OLIGIDES. — EUBULO. — LISANDRO.

_Olig._ Bien será que entremos, no se mate este loco, que sólo en la

cuadra se encerró acompañado de tiniebla.

_Eub._ Déxale, que la obscuridad y disiertos consolacion es para los

tristes enamorados.

_Olig._ Su voz oyo, escucha, que trovando está.

_Lis._

¶ ¡Oh vana esperanza mia!

Conviene que desesperes,

Pues tu desventura guia

La contra de lo que quieres.

_Eub._ Bien dice, que donde falta ventura poco aprovecha esforzarse.

_Lis._

¶ Cubre tu verde color

Con luto de triste duelo,

Y no esperes ya consuelo

Que consuele tu dolor.

_Olig._ ¡Qué intolerable trabajo consigo traen estos caballeros

de Cupido, que ningun humano consuelo basta á consolar sus vidas

apasionadas!

_Lis._

¶ Y pues crecen cada dia

Estos males con que mueres,

Desventura es la que guia

La contra de lo que quieres.

_Olig._ Dulcemente toca la vihuela; por Dios, llorar me hace.

_Eub._ Los romances y cantos de amores son para él tizones que

refocilan el su fuego y enconan más la llaga.

_Olig._ Yo habia oido decir que las lágrimas y sospiros mucho

desenconan el corazon dolorido.

_Eub._ En otras pasiones sí, pero no en caso de amores; pregúntalo á

Petrarca en los diálogos, él te responderá lo que yo digo y Horacio

tambien lo mesmo.

_Lis._ ¿Quién está ahí afuera?

_Olig._ Señor, nosotros.

_Lis._ Entrad acá; ¿no veis que cuanto más de tormento huyo, tanto

más se me acerca la muerte en pensar la dura respuesta que hube de

aquel jardin encerrado, de aquella flor de hermosura, de aquella cara

de ángel y corazon de tigre? En esto veo que el vivir es ofensa de mi

razon pues deseaba ser querido donde no hallo sino desden. ¿Qué haré,

que ya la desesperacion y disfavor, á una, de refresco, comienzan á

renovar y avivar nuevos dolores y sentimientos? ya reverdecen mis

males en pasiones, como la salamandria en el fuego, me crio para

fenecer, como el cisne, en canciones doloridas; ya espiró mi remedio,

desahuciado soy; crecido há mi pecho fasta el tristísimo Oresmon con

ronquidos mortales. Mis penas son semejantes á las de los dañados,

que siempre arden y jamas se acaban de consumir; no fué tan lastimera

la muerte rabiosa del esforzado Hércules como la mia, que al fin

aquél con las miserables llamas de la henchizada camisa, que á las

carnes se le pegaron por industria de su amiga, acabó su vida, yo

ardo en el alma y vivo muriendo.

_Eub._ Por eso es bueno estar bien con Dios.

_Olig._ Calla en mal punto; no le mientes agora devociones, que todas

las cosas tienen su tiempo y sazon.

_Eub._ Las cosas de Dios en todo tiempo y lugar vienen bien sazonadas.

_Lis._ Las tres furias infernales con sus serpentinos azotes no hacen

tan gran señal en los cuerpos pecadores, que no hagan mayor en mi

espíritu las acedas palabras que hoy en este dia oí á mi señora.

Acabad ya de cortar, hadas, si bien me quereis, el hilo de mi vida. Y

tú, Pluton, gobernador de la profundidad tartárea, envia á Charon, tu

fiel piloto, que en su barca reciba la alma de Lisandro que por los

aires pena.

_Eub._ Irás con los muchos que allá están porque tu opinion siguieron.

_Olig._ ¿No callarás? Cose la boca si no quieres que te reña.

_Eub._ Flaca es la fidelidad, como decia Parmeno, que temor de pena

la convierte en lisonja; nunca por sus amenazas dexaré de decir la

verdad.

_Lis._ ¿Qué es lo que hablais? ¿qué sentís de esto?

_Olig._ Deciamos, señor, que tienes poco sufrimiento, en poca agua

te ahogas.

_Lis._ ¿En poca? ¿qué dolor hay igual al mio, ni qué tormento ó afan

que comparado con el mio no sea descanso?

_Olig._ Señor, no es cordura tomar senderos nuevos y dexar caminos

viejos, el seguro camino es el de las carretas; dígolo, porque es

mejor acuerdo que una mujer entienda en esto que no tú sin tercero, ó

yo que soy sospechoso, que al fin mal se tañe la vihuela sin tercera;

en el cielo sin medianera no se alcanza cosa que buena sea, cuanto

más en el suelo, lo demas es andar de mula coxa.

_Lis._ ¿Conoces tú alguna?

_Olig._ No una, sino ciento; está sembrada la ciudad de ellas, no hay

mujer cantonera que no tenga su vieja al lado para que sea corredora

de estas ventas y compras; en especial conozco una de este oficio, la

más principal y famosa en el pueblo y que más negocios y despachos

tiene, así con legos como con clérigos, ca ninguna cosa toma entre

manos que no salga con ella, aunque sea encerrada tras siete paredes

la hará venir á quien se lo encomendáre; creo que es un poco

hechicera.

_Eub._ No hay otro tan eficaz hechizo como es el amor: éste á las muy

recogidas trastorna, y los ermitaños busca por los yermos, y á los

religiosos quita la atencion en el coro; esos otros hechizos poco

obran do no hay amor.

_Lis._ ¿Podríala yo hablar?

_Olig._ Yo te la traeré acá con que me dés señal, que le dé, que será

bien pagada.

_Lis._ Dale ese par de doblas y tráemela luégo acá, no tardes, y á la

vuelta escogerás de esa caballeriza un caballo para tí en que rues.

_Olig._ ¡Oh señor! singular merced, yo voy.

_Lis._ Dios te guie. ¡Oh grandeza de Dios! en esto muestras tu

potencia en dar poder á mí inmérito que merezca hablar á esta vieja,

que no puede ser sino mujer muy honrada, si tal cosa me promete de

traerme á mi deseado fin, y mis culpas y pecados no sean causa de

perder tan gran premio.

_Eub._ Mas tus delictos y ofensas, que á Dios has cometido, darán

ocasion á que tú alcances eso y más.

_Lis._ Quien á Dios tiene enojado, cosa de valía merecer no puede ni

impetrar cosa suprema.

_Eub._ No lo niego, por las culpas.

_Lis._ Calla, no hables más palabra.

_Eub._ Callaré por tu mal.

_Lis._ Descortés, ¿quereis vos contradecirme? tan bueno Pedro como su

amo. Véte con Oligides, acompaña aquella dueña.

_Eub._ ¡Hola! ¡hola! ¿Oligides, ce?

_Olig._ ¿Acá vienes?

_Eub._ Vengo; ¿quién es esta negra señora que venimos á traer de la

mano?

_Olig._ Yo te lo diré; bien habrás oido mentar á Celestina la

barbuda, la que tenía el Dios os salve por las narices, aquella que

vivia á las tenerías; ¿no caes?

_Eub._ ¡Oh! ¡oh! di, di, que ya caigo, que como ha habido tantas y

hay, no sabía por quién decias.

_Olig._ Ésta dexó dos sobrinas, Areusa y Elicia. Areusa llevóla

Centurio al partido de Valencia; quedó Elicia ya vieja y de dias, la

cual viendo que los años arrugaban su rostro, y que su casa no se

frecuentaba como solia de galanes, ni ménos sus amigos la visitaban,

determinó, pues con su cuerpo no podia ganar de comer, ganallo con el

pico y tomar el oficio de su tia.

_Eub._ ¡Y cómo si sabria usar dél! De mala berengena nunca buena

calabaza, y de mal cuervo nunca buen huevo. Yo oí que su tia le dexó

por heredera en el testamento de una camarilla que tenía llena de

alambiques, de redomillas, de barrillejos hechos de mil facciones

para que mejor exercitase el arte de hechicería, que ayuda mucho,

segun dicen, para ser afamada alcahueta; ya creo que es bien diestra,

astuta y sagaz en estas artes liberales.

_Olig._ Éralo en dias de la madre bendita, cuanto más agora que el

tiempo, inventor de las cosas, le habrá hecho artera, y enseñado más

de lo que sabía; y ella, con la experiencia que tiene, ha conservado

lo que con diligencia alcanzó. La mesma Celestina, espantada del

saber de su sobrina, dijo á Areusa: ¡ay, ay, hija! si vieses el saber

de tu prima, y cuánto le ha aprovechado mi crianza y consejos y cuán

gran maestra está. Pues esta Elicia, porque más se cursase su casa y

fuese más conocida y tenida, tomó el nombre de su tia, y así se llama

Celestina, y desto se jactaba ella á su prima Areusa y á otras muchas

personas, adevinando á lo que habia de venir, si bien me acuerdo,

por estas palabras: allí estoy aparrochada, jamas perderá aquella

casa el nombre de Celestina, que Dios haya, siempre acuden allí mozas

conocidas y allegadas, medio parientas de las que ella crió; allí

hacen sus conciertos, de donde se me seguirá algun provecho. Y muchos

extranjeros que no conocieron á Celestina, la vieja, sino de oidas,

piensan que es ésta aquella antigua madre, porque vive en la mesma

vecindad, y tienen razon de creello, ca ninguna remedó tan bien las

pisadas y exemplos, la vida y costumbres de la vieja, como ésta,

que en la cuna le mostraba á parlar las palabras de que ella usaba

para sus oficios; de manera que con la leche mamó lo que sabe. Así

que si Celestina toma esta empresa, por nuestro queda el campo. Bien

puede dormir descuidado Lisandro, que fasta su cama la hará venir á

Roselia, tanta es la virtud que en su lengua tiene.

_Eub._ Ya que el pecado lo quiso que tan á pechos busque nuestro amo

su perdicion, ¿no sería mejor que llamases á su tia la barbuda, pues

ha resucitado?

_Olig._ ¿Quién te lo dixo?

_Eub._ No se suena otra cosa en la ciudad, y maguera que poco há que

la encorozaron, porque entendió en los amores de Felides y Polandria.

_Olig._ Engáñaste.

_Eub._ Bien sé, aunque la vulgar opinion tiene que resucitó, que

estuvo escondida en casa del Arcediano, por vengarse de Sempronio y

Parmeno.

_Olig._ Ménos eso.

_Eub._ Dilo tú.

_Olig._ Habrás de saber que Celestina la vieja verdaderamente murió,

y la mataron Sempronio y Parmeno por la particion de las cien monedas

y la cadenilla que le dió Calixto. Y esto ser verdad, lo afirman hoy

dia los vecinos que se hallaron presentes á su muerte y entierro, los

cuales acudieron á las voces de Celestina, que se quexaba y pedia

favor, diciendo: justicia, justicia, señores vecinos, que me matan

en mi casa estos rufianes. Y nuestra Elicia, en la historia, la

llora muerta: es mi madre y mi bien todo. Y tambien la oyeron decir

á su prima Areusa estas palabras de su tia: ya está dando cuenta de

sus obras, mil cuchilladas la vi dar á mis ojos, en mi regazo me la

mataron. ¿Qué más claro lo quieres? no tienes ya por qué dubdar; y si

vas á San Laurencio, junto á la pila de baptizar hallarás sobre su

sepultura este epitafio:

¶ Las mientes empedernidas

De las muy castas doncellas,

Aunque más altas y bellas,

De mí fueron combatidas;

Y ablandadas y vencidas

Con mis sabrosas razones,

Pusieron sus corazones

En mis manos ya rendidas.

¶ So color de honestidad

Sembre daños deshonestos,

Arme mis lazos compuestos

Buscada oportunidad,

De cuya perplejidad

Lucrecia no se escapára,

Con mis promesas cebára

La penelopea bondad.

¶ Si Pluton á mí llamára,

Cien Proserpinas le diera,

Sin que trabajo sufriera,

Aunque más le desdeñára;

Pues si de mí se ayudára

Fedra en su ilícito amor,

A Hipólito su dolor

En balde no publicára.

Pues ¿quién no sabe que Elicia traxo luto por ella? que áun hoy dia

traen por manera de refran unas palabras que tuvieron orígen de ella:

mal me va con este luto. Ni es de creer que la justicia degollára á

los escuderos de Calixto sin hacer suficiente informacion si murió

ó no; en especial que el Corregidor era amigo de Calixto, y fué

criado de su padre, segun verás en las quexas que él muestra tener,

diciendo: ¡oh cruel juez! y qué mal pago me has dado del pan que de

mi padre comiste; y si los degolló, fué porque claramente el alguacil

que acaso pasaba por ahí rondando la noche, oyó los gritos y vió la

sangre por el suelo, y á Celestina tendida, con muchas y espesas

estocadas. Ni es cosa de decir que ella tuvo lugar para hacer

encantaciones ó algunos embustes para no morir, porque la tomaron

desapercibida en la cama; cuanto más que si Celestina estuviera

encubierta en casa del Arcediano, hiciéralo saber á sus sobrinas

secretamente, que muy congoxosas estaban por la muerte de aquella que

en lugar de madre tenian.

_Eub._ Agora digo que me libre Dios de tantas mentiras, que ni

traen piés ni cabeza. Con todo, ¿no se llamaba Celestina la que fue

alcahueta en los amores de Felides y Polandria, ó es todo mentira?

_Olig._ No, que verdad fué haber esa Celestina, pero no era la

barbuda, sino una muy amiga y compañera desta, que tomó el apellido

de su comadre, como agora estotra, por la causa ya dicha.

_Eub._ ¿Eso me dices? espantado me dexas.

_Olig._ Sábete que esto es lo que pasa, lo demas son ficciones.

_Eub._ Así lo creo yo, que bien me parecia á mí esta segunda

Celestina no ser tan sábia como la primera; cierto, otra plática

tenía la otra. Mas, dime, ¿quién es aquel mal encarado rufian que

tiene esta tercera Celestina á cabo de su vejez?

_Olig._ ¿Brumandilon dices? tambien te lo diré: éste es un gran

fanfarron que ha corrido todas las puterías, cuyo esfuerzo, más

consiste en feroces palabras que en el efecto de las armas. A prima

faz espantarte há, segun echa fieros renegado por aquella boca. A

éste, Elicia, habrá ocho años tomó por guarda de su persona, porque

su casa no estuviese sin hombre y le acaeciese el desastre que á su

tia vino; y tambien porque cada noche estudiantes le daban grita, y

Brumandilon, como perro ladrador, los aventaba y oxeaba. En demas

que quiso guardar el consejo que cada dia la madre prudente le daba,

y se lo acordó al punto que habia de morir, cuando apremiada de los

dos que la mataron, dixo: si aquella que allí está en aquella cama me

hubiese á mí creido, jamas quedaria esta casa, de noche, sin varon,

ni dormiriamos á lumbre de pajas.

_Eub._ ¿Quién son dos mujeres galanas, las de los verdugados azules,

que estaban anteayer á la puerta pasando nosotros por allí?

_Olig._ Dos sobrinas suyas, la más chica se llama Livia, la mayor

Drionea, las cuales tienen por oficio remediar necesidades ajenas,

y socorrer á los necesitados y desatacados envergonzantes, y áun

Drionea á las veces me muestra la mercaduría de la trastienda.

_Eub._ No mientes bellaquerías, que no se sirve Dios de ello.

_Olig._ Alarga el paso, que nuestro amo por más ayna que vengamos

dirá que hemos tardado.

_Eub._ A las cosas deseadas todo tiempo es prolixo, como á las

odiosas breve.

¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL PRIMER ACTO.

Ántes que llamen Eubulo y Oligides en casa de Celestina, se

paran á la puerta á escuchar los castigos y reprensiones

que da la buena madre á su sobrina Drionea. Eubulo de muy

sancto, quédase á la puerta y Oligides entra. Y pasadas

muchas cosas donosas con tia y sobrina, declara su

embaxada. Pártese luégo con él para hablar á Lisandro, el

cual la recibe con grande alegría y le descubre su pasion.

Vuelve Celestina á urdir su tela. Entre tanto Oligides va

á llamar á Brumandilon el fanfarron, en cuya encomienda

estaba Celestina, para que le sea favorable. Queda Eubulo

dando sus buenos consejos á Lisandro, poniéndole delante

los peligros que de tales casos se suelen seguir, de los

cuales y de su auctor el ciego amante se burla.

OLIGIDES. — CELESTINA. — DRIONEA. — EUBULO. — LIBIA. — POLO. —

LISANDRO. — FILIRIN.

_Olig._ ¿No oyes, Eubulo? escucha, escucha, no llames.

_Celestina._ ¿Así, doña puta, meter habias en casa sin mi licencia

el paje del Conde, que no tiene más de lo que trae á cuestas? Mirad

qué casas ó alhajas ó qué viñas ó hogares le dexó su madre para

que esté un momento ociosa sin ganar de comer. Loquilla, ¿parecióte

galan? ¿pagástete de su gentileza? pues de ésa comerás. Malograda de

mi hermana, que buen siglo haya, cuando fué moza como tú; cierto,

no atendia ella esas galanías ó disposiciones. Primero se informaba

si eran hombres de caudal los que la festejaban, y si eran tales,

á todos les mostraba voluntad, ora fuesen feos, ora hermosos, ora

viejos ó mancebos; á los pelados enviábalos á espigar. Tomáras,

maldita seas, exemplo de nuestra vecina la Calventa, que primero

recibe que da; si no traen dineros, que dexen prendas. ¿Dónde tenías

los ojos ayer cuando la fuimos á vesitar? ¿No miraste la alhaja de

atavíos, y la rima que tenía llena de decretos y Baldos, y de Scotos

y Avicenas y otros libros? Llévoos yo allá para que deprendais y

tomeis avisos y doctrinas, porque mas ven cuatro ojos que no dos,

y éntraos por un oido y sáleos por otro, castígame mi madre y

trompóselas yo; hija, sé buena madre, hé aquí un clavo, así eres tú,

que no te aprovecha nada mi crianza y consejos. Yo seguro que otra

diligencia que la tuya trae nuestra comadre la Pinta, en mi ánima

con el pié manda la justicia, sino veldo, que no se toma espada ni

armas que no pasen por su registro. Aosadas que por tí pocos ruidos

y revueltas se levanten, á mi seguro que no alborotes la ciudad con

muertes para ser sonada y conocida como la hija del mesonero; de

otra manera cumplen el sagrado Evangelio _Date et dabitur vobis_,

nuestras amigas de la claustrilla, y las bagasas de San Cristóbal.

Pues la amiga del cura Bermejo ¿de qué ha medrado de pocos dias acá?

¿el axuar y aparato de casa quién se lo dió? ¿esto no lo ves tú? mira

que te mando que de hoy adelante no me entren en casa si no fueren

clérigos, ó nuestros confesores, ya me entiendes. ¿Piensas que estas

del oficio que te he contado ganan á hilar, ó coser ó labrar, las

sayas de terciopelo, los monjiles de damasco, las saboyanas de grana

fina, las gorgueras y cofias tachonadas con oro de martillo de muchas

perlas y joyas, las gargantillas y collares de aljófar, los fermalles

y joyeles, las axorcas y anillos, los zarcillos, las camisas y mangas

de Calicud labradas á las mil maravillas? A la hé engañada vives si

eso piensas, guay del uso que la barba no anda de suso; la ganancia

de la mujer con rueca y almohadilla no es para sacar de mal año, ni

poner en cuenta de nada para que en ello confies, vuelve la hoja,

malvada perversa, haz libro nuevo, no muestres las piernas ni áun al

duque que sea, si no traxere el dinero en la mano ó buenas prendas.

Cata que quien adelante no mira atras se cae, cuando no pensares te

hallarás vieja como yo, y si no tienes algun pegujal para sustentar

la vida á la vejez de lo que ganares siendo moza, puédeste quedar á

buenas noches. Sigue mi consejo, que sé más del mundo que tú, y donde

el maravedí se dexa hallar, allí debes otro buscar, y no entre gente

pelada, que no tienen más de aquella compostura de fuera.

_Drionea._ Así goce, madre Celestina, que no le abrí las puertas para

ese efecto que piensas más de para saber de mi primo, el hijo de

Ponza, que está con su amo.

_Cel._ Ay puta, mala rabia te entre por ese corazon, por eso le

querias, ¿á mí que las entiendo y he pasado por ello quieres engañar?

A perro viejo nunca cuz cuz; ¿qué hacíades en la camarilla del carbon

encerrados con aldaba y tranquilla? buenos traes los tocados de cisco.

_Drion._ Así viva yo que por fuerza me metió dentro y cerró la puerta

de golpe.

_Cel._ Gente está á la puerta, acechando están los malogrados.

Bellacos, ¿qué escuchais? Por el alma que tengo en las carnes, si

con un palo salgo las cabezas os quiebre. ¿No nos dexaréis en nuestra

casa vivir bien, escudriñadores de vidas ajenas?

_Eub._ Como parla de talanquera.

_Olig._ Tus devotos somos, señora.

_Cel._ ¡Ay maldito seas! traidor, ¿tú eres? hija Drionea, en mis

brazos le tengo el que tú deseabas.

_Drion._ ¡Ay! ¡ay! dexámelo abrazar; ¡ay! ¡ay! ¿es él ó no? él es,

dame otro abrazo, mi rey, á mi cargo que no holgarás tú tanto con mi

vista como yo con la tuya.

_Olig._ ¡Oh perla de quien el cielo se enamora y yo con él!

_Cel._ Por tu vida, hijo, que hablábamos de tu descuido, que ni la

ves ya ni la visitas, dolor de la que en tí confia. Yo la estaba

reñendo porque no te enviaba á llamar, que aquí se está sola todo el

dia ocupada en su labor sin maldita la recreacion de hombre.

_Eub._ Eso os falta, putas.

_Drion._ Déxale, que es un desconocido; mal me haga Dios si me

contenta otro sino él, este corazon se me alegra cuando lo veo, y

él no hace más caso de mí que si nunca me conociera; bien dicen que

amores nuevos olvidan viejos; á osadas que bebes los aires por quien

yo sé.

_Olig._ ¿Por quién he de yo penar sino por tí?

_Drion._ A la hé, por Carmisa.

_Olig._ Hí, hí, hí.

_Drion._ A la fe, digo la verdad; ¿mirad por quién? donosa vision.

_Cel._ Calla, que quien feo ama hermoso le parece; hay ojos que de

lagañas se agradan.

_Olig._ No te enojes, mi Drionea; oye ántes que me juzgues por

malhechor.

_Cel._ De mucho como te quiere te pide celos.

_Eub._ ¡Oh putas, putas! el que no os conoce os compre, por eso me

voy, que quien quita la causa quita el pecado. Jesus, ya me encendia;

líbreme Dios de tentacion maligna; ¡Ave María! ¡Ave María! vade

retro, Satana.

_Olig._ Pues no es otra cosa sino que un amigo mio bachiller la tiene

á esa que dices, y el maestre-escuela súpolo, y echóle preso fasta

que pague la pena de los diez florines, y yo por partes dél la voy á

hablar sobre ciertas prendas.

_Cel._ ¡Oh crudo y riguroso y tirano juez, que en tal caso tal ley

pone! Ese robóle, digo yo, que no justicia.

_Olig._ Reprendes la ley porque es en tu perjuicio y disfavor, que

ella justa y buena es.

_Cel._ Mientes, hablando con honor.

_Olig._ Mas ¿qué es de la señora Libia, que no la veo?

_Cel._ Arriba está con dolor de muelas.

_Olig._ ¡Ah, señora Libia! si os tienen encerrada por gran tesoro,

razon es; mas si por otra cosa, injuria es que hacen á Dios en no

dexar ver sus obras.

_Libia._ ¡Ay cuitada! métete en esa nasa, no suba acá el amigo de mi

hermana.

_Polo._ ¡Mis ojos! pláceme no te congoxes; cubre el brocal con la

manta, ó trastorna la nasa sobre mí.

_Lib._ Eso es mejor, esconde la falda del escapulario, que se te

parece el hábito.

_Cel._ No te responderá, que le duelen mucho.

_Olig._ Pues, madre mia, toma el manto y vamos, que la cabeza de casa

peligra y hay necesidad de tí.

_Cel._ ¡Ay dolor de la que no tiene que se cobijar!

_Olig._ Pídelo prestado y luégo.

_Cel._ No estoy en barrio que sepan dar ni un jarro de agua.

_Olig._ Ya te entiendo; toma señal, porque no pienses que serás

burlada.

_Cel._ En el cielo sea pagado. Drionea, hija, daca ese bernio raido,

pues no hay otro.

_Olig._ Quede Dios contigo, señora; yo seré más contino en adelante.

_Drion._ Sí, la semana que no haya viérnes te esperaré. Mas, ¡nunca

acá vuelvas, plega á Dios!

_Cel._ ¿Qué mal es el de tu amo?

_Olig._ Arde en amores de Roselia, y creemos que morirá, si tú, que

eres única en esto, no le remedias.

_Cel._ Gracias á Dios, hijo, que sus dones reparte por quien quiere,

á unos da el dón de profetar, á otros de predicar, á otros de hacer

milagros, á mí de sanar enfermos.

_Olig._ Bien creerás, madre, que en tí, como en sagrada y postrimera

áncora de su salud, tiene puesta mi amo su confianza despues de

muchos remedios aplicados.

_Cel._ En eso habeis errado la cura y dañado la postema del su

afligido corazon, que, como dixo Séneca, la llaga á la cual muchas

medicinas tocan, con dificultad llega á cicatrizar; y si el principio

se yerra, no puede seguirse buen fin.

_Olig._ Por tanto se pone el pandero en tus manos, que lo sabrás bien

tañer.

_Cel._ Ni la graveza de la herida sufre excusa, ni el precio de la

cura ménos valor, por la bondad del cerujano, que la enmienda en lo

no acertado es más trabajosa que el remedio en sus principios.

_Olig._ Dexa esos rodeos, que tu boca será medida de lo que pidieres.

_Cel._ Bien es que me entiendas, que yo vivo de mi oficio; ésta fué

la herencia que me dexaron mis padres y mi tia, que Dios perdone,

y como sabes que este nuestro trato sea tan peligroso, no queremos

poner la mano en labor tan delicada sin ver el por qué, que cada

puntada nos podria costar la vida sino fuese por nuestras buenas

diligencias, aunque caro le costó á mi antecesora la negra cadenilla,

que habiéndose librado del toro, cayó en el arroyo; huyendo un

peligro cayó en otro, libróse de Pleberio y vino á dar en las manos

de aquellos malogrados que bien escotaron la tercera parte con la

vida. Dígolo, que si en estos pleitos me he de ver con vosotros,

dende agora me tornaré á mi casa y me despido de entender en ello,

que más quiero poco con seguridad que mucho con temor de perdello.

_Olig._ Buena pró te haga lo que mi amo te diere, que ni yo seré

á estorballo ni ménos despues de dado te ladraré por parte ó

partecilla; allá te aven con Dios, y entremos, que abierta está la

puerta.

_Eub._ Señor, aquí viene Celestina.

_Lis._ ¡Oh hombre sin comedimiento! Corre, baxa, dale la mano, y dile

que suba su merced.

_Eub._ No es mujer de tanta cuenta.

_Lis._ ¡Perenal! ¿dó consiste mi bien todo y mi remedio, dices no ser

señora de cuenta y de mucha honra? ¡Señora mia! ¡Señora Celestina!

dame la mano, que es agra la escalera, ayudarte hé.

_Cel._ A tan chico santo no tanta fiesta, mi señor.

_Lis._ Pon dos coxines aquí á la señora. ¿No vienes, rapaz? ¡Ah,

rapaz! dale dos bofetadas, Eubulo.

_Fil._ ¡Ay! ¡Ay!

_Lis._ Dale bien, manos de topo; no haréis lo que yo mando: ¡oh! cosa

recia es servirse hombre de bobos y lerdos.

_Eub._ Mas, ¡oh! cosa difícil servir á locos y necios.

_Olig._ Calla, que la blanda respuesta quiebra la ira, y la dura la

despierta.

_Lis._ Ha sido tan deseada tu venida, madre mia, que bien se puede

decir nunca mucho costó poco: siéntese. Ya sabrás que amor, viendo

embelesados mis ojos en la contemplacion de la más hermosa que

todas las mujeres, y desplegadas las velas de mi deseo en pos de su

fermosura, me puso en tal estrecho, que si en esta mi cuita no me

ayudas, por mejor tengo la dichosa muerte, que todos los trabajos

ataja, que no la desesperada vida donde las sombras de mi tristura se

engrandecen y espesan. Sólo el pensamiento dó Roselia se aposenta,

esclarece la triste cárcel de amor, en la cual estoy preso, lo

demas todo me atormenta; tristeza, congoja, trabajo, desdicha,

desamor, angustia, deseo, tormento, aficion, ánsia, pasion, cuidado,

desesperanza, mal, pena, dolor, cuita, tribulacion, sospiros con

lágrimas, de todos estos males con sólo el morir pienso librarme,

pues mi voluntad lo quiere y mi razon lo ordena, si tú, como llave

desta prision, otro remedio no aplicas ó descubres.

_Cel._ Señor, con pequeño trabajo no se alcanzan grandes cosas, que

por eso dicen no se toman truchas á bragas enxutas, todo eso es

menester que sufras por el bien que habrás tras el mal de la pena que

agora padeces.

_Lis._ Dichoso sería yo, madre, estar debajo de la bandera de tantas

pasiones, si consiguiesen la victoria que tu palabra promete.

_Cel._ Por poco que tú me dés, mi dicho habrá su efecto.

_Lis._ Si mi servicio hobiese de igualar y conformar con tan alto

merecimiento que el prometimiento de tus palabras merece, hallo el

mundo ser muy poco, que tan soberana merced no se compra por dinero.

_Cel._ Este necio piensa que me empreño yo de palabras hinchadas para

parir viento. Harias mejor cerrar la boca y abrir la bolsa, que no

usar de tan largo ofrecimiento, que las muchas palabras son indicios

de las pocas obras.

_Lis._ ¿Qué dices?

_Cel._ ¿Qué? que mujer soy de contentar, aunque tu galardon y mi

peligro no emparejen en satisfaccion de igualdad, porque la vida y

persona, la cual en semejantes casos se pone en suerte de perder, es

más digna y de más valor que otra cosa ninguna.

_Lis._ Toma esta esmeralda, y con ella recibe mi voluntad, y no mires

al dón, sino al dador, que mayor deseo le queda que poder tiene para

gratificar tu trabajo.

_Cel._ Dios te dé tanta parte en el cielo como mereces en la

tierra, que tu larga franqueza pone silencio á mi lengua á darte

las gracias por tan crecida y sobrada merced; pero aunque me faltan

palabras para agradecer, no me fallece conocimiento para ver cuanta

obligacion me has puesto para despertar mi ingenio en la invencion

de tu remedio, que bien dicho está, el premio anima á las artes y la

honra las sustenta. Y duerme descuidado, que yo soy Celestina, que en

las duras peñas hago camino, y con hucia desto descansa, y quede Dios

contigo.

_Lis._ Y él guie tu reverenda persona. ¿Paréceos, hermanos, que lo

hará bien esta mujer?

_Olig._ ¡Y cómo! aunque tu amor fuese fingido, ella le haria

parecer verdadero, que en esto tiene las veces de natura en suplir

sus defectos y necesidades. Solamente es menester que hables á

Brumandilon, que es un descarado rufian que tomó la vieja por su

guarda, temiendo el desastre de su tia. Éste, aunque aprovechar no te

pueda, pero puede dañar estorbando lo que á remediar no basta, que

si ve tantico peligro en el negocio, porque á él no le quepa parte,

disuadirá á Celestina que en ningunas maneras se meta en danza de

espadas, de las cuales él á sabor blasona, siendo como trueno, que

espanta y no hace mal.

_Lis._ Tráemelo luégo acá, que yo le haré mudar de propósito, que en

semejantes personas dádivas rompen peñas, y lo que temor acobarda,

avaricia incita. ¿No vas?

_Olig._ Voy.

_Lis._ ¿Y tú, no vas con él, Eubulo?

_Eub._ Suplícote, señor, me escuches una palabra.

_Lis._ Di, y con brevedad. ¿Qué querrá este necio, que ya me amohina?

_Eub._ Señor, en todas las cosas sabiamente ordenadas, el deliberar

es primero que el disponer, porque en lo primero hay enmienda, en

lo segundo arrepentimiento. Así que, en las cosas que mucho va, los

sabios y cuerdos toman consejo, porque despues no se arrepientan de

la errada deliberacion, que si una vez ocasion vuelve su cabeza,

despues, cuando la quieras asir de los cabellos, hallarla has calva.

Despues de esto, conviene los corazones de aquellos, que en arduo

negocio proveer tienen, estar desembargados de pasion, porque los

oidos con ella cerrados empiden la entrada al consejo, de manera

que resultan dos cosas que te cumple hacer, si quieres no errar

en lo malo y acertar en lo bueno, lo uno que mires lo que haces

y no confies en tu prudencia en cosa en que si yerras haces gran

ofensa á Dios y á tu fama, que quien á solas se aconseja, á solas

se desconseja; lo otro que apartes de tí la pasion que perturba tu

razon en el sabio ordenamiento. Esto hecho, asiéntate en la silla

de reposo y toma la vara de justicia, y oidas entrambas partes,

sentencia como recto juez, y la sentencia que tu razon ordena,

pronuncie tu voluntad con consentimiento. Mira que las virtudes con

dificultad se ganan y con facilidad se pierden; si agora aflojas y

sueltas la rienda al apetito y lo desenfrenas, tarde lo tornarás en

obediencia, que poco aprovecha que una vez le encojas las riendas,

si con una sobarbada hace que sueltes, y no seas señor dél. No

hay cosa que más reverdezca que es el amor, guárdete Dios de su

desenfrenamiento, que no parará fasta despeñarte.

_Lis._ ¿Has dicho, cuerdo?

_Eub._ Dixe, aunque no todo lo que queria.

_Lis._ Pues véte de ahí, necio, que eso yo me lo sabía, y cierra esa

puerta.

_Eub._ Malaventurado de hombre que entiende y no obra; vana es

la potencia sin acto conforme á regla de razon: oh Lisandro,

Lisandro, prosigue en tu locura, que tú te verás en mucho tiempo de

arrepentirte, y en poco lugar de remediarte.

¶ ARGUMENTO DE LA QUINTA CENA DEL PRIMER ACTO.

Píntase muy al natural los fieros de Brumandilon y la

desordenada avaricia de los alcahuetes. Lisandro toma por

tercero á Brumandilon para con Celestina en sus negocios.

A lo cual se ofrece este fanfarron, vencido con los dones

de Lisandro. Murmura Eubulo de la prodigalidad de su amo.

Y entre él y Oligides, su compañero, pasan cosas de mucha

doctrina y aviso.

Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina. · 第 15 / 33 题