Escuchaba el Rey moro todavía

El eco de aquel lúgubre gemido,

Cuando su madre con vigor le asía

Por el brazo en que estaba sostenido.

--«Levántate, hijo mío, le decía,

Levántate, Abdilá: ¡Nos han vendido!

--¿Qué pasa, madre? preguntó el mancebo.

--Tu padre busca á la venganza cebo.»

Su alfanje Abú-Abdil blandió desnudo,

Y asiendo de un clarín con gran coraje,

En los senos lanzó del aire mudo

Una sonata de África salvaje.

De aquel bárbaro són al eco agudo

Se estremeció su guardia Abencerraje,

Y de su riesgo próximo avisada

Acudió junto al Rey precipitada.

Y á tiempo fué. Su yatagán sangriento

Muley blandiendo apareció á sus ojos

Por la puerta del próximo aposento,

Rebosando sacrílegos enojos.

Feroz vampiro, de su carne hambriento,

Sus brazos muestra con su sangre rojos,

Y con los ojos en su sangre fijos

La sangre anhela de sus propios hijos.

Helóse de terror á su presencia

Toda la guarnición de la alcazaba:

Aixa, empero, abrasada de impaciencia,

Empuñó un arcabuz gritando brava:

«¡Muera el tirano!» Al punto con violencia

Lid fratricida sin cuartel se traba:

En el mismo aposento en que nacieron

Los hijos con los padres se batieron.

Peleaba Muley como un demente,

Y á Aixa los suyos de la lid sacaron:

Hallarse no lograron frente á frente

Los dos Reyes por más que se buscaron.

Llamaba á Abdil con cólera estridente

El viejo Rey, cuando sobre él cargaron

Tantos al par, que sin lograr su objeto

Cejó y huyó por corredor secreto.

En el versátil vulgo confiando

Descendió á la ciudad por una cueva,

Juntar creyendo poderoso bando

Con que arruinar la monarquía nueva.

Metióse, pues, por la ciudad, llevando

Audaz á cabo tan osada prueba,

Y en un momento la ciudad entera

Campo sangriento de batalla era.

Doquier, se escuchan con pavor lamentos,

Ayes de muerte y gritos de pelea:

Á salvarse no más todos atentos,

Sólo en salvarse cada cual se emplea:

No hay nadie que en tan críticos momentos

Presa de los cristianos no se crea:

Nadie á juzgar la realidad se para,

Nadie ve dónde ni de quién se ampara.

En tanta confusión, en duelo tanto,

Abandonando Hasán la lid confusa,

Va á los umbrales á llamar de cuanto

Moro por su parcial la fama acusa;

Mas, al reconocerle, con espanto

Seguirle todo musulmán rehusa,

Porque se hundieron su prestigio y fama

Bajo su triste expedición de Alhama.

Su nombre con horror de boca en boca

Rápidamente en las tinieblas pasa,

Y por doquiera contra él evoca

Ira sin compasión, rencor sin tasa:

Cobra valor la muchedumbre loca,

Y al correr la verdad de casa en casa,

Por rejas, ajimeces y balcones,

Comienzan á asomar luces y hachones.

Comiénzase á ordenar la gente fiera

Del Albaycín: tremólanse estandartes

Que atraen á sí la juventud guerrera,

Y conócense al fin por ambas partes.

¡Aláh por Bu-Abdil! gritan doquiera;

Y descubriendo las traidoras artes

Á que echa Hasán para vengarse mano,

Gritan dando sobre él: ¡muera el tirano!

Desengañado el viejo vengativo

Abandonó su despechada empresa,

Dándose por feliz en salir vivo

Favorecido por la sombra espesa:

Y con veinte jinetes fugitivo

Que aún le seguían, caminó con priesa

Muley hacia los altos alijares

Donde aún tiene Zoraya sus hogares.

Allí la favorita con Ben-Egas

Le aguardaba á caballo: á marchar prestos,

Sus guardias negros como estatuas ciegas

Por él se hallaban á morir dispuestos.

--«Vamos, dijo Muley.--Á tiempo llegas,

Repuso Abú-l'Kasín: Aixa mis puestos

Descubrió ya, y á su merced estamos.

--¡Maldita sea! dijo el Rey: huyamos.»

Y entrando por las lóbregas laderas

De la sierra fragosa y escarpada,

Aprovecharon cautos las postreras

Sombras para alejarse de Granada:

Y del alba siguiente á las primeras

Luces, el que fué Rey ya no era nada:

El reino se le huyó de entre los brazos

Y su cetro al caer se hizo pedazos.

¡Clemente Aláh, que como aristas secas

Las más robustas fábricas quebrantas,

Los pueblos hundes, y las razas truecas

Bajo el polvo que en pos dejan tus plantas!

Del hombre vil las vanidades huecas

¿Cómo han de interrumpir tus leyes santas?

De Hasán tocó tu soplo en la corona,

Y fué... ¡Dios bueno, lo que fué perdona!

II

Llena al fin de su enojo la medida,

Abrió el Señor la urna en que atesora

De las naciones la acotada vida:

De ella arrojó la de la estirpe mora,

Y al caer en la nada desprendida

De su mano, con voz imperadora

Dijo Dios á Isabel: «He aquí tu día:

Parte, rayo de fe: tu empresa es mía.»

Y por el fuego de la fe abrasada,

Por la celeste mano compelida,

Los brazos Isabel tendió á Granada,

Que por sus brazos se sintió ceñida

Con angustia mortal: y al punto armada

Y con el sayo de la cruz vestida,

Aparición marcial salió á campaña

La fe invocando y el honor de España.

Á su inspirado y vigoroso acento,

La nobleza leal de Andalucía

Pareció ante Isabel en un momento,

Rebosando valor y bizarría.

Llenas de emulación con su ardimiento

Cuantas provincias en su reino había,

Su gente enviaron de pelea en planta

En derredor de su bandera santa.

Encendida en sus bélicos deseos,

Desde Córdoba envió con gran premura

Numerosos y rápidos correos

Á Toledo, León y Extremadura.

Cuantos gozaban en su nombre empleos

Ó de su autoridad investidura,

Su intimación de guerra recibieron

Y en campaña obedientes se pusieron.

Cartas atentas escribió á sus damas

Para que á sus amantes y maridos,

De los troncos más nobles y sus ramas

La enviasen á la lid apercibidos;

Y por los pueblos esparció proclamas,

Llamando á los mancebos atrevidos

Á romper una lanza en la campaña

Por el honor y libertad de España.

De su entusiasmo el religioso influjo

Derramó el entusiasmo por doquiera,

Y cuanto noble su nación produjo

En redor acudió de su bandera.

Sus vasallos á Córdoba condujo

Todo varón que diez tuvo siquiera,

Y en cada hora nueva que sonaba

Un valiente á Isabel se presentaba.

Ella entretanto en vastos almacenes

Depositó profusas provisiones

De granos, vinos y cecinas, bienes

De que abundan sus fértiles regiones:

Acopió ropas y armas: montó trenes

De batir, con lombardas y cañones:

Soldados instruyó que los sirvieran,

Y acémilas compró que los movieran.

No se excusó ni un noble castellano

De acudir de Isabel á la cruzada,

Y no quedó un solar en monte ó llano

De que no hubiese en Córdoba una espada.

Todas las joyas del valor hispano

Fueron parte á tomar en la jornada,

Sombreando sus bizarros escuadrones

De sus casas más ricas los pendones.

Vino el primero el Cardenal de España

Con escolta lucida y numerosa:

Desde el campo feraz que el Ebro baña,

El buen Duque llegó de Villa-hermosa.

Trajo el Conde de Cabra de montaña

Ballestería diestra y vigorosa;

Y á los suyos el Conde de Cifuentes

Trajo armados de hierro hasta los dientes.

Vinieron los del pródigo Infantado

Armados de broquel, puñal y clava,

Con rico arnés azul empavonado:

Vino la gente de Alburquerque brava

Con ancho escudo y espadón pesado,

Y la Orden militar de Calatrava

Llegó, con su Maestre á la cabeza,

En caballos de indómita fiereza.

Trajo Medinaceli sevillanos

Sobre pintadas yeguas caballeros,

Y el de Ureña jinetes jerezanos

En potros como el céfiro ligeros;

Vinuesa de leales castellanos

Trajo gran pelotón de espingarderos,

Y leoneses con enormes mazas

Que hendían los broqueles y corazas.

Trajo Fernando de Aragón sus huestes,

Y con ellas vinieron de Navarra

Los montañeses ásperos y agrestes,

Al tiro afectos del balón y barra;

Los de Aza y Urgel, jamás contextes,

Armados de morisca cimitarra,

Y los deudos de Pedro de Velasco

De abigarrado y penachudo casco.

Desde el muro hasta la árabe alcazaba,

De los Kalifas oriental palacio,

Córdoba un campamento semejaba,

De sus plazas y calles el espacio

El aparato militar llenaba,

Y de lejos brillar como un topacio

La veían los vecinos montañeses

Alfombrada de auríferos arnases.

Y he aquí que de un balcón que la domina,

Contemplaba Isabel la roja hoguera

Del sol arder tras la postrer colina,

Cuando dobló tendido á la carrera

La falda de la loma más vecina

Un corredor cristiano de Antequera,

Que en nombre de los héroes de Alhama

Bastimentos y víveres reclama.

Su mensaje al oir Fernando, al punto

Convocando en su estancia su Consejo,

Pidió opinión sobre tan grave asunto.

Pedro de Vargas, Capitán ya viejo,

Frontero en territorio á Alhama junto

Y del país conocedor, espejo

De los cristianos jefes fronterizos,

Dijo, mostrando al Rey sus blancos rizos:

«Mi existencia, Señor, pasé en la guerra.

Y aún no esquivo por débil la batalla,

Ni el viejo corazón que aquí se encierra

Late aún con temor bajo la malla;

Pero conozco bien aquella tierra:

Alhama es un peñasco que se halla

Cercado por doquier de plazas moras

Que le tendrán en riesgo á todas horas.

«Mantenerla no pudo vuestro abuelo

San Fernando, Señor, y es necesario

Que para conservar su inútil suelo

Empleéis la mitad de vuestro erario.

Con cinco mil jinetes aún recelo

Que será su destino bien precario,

Porque cada convoy que hasta allí llegue

Fuerza es con sangre que el camino riegue.

«Sólo quien tenga guarnición en Loja

La podrá conservar, y aun así un día

Puede que el Moro por traición la coja:

Si yo fuera que vos, la quemaría,

Y de su incendio con la lumbre roja

Á Granada una noche alumbraría,

Dejando en su ceniza al Rey pagano

Un testimonio del furor cristiano.»

Dijo el anciano Vargas. Los prudentes

Y graves consejeros que le oyeron,

Sus razones hallando suficientes,

Á su opinión unánimes se unieron:

«De Alhama retirad á vuestras gentes

Y quemadla, Señor,» al Rey dijeron:

Mas Isabel, que los escucha y mira,

Llena exclamó de generosa ira:

«No permita el Señor que se abandone

Prenda de tal valor de esa manera,

Ni que vileza tal nos ocasione

Escarnio ser de la morisma entera.

No quiera Dios que entre ellos se pregone

Que, del peligro en la ocasión primera,

Ni en Dios ni en nuestro brío fe tenemos.

Ni lo nuestro á guardar nos atrevemos.

»No se hable, pues, de abandonar á Alhama:

Cuando á lidiar mis gentes he traído,

No para empresas sin peligro y fama,

Para las dignas de renombre ha sido:

Auxilio Alhama de su Rey reclama,

Y yo se le daré, que á eso he venido;

No ha de cejar ni descansar mi gente

Sino cuando en la Alhambra se aposente.»

Dijo Isabel: y á la ciudad bajando,

Cabalgando en su rápida hacanea

«¡Á Alhama!... dijo al castellano bando,

¡Conmigo á Alhama quien valiente sea!»

¡Á Alhama! las banderas desplegando

Clamó toda la gente de pelea;

Y tras la Reina, que su ardor inflama,

Se encaminó el ejército hacia Alhama.

¡Mísero Abú-Abdil! con luz incierta

Ya tu estrella fatal sobre ti brilla:

Recuerda tus horóscopos: despierta.

¡Apresta tu corcel y tu cuchilla!

Ya de la Alhambra á la dorada puerta

Va á llamar con ejércitos Castilla,

Y á echar van sobre ti los españoles

De siete siglos los sangrientos soles.

III

Dejó Isabel á Alhama guarnecida,

Sus muros y baluartes la repuso,

Y, en templo su mezquita convertida,

Segura guarnición en ella puso.

Á Luis Portocarrero á su salida

Por su alcaide nombró, quien, según uso

De los fronteros jefes castellanos,

Conservarla ó morir juró en sus manos.

El Católico Rey, dejar queriendo

Á los moros señal de aquella entrada,

En sus fronteras con estrago horrendo

Se corrió por su tierra amedrentada,

Y su bizarro ejército metiendo

Por la fecunda vega de Granada,

Incendió mieses, arrasó olivares,

Robó ganados y asoló lugares.

Los moros que estos daños achacaron

Del furioso Muley á la imprudencia,

Partido al punto por Abdil tomaron

Y Rey le proclamaron en su ausencia.

Las tropas de Muley le abandonaron,

El vulgo le mofó con insolencia,

Y á Málaga, frustrada su esperanza,

Huyó por fin sin alcanzar venganza.

Aixa, empero, temiendo la inconstancia

Del pueblo, y conociendo que en el trono

No tendría Abdilá segura estancia

Sino haciendo venir de él en abono

Alguna empresa ó triunfo de importancia

Que al vulgo deslumbrara, y que su encono

Contra Hasán aumentara, con secreto

Se preparó para lograr su objeto.

Congregó los más diestros capitanes

De todas las opuestas banderías,

Y desechando y rehaciendo planes,

Oyendo escuchas y escuchando espías,

Realizó sus solícitos afanes

Aprontando por fin en breves días

Numerosa y segura cabalgada,

De espléndido botín esperanzada.

«Probemos á los Reyes castellanos

Que aprovechar sabemos sus lecciones,

(Dijo á su hijo Abdilá). Pues nuestros llanos

Talan, sal á talar sus posesiones.

En nuestras tierras por llenar sus manos,

Sus castillos están sin guarniciones;

Lo que hallan, pues, en nuestra vega amena

Busca tú por sus campos de Lucena.»

Comprendió el joven Rey á la Sultana;

Y ganoso de gloria, y con deseos

De probar en la tierra castellana

El valor que ha ostentado en los torneos,

Con gallardía juvenil y ufana

Resolución, sus bélicos arreos

Vistiendo, mostró el joven Soberano

Su alma de Rey y origen africano.

IV

¡Qué hermosas son las noches de Granada!

¡Cuánto placer la atmósfera respira!

¡Con qué rumor tan grato perfumada

Susurra el aura que en sus huertos gira!

Su misteriosa soledad, poblada

De árabes genios, languidez inspira,

Y no encierran los senos de su sombra

El vago miedo que en la noche asombra.

El canto de los pájaros canoros

Que anidan en sus bosques embebece;

El ruido de sus árboles sonoros

Y de sus frescas aguas adormece;

De la brisa en los pliegues incoloros

Extasiado el espíritu se mece:

Todo reposa allí bajo el imperio

De un oriental incógnito misterio.

Encantada ciudad, cuyas historias

Piden del Rey profeta el arpa de oro;

Sultana del Genil, cuyas memorias

Evoco á solas y en silencio adoro;

Alcázar oriental, de cuyas glorias

Envidioso está el mundo: bien el Moro

Dijo al decir que la mansión divina

Está sobre tu tierra peregrina.

Tras el cendal da tu estrellado cielo

Se ve la faz de Dios que centellea;

No hay quien detrás de tu flotante velo

La omnipotencia de su Sér no vea;

No hay quien escrita en tu fecundo suelo

La realidad de su poder no lea;

No hay quien contemple tu nocturna calma

Sin alzarte un altar dentro del alma.

¡Tierra de bendición! ¿Quién no te adora?

¡Tierra de amor, en que el placer se anida,

En tus dulces recuerdos se atesora

Toda la gloria de mi inquieta vida!

¿Quién de ti, si te ve, no se enamora?

¿Quién tus noches espléndidas olvida?

Bien hizo el que á tus pies por no perderte

Peleando tenaz buscó la muerte.

Es una noche azul de primavera:

Millones de lucientes luminares

Dan tibia luz á la terrestre esfera;

De flores aromáticas millares

Alfombran ya la tierra, y la ligera

Brisa en la regia estancia de Comares

Introduce sus vírgenes olores

Á través de los áureos miradores.

Sobre cojín morisco reclinada,

Los pies doblados sobre escasa alfombra,

Yace la que de la árabe Granada

Al fin Sultana sin rival se nombra.

Rico dosel de seda cairelada

Da á su lánguida faz templada sombra,

Y pantalla chinesca en su penumbra

Guarda el mechero que el salón alumbra.

Es la azucena pálida de Loja;

Es de Aly-Athár la tímida gacela;

Es la mujer, que trémula cual hoja

De triste sauce, duda, ama y recela:

Moraima es, cuyo ánimo acongoja

Pesar secreto que la tiene en vela.

Es la Sultana de cabellos de oro,

Que el alma hechiza del Monarca moro.

Käel, su negro y perspicaz Nubiano,

Yace á sus pies con languidez tendido;

La frente apoya sobre la ancha mano

Fatigado tal vez, tal vez dormido;

Mas la mirada fija del enano

Y la abierta nariz y atento oído,

Al que su instinto y lealtad comprende

Advierten que sagaz á todo atiende.

En el obscuro camarín, formado

Por la maciza fábrica del muro,

Y en donde se abre el ajimez dorado

Que da aire y luz al aposento obscuro

Al estilo de Oriente fabricado,

Contempla el cielo otra mujer; su duro

Contorno sobre el cielo se destaca,

Pues fuera del balcón el cuerpo saca.

Es Aixa, la despótica Sultana,

El genio protector del Islamismo,

Que desde aquella arábiga ventana

Mide del porvenir el hondo abismo.

Genio tenaz, encarnación humana

De la fe, del valor y el heroísmo,

Genio que, á aparecer en otra era,

Mentir á los horóscopos hiciera.

Con el rumor del bosque confundidos

Que sombrea la torre de Comares,

Trae el aura fugaz á sus oídos

Del bullicioso pueblo los cantares.

Á sus vasallos quiere entretenidos

Tener el nuevo Rey en sus hogares,

Y el mal que sus horóscopos predicen

Cantando olvidan y á su Rey bendicen.

Pero Aixa, que jamás en ilusiones

Se adormeció y á quien la edad avisa

De que las populares ovaciones

Tan efímeras son como la brisa

Que su murmullo trae á sus balcones,

Con desdeñosa y lúgubre sonrisa

Su són escucha, que al rayar el día

Ser puede amotinada vocería.

Todo en la regia cámara reposa:

Ajenos al turbión de los placeres

De la morisca corte voluptuosa,

Aquellos tres tan diferentes seres

Tristes meditan. Á la fin la esposa,

La más inquieta de las dos mujeres,

Dando sin duda al pensamiento giro

Distinto, débil exhaló un suspiro.

Llamó de Aixa la atención el eco

De aquella exhalación enamorada,

Y del balcón dejando el fondo hueco

Fijó en Moraima su glacial mirada;

Y con el tono desabrido y seco

De su voz, á mandar acostumbrada,

La dijo: «Afrenta de las Reinas moras,

Espíritu cobarde, ¿por qué lloras?»

No lloraba Moraima todavía,

Mas tan duras palabras la preñaron

De lágrimas los ojos. Muda, fría,

Aixa las vió cuando á la faz brotaron

De la débil mujer que las vertía.

Las vió, mas conmoverla no lograron,

Y con regio desdén, á paso lento

Comenzó á atravesar el aposento.

Mas al llegar del arco á los umbrales,

De la alberca en el patio embaldosado

Anunciaron los roncos atabales

Al Rey por las Sultanas esperado.

Seguido de sus deudos más leales

Llegó Abdilá para el combate armado:

Sonrió al verle con su arnés más bello

Aixa, y Moraima se abrazó á su cuello.

--«¡Tan pronto! dijo la afligida esposa.

--Ya tarda, dijo la valiente madre.

--¡Aláh te vuelva!... murmuró la hermosa:

--Mas si no vences: volverá tu padre,

Añadió la Africana vigorosa.

--¡Antes cristiana lanza me taladre!»

Dijo el mancebo rebosando enojos,

Y un rayo de rencor brilló en sus ojos.

Entonces la Sultana:--«En paz os dejo:

(Añadió con voz grave) despedíos

Á solas, pero ved que no me alejo;

No me le quites con tu amor los bríos

Que necesita.» Y, torvo el entrecejo,

Se sumió en los tortuosos y sombríos

Corredores, dejándoles á solas

Del mar de su aflicción entre las olas.

En silencio abrazados los esposos

Largo espacio quedaron: el exceso

De su dolor en ayes angustiosos

Exhalaba Moraima, mientras preso

Mantenía en sus brazos cariñosos

Á Abú-Abdil: dióla él un tierno beso

De su cariño en la efusión sincera,

Diciéndose los dos de esta manera:

BU-ABDIL.

No llores, alma mía: cobra aliento:

Llevo todo mi ejército conmigo.

MORAIMA.

Abdil, tengo el fatal presentimiento

De que no has de volver: yo te lo digo.

He soñado, mi bien, tu vencimiento,

Y mi sueño es lëal. Mi dulce amigo,

Manda tus capitanes á la guerra:

Tú eres el Rey; no salgas de tu tierra.

BU-ABDIL.

Moraima de mi vida, ¿no comprendes

Que tu congoja mi valor me quita?

Esta salida que evitar pretendes

Es nuestra salvación. Se necesita

Que el pueblo crea en mi valor ¿entiendes?

El Rey ha de ser Rey. Ve á la mezquita

Á orar; mas oye ¡oh flor de mis amores!

Delante de mi madre nunca llores.

Mi madre es una Reina verdadera,

Cuyo orgullo jamás ha concebido

Que un Rey pueda llorar. Tu amor modera

Ante ella y muestra del dolor olvido:

Porque ella, aunque á sus pies morir nos viera,

No exhalara, Moraima, ni un gemido;

Matar sobre nosotros se dejara,

Mas creyera infamarse si llorara.

MORAIMA.

¿Qué culpa tengo yo de que Aláh Santo

Débil mujer me hiciera y no Sultana

Feroz como ella? Contener mi llanto

No sabré yo ni tarde ni mañana,

Y soñaré de noche con espanto

Que muerto yaces ó en prisión cristiana,

Sin mí llorando ó demandando á voces

El fin de tus horóscopos atroces.

BU-ABDIL.

¡Calla, Moraima calla: me estremeces!

Creo que tu exaltada fantasía

En la locura te despeña á veces.

Déjale al vulgo que la suerte mía

Juzgue fatal al Árabe, y tus preces

Dirige á Aláh, para que llegue un día

En que contra ellos la victoria arguya

Y el triunfo mis horóscopos destruya.

¡Adiós! yo parto á pelear ahora;

Mas cálmate, bien mío, porque creo

Que en esta correría asoladora

Voy sólo á dar un militar paseo

Y á recoger botín. ¡Adiós! que es hora

Ya de partir y á la Sultana veo.

MORAIMA.

¡Aláh te guíe!

BU-ABDIL.

Hasta volver contigo.

MORAIMA.

¡Ay! que no volverás, yo te lo digo.

Esta fué la siniestra despedida

De Moraima y Abdil. Muda y serena

Aixa del corredor á la salida

Se presentó, y á impulso de su pena

Mortal se desplomó desvanecida

Moraima. Partió el Rey para Lucena

Y fué su madre á despedirle al muro,

Fiando á Dios el porvenir obscuro.

LIBRO OCTAVO

DELIRIOS

I

¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causa

Llamaron á Bu-Abdil desventurado,

Ni sin razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.

Desdichado en su hogar desavenido,

En sus empresas de armas desdichado

Y en su amor infeliz, siempre implacable

Faltóle Dios en cuanto puso mano.

La casa en que nació, la madre que hubo,

El siglo en que á luz vino, todo aciago

Le fué, y á todo cuanto en torno suyo

Vivió sus desventuras alcanzaron.

Dios le puso al nacer dentro del pecho

Un corazón del infortunio blanco,

Y el ambiente fatal de la desgracia

Por doquiera que fué le fué cercando.

Odio de su nación supersticiosa

Por el temor de sus siniestros hados,

Y por instinto de creencia y raza

Odio á la par del vencedor cristiano,

Vió el mundo sus virtudes sin aprecio

Y su valor inútil sin aplauso,

Y Árabes y Cristianos, por vencido,

Á un tiempo sin piedad le calumniaron.

Los Moros olvidándole con ira,

Mirándole con mofa los Cristianos,

Unos y otros infiel en sus historias

Legaron á los siglos su retrato.

Los unos con lo negro de la saña,

Los otros con la tinta del escarnio,

En el cuadro inmortal de la conquista

Su figura real emborronaron.

La poesía, empero, cuyos ojos

Escudriñan sagaces lo pasado,

Y en dondequiera que lo encuentra admira

Lo bello y lo infeliz, con entusiasmo

Alumbra su semblante obscurecido,

Y, sus forzadas formas restaurando,

Su noble y melancólica figura

Dibuja con contornos más exactos.

No es la de un grande Rey que el fatalismo

De su sino provoca temerario,

Con el valor del héroe que queda

Por él vencido, pero no humillado:

Es la figura triste de un Monarca

Que obedece al impulso de los astros,

Y, sin poderse defender, sucumbe

De su destino bajo el peso abogado.

No es la robusta encina que se troncha

Del huracán gigante entre los brazos,

Sino la flor que, abriéndose tardía,

Muere marchita por el cierzo helado.

¡Mísero Abú-Abdil! La historia austera

No halla luz en tu rostro soberano,

Pero la poesía te le alumbra

Con el fulgor del infortunio santo.

La historia te ve Rey y sin corona,

Enamorado y sin favor, soldado

Y sin victoria, muerto y sin sepulcro...

¿Dónde hallará su luz para ti un rayo?

Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa.

Llamaron á Bu-Abdil desventurado,

Y con razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.

II

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2 · 第 6 / 9 段