Terminada la navegación, nos vimos poco. Yo no podía vivir en el mismo
plano que este millonario.
Además, huía de él, no porque me fuese antipática su persona, sino por
miedo a la deslumbrante doña Zoila y a sus hijas, que parecían esparcir
una nueva luz sobre París.
_Le Figaro_, que es el diario que presta más atención al paso de los
americanos, hablaba casi todos los días de «Madame de Pedraza, ilustre
dama argentina, y sus hermosas hijas».
Ocupaba la familia una parte considerable del primer piso de cierto
hotel monumental próximo al Arco de Triunfo. Algunas mañanas, el doctor,
su esposa y las seis niñas, salían a caballo para galopar por las
avenidas del Bosque de Bolonia. Esta cabalgata, que muchos, en el primer
momento de sorpresa, tomaron por un desfile de artistas de circo, servía
para demostrar la opulencia de la familia. Además, todos eran excelentes
jinetes, que habían aprendido la equitación por instinto, en la estancia
natal, al mismo tiempo que aprendían a hablar.
No se sabe si fue la admiración o la envidia la que inventó el mote;
pero las seis señoritas Pedraza empezaron a ser apodadas «las walkirias
argentinas».
El éxito de las hijas del doctor no podía ser más halagüeño para la
vanidad de sus padres. No digo que París entero se preocupase de ellas.
París es muy grande y su vida está dividida en sectores. Pero en el
fragmento de mundo parisién donde se movían los Pedraza, o sea la
porción comprendida entre el Bosque, la Avenida Kleber y los bulevares,
la popularidad de las seis walkirias era cada vez más grande.
En los establecimientos de la _rue de la Paix_, de los Campos Elíseos y
de la plaza Vendôme sonaba con frecuencia el nombre de Madame de Pedraza
y sus _demoiselles_, recomendando los jefes, con voz respetuosa, el
rápido cumplimiento de los encargos de tan ricas clientes. Muchas veces,
al contar yo que venía de la Argentina y tenía en ella mis negocios,
escuché las mismas palabras:
--Ahora está en París un gran millonario de allá, el doctor Pedraza, con
su esposa, una señora muy distinguida, y sus niñas, que parecen un coro
de ángeles. ¡Lo que gasta esa familia! ¡La fortuna enorme que debe tener
el padre!... ¡Qué collar de perlas el de la mamá!...
Y yo asentía a estas expresiones de asombro y admiración... ¿Para qué
hablar? En Europa tienen tal concepto de la riqueza sólida,
inconmovible, cristalizada, que no pueden imaginarse la riqueza movible,
inquieta y en continuo volteo de los países americanos: una riqueza que
se aleja y vuelve, se desvanece y torna a reconstituirse, haciendo que
un mismo hombre se vea tres o cuatro veces en su existencia millonario
como un príncipe de cuento de hadas y mendigo visionario.
Además, el lujo enorme de la familia Pedraza, que yo contemplaba desde
lejos, acabó por desorientarme, haciendo que dudase de lo que había
visto al otro lado del Océano.
En realidad, yo sólo sabía del doctor que había hipotecado la mejor de
sus fincas; pero esto no significaba nada extraordinario ni fatal. En el
Nuevo Mundo no basta preguntar cuánto posee una persona; es preciso
añadir: «¿Cuánto debe?». Todos, por ricos que sean, tienen deudas
enormes, contraídas para el agrandamiento de sus negocios. El
crecimiento rápido de los pueblos jóvenes exige que los ricos vivan un
poco a la ventura, como viven los jugadores, confiándose a su buena
suerte y tomando sin vacilación todo el dinero que les ofrezcan, con la
esperanza de poder devolverlo gracias a nuevos negocios.
Tal vez el doctor era más rico que yo me lo imaginaba, y su préstamo
debía ser considerado como una operación transitoria y sin importancia.
Al año siguiente, una portentosa cosecha de trigo o una de aquellas
ventas de «hacienda», en las que entraban los novillos a miles, y que él
me había descrito con tanto entusiasmo en sus conversaciones, bastaría
para pagar enteramente su deuda, sin tener que imponerse sacrificio
alguno.
Antes de que yo regresase a la Argentina tuve noticias directas de los
grandes éxitos obtenidos en París por doña Zoila y sus hijas. Las dos
mayores se mostraban refractarias a todo coqueteo, e iban de fiesta en
fiesta, estrenando cada vez un vestido riquísimo; pero graves y
austeras, orgullosas de su lujo y dignándose mirar únicamente a las de
su sexo, lo mismo que su noble madre.
--Somos muy argentinas y sólo podemos casarnos con uno de nuestra
tierra.
Ambas seguían escribiendo diariamente a sus novios, que estaban en
Buenos Aires. Únicamente les interesaban en París los vestidos y los
elogios de las mujeres.
En cambio, las otras hermanas vivían asediadas por el amor y las
peticiones matrimoniales. Hasta la más pequeña, que todavía iba de corto
y con el cabello suelto, tenía varios suspirantes que la deseaban por
esposa. La fama de estas millonarias recién llegadas se había esparcido
por todos los círculos más o menos aristocráticos, donde hay jóvenes que
se tienden con desesperación en un diván después de haber perdido los
últimos miles de francos en la sala destinada al juego.
Hay que recordar además que en los años anteriores a la guerra, la
República Argentina acababa de ponerse de moda, y los conocimientos
geográficos de los hombres deseosos de adquirir una fortuna casándose se
ensancharon con esto considerablemente.
Todos habían acabado por descubrir una gran novedad: que existen dos
Américas, la del Norte y la de Sur. El matrimonio con americanas de los
Estados Unidos era ya entonces una industria en decadencia. Los títulos
nobiliarios se aprecian allá cada vez menos. Las mujeres de aquel país,
dotadas de un carácter práctico y escarmentadas por la experiencia, se
reservan el manejo de sus bienes, y el marido sólo es un consocio bien
alimentado, pero sin derecho a tocar la fortuna de su esposa: una
especie de rey consorte, sin voz ni voto en el gobierno.
Era conveniente buscar acomodo en la otra América, donde también existen
millonarias, menos numerosas, pero más inexpertas en esta clase de
alianzas. El riquísimo doctor llegaba oportunamente con cuatro hijas
casaderas, y todos los que en París esperaban salvarse por medio del
matrimonio olvidaron lo que sabían de inglés para perfeccionarse en el
tango y chapurrear algunas palabras de español.
Dos de las señoritas Pedraza empezaron a mostrarse distanciadas por una
rivalidad aristocrática.
--Yo puedo ser duquesa si quiero--decía una de ellas--, y a ti sólo te
pretende un marqués.
--Pero el mío es más joven que el tuyo--contestaba la otra.
Doña Zoila creyó oportuno cortar tales disputas con la autoridad de su
noble pasado. Nada tenía que decir contra estos personajes que aspiraban
a ser sus yernos; pero no le hacían ningún favor extraordinario al
pretender entrar en su familia. Ellos tenían un pasado histórico, pero
los Pérez Zurrialde no eran cualquier cosa allá en su tierra. Si
llegaban a casarse con sus niñas, no tendrían por qué ruborizarse, pues
éstas eran iguales a ellos.
Empezó a circular entre los sudamericanos de París la noticia de que un
duque y un marqués querían ser yernos del doctor Pedraza. Les corría
prisa esta unión y deseaban realizarla antes de que la familia volviese
a Buenos Aires. Las niñas, por su parte, también mostraban una prisa
igual, pensando en lo que dirían sus amiguitas de allá al verlas con
títulos nobiliarios.
Tuve que marcharme de París en aquellos días, pero las confidencias de
algunos amigos del doctor sirvieron para darme una idea aproximada de lo
que debió ocurrir.
Estos nobles personajes que descienden a querer emparentarse con los
ricos del otro lado del Océano muestran siempre un gran desinterés
cuando llega el momento de tratar las condiciones materiales que deben
regir la asociación matrimonial. Ocupados en el galanteo de la joven
millonaria, no quieren interrumpir su dúo de amor con vulgares
discusiones financieras, y envían a un llamado hombre de ley, a un
notario que ha servido siempre a su familia, o al administrador de su
hacienda quebrantada, para que ajuste el convenio con los padres.
El doctor Pedraza, hombre de negocios, consideró sin importancia estos
tratos preliminares del matrimonio. Él manejaría a su gusto a los dos
nobles señores que pretendían ser hijos suyos. Pero en vez de hablar con
ellos, tuvo que recibir la visita de dos leguleyos franceses, de palabra
melosa, con el plumaje áspero y el pico duro, lo mismo que aves de
rapiña.
Mi amigo y su noble esposa se expresaron como príncipes generosos que no
pueden contar la inmensidad de su fortuna. Los dos se comprometieron
desde el primer momento a entregar a cada una de sus niñas una renta
anual de trescientos mil francos. Pero los enviados no creían en rentas
que pueden ser pagadas fielmente el primer año e ir disminuyéndose en
los siguientes, hasta quedar suprimidas. Ellos necesitaban un capital
positivo, aunque la renta fuese menor: campos, casas, valores
mobiliarios, algo que pudiera convertirse en dinero a cualquier hora,
dando una seguridad de riqueza a sus poseedores.
En resumen: que estas conferencias laboriosas, en las que se batían
ambas partes con buenas palabras y perversas intenciones, terminaron tan
mal como cualquiera de las entrevistas diplomáticas a las que asisten
los gobiernos con el propósito de engañarse unos a otros.
El duque y el marqués desaparecieron. Las dos niñas lloraron un poco.
¡No poder marcar con una corona heráldica sus pañuelos y sus ropas más
íntimas, para envidia de las amigas!...
Las hermanas mayores, que habían sufrido en silencio el orgullo
nobiliario de las otras, creyeron llegado el momento del desquite.
--Nosotras debemos casarnos con gentes de nuestra tierra. Aquí, en
Europa, sólo nos buscan por nuestra gran fortuna. Os hubieran tomado la
plata, y después, ¡quién sabe si habrían acabado pegándoos!...
Doña Zoila apoyaba estas palabras:
--Allá no usamos corona, pero somos tan nobles como los de aquí.
Vosotras, además de ser Pedraza, lleváis un gran nombre por vuestra
madre.
La hermosa señora abominaba ahora de París. Según contó después a sus
amigas de Buenos Aires, algunos mocitos que casi podían ser hijos suyos
habían osado hablarla, en los salones, de «almas dormidas que deben ser
despertadas», burlándose a continuación de la vulgaridad de ser fiel al
marido, y comparando su belleza con el sol de la tarde, más deslumbrador
y ardoroso que el del amanecer... ¡A ella! ¡A una matrona respetada por
todos en su país!... Si había aguantado en silencio tales audacias, era
por miedo a que se enterase su esposo, hombre violento en sus cóleras y
famoso tirador de pistola.
Arrepentido Pedraza sinceramente de la satisfacción que le había
procurado por unas semanas la posibilidad de ser suegro de tan
aristocráticos personajes, mostraba ahora un recrudecimiento de sus
entusiasmos de americano, hijo de una República.
--Lo de los títulos de nobleza, _ché_, puede deslumbrar a los gringos de
Europa; ¿pero a nosotros?... En la América del Sur eso nos hace reír.
V
Transcurrió mucho tiempo sin que yo volviese a ver al doctor. Me enteré
por los diarios argentinos de su regreso triunfal de Europa. Otra vez
su nombre y los de todas las mujeres que componían su familia volvieron
a aparecer en las crónicas de la alta vida social.
Doña Zoila organizaba fiestas de caridad; se movía a la cabeza de todas
las Juntas para la difusión de principios morales, y a la hora del té su
palabra era escuchada como un oráculo, definiendo lo que es elegancia y
en qué consiste la falta de _chic_. Después de haber pasado un año en
París, su autoridad parecía inconmovible.
La vida del doctor resultaba menos dichosa y plácida. Yo le veía pasar
en su lujoso automóvil por la Avenida de Mayo o apearse en la calle
Reconquista, donde se encuentran establecidos los Bancos de la ciudad,
yendo de uno a otro para sus numerosas e importantes operaciones. Todos
seguían considerándole con respeto, como un personaje influyente, y
muchos envidiaban su riqueza. Pero de tarde en tarde llegaban hasta mí
noticias inquietantes para el crédito del doctor. Sus amigos íntimos
contaban que había gastado en Europa un millón de pesos (más de lo que
le había prestado el Banco Hipotecario). En las reuniones de alta
sociedad se hablaba con asombro del collar de perlas que doña Zoila
había adquirido en París, y los envidiosos apuntaban que el marido no
tenía fortuna para tantos dispendios.
En mucho tiempo no volví a acordarme de Pedraza, pues bastante tenía con
preocuparme de mi propia suerte. La Argentina pasaba en aquellos
momentos por una de esas crisis financieras que son en su existencia a
modo de una enfermedad normal y periódica, repitiéndose aproximadamente
cada diez años.
A los negocios rápidos y extraordinariamente productivos había sucedido
la atonía del dinero; al despilfarro, el pánico, el egoísmo y la
pobreza. Los Bancos que adelantaban antes capitales para toda clase de
negocios, no sólo habían cortado repentinamente sus créditos, sino que
exigían la inmediata devolución de sus préstamos. Yo tuve que luchar
mucho en aquella época para no salir de la crisis completamente pobre.
De no ocurrir tal calamidad, estarían ustedes escuchando ahora a un
millonario. Gracias que pude salvar lo preciso para retirarme a París y
vivir aquí con modestia.
Pero volvamos a nuestro doctor. Su situación era semejante a la de otros
compatriotas suyos. Continuaba siendo un capitalista para las gentes;
seguía viviendo como un millonario; pero los directores de los Bancos y
los hacendados sólidamente ricos, al nombrarle con respeto, contraían
los labios como para cerrar el paso a una sonrisa burlona y cruel. Su
infortunio llegaba hasta mí fragmentariamente, por noticias sueltas y
espaciadas, como se aproximan o se alejan las detonaciones de un
combate remoto, según los caprichos del viento.
La familia había tomado, como siempre, su palco en el teatro Colón al
empezar la temporada de ópera. Esto era natural. La vida resulta
inconcebible en Buenos Aires sin la asistencia a dicho teatro. ¡Antes
morir! Pero el doctor había entregado al empresario por el abono del
palco, no un cheque, sino un pagaré a noventa días vista. En las malas
épocas, muchos pagan así en aquel país. Se confía en el porvenir. Nadie
cuenta únicamente con lo que tiene en la mano, como los tímidos del
viejo mundo; todos admiten de consocia a la esperanza. ¡Quién sabe qué
grandes negocios pueden hacerse en el plazo de noventa días!... Como la
fortuna tiene alas, sólo necesita unos instantes para llegar hasta
nosotros.
También supe que Pedraza había hipotecado la otra estancia que era de su
mujer. Acababan de casarse las dos hijas mayores, con una magnificencia
que hizo acudir a toda la alta sociedad de Buenos Aires. Doña Zoila dio
a las bodas de sus hijas el aparato de un acontecimiento histórico.
Mientras tanto, el pobre doctor se agitaba de la mañana a la noche por
conseguir al mismo tiempo dos cosas que parecían antagónicas: sostener
el aspecto opulento de su familia sin aminorar sus gastos y pagar los
enormes réditos de sus deudas.
Las cosechas de las dos estancias y las ventas de novillos criados en
sus campos sólo servían para satisfacer los tales réditos. Pedraza,
deseoso de evitar disgustos a su esposa, disimulaba las angustias de
esta situación. Apenas se veía en su casa, rodeado de un ambiente de
lujo, entre sus hijas solteras, que hablaban y reían como princesas
seguras del porvenir, necesitaba mostrarse optimista, imaginándose una
serie de negocios maravillosos que vendrían a sacarle de apuros al día
siguiente.
No quiero cansar a ustedes describiendo detalladamente cómo se fue
acelerando, cuesta abajo, la ruina de Pedraza. Necesitaba siempre
dinero; en los Bancos no querían dárselo al interés corriente, y
recurrió al préstamo usurario. Además, tuvo que vender con pérdida
enorme los terrenos que había adquirido para especular sobre su alza en
la buena época del país, cuando circulaba vertiginosamente la riqueza.
Al mismo tiempo mostraba, al hablar con sus hijas casadas y sus yernos,
la tranquilidad bondadosa de un hombre inmensamente rico, que al morir
dejará caer un chaparrón de bienes sobre sus herederos. Aceptaba sin la
menor mueca de contrariedad todas las peticiones de las hijas que vivían
en su casa. Doña Zoila, que estaba vagamente enterada de que los
negocios no marchaban del todo bien, parecía vacilar algunas veces al
hacer a su marido la enumeración de los gastos de la familia, pensando
en la posibilidad de ciertas economías. Un día, hasta le dio a entender
que, en caso de apuro, estaba dispuesta a desprenderse de sus joyas.
Pero esto, aun siendo mera hipótesis, parecía causar tal pena a la
señora, que el doctor se apresuró a disuadirla.
Le era imposible aceptar que su noble compañera modificase su existencia
ordinaria. Además, ¿qué dirían las gentes al ver disminuido el lujo de
la familia?... Y era el pobre doctor quien recomendaba a su esposa que
evitase las economías demasiado visibles. Las niñas debían casarse, y
para ello era conveniente que la casa conservase su aspecto de
abundancia segura y ostentosa.
Cuando de tarde en tarde me ponía la casualidad al alcance de la palabra
solemne y los ojos protectores de mi amigo, adivinaba al punto los
estragos que iba haciendo en su persona esta nueva vida de pobreza
disimulada. Iba vestido con la elegancia de siempre; conservaba su
aspecto señoril; pero estaba viejo, mucho más viejo que debía serlo por
su edad.
--¿Cómo marchan sus negocios, españolito?... Mala época: ¡muy mala para
todos!... Pero esto no puede durar.
Y me golpeaba la espalda con la bondad de un ser superior que sabe que
existe la desgracia, pero es para los otros, pues él se encuentra por
encima de las miserias del vulgo.
Su caída fue larga. Nadie se enriquece con la rapidez que se imaginan
los que viven al margen de los negocios; nadie tampoco se arruina, por
regla general, en unos instantes, como lo vemos muchas veces en comedias
y novelas. Hay minas fulminantes, como hay naufragios instantáneos que
sólo duran unos minutos; pero la mayoría de las gentes se enriquecen con
lentitud, o van empobreciéndose como el que baja una escalera, peldaño
tras peldaño. El naufragio del doctor fue igual al de los grandes
veleros, que, después de estar llenos de agua, todavía flotan con la
quilla al aire mucho tiempo, yendo de un lado a otro, al capricho de las
corrientes.
En realidad, sólo sé de Pedraza lo que me contaron incidentalmente
algunos de sus amigos íntimos. Estas noticias son a modo de episodios
sueltos y sin concordancia; pero yo he hecho de todos ellos algo
compacto, uniéndolos con los hilos de mis suposiciones. Valiéndome del
álgebra de la inducción, he llegado a imaginarme todo lo que le ocurrió
al doctor. Dirán ustedes que lo que voy a contarles es en gran parte
invención mía; pero hay invenciones más ciertas y verosímiles, por ser
lógicas, que las noticias que nos dan como seguras los amigos y los
periódicos.
He pensado muchas veces en las tardes que debió pasar cuando quedaba
solo en su «escritorio»: un piso arrendado en la Avenida de Mayo para
sus oficinas. Lejos de su casa y libre de las seducciones que ejercían
sobre él las mujeres de su familia, obligándole a verlo todo de una
manera optimista, quedaba frente a frente al enigma de su situación. Iba
a verse arruinado en un país donde el dinero tiene mayor importancia que
en otras naciones y resulta más necesario para la vida. ¿Era posible la
existencia de un Rómulo Pedraza protegido por sus amigos y con un empleo
público para sostener humildemente a su familia?...
La idea de que su mujer y sus niñas tuvieran alguna vez que remendar sus
vestidos, llevando la vida dolorosa de los ricos arruinados que buscan
el amparo de unos parientes más dichosos, le parecía tan absurda e
inconcebible como un trastorno de la leyes astronómicas. ¿Era lógico que
Zoila, su mujer, fuese alguna vez pobre?...
Además sentía miedo al pensar en sus hijas. Él conocía la historia de
muchas señoritas cuyos padres se habían empobrecido. Unas pocas
conseguían casarse con ricos, lo mismo que en las novelas; las más se
resignaban a descender, perdiendo la distinción de su origen,
convirtiéndose en obreras ocultas que trabajaban mal recompensadas para
el sostenimiento de una vida miserable; y algunas acababan sirviendo de
amantes a hombres que en otras circunstancias no habrían osado aspirar a
ser sus maridos.
El pobre doctor se estremecía de miedo y de cólera al pensar que sus
hijas, las cuatro hijas que le quedaban en casa, podían verse en la
misma situación de algunas infelices que atraen a los libertinos con un
nuevo encanto: el de haber sido señoritas de buena casa, jóvenes, ricas
y educadas en el lujo antes de que la ruina paternal les empuje a ser lo
que son.