Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía
que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las
aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos.
Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de
ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.
Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde,
en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal.
Uno cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande
que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a
instalarse.
El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras
horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz
amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía
veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas
repentinamente en dudas!...
Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas
completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que
rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus
ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin
encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras
teatrales escritas en aquella habitación--saturada por la cocina próxima
de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados--daban
actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido
largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido
tenidas por inadmisibles.
Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la
mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en
grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las
cocineras.
Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos
de su biblioteca--cada uno de los cuales le había costado muchos miles
de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su
época de pobre--, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.
Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de
sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con
la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de
aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino
de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el
vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias
de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad
elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la
psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.
Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba
escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café,
0,70; pan, 1,25; carne, 2».
Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades,
también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr
que el resultado de la adición se nivelase con la escasez del dinero
disponible.
En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una
niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la
casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por
haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.
La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la
madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las
necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos
pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que
eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas
domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a
estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una
mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que
alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban
gobernando el país.
Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto
remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera.
Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a
ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba
aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de
pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente
del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un
escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella
fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras
baratas o a los restos de la comida de su esposo.
Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su
trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con
editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la
indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la
memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una
detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.
Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le
era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su
existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su
encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su
memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que
el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios
países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en
su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro»
e invitándolo a almorzar.
Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los
triunfos, como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la
ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los
obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque
y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y
finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por
palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones
novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las
galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los
públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma
ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de
relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente
interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio
de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que
eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo
con sus novelas verbales en las noches de insomnio.
Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de
pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como
incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el
punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el
fondo era puro fingimiento:
--Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.
Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces
un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El
automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista
había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su
mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran
parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles
antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo
que iba formando una biblioteca enorme.
Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más
vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su
aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido
victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al
pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese
imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.
No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido
la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre
porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba
inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal
vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de
este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.
En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y
ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga
incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo
conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía
importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo
cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en
voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos
los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo,
una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción
en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven
eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes
ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de
monótono brillo.
El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo
de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo
conocer Matilde.
En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su
existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada
en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo
«Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase
menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a
extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de
sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la
existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de
soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su
persona.
Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus
retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En
los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le
consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a
contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o
a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le
visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle
ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.
Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de
triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo
guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a
esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o
enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones
de ciertos periódicos.
Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan
con retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida.
Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que
habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre
de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir
novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la
imaginación.
Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le
contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un
nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto
escándalo, halagador de su vanidad.
Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que
formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo,
después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su
yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse
libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente,
pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la
ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de
una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas
sus peticiones.
--El dinero es un instrumento de libertad--decía--, y si lo amo tanto,
es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a
manos llenas es verdaderamente libre.
Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su
curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y
buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia,
donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de
gloria literaria.
Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde
más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias
inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las
ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en
una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin
otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una
fortuna más grande que la de su ilustre padre.
Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a
esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra
inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que
nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un
terreno más libre.
Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario,
afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal
dominación, inconsciente, alegre y generosa.
«¿Qué más puedo desear?--pensaba Montalbo en sus horas de melancolía--.
Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor
cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y
mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».
Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los
demás hombres.
No; no era feliz.