IV

Todas las mañanas despachaba su correo con un secretario, llamado Luis

Crovetto.

Este escritor joven, nacido en Marsella, de padres italianos, servía al

grande hombre más por entusiasmo que por los provechos del empleo. Se

había presentado un día a Montalbo como admirador, que acababa de llegar

a París, deseoso de verle y escucharle.

El maestro, seducido por la sencillez de esta devoción, se mostró amable

y paternal, y el principiante menudeó las visitas, acabando por

convertirse en secretario suyo.

El afecto de los lectores expresado en forma postal era el mayor

tormento del gran escritor.

Existen en la tierra miles y miles de hombres y mujeres que al leer un

libro interesante sienten la necesidad de escribir al que lo produjo,

imaginándose cada uno de ellos que es el único a quien se le ocurre tal

iniciativa. Además, existen los álbumes, y como si esto no fuese

bastante, la moderna innovación de enviar tarjetas postales para que el

autor célebre ponga en ellas su firma, con un «pensamiento» inédito si

es posible.

Luigi, como llamaba Montalbo a Crovetto familiarmente, a causa del

origen de sus padres, era el que con su vivacidad de italiano se ocupaba

todas las mañanas en esta labor fatigosa. Sabía imitar la firma del

maestro, y además había inventado media docena de «pensamientos» que le

hacían sonreír. No se hubiese atrevido a insertar ninguno de ellos en

sus obras de principiante, por temor a que sus camaradas le acusasen de

idiotez. Pero firmados por Montalbo hacían estremecer de entusiasmo a

muchas lectoras, que los encontraban «geniales y profundos».

El hombre célebre, después de abrir sus cartas, las iba pasando a

Crovetto para que las contestase. Eran invitaciones a fiestas;

convocatorias de academias o de sociedades filantrópicas para atender a

la vejez y las enfermedades de los escritores desgraciados; varias

docenas de peticiones de firmas en tarjetas postales y en retratos,

procedentes de los más apartados rincones de la tierra; numerosos

álbumes de señoritas argentinas o chilenas, dispuestas a no marcharse de

París si el amable señor Montalbo se negaba a escribirles «una cosita»,

añadiendo, con inaudita tranquilidad, que habían hecho el viaje a Europa

solamente por conseguir esto; cartas, muchas cartas de lectoras

entusiastas, que le declaraban el escritor más grande de todos los

tiempos, y algunos anónimos hablando de la estupidez del grande hombre,

a la que no reconocían límites, y aconsejándole que se retirase para

siempre del cultivo de las Letras. Además, fajos de periódicos en

diversos idiomas: unos con elogios frescos y sinceros, otros con unas

alabanzas agridulces, que parecían dar a las letras impresas el reflejo

verdoso de la bilis.

Montalbo dejaba a un lado las cartas de los editores y las proposiciones

venidas del extranjero para la traducción de sus obras. Esto pertenecía

a «otro negociado», como decía él, superior al de Crovetto, y que estaba

a cargo de su amigo Soudré.

Tampoco podía explicar con claridad cuándo conoció a este «amigo

entrañable», sin el cual le era imposible resolver sus negocios. Creía

acordarse de que el tal Soudré, hablador, autoritario, ágil para

plegarse a las circunstancias y con una paciencia interminable en

discusiones y regateos, se había presentado una mañana en su casa

pretendiendo leerle una de sus obras. Montalbo no pudo conocer este

manuscrito, pues el autor empleó todo el tiempo en hablar de su persona.

Pero Soudré era un hombre para el cual no había puertas, y repitió con

tanta insistencia sus visitas, que al fin el dueño de la casa se

acostumbró a él, necesitando verle lo mismo que a Crovetto. Como

Montalbo lo consultaba, Soudré se consideró inmediatamente superior al

secretario, hablando a éste en adelante con tono protector.

Sólo sabía el maestro de su nuevo amigo lo que éste quiso contarle.

Hablaba de sus negocios en una pequeña capital de provincia, y Montalbo

llegó a sospechar que había sido leguleyo de los que aletean en torno de

los tribunales. Conocía demasiado bien los recovecos y tortuosidades de

las leyes, así como todas las astucias de los que viven de pleitear. Al

verse viudo, con una hija única, se había entregado sin resistencia al

demonio de la literatura, que le venía tentando desde su juventud.

Este demonio no había osado hasta entonces colarse en su casa por miedo

a la esposa, que sólo creía decentes las profesiones que pueden mantener

a un hombre. Pero al quedar libre Soudré de la tal burguesa falta de

respeto a las Letras, se había trasladado a París acompañado de varios

manuscritos y de su hija Faustina, señorita de dieciocho años, con todas

las ambiciones de las de su clase, que sabía ocultar la pobreza

portentosamente y vestirse bien con poco dinero. Tal vez poseía,

disimuladas por sus gracias juveniles, las mismas condiciones ávidas e

inquietantes del padre.

Montalbo, que lo tenía por gran psicólogo y cuyo espíritu de observación

era admirado universalmente, llegó a sospechar esto último un día que se

fijó en los ojos de la muchacha mientras ella permanecía pensativa.

Luego, al salir de su abstracción y poner su mirada en el maestro, éste

rectificó sus opiniones, considerando a Faustina igual a muchas jóvenes

que había descrito en sus novelas, sencillas, buenazas, dispuestas a las

mayores abnegaciones, y que viven como sacrificadas al lado de un padre

que adoran: temible hombre de negocios o gobernante autoritario, capaz

de infundir el espanto con sólo un gesto.

El gran escritor no pudo librarse de la influencia simpática que iba

esparciendo esta joven ante sus pasos. No era una belleza, y sin

embargo, allí donde entraba y había otras mujeres parecía sobreponerse a

todas. Los ojos de los hombres convergían en Faustina, olvidando a las

demás.

Soudré la llevó muchas veces con él en sus visitas a Montalbo. Reconocía

el talento nato de su hija para la administración de una casa, talento

sólo comparable al que había recibido él de la suerte para la dirección

de enormes negocios, y que los hombres no sabían aprovechar, dejándolo

perderse en empresas de orden inferior. El maestro, preocupado a todas

horas por su producción literaria, desconocía muchas cosas de la vida

vulgar, y su servidumbre abusaba de él. Era oportuno que la gentil

Faustina examinase la limpieza de las habitaciones del hotel de Passy,

los gastos del ama de llaves, el libro de cuentas de la cocinera, la

conducta de los criados y del chófer, mientras el padre permanecía en la

biblioteca aconsejando al grande hombre lo que debía contestar a sus

editores o traductores. Otras veces pedía al escritor que no se mezclase

en sus propios asuntos, autorizándole a él para que los resolviese

libremente.

Confesaba Montalbo que, gracias a este amigo proporcionado por la

casualidad, sus ingresos iban en aumento. Por esto respondía

generosamente a las peticiones de subsidio que le hacía Soudré de tarde

en tarde como una retribución tácita de sus trabajos. Otros admiradores

del maestro, envidiosos de la privanza de Soudré, al que llamaban

«parásito», iban diciendo por todas partes que éste cobraba igualmente

de los que le habían empleado como intermediario en sus relaciones con

Montalbo.

Durante el otoño, cuando el gran escritor se iba a vivir en su castillo

del Loira, Soudré y su hija eran invitados a acompañarle en este retiro

por algunas semanas. El inquieto hombre de negocios se abstenía ahora de

hablar al maestro de sus antiguas ambiciones literarias. Limitándose a

su papel de financiero genial, iba describiendo las grandes empresas que

se le ocurrían, pues no marcaba el reloj una hora nueva que no fuese la

del nacimiento de una de sus ideas, que representaban millones y

millones.

Algunas mañanas, desde una terraza del castillo, proponía a Montalbo

cortar los árboles centenarios del parque y roturar las tierras para

plantar remolacha.

--Fabricación de azúcar... Un millón por año. Tal vez más.

Y mientras tanto, Faustina y Crovetto, iguales en edad y juventud,

paseaban por el jardín como una pareja escapada de una novela del

maestro, haciendo crujir bajo sus pies la alfombra bronceada de hojas

secas con que los árboles otoñales iban cubriendo las avenidas.

En invierno, el padre y la hija viajaban para sorprenderle en su «villa»

de la Costa Azul, y durante el resto del año el hotel de Passy recibía

sus visitas casi diarias.

Montalbo, alejado voluntariamente de su familia, necesitaba la presencia

de estas personas a las que no conocía algunos años antes, y hasta se

quejaba del egoísmo humano cuando transcurrían algunos días sin verlas.

De pronto, Crovetto necesitaba irse con sus camaradas. Sentía los deseos

de independencia del sacristán que, por mucho que adore a la imagen

milagrosa, acaba por aburrirse de contemplarla a todas horas y busca el

trato humilde de las gentes de su misma clase. Soudré, en su incesante

invención de negocios, olvidaba al maestro por unas semanas para

comprometerse en empresas ilusorias que, según él, iban a hacerle

millonario. La hija tenía numerosas amigas y un ansia insaciable de

diversiones, asistiendo a conciertos, a toda clase de fiestas, y

monopolizando cuantas entradas de teatro adquiría su padre a nombre del

maestro.

Éste, al quedar solo en su juventud, sentía menos que los demás hombres

el tedio de la soledad. Era un gran trabajador y había pasado la mayor

parte de su existencia en silencioso aislamiento, ante una mesa, pluma

en mano. Pero ahora trabajaba cada vez menos y le parecían muy largas

las horas. Necesitado de acción, quería hacer algo que llenase el vacío

de su existencia, y no sabía cómo conseguirlo.

Al iniciarse el decaimiento de su fuerza productora y ser más numerosos

en su existencia los días de ocio que los de trabajo, aquellas aventuras

galantes que daban a su nombre un ligero sabor de escándalo habían

bastado para entretenerle e interesarle. Pero ahora empezaba a encontrar

la amorosa diversión monótona y sin encanto.

Siempre que los admiradores se asombraban de su aspecto juvenil, que no

concordaba con sus años, el grande hombre exponía las ideas que servían

de regla a su existencia.

--La juventud es un acto de voluntad. Todo el que quiera de veras ser

joven, lo será siempre. Lo que importa es tener voluntad.

A un periodista que deseaba saber si la vejez le infundía miedo, le

contestó con sonriente cinismo:

--Yo no seré viejo nunca. Cuando tenga ochenta años me pondré una peluca

rubia y raptaré a una bailarina de quince.

Otras veces exponía, con la gravedad de una profunda convicción, su

manera de ver la vida. Para él, la existencia era a modo de un lienzo

gris, y el gran talento de los hombres consistía en saber cubrir de

colores vivos y risueños este fondo de tristeza para ignorarlo,

engañándose misericordiosamente.

--Todos llevamos--añadía--una orquesta dentro de nosotros. Lo importante

es hacerla funcionar, que toque sin descanso la sinfonía de la Ilusión y

del Deseo, únicos temas que sostienen nuestra vida. No hay que dejar que

la orquesta se calle. Una vez terminada una partitura, pongamos otra

inmediatamente en el atril.

Pero el grande hombre había hecho últimamente un descubrimiento

terrible. Ninguna de las sinfonías con que intentaba alegrar su

existencia tenía el encanto de la novedad; música vieja, gastada, oída

innumerables veces, y que en vez de infundirle entusiasmo le anonadaba

con la monotonía dulzona de lo excesivamente repetido.

Además, todas las partituras de la Ilusión y el Deseo que él podía

colocar en su atril eran volúmenes sobados y mugrientos, que revelaban

el contacto de infinitas manos y a los primeros compases le hacían

torcer el gesto murmurando: «¡Otra más, siempre lo mismo!». Nunca

conocía la emoción inédita y virginal del que corta las hojas de una

obra intacta. ¡Ay!... ¡Sus tristes aventuras pasionales, que se

iniciaban con temblores internos de curiosidad, como si fuese a ver algo

extraordinario, terminaban siempre de un modo grotesco!...

Tal vez eran los hombres vulgares, los hombres de una intelectualidad

ordinaria, que podían dedicar todo su tiempo al amor, los que conocían

las grandes aventuras pasionales. A los escritores les ocurría lo que a

los sacerdotes que se dedican a la confesión. Sólo iban hacia ellos las

mujeres que llevaban vivida una larga existencia y en su madurez,

necesitadas de consejo, sentían el deseo irresistible de aligerarse el

alma contando a alguien su pasado.

Montalbo necesitaba todos los recursos mentirosos de la imaginación para

seguir interesándose por algunas grandes señoras que le habían buscado.

En la época presente, la mujer elegante no tiene edad, mientras se

exhibe en público. El lujo actual realiza las trampas más asombrosas y

embrolla la apreciación del tiempo. Una beldad de salón puede tener lo

mismo treinta años que sesenta. Luego, a solas, la triste realidad

vuelve a imponerse, y por esto Montalbo recordaba con vergüenza muchos

de sus llamados triunfos.

--Y así son--se decía--todos los pájaros de mentiroso plumaje que se

sienten atraídos por el faro de la gloria literaria.

Algunas veces la belleza primaveral había cruzado su camino. Mujeres

jóvenes que parecían respirar la alegría de la vida venían a

encontrarle, tributando elogios al escritor. Algunas, llegadas del otro

lado del Océano, sentían tal entusiasmo, que hasta se llevaban a

hurtadillas pequeños objetos de su biblioteca. Una de ellas le había

pedido como recuerdo una de sus pipas.

Pero todas, así que conseguían el libro o el retrato con dedicatoria del

maestro, se alejaban para no volver más. Cuando Montalbo intentaba

emplear las mismas palabras o actitudes que conmovían a las otras

mujeres ansiosas de consultas psicológicas, la mirada de asombro o la

ligera sonrisa de estas jóvenes hacía enmudecer y replegarse tímidamente

al grande hombre.

Un día de mal humor, en que recapitulaba su vida presente, descubrió

Montalbo el motivo de su tedio.

--La juventud es una voluntad--volvió a repetirse--. Yo deseo ser joven,

y lo seré si evito en adelante el contacto con la vejez. Bastante hago

olvidando mis propios años.

Y añadió, con la energía del hombre que va a saltar del pensamiento a

una acción inmediata:

--Vamos en busca de la juventud.

V

Este psicólogo, que había creído desarticular muchas veces el amor para

explicarse su mecanismo interno, reconociendo al final que los amores

son infinitos en número y cada uno de ellos tiene un funcionamiento

completamente diferente, guardaba en su memoria una larga lista de

observaciones sobre la manera como se inicia la atracción entre un

hombre y una mujer. Unas veces, a la primera ojeada se interesan

mutuamente; otras, se tratan como amigos años y años, y de pronto, se

enteran con extrañeza de que se aman...

Y así continuaba su catálogo de observaciones infinitamente variadas.

Pero de todas las formas de iniciarse el amor, había una que prefería

Montalbo, por haberla experimentado él mismo repetidas veces en su vida,

aplicándola después a los personajes de sus novelas. Un hombre que ha

tratado con indiferencia a una mujer durante meses o años, la ve una

noche en sueños, y al despertar, la considera ya diferente a las otras,

como si de pronto se hubiese embellecido. Luego sigue ensoñando con ella

otras noches, y al fin, acaba por amarla.

Al día siguiente de resolverse a ir en busca de la juventud, el

novelista vio en sueños a una mujer: Faustina, la hija de Soudré.

Esto le hizo reír un poco al despertar. «¡No tanto!». Le parecía

excesivo haber soñado con una juventud tan exagerada para él.

¡Diecinueve años!... Con cinco o seis más, podía ser nieta suya. Pero a

partir de este ensueño empezó a contemplarla en su imaginación con un

relieve y unos colores completamente nuevos.

Hasta entonces había mirado con distracción a la hija de Soudré: una

señorita pobre vestida «a lo artista», con cierta tendencia

extravagante, medio seguro de disimular la falta de dinero. Algunas

veces hasta le había inspirado lástima al compararla con las grandes

damas, fastuosas y de un lujo costoso, que le invitaban a sus reuniones

y pretendían ser para él algo más que una dueña de casa. Ahora empezó a

reconocer en «la pequeña Soudré», como él decía, cierto encanto de flor

humilde y de acre olor, igual a las que nacen junto a los caminos y

representan la primavera para los pobres. Hasta se extrañó de que un

observador tan fino como él no hubiese descubierto antes los atractivos

de su persona.

Siguió viéndola todas las noches en sus ensueños, y luego, al despertar,

pensaba en Faustina, encontrándola cada vez más interesante. Ya no se le

ocurrió escandalizarse de la diferencia de edades entre los dos.

Buscaba pruebas para justificar este desequilibrio en la historia de

otros escritores. ¿Qué tenía de escandaloso que él amase a la pequeña

Soudré, si esto alegraba su existencia?...

Bien considerado, su edad no resultaba tan extraordinaria. Sesenta y

tantos años: ¿qué es esto para un hombre moderno y rico, que puede

emplear en su persona todos los adelantos de higiene y embellecimiento

realizados por nuestra época? Además, ¿qué hombre célebre no tiene

sesenta años?... Se acordaba de Goethe, que a los ochenta se vio adorado

por Bettina de Arnim, una criatura de dieciocho. Es verdad que la tal

Bettina era una aficionada a las Letras, y el entusiasmo literario

realiza las mayores diabluras, así como hace también que escritoras

vetustas, con un pie en la tumba, reanimen su vejez absorbiendo la

juventud de los principiantes.

--Pero la pequeña Soudré--se dijo Montalbo--tiene talento, y si quisiera

escribir, escribiría lo mismo que otras... Es igual a su padre, que no

deja de poseer ciertas condiciones literarias.

Este optimismo del maestro, que alcanzaba hasta el progenitor de

Faustina, fue en aumento, acabando por sofocar todas las objeciones del

espíritu crítico y del buen sentido que se revolvían y protestaban

dentro de él.

Con su habitual vehemencia, el grande hombre dejó visible su pensamiento

a todos los que le rodeaban. Mostró una alegría pueril, como si el aire

cantase en su oído y la luz fuese de color de rosa. Su orquesta interior

había empezado a sonar, pero esta vez la sinfonía era para él

completamente nueva, y la partitura conservaba aún las hojas intactas.

La primera en enterarse del estado de alma del maestro fue Faustina,

antes de que éste hablase. Sus ojos, sus atenciones, el tono de su voz,

le produjeron sorpresa al principio. Luego sonrió levemente, con la

expresión del que ve realizarse de pronto algo que ha soñado como una

empresa imposible. Después, Soudré, almorzando una mañana con el

«querido maestro», se fijó de pronto en la intimidad afectuosa que

parecía haberse establecido entre éste y su hija. Montalbo aprovechaba

toda ocasión para acariciar las manos de Faustina, hablando del gran

interés que siempre había sentido por ella. Y la pequeña Soudré, con la

audacia de una señorita pobre que no confía en la ayuda de su padre y

está decidida a abrirse paso sola, sea como sea, fijaba en el grande

hombre unos ojos admirativos y respondía a sus caricias falsamente

paternales hundiendo las manecitas en la cabellera del poeta o alabando

su extraordinaria juventud, que tanto interesaba a las damas

aristocráticas.

Soudré frunció el ceño lo mismo que cuando describía una de sus

empresas de millones o cuando aconsejaba a Montalbo destruir su parque

para plantar remolacha y hacer azúcar. Al fin se presentaba para él un

negocio seguro.

Crovetto se había ido por algunos meses a su ciudad natal, a causa de la

muerte de su padre, para intervenir en las operaciones de la herencia, y

esto hizo que Soudré y su hija visitasen más la casa de Passy para que

el maestro no quedase solo.

Una notable transformación se iba realizando en la persona de Montalbo.

Siempre había vestido con cierta elegancia. Su sastre ostentaba un

nombre muy antiguo y acreditado en París. Pero esta respetable

antigüedad disgustó de pronto al grande hombre. Lo comparaba con los

célebres modistos tradicionales y majestuosos que sólo saben hacer

vestidos de Corte para reinas y grandes duquesas. Él se reconocía ahora

un alma igual a la de las señoritas decentes y jóvenes que prefieren los

modistos encargados de vestir actrices y cocotas. Por esto solicitó los

informes de algunos escritorcitos amigos de Crovetto, que se preparaban

a ser célebres llamando la atención por su indumento exagerado y sus

corbatas, y fue en busca de un sastre que era el predilecto de los

cómicos, pero nada de primeros actores, únicamente de los galanes

jóvenes.

Los maldicientes, prontos a comentar los sucesos particulares de la vida

literaria, se ocuparon de esta nueva evolución del maestro. Montalbo

servía ahora de maniquí de ensayo a los sastres más audaces, llevando en

público todas sus invenciones, lo mismo que un jovenzuelo.

Faustina pareció agradecerle con los ojos estas transformaciones de su

persona, por considerarlas un homenaje a ella. Soudré encaminaba

intencionadamente todas sus conversaciones con el maestro al mismo fin:

la apología del matrimonio, estado el más favorable para el trabajo, y

último capítulo de la existencia de todo hombre célebre.

Aún no había expresado Montalbo con claridad su deseo, pero Faustina se

movía ya en la casa autoritariamente, hablando a la servidumbre como una

dueña futura, y el padre dirigía los negocios del grande hombre cual si

fuesen suyos.

En el otoño hicieron los tres un viaje al Mediodía de Francia. Varios

artistas de la Comedia Francesa--de los que nunca trabajan en dicho

teatro y vagan por la tierra entera--habían organizado una función al

aire libre, en las ruinas de un famoso coliseo romano de la Provenza.

Iban a representar _Los conquistadores_, la gran tragedia de Montalbo,

escrita sin duda en honor de su remoto abuelo el navegante, y en la que

cantaba el esfuerzo de los aventureros de España, la lucha de los

portadores de la cruz con las tradiciones indígenas.

Era una obra de gran espectáculo, con muchedumbres de indios, guerreros

españoles a caballo y coros, cuya música había escrito un célebre

maestro, discípulo y continuador del difunto Fontana.

Las autoridades de la región y los organizadores del espectáculo

solicitaron la presencia del eminente escritor. Su tragedia se había

representado pocas veces en París, y ahora iba a resucitar, como obra

nueva, entre las arcadas medio derruidas del teatro milenario. El autor,

con la bondad de un hombre que espera la dicha y no duda que va a

llegar, aceptó la invitación.

--Iremos los tres--dijo a Faustina y a su padre--. Luigi vendrá de

Marsella a juntarse con nosotros.

La presencia de un personaje tan célebre en la pequeña ciudad provenzal

fue acogida con los más extraordinarios honores. Las gentes extrañaron

un poco la jovialidad y la excesiva sencillez de este señor famoso en

París.

Él y sus acompañantes iban vestidos de franela blanca, lo mismo que en

una playa. Habían creído necesario presentarse así en un país de sol,

aunque el invierno estuviese próximo.

Una curiosidad de niño travieso impulsaba al grande hombre a detener los

vendedores ambulantes en mitad de la calle para probar todos los frutos

y alimentos del populacho, ofreciéndolos a su séquito. Las mujeres

comentaban su predilección por la señorita que iba siempre al lado de

él, extrañando igualmente la libertad con que la hacía caricias en

público.

--Es su hija--dijo uno de la ciudad que podía estar bien enterado.

Y todos señalaban con el dedo a la hija del gran Montalbo, haciéndola

partícipe de la gloria de su ilustre progenitor.

Nunca se había mostrado el poeta tan satisfecho de vivir. El mismo día

de la representación, estando al anochecer en una terraza del hotel,

embriagado aún por los aplausos de una muchedumbre de veinte mil

espectadores, acabó por librarse definitivamente de aquellos escrúpulos

que le habían impedido hablar... Y propuso a Faustina que fuese su

esposa.

Dudó un poco la pequeña Soudré, como si le sorprendiese esta proposición

largamente esperada. Luego juntó los párpados, se pasó un dedo por

ellos, sin duda para echar adentro sus lágrimas, e hizo un movimiento

afirmativo con su cabeza, dejándola caer finalmente sobre un hombro del

maestro como si fuese a morir de felicidad, al mismo tiempo que le

ofrecía su boca.

Se sintió tan orgulloso de este triunfo como del que había obtenido

horas antes. La hija de Soudré accedía a ser su mujercita; ¿cómo mostrar

su agradecimiento?...

A la mañana siguiente iban los cuatro por la calle principal de la

ciudad. Unos obreros recomponían el pavimento. Montalbo, ocupado en

mirar a la joven, tropezó con una carretilla vacía abandonada por los

trabajadores. Esto le sugirió una idea extravagante.

--Si te sientas ahí--dijo a Faustina--, te paseo ante todos estos

burgueses.

La proposición no era original. Recordó de pronto que otro artista

célebre y de su misma edad, llamado Wágner, la había hecho a una mujer

que después fue su segunda esposa.

Saltó inmediatamente la joven a la carretilla, arrebolada de orgullo por

tal homenaje. ¡El gran Montalbo llevándola como un siervo en presencia

de las personas más principales de la ciudad!...

Crovetto protestó con dolor y sorpresa:

--¡Eso no es serio, maestro!...

Los numerosos paseantes se detuvieron para contemplar esta escena

extraordinaria con un silencio de escándalo.

Pensaban lo mismo; no les extrañaba lo que veían. Los escritores, los

artistas... ¡todos locos!

Novelas de la Costa Azul · 第 15 / 35 题