IV

La guerra de Secesión le había hecho perder un tiempo precioso para sus

negocios, pues por entusiasmo se convirtió en soldado. Luego ganó sus

primeros miles de dólares y quiso viajar por Europa. Estuvo en el París

de los últimos años de Napoleón III y visitó la famosa Exposición que

fue como un resumen de la gloria imperial antes de que llegase la

catástrofe.

--Entonces, duquesa, la vi a usted por primera vez, cuando todo París se

ocupaba de su hermosura, de su lujo y sus fiestas.

--¡Oh, mister Baldwin!--interrumpió la anciana, conmovida por esta

revelación--. Debió usted haberse hecho presentar. ¡Hubiera tenido tanto

placer en conocerlo de joven!...

Sonrió el mayor de los ricos del mundo con una expresión de

incredulidad. Se mostraba regocijado por la hipótesis de que él podía

haber asistido en aquella época a las fiestas de la duquesa de

Pontecorvo, como si esto le pareciese altamente grotesco.

--El Baldwin de entonces, aunque joven y vigoroso, resultaba menos

presentable que el viejo que conoce usted ahora. Era un pobre que estaba

educándose a sí mismo, y acababa de hacer la guerra en un país cuyas

costumbres han progresado mucho desde entonces. Sus maneras eran

bruscas; tenía las manos deformadas por el trabajo... No; el John

Baldwin de entonces hubiera hecho un mal papel en los salones de usted.

Sólo le correspondía quedarse al borde de la acera, entre la muchedumbre

de las fiestas de la Exposición, aguardando el paso de la comitiva

imperial para ver en un landó, detrás de la emperatriz, a la duquesa de

Pontecorvo, que estaba entonces en lo mejor de su juventud y su

belleza.

--¡Oh, mister Baldwin!--suspiró otra vez la anciana, mirando al suelo,

al mismo tiempo que la lividez de sus mejillas se extendía por el resto

de su cara, sustituyendo al rosa del antiguo rubor.

Siguió hablando el americano.

--Desde entonces la conozco, y jamás la olvidé. Todos, para vivir,

necesitamos poner los ojos en una altura, y cuanto más inaccesible,

mejor, pues de este modo se pueden conservar intactas las ilusiones que

depositamos en ella. Para mí, esta cumbre fue usted. Estamos en una

edad, duquesa, que nos permite decirlo todo, sin las timideces de la

adolescencia.

»Durante mi época de peligros y trabajos, concentré toda mi ambición en

realizar tres deseos, como resultado de mi victoria. Quería poseer un

palacio rodeado de un parque inmenso, y un yate con el que pudiese

navegar por todos los mares de la tierra... Mi tercer deseo, o mejor

dicho, el primero, por resultar más vehemente que los otros dos, fue

conseguir una mujer igual a la duquesa de Pontecorvo, o ella misma, pues

la vida ofrece a veces limosnas inesperadas con las que uno no se habría

atrevido nunca a soñar.

»Palacios los tengo en distintos lugares de la tierra, y podría poseer

igualmente una flota de yates si no me bastasen los tres que están

inmovilizados en los puertos, esperando años y años que se reanime mi

deseo de correr el mundo... Lo único que John Baldwin no llegó a

conseguir en toda su existencia triunfante fue la duquesa de Pontecorvo.

--¡Oh, mister! ¿Quién podía imaginarse esto?--volvió a repetir la voz

conmovida de la anciana.

--Por lo mismo que no pude realizar esta ilusión, me ha acompañado

siempre... No le diré, duquesa, que la he recordado a todas horas. Un

hombre de mi especie necesita su tiempo para pensar y dirigir numerosas

empresas y le queda breve espacio para sus preocupaciones sentimentales.

Pero le juro que en los raros momentos de descanso, cuando evocaba el

pasado y las ilusiones de la juventud, lo primero que surgía en mi

memoria era el recuerdo de usted.

»Yo también he vivido mi existencia. Fui casado y amé a mi mujer

tranquila y dulcemente, como a una compañera animosa. Pero usted ha sido

la ilusión, el deseo no satisfecho, que nos sirve de estímulo para

seguir avanzando. Por eso mismo no quise buscarla cuando me vi

triunfante. Ya era viejo entonces, y usted tampoco era joven. Sus hijos

se habían casado; tenía nietos. ¿Para qué vernos?... ¿Para qué suprimir

la única ilusión que quedaba en pie dentro de mí?...

Calló un momento, mientras la anciana le contemplaba con interés,

haciendo un esfuerzo mental para adivinar cómo habría sido el americano

en los tiempos remotos de su juventud.

--¡Oh, mister Baldwin!--volvió a decir--. ¿Por qué no se dio usted a

conocer entonces?

Pero el millonario, como si no la oyese, continuó el curso de sus

pensamientos, expresándolos en voz baja.

--Nunca la hubiese buscado. Temía verla distinta a como era en otros

tiempos... Ahora no importa que nos conozcamos. Ni usted es la mujer de

entonces, ni queda en mí nada del Baldwin que habitaba un hotel mísero

de París. Somos dos viejos que se sobreviven y hablan de dos muertos.

¡Si usted viese cómo la conservo retratada en mi imaginación!... No ha

transcurrido el tiempo; no han cambiado las modas. Las mujeres, cuando

no interesan, hacen reír por sus adornos grotescos cada vez que se las

ve en un retrato viejo. En cambio, a la mujer amada nos la imaginamos

siempre con el traje que vestía cuando la vimos por primera vez, y

aunque luego cambien las modas, nunca nos parecen tan interesantes como

las de entonces. Yo contemplaré siempre a la joven duquesa de Pontecorvo

con su amplia falda de crinolina, lo mismo que la emperatriz Eugenia y

las otras damas elegantes de la corte imperial. No la puedo ver de otro

modo. Aquella mujer que ya no existe fue amada, como muy pocas mujeres

lo han sido, por un pobre joven que murió igualmente. Y este amor tuvo

el mérito del desinterés: fue un amor sentido por uno solo de los dos, y

que nunca conoció el otro.

--¡Oh, mister Baldwin!--repitió la vieja con una voz temblorosa, como si

fuese a llorar--. ¿Por qué no habló entonces? ¿Por qué no me dijo lo que

me dice ahora?...

El hombre levantó sus hombros. Tenía una noción más exacta de la

realidad. Lo que ahora le parecía a la mujer un olvido imperdonable del

millonario Baldwin, lo hubiese recibido entonces como la audacia

inaudita de un extranjero desconocido, pobre y rudo.

Se había puesto el sol. Como últimos vestigios de su desaparición, quedó

en las cumbres de los montes una mancha de rosa pálido. Sobre la sangre

astral que empurpuraba el horizonte empezó a temblar un astro

vespertino. Por el lado de Italia el azul del cielo se mostró más

intenso y obscuro, siendo punzado a trechos por los fulgores de nuevas

estrellas.

El viento de la montaña se había lanzado de las cumbres al mar,

estremeciendo con una fría ondulación el jardín de la iglesia. La vieja

señora, impresionada aún por las palabras de su acompañante, permaneció

insensible a este cambio de temperatura, que en otro atardecer la

hubiese hecho huir hacia su automóvil.

--¿Por qué no habló usted a tiempo?--repetía--. ¿Por qué no me dijo

entonces esas palabras tan interesantes?

Volvió el hombre a encoger sus hombros. La ilusión estaba muerta desde

hacía muchos años: casi una vida. Únicamente había hablado por la

necesidad de confesarse que todos sentimos en ciertos momentos. Desde

que encontró en Cap Martin a la duquesa, se propuso hacerla esta

revelación, y tal vez por esto la había buscado en el jardín de la

iglesia. Pero una vez descubierto el misterio, no había por qué

recordarlo otra vez. La vida nunca remonta su curso. ¡Paz a los muertos!

La mujer, más tenaz en su sentimentalismo, no quería olvidar. Se

agarraba con fuerza a esta ilusión, como si así pudiera librarse de la

muerte, que la iba arrastrando ya en su corriente.

Además, su vanidad femenil acababa de resucitar después de un letargo de

medio siglo. ¡Oír estas palabras de amor a los ochenta años! ¡Y oírlas

de la boca del hombre más poderoso de la tierra!...

Baldwin tosió, visiblemente molestado por el viento frío que agitaba el

jardín.

--Vámonos. Para nosotros empieza a ser peligrosa la permanencia aquí.

Luego miró con ojos duros la mancha de luz que aún doraba el horizonte.

--El sol se ha puesto. Volverá mañana, volverá siempre; ¡pero

nosotros!...

La anciana se había apoyado en un brazo de él y empezó a caminar,

golpeando al mismo tiempo el suelo con su bastón.

No parecía entender las palabras de su acompañante, ni darse cuenta de

lo que lo rodeaba.

Seguía viviendo en el pasado. ¡Era tan dulce su contemplación!...

Se alejaron, bajando la cabeza ante las ramas de los árboles, mientras

una voz temblorosa iba repitiendo:

--¿Por qué calló usted entonces?... ¿Por qué no dijo cuando era tiempo

lo que me dice ahora?...

Novelas de la Costa Azul · 第 6 / 35 题