III

Evocaba Montalbo los primeros años de su matrimonio con igual melancolía

que se recuerdan los tiempos de miseria cuando se es rico, o las

aventuras peligrosas cuando se vive para siempre exento de riesgos.

Consideraba este período de su existencia muy interesante; pero de

ningún modo accedería a vivirlo por segunda vez.

Se veía por la noche en el comedor del piso que ocupaban él y Matilde,

en un edificio habitado por empleados modestos y obreros de buen jornal.

Uno cualquiera de los salones de sus viviendas actuales era más grande

que todas las habitaciones juntas de aquella casa en la que fueron a

instalarse.

El comedor servía a la vez de gabinete de trabajo. Hasta las primeras

horas de la madrugada permanecía inclinado bajo el cono de luz

amarillenta de la lámpara, escribiendo sobre el hule blanco que hacía

veces de mantel. ¡Qué de ensueños, qué de esperanzas, transformadas

repentinamente en dudas!...

Entonces fue cuando produjo sus obras más famosas, pasando éstas

completamente inadvertidas al ser dadas al público. Una novela suya que

rodaba ahora por el mundo entero, llegando a sumar varios millones sus

ejemplares en diversas lenguas, había permanecido muchos años sin

encontrar más de quinientos curiosos que quisieran leerla. Obras

teatrales escritas en aquella habitación--saturada por la cocina próxima

de olores de alimentos mediocres rápidamente preparados--daban

actualmente a su autor una renta cuantiosa, después de haber dormido

largo tiempo olvidadas en los archivos de los empresarios o haber sido

tenidas por inadmisibles.

Recordaba el maestro con emoción que algunas noches, al otro lado de la

mesa, Matilde escribía igualmente. No lo hacía como su marido, en

grandes hojas de papel, sino en un cuadernito semejante al que usan las

cocineras.

Montalbo estaba seguro de que si buscaba un poco en los muebles antiguos

de su biblioteca--cada uno de los cuales le había costado muchos miles

de francos, sirviendo todos actualmente para guardar recuerdos de su

época de pobre--, encontraría algunos de estos cuadernos conmovedores.

Con los ojos en alto y mordiendo la pluma, iba dando caza a las rimas de

sus pequeños poemas. Otras veces, frunciendo el ceño, movía la mano con

la velocidad nerviosa del entusiasmo, desarrollando un capítulo de

aquellas novelas sentimentales que habían interesado al público femenino

de ambos mundos, acelerando la hora de su celebridad. Describía, con el

vigor de las cosas vistas, el parque del lujoso castillo, las tertulias

de los invitados a la cacería, las intrigas amorosas de esta sociedad

elegante, el drama oculto bajo sonrisas amables y palabras corteses, la

psicología complicada y sutil de la duquesa protagonista de la fábula.

Mientras tanto, Matilde, sentada al otro lado de la mesa, iba

escribiendo en su cuadernito: «carbón, 1,50 francos; azúcar, 0,35; café,

0,70; pan, 1,25; carne, 2».

Y cuando cesaba de escribir, sumando a continuación las cantidades,

también fruncía el ceño, lo mismo que el novelista; pero era para lograr

que el resultado de la adición se nivelase con la escasez del dinero

disponible.

En estos años de pobreza, Matilde fue madre dos veces: un niño y una

niña; nacimientos que sirvieron para que el viejo escultor visitase la

casa. El artista libre e independiente aún guardaba rencor a su hija por

haberse negado a ser la esposa del célebre maestro.

La crianza de los dos hijos fue agrandando las preocupaciones de la

madre. Montalbo tuvo que extremar su trabajo para atender a las

necesidades de una familia creciente. La primera educación de estos

pequeños fue casi igual a la de los hijos de los obreros acomodados que

eran vecinos suyos. Matilde, prematuramente envejecida por las faenas

domésticas y la escasez de dinero, trataba con fraternal deferencia a

estas vecinas, algo rudas, pero simpáticas. Todas veían en ella a una

mujer de clase superior venida a menos, y en su marido a un hombre que

alguna vez podría ser de los que escriben en los periódicos y acaban

gobernando el país.

Sentía Montalbo los cosquilleos de una ternura lacrimosa y cierto

remordimiento vago al evocar los sacrificios de su animosa compañera.

Suprimía en el presupuesto doméstico el vino y el café destinados a

ella, afirmando que eran nocivos para su salud, y de este modo lograba

aumentar la compra de leche para sus pequeños. También descubría de

pronto que la carne le hacía daño. Y mientras cuidaba escrupulosamente

del biftec y la botella de Burdeos para el marido, afirmando que un

escritor que trabaja debe alimentarse bien para continuar su tarea, ella

fingía inapetencia, confiando su nutrición al azar de las compras

baratas o a los restos de la comida de su esposo.

Avanzaba con lentitud el escritor en el aumento de la retribución por su

trabajo, y cuando se creía condenado para siempre al regateo con

editores que le menospreciaban, y a combatir sin éxito con la

indiferencia de un público refractario a retener su nombre en la

memoria, surgieron de pronto el éxito y la celebridad. Fue como una

detonación que deslumbró y ensordeció a Montalbo.

Nunca pudo saber qué día empezó a ser verdaderamente célebre; tampoco le

era posible decir cuándo la riqueza, que había ignorado siempre su

existencia, empezó a torcer el curso de su esquivez, yendo a su

encuentro como un arroyo metálico. Después de grandes rebuscas en su

memoria, acababa por decirse que su celebridad había empezado el día que

el cartero le trajo montones de cartas y periódicos con sellos de varios

países, y su riqueza cuando los editores, en vez de hacerle esperar en

su antedespacho, le escribieron a su casa, llamándole «querido maestro»

e invitándolo a almorzar.

Después, su ascensión fue rápida, deslumbrante, sucediéndose los

triunfos, como en esos ensueños donde desaparecen las tiranías de la

ley de la gravedad y se vuela con una ligereza que salva todos los

obstáculos. Los mismos editores que habían comprado sus libros en bloque

y a poco precio, los pagaron por páginas, luego por líneas, y

finalmente, las revistas extranjeras ajustaron sus cuentos a tanto por

palabra. Los traductores aguardaban impacientes sus invenciones

novelescas, para desnudarlas de su traje original y cubrirlas con las

galas de nuevos idiomas, haciéndolas dar la vuelta a la tierra. Los

públicos más diversos y lejanos contemplaban a Montalbo con la misma

ansiedad silenciosa que los árabes al cuentista de café, capaz de

relatar durante meses y meses historias maravillosas, eternamente

interesantes. Alrededor de su nombre se iba creando el mágico prestigio

de los fabulatores, cuyas historias deleitaban a la plebe romana y que

eran llamados para sentarse al pie del lecho del César, entreteniéndolo

con sus novelas verbales en las noches de insomnio.

Cuando Montalbo, interesante y poético relatador de fábulas, acababa de

pasar los cuarenta años, empezó a caer la riqueza sobre él como

incesante llovizna. Luego esta lluvia se convirtió en aguacero, hasta el

punto de que el escritor decía, con una sinceridad despectiva que en el

fondo era puro fingimiento:

--Ya empiezo a aburrirme de una ganancia tan enorme y continua.

Al iniciarse esta riqueza, Matilde se fue del mundo. Habitaban entonces

un pequeño hotel, cerca del parque de Monceau. Tenían varios criados. El

automóvil ya existía, pero no era aún de uso corriente, y el novelista

había comprado un cupé y un tronco de hermosos caballos para uso de su

mujer. Él podía dar gusto a sus aficiones románticas, realizando en gran

parte las ilusiones acariciadas en su juventud, y compraba muebles

antiguos, tapices, casullas viejas, objetos litúrgicos, al mismo tiempo

que iba formando una biblioteca enorme.

Sus dos hijos se educaban en colegios de gran fama. Matilde, siempre más

vieja que debía serlo por sus años, iba vestida modestamente, y su

aspecto macilento contrastaba con la alegría juvenil de su marido

victorioso. Únicamente sentía la satisfacción de su riqueza naciente al

pensar en las caridades que podría hacer. Y de pronto, como si le fuese

imposible acostumbrarse a tanta prosperidad, había muerto.

No podía tampoco acertar Montalbo, al evocar su pasado, cuál había sido

la verdadera causa de esta muerte. Se había ido de su lado para siempre

porque ya no era necesaria su presencia, porque se consideraba

inoportuna en esta nueva atmósfera de triunfo y de lujo repentino. Tal

vez la pobre había muerto pensando que su grande hombre quedaría de

este modo con mayor libertad para continuar su camino glorioso.

En los años sucesivos, el viudo se consideró efectivamente más suelto y

ágil para seguir a la gloria, que marchaba delante de él como una amiga

incansable. Todo lo que la celebridad puede dar a un hombre, él lo

conoció. Ya no le era posible adquirir más viviendas lujosas; tenía

importantes depósitos en muchos Bancos; podía suspender su trabajo

cuando quisiera, sin miedo al porvenir. Su nombre, al ser anunciado en

voz alta, hacía volver las cabezas. Llegaban elogios hasta él de todos

los rincones de la tierra; recibía honores oficiales, y al mismo tiempo,

una parte de la juventud, impaciente e iconoclasta, hacía una excepción

en su favor, mirándole con cierta simpatía, como si fuese un joven

eterno. A veces hasta se lamentaba de no ser objeto de frecuentes

ataques, por creer necesaria alguna mancha de sombra en esta gloria de

monótono brillo.

El amor había venido igualmente a ponerse a sus órdenes como un esclavo

de la celebridad, un amor menos tranquilo y regular que el que le hizo

conocer Matilde.

En la cumbre de su madurez y en la primera parte del descenso de su

existencia, seguía conservando Montalbo aquella belleza varonil admirada

en otro tiempo por las muchachas del Barrio Latino. El antiguo

«Conquistador» había recortado su barba y su melena para que resultase

menos visible el brillo de las canas; en torno a sus ojos empezaba a

extenderse el triste abanico de las arrugas; pero el brillo juvenil de

sus pupilas, su sonrisa primaveral de triunfador satisfecho de la

existencia, su cuerpo vigoroso y su perfil aquilino, herencia de

soldados y navegantes, mantenían el antiguo interés inspirado por su

persona.

Las extranjeras de paso en París lo encontraban semejante a sus

retratos, tal como ellas se lo habían imaginado leyendo sus libros. En

los tés, encontraba muchas veces señoras todavía hermosas, que le

consultaban sobre problemas del alma, acabando por invitarle a

contemplar a solas la caída del sol desde la terraza de Saint-Germain, o

a pasear en la mañana por algún sendero misterioso del Bosque. Otras le

visitaban en su vivienda, de cinco a siete de la tarde, para hacerle

ver, a puerta cerrada, sus interioridades psicológicas.

Lo que más le envidiaban algunos escritores jóvenes era la leyenda de

triunfos amorosos que se iba formando en torno a su apellido. Montalbo

guardaba un silencio discreto cuando alguien aludía en su presencia a

esta celebridad. Otras veces aceptaba con sonrisas modestas o

enigmáticas los comentarios de sus amigos o las malignas insinuaciones

de ciertos periódicos.

Tenía el entusiasmo inagotable y la credulidad fácil de los que llegan

con retraso al amor cambiando el orden de las épocas de su vida.

Después de los años de comunidad matrimonial tranquila y metódica, que

habían sido años de trabajo y privaciones, sentía una verdadera hambre

de aventuras pasionales, desordenadas y vertiginosas. Quería vivir

novelas en la realidad, después de haber fabricado tantas con la

imaginación.

Al desaparecer su mujer no tuvo ya escrúpulos ni obstáculos que le

contuviesen, y avanzó con el aturdimiento del joven que encuentra un

nuevo aliciente a sus amoríos cuando los ve acompañados de cierto

escándalo, halagador de su vanidad.

Esta segunda existencia de Montalbo alejó de él lentamente a los que

formaban su familia. El escultor Duprat había muerto de alcoholismo,

después de comunicar a todos los que se resignaban a escucharle que su

yerno carecía de talento y había asesinado a su mujer para dedicarse

libremente a una vida de crápula. Sus hijos le amaban, indudablemente,

pero como se puede amar a un hermano mayor por los años y menor por la

ligereza de su conducta. El hombre célebre se mostraba con los dos de

una generosidad ilimitada, admitiendo sin parpadeos de sorpresa todas

sus peticiones.

--El dinero es un instrumento de libertad--decía--, y si lo amo tanto,

es porque me permite ser independiente. Sólo el que puede dar dinero a

manos llenas es verdaderamente libre.

Como la hija parecía haber heredado su vitalismo exuberante y su

curiosidad imaginativa, se apresuró a casarla con un militar joven y

buen mozo, y los dos vegetaban en lejanas guarniciones de provincia,

donde el nombre de Montalbo daba al capitán y su esposa un reflejo de

gloria literaria.

Su hijo era ingeniero, y hacía recordar a la grave y ordenada Matilde

más que a su vehemente esposo. Nada de literatura ni de historias

inventadas; su carácter positivo sólo sentía la atracción de las

ciencias exactas. Como deseaba enriquecerse, se había ido a trabajar en

una colonia francesa de Asia, y allá permanecía célibe y aislado, sin

otro deseo que obtener por medio de las explotaciones agrícolas una

fortuna más grande que la de su ilustre padre.

Montalbo, creador de una familia, vivía solo. Algunos lo comparaban a

esos árboles poderosos que acaparan con sus raíces toda la tierra

inmediata y no dejan prosperar ninguna vegetación junto a ellos. Lo que

nace bajo su sombra muere, ya que no puede huir trasladándose a un

terreno más libre.

Pero los que habían nacido cerca de este hombre extraordinario,

afortunadamente podían moverse, y se apresuraron a escapar de su fatal

dominación, inconsciente, alegre y generosa.

«¿Qué más puedo desear?--pensaba Montalbo en sus horas de melancolía--.

Nada me falta. Todo lo que deseó ha llegado para mí; en mayor o menor

cantidad, pero ha llegado. Ni uno solo de los ensueños de mi ambición y

mi envidia, cuando era joven, dejó de realizarse...».

Y se preguntaba, una vez más, si podía tenerse por más feliz que los

demás hombres.

No; no era feliz.

Novelas de la Costa Azul · 第 14 / 35 题