Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar
unas semanas en su palacio de Cap Martin--comprado desde Nueva York sin
conocerlo y guiándose por fotografías--, toda la atención de la Costa
Azul se concentraba en su persona.
Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que
siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea
varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de
república hispanoamericana recién huido de su país en revolución.
Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas;
las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso
una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales
procuraban colocarse bajo su patronato.
El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se
hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían
sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus
secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego
con un cheque en la mano.
En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a
Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las
salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña.
«Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación
preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».
Iba vestido con modestia. En sus _garages_ de Cap Martin tenía varios
automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie.
Sus secretarios eran _gentlemen_ de refinada elegancia. Al millonario le
complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto
señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su
propia grandeza.
Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto
humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública
admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra».
Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de
emoción: «Es un señor que siempre tiene inmovilizados en su cuenta
corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos».
Y era verdad.
Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que
se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le
abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en
negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas
industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos
capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en
forzosa improductividad.
La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap
Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja,
famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era
célebre en el mundo entero.
Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después
de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes,
para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un
presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora
los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su
vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna,
teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía
abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó
como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos
presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer
en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».
Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la
iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son
jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía
verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo
verdoso a las personas y los objetos.
Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se
mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que
los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una
espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor
atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese
acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el
triunfo de la muerte.
Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de
él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme
su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo
mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La
mandíbula inferior, saliente y poderosa en la juventud como un
testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado
exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la
dinastía austríaca.
Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en
esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su
belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón
fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que
desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus
pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la
marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron
duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una
mirada fríamente mansa las personas y las cosas.
Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su
grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta
deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.
Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia
en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia
de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.
--Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he
sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!
Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo
a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones
de los Alpes.
A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos
automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El
ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían
como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad
entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos
para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban
vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo
de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín
hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo
vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos,
más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas
meridianas.
--Sí, muy hermoso--contestó la duquesa.
Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad
del atardecer.
--Es una desgracia--continuó Baldwin--que haya que llegar a la vejez
para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede
ofrecernos. Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones
nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que
si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y
venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin
contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos
de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo
versos.
La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que
su acompañante quería decir.
--Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para
gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un
hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para
las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a
usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las
Tullerías.
Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se
interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció
revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia,
por habérselo oído mencionar en una reunión!...
Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las
cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a
los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del
agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo
antiguo.
Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos;
pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.
--Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas
cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce
verdaderamente lo que ocurre en su interior.
Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de
los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por
primera vez.
La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la
emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las
bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del
palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la
emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el
que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir
el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la
guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.
No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y
caracteres entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero
la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre
ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.
Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los
personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió,
agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870,
dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido
a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia
paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era
el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos
recuerdos.
Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el
resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de
esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza,
viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde
en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y
ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa
de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le
concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había
guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y
despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.
--Dice usted bien, mister Baldwin--continuó--. La vejez tiene sus
placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis
tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he
reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no
tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores
y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el
amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y
duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre
una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir
en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo
hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la
existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual
rondan incesantemente los enemigos...
»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no
conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En
realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay
compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros
todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.
»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes,
recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me
arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán
adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la
tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos
preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves,
pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame,
mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después
de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo
mismo que yo.
El millonario repuso melancólicamente:
--¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...
La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil,
bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:
--Es verdad... ¡Ay, la muerte!