Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en
alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.
También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el
presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia
actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes
de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del
hombre de acción.
Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su
desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más
podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía
viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá
de los cálculos y las conveniencias de los hombres.
--Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis
negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que
soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad
de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que
suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el
rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más
rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros,
porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.
»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo
si lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede
atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de
las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es
pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después
de mi muerte.
»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para
establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la
eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de
invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan
los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la
publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos
científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el
entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy
incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...
Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una
voz triste y rencorosa:
--Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los
negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de
la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en
un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una
cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una
garantía de que vivirán cuando yo no viva.
«¡Ah, canallas--me digo--, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto
me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa
admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil
millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a
cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.
»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en
añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los
jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir
veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia
alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos
más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he
influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas
mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no
conseguiría esos veinte años.
Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.
--Todo lo he sido, todo lo he tenido--continuó--, y por eso mismo la
vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero
vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi
existencia a pesar de mis riquezas.
»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo
la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba
obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de
las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son
realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en
otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba.
Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo
la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto
a través del cuerpo de todos los que le rodean.
»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el
triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi
fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no
experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé
que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una
fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y
empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi
victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que
conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino.
¿Qué me queda que hacer en la vida?...
La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle
de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo
al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes.
Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído,
dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además
inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de
confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el
ambiente melancólico del atardecer.
--Nada espero--continuó--, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir.
La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo
en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una
ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano,
las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más
allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance.
¡Qué cosa triste es la muerte!...
»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y
miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las
proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en
nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la
muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos
cuenta de la miseria de nuestro destino.
»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto
para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de
miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la
envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede
consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...
»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la
restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará
mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo
después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la
ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto
de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...
»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A
continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad
el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es
lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que
ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando
un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y
después, la nada.
Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a
hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía
por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo
una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de
peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.
El millonario señaló el sol con su bastón.
--Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá
resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan
esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los
grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el
último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que
encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra
muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y
para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros
llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su
juventud.
»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado
su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud
insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente
viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos
menos felices; todo está desarreglado en la existencia, y los viejos
morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más
cruel.
La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le
inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad
con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas,
murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de
ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la
hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte.
Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no
debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...
Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las
grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de
soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio.
El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el
suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.
--Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un
loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez
es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo
funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la
conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras
ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la
espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando
poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden
servirnos...
Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de
acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las
correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.
Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en
los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez
eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas
repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En
cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en
mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los
jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en
medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.
Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se
batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que
había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo
tenía veinticinco años y vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva
York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura
de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría
podido gozar verdaderamente de su triunfo.
--¡Pensar, duquesa--continuó--, que pasé años enteros sin ver la luz del
día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las
mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la
primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para
suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso
sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría
conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en
mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El
poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo
necesitan!...
»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el
engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en
plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe
decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando
sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El
primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian
que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y
sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el
momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no
podemos morir.
»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que
esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana,
y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los
demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se
imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo
esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro,
como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y
sin embargo, hablamos de ella a todas horas.
»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían.
Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de
nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les
entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas
generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus
creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que
existe la muerte mientras goza de salud.
La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la
ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador
hizo un gesto de asentimiento.
--Esa dulce mentira--dijo--es necesaria para que continuemos nuestra
existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres
que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese,
duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un
deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome
fuerzas para seguir adelante!...
Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió
cómo era él cuando tenía treinta años.