Puesta de sol

La duquesa de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune.

Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las

callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas

y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares,

incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en

túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía

el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas.

Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la

ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el

jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas

antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas.

Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la

hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus

ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio

medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se

prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula.

Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la

momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de

Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de

Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia

contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía

con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un

carácter inquieto y nervioso.

Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una

belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su

ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la

boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por

el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos

de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural.

En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que

atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por

todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la

duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los

entendidos.

Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo

tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo

y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un

manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los

colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el

presente un morado lívido.

Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su

brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral.

Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de

sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a

monedas de oro.

El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer

sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por

la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de

plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos,

desnivelados por el tiempo y las lluvias.

Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre

nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del

majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la

azul llanura del Mediterráneo.

En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía

en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores,

enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los

árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus

troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con

una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la

vida animal--hormigas, avispas y escarabajos multicolores--zumbaba o se

arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.

La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama

inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en

desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que

avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el

mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de

metros; un Mediterráneo más inmenso que el que contemplaba desde su

«villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de

los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando

golfos, penínsulas y promontorios.

A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí,

recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por

el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco

de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de

Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella,

obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la

«villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque

de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como

un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y

protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras

viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el

enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria

y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la

tierra.

Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus

espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas,

desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que

ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora,

contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar

su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al

ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que

fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un

perfume casi desvanecido.

Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese

cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo,

perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la

muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de

los lugares más hermosos de la tierra!...

Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco

confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos.

Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso

paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de

humo de su cigarro.

Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de

protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente

sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.

--¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...

Novelas de la Costa Azul · 第 3 / 35 题