Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al
Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una
juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el
renombre, y las primeras satisfacciones del amor.
En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el
orgullo de su vanidad masculina.
Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir
sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo
anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto
de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado.
Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para
distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de
su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el
reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de
las otras bestias, obscuras y humildes.
Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces
que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los
ojos con repentino interés:
--¡Qué cabeza de artista!...
De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del
conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave,
negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas
parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena
palidez, estaba como encuadrado por dos crenchas intensamente negras,
que descendían hasta más abajo de sus orejas.
Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o
simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso
al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas
decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta
erudición artística le había apodado _Velázquez_, por encontrarle cierto
parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus
amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su
nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador».
Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este
escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta
de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a
trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los
principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que
por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad
demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la
mediocridad.
Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua
cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las
tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes
buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la
literatura, la música o las artes plásticas.
El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el
afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas
veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a
todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de
invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego
parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o
en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío.
Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los
amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta
muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en
todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de
casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un
padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y
los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con
alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su
existencia, dejándole este recuerdo viviente.
Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al
estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su
gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para
hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de
que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de
paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto
menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre.
Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo,
donde todo se desarrolla metódicamente.
Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del
estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una
hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al
observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del
padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le
reconocían cierta belleza, pero añadiendo:
--No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.
Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al
estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su
madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres
del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían
resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda
e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A
pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía.
Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con
vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la
envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para
servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.
Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta
joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus
cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin
duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas
licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su
padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del
«Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática
de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba
silenciosamente en los visitantes del estudio.
Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en
ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de
los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a
frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo
largo rato sus miradas. Los dos creían verse por primera vez.
Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta
cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de
su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más
fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas.
Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma
del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho,
mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le
atribuían.
Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero
de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron
ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua
atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes
de decírselo.
Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de
gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre
y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre,
buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún
jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde
podían tropezarse con gentes conocidas.
Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar
de su próximo matrimonio--como si no pudiera tomar otra forma que la
reposada y legal--, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole
mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde,
encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía
antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.
La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena
suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando
revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó
a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de
ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de
corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las
cuales no había que esperar dinero.
Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de
la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos
ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro
matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una
catástrofe de tragedia.
De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con
desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte,
excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el
famoso compositor Fontana. Este músico había continuado siendo amigo
suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver
con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de
su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo
como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir
su propia gloria.
El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su
admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con
numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a
excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y
los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos;
pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.
Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del
escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en
sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre
célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no
creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al
ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el
privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter
oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e
ignorados.
Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de
café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después
de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de
aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con
todos ellos unas cuantas palabras.
El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas
de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía
reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino
Fontana».
Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus
apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que
ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía
deseoso de casarse con ella.
Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo
inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el
escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.
De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de
aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había
abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder
de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y
los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo
su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas
graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre
tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París
considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con
dedicatoria.
Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más
interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la
realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa,
le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el
repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el
viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos
raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían
casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta
joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.
Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.
--Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho
dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi
hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar
que sus óperas se cantan en el mundo entero.
No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de
este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa,
despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.
Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido,
tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero
inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si
Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio
inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la
gloria?...
También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se
acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos
famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de
entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro.
Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre.
Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra
varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última
manera», del maestro.
En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre,
sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza
amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América,
donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía
brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era
de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...
Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz
fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.
--Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un
honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo:
la gloria... ¡Es tan célebre!
Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas
miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento
guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones.
Luego sonrió.
--¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez
más que mi padre.
Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:
--Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que
él ya no puede tener.
Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer
instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con
cierta lástima a Matilde.
Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero
al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran
Fontana!...
Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.