_Cel._ ¡Ay Dios! ¿si es aquella que veo ir por la cuesta arriba,
Eugenia, la madre de Roselia? Ella es; por los santos de Dios, bien
está, todo se adereza, alégrate, Celestina, que el precio de la ropa
blanca será la sangre de aquella inocente; ¿llamaré, pregonaré mi
axuar? mejor es allegarme á aquella vecina con quien me entiendo,
la que yo encubrí con el abad en mi casa asaz veces, ahí fingiré
que vendo cotones de Valencia, y ella, por via de vecindad, puede
llegarse á Roselia si quiere comprar algo de esto, que viendo la
curiosidad y valor de todo ello, como muestra estar hecho con sotiles
manos, no dexará de llamarme y yo entrar segura; señora, amiga, Dios
mantenga.
_Marivañes._ ¡Oh madre Celestina! seas muy bien venida, que deseo
tenía ya de te ver.
_Cel._ Calla, que mañana nos verémos más despacio, agora óyeme dos
palabras: has de saber que con achaque de trama vengo á buscar la
hija de nuestra ama Eugenia, que me lo encargó mucho aquel caballero
que fué mantenedor en las justas pasadas, el que te dixe, y así me lo
paga cierto mejor que me lo pagó el abad cuando andaba tras tí y te
hablé en ello.
_Mar._ Mucho va de Pedro á Pedro.
_Cel._ Por tanto, pues eres vecina, llégate allá y diles si quieren
algo de esto, que en la mesma moneda te lo pagaré cuando no te
catares.
_Mar._ Que me place en buena fe; tha, tha, tha.
_Melisa._ ¿Quién está ahí?
_Mar._ Doncella, decí á la señora moza que está aquí la corredora
que me vendió unos volantes y trae cosas muy galanas y ricas de ropa
blanca, si quiere algo su merced.
_Mel._ Sí diré.
_Ros._ ¿Quién es, Melisa?
_Mel._ Señora, una mujer que trae lindas cosas á vender, y obras
tan bien labradas, que parece que así se nacieron; allí viene una
gorguera muy polida, suplícote, señora, me la compres.
_Ros._ Dile que entre en ese portal, yo me pararé á la ventanilla de
la escalera.
_Mel._ Tia, entra, que ya baxa mi señora.
_Cel._ Pues véte, amiga, y como te digo, para traerle á tu amor,
úntale las manos con aquel sebo de cabron, cuando entre burlas y
véras se las tomares, y di estas palabras que te he dicho, que son
muy aprobadas.
_Ros._ Vieja honrada, muéstrame eso que traes.
_Cel._ Ángel mio, no lo verás bien, que está el portal obscuro,
espera, que yo subiré allá.
_Mel._ Toma, por ahí ella se entremete donde no llaman.
_Ros._ Guarda tú esa puerta, Melisa, y avísame si viniera mi señora
madre.
_Cel._ Todo viene á pedir de boca, con pié derecho salí de casa sin
ver ave que denotase mal acaecimiento; sola la tengo sin testigos de
mi mensaje.
_Ros._ ¿Qué hablas, madre, entre dientes?
_Cel._ Luégo, señora hija, que acabo tres cuentas de mi rosario que
me falta de rezar por los que están en pecado mortal, que primero nos
conviene buscar el reino de los cielos y despues entender en estas
cosas momentáneas cuanto basta á la necesidad de aquesta miserable
vida, lo demas superfluo es y lleno de conjoxas y zozobras.
_Ros._ Por mi salud, madre, que aciertas, que al fin vana cosa es
amar con desórden lo presente y no tener ojo de ir allí donde es el
gozo perdurable.
_Cel._ ¡Ay, mi señora! ¿dices dónde no se hartan los ojos de
ver, ni las orejas se hinchen de oir, dónde ni hay trestura, ni
noche, ni obscuridad, dónde siempre se celebra Pascua y fiesta muy
solemne, dónde las sillas bienaventuradas llenas de suavísimo olor y
flagrancia, llenas de cantos y modulaciones, de dulzor y alegría, nos
esperan á los que aquí con diligencia trabajarémos en la viña de Dios?
_Ros._ Ahí digo.
_Cel._ Los ojos se me arrasan de agua y los sentidos se me roban, el
entendimiento se me eleva y el corazon me desmaya, y toda yo estoy
fuera de mí cada vez que oyo mentar aquel paraíso de deleites y
aquellos Campos Elíseos; que aunque el deseo de la vida es natural á
todos, á mí el morir me sería glorioso en tanto que fuese á gozar de
aquella vision beatífica.
_Ros._ Si así fuese, devota vieja, todos deseariamos la muerte á
trueque de tal vida.
_Cel._ Mal pecado, ya lo veo, que nadamos como ranas á somorgujo en
las aguas del olvido, descuidados de nos mesmos, que nacimos para
morir y morimos para vivir con Cristo, si aquí le sirviéremos. Si
nuestra memoria refrescásemos algunos ratos con el pensamiento de
aquella suave inmortalidad, ella daria de espuela á nuestra voluntad
que obrase lo que la razon le encamina y el claro juicio le enseña,
y las tales obras buenas avivarian é incitarian nuestro deseo para
la bienaventuranza; si esto se hiciese, señora mia, con ansiosos
sospiros clamariamos á Dios que nos libertase de esta tenebrosa y
ciega cárcel del cuerpo, pero como estemos hundidos fasta los ojos en
el cieno y tremedal del bullicioso tráfago del mundo, echamos atras
lo eterno y ponemos delante lo que un soplo fenece. No hay cosa que
más en olvido y menosprecio de las cosas divinas nos ponga que el
amor de las temporales.
_Ros._ ¡Oh, qué bien hablas, bendita madre! bien dicen que mejor es
el rústico humilde que sirve á Dios, que no el soberbio filósofo que
considera el curso del cielo.
_Cel._ Mil cosas te contaria de éstas, señora hija, que aprendí en
compañía de las beatas dominicas, si el tiempo nos diese lugar.
_Ros._ Pues ¿qué pides por este garvin hecho de red de oro así como
está aljofarado?
_Cel._ Mi reina, ésta es cosa encomendada, espantarte hías de lo
poco que de aquí he yo de sacar por mi trabajo aunque lo venda muy
bien, cuanto más si lo vendo ménos de lo que quiere su dueño. En seis
piezas de oro me estimaron este tranzadillo.
_Ros._ Toma cuatro por ser cosa que se lo ha puesto otra.
_Cel._ ¿Cuatro, señora? en mi alma, no se pagan las manos, pues de
aljófar tiene más; pero sin más regatear, en cinco lo toma ó lo dexa,
que yo me atrevo á dártelo en esto, porque sé los caudales de las
señoras doncellas dónde llegan, y cosa se ofrecerá en que me puedes
remunerar este servicio, que al cabo sé que perder con los buenos es
ganar, y con decir que no hallé más, cumpliré, que yo seré la que
perderé de mi derecho. Mírala bien, que es pieza muy acabada de buena
y barata.
_Ros._ Cara es, mas toma, que á la verdad la curiosidad en las cosas
hace encarecer la obra de ellas.
_Cel._ ¿Caro te parece, buena señora? bendito seas tú, mi Dios, que
en este trato tan poca ganancia se me sigue, que con haber andado
arrastrada todo el dia, habré de aquí tan poco que no bastará á
poderme hoy sustentar, sea por tu amor, que más quiero morder las
paredes de hambre y pasar la vida con afan y laceria empleada en tu
servicio, que no enriquecer en otros tractos ilícitos.
_Ros._ No llores, madre, que yo te favoreceré en todo lo que yo
pudiere.
_Cel._ ¡Ay mi señora! si supieses por qué lo digo, pues sábelo Dios
y yo que más valdria mi saya y manto de lo que vale si quisiese dar
oidos á una cierta persona de esta ciudad, pero mejor es pobreza con
un poquito de honra que riquezas acompañadas de vituperio; por el dia
sancto que es hoy, á oro me pesa, porque le hable á una gentil dama
de este pueblo, ni sé quién ni quién no, él vive hácia San Benito, y
creo que se llama Lisandro.
_Ros._ ¡Oh vieja! cómo temo que tus pisadas y luengo preámbulo, y tu
prolixa arenga y devota salutacion con tus falsos presupuestos, se
hayan enderezado y ordenado para inferir tan maldicta y sospechosa
conclusion.
_Cel._ ¿Qué es, mi señora, que no te entiendo?
_Ros._ Tú sabes si me entiendes ó no, y si en esas palabras de Dios
traes envuelto el dimonio, que entre las matizadas y bordadas flores
se esconde la culebra ponzoñosa.
_Cel._ Entiéndate Dios, que yo no te alcanzo.
_Ros._ Dime, pues, á quién te mandó hablar.
_Cel._ ¿Quién, mi señora? ¿Lisandro?
_Ros._ No me repitas su nombre, que me turbas; respóndeme á lo que te
pregunto, veamos si es lo que yo digo, que vienes con engaños.
_Cel._ ¿Y yo conózcolo más que tú, ni sé quién es, ni aguardé á que
me lo dixese? Mal me conoces, señora, las piernas me cortaria primero
que diese paso á tales mensajes, en ese caso ningun hombre me ha de
hablar si no quiere ser mi capital enemigo; guárdeme Dios de mala
hora, montas que soy yo de ésas, entre qué personas me crié para osar
de tal oficio, á la hé entre religiosas y áun de las más encerradas.
Pero segun pude colegir de las pocas palabras que escuché á Lisandro,
digo aquel mancebo caballero y ¡Jesus, qué sin memoria soy! algunas
señas y indicios te daré. Ella era en su boca la más hermosa doncella
que natura por agora formó, no sólo decia en la ciudad, mas ni áun
en la tierra, en todas las gracias y perfecciones acabada. Por aquí
sacarás por quién entendia Lisandro, digo aquel señor galan que preso
de su amor loaba la que mucho queria; ya sabes que en Salamanca pocas
hermosas hay, y ésas se pueden señalar con el dedo, y por tu vida,
mi amor, que despues que te vi he pensado si eras tú la que decia,
porque tu perfecta fermosura es argumento que no entendia por otra.
_Ros._ Madre, no me entres por esos rodeos, véte con Dios.
_Cel._ ¿Qué rodeos, mi señora? ¿piensas que no te diria el nombre de
ella si me acordase, por quitarte de sospecha? Mas sea Dios loado,
que ya voy acordándome Ro, Ro, Roselia se llama, por quien pena,
segun me dijo.
_Ros._ Segun te dijo, malvada vieja, ¿qué no me conoces tú, que soy
yo la que agora mentaste?
_Cel._ ¿Tú? y Jesus, Jesus, ¿tú? No lo creo.
_Ros._ ¿Santíguaste, mala hembra, bote de malicias? ¿que no lo
sabes tú? ¿ésas eran las joyas que traias á vender? ¿las fingidas
lagrimitas que por tus haces regabas? ¿los devotos consejos que me
dabas? ¿las sanctidades con que venías? ¿las cuentas que rezabas?
¿las encubiertas y disimuladas palabras con que me entrabas á dañar
mi fama, tentar mi propósito, combatir mi honestidad, corromper mi
vergüenza, ensuciar mi honra? Astuta vieja, vaso de maldad, maestra
de malos recaudos, discípula del diablo, madre de todos vicios; mas
¿si eres tú la que encoroçaron estotro dia por semejante caso, que á
ella te pareces en tus obras? ¿Con ese mensaje te envió ese loco para
que publicases su pasion y locura? Espera, alcahueta, que tú habrás
el castigo que merece tu atrevida osadía. Melisa, Melisa, llámame acá
á mi hermano Beliseno.
_Cel._ Señora, no juzgues mis palabras sin que primero juzgues mi
intencion, que cuando la intencion no yerra, salvo está el que se
juzga, y si la lengua resbaló, no tiene culpa el corazon, desdichada.
_Mel._ ¿Qué es, señora? ¿no concluyes con esa mujer?
_Ros._ Esta vieja que me viene con alcahueterías de aquel que estotro
dia me vido y comenzó á desvariar en aquellos desatinos que viste;
éste es el loco atreguado por quien me habló el paje que fué de mi
señor padre, que en gloria sea; pues guárdese, que si mi hermano le
coge, él le dará el pago.
_Cel._ Se tú el juez, doncella graciosa; si yo ni tenía noticia de
la señora ni sabía que Lisandro penaba por su merced, ni ménos le
menté palabra de las muchas que echaba por aquella boca, como hombre
que estaba para morir, y pedia socorro de su señora, que morir le
hacia; mas de que simplemente á buena fe y sin mal engaño le conté
lo que vino á coyuntura de no sé qué hablamos; ¿tengo yo aquí la
culpa? cuitada yo, que en mala hora nací, si todo lo que digo y hago
se ha de echar á mala parte, bien dixo nuestro Señor Jesucristo
en el Evangelio de la misa que ayer oí, no juzgueis y no seréis
juzgados, segun declaraba el cura; si yo, mezquina, te contára los
sospiros lastimosos que pregonaban su lastimado corazon á causa tuya,
las lágrimas que sus rubicundas haces regaban en oyendo tu nombre,
los desmayos que le tomaban en acordándose de tí, los dolores que
le atormentan en tu crueldad, las pasiones que le persiguen con
el amor que te tiene, los deseos de tu suave conversacion que le
atribulan, las tristezas que le derriban y otros mil cuentos de males
que sostiene, segun dice despues que del homenaje de tus ventanas
asaeteaste su deseo; si esto, y otras cosas más que dixo con harta
pena, te dixera yo, señora, ó supiera que eres tú aquella por quien
moria, aunque, ciega de mí, por las señas de hermosura que me daba
habia yo de entender luégo que eras tú, entónces tenías razon de
culparme, pero si ni esto ni lo otro me salió por la boca, ¿de qué te
quejas?
_Mel._ Justa y razonable es tu excusa, madre mia.
_Ros._ No te espantes, vieja honrada, que haya tomado sospecha de tus
pláticas por lo que ha precedido de aquel loco, y acaso tú no sabías.
_Cel._ ¿Saber? ansí me ayude Dios como yo no lo sabía más que agora
que no lo sé; lo que yo vi es esto, que queda en la cama con los más
espantosos desmayos que nunca vi, puesto en el hilo de la muerte;
y así como está con profundo clamor, los sospiros echa fasta el
cielo, las lágrimas le verias mezcladas con sollozos de hilo en hilo
corriendo por aquellas sus mexillas más resplandecientes que rubíes,
aquellas rosas coloradas, que tiene en medio del gesto más blanco
que copos de nieve, vieras rociadas con el rocío que destilaba de
aquellos sus alindados ojos, que tanta era la lástima que me puso
en le ver, que como sea cosa muy comun los corazones dolerse de las
pasiones ajenas, me forzó á acompañalle en su tristeza con algunas
de mis lágrimas, que, sin sentillo, me brotaban en abundancia por mis
haces abajo. A lo ménos una cosa, mi señora, creo de cierto te podria
afirmar, que si presente estuvieras á su tan duro lamentar, cuando
yo digo que estuve, no te bastára tu corazon de acero, como veo que
tienes, á lo ménos si no lo tienes muéstraslo, y no sé por qué, á
que no se ablandára con los martillos que salian de sus íntimas
entrañas rasgando su profundísimo pecho. En Dios y en mi ánima, que
en acordándome cuál le dexé, tan gran compasion me toma, que si
remediarle pudiera por lo que debo á buena cristiana, aunque fuera
con la sangre de mis brazos lo hiciera; pero no soy yo por la que él
pena, que no me hizo Dios tan cruel y sin piedad, que si yo fuera
dexára morir el más agraciado mancebo y galan que mis ojos vieron.
_Ros._ Son blasones de los enamorados decir que mueren por amores.
_Cel._ Bien está, ella irá poco á poco á entrar en el garlito,
en las palabras y en el semblante lo veo, que por las palabras y
señales bien se adevinan los pensamientos, cuanto más que ligero es
de conocer en las mujeres cuando aman, que sin conceder dan señales
de consentimiento, y más que el color se le ha vuelto colorado;
encendida la tengo.
_Ros._ ¿Qué dices, madre? ¿Parece que te has pasmado? ¿Qué estás
comidiendo?
_Cel._ ¿Qué, señora? Que sabe poco de las cosas naturales el que
piensa que de amores no puede morir uno, porque puede ser el amor
tan vehemente é intenso, que empedidas las potencias naturales por
la ocupacion contínua de las animales, en la cosa que mucho amamos,
venga á consumir el humido radical sin reparacion alguna, y así la
persona que el tal amor posee, hecha ética, perezca; y si esto es, mi
señora, allá te aven con tu conciencia, que no faltas de homicida,
pues eres causa que muera aquel amargo sin redempcion, cuya verdadera
salud en sola tu vista consiste, que no queria el cuitado más de
verte y hablarte.
_Ros._ Todavía me augmentas la sospecha, pues no se te entiende que
no hemos de hacer mal por bien que se sigua.
_Cel._ ¡Ay señora! y ¿qué mal es, ó qué pecado, si con mi vista y
palabra puedo dar la vida al doliente, consentir que me vea y hable?
Y áun es obra de perfeccion dar industria y forma para ello.
_Ros._ Si no es más de eso, cosa sancta y buena es.
_Cel._ ¿Y cómo sancta? lo contrario hacer sería pecado mortal,
porque cualquier que puede á otro salvar la vida sin pecado ó notable
peligro suyo, y no lo hace, peca; cuanto más que entre las obras de
misericordia es dado consejo que visitemos los enfermos.
_Ros._ Por cierto que lo haria no más de por ser servicio de Dios,
sino que temo mi peligro, que al fin la estopa cabe el fuego presto
prende.
_Cel._ Donde la razon y virtud enseñorean y reinan como en tí, en
balde ladra el sensual apetito, y puesto que peligro de alguna
liviana tentacion hubiese, no por eso te excusas, que de dos males
inevitables el ménos empecible se ha de elegir, que del mal siempre
se debe escoger lo ménos, dicen, y pues mayor mal es ser tú homicida
que tentada, manifiéstase claro que eres obligada á dalle remedio,
ni pienses que te perjudica aquel señor en amarte con tan ardiente
deseo, yo pondré á que me corten la lengua que no lo hace á mala
fin, es una bendicta criatura, un ángel en limpieza, una dama en
condiciones; no es otra cosa, sino como te vió á tí, que eres otro
que él en gracias y hermosura, que á la verdad algo os pareceis en
la fisionomía del rostro, aficionóse á amar á su símile, ca toda
cosa ama su semejante y tambien que lo hermoso atrae á sí los ojos
de todos y mueve los corazones delicados y tiernos á su amor; yo
juraré que en solo verte y tener una poquita de conversacion honesta
contigo quede contento, y tú satisfecha de la obligacion que tienes
á socorrer al enfermo; cuanto más que una poca de recreacion con
virtuosas personas como lo es Lisandro, virtud es, llamada Eutrapelia
de los filósofos.
_Ros._ No quiera Dios que por mi causa muera ese señor que dices, que
no fuera yo tan cruel para él si me constára de su buena intencion y
limpio motivo como agora.
_Cel._ Pues, señora mia, da forma que de noche te hable, porque no
seais sentidos, que hoy dia las gentes, por nuestros pecados, son
llenas de mil sospechas, juzgando lo exterior y no entendiendo los
secretos y misterios de Dios.
_Ros._ Quédese para el juéves en la noche, dadas las once.
_Cel._ ¿Por qué lugar?
_Ros._ Por las ventanas de esta mi torre que salen á dar al alcázar.
_Mel._ Señora, señora, mi señora Eugenia asoma por la calle.
_Ros._ Pues véte, madre, con Dios.
_Cel._ Los ángeles queden en tu guarda.
_Mel._ Señora, ¿qué te dixo la vieja despues que me torné á abaxar?
_Ros._ No sé, déxame; ponme dos almohadas en el estrado, iréme á
echar, que me siento mal dispuesta.
_Mel._ Que me maten si no es ésta la nueva Celestina de las tenerías,
que en su traje y plática ella parece, aosadas que dexa urdido algun
mal recabdo; en hora mala vino acá.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Procura Oligides de resistir á la saña que Brumandilon
tiene contra Celestina; viene Celestina, que no cabe en
sí de placer por la buena respuesta que hobo de Roselia.
Perturba su gozo Brumandilon con sus fieros, finalmente
pónelos en paz Oligides. Pasa Celestina despues de esto
muchas cosas graciosas con su sobrina Drionea, y vase con
Oligides á dar la buena respuesta á Lisandro.
OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA. — ESCLARABEL. —
FILIRIN. — LISANDRO.
_Olig._ ¿Qué haces, Brumandilon? ¿Ha venido Celestina del negocio?
Mas ¿qué es esto que veo? A punto estás, la mano en la empuñadura y
la espada medio desenvainada.
_Brum._ Por los que habitan en la profundidad del Erebo, media hora
más no viva la vieja avarienta si no me da la mitad de lo que le dió
Lisandro; déxala venir.
_Olig._ Donde está claro no poder ganar honra, locura es aventurar la
persona, si la matas, puede ser que te asa la justicia y te guinde
del rollo.
_Brum._ ¿Qué dices, señor Oligides? No me has conocido, pues sábete
que en balde trabaja quien piensa en mi corazon poner miedo ó temor
de justicia. No me es más llevar por una calle al alguacil y á su
gente que acorralar seis becerras mansas, sino pregúntale como le fué
habrá tres noches en la calle de Lobo sobre mi puta Philena, y con
todo me vino á pedir perdon.
_Olig._ Por Dios, que tus hechos en armas se van pareciendo á las
hazañas del valiente Diego García de Paredes, el de nuestro tiempo.
_Brum._ Aquí está Brumandilon, que siendo maestro de esgrima en
Milan, le enseñó á jugar de todas armas, de espada sola, de espada
y capa, de espada y broquel, de dos espadas, de espada y rodela, de
daga y broquel grande, de daga sola con guante aferrador, de puñal
contra puñal, de montante, de espada de mano y media, de lanzon,
de pica, de partesana, de baston, de floreo y de otros muchos
exercicios de armas; y él viendo mi esfuerzo en los golpes, mi osado
atrevimiento para acometer seis armados, rebanar brazos, cortar
piernas, harpar gestos, hender cabezas y otros miembros, con mi
exemplo salió tan diestro y animoso como veis.
_Olig._ Héla, héla, asoma Celestina, alegre viene.
_Cel._ ¿Qué girifaltes, qué sacres, qué neblíes, qué esmerejones,
qué primas, qué tagarotes, qué baharies, qué alfaneques, qué azores,
qué alcotanes, qué gavilanes, qué águilas tan subidas en alto vuelo
bastarán á abatir en tierra con sus uñas la páxara escondida en
las nubes, como yo, sábia Celestina, con mis palabras cautelosas
abatí á mi peticion al muy encerrado propósito de Roselia? Mi fe,
cacéla, y si sus pensamientos fasta aquí volaban por el cielo
con contemplaciones de Dios, agora rastrearán por el suelo con
imaginaciones de la carne. Hi de puta, qué bien lo he hecho, para
Sancta María, que me quiero bien en ver que no pierdo punto á mi tia;
mas, por mi vida, qué alindados y seguros nortes llevé, que repicando
ella de broquel con sus acedas palabras y súbitas alteraciones,
volvia yo al tema que tomé en principio de mi sermon. ¡Ay bonita,
cómo te engañé! así engañan á los bobos con especie de sanctidad y
servicio de Dios, con este color le dixe lo que quise, y bien me
estuvo. ¿Quién dubda que no sueñe á Lisandro esta noche? En mi alma
no estoy en mí de placer, ay, ay; ah papagayos, ah ruiseñores, ah
calandrias, ah canarios, ah sergueritos, ah pardillos, ah verderones,
ah gafarrones, ah torzuelos, ah luganos, ah carrancas, ah jamarices,
ah todas las aves del canto suave, ¿oisme? ¿por qué todas en uno no
os juntais á cantar la mi alegría que llevo en este mi corazon, y
cantar con vuestras lenguas arpadas, á quien lo quisiese saber, mi
maravillosa astucia, mi astuta cautela, mi cautelosa vivez, mi vivo
saber, mi sábia sagacidad, mis artes no sentidas, mis fraudes y dolos
encubiertos, mis mañas y sotiles engaños? Sacabuches, chirimías,
atambores, trompetas, rabeles, flautas, dulcemeles, guitarras,
vihuelas, arpas, laúdes, clarines, duzainas, añafiles, órganos,
monacordios, clavecímbanos, clavicordios y salterios y todos los
instrumentos de música con vuestra suave, apacible y sonora armonía y
canora melodía resoná por el aire mi verdadera mentira, mi virtuoso
vicio, mi maliciosa bondad, mi endemoniada sanctidad, mi inquieto
reposo, mi turbada mesura que tuve para aquella señora, que no tenía
dónde asir para azorarse contra mí, segun le entré por sabroso y
encubierto estilo:
¡Ay que me fino,
Ay que fino, de regocijo!
_Olig._ Buen despacho trae la madre, parece que toda se querria
tornar lenguas para hablar, la alegría que en aquel cuerpecillo de
malicias no cabe, rebosa á borbollones por la boca y por los ojos.
Alarga el paso, Celestina, mueve esos piés, no te detengas, aguija,
ea, date priesa.
_Brum._ Todas las paradillas que hace son ratos de su vida. Pues, por
el cerrojo de santa Gadea de Búrgos, do juran los hijos de algo, en
llegando más no viva, si no me da la medalla.
_Cel._ Sálveos Dios.
_Brum._ Sálvete el diablo; sús, daca luégo la medalla, no me hinchas
de mostaza las narices, no sea el dimonio que te engañe, ten memoria
de las veces que te has librado de mis manos.
_Cel._ Válalo el diablo, mozas, con qué me salió á recibir el
charlatan glorioso, ¿medalla ó qué? una higa en tu ojo; no os
deshagais de eso por mi amor.
_Brum._ Suéltame, señor Oligides, suéltame, que no le haré otra cosa
más de matalla.
_Olig._ Ea, no haya más, por mi vida; ea, no haya más, que no te he
de soltar, acaba, no seas porfioso, ya sabes que quien sobrado es de
furor, falto es de autoridad.
_Cel._ Déxale venir, que el diablo á mí me lleve si no le quiebro la
cabeza con esta piedra. Veréis que te trayo salutacion para el alma;
medalla queria, ¿por cuál carga de agua?
_Olig._ No seas tú tambien demasiada, Celestina, calla, que mejor
atavío es en la mujer la templanza en la lengua que las ricas ropas
en el cuerpo.
_Brum._ ¡Ah puta embaidora, alcahueta, hechicera!
_Cel._ Déxate de esos baldones, fanfarron, que nunca con palabras
injuriosas y feas se acrecentó el esfuerzo natural.
_Olig._ Bien dice en aquello Celestina, que al fin ninguno en su
cortés y blanda respuesta pierde la fama de su esfuerzo.
_Brum._ Ya lo veo, pero voto á tal, donde la mujer aguijonea, la
discrecion de hombre no basta.
_Cel._ Mas donde la cobdicia interviene, no hay amistad ni tregua que
no corrompa, ésta te hace á tí salir de seso, que no yo.
_Brum._ ¿Aun parlais? Agradeceldo al buen padrino. ¡Oh, pese á mis
males! ¿por qué no me soltaste, que su vida y maldades acabáran en un
tiempo?
_Cel._ Allá al que te dió de palos haz tú esos fieros, y no me hagas
más hablar.
_Olig._ Mejor estuviera eso por decir, Celestina, y no buscar cinco
piés al gato.
_Brum._ Y, puta alcoholada, ¿no sabes que sentado á tu puerta seguro
y descuidado, cuatro que eran, solo un palo me alcanzaron á traicion
y fuí tras ellos, y como hacía la noche obscura, de ellos perdí de
vista, de ellos se me escaparon por piés? Pero yo los buscaré, y
descreo de la leche que mamé si aunque se me metan en el golfo del
mar, y del golfo del mar en el vientre de la ballena, y del vientre
de la ballena en el seno de Abraham, no se me escaparán, que con esta
punta de mi puñal no les escarbe los aradores que tuvieren allá en
lo íntimo de sus corazones; yo juraré que me acometieron por otro,
porque no creo que nadie tuviese tal atrevimiento contra Brumandilon,
pero como quiera que sea, por vida de estas barbas luengas y espesas,
no les cumple más parar en el reino, porque si los topo, el mayor
pedazo de ellos será menor que brizna de diente de vieja, ó pedrecica
de moleja de arador, ó liendre; más menuzos los haré que carnero
picado, en mi espada los ensartaré como rubias.
_Olig._ Ora bien que despues se averiguarán estos pleitos. Agora
vamos, Celestina.
_Brum._ No me la lleves, Oligides, sin que primero sea liberal
para conmigo, que no lo he de ir á hurtar para comer, ni ménos me
mantengo de rocío como cigarra, ó de viento como camaleon, basta que
le hice merced de la vida por tu intercesion.
_Cel._ Que no me está bien ni me pago de ello. Véte con Dios de mi
casa, que no te quiero, no me dés más pasion.
_Olig._ Oíos, no torneis á reñir, que con pequeñas palabras á las
veces se enciende y crece la ira en los hombres, así como de la
pequeña centella, si no se mira por ella, se suele levantar gran
fuego. ¿Esta medalla hase de partir por medio, ó dártela toda?
_Brum._ Ni uno ni otro; mas de que se venda, y dividamos igualmente,
como hermanos, el precio de ella, pues de ninguna cosa es buena la
posesion sin compañía.
_Cel._ ¿Ya no te dí dos doblas? ¿qué me pides más?
_Brum._ La medalla ó la vida.
_Cel._ No tengo medalla.
_Olig._ Señor Brumandilon, hazme este placer, porque otro dia te lo
sirva, que no se hable agora más en ello, que las cosas argüidas con
voces son mal definidas, y tambien que agora no hay tiempo para esa
disputa, porque mi amo queda con la soga á la garganta esperando su
salud ó desastrado fin en la respuesta de Celestina; no nos estorbes.
_Brum._ ¡Oh pese á tal, qué ha de salir con la suya esta vieja
esfalsaria! sobre cuernos penitencia, sobre que me ha engañado me
niega lo que á vista de todos le dió Lisandro. Por nuestro Señor,
no es otra cosa la mujer sino un censo perpétuo que tienen los
hombres sobre sí y sobre sus vidas, que ella basta para acortar,
disminuir y abreviar estos pocos dias que nos quedan con sus enojos y
pesadumbres, hablo de las tales como esta bellaca, saco de vicios.
_Cel._ Espera, Oligides, daré una vista á mi gente, que luégo salgo.
_Olig._ No tardes.
_Cel._ Abrí, hijas.
_Drion._ Esclarabel, baja presto, y véte por el lugar acostumbrado,
que mi tia viene.
_Esclarabel._ Pues, amores, como digo, en dándome el Conde librea te
daré esta capa, de que hagas un sayuelo.
_Drion._ Como tú quisieres, pino de oro.
_Cel._ ¿No os he mandado que mientra no estuviere hombre en casa
estén las puertas de par en par abiertas, y vosotras al umbral
sentadas? creo que por demas es la citola en el molino. ¡Ah! malditas
seais si no me teneis podrida de enojo; en mi dicha cabe que jamas
ceso de daros consejos. Landre que os mate, si no os ven ni oyen
no os conocerán, y si no os conocen nadie vendrá á vosotras. La
taberna por el pendon se conoce, y sin pendon nadie acude allá á
comprar vino. El caminante extranjero no acierta el meson sino por
la tablilla ó la señal colgada. Bien me entendeis, una arriba y otra
abaxo; si Libia se ocupó con Polo, ¿por qué tú, Drionea, no baxaste á
dar recabdo á los que vinieren, y respuesta á los que me buscaren?
_Drion._ Ya decendia, que me estaba componiendo, no hayas enojo, que
todo se hizo lo que me mandaste.
_Cel._ ¿No te he dicho que cuando no hobiere tiempo de afeitarte
tomes una toca y te la reboces fingiendo dolor de muelas, y te
cobijes esa mantillina colorada? Medio desnuda, medio vestida, los
pechos de fuera con un disimulado descuido en faldetas como éstas,
no hay tal para provocar á luxuria los hombres. En Dios y en mi
conciencia, que cuando yo era moza como vosotras, mi desenvoltura,
mis meneos del cuerpo, mi requiebro de ojos, mi dulce y delgada voz
bastaba para incitar los castos, aunque hermosura me faltára. Pues
¿quién vino á buscarme?
_Drion._ Siete personas cuando ménos.
_Cel._ ¿Quién?
_Drion._ La mujer del sastre envió acá, que el sábado de mañanita va
á la vega, por tanto que avises al estudiante por quien la hablaste,
que madrugue.
_Cel._ Mirad la descarada, quedó con el otro ese dia de venir á mi
casa disimulada, y hace conciertos con estotro, ¿que no habia tiempo
para todo? Di adelante.
_Drion._ El doctor viejo envió su paje á saber si hablaste á la hija
de la lavandera.
_Cel._ ¡Oh! que se me olvidó; acuérdamelo mañana. Di más.
_Drion._ La beata aquella muy penitente te estuvo buen rato aquí
aguardando, y como no venías, rogóme que te encargase mucho que
estovieses con aquel su devoto, de quien hobo el hijo, y que le
dixeses en secreto, que pues Nuestro Señor tuvo por bien darles
aquella criatura para su servicio, que envie faxas y mantillas para
envolver al niño y dineros para pagar el ama, ó que lo dé á criar.
_Cel._ Importuna mujer, ¿ya no le dió eso y esotro, y el su capirote
raido por cobija?
_Drion._ Tambien aquella doncella que tuvimos aquí de parto, la que
sacó el teólogo, vino llorando que por caridad le digas, pues es
hombre de conciencia, que lo haga bien con ella, y que se acuerde de
lo que le es en cargo.
_Cel._ Di, que eso yo lo sé bien.
_Drion._ El mozo del bachiller vino que vayas á la tarde á echar una
melecina á un su popilo.
_Cel._ ¿No le he dicho que mientra mi comadre Clara viviere que la
llamen? porque yo no quiero hacerle mal en su oficio, que es mi amiga.
_Drion._ Dice que está mala de los ojos de una siringada que le soltó
un escolar al tiempo que sacaba el cañuto, que, como le mirase unas
almorranas que tenía para se las curar, el estudiante, no pudiendo
retener el puxo, suelta y rocíale aquellos hocicos y ciégale los ojos.
_Cel._ Hi, hi, hi, mala landre que te mate, que reir me has hecho.
¿Hay más?
_Drion._ La manceba del clérigo, y la mujer del cordonero y la
desposada vinieron aquí y hice lo que me mandaste.
_Cel._ ¿Supiste hacer el virgo?
_Drion._ Muy bien.
_Cel._ Pues comé vosotras, no me aguardeis, que voy á consolar aquel
loco ántes que de sí haga algun desatino.
_Drion._ ¿Cómo te sucedió?
_Cel._ De perlas; algo habian de aprovechar los caractéres del cerco
de esta noche.
_Olig._ ¿No baxas, madre?
_Cel._ Vamos.
_Olig._ Dime agora lo que has hecho, que segun te vi venir alegre y
dando saltos de placer, por mí tengo que has ablandado aquella breña
y duro risco, y que traes buen recabdo. Mas, de véras, ¿qué acabaste
con ella? Dímelo porque yo contigo me alegre, que no ménos que tú
holgaré del bien de mi amo, y así será tu gozo perfecto y entero, que
el placer no comunicado no es cumplida alegría.
_Cel._ ¡Ay bobo! ántes que tú nacieses entendia yo esas malicias;
quiere que se lo diga para ganar por la mano las albricias de aquel
que en el triunfo de sus locuras no estima el gasto.
_Olig._ ¿No dices, madre?
_Cel._ Cerca estamos, ahí lo oirás.
_Olig._ Dígolo, porque si ruines nuevas traes no te cumple parecer
ante los ojos de aquel desabrido, ni ménos yo iré con esa embajada,
no quiebre sobre nosotros el enojo que tiene de la pasion que le dan
sus amores; que los corazones apostemados con ira, con poco cauterio
brotan su venino en los primeros encuentros sin esperar más razon.
_Cel._ Otra vez á doce.
_Fil._ Señor, señor, Celestina.
_Lis._ Daca esas ropas de martas cebellinas, saldréla á recibir. ¡Oh
Dios! ¿con qué viene?
¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL SEGUNDO ACTO.
Apénas puede creer Lisandro la buena nueva que Celestina
le trae de su señora; y sobre esto pasa con ella y con sus
criados muchas cosas llenas de donaire. Despídese Celestina
de Lisandro para ir á hallarse en el pleito de Angelina.
Todavía el gran celo de Dios incita á Eubulo á decir sus
sanctas y buenas razones á Lisandro, aunque sabe que ha por
ello de ser afrentado del embobecido su amo.