II

Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en

el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de

esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o

la forma de la propiedad.

Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las

menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y

sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.

Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a

causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego.

Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos

incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras

tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para

remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna,

llevaban una existencia de sobriedad monjil.

Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas,

los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso

privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas

brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta

sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica,

modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera

de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las

criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno

a la llama que acaba por quemarlas.

La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos

ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para

discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el

lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la

limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.

Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que

significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que

procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y

despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.

--Si nuestros maridos o nuestros padres--dijeron muchas--desean

arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos

vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se

aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los

refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que

cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su

locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las

profesionales y tengamos sus mismas exigencias...

Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten

iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la

señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener

por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en

la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una

religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.

Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a

Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces»,

como la afición exagerada al baile, como los _jazz-band_ y tantas cosas

contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia

americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa

esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó

en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y

corriente, como en nuestros tiempos.

El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano

de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo

arruinaron su mujer y sus hijas».

Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos

míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener

el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de

ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes

era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en

algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un

hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando

en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo

terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y

plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de

años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues

carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras

preciosas.

Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus

pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros

napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres

de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una

consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo

llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella.

¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...

Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los

indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos.

Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la

divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no

necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne,

a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por

su amigo Chateaubriand.

Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva

vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y

lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre

Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas

cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué

atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces

al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la

deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando

las mismas ropas.

Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y

devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los

libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya

personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la

imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la

plaza Vendôme, a los modistos de la _rue de la Paix_ y demás proveedores

del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras

y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán

cómo tuercen el gesto:

--Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos

convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que

las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá

llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con

bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos.

Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de

señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de

nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el

dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura

marchan ahora del brazo con la moral.

Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta

franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los

veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores

más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a

proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna

comediante joven y de buen rostro.

La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación

del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que

su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna

privación en sus deseos de lujo.

Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas

aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora

de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción

de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve

elogiadas sus obras.

Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas

estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta

admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas

sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los

asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar

dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con

«distinción».

No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio

siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros

nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre

de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la

primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de

sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba

todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta

por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por

ellos.

Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a

una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser

considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que

todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se

preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil

leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la _rue de la

Paix_ a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel

sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a

«Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus

gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.

Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al

conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:

--Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.

Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se

apresuraba a añadir:

--Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.

Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un

habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la

cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el

número de ciudadanos.

Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el

porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud

de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos

de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre

para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a

pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no

pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus

antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que

acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías

en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración.

Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas,

como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.

Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a

su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las

peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni

escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio

de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las

cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno

de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y

a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las

fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante

los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su

servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de

«negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las

niñas para visitas o excursiones.

Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su

«escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las

que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin

hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de

cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.

Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una

demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el

doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.

--Soy de los Pérez Zurrialde--declaraba doña Zoila con orgullo en

determinados momentos.

Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de

ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez

Zurrialde».

Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder

explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces.

Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres,

héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos

no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más

distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos

predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del

país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su

inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos,

emparentándose solamente con sus allegados.

Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su

voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de

un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella.

¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el

bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de

América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda

abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias

linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas

tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que

representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y

la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que

vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto:

«Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había

alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de

Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de

su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo

y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los

tiempos.

Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente

reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia

persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.

Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un

marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias

elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la

sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer.

Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e

invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una

señora, casada y madre.

Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus

vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es;

pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o

admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al

tiempo.

--Pero usted--le dijo un europeo--gasta una fortuna en vestidos todos

los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo

digan.

La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso

sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los

hombres.

--Entonces--siguió preguntando el curioso--, ¿para qué viste usted con

tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...

Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como

apiadada de su ignorancia:

--Para dar envidia a mis amigas y que rabien.

Novelas de la Costa Azul · 第 8 / 35 题