El sol de los muertos

I

Cuando hablaban a Montalbo de su celebridad universal, el famoso

escritor francés quedaba pensativo o sonreía melancólicamente.

¡La gloria!... Alguien la había sintetizado diciendo que es simplemente

«un apellido que repiten muchas bocas». Un novelista admirado por

Montalbo le daba otro título. La gloria era «el sol de los muertos».

Todos los hombres cuyo recuerdo guarda la Historia, célebres en vida y

después de su muerte, o desconocidos mientras vivieron y elogiados

cuando ya no podían oír sus alabanzas, perduraban, con una existencia

inmaterial, bajo la luz de este sol que sólo alumbra a los que ya no

tienen ojos para verlo.

Montalbo sentía un escalofrío de pavor al pensar en el astro que sólo

existe para unos cuantos. Deseaba que iluminase muchos siglos su tumba.

En realidad, todo lo que llevaba hecho era para conseguir esta

distinción póstuma. Pero al mismo tiempo veía imaginariamente la gloria

como una estrella roja y mate, de luz aguda y glacial, semejante a esos

rayos descompuestos en los laboratorios, que deslumbran y no emiten

ningún calor.

El sol de los muertos le hacía descubrir nuevos encantos en el vulgar

sol de los vivos, astro que alumbra infinitas miserias, pero trae

también en su curso impasible muchos días de corta felicidad. ¡Y pensar

que por obtener un rayo de este sol de las tumbas los hombres crean

interminables guerras, oprimen a sus semejantes, viven sordos y ciegos

ante las magnificencias de la Naturaleza, y dan a la ambición el sitio

del amor!...

Recordaba también el poeta los eclipses y los caprichos rotatorios del

tal astro, esplendoroso y frío, que deja en insondable noche todo el

porvenir, sólo alumbra una reducida parte del presente, y reserva sus

cascadas de luz infecunda para las inmóviles llanuras del pasado, para

los polvorientos campos de la Historia, llenos de ruinas y silenciosos

como un cementerio. Montalbo no estaba seguro de lo que podría encontrar

más allá de la muerte; no tenía siquiera la certeza de encontrar algo,

fuese lo que fuese; pero los vivos consideraban la gloria, «el sol de

los muertos», como algo de indiscutible realidad, y él se apoyaba en tal

afirmación para imaginarse cómo sería su existencia de ultratumba. Su

cuerpo iría pulverizándose mientras los hombres todavía vivos repetían

su nombre y se lo pasaban a otros hombres, como un depósito, antes de

morir a su vez. Y él, por todo recreo--si es que continuaba existiendo

después de la muerte--, contemplaría cómo brillaba sobre su fosa aquel

resplandor, crudo y glacial, de luz química.

Como el grande hombre empezaba ya a sentirse viejo, repelía estremecido

estas evocaciones de su imaginación. ¿Para qué ocuparse en vida de la

inmortalidad literaria, que es la más azarosa de las loterías?... El sol

de la gloria iluminaba caprichosamente la tumba de muchos hombres a los

que nunca calentó mientras vivieron. En cambio, como una mujer

veleidosa, envolvía en el cono de sombra pendiente de su espalda a otros

que acarició mientras existían. Proyectaba su resplandor sobre unos

pocos con tal generosidad, que iluminaba a la voz sus personas y sus

obras, mientras a los más sólo les tocaba el rostro con un rayo único,

dejando en la lobreguez del olvido todo lo demás que produjeron como

justificación de su renombre.

Sonreía tristemente Montalbo al pensar en su celebridad que tantos

envidiaban. Sus libros, ahora famosos, tal vez resultasen despreciables

antes de cincuenta años.

«La mayoría de las obras célebres del pasado--pensaba--no llegaron hasta

nosotros, y sólo las admiramos por el testimonio de algunos

contemporáneos que nos afirman su excelencia. Otros libros antiguos han

sobrevivido, pero sólo los leen unos cuantos eruditos. El gran público

huye de ellos, alabando al mismo tiempo al autor por un convencionalismo

tradicional. Mi fama presente se disolverá pocos años después de mi

muerte. Tal vez si sobrevive y logra salir por la otra boca del túnel

del primer olvido que atraviesa toda celebridad difunta, será un simple

nombre en los diccionarios y una lista de libros que nadie lea».

En sus horas de pesimismo consideraba con cierto menosprecio todas las

grandezas intelectuales de la civilización humana, tenidas por eternas

e inconmovibles. Que el mar subiese de nivel unos cuantos metros,

invadiendo las tierras; que la corteza terrestre se resquebrajase con la

infinita perforación de una viruela de volcanes; que nuestro planeta, en

una desviación de su órbita, se alejara del sol o se aproximase a él, y

toda la vida humana, con sus orgullos, sus variedades y sus ensueños,

desaparecería en unos minutos, perdiéndose en el aire, como mariposas de

ceniza, los libros, los cuadros, los monumentos... La gloria merecía su

título de «sol de los muertos». Era algo negativo y engañoso como la

muerte, sobre la cual construyen los hombres tantas ilusiones

religiosas.

Pero el escritor, necesitando de pronto un consuelo espiritual,

abandonaba estos lóbregos pensamientos sobre el más allá, concentrando

su vista en el presente. La gloria era entonces para él algo positivo y

agradable, mientras vive el que la disfruta. Montalbo sentía su calor

vivificante, igual al del sol que ilumina a los vivos. No podía quejarse

de ella. Había transformado su existencia con la exuberante generosidad

del calor de los trópicos, que desarrolla atropelladamente el germen

errante o imperceptible caído en el suelo, haciéndole remontarse como un

vigoroso chorro vegetal cargado de vida rumorosa y sólida.

Recordaba sus días penosos, los días de su primera juventud, cuando el

astro que en sus horas meridianas da una vida fingida y gloriosa a los

muertos aún no le había tocado con los rayos de su amanecer.

Sus primeros avances habían sido lentos y tristes. Tenía que abrirse

paso en Francia, y no había nacido en ella. Su padre pertenecía a una

familia ilustre radicada en una república de la América del Sur. Sus

abuelos habían sido ricos de un modo fabuloso, con propiedades extensas

como Estados. El primero de la familia era un héroe de la conquista del

Nuevo Mundo, un capitán navegante de España, don Alonso de Montalbo,

fundador de la misma ciudad en la que había nacido el poeta.

Estando en París, su padre se había casado con una francesa,

llevándosela después al otro lado del Océano. Tenía todas las cualidades

buenas y malas del criollo antiguo: caballeresco y dilapidador;

sentimental y cruel; capaz de los más disparatados sacrificios por la

mujer amada, y capaz igualmente de olvidarla por una mulata del campo

horas después.

Al examinarse interiormente, Montalbo encontraba muchas veces el

carácter de este padre, que no había conocido nunca, pues el criollo

murió cuando él sólo contaba unos meses de vida. Lo asesinaron en una

revuelta política, y como había despilfarrado los últimos restos del

patrimonio de los Montalbo, considerablemente disminuido de generación

en generación, la viuda se volvió a París.

Este niño que llevaba el nombre español de José María y un apellido de

conquistador balbuceó sus primeras palabras en francés. La madre le

hablaba siempre en su idioma. Pero al mismo tiempo, en la cocina, el

pequeño Montalbo se veía obligado a aprender el español para entenderse

con Bernarda, una mestiza de labios abultados, ojos de brasa y muecas de

continua protesta. Se quejaba del frío de París, de la maldad de sus

habitantes, que se empeñaban en hablar de otro modo que los demás

cristianos; pero seguía a la señora en sus andanzas y pobrezas por no

abandonar al niño, que recibía sus caricias lo mismo que un gozque

travieso y gracioso.

El escritor olvidaba las privaciones de su infancia, la dificultad con

que hizo sus estudios, el aislamiento que le creó muchas veces su nombre

exótico, la muerte de su madre, a consecuencia de tantas privaciones

disimuladas, y las miserias de su primer matrimonio, para fijarse en las

comodidades y larguezas de su existencia presente. Después de la dura

iniciación que había sufrido para llegar hasta la gloria, ésta se

mostraba de una generosidad incansable.

Sus libros eran leídos por millones de personas. Los traductores los

aguardaban impacientes para darles el ropaje de una nueva lengua, y

luego se esparcían por la tierra entera como mariposas brillantes, cuyo

vuelo triunfador contemplaban las gentes con ojos admirados. Sus sonetos

obtenían celebridad hasta en los países donde no podían leerlos en su

forma original; sus obras teatrales se mantenían en los carteles,

algunas veces, años enteros. En los últimos tiempos, el cinematógrafo

había añadido el encanto de la plasticidad y el movimiento a muchas de

sus historias novelescas.

Todo este éxito había traído como consecuencia práctica el bienestar y

abundante dinero. El pequeño criollo que intentó muchas veces conmover

con sus balbuceos a la cobriza Bernarda para que le diese un segundo

pedazo de pan, sin que ésta pudiese atenderle; el bohemio que más de una

noche había vagado por las calles de París, falto de refugio, después

que se cerraban los cafés, poseía ahora un hotel particular con vasto

jardín en el barrio de Passy, cerca del Bosque de Bolonia, lujosa

vivienda que visitaban con veneración sus admiradores y excitaba la

envidia de muchos de sus camaradas literarios. Había comprado además un

castillo histórico en las orillas del Loira, donde pasaba los meses de

otoño, y en invierno descendía a la Costa Azul para ver el carnaval de

Niza y el público abigarrado o interesante de Monte-Carlo.

Poseía dos automóviles. El correo le entregaba diariamente cartas

admirativas de los lugares más apartados de la tierra. Todos le llamaban

«querido maestro». Los más le respetaban como un hombre eminente de su

época. Algunos lo discutían hasta la calumnia, preocupándose de él a

todas horas, lo que representa una nueva forma de la admiración...

Nunca, ni aun en sus momentos de más exagerado optimismo, había podido

imaginar el Montalbo de los años juveniles de miseria que llegaría a ser

tan favorecido por la gloria y el éxito material.

Pero el hombre es una eterna inquietud, una duda incesantemente

renovada, y el novelista, acostumbrado al análisis psicológico de los

seres imaginarios que figuraban en sus historias, al examinarse a sí

mismo, se preguntaba muchas veces:

--¿Verdaderamente soy feliz?...

Novelas de la Costa Azul · 第 12 / 35 题