VI

Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo

sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó

supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden

proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas

preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la

fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre

aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le

tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?...

Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con

sus alas.

Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de

los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden

también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la

entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el

más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En

los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los

aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o

inventores, todo es posible.

Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla

amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de

su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima

importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes

réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el

aumento de una cantidad más...

El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus

compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a

visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al

mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación

basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella,

y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron

pasarse el aviso unos a otros.

Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar

de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de

Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico,

libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco

tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas

del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado

contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes,

deseosos de ganar nuevas primas.

Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,

según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que

deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte.

Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:

--Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.

¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.

El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se

consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las

Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba,

con una displicencia de rico:

--Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando

para los míos.

Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando

formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un

préstamo inmediato...

Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron

«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte

pudiera resultar oportuna.

Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en

las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las

forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la

Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio

sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un

lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que

nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.

Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen

antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y

doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para

complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo

oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.

El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas

cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el

tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al

anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a

la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente

cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo

cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre

los rieles.

Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del

ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche

y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero

también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus

vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se

abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza,

preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un

vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.

Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas

biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida

nacional.

¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos

fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos

mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a

expresarlo con palabras.

Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones

malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento

público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general

había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la

familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta

sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).

La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de

las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen

padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran

fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del

momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros

sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión

serviría para suavizar el dolor de la familia.

Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la

suerte--a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que

entrase--se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis

nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir

panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las

dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron

magníficas rentas.

La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas

del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia;

pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar

envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas

blondas y joyas sólidas.

Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público

hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes

tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo

que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa

sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los

concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias,

están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.

No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre

materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París

van a enseñarla sus novedades antes que al público.

Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su

falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus

yernos, le dice suspirando:

--Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo

fue mi finado el doctor.

Novelas de la Costa Azul · 第 11 / 35 题