_Cel._ No puedo imaginar ni acabo de pensar qué ha sido la causa
por que Roselia faltó su palabra y no salió á la hora y tiempo
concertado. ¿Si se arrepintió? no; que esto tiene el amor, que
cuando prende hace el corazon constante y no mudable, y aunque
el virtuoso pensamiento baste á expeler sus fuerzas causando
limpieza, pero pocas veces acaece que en su lucha y pelea se alcance
victoria, porque abatido en tierra cobra nuevas fuerzas, como
cuentan que Anteo cobraba luchando con Hércules, y cuanto mas nos
esforzamos á apartallo de la memoria, tanto más ella se refresca
con sus lastimosas pasiones, las cuales ofrece al pensamiento, y el
pensamiento al corazon, allí llegadas, lo prenden con tan fuertes
lazos que desasirse no pueda sin mucho pesar y congoxa. ¿Si lo hace
de medrosa, por miedo de no ser sentida? tampoco, que la voluntad
enamorada todo lo pospone por cumplir su apetito, es osada al
acometer, y quiere lo que no puede, y lo que puede executa; y que
Roselia ame, evidentes indicios tengo de ello, si es así que por
las exteriores obras y señales del cuerpo venimos en conocimiento
de las afecciones del alma. Cuanto más que mis buenas artes, mis
subtiles engaños y mi artificiosa arenga tienen tal virtud, que á las
muy fuertes hacen dar combos, y á las flacas y tiernas de un vaiven
derruecan. Aunque, al fin, la que buena quiere ser no se lo quita mi
tañer. La principal culpa se reduce al consentimiento de la que me
da oidos, y me quiere escuchar no viendo la manifiesta ponzoña que
trayo en el vaso dorado de mis palabras, que harto es de ciego quien
no ve por tela de cedazo. Pero mal pecado, ellas adrede por disimular
sus pasiones, y áun por dar lugar á sus deseos, huelgan de hacerse
ciegas y que no entienden lo que les decis, haciendo de las enojadas,
y por ventura no se ha apuntado la cosa cuando mejor la calan y
penetran que vos que se lo apuntais por rodeos; y lo que es peor,
que se bañan en agua rosada en que yo ó alguna de mi cofradía las
vaya á hablar en cosa que ellas mismas echarian rogadores y terceros
si lícito les fuese ó si no les retrajese la vergüenza y empacho
natural. Y siendo así, hacen más alharacas, como si les fuésemos á
vender moneda falsa, y fingen no sé qué hipocresías de, guárdenos
Dios, ¿á mí con tales mensajes? ¿y habia de hacer tal vileza? ¿vienes
á dañar mi honra, condenar mi honestidad? tal por cual, véte de mi
casa, no te vean más mis ojos si no quieres que te haga matar. Todas
son puterías, pardios, que otro les queda en el buche, porque si así
fuese como lo parlan, de la primera palabra que les hablásemos en
aquel caso, nos habian de echar con todos los diablos; pero juraré
que no entra mejor pascua por sus casas que nosotras. Pues ¿qué será
la causa? ¿impedimentos? No, que no los tiene. ¿Si fué sentida? No
sé; si así es, nuestro gozo en el pozo, que á ella pondrán en guarda,
y á Lisandro espías, y á mí acortarán los pasos. Muy en dubda estoy
de lo que será, y cúmpleme saberlo, porque si esto es, valiérame más
quedarme en casa con las piernas cortadas que ir á su casa. Quiérome
andar por aquí, sabré lo que es ó lo que no, si viere oportunidad
para entrar entraré, si no, tornaréme á mi casa, y perdóneme
Lisandro, que ya hice toda mi posibilidad por él, y todo mi deber y
saber; la obligacion no se extiende más de al poder. Por mi ánima,
que me hace del ojo de acullá de la ventana, Melisa, su doncella;
otra vez me da con la mano, luégo, luégo. En buena fe, aunque más
me llames con la cabeza; no sea ésta echadiza y se arme algun ruido
hechizo para me tomar en la gorrionera, no se diga por mí que mucho
sabe la raposa, pero más el que la toma; primero sabré de mi comadre
la vecina si ha habido cosa nueva despues acá, ó mudanza alguna en
casa de Eugenia.
_Ros._ ¿No viene?
_Mel._ En casa de Marivañes entró.
_Ros._ Envíala á llamar con esa mochacha, que no lo sienta mi señora,
y te aviso que no la vea entrar.
_Mel._ Aquí viene el niño de Marivañes, veamos qué quiere, y si es
enviado á eso.
_Ros._ Dile que éntre acá. ¿Vióle mi señora?
_Mel._ No, que está devanando un poco de seda. Entrad, mis ojos, ¿á
quién buscais?
_Niño._ A senola mosa.
_Ros._ ¿Qué quereis, mi alma?
_Niñ._ Senola, mi made dise que está alí la mujel de la ropa banca,
que tae lo que le mandaste.
_Ros._ Corre, decilde, mi vida, que venga.
_Niñ._ Beso las manos de vuesta mesed.
_Ros._ Dios te haga bueno, mis entrañas.
_Niñ._ Que vayas.
_Cel._ Luégo, mi amor. ¿Así que me dices eso por muy cierto, hija
Marivañes? de otra manera me lo habian contado. Pues voy y quédate
adios.
_Mar._ Dios haga tus cosas y las aderece como deseas.
_Mel._ Tia, alza las haldas, que hacen ruido, y entra muy quedito
aquí en esta recámara.
_Cel._ Ay, señora de mi bien, ¿y mala estás?
_Ros._ No es nada, madre, sino unos desmayos de corazon que me
tomaron despues acá.
_Cel._ Bien está, mal de corazon es, tú te lo dirás.
_Ros._ ¿Qué dices?
_Cel._ Que me pesa en buena fe, bien y verdaderamente echada en
ese estado enferma de ese mal, que es peligroso si no se aplica con
tiempo el remedio, que el corazon es principio de la vida.
_Ros._ Vieja honrada, como pasabas por nuestra puerta hícete llamar
para darte descuento de lo que pasa, y que no me tengas por mujer
liviana que no cumplo mi palabra; yo no quise salir á hablar ese tu
caballero, porque quien nos viera juzgára lo que no es, y no la mi
buena intencion, y como las mujeres seamos más obligadas á nuestra
fama que á nuestra vida, no me estuvo bien condenarme á mí de culpa
por librarle á él de pena.
_Cel._ Ay, mi ángel y mi Pascua de flores, como te lo dices; no
parecen tus palabras sino perlas que se caen de esa tu boca de oro.
_Ros._ Yo lo haria, por cierto, si mi honra estuviese salva de malos
juicios, pero como sea más deshonesto el oir á las mujeres que el
requestar á los hombres, no pudiera remediar su mal sin amancillar mi
honestidad; y si la mujer la honra pierde, nunca la cobra, bien lo
ves tú.
_Cel._ Aquello de requestar me contenta; bien sabe que serian
requiebros y no devociones lo que habian de platicar.
_Ros._ Habla alto que te pueda oir, y no muy recio, no te sienta mi
señora madre.
_Cel._ Digo, que siendo bien de noche, como á las doce ó á la una,
nadie lo barruntaría, ¿quién lo ha de ver ó oir, todos durmiendo?
_Ros._ Anda, que las paredes han oidos; no hay cosa, por más secreta
que sea, que tarde que temprano no se venga á descobrir.
_Cel._ Señora..... Mas creo que sera bueno hablalle á las claras, y
dexar estos servicios de Dios, que en buen són la tengo.
_Ros._ ¿No dices lo que comenzado habias?
_Cel._ El temor de tu enojo acobarda mi lengua y le pone silencio,
que no osé decir lo que diria con tu licencia.
_Ros._ Di lo que quisieres.
_Cel._ Ya sabes, señora, que Lisandro pena por tí, y que su dolor y
tormento es tan grande, que le quita todo otro sentimiento, porque
ningun mal le puede venir que iguale con el que tú le das, ni placer
que le absuelva dél; pues sábete agora que está en disposicion de
perder la vida por tus amores despues que faltaste la palabra, y si
la fe que en tí tiene no le sostuviese, muy presto se anegaria en
el golfo de sus pasiones que por tí padece, las cuales cierran las
puertas á su consuelo y ábrenlas á su sepultura, que espera, si no le
remedias. Él te suplica que reciba de tí galardon de su trabajo en tu
piedad, y no muerte en tu crueldad, y que de esta manera remediarás
su vida satisfaciendo á su deseo.
_Ros._ Si el castigo que merece tu osadía en venirme con tan torpe
demanda no perdonára mi mansedumbre, en lugar de sufrirte tomára de
tu vida venganza.
_Cel._ Señora, estemos á razon y no lleves las cosas por rigor.
_Ros._ Eso quiero yo, mala vieja, porque veas que cuanto á mí me
sobra de razon para condenarte, tanto á tí te falta para defenderte,
y cuanto yo soy sufrida, tanto más tú sobresalida en desvergüenza de
tu descarada peticion. Dime, ¿parécete á tí bien hecho que por dar
fin á su torpe deseo, dé entrada y principio á toda mi perdicion, de
suerte que mi gloria en trabajos, mis dulces placeres en tristezas,
mis cantos en lloros, mis fiestas en lutos se vuelvan? ¿Quieres tú
que con mi ignominia alcance él victoria, y en mi vituperio soberbia?
¿Quieres que dé triste vejez á mi madre, y que ponga mácula en mi
linaje? ¿Qué dirán las gentes de mi maleficio? ¿Quieres que haga
cosa donde se me siga infamia en la honra, peligro en la persona,
perdimiento en el mayor bien que natura me dió, y aborrecimiento de
los que bien me quieren? Finalmente, ¿quieres que viva deshonrada
para toda mi vida? Respóndeme á esto.
_Cel._ De otro temple está esta gaita, luego si le satisface mi
respuesta hecho está todo, pues ya no se pone en disputa el servicio
de Dios, sino el del dimonio. A pocos empuxones pienso desquiciar las
puertas movedizas de su propósito.
_Ros._ ¿No tienes aquí qué decir?
_Cel._ Por verdad, mi señora, que si la mucha razon no fuese de
mi parte y la poca contra tí, no bastaria la compasion que tengo
de aquel que por mucho amar mucho sufre, á aconsejarte que no le
dieses la muerte por negarle socorro; y porque lo veas claro, dime
qué vituperios ó qué infamia hallas seguirse por complacer al más
alindado galan y gentil mancebo que criatura vió, ni natura engendró,
ni Dios por agora otro crió; como que no fuese cosa comun que cada
dia acaece, y á cada paso lo vemos, y entre manos lo traemos, y los
libros de ello están llenos, que doncellas de alta guisa y de real
nacimiento, hijas de grandes señores, no sólo amaron sus amigos y
servidores, mas muchas de ellas los siguieron hasta sus tierras,
donde fueron recebidas con mucha solemnidad, acatamiento y cerimonia.
Helena con Páris se vino á Troya, Medea con Jason á Grecia despues
que conquistó con su favor el vellocino dorado, Hesione siguió á
Thelamon, la dama Bryseis con Achíles se fué, Fílis amó á Demofon,
Fedra á Hipólito, Hermione á Oréstes, Deyanira á Hércules, Ariadna
á Theseo, Scilla á Minos, Safo á Faon, la malandante Dido por Enéas
se perdió, si no nos mienten los poetas, y la desdichada Tisbe de
la fiera leona fué despedazada esperando el su querido Pyramo, la
desventurada Ero, de que vió el desastrado fin de su muy amado
Leandro, de la torre muy alta en la profundidad del mar se echó, y
otras muchas que, por no gastar almacen, las dexo de contar. Todas
éstas por amar y bien querer á sus enamorados hicieron memoria de sus
nombres, fama de su fermosura y exemplo de su hecho. Allá á Pasifae,
á la matrona Cibéles, á Lanace y á la hermosa Sigismunda, hija del
rey Tancredo, sea vituperio y deshonra, que la una con el toro, la
segunda con el mochacho Atys, la otra con su hermano Macharco, la
cuarta con Guiscardo, hombre de baxa suerte y servidor de su padre,
tovieron que hacer fea y torpemente; allá á las que con sus negros y
esclavos y con sus mozos de espuelas trataron de abominables amores,
les venga la infamia que merecen. A éstas y á otras tales es de
dar en rostro su error, pero no á las que lo hacen con personas de
alto merecimiento, como es nuestro Lisandro que ¿sabes quién es?
un Narciso, un Absalon, un Ganimédes, un Lypariso en hermosura, un
rey en linaje, un Alejandro en franqueza, un Sanson, un Hércules en
fuerzas, un Hector, un Achíles, un Ajaz en armas, un Orfeo en música,
un ángel, una dama en condiciones; de tales amantes ser amada, de
tales servidores ser servida, gloria es, á mi ver, y descanso, que
no vituperio ó trabajo. Si él no fuera quien es, hobiera causa para
temer el juicio de las gentes y el mal tratamiento de tus deudos,
pero siendo quien es Lisandro, ántes te lo tendrán á bien, que tan
hermoso hombre no pertenecia sino para tan hermosa mujer, que, por
mi salud, estotro dia, cuando le llevé la buena nueva, le oí estas
palabras estando consigo solo disputando: ¿Y qué tiene que ver con mi
señora Roselia la linda Helena, ni la bella Polixena, ni la hermosa
Filomena, ni la gentil Lucrecia, ni la fresca Dina, ni la agraciada
Thamar, ni la extremada Pandora? Pardios, no las estimaba en una
paja en tu comparacion. A esotro que dices de tu peligro, agora está
por ver el poder y favor grande que tiene Lisandro en la ciudad, para
te hacer segura de todo el mundo si fuere menester, cuanto más que yo
daré manera para que lo hagais secretamente y que nadie lo sepa.
_Ros._ Bien que todo eso sea, pero ¿quieres que pierda mi virginidad,
y la corona de ella, y que ofenda á Dios?
_Cel._ Ya va, ya va; perdónete Dios, que por escalones te he traido á
lo que quiero; ya no está tan zahareña ni esquiva como ántes.
_Ros._ ¿Cómo dices?
_Cel._ Digo, señora, que de diez partes de sanctos apénas hallarás
las dos que fuesen vírgines; pocos escapan de la antigua carcoma
que nos dexaron nuestros primeros padres. Esta comezon de la carne
es red barredera que pesca hombres y mujeres de cualquier estado y
condicion. ¿Y esa corona, ó laureola de las vírgenes qué piensas
que es sino un gozo accidental, el cual recuperarás con otras obras
meritorias? A lo que dices que ofenderás á Dios, y no sabes que una
fué la que no erró, cuanto más que yerros por amores dignos son de
perdonar, y quien no cae no se levanta. Sé que los delitos corporales
ménos graves y de menor culpa son que los pecados espirituales.
_Ros._ ¡Ay lastimada de mí! que del primer dia que me habló ese
caballero siento un fuego escondido en este mi corazon que me lo
abrasa, cubierto con las cenizas de mi vergüenza; su nombre y
memoria es la paleta que las desvia y descubre el rescaldo de mi
encendimiento, mayor que el de Troya. ¡Oh desproveida doncella de
todo consejo! ¿qué encendido calor es éste? ¿qué súbito ardor? ¿qué
llama tan soberbia es ésta que en mi pecho á deshora concebí luégo
que le vi, que ni me aprovecha mi lucha y contienda, ni basta razon á
vencer su furor? No sé qué Dios, ó qué diablo es éste que me fuerza
la voluntad, dubdosa estoy qué sea, ¿si es el amor? éste debe ser,
que sólo hace parecer duros los castigos de mi madre y los consejos
de mi hermano, y son ásperos mirándolo bien. Mas, ¿qué digo? ea, ea,
Roselia, desecha ese fuego de tí; si pudiere dirás, que si pudiese,
desdichada, sano me sería, pero una blanda fuerza me trae do quiere,
una cosa la razon, otra Cupido, me aconseja. Veo lo mejor, apruebo
lo bueno y sigo lo peor. Muera, muera el que mi deshonra quiere,
mas ¿qué me da á mí que muera? ¿soyle yo la causa? Dios es el que
tiene poder de dar vida ó muerte. ¿Qué dixe, desatinada loca? Dios
le dé vida y mucha, que bien me es lícito sin le amar desealle vida;
¿qué hizo el pecador por donde mereciese la muerte que espera si no
le socorro? ¿á quién, si no fuere muy cruel, no moverá la florida
edad de Lisandro, su linaje y virtud? ¿quién que lo vea no se
aficionará de su gentileza? A mí, cierto, puesto que otras cosas le
faltasen, su hermosura me enamora. Si soy causa de su mal y muerte,
y pudiendo no le remedio, ¿quién no me tendrá por hija de tigre y
por más dura que piedra, y de corazon de peña? Mas rabiosamente le
vea yo acabar á manos de mi hermano, que si le ase, él castigará su
atrevida locura. Y ¡Jesus! ¿qué dixe? Dios lo vuelva en mejor, y á
él guarde por muchos años, aunque estas plegarias y oraciones habian
de cesar y poner por obra lo que para luégo es tarde. ¿Y qué, he de
hacer traicion á mi madre, y placer á quien otro dia me dexe, y no
haya cuenta de mí despues que le agrade y contente otra? y si esto
entiende hacer, muera el desagradecido; pero no tiene cara de eso,
ni es de esa casta, ni son ésas sus condiciones para que me engañe
ó se olvide de mí, que quien bien ama como él, tarde olvida. Ay, ay,
ay, vencida soy, cautiva soy, presa soy de su amor. Y pues tú, sábia
Celestina, sotilmente, con los fuelles de tu saber animaste el mi
fuego mortecino, y despertaste las adormecidas llamas, por Dios vivo
te conjuro y por la fe que debes guardar en todo secreto, te ruego me
seas fiel secretaria en todo lo que pasáre entre Lisandro y mí.
_Cel._ Ay, señora, no me digas eso, que me enojo; no me conoces,
como creo en Dios, otra tal mujer más secreta que yo no la hay en
el mundo, con quién las has; ántes me sacarian la lengua por el
colodrillo que yo tal hablase. Soy muda para esas cosas.
_Ros._ Con esa confianza, madre mia, te descubro mi corazon, que es
más de ese señor que mio, y pues la estrechura de tiempo no consiente
más prolixidad en nuestro razonamiento, y tambien que las cosas más
se aclaran con las presencias, puedes le decir que luégo esta noche,
pasadas las doce, me venga á hablar, no por esta torre, que es lugar
peligroso, así por estar cerca del aposento de mi madre, como por ser
paseado y rondado por fuera de Beliseno, mi hermano, pero sea por del
jardin, que es lugar desviado del palacio, de ahí dentro me puede
ver y hablar, que yo saldré sin falta á los corredores que salen
sobre el huerto.
_Mel._ Señora, váyase Celestina, y luégo, que se levanta mi señora, y
puede ser que éntre acá.
_Ros._ ¡Ay! véte por Dios, madre, no te vea.
_Cel._ Toma esta carta de Lisandro, que me olvidaba, y adios.
_Eugenia._ ¿Con quién hablabas, hija?
_Ros._ A Melisa decia, señora, que me traxese la canastilla de la
labor, que ya me siento mejor.
_Eug._ Loores á Dios, que ya me temia no entrase por esta casa esta
sorda pestilencia de este año de cuarenta, y hiciese en tí, que Dios
nos libre, estrena.
_Ros._ No era nada, señora, sino estos mis desmayos de corazon.
_Eug._ Pues siéntate y labra esos cabezones de tu hermano, y no te
asomes á la ventana, que las vueltas y pasos de Lisandro por aquí, y
las momerías que hace, mi hijo las vengará.
_Ros._ No me mientes á ese loco, que no le puedo oir.
_Eug._ Bien haya á quien te pareces, que así era tu tia, la monja,
cuando estaba en el siglo y la servian caballeros locos como éste.
Vén acá, Melisa, henchirás las almohadas limpias y vacía esotras, que
están muy sucias; mas quédate con mi hija, que las mozas lo harán.
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL TERCERO ACTO.
Lee Roselia la carta de su deseado Lisandro, y por consejo
de Melisa, su secretaria, aunque con dificultad, encubre el
fuego de amor con que toda destila en lágrimas.