Rico de juventud y de hermosura

Cual de esperanza y de valor sobrado,

Jinete sobre un tordo berberisco

Salió el Rey moro Abú-Abdil al campo.

Reverberan al sol de la mañana

Sus arneses con oro claveteados,

Y se ciernen sobre él como palomas

Las plumas de su espléndido penacho.

En lugar del lanzón que en Bib-Elvira

Se hizo al salir en el quicial pedazos,

Despreciando pronósticos siniestros,

Corvo alfanje de Fez empuña osado.

Piafa el brioso bruto en que cabalga,

Fuerza, vapor y espuma respirando,

Mosqueando inquieto con la blanca cola

Sus ricos paramentos africanos;

Y Abú-Abdil sobre la silla diestro

Cabalgador caracolea ufano,

Tan lleno de bravura y gentileza

Como de gloria y de fortuna falto.

Detrás de su pendón tranquilos marchan

Seis mil peones y dos mil caballos,

La flor de la nobleza granadina,

Los campeones del Islam más bravos.

Por honra del Rey mozo, de Granada

Los quinientos mancebos más gallardos

Para salir con él á esta campaña

Como para un torneo se equiparon.

Vense tan sólo rostros juveniles

En derredor de Abú-Abdil, y el fausto

De los trajes, las armas y jaeces

Turba los ojos y suspende el ánimo.

Quién con el velo de su dama lleva

Hecho el turbante al rededor del casco;

Quién de la suya en el crestón prendido

El ceñidor de virgen en un lazo.

Quién una trenza de cabellos negros

Ata en el hierro del lanzón dorado,

Habiendo prometido devolverla

Empapada en la sangre del cristiano.

¡Qué de garzotas desordena el viento!

¡Qué de colores y reflejos varios

Ostentan los brillantes escuadrones

En sus móviles grupos ordenados!

Desde las torres de Granada al verlos

Ya de la vega en el confín lejano,

Cintas de oro parecen sus hileras

Del sol heridas por los limpios rayos.

Aquella tarde Abdil de las murallas

De la empinada Loja al pie llegando,

Vió lanzarse cien árabes jinetes

Del su enhiesto peñón como milanos.

Sobre caballo indócil del desierto

Que avanza á modo de león á saltos,

Bajaba á la cabeza de los ciento

El alcaide Aly-Athár, de fe relámpago.

Al ver los Granadinos campeadores

Llegar al fiero triunfador anciano,

Con un ¡lelí! de admiración unánimes

Su anhelada presencia saludaron.

«De Aláh llevamos el favor, dijeron,

Si con nosotros á Aly-Athár llevamos.»

Y lo creen: hace ya setenta lunas

Que es su bandera de Castilla espanto.

El fuerte viejo, que indomable arrastra

El peso colosal de sus cien años,

De ellos el brío y la experiencia abriga

Bajo el cendal de sus cabellos blancos.

Hijo feroz del África, en la guerra

Endurecido, su nervioso brazo

Con un bote de lanza todavía

Al caballero arranca del caballo.

Árabe verdadero en genio y raza

Y del Korán indómito sectario,

Quiere para subir al paraíso

Una escala de cuerpos de cristianos.

Su existencia Aly-Athár pasó con ellos

En lid no interrumpida peleando,

Sin que de amigos ni enemigos Reyes

Respetara jamás treguas ni pactos.

Tal es el viejo capitán de Loja:

Tal es el padre de Moraima; amparo

De los Muslimes, vencedor doquiera,

Jamás vencido y por doquier temblado.

Mas ¡ay! ¿Quién fía en su feliz estrella,

Ciego imprudente junto á sí llevando

La fortuna de un Rey de quien los cielos

Abrieron un abismo entre los pasos?

¿Para quién resplandece estrella alguna

Á través de los lóbregos nublados?

Alahuakbar ¡Dios grande! Hacia Lucena

Marcha Aly-Athár de Abú-Abdil al lado.

Va la saña de Dios delante de ellos:

De Santaella y de Aguilar los pastos

Quedan sin hoja verde, y como lluvia

Corre á sus pies el oro y el ganado.

De Montilla y la Rambla las moradas

Son humo nada más, y el viento vano

Se lleva sus cenizas, de sus dueños

Sin tumba los cadáveres dejando.

¡Allí van! ¡allí van! Como un torrente

Bajan de las montañas, y su rastro

Siguen manadas de voraces lobos,

Y los buitres sobre ellos van volando.

Allí van: ya las torres de Lucena

Blanquean á lo lejos: espantados

Huyeron los fronteros, ó dormidos

Yacen sin verlos descender al llano.

Todo reposa en la extensión desierta:

Las sombras de la noche condensando

Se van, y de los Árabes protegen

La marcha lenta con que avanzan cautos.

De un silencioso valle en la espesura

Donde abrieron las lluvias un barranco,

Siguiendo de Aly-Athár un buen consejo

El rey Abú-Abdil mandó hacer alto.

Alzáronse las tiendas: en el centro

Metieron el botín, reses y esclavos,

Y esperando la luz del nuevo día

Se dieron unas horas al descanso.

«Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda

Aláh por nuestro bien les ha cegado:

Mañana somos dueños de Lucena,

Cuando no por sorpresa, por asalto.

--Así lo espero, Amir; pero reposa

Para lidiar mejor, dijo el anciano

Aly-Athár á Bu-Abdil: duerme tranquilo

Y deja lo demás á mi cuidado.»

Entró Abdilá en su tienda, y apagadas

Las luces que pudieran delatarlos,

Sumidos en silencio y en tinieblas

Los emboscados Árabes quedaron.

Del valle á la salida, en una altura,

Un hombre se apostó tras un peñasco,

Mudo y quieto como él permaneciendo:

Era Aly-Athár que vigilaba el campo.

Mas ¿cuyos son los ojos que penetran

De la mente de Dios el denso cäos?

¿Cuya la inteligencia que sorprende

De sus hondos designios el arcano?

Mientras el viejo vigilante guarda

El campamento moro, confiando

En la tranquilidad del enemigo

Su empresa audaz para llevar á cabo,

En el confín del horizonte obscuro,

En una torre que cual punto blanco

Vió Aly-Athár con el día, una luz roja

Brilló toda la noche. El africano

La vió, mas sola y sin aumento viéndola,

La contempló brillar sin sobresalto,

Pues vió que no era seña ni atalaya,

En avisos de guerra ejercitado.

Á la lejana luz continuamente

Volvíanse sus ojos sin embargo,

No por fundado y racional recelo,

Mas por tenaz presentimiento vago.

«¿Quién allí velará?» Se preguntaba

Á sí mismo Aly-Athár. «Si no me engaño,

Aquel es el castillo de Baena,

Pero ausente está de él su castellano.

Si aquella luz fuera señal, seguía

Consigo propio el Musulmán hablando,

Ya hubieran las cristianas atalayas

Con otros á su fuego contestado.

¿Quién velará en Baena?» Así pensaba

El viejo Moro al resplandor lejano

Mirando; pero Dios solo pudiera

Ver en tiniebla tal, y á tal espacio.

Y á poder ver el Moro, hubiera visto

Á un castellano capitán que armado

Se asomaba al balcón del aposento

Donde brillaba aquella luz. Debajo

De aquel balcón y tras los gruesos muros

De aquel castillo y en su extenso patio,

Hubiera visto á combatir dispuestos

Trescientos caballeros: y, apoyados

Los arcabuces en el muro, hubiera

Visto hasta mil peones castellanos,

Que aguardaban las órdenes del hombre

Que estaba en el balcón iluminado.

Hubiera visto luego que otro jefe

Con otros cien jinetes de su bando

Llegaba, y abrazando al que esperaba

Tocaron bota-silla sus soldados.

Todo esto, á poder ver, hubiera visto

Aly-Athár, ó lo hubiera imaginado,

Si su clara y sagaz inteligencia

No obscureciera Dios para estorbárselo:

Mas no vió más que lo que ver podía;

Y viendo el día á clarëar cercano,

Dejó su puesto y de Abdilá en la tienda

Entró, diciendo respetuoso: «Vamos:

Levántate, Señor: ya está la aurora

Próxima, está el camino solitario,

Y es fuerza que á las puertas de Lucena

Á un tiempo con el sol amanezcamos.»

Cabalgó Abú-Abdil: en breve tiempo

Los escuadrones moros se aprestaron

Á partir y partieron, á Lucena

En su poder el Rey imaginando.

Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa

Llaman á Abú-Abdil desventurado;

Ni sin razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.

III

Llora, esposa infeliz: tu amor es ido

Para más no volver; preso en Lucena

Se dejará su corazón tu esposo,

Y volverá sin alma cuando vuelva.

Sultana de las flores de Granada,

Llora; porque en verdad ya no te queda

Más consuelo que el llanto que derrames

En los amargos días que te esperan.

Arranca, pues, tristísima Moraima,

Tus rizos de oro y sin piedad cercena,

Para hacerte un dogal, de tus cabellos

La rica y aromática madeja.

¡Llora, madre sin par desventurada!

Ese hijo hermoso á quien con ansia besas

Nació cautivo para ser: su cuello

Tiene ya la señal de la cadena.

¿Por qué uniste tu amor y tu fortuna

De Abú-Abdil á la fortuna adversa?

¿Por qué tu padre te arrancó de Loja,

Blanca y olorosísima azucena?

¡Feliz de ti si nunca le dejaras!

¡Feliz si nunca, de amistad en prenda,

Tu padre del Monarca granadino

Al oriental alcázar te trajera!

Tal vez entonces Aly-Athár, contrario

Al hijo de Muley, sólo á la guerra

Le dejara partir, y no quedaras,

Cuando su amparo necesitas, huérfana.

¿Qué has hecho tú, paloma enamorada,

Víctima para ser de tales penas?

¿Qué has hecho á Dios para atraer los rayos

De su furor á tu gentil cabeza?

¡Ay! harto has hecho respirando el aire

Que de tu Rey el hálito envenena.

Nada esperes del Cielo que maldijo

La raza de Bu-Abdil: nada te resta.

IV

¡Pálida sombra de Moraima! escucha:

Oye mi voz que te habla en las tinieblas,

Y verás con placer que todavía

Hay quien contigo de tu mal se duela.

Ven, triste sombra, ven: Dios, compasivo,

Alas me ha dado como á ti, y la lengua

Me ha permitido hablar que hablan las sombras

Para ir á su región y hablar con ellas.

Ven ¡oh Moraima! El universo duerme:

Desciende en una ráfaga á la tierra:

Yo sé que está tu espíritu en la Alhambra

Y vengo á consolártele: no temas.

¡Gracias, hermosa sombra! Ya te veo

Que sobre un rayo de la luna llegas

Á estos escombros que la Alhambra fueron.

¡Ay! ¡sombras sólo en su recinto quedan!

Ven; yo te haré de mi ignorada vida

La misteriosa relación secreta,

Y tú se la dirás á tus hermanas

Cuando al imperio de las sombras vuelvas.

Yo más tarde que tú nací tres siglos:

Mas no que vivo en mi centuria creas,

No: enamorado de las sombras, vivo

Como tú en el país de las quimeras.

He venido esta noche á estas mansiones

De soledad y de silencio llenas

Y, aunque tú te creías invisible

Para mí, yo vagar te vi por ellas.

¿Sabes, dulce y quimérica Moraima,

Cuál es la ocupación de mi existencia?

Pues es no más la de contar al mundo

De los pasados tiempos las leyendas.

Yo he venido á Granada á demandaros

No más que á solas me contéis las vuestras,

Para que yo en mis versos harmoniosos

Á mi egoísta edad contarlas pueda.

Y ahora escucha, Moraima, otro secreto,

Que mi callado corazón encierra

Desde el instante en que pisé la Alhambra;

Pero que tus hermanas no lo sepan.

Oye: de todas las hermosas sombras

Que los recintos de Granada pueblan,

Tú eres la más gentil, la mas simpática,

Y la de que mi edad menos se acuerda.

Pues bien, Sultana de las sombras, oye:

Yo adoro tu fantástica belleza;

Yo, que he puesto en las sombras mis amores,

Te amo, y mi tierno amor quiero que sepas.

Cuando, mujer, en la región vivías

De los mortales, en mortal tristeza

De los pesares víctima viviste,

Calumniada te viste con afrenta

De tu estirpe y virtud, vendida esposa,

Madre apartada de tus hijos, sierva

Más que reina en tu casa, y del más noble

Y más valiente de los padres huérfana;

Pues bien, Moraima, ahora que, fantasma,

Vives con otro sér otra existencia,

En tu vida de sombra, yo, que te amo,

Una vida mejor quiero que tengas.

Tú serás la Sultana de mis cuentos,

Yo en mi laúd lamentaré tus penas,

Enjugaré tus lágrimas con flores

Y regaré tu lecho con esencias;

Te llevaré conmigo á los alcázares

En donde tiene su morada regia

La noble, omnipotente poesía,

Que sobre el mundo soberana impera.

Entonces tomarás, como las auras

De la montaña, transparente aérea

Y luminosa forma, y será obscura

Á par de ti la nieve de la sierra,

La claridad del alma menos limpia

Que de tu vaga faz la transparencia,

Y la del sol poniente menos rica

Que tu rubia y flotante cabellera.

Y entonces con desdén verás que el mundo

Te reconoce de las sombras reina,

Tu pavorosa aparición adora

Y de tu velo azul las orlas besa.

Mas ya comienza á amanecer: al cielo,

Sombra gentil de mis amores, vuela:

¡Adiós, Sultana de las sombras! huye:

Yo me quedo cantándote en la tierra.

V

Ya por el horizonte blanquecino

Comienza á despuntar la luz primera

Del sexto día en que con hueste brava

El Rey Abú-Abdil partió á Lucena;

Y ya, envuelta en un schal de cachemira

Desde la parda torre de la Vela

Tiende su madre los avaros ojos

Por la extensión de la tranquila Vega.

Todo es silencio, el campo todavía

Iluminado por el alba apenas;

Duermen aún las aves en las ramas

Y cerradas están todas las puertas.

Ningún viviente sér en lontananza

Comienza el punto de su sombra negra

Á acrecentar, sobre el sendero blanco

Por donde de Abdilá se aguardan nuevas.

Fría, impasible al parecer la Mora,

Pero de angustia inexplicable presa,

Silenciosa y sombría se mantiene,

Inmóvil, apoyada en una almena.

Dentro del triste corazón materno

Fiera aunque oculta tempestad fermenta,

Y á sus ojos las lágrimas no suben

Porque en el hondo corazón gotean.

Alguna vez su pie, que el suelo hiere

Con ímpetu, delata su impaciencia,

Y algún suspiro, que fugaz exhala,

La realidad de su aflicción revela.

Nadie parece aún: el sol brillante

De un día de temprana primavera

Extiende ya sus purpurinos rayos

Por el verde tapiz de las laderas.

Las cristalinas gotas del rocío,

Que se columpian en la móvil hierba

Mecidas por el aura matutina,

Del sol á los reflejos reverberan.

Ya abandonando su caliente nido

Bulliciosos los pájaros gorjean,

Y estremeciendo de placer sus plumas,

Á Dios bendicen y su luz celebran.

¡Cuán hermosa en los campos de Granada

Se ostenta la feraz naturaleza,

Cuando del seno de las sombras sale

Virgen, florida, perfumada y fresca!

Aixa desde la torre su hermosura

Callada y melancólica contempla,

Sin ver en la extensión de la campiña

Más que de Loja la torcida senda.

«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;

¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»

Y á sus palabras contestó un gemido

Hondo, angustioso: de Moraima era.

Tornó los ojos la Sultana madre

Hacia la esposa pálida, y al verla

Con la vista y la faz desencajadas,

Siguió de su visual la línea recta.

¡Presentimiento de su amor sin duda!

Un punto negro y móvil va con lenta

Vacilación su forma acrecentando

Sobre el camino que hacia Loja lleva.

Käel, que á los pretiles no alcanzando,

Por la hendidura ve de una aspillera,

Fué el primero que un árabe jinete

Reconoció en el punto que negrea,

Y á Moraima con muda pantomima

Explicó la verdad, que aun no penetra

La vista de las Moras, menos clara

Por la edad y las lágrimas en ellas.

«Tiene razón Käel, es un jinete,»

Dijo la madre al fin, sobre las cejas

Formando una pantalla con la mano

Para ver más sin que la luz la ofenda.

«Es un guerrero, sí», dijo Moraima

Á su enano Käel que la hace señas:

«Es un guerrero de Granada, dijo

Aixa á Moraima, tus colores lleva.»

Es, en efecto, un caballero moro,

Que á escape las campiñas atraviesa

Sobre un caballo del desierto, y rápido

Como una nube á la ciudad se acerca.

Dos ó tres veces se perdió cubierto

Por los árboles altos de las huertas,

Y apareció otras tantas, más distinto

Cada vez y más próximo. Las cercas

Dobló de los jardines exteriores,

Cruzó las intrincadas callejuelas

Del arrabal y entró por Bib-Elvira,

Por el vigía al conocerle abierta.

«Vamos á recibirle»,--exclamó Aixa.

«Vamos», dijo Moraima: y, la escalera

Tomando de la torre, las Sultanas

Bajaron de la Alhambra hasta la puerta.

Un momento después, bajo del arco

De la justicia, la rendida yegua

Del caballero moro desplomóse

Ante los pies de su jinete muerta.

Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo

De Abú-Abdil, quien respirando apenas

Dobló ante las Sultanas la rodilla,

Mas sin poder hablar. En su impaciencia

Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo:

«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?--Hacia la tierra

Cristiana con la mano señalando,

Respondió Cid-Kaleb:--¡Allá se queda!

--¿Muerto?--Cautivo.--¿Y Aly-Athár?--Sin vida,

Su cuerpo el agua del Genil se lleva.

¡Cayó sobre los Árabes el cielo

Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!»

Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,

Honda expresión de su profunda pena,

Y cayó sin aliento entre los brazos

De Aixa, que la abrazó por vez primera.

Lívida, silenciosa, sosteniendo

Á la infeliz Moraima con la fuerza

Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto

Los ojos con horror fijos en tierra.

«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:

Y de su rostro por la tez morena

Resbalaron dos lágrimas, dos solas:

¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!

VI

Tórtola blanca de azulados ojos,

Perla robada del peñón de Loja,

Flor de la Alhambra, de su bosque ameno

Cándida corza:

Bella Sultana, creación aérea

De mi alma triste que en los aires mora:

¿Dónde me ocultas tus celestes ojos,

Garza paloma?

Pálida estrella cuya luz no veo,

Flor de quien busco el delicioso aroma

¿Dónde eres ida, mi gentil Moraima?

¿Quién te me roba?

¿Qué nube opaca tus estancias ciñe?

¿Qué genio infausto en su mansión se posa?

¿Por qué es hoy luto y soledad lo que antes

Fué luz y gloria?

¿Qué maleficio de silencio y duelo

De tus estancias el recinto colma,

Que hasta la fuente que corría en ellas

Seca está ahora?

Tus frescos patios de arrayanes llenos,

Tus ricos techos de marfil y concha,

Tus camarines de labor morisca

Yacen en sombra.

¿Dónde tus ojos que alumbrar solían

Tus regias salas, imperial señora?

¿Dónde los sones de tus ya olvidadas

Cántigas moras?

¡Ay! muda oprimes en letargo yerto

Los almohadones de tu umbría alcoba:

Sólo tu esclavo te sostiene, sólo

Käel te llora.

Duerme, Moraima, en tu letargo, duerme;

No vuelvas nunca á las amargas horas

Que las vigilias de tu vida aguardan

Tempestüosas.

Duerme y no vayas al salón sombrío,

Donde Aixa escucha de Kaleb á solas

Las de tu padre y de tu esposo aciagas

Negras historias.

Duerme y no vayas: á Kaleb no escuches,

Hija sin padre, sin esposo esposa;

Su voz aterra, su relato eriza:

Duerme: no le oigas.

Sér vaporoso, creación de un alma

Que en sombras leves su pasión coloca,

Hada que hechizas de mi amor poético

La fe recóndita:

Ven á mis brazos, de mis sueños hija;

Ven: dame tu alma que el pesar desola,

Y yo del sueño la hundiré en la sima

Lóbrega y honda.

Yo, que comprendo de las sombras vagas

La lengua pura y la mortal congoja,

Traeré á tu alma aletargada menos

Fieras memorias.

Ven: yo no quiero que tu sér errante

Vague esta noche por las frías bóvedas

De este palacio, que sangrientos sueños

Sólo atesora.

Sé que en la angustia de tu afán doliente

Hasta el consuelo de mi amor te enoja;

Mas ven al campo de las almas tristes

Y melancólicas.

Allí dormida soñarás quimeras

Tristes y vagas, pero no angustiosas,

Mientras relatan la fatal leyenda...

Ven: no la oigas.

Mas ¡ay! ¿quién puede interrumpir los daños

De los pesares que al mortal acosan?

Sufre y delira, vagarosa hija

De mi alma loca.

Tórtola triste que en el sauce umbrío

Tu amor perdido solitaria lloras:

Ráfaga helada que el ciprés gimiendo

Lúgubre azotas:

Són temeroso con que el mar airado

Fiero amedrenta la desierta costa:

Eco del viento que las huecas ruinas

Cóncavo asordas,

Dadme de vuestros funerales ruidos

Las más siniestras y dolientes notas,

Para que en torno de la Alhambra eleve

Fúnebre trova.

VII ORIENTAL

Sultana de la alegre Andalucía,

Alcázar de la luz y de las flores,

¿Qué fué de la alegría

De tus Señores?

Encanto de los ojos,

¿Quién causa tus enojos?

Espejo de la luz del medio día,

Kiosko oriental de excelsos alminares,

¿Qué fué de la harmonía

De tus cantares?

Bellísima Granada,

Tu luz está apagada,

Los ojos celestiales

Están bajo sus schales

Su pecho dolorido

Su voz es un gemido

del cielo favorita,

tu gloria está marchita:

de tus doncellas moras

llorando largas horas:

suspira sin amores;

su lecho ayer de flores

Es lecho de agonía...

Encanto de los ojos,

¿Quién causa tus enojos?

Rosal del medio día,

Nidal de ruiseñores,

¿Qué fué de la alegría

De tus Señores?

La Alhambra está desierta

Cerrada está su puerta,

Su fábrica altanera

Y en ella la bandera

No anuncian la victoria

Los cánticos de gloria,

y obscuros sus salones:

cerrados sus balcones:

la tempestad azota

de Abú-Abdil no flota:

sus áureos alminares:

placer de sus hogares,

Son ayes de agonía...

Encanto de mis ojos,

¿Quién causa tus enojos?

Rosal de Alejandría,

Remedio de pesares,

¿Qué fué de la harmonía

De tus cantares?

¡Oh mísera Granada!

¡Oh madre desolada!

Tus hijos los más bravos,

Ó muertos son, ó esclavos

Abdil, flor de tus flores,

Y están tus defensores

¡oh triste reina mora!

¡llora sin tregua, llora!

amor de tus entrañas,

detrás de tus montañas;

no habita ya en Comares,

sin tumba ó sin hogares.

¡Lamenta tu agonía,

Sultana de la hermosa Andalucía!

Mirab sin alminares,

¿Quién te dará harmonía

Sin tus cantares?

Espejo de la luz del medio día,

Alcázar de las flores,

¿Quién te dará alegría

Sin tus Señores?

VIII

Es alta noche ya: muda y desierta

Yace en tinieblas la oriental Alhambra;

Ni una luz en sus altos ajimeces,

Ni un paso, ni una voz en sus murallas.

Granada está á sus pies, como ella obscura,

Muda como ella, triste y solitaria:

Ni una voz en el fondo de sus calles,

Ni una luz en sus lóbregas ventanas.

El peso del dolor y de la afrenta

Y el ambiente letal de la desgracia

La tienen, más que en sueño sumergida,

En profundo sopor aletargada.

El duelo universal que la circunda

Los lamentos inútiles apaga,

Y se oyen los gemidos solamente

En la profunda soledad del alma.

Todo es silencio la morisca Corte:

Mas ¿quién no vierte en el silencio lágrimas?

Allí llora la madre por el hijo,

Por el hermano allí gime la hermana:

La esposa llora su perdido esposo,

Su cautivo galán llora la dama,

El amigo la suerte del amigo...

¡Noche horrenda y fatal para Granada!

Todos conocen la sangrienta historia,

Y á su vez la magnánima Sultana

Aixa, después de lamentarla, quiso

Con pormenores amplios escucharla.

La Madre de Abú-Abdil es una altiva

Matrona, digna de la edad romana,

Que en el momento de sentir las penas

Reflexiona que debe dominarlas.

Entregada á un dolor íntimo y mudo,

Todo el día pasó sola en su estancia;

Pero se dijo al fin: «Si está cautivo,

Pensar debemos en que libre salga.»

Y avisado Kaleb por un esclavo,

Subió de noche al silencioso alcázar,

Donde de oir la desastrosa historia

Le esperaba impaciente la Sultana.

«Habla, Kaleb, le dijo cuando á solas

Se hallaron: cuenta la fatal jornada:

Todo quiero saberlo en esta noche,

Y Aláh, Kaleb, me alumbrará mañana.»

Y he aquí que en el silencio de la noche,

Relatando Kaleb y oyendo Aixa,

En un salón del patio de Leones

En este punto de la historia estaban.

IX KALEB

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2 · 第 7 / 9 段