II

Cuando de tarde en tarde el multimillonario John Baldwin venía a pasar

unas semanas en su palacio de Cap Martin--comprado desde Nueva York sin

conocerlo y guiándose por fotografías--, toda la atención de la Costa

Azul se concentraba en su persona.

Desde Cannes a Mentón no existía un invernante superior a él, y eso que

siempre vivían en las «villas» y hoteles de la ribera mediterránea

varios monarcas destronados o en vacaciones, y algún presidente de

república hispanoamericana recién huido de su país en revolución.

Las autoridades le escribían solicitando su apoyo para obras benéficas;

las sociedades le enviaban comisiones para saludarle, pidiéndole de paso

una subvención; los organizadores de conciertos y funciones teatrales

procuraban colocarse bajo su patronato.

El poderoso millonario era semejante a Dios, que no se deja ver, pero se

hace sentir con sus obras. Los que entraban en su hermoso palacio salían

sin conocerle, mas rara vez dejaban de ser recibidos por uno de sus

secretarios, y éste desaparecía a las primeras palabras, volviendo luego

con un cheque en la mano.

En contadas ocasiones, los que habían conseguido ver personalmente a

Baldwin lo señalaban a los demás en un paseo de Niza, en una de las

salas de juego de Monte-Carlo, o en un camino pintoresco de la montaña.

«Ése es el millonario Baldwin». Y la gente acogía siempre tal revelación

preguntando con extrañeza: «¿Ese viejo que tiene aspecto de pobre?...».

Iba vestido con modestia. En sus _garages_ de Cap Martin tenía varios

automóviles de las marcas más célebres; pero casi siempre iba a pie.

Sus secretarios eran _gentlemen_ de refinada elegancia. Al millonario le

complacía que lo tomasen por un servidor de ellos, apreciando el aspecto

señorial de sus empleados y sus ayudas de cámara como un reflejo de su

propia grandeza.

Cuando las gentes querían describir el poder de este hombre de aspecto

humilde y poco dispuesto a aceptar las manifestaciones de la pública

admiración, decían simplemente: «Es el hombre más rico de la tierra».

Los que estaban versados en los negocios afirmaban con un temblor de

emoción: «Es un señor que siempre tiene inmovilizados en su cuenta

corriente sesenta millones de dólares, no sabiendo qué hacer de ellos».

Y era verdad.

Si le hablaban de esta riqueza inactiva, en las contadas reuniones a que

se dignaba asistir, respondía con un gesto de cansancio. El dinero le

abrumaba: ¿qué podía hacer con él? Le era imposible colocarlo en

negocios que fuesen más fructuosos que los suyos. Y como sus empresas

industriales y mineras no podían desarrollarse más, ni exigían nuevos

capitales, la mayor parte de sus enormes ganancias se iba amontonando en

forzosa improductividad.

La duquesa de Pontecorvo lo conoció desde que vino a instalarse en Cap

Martin, cerca de su propia «villa». Fue una amistad de dama vieja,

famosa en otros tiempos y ahora olvidada, con un rico cuyo nombre era

célebre en el mundo entero.

Los tiempos presentes resultaban distintos a los de su juventud. Después

de la última guerra ya no quedaban emperadores en Europa, y los reyes,

para seguir viviendo, tenían que imitar la existencia democrática de un

presidente de república. Los multimillonarios como Baldwin eran ahora

los señores del mundo. Y ella, que se consideraba empobrecida en su

vejez, por haber dado a sus hijos la mayor parte de su antigua fortuna,

teniendo que soportar una «pobreza dorada», que sólo le permitía

abandonar muy de tarde en tarde la «villa» de Cap Martin, experimentó

como todos un respeto irresistible hacia este potentado de los tiempos

presentes. De aquí su sonrisa algo humilde y sus palabras al reconocer

en el intruso a mister Baldwin: «¡Qué agradable sorpresa!».

Siempre lo había encontrado en salones, a la hora del té, bajo la

iluminación sabiamente graduada por las dueñas de casa que ya no son

jóvenes y temen la luz cruda e indiscreta de un país solar. Ahora podía

verlo mejor al aire libre, en este jardín silvestre, que daba un reflejo

verdoso a las personas y los objetos.

Era tan anciano como ella o tal vez tenía algunos años más; pero se

mostraba fuerte, gracias a una vejez dura, enjuta y elástica, en la que

los dientes del tiempo apenas marcaban su huella, como si mordiesen una

espada de buen temple. Debía haber sido de gran estatura y de un vigor

atlético, pero los años lo habían achicado y adelgazado, dándole ese

acartonamiento que repele los asaltos de la enfermedad y retarda el

triunfo de la muerte.

Su traje de obscuro azul no era amplio, y sin embargo se movía dentro de

él como si perteneciese a otro. La flacura de su cuello hacía más enorme

su cabeza. Tenía la frente abombada y su nariz caía con pesadez, lo

mismo que un fruto maduro, sobre la boca hundida por los años. La

mandíbula inferior, saliente y poderosa en la juventud como un

testimonio enérgico de voluntad arrolladora, se había agrandado

exageradamente en la vejez, hasta recordar las de ciertos monarcas de la

dinastía austríaca.

Sus ojos eran el último recuerdo de su pasado físico, pareciéndose en

esto a muchas ancianas que fueron hermosas y sólo conservan algo de su

belleza muerta en la mirada. Se podía afirmar que los ojos de este varón

fuerte habían sido agresivos en los malos momentos, y de una fijeza que

desconcertaba a los hombres, obligándoles a bajar los suyos. Sus

pupilas, dotadas de una tenacidad imperturbable, habían influido en la

marcha de los sucesos. Pero ahora, estos ojos, que muchas veces fueron

duros, parecían esforzarse por ocultar su pasado, acariciando con una

mirada fríamente mansa las personas y las cosas.

Al ver a la duquesa, Baldwin se puso de pie, arrojando en el vacío su

grueso cigarro. Era un habano martirizado por los dedos y con la punta

deshilachada bajo el incesante mordisco de sus dientes cubiertos de oro.

Mientras estrechaba la mano de la dama, explicó su inesperada presencia

en este rincón. Había oído hablar a la duquesa del jardín de la iglesia

de Roquebrune y del magnífico panorama que se abarcaba desde él.

--Fue la otra tarde, en el té de mis compatriotas los Carleton, y hoy he

sentido la necesidad de conocer esta maravilla... ¡Muy hermoso!

Se habían sentado los dos juntos a la baranda rústica de troncos, viendo

a sus pies el mar, los pueblos de la costa y las últimas estribaciones

de los Alpes.

A lo largo de los hilos blancos de los caminos se deslizaban numerosos

automóviles, achicados por la distancia, hasta parecer insectos. El

ferrocarril que iba hacia París y el que se dirigía a Italia corrían

como escapados de una caja de juguetes. Estos movimientos de actividad

entre las poblaciones a orillas del mar no iban acompañados de ruidos

para los dos ancianos sentados en la altura. Las máquinas arrojaban

vapor y rodaban guardando un absoluto silencio. En cambio, el tintineo

de las esquilas de un rebaño de cabras que pastaba al pie del jardín

hacía temblar con una vibración melancólica el cristal del cielo

vespertino. El Mediterráneo era de un suave azul, mate y sin reflejos,

más dulce a la vista que el mar cegador e hirviente de sol en las horas

meridianas.

--Sí, muy hermoso--contestó la duquesa.

Y los dos quedaron en silencio, sintiéndose penetrados por la solemnidad

del atardecer.

--Es una desgracia--continuó Baldwin--que haya que llegar a la vejez

para conocer los placeres más dulces y tranquilos que la vida puede

ofrecernos. Durante la juventud, las preocupaciones y las ambiciones

nos tienen ciegos para muchas cosas. Me acuerdo de algunos hombres que

si pudiesen abandonar en estos momentos los cementerios de Nueva York y

venir hasta aquí, mostrarían asombro viendo cómo el viejo Baldwin

contempla el mar y el cielo lo mismo que uno de esos muchachos, faltos

de inteligencia para la vida ordinaria, que se divierten haciendo

versos.

La duquesa asintió con movimientos de cabeza, aunque sin adivinar lo que

su acompañante quería decir.

--Usted, tal vez, ha necesitado igualmente que aumenten sus años para

gozar con estos espectáculos. Una mujer es siempre más «poética» que un

hombre; además, en su juventud dispone de mayor tiempo que nosotros para

las cosas sentimentales. Pero aun así, sospecho que ahora le preocupa a

usted más la Naturaleza que cuando figuraba en las fiestas de las

Tullerías.

Aprobó la duquesa otra vez, satisfecha de que un hombre tan poderoso se

interesase por ella. Su antiguo orgullo de beldad cortejada pareció

revivir. ¡El potentado Baldwin subía a este jardín humilde de iglesia,

por habérselo oído mencionar en una reunión!...

Empezó a reconocer en este caudillo de negocios, educado lejos de las

cortes reales, una delicadeza de sentimientos que le hacía superior a

los hombres tratados por ella en su juventud. Y a impulsos del

agradecimiento, habló de su pasado, como si Baldwin fuese un amigo

antiguo.

Efectivamente: su existencia no era tan brillante como en otros tiempos;

pero también ofrecía sus placeres, aunque más reposados y dulces.

--Yo he sufrido mucho, mister Baldwin. Las vidas son como las casas

cuando se contemplan por fuera. Sólo el que las habita conoce

verdaderamente lo que ocurre en su interior.

Recordó su brillante juventud, y el americano, aunque conocía muchos de

los sucesos de su existencia, la escuchó como si oyese su historia por

primera vez.

La duquesa de Pontecorvo era española de nacimiento. Emparentada con la

emperatriz Eugenia, se había trasladado a París, figurando entre las

bellezas juveniles que agrupaba la soberana en las lujosas fiestas del

palacio de las Tullerías. Como su familia estaba arruinada, la

emperatriz quiso casarla con alguno de los personajes de su corte, y el

que mostró más interés por ella fue un mariscal que acababa de recibir

el título de duque de Pontecorvo por una victoria conseguida en la

guerra que sostuvo Napoleón III contra los austríacos.

No hacía la duquesa un misterio de la desigualdad de gustos y

caracteres entre ella y el rudo soldado que había sido su esposo. Pero

la vida elegante de la corte imperial amortiguó las diferencias entre

ambos, haciendo tolerable a la española su nueva vida.

Luego vino el derrumbamiento del Imperio y la dispersión de todos los

personajes brillantes que existían a su sombra. El mariscal murió,

agobiado por la ruina del emperador y los desastres militares de 1870,

dejando a su viuda con dos hijos. Luego, estos hijos habían constituido

a su vez nuevas familias, llevándose la mayor parte de la herencia

paterna, y la vieja dama acabó por escaparse de un París que ya no era

el de su juventud y la entristecía al hacer revivir sus melancólicos

recuerdos.

Había venido a instalarse en Cap Martin con el propósito de pasar el

resto de sus años en la antigua mansión invernal de su época de

esplendor. Esto lo permitiría ocultar la disminución de su riqueza,

viviendo al mismo tiempo entre las gentes de su antiguo mundo. De tarde

en tarde su protectora y parienta la emperatriz volvía a Cap Martin, y

ambas, vestidas de luto, hablaban de los amigos difuntos. Ahora acababa

de morir Eugenia, haciéndola pensar este suceso en el corto plazo que le

concedía la vejez para seguirla. De su pasado esplendoroso sólo había

guardado aquel collar célebre. Le recordaba sus antiguas glorias, y

despojarse de él equivalía a una declaración de pobreza.

--Dice usted bien, mister Baldwin--continuó--. La vejez tiene sus

placeres y sus dulzuras. Yo conozco ahora algo que no tuve nunca en mis

tiempos mejores: la tranquilidad. Nada espero, y mis deseos los he

reducido de tal modo, que no sé ciertamente si deseo algo. La vida ya no

tiene las alegrías vehementes de otros tiempos, pero tampoco sus dolores

y sus inquietudes. No se conoce en ella lo que llamamos de jóvenes el

amor; pero se encuentra la amistad, que es casi siempre algo más firme y

duradero... ¡Si usted pudiera darse cuenta de las inquietudes que sufre

una mujer cuando es tenida por hermosa o inspira deseos! Hay que vivir

en alarma perpetua; resulta peligroso entregarse a la confianza; todo

hombre que se aproxima por primera vez nos parece un adversario... Es la

existencia inquieta del militar que manda una plaza en torno de la cual

rondan incesantemente los enemigos...

»Ahora puedo hablar y vivir con una confianza y un abandono que no

conocí en mis tiempos mejores. El hombre ya no es el enemigo. En

realidad, a nuestros años no hay hombres ni mujeres; sólo hay

compañeros. Al perder importancia el cuerpo, se agrandan en nosotros

todas las cosas inmateriales que llevamos dentro y llamamos alma.

»Le confieso que, algunas veces, al ver mujeres jóvenes y elegantes,

recuerdo mis buenos tiempos y siento un principio de envidia. Luego me

arrepiento, y digo: «¿Por qué?... Ellas serán viejas a su vez; llegarán

adonde he llegado yo». En cambio, saboreo la paz de los años, la

tranquilidad de una existencia dulcemente egoísta, en la que sólo nos

preocupamos de vivir y de sentirnos vivir, conociendo placeres suaves,

pero inéditos, que nunca pudimos adivinar en nuestra juventud. Créame,

mister Baldwin: no me desespero al verme vieja, y tal vez usted, después

de haber trabajado tanto y vivido una existencia tan intensa, piense lo

mismo que yo.

El millonario repuso melancólicamente:

--¡Si fuésemos siempre viejos!... ¡Si no existiese la muerte!...

La duquesa, que hasta entonces había hablado con una viveza juvenil,

bajó la mirada, contestando con una voz igualmente triste:

--Es verdad... ¡Ay, la muerte!

Novelas de la Costa Azul · 第 4 / 35 题