Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala
del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de
empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando
hablé por primera vez con el doctor Pedraza.
Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco
Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un
papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de
familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa
herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente
tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones
de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado.
Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido,
tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una
catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume
el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que
procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus
operaciones como si aún vivieran en la época colonial.
Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero
ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas
nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de
América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas
exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible
una depreciación de la hipoteca.
El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre
vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del
despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para
que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no
obstante mi larga espera.
--Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado
nacional.
Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo
mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las
oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario,
le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus
primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala
cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba
hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo
informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera
nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las
confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo
optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a
las oficinas.
El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus
pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba
mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran
propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres,
operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de
muchos centenares de miles de pesos.
Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el
doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y
deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga
aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se
compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo
comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en
tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel
país.
Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero
de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza
las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo
argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser
elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor,
exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose
una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura.
Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las
tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento
rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin
cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en
su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.
--Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...
Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos
Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial;
aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos;
calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan
llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que
riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.
--Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban
del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas
cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia
escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi
«petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también
iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros
públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales,
y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No
tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo
que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros
como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es
cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que
parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo
soñado.
Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una
de sus miradas bondadosas.
--Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos
señores le acepten la operación?...
Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el
producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos;
compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que
fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las
ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la
deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas.
Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la
importancia del hombre que me estaba escuchando.
--Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa
fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...
Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa
gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y
venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la
especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como
lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas,
modernizándolas...
Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y
de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea
el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los
obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor
Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble
criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de
los directores del Banco.
Como si la protección que me había dispensado el doctor--expresada
únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas
majestuosas--empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas
semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi
insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.
Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el
cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona
la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos
en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que
tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la
nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual
permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a
Europa.
Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me
quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar
en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman
en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía
llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía
dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en
Europa la vida de un personaje de tal clase?...
Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las
gentes hablaban todos los días del _Cap Bojador_, trasatlántico alemán
que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su
travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el
tal _Cap Bojador_, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de
los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como
una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río
de la Plata.
Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación,
de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para
atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que
esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una
muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar
esta maravilla flotante.
¡Pobre _Cap Bojador_! La organización germánica lo había previsto todo
en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos
cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si
estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió,
años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y
salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros
ingleses cerca de las costas de África.
Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a
Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda
ser pasajero del _Cap Bojador_ en su primera travesía. Representaba una
gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el
vulgo, este gusto inaudito.
Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que
en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien
había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de
darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los
opulentos pasajeros del _Cap Bojador_, cuando precisamente iba yo a
Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro
millonario?...
La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal.
Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle
para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas,
¡_hochs_!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran
afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a
los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo;
cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de
pañuelos tremolados como banderas...
Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no
conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro
en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin
el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la
Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.
Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo
qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre
varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que
habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de
violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a
París apenas la familia decidió el viaje.
El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el
presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al
salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos
visto aún los retratos de Lloyd George!...
Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables,
rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso
del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y
hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me
acogieron con una indiferencia cortés.
Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos
y por su lujosa instalación.
Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y
otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres
amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además,
formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al
servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se
dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas
en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una
vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de
Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo
histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce
personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde
estaban las mejores habitaciones.
La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según
declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su
vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las
puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso
numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del
equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba
a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de
vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse
a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían
puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una
de ellas, ¡y eran siete!...
Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas
las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después
juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores
bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del
vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda,
otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para
cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito
juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi
siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este
líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus
hermanas.
En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de
a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en
sus paseos por el buque.
--Es un doctor de Buenos Aires--decían algunos europeos de regreso a su
tierra, al mostrarse a este personaje--, un estanciero riquísimo, una
persona «bien». ¡La plata que debe tener!...
Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me
saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.
--¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?...
Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.
¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones
durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del
Banco Hipotecario.
Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me
ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir
en su mayor parte para este viaje suntuoso.
Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a
su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un
viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban
a sus espaldas.