_Lisandro._ ¡Ay de mí si tan discreto fuese para quexarme como soy
yunque para sufrir! entónces conocerias, Eubulo, en mis abrasadas
palabras el fuego del lastimado corazon, que no basta á sufrir golpes
de tanto dolor; porque cuanto más el deseo se aviva, tanto más la
esperanza me fallece de gozar de aquel ángel caido del cielo para
enamorar el mundo, cuya figura, no ménos tengo en mi ánima estampada
y impresa que enclavada en mi memoria.
_Eubulo._ Señor, si vas por el camino de tu deseo, créeme, que no
irás conforme á discrecion y tu honra, ca la pasion que te ocupa no
te dexará juzgar la verdad. No te arrojes ni abalances en esa hoguera
tan apresuradamente sin primero mirar lo que haces, que las cosas
arrebatadas siempre traen arrepentimiento, que quien de presto se
determina muy de espacio se arrepiente. Esfuerza á desechar de tí ese
desatinado amor, langosta de todas virtudes; y dado que difícil se te
haga y cuesta arriba, por eso piensa que en las grandes afrentas se
conocen los grandes corazones. No te dés por vencido ni te acobardes,
pues el esforzado acometer hace muchas veces al hombre vencedor.
_Lis._ Bien veo, Eubulo, que á tus tan sentenciosas palabras no
bastan ningunas fundadas razones; pero, ¿qué quieres que haga, que á
las fuerzas de amor el resistir es querer ser vencido?
_Eub._ El huir es vencer, por ende huye las ocasiones, no pases más
por su puerta ni la veas.
_Lis._ ¿Qué dices, mal mirado? ¿que no vea la lumbre de aquellos
alindados ojos que alegremente esclarecen la oscura pena de mi alma?
¿Que no vea aquel cuerpo glorificado, en quien Dios francamente
repartió sus gracias? ¿Que no vea aquella soberana pintura cuyas
sobras de fermosura, si repartidas fuesen por todo el mundo, no
habria cosa fea en él?
_Eub._ Bien muestras que el amor se ha en tí aposentado, pues no
consientes algun consejo ni tienes reposo. Esto digo, que más vale
prevenir el mal con remedio que no, despues de venido, con diligencia
curallo. Ataja esos nuevos deseos, cercena y corta los malos apetitos
que brotan para perdicion de tu alma y destruccion de la honra;
agora, señor, en los principios has de mirar, que de los fines la
ventura es el juez.
_Lis._ ¿Dónde se me puede á mí seguir más honra y más bienaventuranza
que de emplearme todo en la contemplacion de aquella cuya memoria da
sér á mi vida, y á quien por sus merescimientos todos los mortales
deben servir? Llámame acá á Oligides, que mucho tarda.
_Eub._ Escocióle el buen consejo.
_Lis._ ¿Qué dices?
_Eub._ Digo que voy.
_Lis._ Allá irás. Al diablo tanto discreto como yo tengo en esta
casa; pero no sé cómo lo son, que el necio callando es habido por
discreto, como el falto encubierto por cumplido; éstos, parlando, se
hacen cuerdos.
_Eub._ Señor, vesle aquí, viene de fuera.
_Oligides._ De tus negocios, señor.
_Lis._ ¡Oh hermano Oligides! no ménos alegre me haces con tu venida,
que deseoso he estado de tu presencia; mas, ¿qué alegría puede tener
aquel que los dias vive con trabajos y las noches vela con pesares y
tormento? el cual con tu tardanza acrecentaste poniendo en olvido mis
cosas, que sabes que en las cosas de amor la presteza es loable.
_Olig._ ¡Oh, señor! siempre me olvido de mí mesmo por acordarme de tu
servicio, y ¿dícesme eso?
_Lis._ ¿Pues qué has pensado en mi remedio?
_Olig._ ¿Qué? que pardios vengo de allá; y si vas luégo verás á
Roselia en la ventana de jaspe, y podrá ser que la hables si te das
buena maña, que su madre Eugenia es ida á ver á su hermano Menedemo,
que malo está.
_Lis._ ¿Y tardabas en decírmelo? Mozos, Siro.
_Siro._ Señor.
_Lis._ Saca ese cuartago blanco y límpialo, y ponle las mejores
guarniciones y más ricas que tengo. ¿Tardas, lerdo? ¡rabiosa landre y
fin desastrado te arrebate! así eres perezoso.
_Sir._ Ahí te estarás, don necio testarudo; no se le cuece el pan, en
un momento lo querria ver todo hecho.
_Lis._ Llégate acá, único socorro de mis pasiones, ¿qué nuevas traes?
¿Hablaste con aquella que par no tiene en la tierra, y en el cielo
compete con los bienaventurados?
_Olig._ Otro Calixto hereje tenemos.
_Lis._ ¿Qué dices de Calixto?
_Olig._ Que no tuvo tanta razon para amar á Melibéa, aunque fué
mucha, como tú tienes para querer y desear á Roselia.
_Lis._ ¿De mi señora dices? Es un laberinto en grandeza y
merecimiento, un mar océano de gracias, un dechado de virtudes, una
regla de fermosura en la cual se conoce todo lo imperfecto cotejado
con ella. ¿Vístela?
_Olig._ Visto la hé.
_Lis._ ¿Burlando lo dices agora? ¿digo si la viste?
_Olig._ Víla.
_Lis._ ¿Qué te pareció?
_Olig._ Una estrella del cielo caida.
_Lis._ Poco dices.
_Olig._ Un retrato sacado de la hermosura de Vénus.
_Lis._ ¿De Vénus ó qué? y, ¿qué tienen que ver las tres diosas
discordes en el debate de la manzana con la diosa Roselia? mal la
miraste. Pero dime, ¿qué has negociado?
_Olig._ Yo vengo de allá, y estaba Roselia con su madre, y por esta
causa no se ofreció lugar para en secreto manifestarle tu pasion; mas
no dexé declarársela en público con palabras encubiertas, si ella me
quiso entender.
_Lis._ Dime eso, que me es sabroso de oir.
_Olig._ A la fe preguntóme Eugenia con quién vivia, de aquí tomé
yo ocasion y materia para decir de tí muchos loores, con achaque
que tenía buen amo y que estaba á mi contento; y tanto me extendí
en figurar tus perfecciones por extenso, que temo haber caido en
sospecha á su madre, y que haya sentido mis pasos. Finalmente, dixe
que de pocos dias acá una grave dolencia te tenía en la cama, y en
esto hice del ojo á Roselia, entónces ella sonrióse; creo que me
entendió, y en Dios y en mi ánima que no le pesaba cuando de tí me
oia mentar, que bien atenta estuvo. Así que, señor, como el aparejo
faltase y no hubiese oportunidad á lo que iba, y tambien que la madre
se componia para vesitar á su hermano, despedíme, y dejo á Roselia en
la ventana que sale á las huertas.
_Lis._ ¿No podias tornar despues que se fué Eugenia?
_Olig._ Allegáos á eso; déxala tras siete llaves.
_Lis._ ¿Viene ese caballo?
_Sir._ Señor, vesle aquí.
_Lis._ ¿Habias tú de subir en él ó yo? limpia esas ancas, torpe.
_Sir._ Señor, Geta lo almohazó.
_Lis._ ¡Lléveos el diablo á tí y á él!
_Sir._ A tí te llevará, pues te tiene ya por suyo.
_Geta._ ¿Qué dexiste de mí?
_Sir._ Déxame, que temia algun palo de aquel desabrido loco.
_Get._ ¿Y por eso me habias de hacer culpante de tu yerro? Así se
urden ellas, ¿no viste el agudo, como punta de majadero? rascaba yo
el caballo, y íbalo él á fregar con el mandil pisado de la mula para
ensuciar lo que yo limpiaba: ¡hí de puta, si me vieras hacer cosa
que no debiera, como lo parláras luégo! Pues si yo dixese la llaga
que heciste al caballo alazan en el bezo con el acial cuando lo
herraba, no estarias más un dia en casa. Si quieres que digan bien de
tí, Siro, no digas mal de ninguno.
_Sir._ De poco te enojas; aparejado eres para haber ruido.
_Get._ Hoy, por mi vida, no se te entiende, que si una vez toma tema
conmigo este atreguado, jamas se le quitará de la boca asno, puerco,
bobo, masca-paja.
_Sir._ Calla tú, que á buen callar llaman Sancho.
_Get._ ¡Qué consuelo aquél! que os dé Dios salud.
_Sir._ Pues ¿dígote mal, que á mal decidor seas discreto oidor?
_Get._ ¿No sabes que sanan llagas y no malas palabras?
_Sir._ Oye, oye, que nuestro halcon ha visto la garza, cómo se azora
y se entona; veamos qué le dice.
_Get._ Colorado se paró.
_Sir._ Es del mucho fuego que está en su corazon y resulta por la
cara.
_Lis._ Entre muchos beneficios, Roselia, que de Dios recebidos tengo,
ésta hallo por suprema bondad en ponerme en cuenta y número de tus
servidores, porque ser yo tu siervo, es título para mí que más gloria
en esta vida no me puede venir, y si tú, angélica imágen, por tal me
aceptas, no trocaré mi gloria por toda la del mundo. No me niegues,
señora, tu gracia para me salvar, pues las sombrosas encinas amparan
los cansados y asoleados animales para les dar solaz.
_Get._ ¿No miras como se turbó delante su dama? más que necedades se
deja decir.
_Sir._ No te maravilles que el amor le ciega, mi fe no es más en su
mano, ¡cuán presto se truecan los hombres!
_Lis._ No seas como el laurel, de que no se coge sino la verdura de
el esperanza sin fruto de galardon; que no es razon que á quien Dios
de hermosura hizo cumplida, de piedad se muestre avarienta á aquel
que todo se ha dedicado á tu servicio. Y, pues, con tu vista me
has herido de manera que no pudiese escapar de tus manos, en ellas
ofrezco mi vida, que en solo tu favor consiste.
_Ros._ El favor, Lisandro, que de mí habrás, si en tus torpes
deseos perseveras, será el que dió la nombrada Judich al soberbio
de Oloférnes, porque con el mesmo intento que muestras en tus
deshonestas palabras le manifestó su ilícito amor; y de mí tomaria
tal castigo si en poder me viese de tu atrevido pensamiento, cual la
dueña Lucrecia forzada de Tarquino.
_Lis._ Ántes escogeré que dés fin á mi vida que principio á tus
enojos, cuanto más, ¿qué mayor castigo ó pena quieres de mí tomar de
la que me has causado? que si las entrañas interiores de Ticion el
fiero buitre despedaza encarnizado en sus hígados, y de dia en dia,
sin cesar, refresca la llaga del triste sin ventura, mucho más contra
mí el cruel Cupido se encrudece, asestando de contino su frecha
dorada en una mesma parte de mi cuerpo, el casquillo va untado de tu
fresca memoria, el sonido de Roselia es la saeta que penetra y ahonda
mi corazon.
_Ros._ ¿Tanto mal te causa mi nombre?
_Lis._ Tanto, señora mia, que si el elocuente Tulio, ó el facundo
Platon, ó el decidor Demóstenes, con su limado y sublime estilo
explicarlo quisieran, halláranse mudos y embarazados para decir mi
pena como yo sé sentirla. Por tanto te suplico, pues en todo sin
proporcion ni comparacion te aventajas, así en alta y serenísima
sangre, como en resplandecientes virtudes, que uses de misericordia
con este tu cautivo que más que á sí te ama, que no es de nobleza
satisfacer con ingratitud.
_Ros._ Véte de ahí, loco, no muevas mi saña á más ira con tus
atrevidas y torpes razones.
_Lis._ Perdona mi loco atrevimiento y mi atrevida osadía, que el
dolor del corazon quita el concierto de la lengua. Amor es que me
venció y la extraña pasion me ha hecho atrevido, no te muestres tan
brava á tan manso cordero, que como vela de cera se gasta en tu
servicio, y tú en pago le das sólo que muera.
_Sir._ Señor, ¿con quién departes? Roselia es ida.
_Lis._ Consuelo es á los penados contar sus fatigas.
_Get._ ¿Notaste, Siro, las retólicas de nuestro amo?
_Sir._ ¿Y cómo? dos semejanzas tengo en la memoria harto subidas,
de que conté aprovecharme en una carta de amores que he de inviar á
Trassilla, aquella moza salada de doña Estephanía.
_Get._ ¿Entendístelas?
_Sir._ Bien.
_Get._ Dime lo del laurel, que el apodo de la encina claro está que
amparan los fatigados animales, esto es, los hambrientos puercos
engordándolos con bellota, que ansí su señora le engordaria con su
gracia.
_Sir._ Por San Pelayo, que lo declaraste bien, que áun yo no lo
entendia.
_Get._ Tambien entendiera lo del laurel, sino que no estuve atento,
porque en esto dióme Dios gracia especial, que mi madre me dixo que
nací en signo de letras.
_Sir._ Del laurel dijo que no se coge sino hartura de esperanza.
_Get._ No dirá sino de panza.
_Sir._ Creo que sí.
_Get._ Mira cómo caí en la cuenta, ¿entiéndeslo?
_Sir._ Poco.
_Get._ Este dicho conforma con el precedente, porque Panza es un
sancto que celebran los estudiantes en la fiesta de Santantruejo, que
le llaman sancto de hartura, y así Lisandro, loando á su señora, la
llama hartura de panza, y que no sea laurel que no da fructo.
_Sir._ ¿Dónde aprendiste tanto?
_Get._ En el general de Phesica, cuando llevaba el libro á un popilo,
oí al bedel de las escuelas echar la fiesta de Panza; y como dicen
por el hilo se saca el ovillo, de aquella palabra panza saqué la
sentencia de nuestro amo, como el caballo bayo, que yo tengo cargo
de pensar, en mis patadas siente que le voy á echar cebada y relincha
ántes que me vea con el harnero.
_Lis._ Mozos, cerrad las puertas de la calle, no me éntre acá nadie,
á cuantos vinieren me negad.
_Sir._ Hacerse há, señor.
¶ ARGUMENTO DE LA TERCERA CENA DEL PRIMER ACTO.
Despues que Lisandro se ve solo en su retraimiento, al són
de su vihuela canta canciones de gran sentimiento en que
manifiesta su pena. Estánle un poco escuchando sus dos
escuderos Oligides y Eubulo discantando sobre las palabras
que le oyen decir; siéntelos Lisandro y manda que entren.
Da gran priesa á Oligides á que busque remedio para su
mal, el cual todo dice Oligides estar en manos de la nueva
Celestina, Elicia, sobrina de la Barbuda, cuyo saber en
arte de alcahuetería mucho encarece. Vanla á llamar Eubulo
y Oligides, y en el camino declaran toda la vida y orígen
de ésta, y por muchas razones concluyen en que va sin
ningun color de verdad la fábula que de la resurreccion de
la vieja Celestina anda.