entera.
La vuelta de Crovetto a París consoló al maestro de tales ingratitudes.
¡Tratarle así sus hijos, cuando jamás había regateado con ellos,
dándoles cuanto dinero necesitaban!... Afortunadamente, estaba ahora
rodeado de su verdadera familia, constituida por las afinidades de la
voluntad y no por el azar del nacimiento. La amorosa Faustina, su
inteligente padre y aquel secretario entusiasta y fiel eran realmente
los suyos.
Pero también esta segunda familia le proporcionó inquietudes. Luigi no
parecía ya el mismo discípulo después de su ausencia. Guardaba igual
respeto admirativo al maestro, pero su adhesión era demasiado
silenciosa.
Permanecía el joven con la cabeza baja, malhumorado, evitando mirar al
grande hombre, contestando con gruñidos a sus palabras, rehuyendo toda
expansión. Cuando Faustina empezaba a hablar con el maestro, Crovetto
fingía inmediatamente un motivo para alejarse. En cambio, el escritor
veía muchas veces, a través de un gran ventanal de su biblioteca, cómo
el secretario se apresuraba a bajar al jardín apenas columbraba a
Faustina paseando sola por una de sus avenidas.
Soudré, en presencia de este joven, se mostraba poco comunicativo, y si
le era preciso hablarle, lo hacía con sequedad. Tal vez quería
establecer por anticipado la diferencia que debe existir entre el suegro
de un grande hombre y su secretario. Además, encontraba indudablemente
poco correcta esta afición a buscar a su hija apenas se alejaba de su
futuro esposo.
Iba llegando el invierno dulcemente. Las tardes eran frías en el jardín
de la casa de Passy. Por encima de sus árboles y los del inmediato
Bosque de Bolonia se veía descender el sol, de un color rojo cereza; un
sol velado por la neblina, que podía contemplarse de frente. Otras
tardes la bruma era más densa y el cielo tenía una lividez melancólica.
A pesar de la frialdad de las tardes, Faustina bajaba siempre al jardín,
aunque sólo fuese por media hora, y Crovetto encontraba pretexto para
abandonar su trabajo, yendo en busca de ella.
La continuidad de estas entrevistas y la inquietud que despertaban en
Soudré acabaron por llamar la atención del famoso observador, que
únicamente era ágil para observar lo que interesaba a los otros.
Al descubrir desde su biblioteca, sentados en un banco del jardín, a
Faustina y Crovetto, su memoria dio un salto atrás, sobre varias docenas
de años. Vio el Luxemburgo tal como era en otros tiempos, y sentados en
una avenida de dicho jardín a dos jóvenes vestidos ridículamente, con
arreglo a una moda ya olvidada: él y Matilde.
Tal recuerdo despertó en su pecho una sensación de angustia. Crovetto
era joven, como él lo había sido en aquellos tiempos; ¿qué estaría
diciendo a esta nueva Matilde?...
Tuvo celos. De pronto se vio marchando por su jardín lentamente, con
pasos cautelosos, evitando que las hojas secas se partiesen bajo sus
pies con chasquidos denunciadores. Un pequeño sendero le permitió llegar
hasta la espalda del banco ocupado por los dos jóvenes.
Crovetto hablaba, levantando el tono de su voz a impulsos de la cólera,
convencido de que únicamente podía escucharle ella en este rincón
solitario.
--Tengo celos; sí, tengo celos; no lo oculto... Tú le amas, a pesar de
tus negativas. Lo comprendo: es célebre en el mundo entero... Yo lo
admiro, al mismo tiempo que lo odio; me ha causado un daño enorme, pero
no puedo dejar de creer en su grandeza. No me extraña tu
deslumbramiento. Ese hombre tiene la gloria.
¡Lo mismo que él! Su secretario hablaba con idéntica convicción que
había hablado Montalbo treinta y ocho años antes. La fe y la admiración
no habían muerto... Pero una risa irónica cortó sus reflexiones.
--¡La gloria!...
Y continuó la risa femenil por unos instantes:
--¿Qué me importa la gloria?... ¿Cómo conseguirá hacerme amar a un
hombre que puede ser mi padre... mi padre no; mi abuelo? Yo sólo te amo
a ti. Pero tú eres un visionario, un niño grande como él, y no puedes
entenderme.
¡Lo mismo que la otra! El maestro creyó ver ante sus ojos el rostro
melancólico de Matilde.
Pero Faustina seguía hablando. El pobre grande hombre adivinó que ella
acababa de tomar una mano del joven, acariciándola con protectora
suavidad. Al mismo tiempo había inclinado su cabeza hacia él como si
fuese a besarlo. Su voz era un dulce murmullo.
--¡No pongas esa cara! Deja que me case con Montalbo. ¿Qué pierdes con
ello? Viviremos bajo el mismo techo, y después...
¡Ay! Esto no lo había dicho la otra. Los años transcurridos eran de
progreso, y habían cambiado, sin duda, la mentalidad de la juventud.
Tuvo miedo de seguir escuchando, y caminó otra vez, pero
instintivamente, como si obedeciese a una orden misteriosa superior a su
voluntad. Ahora su movimiento era de retroceso. Su pecho angustiado se
dilató y su razón volvió a él según se iba alejando del banco.
De pronto sintió frío, lo mismo que si le envolviese una ráfaga de aire
glacial. Al mirar en torno, se dio cuenta de que no se movía una hoja de
los árboles ni un grano de polvo se había levantado del suelo.
El grande hombre pensó en sus novelas. Los innumerables personajes
creados por él le acompañaban siempre, rompiendo en los momentos
críticos de la existencia de su inventor las brumas del limbo en que
sobrevivían, como si fuesen a darle un consejo.
Supo de pronto qué papel debía reservarse para el resto de su existencia
entre los muchos que había atribuido a otros actores de sus relatos.
Sólo podía ser el viejo bondadoso y simpático de las novelas, el
patriarca risueño que tuvo una juventud borrascosa y en su ancianidad se
dedicaba a proteger y casar a los jóvenes.
Inmediatamente, con la visión rápida del imaginativo, admiró la grandeza
de su nuevo papel, amoldándose a sus exigencias. Le infundía miedo
acordarse de la risa seca de aquella muchacha, y al mismo tiempo no
podía alejarla de su lado. Continuaría amándola, pero de otro modo.
Vivirían los dos jóvenes bajo el mismo techo que él, como había dicho
Faustina; pero ella sería la esposa de su secretario. La juventud con la
juventud... ¡Y en cuanto al poder de la gloria...!
Otra vez sintió en torno a su persona aquel torbellino helado. Ahora se
movían levemente las hojas con la brisa fría del atardecer. Pero a él le
pareció que un huracán venido del Polo empezaba a soplar sobre París.
Necesitado de calor, miró hacia el sol.
Era igual a una oblea rojiza, y podía contemplarlo de frente sin
pestañear. ¡Un símbolo exacto de la gloria!...
Y reconoció que el astro invisible por cuyo fuego se baten los hombres
desde el principio del mundo, empleando la fuerza, la astucia o la
envidia, sólo podría ser para él en adelante «el sol de los muertos».