Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis
Crovetto.
Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al
grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se
había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar
a París, deseoso de verle y escucharle.
El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable
y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por
convertirse en secretario suyo.
El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor
tormento del gran escritor.
Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un
libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo,
imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal
iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese
bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el
autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si
es posible.
Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del
origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba
todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del
maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le
hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en
sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de
idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a
muchas lectoras, que los encontraban «geniales y profundos».
El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a
Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas;
convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a
la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias
docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos,
procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos
álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de
París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita»,
añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa
solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras
entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los
tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre,
a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para
siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en
diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas
alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo
verdoso de la bilis.
Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones
venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía
a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba
a cargo de su amigo Soudré.
Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo
entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía
acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para
plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en
discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa
pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este
manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona.
Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con
tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se
acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como
Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al
secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.
Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle.
Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo
llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de
los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de
las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al
verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al
demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud.
Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo
a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener
a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de
respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios
manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas
las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza
portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía,
disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e
inquietantes del padre.
Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación
era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se
fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa.
Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste
rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes
que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las
mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre
que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz
de infundir el espanto con sólo un gesto.
El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba
esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin
embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a
todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las
demás.
Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía
el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento
sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección
de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo
perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas
horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida
vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil
Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy,
los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la
conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la
biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus
editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase
en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese
libremente.
Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la
casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía
generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde
en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores
del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban
«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente
de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con
Montalbo.
Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo
del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro
por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de
hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a
su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que
se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la
del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y
millones.
Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo
cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para
plantar remolacha.
--Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.
Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud,
paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del
maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas
secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.
En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa»
de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía
sus visitas casi diarias.
Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia
de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se
quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.
De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos
de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen
milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el
trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante
invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para
comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle
millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de
diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y
monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del
maestro.
Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres
el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor
parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma
en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas
las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío
de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.
Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos
en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras
galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían
bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar
la amorosa diversión monótona y sin encanto.
Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no
concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían
de regla a su existencia.
--La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser
joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.
A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le
contestó con sonriente cinismo:
--Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca
rubia y raptaré a una bailarina de quince.
Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su
manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo
gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de
colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo,
engañándose misericordiosamente.
--Todos llevamos--añadía--una orquesta dentro de nosotros. Lo importante
es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y
del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que
la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra
inmediatamente en el atril.
Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento
terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su
existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída
innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba
con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.
Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía
colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban
el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían
torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca
conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una
obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se
iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo
extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...
Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad
ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían
las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a
los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las
mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez,
necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el
alma contando a alguien su pasado.
Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para
seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado.
En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se
exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y
embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo
mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad
vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos
de sus llamados triunfos.
--Y así son--se decía--todos los pájaros de mentiroso plumaje que se
sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.
Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres
jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a
encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro
lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a
hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había
pedido como recuerdo una de sus pipas.
Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del
maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba
emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras
mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la
ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente
al grande hombre.
Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió
Montalbo el motivo de su tedio.
--La juventud es una voluntad--volvió a repetirse--. Yo deseo ser joven,
y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago
olvidando mis propios años.
Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a
una acción inmediata:
--Vamos en busca de la juventud.
V
Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para
explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores
son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento
completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de
observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un
hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan
mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se
enteran con extrañeza de que se aman...
Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas.
Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería
Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida,
aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha
tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una
noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras,
como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella
otras noches, y al fin, acaba por amarla.
Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el
novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.
Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía
excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él.
¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a
partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un
relieve y unos colores completamente nuevos.
Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una
señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia
extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas
veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes
damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones
y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a
reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor
humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y
representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un
observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos
de su persona.
Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar,
pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le
ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos.
Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de
otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña
Soudré, si esto alegraba su existencia?...
Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y
tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede
emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento
realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene
sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado
por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal
Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario
realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras
vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la
juventud de los principiantes.
--Pero la pequeña Soudré--se dijo Montalbo--tiene talento, y si quisiera
escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no
deja de poseer ciertas condiciones literarias.
Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de
Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del
espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban
dentro de él.
Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento
a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire
cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior
había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él
completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.
La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina,
antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz,
le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la
expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una
empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el
«querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que
parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba
toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran
interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la
audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y
está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande
hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente
paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando
su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas
aristocráticas.
Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus
empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque
para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un
negocio seguro.
Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la
muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y
esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que
el maestro no quedase solo.
Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo.
Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un
nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable
antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los
célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer
vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora
un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los
modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los
informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban
a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus
corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los
cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes
jóvenes.
Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida
literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo
servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en
público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.
Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su
persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba
intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin:
la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y
último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.
Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se
movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una
dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si
fuesen suyos.
En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios
artistas de la Comedia Francesa--de los que nunca trabajan en dicho
teatro y vagan por la tierra entera--habían organizado una función al
aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza.
Iban a representar _Los conquistadores_, la gran tragedia de Montalbo,
escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que
cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los
portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.
Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros
españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre
maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.
Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo
solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había
representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra
nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor,
con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a
llegar, aceptó la invitación.
--Iremos los tres--dijo a Faustina y a su padre--. Luigi vendrá de
Marsella a juntarse con nosotros.
La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal
fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron
un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en
París.
Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en
una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol,
aunque el invierno estuviese próximo.
Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los
vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos
y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres
comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de
él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en
público.
--Es su hija--dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.
Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola
partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.
Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día
de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel,
embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil
espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos
que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su
esposa.
Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición
largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por
ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento
afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del
maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le
ofrecía su boca.
Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido
horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar
su agradecimiento?...
A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la
ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en
mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los
trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.
--Si te sientas ahí--dijo a Faustina--, te paseo ante todos estos
burgueses.
La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista
célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer
que después fue su segunda esposa.
Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por
tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia
de las personas más principales de la ciudad!...
Crovetto protestó con dolor y sorpresa:
--¡Eso no es serio, maestro!...
Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena
extraordinaria con un silencio de escándalo.
Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los
artistas... ¡todos locos!