Como todos los que viven inseguros y acechados por el peligro, creyendo
sentir que la tierra vacila bajo sus pies, el doctor aceptó
supersticiosamente la existencia de fuerzas misteriosas que pueden
proteger a los mortales y salvarlos, fijándose en ellos con las secretas
preferencias de la predestinación. ¿Por qué no había de ayudarle la
fortuna, tirando de él con un manotazo maternal y elevándolo luego sobre
aquellas miserias que le obligaban de día a dolorosos fingimientos, y le
tenían la noche entera entre las roedoras mandíbulas del insomnio?...
Había que abrir las ventanas a la suerte, para que pudiese tocarle con
sus alas.
Y se hizo jugador, jugando en la Bolsa y en los clubs aristocráticos, de
los que era uno de los socios más respetables y escuchados. Dio orden
también a las gentes de su «escritorio» para que dejasen libre la
entrada a todo el que llegase pretendiendo hablarle. ¡Quién sabe si el
más humilde visitante vendría a proponerle un negocio salvador!... En
los países jóvenes, de continua inmigración, que atraen a los
aventureros de mala ley, pero igualmente a los visionarios geniales o
inventores, todo es posible.
Un día, un agente de seguros sobre la vida le conquistó con su charla
amena, haciéndole firmar una póliza de doscientos mil pesos a favor de
su mujer y sus hijas. Esto iba a obligarle al pago de una prima
importante todos los años; pero como estaba acostumbrado a los enormes
réditos que debía entregar a sus acreedores, consideró insignificante el
aumento de una cantidad más...
El agente de seguros, alegre por la comisión ganada, debió hablar a sus
compañeros; la puerta del «escritorio» seguía franca, y empezaron a
visitar a Pedraza casi todos los que en Buenos Aires se dedicaban al
mismo negocio. Intentó resistirse al principio a una segunda operación
basada en su muerte; pero al fin acabó mostrando cierto gusto por ella,
y como seguía recibiendo bien a tales visitantes, éstos parecieron
pasarse el aviso unos a otros.
Rara era la semana que el doctor no suscribía una póliza nueva. A pesar
de su madurez se mantenía fuerte, los médicos de las Compañías de
Seguros daban un informe rotundo sobre su espléndido equilibrio físico,
libre de toda enfermedad, y el negocio se hacía sin obstáculos. Al poco
tiempo Pedraza estaba asegurado en más de una docena de Compañías, unas
del país, otras de Europa y de los Estados Unidos. Además había firmado
contraseguros y hecho otras operaciones que le aconsejaban los agentes,
deseosos de ganar nuevas primas.
Al fin, su persona había llegado a valer más de dos millones de pesos,
según manifestaba con regocijo a sus amigos. Ésta era la cantidad que
deberían entregar las Compañías a su familia en el momento de su muerte.
Pero los amigos, admirando la solidez de su cuerpo, contestaban:
--Antes de morir habrás pagado en primas algo más de los dos millones.
¡Mal negocio el tuyo! Vas a vivir mucho.
El esposo de doña Zoila sonreía, orgulloso de su vigor, afirmando que se
consideraba más fuerte que nunca, y al final serían efectivamente las
Compañías de Seguros las explotadoras de su credulidad. Luego terminaba,
con una displicencia de rico:
--Caro resulta eso; pero ¿qué importa?... Es plata que voy depositando
para los míos.
Una mañana le escuché estas mismas palabras en un Banco, cuando
formábamos grupo en la antesala del gerente varios aspirantes a un
préstamo inmediato...
Y de pronto la muerte, una muerte inesperada, que muchos llamaron
«estúpida», por su absurda inoportunidad; como si alguna vez la muerte
pudiera resultar oportuna.
Era en verano, y la familia del doctor estaba pasando una temporada en
las islas del Tigre. Estas islas están cerca de Buenos Aires, y las
forma el río Paraná al desembocar en el estuario llamado río de la
Plata: una red intrincada de canales navegables entre tierras medio
sumergidas, cubiertas de una vegetación frondosa, siempre verde. Es un
lugar hermoso, digno de servir de escenario a un poema. Lo malo es que
nunca ha ocurrido en él nada digno de mención.
Muchos ricos de Buenos Aires, especialmente las familias de origen
antiguo, tienen una casa de recreo en las inmediaciones del Tigre, y
doña Zoila había creído indispensable poseer un edificio igual, para
complemento de su lujoso hotel, cerca del Parque de Palermo. Creo
oportuno decir de paso que las dos nobles viviendas estaban hipotecadas.
El doctor pasaba las noches con su familia, acompañando a las niñas
cuando deseaban bailar en el Casino del Tigre. Por la mañana tomaba el
tren para ir a Buenos Aires y ocuparse en sus negocios, regresando al
anochecer. Fue en uno de estos viajes de vuelta cuando el doctor cayó a
la vía, al pasar de un vagón a otro. Nadie pudo explicarse claramente
cómo ocurrió este suceso, que produjo tanta emoción en la ciudad. Lo
cierto es que el cadáver del doctor fue encontrado hecho pedazos entre
los rieles.
Los periódicos hablaron largamente, censurando a la Compañía del
ferrocarril por el mal estado de su material. Había cerrado ya la noche
y la obscuridad debió ser la verdadera causa de esta desgracia; pero
también resultaba culpable de ella la Empresa, por la vejez de sus
vagones. Los puentes que los unían eran defectuosos; las portezuelas se
abrían solas. Indudablemente un hombre como el doctor Pedraza,
preocupado a todas horas por sus negocios, al pasar distraído de un
vagón a otro, había sido víctima de tales deficiencias.
Sus funerales fueron magníficos. Los diarios publicaron largas
biografías de él, considerando su trágica muerte como una pérdida
nacional.
¡Ah, doctor! ¡Heroico doctor!... Unos pocos nada más nos mirábamos
fijamente al mencionar su nombre. Nos hablábamos con los ojos, leíamos
mutuamente en ellos nuestro común pensamiento; pero nadie se atrevía a
expresarlo con palabras.
Algunos hubiesen querido hablar; pero ¿cómo interrumpir con suposiciones
malévolas, inoportunas y peligrosas la unanimidad del sentimiento
público por la pérdida de un ilustre hijo del país?... El duelo general
había servido para demostrar cuán numerosas eran las amistades de la
familia del llorado doctor y el prestigio de doña Zoila en la alta
sociedad (¡una Pérez Zurrialde!).
La señora viuda de Pedraza y sus hijas cobraron dos millones de pesos de
las Compañías de Seguros. Todos admiraron la previsión de este buen
padre de familia. Le tenían por rico; dejaba a los suyos una gran
fortuna (aunque indudablemente algo quebrantada por la crisis del
momento), y había que añadir a tal herencia los importantes seguros
sobre su muerte. El dinero siempre llega a tiempo, y en esta ocasión
serviría para suavizar el dolor de la familia.
Doña Zoila libró de hipotecas sus propiedades, y al poco tiempo la
suerte--a la que el pobre doctor abría inútilmente la ventana para que
entrase--se decidió a ir en busca de sus herederos. Pasó la crisis
nacional, circuló otra vez la riqueza; el mundo, que necesita para vivir
panecillos y biftecs, compró a buen precio los trigos y las reses; las
dos estancias de la familia, limpias de réditos, proporcionaron
magníficas rentas.
La señora viuda de Pedraza continúa siendo una de las primeras matronas
del país. Llama, como siempre, la atención de todos por su elegancia;
pero ahora es una elegancia de noble dama que ha renunciado a dar
envidia a sus amigas; una elegancia a base de colores apagados, de ricas
blondas y joyas sólidas.
Para que un concierto o una función teatral de caridad tenga público
hasta en los pasillos, es preciso que ella la organice. Los comerciantes
tiemblan al verla presidenta de una nueva institución benéfica, sabiendo
que esto significa un tributo más que tendrán que pagar con medrosa
sonrisa, so pena de verse sin clientela. Los comediantes célebres, los
concertistas, los escritores que llegan de Europa a dar conferencias,
están condenados al fracaso si no cuentan con su protección.
No ha vuelto al viejo mundo; pero desde Buenos Aires legisla sobre
materias de elegancia, y los comisionistas de modas que llegan de París
van a enseñarla sus novedades antes que al público.
Todas sus hijas se han casado ya. Los nietos empiezan a tirar de su
falda, y cada vez que siente una fugaz simpatía por cualquiera de sus
yernos, le dice suspirando:
--Hijo mío: sólo deseo que sea usted tan bueno para la familia como lo
fue mi finado el doctor.