El comediante Fonseca

I

Conocí a Mariano Fonseca en un café de la Avenida de Mayo, donde se

reunían muchos actores y músicos españoles, venidos a los teatros de

Buenos Aires. Su pelo, teñido intensamente, le proporcionaba a veces la

afrenta de llevar en el rostro negros churretes que se esparcían por los

surcos de sus arrugas. Pero este tinte escandaloso le infundía al mismo

tiempo la certeza de que aún le quedaban largos años de vida para ser en

comedias y dramas el protagonista de mediana edad y caballerescas

acciones.

Sus compañeros de profesión no aceptaban esta juventud ilusoria. Sólo

los antiguos, los que eran en la escena «padres nobles» y podían

reclamar por sus años el papel de «barba», osaban tutear al célebre

Fonseca. Los demás, a pesar de la familiaridad que rige la vida del

teatro, le llamaban siempre don Mariano.

--Yo resulto poca cosa comparado con usted, doctor Olmedilla--me dijo

una noche--. Antes de ser comediante estudié el bachillerato allá en

Madrid, y me doy cuenta de que hablo con un médico de gran porvenir,

llegado a estas tierras por curiosidad aventurera, pero que algún día

obtendrá gran fama en nuestra patria. Por eso agradezco mucho que un

hombre tan «científico» se digne venir a un establecimiento como éste

para hablar con un pobre actor... Pero, aunque yo sea un ignorante

comparado con usted, me considero por encima de mis camaradas.

Y Fonseca, acodándose sobre el mármol, en una actitud que él deseaba

espontánea y hacía recordar la postura arrogante de un héroe de capa y

espada sentado en una hostería, miró con bondad protectora a los otros

hombres de teatro que ocupaban las mesas cercanas y parecían olvidados

de él.

--Ahora, doctor--continuó--, estoy en la decadencia. Reconozco que han

pasado mis tiempos. Además, este Buenos Aires, donde obtuve éxitos

enormes, ya no es para mí. Ha crecido demasiado aprisa, y los gustos

cambian. Ahora el público sólo quiere compañías lujosas, con muchas

hembras ligeras de ropa y mucha música. Nadie gusta ya de las obras en

verso y vamos siendo pocos los que sabemos declamar como en otra época.

Yo he sido célebre, doctor. Aún quedan criollos de mis buenos tiempos,

que viven en las afueras de Buenos Aires rodeados de sus nietos, y si

les habla usted de Mariano Fonseca le dirán quién fue. Por eso, sin

duda, sólo encuentro trabajo actualmente los sábados y domingos, para

representar obras antiguas, obras verdaderamente buenas, en algún pueblo

inmediato a la capital. Estos públicos sencillos y honrados son los

únicos capaces de apreciar ahora el verdadero arte. Pero no quiero

insistir en esto; prefiero hablarle de mi vida, que le interesará más.

Sepa usted que soy un gran español, y eso que España no se portó bien

conmigo. Por algo la abandoné cuando tenía poco más de veinte años, y no

he vuelto a ella. Los públicos de allá se mostraron injustos, y tuve

necesidad de venir a América para que alguien me aplaudiese. Pero no

guardo rencor a mi patria ingrata. Sé bien que muchos grandes hombres

conocieron la misma suerte. A pesar de esto, he servido a España aquí en

América, durante treinta años, más que los diplomáticos y los hombres

políticos.

Actualmente se oye hablar mucho de fraternidad hispanoamericana. Hay

Sociedades que se cuidan de su fomento, y son frecuentes los banquetes y

otras fiestas con discursos recordando a la madre patria. Pero cuando yo

empecé mis correrías de actor, desde Texas y California hasta el cabo de

Hornos, la situación era otra. España se acordaba poco de los pueblos

americanos que hablan su lengua, y estas Repúblicas hispanoparlantes

(como dicen algunos doctores) mantenían enteros y vivos los odios, las

preocupaciones y cegueras de la guerra de la Independencia.

No venían de la Península otros enviados que nosotros. Éramos los

comediantes los que evocábamos el recuerdo de España, representando las

obras en verso del teatro romántico. Este apostolado no estaba libre de

martirios. Los cómicos veíamos a veces con inquietud la llegada de la

fiesta patriótica de cada República. Casi todos estos países tienen en

su himno nacional una estrofita agresiva o vengadora dedicada a la

antigua España. El tiempo, que todo lo calma, las buenas relaciones

diplomáticas y los intereses de raza, han puesto en desuso estos versos,

anticuados y mediocres. Pero en los tiempos de mi juventud traían con

ellos tantos peligros y estrépitos como una tempestad, y muchas veces

hicieron correr sangre.

Una parte del público, el día del aniversario patriótico, ordenaba que

los actores españoles cantasen el himno ofensivo para su nación. Muchos

se resistían a tal ultraje, apoyados por otra parte del mismo público,

compuesta de españoles establecidos en el país. Escándalo general,

insultos, palos, y muchas veces tiros. Además, usted conoce la gran

variedad de apodos que existe para nosotros en estas Repúblicas pobladas

por nietos de españoles. Los compatriotas de sus abuelos somos en un

sitio «godos»; en otro, «gallegos»; en otro, «patones» o «gachupines», y

así continúa la lista de motes...

Ésta era la parte mala del teatro en aquellos tiempos; pero sería

injusto callar la parte agradable y gloriosa de nuestra vida errante.

Como ya le he dicho, durante medio siglo fuimos la única representación

española que conocieron los pueblos americanos de nuestra habla. En

muchas ciudades del interior nos veíamos acogidos como si la vieja

España viniese de actriz en nuestra compañía. Las señoras del público

murmuraban en voz baja durante la representación los versos de las obras

célebres, conocidos por ellas tan bien como por nosotros. Además,

siempre encontrábamos algún respetable doctor, dedicado al estudio de

las cosas antiguas de su tierra, que se emocionaba al vernos, como si

presenciase una segunda llegada de los conquistadores.

A mí me conoce usted ahora en la desgracia; pero si visita mi casa

alguna vez, le podré enseñar coronas a docenas, láminas de plata o de

bronce con dedicatorias grabadas, de las que no he querido desprenderme

ni aun en días de angustiosa pobreza, y versos, muchos versos, dedicados

a mi humilde persona. Guardo también un discurso que un poeta joven

(luego ha sido muchas veces ministro en su país) leyó el día de mi

beneficio. «España--dice--es inmortal por sus hijos célebres. Jamás

podrá desaparecer una nación que ha dado al mundo Cervantes, Castelar y

Mariano Fonseca».

Sé bien que esto último es un poco exagerado. ¡Entusiasmos de

muchacho!... Pero sería injusto no reconocer que nuestra vida errante

sirvió durante medio siglo para que no se enfriasen totalmente las

antiguas relaciones de familia y la gente recordase que aún existía

España.

Yo debí quedarme en una de esas Repúblicas pequeñas, donde la vida es

patriarcal, y para que no resulte enteramente aburrida, procuran los

hijos del país amenizarla todos los años con alguna revolución. Pero mi

hija gusta de volver a este Buenos Aires, donde nació. Yo también

siento la atracción de la Avenida de Mayo; y aunque viva perfectamente

en Méjico, junto a la frontera de Texas, y jure no volver más a la

Argentina, siempre se arreglan las cosas de modo que, de aventura en

aventura y de triunfo en fracaso, acabo por rodar de un extremo a otro

del Nuevo Mundo, volviendo a esta ciudad, que es el refugio de todos

nosotros.

Sin embargo, quedan esparcidos en las dos Américas muchos comediantes

españoles, cuyo nombre ignora España y son personajes verdaderamente

populares en las tierras donde se radicaron. Al gustar al público varias

temporadas consecutivas, se quedan en el país para siempre, creyéndolo

el mejor del mundo por haberles dado sus aplausos. Así envejecen sobre

la escena, viendo pasar tres generaciones por los asientos del teatro.

El presidente de la República se acuerda de que siendo niño le decía su

mamá: «Si eres bueno, te llevaré al teatro a ver a Fulano». Los niños

que ahora ríen las gracias de Fulano son nietos o bisnietos de los que

presenciaron su llegada al país. Todos olvidan el lugar de su

nacimiento, y acaban por considerarlo una gloria nacional. Cuando muere

creen que el teatro ha sufrido una pérdida irreparable, y que ya no

surgirán actores de su misma talla.

De haberme quedado en una República de éstas, mi existencia sería más

tranquila y digna. No me vería obligado a hacer «bolos» los sábados y

domingos en los pueblecitos, ni a sufrir las impertinencias de los

muchachos que llegan ahora a las tablas, con tantos «modernismos» y sin

saber decir bien un verso.

Pero siempre me sentí movido por un espíritu andariego y propenso a las

aventuras, como el de los antiguos conquistadores. Ocho veces he ido del

extremo Sur de Chile a la frontera de los Estados Unidos y viceversa,

deteniéndome en cuantos teatros, buenos o malos, encontré al paso, o

improvisando escenarios de ocasión en lugares que estaban esperando la

llegada de un comediante desde el principio del planeta.

Esta facilidad ambulatoria la adquirí en mis primeros años de vida

americana, cuando empecé la carrera como galán joven, al lado del gran

Rengifo.

Con este actor glorioso no fue ingrata la madre patria. Recordará usted

que gozó en España largos años de gloria. Pero al quedar poco menos que

afónico y faltarle el dinero, tuvo que ser héroe y pasar el Atlántico,

que siempre le había inspirado horror. Había que oír a este grande

hombre cuando relataba sus viajes y las observaciones hechas por él en

los teatros del Nuevo Mundo.

Usted sabe, doctor, que las numerosas Repúblicas de América que hablan

español se diferencian mucho en fisonomía, desarrollo y carácter. Ocurre

con ellas lo que con los hijos de una misma familia: tienen padres

comunes y una sangre igual; pero los genios son distintos, y cada uno

nace con diversas aficiones. Los mayores son serios y trabajan; los

otros tienen el aturdimiento de la adolescencia; los pequeños hacen

diabluras. Hay Repúblicas que yo llamo «serias», y otras que tienen la

cabeza a pájaros y nadie sabe si llegarán a ser formales alguna vez o

quedarán como esos calaveras que siguen loqueando hasta en su

ancianidad.

Yo quiero a todos estos países, sean grandes o pequeños, y reconozco un

fondo de caballeresca sensibilidad y una envidiable alegría de vivir aun

en aquellos que llevan una existencia trágica. El gran Rengifo hablaba

muchas veces con entusiasmo de algunas Repúblicas pequeñas, donde no

pasa año sin numerosos fusilamientos y la vida del hombre es la cosa de

menos valor en el país.

--Todos, sin embargo, hacen versos en esas tierras--decía mi maestro--,

y cuando sale el sol, desde el presidente de la República al último

caimán de sus ríos, no queda uno que no pulse la lira y lance una oda a

la vida que despierta.

Rengifo alcanzó a presenciar cosas extraordinarias en este mundo nuevo.

Una noche, trabajando en la capital de una de las citadas Repúblicas,

fue tanto el entusiasmo del público, que el presidente creyó del caso

venir a cumplimentarle en su cuarto, seguido de un par de ayudantes,

cubiertos de cordones y bordados de oro, que llevaban oculto un revólver

en cada bolsillo del pantalón.

--¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Felicito al representante

glorioso de la vieja madre patria.

Y le estrechó la mano.

Continuó la función, yendo en aumento el entusiasmo de los espectadores.

Antes del último acto, Rengifo, que estaba cambiándose de traje, vio

entrar en su cuarto a otro señor, flanqueado igualmente por dos

rutilantes edecanes.

--¡Muy bien, eminente artista! ¡Muy bien! Mis felicitaciones al glorioso

enviado de la vieja España, nuestra madre.

--¿Con quién tengo el honor de hablar?

--Soy el presidente de la República.

--¡Ah, no!... Inútil la broma--protestó el maestro--. El presidente de

la República ha estado aquí hace poco. Es un señor con barba, vestido de

frac, y usted lleva bigote y uniforme de general.

--Es que usted ignora que entre el segundo y el tercer acto ha habido

una revolución.

Novelas de la Costa Azul · 第 17 / 35 题