_Eub._ Aquél es Oligides y el otro Brumandilon, si los ojos no me
engañan; de casa de la buena vieja salen.
_Olig._ ¿Dónde bueno, Eubulo?
_Eub._ Voy á dar este conocimiento á Celestina.
_Brum._ No la hallarás en casa, que es ida á audiencia sobre el
pleito de Angelina con Sancias, que en buen són anda.
_Olig._ ¿Y no se dió ya sentencia por Sancias, estudiante?
_Brum._ Es el diablo mi vieja. Cepola no inventó más cautelas de las
que ésta sabe.
_Olig._ Cuéntame eso.
_Brum._ Urde Celestina que se vean juntos Sancias y Angelina, y
vistos, dice así: á Angelina, ¿tú tomas por marido á Sancias? ella
responde: sí; ¿y tú, dice á Sancias, recibes por mujer á Angelina?
Sancias dixo: sí, bobo es el mozo que lo hará. Entónces acude
Celestina: sed testigos, señores, cómo tomó Sancias por mujer á
Angelina, y concedió que sí; y sobre este sí, fueron á pleito. El
juez, oidas entrambas partes, no supo determinarse, porque Celestina
prueba que Sancias hizo pausa en el sí, y que despues añadió lo
siguiente. Sancias concede haber dicho aquellas palabras, pero que
corria la sentencia, y que con aquella palabra, sí, no afirmaba cosa
alguna, ántes burlaba con ironía de no lo hacer. Celestina replica
que las palabras hanse de entender segun el sentido literal, y no
segun el entendimiento irónico ó metafórico, y que dado que Sancias
las pronunciára conforme á su propósito, pero que la Iglesia no juzga
segun la intencion interior, sino por las obras y palabras exteriores
que denotan consentimiento. Y desta manera el juez, convencido así
por las razones de Celestina, como por otras causas particulares que
entre él y Celestina habian, sentenció por Angelina.
_Olig._ No pensé que tanta era la fuerza de Celestina, que bastára á
corromper las letras, pero allá van leyes do quieren reyes.
_Eub._ Mas ¿qué entrar y salir haceis en su casa? Nunca os veo sino
ir y venir de allá; vida de holgazanes es la vuestra. ¡Oh ocio, ocio,
cuántos vicios acarreas á los hombres! tú mantienes la luxuria, tú
entorpeces el cuerpo, tú enflaqueces el espíritu, tú ofuscas el
ingenio, tú disminuyes la sciencia, tú embotas la memoria, tú traes
olvido, tú revuelves familias, tú trastornas las ciudades, tú hundes
los reinos, tú levantas bandos entre parientes, tú desconciertas las
repúblicas; no sin causa Platon loa tanto el trabajo, cuando dice
que los ramos de la virtud crecen con el trabajo; y con verdad, que,
como la tierra si no se ara y se labra engendra abrojos y espinas,
y labrada y sembrada fructifica, bien así la natural inclinacion
del hombre para el bien, si no se exercita con buenas obras, queda
manca, y hínchese muy presto de vicios; y vicio y virtud contino
entre sí pelean con gran batalla, como introduce Prodico en Xenofon.
La virtud, dice Hesiodo, está puesta allá en una alta, áspera y
ardua roca y en una deleznable cuesta y pedragosa peña. Píndaro dice
que los trabajos y peligros son compañeros de la virtud. Creedme,
hermanos, que no sin muchos trabajos se alcanza la gloria.
_Brum._ No creo en tal, si no es ella la causa por que nunca dexo
descansar á mi espada, sino que hiera ó mate.
_Eub._ Hermosura en mujer loca y palabras entre locos son sortija
de oro en hocico de puerco. ¡Oh, Brumandilon, Brumandilon! si te
conocieses, tú dejarias de blasonar, ni remedarias al glorioso
Thrason, ni al áspero Demea, ni á los furibundos y altivos gigantes,
ni á los vanos cretenses, ni al presuntuoso Herostrato, ni al rey
Tarquino el Soberbio; tú te tomarias otro Micion Terenciano en
mansedumbre, y otro Tarquino Prisco en afabilidad y buena crianza.
_Brum._ Juro al tartáreo Flegethon, no es más en mi mano; por mí
tengo que desciendo de linaje del cruel Domiciano, emperador romano,
el que contaste á la mesa, el cual reposando dos horas la comida por
consejo de médicos, y encerrado como mandaban, no pudiese executar la
rabia de su crueldad, tenía por costumbre matar moscas, y estrujar
la sangre de ellas, y en esto recibia el gran pasatiempo, como tú
dixiste.
_Olig._ Vamos si hemos de ir, que allá le darás esa obligacion.
_Brum._ Héla, héla dó viene.
_Cel._ Sálveos Dios, mis hijos.
_Eub._ Dios te convierta, madre, y toma el precio de tus
alcahueterías, que allá lo pagarás en el otro mundo.
_Cel._ Miraldo el sancto de pajares, un dia de éstos te hemos de
canonizar.
_Eub._ ¡Oh mala y perversa vieja! ¡oh miembro de Satanas! ¡oh
ministra de los demonios! que no basta que estés precita y condenada
al infierno, sino que quieras llevar otros en pos de tí con tu
exemplo y maldito oficio. Éste es diabólico pecado incitar á otros
á pecar, si tú y tus secaces fuésedes quitadas de enmedio de las
gentes, cuántos malos recabdos se evitarian, cuántos yerros se
dexarian de acometer. Vosotras ensuciás los tálamos con adulterios,
vosotras descasais las bien casadas con desamor de sus maridos,
vosotras contaminais las vírgenes con luxuria, vosotras encendeis
los castos propósitos con ponzoñosas palabras, vosotras causais
sacrilegios en los monasterios, muertes y ruidos en los pueblos, y en
las casas cizañas entre padres y hijos, entre hermanos y hermanas.
Vosotras, doncellas, viudas, monjas, casadas y por casar, todos los
estados, todas órdenes de vivir perturbais con vuestras engañosas y
falsas artes. ¡Oh alcahuetas, alcahuetas! si por vosotras no fuese,
no habria tantas malas mujeres en el mundo. Creo que es pequeña la
pena y castigo que os dan las leyes de nuestro reino, cuyo rigor
sería bien que creciese, pues crece el daño y estrago que haceis á
la república, que las ordenanzas y leyes hanse de mudar segun la
necesidad y el tiempo requieren.
_Cel._ Mirad el bellaco, y qué se deja decir, ¿y de qué nos hemos de
mantener?
_Eub._ Nunca á los suyos Dios les falta.
_Olig._ Quédese esta disputa para otro dia, y véte tú con Dios á
tu casa, Celestina, y nosotros aguijemos, no pregunte por alguno
Lisandro y no halle á nadie.
_Brum._ Bien dices, que mucho hemos tardado.
_Olig._ Anda, Eubulo, ¿qué vas pensando?
_Eub._ Cuán muchos se condenan, y cuán pocos se salvan, y cuán
abierta está de dia y de noche aquella puerta del triste Pluton, cuán
ancho, cuán pasajero y cuán real camino es el que guia á la muerte
eterna. Por él se van espaciando los reyes, los duques, los condes,
los caballeros, los hidalgos, los oficiales y pastores. Por ahí se
pasean los pontífices, los cardenales, los arzobispos y obispos, los
beneficiados y sacristanes, con un descuido, como si nunca hubiesen
de llegar allí donde los halagos de la vida, los regalos del cuerpo,
las honras, las riquezas, los favores y todos sus pasatiempos
se volvieran en lamentaciones y llantos perpétuos. Ahí serán
atormentados muy cruelmente los papas que dieron largas indulgencias
y dispensaciones sin causa, y proveyeron las dignidades de la Iglesia
á personas que no las merecian, permitiendo mil pensiones y simonías.
Ahí los obispos y arcedianos que proveen mal los beneficios, teniendo
respecto á sus parientes y criados, y no á los doctos y suficientes.
Ahí los eclesiásticos profanos y amancebados. Ahí los reyes que
tiránicamente gobernaron sus reinos, y los que no dieron los oficios
y cargos, que suelen proveer, á personas de merecimiento. Ahí los
duques y condes, y los grandes señores que á sus tierras y vasallos
con muchos tributos molestaban. Ahí los caballeros enamorados. Ahí
los letrados que no juzgaron conforme á derecho y verdad, y no
obraron segun sus letras les enseñan. Ahí los logreros y usureros,
los oficiales, los mercaderes y tratantes que llevan más del justo
precio por la cosa que venden, y con juramentos falsos cambian sus
haciendas. Ahí los criados lisonjeros que con lisonjas quieren ganar
las voluntades de sus amos, conformándose con ellos en bueno y en
malo. ¡Oh terrible descuido de los hombres! ¡oh desvarío loco! como
si no hubiese otro mundo, y no hubiesen de fenecer todas las cosas
dél, así hacemos hincapié en lo que presto habrá fin.
_Olig._ En casa estamos, hártate agora de predicar, que no te oiré
más.
_Brum._ Ni yo ménos.
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL QUINTO ACTO.
Entra Beliseno, hermano de Roselia, con sus criados
hablando la gran mengua que en su linaje habia causado
Roselia, su hermana. Su escudero Casajes consuélalo con
muchos exemplos. Beliseno determina de matar á Lisandro y
á Roselia y á los demas. Manda esconder sus mozos por el
huerto con ballestas armadas.
BELISENO. — CASAJES. — GALFURRIO. — REBOLLO. — DROMO. — ROSELIA. —
MELISA.
_Bel._ Mozos, ¿no veis qué gran deshonra y infamia dexa esta mala
hembra á mi linaje?
_Cas._ Las cosas comunes y que acaecen en personas reales y en casas
de grandes, no se han de poner en cuenta de alguna mácula, ni es bien
mirado que la culpa de una sola decienda á toda la generacion.
_Bel._ ¡Oh, calla! que las gentes no miran nada de eso, ántes todas
ponen los ojos en aquellos que en alto estado fortuna puso, y más
ayna ven en ellos la pequeña mancilla, que en los baxos la gran
fealdad.
_Cas._ Por mí fe, señor, más vergonzosa infamia es el adulterio de la
propia mujer que el yerro de la hermana; pero es cosa tan frecuente,
tan usada, tan comun en todas las naciones, y más la española, que
apénas escapa alguno sin alguno ax, y no te cuento exemplos de los
que poco há que fueron y agora son presentes, lo uno, porque sería
materia para hacer larga historia, lo otro, por no ofender la fama
de los que viven; alargo, pues, los testigos de reyes y emperadores,
los cuales, por ser más injuriados que tú, te pondrán algun consuelo.
Filippo, rey de los macedones, tuvo por hijo á Alejandro Magno,
señor del mundo, y por su mujer á Olimpia, adúltera; Ptolomeo fué
rey de Egipto, y marido de aquella infame y desastrada Cleopatra;
Agamenon, capitan de los griegos, él peleaba en Troya, y su mujer,
Clitemnestra, se holgaba con su amigo Egisto en Argos; Minos, rey
de los cretenses, hubo desdicha en el adulterio de Pasifae; Sylla,
dictador de los romanos, no sólo por Roma y toda Italia, mas por
Aténas y toda Grecia fué notado, entre otras cosas, por cornudo.
¿Qué te diré de Agrippa, yerno de Augusto César, cuya mujer Julia
fué tan disoluta, que, ni la virtud de su marido, ni la majestad de
su padre, de aquel vicio apartarla pudieron? y su hija Julia heredó
nombre y hechos de la madre, la cual cometió adulterio á Severo, su
marido, y Domicia á Domiciano, y Herculanilla á Claudio Tiberio,
emperador, el cual fué tan desdichado en esto de los cuernos, que
otra mujer que tuvo, llamada Mesalina, oprobrio y vituperio del
imperio romano, mientra él dormia, ella de noche corria las puterías
de Roma, y creo que no hubo burdel en la ciudad que sus espaldas no
estrenasen. ¿Pues á Sifaz, Masinisa no le robó la mujer, y á Filipo,
Heródes la suya? Y á Menelao Páris le sacó la mujer del templo de
Apolo y se la llevó á Troya, y á otros muchos.
_Bel._ Poco me consuelan duelos ajenos; quisiera yo escarmentar en
cabeza ajena, y no en la mia.
_Cas._ A lo ménos no será esta mancilla notada en tu linaje, pues
otras peores se hallan en illustres casas de reyes y grandes, cuanto
más que en el buen paño cae la raza.
_Bel._ Con matar á él y á ella vengaré esta injuria y satisfaré á mi
honra.
_Cas._ Tarde vino el gato con la longaniza; ¿despues de hecho piensas
poner remedio?
_Bel._ Más vale tarde que nunca. Por eso vamos al huerto, que es
hora, ántes que los otros vengan. Escondeos todos tras esos árboles,
quedo, no hagais ruido y seamos sentidos.
_Galf._ Yo aquí me pongo.
_Bel._ Vén acá, tú, Rebollo, ponte cabe estas parras.
_Reb._ Señor, no, que me verán con la luna.
_Bel._ Pues escóndete tras ese moral.
_Reb._ Agora estoy bien.
_Bel._ Tú, Dromo, aquí te pon junto á la anoria, tras esa pared, no
muy desviado de esotro.
_Drom._ Aquí estaré.
_Bel._ Anda acá, tú, Casajes, estarás comigo, porque si yo erráre el
golpe, sueltes en pos de mí.
_Cas._ Sí haré, señor.
_Bel._ ¡Hola, Galfurrio!
_Galf._ Señor.
_Bel._ Mira no se te escape el que echa las escalas, que creo que es
el traidor de Oligides.
_Galf._ No hará, señor.
_Bel._ Y avísoos á todos que ninguno desarme hasta que yo comience,
porque quiero á los dos, cuando estuvieren juntos, traspasalles con
una saeta.
_Galf._ Mucho bien.
_Bel._ Y mirá que mueran todos y aquella bellaca de la doncella, y
estad queditos. ¿Quién hizo bullicio?
_Reb._ Señor, Dromo, que se le cayó la ballesta.
_Drom._ Estoy temblando aquí donde me ves, que temo no vamos por lana
y vengamos tresquilados.
_Reb._ Yo tengo aquí en el seno una lomina que me dió mi abuela la
habacera, que quien la traxere consigo no podrá morir á cuchillo.
_Drom._ Tambien mi tia, la Luminaria, me vezó unas palabras, que en
cualquier tiempo que las dixere les caerán luégo de las manos las
espadas de los que se estuvieren acuchillando.
_Reb._ Dilas.
_Drom._ Christo vivet, christus vencet, christos reinas, christo
imperia, christus me defiendas.
_Reb._ ¿Qué quiere decir Cristo imperia?
_Drom._ ¿Y no lo entiendes? Cristo es emperador.
_Reb._ Es verdad. Otra oracion muy aprobada me enseñó la hortelana
amiga de mi madre, para que donde hobiere ruido, si se rezáre, no se
saque sangre, que dice: Jesus autem, Jesus innibat y Jesus non me
tangibat.
_Drom._ De ésas diríate mil, que me mostró la tripera gorda, entre
las cuales me dixo que si dixésemos cinco veces esta oracion, agios
isgros, agios atantos, agios oteros, elegimas, no desmayariamos en
ruidos.
_Reb._ Por Dios, que tienes razon, que siempre oí decir que los ajos
dan mucho esfuerzo y ponen corazon.
_Bel._ Ce, armad las ballestas, que ya sale aquella puta á la azotea,
y quedo.
_Ros._ ¿No oiste ruido. Melisa? ¿si es entrado mi señor?
_Mel._ Sí oí, señora, mas no ha venido.
_Ros._ Pues ¿qué bullía por el huerto?
_Mel._ Los cipreses serán, que se menean con este blando aire.
_Ros._ Sentémonos aquí á la claridad de la luna miéntras viene el mi
querido.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL QUINTO ACTO.
Va Lisandro á hablar con Roselia, su señora, y estando
con ella en una sabrosa y dulcísima conversacion, manda
soltar Beliseno las ballestas que tenian armadas contra
ellos, y matan á Lisandro y á Roselia y á su doncella
Melisa. Brumandilon, viendo el pleito mal parado, determina
de poner por obra lo que él y Oligides habian concertado
dias há, y para este efecto toma por compañía á Siro, los
cuales, por robar á Celestina, matan á ella y á su sobrina
Drionea. Libia escapóse, y á ellos prendiólos el Corregidor.
LISANDRO. — BRUMANDILON. — OLIGIDES. — EUBULO. — ROSELIA. — MELISA.
— BELISENO. — CASAJES. — GALFURRIO. — REBOLLO. — SIRO. — GETA. —
CELESTINA. — DRIONEA. — LIBIA. — CORREGIDOR.
_Lis._ No parece gente por la calle, ni los enemigos asoman.
_Brum._ Pésame, por vida de tal, que con el exercicio de las armas la
virtud se conserva y el esfuerzo se aumenta.
_Lis._ Y áun ésa es la causa por que por consejo de Scipion Nasica no
se desolaba Cartago, porque su recelo la union romana conservase;
y tambien queriendo vender la vida de Pirro, Nicias su camarero,
los romanos le respondieron: salud queremos á quien nuestras armas
no deja orinescer. Ea, daos priesa, que el relox nos llama, y pues
la diligencia es madre de la buena ventura, no seais causa de mi
tardanza, que quien pierde punto pierde mucho.
_Brum._ Vieja escarmentada, arregazada pasa el agua, no me tomarás
más allá si yo puedo, digan de mí lo que quisieren, que de Dios
dixeron. Arremangóse Morilla y comiéronla lobos, una hice en el año,
y ésa con daño. Una noche fuí con él, y en ésa me hobieran de matar,
pues lo que no acaece en un año acaece en un rato.
_Olig._ Aguija, Brumandilon, no te quedes atras.
_Brum._ Luégo, luégo, que doy filos rabiosos á mi espada carnicera en
esta piedra, para que con un golpe haga lo que por muchos habia de
hacer, la cual te digo que jamas se desenvainó que no hiciese riza
espantosa en aquellos, que muy de gana no me daban la obediencia.
_Olig._ Un espadero la afilará, que tú estragarás los filos.
_Brum._ Por la emponzoñada Tesifone, si en eso mis dineros gastase,
no me bastaria el tesoro de Venecia, segun las veces se embota en
desafíos y revueltas.
_Olig._ Déxate de palabras, y vén si quieres.
_Brum._ Calla, que tambien lo hago porque no digan los que me
sintieren ir con Lisandro; aquel caballero enemistado es, pues
Brumandilon le acompaña.
_Olig._ Y ¿quién te conoce á tí agora?
_Brum._ Voto á tal, agora y en todo tiempo no hay hombre que no me
conozca en el aire de mi andar, que siempre me suelo hallar en estas
diabluras, y que todos se sirven de mí para este efecto.
_Olig._ Por Dios, que me agradas, Eubulo, ¿y agora vas rezando?
_Eub._ Pues ¿qué quieres que vaya hablando palabras ociosas y que
traen poco provecho? ¿No sabes que hemos de dar cuenta de cualquier
palabra ociosa en aquel dia, donde nuestras malas obras serán
juzgadas por tela de juicio con mucho rigor, donde estos pasos de
nuestro amo le serán bien contados ante el divino acatamiento, cuya
temerosa sentencia no há lugar de apelacion?
_Lis._ Cuelga la escala, Oligides, y sube conmigo. Vosotros guardad
el paso.
_Olig._ Arriba estamos. Baxa, señor, con tiento, que los garfios
están mal asidos, porque no hay donde prendan bien.
_Lis._ Abaxo estoy. Hola, desáselas, que ha de bajar mi señora aquí
al jardin.
_Ros._ ¡Oh dulzura de mi ánima! ¡oh lumbre de mis ojos! ¡oh claridad
de mis tinieblas y consuelo de mi tristura! ponme esas escalas,
baxaré allá, que entre esas floridas y olorosas hierbas, al murmurio
de esa fontecica, nos holgarémos.
_Lis._ Baxa, mi Dios.
_Mel._ Señora, acá me quedo y habla paso, no te sientan.
_Ros._ Bástame á mí pensar que soy de mi señor Lisandro para ninguna
cosa temer.
_Lis._ ¡Oh joya del mundo! ¡oh perla preciosa! ¡oh tan perfecta en
hermosura cuán llena de discrecion! Más es mi alegría en verte, que
mis trabajos en haberte conocido.
_Ros._ Si con el sol todo el mundo se alegra, yo mucho más con tu
vista.
_Lis._ Cuanto en tu ausencia, señora mia, soy poseido de tristeza,
tanto en presencia tuya gozo de la alegría.
_Ros._ No ménos, en buena fe, señor mio, con tu venida mi corazon
está lleno de gozo, que lastimado con tu tardanza era enemigo de
alegría.
_Lis._ Si la memoria de tu hermosura no hobiera seido refrigerio de
mis pasiones, ellas presto me consumieran.
_Ros._ ¿Y eso, señor, no olvidas tus mañas?
_Lis._ Gloria mia, si te besé y dí paz, fué por quitar la guerra de
mi corazon.
_Ros._ Ea, señor mio, dexa estar las ropas en su lugar.
_Lis._ Si las hiedras que andan pecho con tierra los árboles por
compasion sobre sí las reciben, ¿porque tú, señora mia, no me recibes
sobre tu regazo?
_Ros._ A osadas, señor, que tú te hartes y me olvides.
_Lis._ Aunque la agua fria mata la sed al enfermo, no por eso se
quita la calentura, mas ántes se acrecienta. ¡Oh próspera fortuna, en
qué summo deleite me has puesto! razon es que los trabajos se olviden
donde tanta gloria se posee.
_Ros._ Ay gozo mio, no me lastimes.
_Bel._ Soltad todos, dexá á mí á los dos, que esta saeta los
enclavará á entrambos como están.
_Lis._ ¡Oh sancto Dios! ¿qué es esto? Muerto soy; confesion.
_Ros._ ¡Oh, válasme Sancta María! que el corazon me han lastimado;
confesion.
_Bel._ Agora, agora, tirá á la doncella, que sale á los gritos.
_Mel._ Vírgen María, ayúdame, no se condene mi ánima, que muerta soy.
_Bel._ Arma, arma presto, Galfurrio, no se escape el de arriba.
_Olig._ ¡Jesus! ¡credo, credo! ¡oh, oh!
_Bel._ Sús, mozos, vamos de aquí, pues todo está hecho, y no vais
turbados, por ventura no encontreis con la justicia, y viéndoos
alterados, por sola sospecha os prenda.
_Cas._ Señor, acojámonos aquí á esta iglesia, que las piernas llevo
cortadas.
_Galf._ Yo tambien voy desmayado.
_Drom._ Yo lo mesmo, y no puedo dar más paso.
_Bel._ Pues metéos dentro, que ya abrieron, y sobíos á la torre, que
yo os sacaré á paz y á salvo, yo voyme á casa de mi tio el Conde.
_Reb._ Ayúdame á entrar, Dromo, que no puedo alzar los piés del suelo.
_Sir._ ¡Oh poderoso Dios! ¿qué oyo? un lastimoso ruido lleno de
alaridos anda en la huerta, ¿qué será? mas, ¿si matan al desdichado
nuestro amo?
_Get._ Jesus, ¿y no viste caer de las almenas á Oligides muerto, que
no sé quién le tiró una saeta por los pechos?
_Sir._ Corre, corre, huyamos, no nos cerquen y nos quieran tambien
matar.
_Brum._ ¿Qué es esto, qué es esto? ¡Oh! ¿dónde huis, compañeros?
_Sir._ ¡Oh, señor Brumandilon! que no has oido nada, como te
desviastes léxos del huerto.
_Brum._ ¿Qué es?
_Sir._ Todos muertos, si las voces y llantos no nos engañan.
_Brum._ ¿Muertos?
_Get._ Por estos mis ojos vi á Oligides caer en tierra asaeteado
hecho pedazos, los sesos por cada parte.
_Brum._ ¿Y Eubulo?
_Get._ Llorando iba á casa muy triste.
_Brum._ ¿Y detenémonos? Corramos á más correr, no salgan á hacernos
otro tanto; por esta calleja huyamos para casa de Celestina.
_Sir._ No llevo ya huelgo, sudando voy.
_Brum._ Cerca estamos, ¿qué es de Geta?
_Sir._ Adelante va, no cesa de correr.
_Brum._ Vaya con Dios, que mejor harémos nosotros dos no más lo que
agora diré. Sábete que Oligides y yo habiamos concertado de robar á
Celestina y hurtalle un cofre que tiene lleno de dineros y joyas, y
irnos fuera de aquí, por el peligro grande que á nuestras vidas se
recrecia de estos amores; ya ves en qué han parado, segun me decis,
y ya me lo via yo esto, que á buen bocado buen grito, y pues Oligides
murió y nosotros escapamos de esta tormenta, si te parece, hagamos
lo que el otro y yo habiamos de hacer, y salteemos á Celestina aquel
cofre y otras cosas que tuviere buenas y vámonos á Sevilla, que ya no
cumple más estar en esta ciudad.
_Sir._ Hágase, y partámonos luégo.
_Brum._ Pues, sús, trepemos por estos corrales mansito.
_Sir._ Cerrada está la puerta del corral.
_Brum._ Yo la abriré con maña, que con un palo está atrancada, fuera
está. Sube agora pasito comigo, salva el paso tercero, que está
quebrado, no cayas y hagas ruido.
_Sir._ Acá estoy.
_Brum._ Ésta es su cámara.
_Sir._ ¿Qué remedio, que tiene cerrado por dentro?
_Brum._ No hay aquí otro remedio más de desquiciar la puerta, y si
voceáre la vieja, matarla.
_Sir._ Empuxa comigo recio.
_Brum._ Fuera está de quicios, entremos. Ase, ase del cofre, que ése
es.
_Cel._ Ladrones, ladrones, señores vecinos, que me roban; ladrones.
_Brum._ Calla, vieja alcahueta; si no, mataréte.
_Cel._ ¡Oh bellaco ladron! ¿y tú me has de robar? No quiero sino dar
gritos; ladrones.
_Sir._ ¡Oh pecador de mí! dale, dale ántes que dé más voces y seamos
sentidos.
_Brum._ Toma, toma otra puñalada. Dios te perdone, agora vocea.
_Cel._ Ay, ay, que me ha muerto, sobrinas; confesion, confesion.
_Drion._ ¡Ay, desdichada amarga! ¿qué es esto? Vecinos, que han
muerto á mi tia estos ladrones, vecinos, que la han muerto.
_Sir._ ¡Oh pese á tal! mátala presto á esotra, no nos descubra; dale
bien.
_Drion._ Jesus, que me mata, Jesus, que me mata, Sancta María, muerta
soy; confesion.
_Lib._ Ay, mi tia y hermana muertas son, desdichada; justicia,
justicia.
_Brum._ Corre, corre tú tras esotra, mueran todas, pues hemos
comenzado, preso por mil, preso por mil y quinientos. Ásela, ásela
ántes que salga fuera.
_Sir._ ¡Oh, que se me escapó! Huye, huye, que salen muchos vecinos á
los gritos y carga mucha gente. ¡Oh malaventurados nosotros, que el
Corregidor viene á más priesa! huye por estotra calle.
_Brum._ ¡Oh desdichado de mí! que es él.
_Sir._ Guarte, guarte, que veslo ahí viene.
_Corregidor._ Sed presos.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL QUINTO ACTO.
Lamentacion de Eugenia por la muerte de su única y muy
querida hija Roselia.