«No era de día aún cuando empezamos

Á salir del barranco, donde á obscuras

Habíamos pasado aquella noche

En profundo silencio. Las hileras

De guerreros, cautivos y ganados

Que cruzaban el valle, parecían

Sobre las sendas cóncavas, movibles

Serpientes gigantescas, á la escasa

Claridad de los astros. Los enormes

Peñascos dibujaban sobre un cielo

Apenas azulado los contornos

Deformes de sus crestas, en las cuales,

Toda la noche oímos el siniestro

Graznido de los buitres, y el aullido

Temeroso del lobo, cuyos ojos

Veíamos brillar entre las matas.

Todos éramos hombres avezados

Á las escenas de la guerra; pero

Un no sé qué de pavoroso y triste

Nos encogía el ánimo en aquella

Melancólica noche, y caminábamos

En lúgubre silencio: parecía

Que iban á desplomarse los peñascos

Sobre nuestras cabezas, y queríamos

Salir cuanto antes del medroso valle.

Dimos por fin en la llanura: el alba

Comenzaba á clarear y distinguimos

Los almenados muros de Lucena.

Con los cautivos y la presa entonces

Mil peones dejando y cien jinetes,

Avanzamos, creyendo sorprenderla,

Sobre la villa. Abú-Abdil, seguido

De un escuadrón de jóvenes valientes

Y ansiosos de renombre, se metieron

Á escape por las huertas y arrabales.

Ni un sér viviente se encontraba en ellos,

Ni se abrió una ventana ni una puerta.

Prevenidos sus cautos moradores,

Se habían encerrado en el castillo.

¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airada

Brilló tras de los muros y, en el punto

En que tiñó la luz el horizonte,

Se cubrieron de cascos de cristianos,

Y una lluvia de dardos y de piedras

Cayó sobre nosotros: los clarines

Y tambores cristianos atronaron

El viento, y la bandera de Castilla

Se desplegó con insolente orgullo.

«¡Al asalto!» gritó con voz de trueno

El Rey Abú-Abdil, con una trompa

Haciendo la señal. En el instante

Se cubrieron de escalas las murallas,

Y los turbantes moros blanquearon

Envueltos con los cascos de Castilla

Encima de los cóncavos adarves.

¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,

Sultana: era un león cada cristiano,

Y los genios impuros del abismo

Peleaban por ellos aquel día:

Sus hachas y sus mazas con horrible

Martilleo caían en las frentes

De los escaladores, y rodaban

Al foso con estruendo los cadáveres.

«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijo

Que rugía de saña: es necesario

Retirar nuestra gente: prevenidos

Estaban, mas la tierra está tranquila

Y no han hecho señal las atalayas.

No tienen, pues, socorro, y con un sitio

De un solo día se darán.» Oyóse

Tocar á recoger, y comenzamos

Á cejar. Una niebla blanquecina

Traída por un viento de Occidente

Enlutaba la atmósfera, impidiendo

Ver á largas distancias. Los peones

Que custodiaban el botín, mirándonos

Volver, picaron las revueltas reses

Y comenzaron á marchar, creyendo

Ya abandonada nuestra empresa. Ahora

Dispénsame, Sultana, si el desorden

De mi dolor confunde mis palabras,

Porque de mis ideas el tumulto

No las deja mejor brotar del labio.

¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisiera

Olvidar para siempre?»--Sofocada

Aquí la voz del Árabe, tomaron

Una expresión siniestra sus miradas;

Sus músculos temblaron sacudidos

Por interior agitación, su cara

Palideció, y al fin con hondo acento

Y en el dialecto gutural del África,

El lento é inharmónico relato

Continuó así de la fatal jornada,

Ora bajando el tono, ora elevándole

Conforme la pasión que le agitaba.

¡Y era espantoso de escuchar su cuento,

Y espantosas de ver sus exaltadas

Actitudes y gestos, inspirados

Por el rencor, la afrenta y la venganza!

«En medio de la niebla, como turba

De maléficos genios, los cristianos

Salieron á nosotros: no les vimos

Hasta que atravesados por sus flechas

Cayeron los Muslimes. Su caballo

Revolvió el Rey al punto, y todos dimos

La cara á aquellos perros, que salían

Por detrás á mordernos. Ya en desorden

Les teníamos puestos, cuando, el aire

Rasgando una trompeta castellana,

Nos sentimos cargar por la derecha

Por una tropa de jinetes: íbamos

Á volvernos allí cuando, en el monte

Que á nuestra izquierda se elevaba, oímos

Un clarín italiano, y cada encina

Brotó un cristiano caballero. Entonces,

Con tan distintas señas confundido,

Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,

Señor, es Italiana: el estandarte

Que traen aquellos otros no le he visto

En batalla jamás: el mundo entero

Creo que viene aquí sobre nosotros.»

¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!

Cejábamos lidiando, en la esperanza

De unirnos á los nuestros: mas al punto

De mirar hacia atrás, vimos que todos

Huían por los montes, torpemente

El inmenso botín abandonando.

«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,

Volved, desventurados, y á lo menos

Sabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!

Otro tambor, doblando en la angostura

Por donde huían, aumentó su miedo

Y dieron como ciervos espantados

Á correr por el valle. ¡Aláh potente!

Obligados á huir los que quedábamos

En rededor del Rey, le circuimos

Y volvimos la espalda, descendiendo

Hasta un angosto paso de la sierra:

Un pelotón de nobles Granadinos,

Caballeros leales que volvían

Á buscar á su Rey, en él hallamos

Protegiendo á los últimos peones

De nuestro bando. El Rey volvió la cara

Al llegar á la cóncava angostura,

Y en un estrecho llano deteniéndose

Nos dijo: «Retirémonos como hombres

Que ceden á la suerte, mas no huyamos

Como cobardes que la muerte temen.»

Y metiendo al caballo las espuelas,

Cargó sobre los perros Nazarenos

Que nos seguían: á ampararle todos

Nos lanzamos tras él, y los cristianos,

Desordenados al tremendo empuje

De los caballos árabes, nos dieron

Tiempo para ganar las angosturas

Donde en estrechas sendas imposible

Les era acometernos; y emprendimos

La peligrosa retirada á Loja.

Los enemigos, pronto rehaciéndose,

Entraron tras nosotros en la hondura

Pisándonos las huellas; cinco leguas

Combatiendo y marchando recorrimos

Hasta el valle fatal de Algarinejo.

Aquí el Genil, con las crecidas ancho,

Segunda vez detuvo nuestra marcha:

Nos arrojamos á vadearle y salvos

Nuestros caballos á sacarnos iban

Nadando vigorosos, cuando vimos

Con ira y con terror que, á la ribera

Bajando en rigurosa disciplina,

Salía á recibirnos en sus lanzas

Otro escuadrón cristiano, como un muro

De hierro levantado en el camino.

Su jefe, el gigantesco Don Alonso

De Aguilar, á su frente sonreía

Mirándonos salir de entre las aguas

Con placer infernal; yo le había visto

En mi cautividad y le tenía

Bien presente. Dió el grito de ¡Santiago!

Y aquel muro de hierro se nos vino

Como un témpano encima. La pelea

Fué horrenda. Con el agua á la cintura

Los más, mucha la ira, el suelo escaso,

Vinimos á las manos arrojando

Las inútiles lanzas y acudimos

Á los alfanjes y puñales; rojas

Iban á poco del Genil las aguas.

Yo peleaba junto al Rey: su brazo

Era un rayo: sus ojos chispeaban

Como carbones encendidos: sangre

Le brotaban los labios, que rabioso

Se mordía, y hendiendo, atropellando,

No con la voz, con el esfuerzo heroico,

Nos animaba á combatir sin tregua,

Para morir con honra ante su vista.

Mas he aquí que un cristiano que caído

Se halló bajo de mí, tal vez creyendo

Que era yo el Rey por mi caballo blanco,

Le cortó los jarretes; dió un bramido

El generoso bruto, y desplomándose

Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío

Una laguna con la sangre haciendo

Que sus arterias rotas derramaban.

Pasaron sobre mí cien y cien veces

Amigos y enemigos, sin que fuera

Posible levantarme. Entonces, Aixa,

¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendo

Al cielo sin piedad para los Árabes:

Y allí tendido, ahogado bajo el peso

De los que sobre mí cayendo iban,

Y recibiendo en mi lugar la muerte,

Á quien en vano á veces invocaba,

Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandoble

De Don Alonso. Con la frente hendida

Á un tajo de su brazo formidable

Cayó, más sin soltar la cimitarra,

Aly-Athár en el río, y su cadáver

Las turbias ondas del Genil sorbieron.

¡En el Edén los justos le reciban!

Los que lidiar y perecer le vieron

Su muerte llorarán mientras que vivan.

Con él se hundió el valor de los Muslimes;

Cuarenta caballeros que lidiaban

Con el Rey, le dijeron á mi lado

Defendiéndole: «Sálvate: nosotros

Moriremos por ti. » Yo vi el semblante

De tu hijo, surcado por dos lágrimas,

Volverse á aquellos fieles caballeros

Y lanzarse otra vez en la pelea

Para morir con ellos. ¡Oh Sultana!

Tu hijo es un Rey valiente que combate

En la primera fila: es un Rey noble

Que defiende á los suyos; pero temo

Que sus tristes horóscopos se cumplan:

Dios le abandona á su fatal estrella,

Y por más que su aliento soberano

Prodigios hace de valor humano,

La fuerza de su sino le atropella.

Persuadido por fin de que era inútil

Ya su obstinada resistencia, tu hijo

Arrojándose al agua, á su corriente

Se abandonó: mis ojos le siguieron

Con indecible afán: le vi alejarse:

Le vi tocar en la ribera opuesta,

Vi caer su caballo moribundo,

Y le vi vacilante de fatiga

Meterse en un jaral: le creí salvo.

Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas

Le vi pasar, á la merced de un jefe

De quien iba cautivo. En su cimera

No había ya una pluma, ni una hebilla

Que encajara en su arnés, roto en cien partes.

Lleno de sangre y de sudor el rostro,

Reconocíle apenas: como un sueño

Le vi alejarse, y el pesar, la ira,

La vergüenza, el cansancio, me prensaron

De angustia el corazón... pasó una nube

De sangre ante mis ojos y, en la arena

Caer dejando la cabeza inerte,

Que para verle alcé, me eché sin pena

En los brazos del ángel de la muerte.»

Calló Kaleb y, el rostro con las manos

Cubriéndose, lloró. Torva, sombría,

La Sultana clavó sus negros ojos

En el suelo, las lágrimas apenas

Pudiendo contener que en las pupilas

Sentía aglomerársela, y gran trecho

Sin pestañear inmóvil se mantuvo,

Porque no se la huyeran de los párpados.

Tragóselas al fin, y sobre el hombro

Poniendo de Kaleb su mano ardiente,

Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando

La cabeza y mostrando su semblante,

Que surcaban las lágrimas, repuso:

«¿Qué más he de decirte? Anochecía

Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos

En rededor: cubierta la ribera

Estaba de cadáveres: los buitres

Aguardaban la ausencia de la vida

De algunos que aun luchaban con la muerte

Para cebarse en ellos, y en las breñas

Aullaban ya los lobos. Mi caballo,

Con las postreras ansias revolcándose,

Se separó de mí, y á sus esfuerzos

Desesperados, de los cuerpos libre

Que pesaban sobre él, me había dejado

Libre también á mí. Tendí mis miembros

Entumecidos y probé mis fuerzas.

Al movimiento que hice, vi los ojos

De un Árabe tendido en mí fijarse.

Era el valiente Ben-Osmín; el pecho

Tenía atravesado por un dardo

Que no pudo sacarse, y expiraba

Con el valor sereno de los héroes.

Me conoció, y al verme en pie llamóme:

«Toma (me dijo el infeliz), si vives

»Y vuelves á Granada, da esa trenza

»De sus cabellos á Jarifa, y dila

»Que es mi sangre la sangre en que empapada

»Se la envío, y que ya no espere verme

»Sino en el Paraíso;» y alargándome

La trenza con la mano ensangrentada,

«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrando

Los ojos para siempre. Apoderarme

Logró al fin de un caballo sin jinete,

Y echando por lo espeso de la sierra,

Corrí en un día lo que anduve en siete,

Hasta salir de tan infausta tierra.»

«¡Alahuakbar! Dios es de los destinos

Señor, exclamó Aixa. Ven mañana

Al trasponer el sol á este aposento:

Temo á los inconstantes Granadinos,

Y necesito meditar mi intento:

Mañana le sabrás.--Adiós, Sultana.»

Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso

Dió: mas al levantar de su cortina

El cairelado azul pérsico raso,

Permaneció Kaleb sin movimiento,

Cual si viera en la cámara vecina

Alguna aparición. Su macilento

Rostro volviendo á él, dijo la Mora:

«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»

Kaleb, ante su vista indagadora,

Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»

X

Más pálida que el mármol de la fuente

Donde apoya su brazo nacarino,

Más triste que la voz con que doliente

Gime en la costa el pájaro marino

Cuando cercano el temporal presiente,

En la ancha pila del jardín vecino

Contemplaba Moraima silenciosa

La triste imagen de su faz llorosa.

Suelto el cabello, que á merced del viento

Por los desnudos hombros ondulaba,

En el agua, al reflejo amarillento

De una lámpara de oro, se miraba.

Su cuerpo sin acción, sin movimiento

Sus enclavados ojos, semejaba

Su blanca y melancólica figura

Añadida á la fuente una escultura.

Á la luz que su lámpara destella,

Su rostro con asombro contemplaron

Aixa y Kaleb, y con callada huella

Á la infeliz Moraima se acercaron

Solícitos: mas ¡ay! inmóvil ella,

Ni les vió ni sintió cuando llegaron:

«Duerme, dijo Aixa que tenaz la mira:

--No duerme, dijo el Árabe: delira.»

Delirando, Moraima el ojo atento

De la taza de mármol no quitaba,

La imagen de su rostro macilento

Contemplando que el agua reflejaba;

Y al fin, con un suspiro y con acento

Cuya tristeza el alma traspasaba,

Con el mirar en ella siempre fijo,

Así á su imagen transparente dijo:

«¿Quién eres tú que pálida me miras

»Debajo de la trémula corriente?

»¿Quién eres tú que como yo suspiras

»Con triste faz y en ademán doliente?

»¿Eres algún espíritu que giras

»Por los senos del agua transparente,

»En pos del bien á quien perdido lloras,

»Y en el lugar en que se oculta ignoras?

»¡Ay! no le busques, sombra enamorada:

»No te fatigues más, alma perdida.

»Vete, sombra: ya amor no hay en Granada:

»Alma, vete: en Granada ya no hay vida.

»Mira: yo estoy también abandonada

»Como tú, y en el alma estoy herida:

»¡Ay! yo busco también á los que adoro

»Y el sitio en donde están como tú ignoro.

»Mas ¿por ventura buscas á tu esposo?

»¿Á tu padre tal vez? Los dos se han ido.

»El Cielo estaba obscuro y tempestuoso,

»Rugía el huracán cuando han partido.

»Iban á pelear: era forzoso:

»La tempestad allá les ha cogido...

»¿Padres y esposos buscas? ¡insensata!

»Míralos... el Genil les arrebata.

»Vete, pues: aún no han vuelto de Lucena.

»Mas ¿por qué así me miras, sombra vana?

»No me mires así: me causas pena.

»¿Quién eres?... mas ¿te ríes? ¡Ah villana!

»¡Tú eres alguna esclava nazarena!

»Sí, sí: ¡Tú eres la pérfida cristiana!

»Que me le hechiza el corazón ahora

»¡Con su infernal amor!... toma, traidora.»

Dijo y tiró la lámpara á la fuente:

Con hueco són al sumergirse en ella,

El agua helada salpicó su frente.

Quedó en tinieblas el jardín: la bella

Y enamorada aparición doliente

Se disipó, sintiéndose su huella

Primero del jardín entre las flores,

Y luego en los sombríos corredores.

LIBRO NOVENO

PRIMERA PARTE

Yo era ayer como luna llena y esplendorosa

y hoy soy como estrella que desaparece.

AZZ-EDDIN ELMOCADDESSI.

INTRODUCCIÓN

¿Qué sabe el corazón lo que desea?

¿Qué sabe de su mal ni su ventura?

Nada le satisface que posea:

Cuando no tiene, poseer procura;

No hay fealdad que, como ajena sea,

No tenga para si por hermosura:

No tiene bien que mal no le parezca,

Imposible no ve que no apetezca.

Tal anhela respetos y se infama:

Tal blasona de honor y se envilece;

Aquél cree que aborrece lo que ama,

Cree que repugna aquél lo que apetece;

Éste recoge lo que aquél derrama,

Consigue el otro lo que no merece;

¡Oh miserable corazón humano,

Como de polvo vil mísero y vano!

¡Mísero corazón que juzga eterno

Todo lo deleznable y quebradizo,

Y sumiso lo adora y lo ama tierno;

Que ciego, pertinaz, antojadizo,

Equivoca el Edén con el Averno

Y el milagro real con el hechizo!

¡Mísero corazón que diviniza

Todo lo que es como él polvo y ceniza!

¿Quién dijo: «no lo haré» que no lo hiciera,

Ni quién «no lo amaré» que no lo amara?

¿Quién hubo que por ver no se perdiera,

Ni quién que por burlar no se burlara?

¿Qué afición no empezó débil quimera

Y no acabó pasión que avasallara?

¡Mísero corazón que nada sabe,

Y de quien solo Dios tiene la llave!

Una carta, un recuerdo ó un suspiro

Hacen en sus instintos y aficiones

Tomar al corazón diverso giro,

Distinta fe, distintas opiniones.

Unas horas de ausencia ó de retiro

Cambian las simpatías en pasiones,

Y un dulce y solitario pensamiento

Da á una pasión volcánica alimento.

Una pasión que cambia nuestra esencia,

Una pasión que va con nuestra vida,

Que corroe voraz nuestra existencia:

Por cuyo ardiente amor todo se olvida,

El deber, el honor y la conciencia,

El padre tierno y la mujer querida:

Una pasión que forma nuestra suerte,

Nuestra fe, nuestra vida, nuestra muerte.

Y esa pasión preñada de misterios,

De crímenes tal vez é infamias llena,

Que pierde las familias, los imperios,

Que las almas sacrílega condena,

Es la historia de entrambos hemisferios:

Oña, Clorinda, Deyanira, Elena,

Cleopatra, Raquel, Dido y Lucrecia,

Son las de España, Italia, Egipto y Grecia.

¿Qué cosa empero es el amor? Se ignora.

Es un grande placer ó un dolor grave,

Que dicha ó mal eternos atesora.

¿Cómo viene ó se va? Nadie lo sabe,

Aparece y se extingue en una hora:

En ningún sér está y en todos cabe;

Los poetas le cantan y le cuentan:

Los pueblos le maldicen y lamentan.

Dios, sin embargo, dámosle no pudo

Como pasión desoladora y fiera,

Sino de la tristeza para escudo,

De esperanza y de fe como bandera.

Dios no creó el amor torpe y sañudo

Que desola, emponzoña y desespera,

Sino el amor feliz, íntimo y tierno,

Memoria y prenda de su amor eterno.

El hombre imbécil, cuya torpe mano

Mancha é impurifica cuanto toca,

Fué el que hizo de un instinto soberano

Una pasión desaforada y loca.

Del hombre ha sido el corazón villano,

Del hombre ha sido la profana boca,

Los que del dón mejor del alto cielo

Han hecho un germen de miseria y duelo.

De ella luego el infierno apoderado,

Contra el hombre volvió sus beneficios:

Hechizó al corazón enamorado

De su amor con los torpes maleficios:

Le arrastró con su amor desesperado

Á los más insensatos sacrificios,

Y le inmoló su honor, su fe, su calma,

Y, renunciando á Dios, vendió su alma.

Misteriosa pasión devastadora,

Inexplicable, incomprensible, insana,

Voy á lanzarme en tu región ahora.

Yo, en el templo de amor alma profana,

Yo, cuya inspiración amó hasta ahora

Las bellas sombras de la edad lejana,

Voy á hundirme en la sima en que se encierra

El infierno á que amor llama la tierra.

Pasión irresistible, cuya esencia

Se compone de hiel y fuego y lava,

Cuyo instinto feroz con complacencia

Al alma ve del corazón esclava,

Cuyo aliento letal de la existencia

Consume el germen y el vigor acaba;

Vil pasión de la fe competidora,

Tú sola puedes inspirarme ahora.

Ven, pues, á germinar en mi garganta

El secreto poder de los hechizos

Con que tu magia al universo encanta:

En mis palabras pon los bebedizos

Con que al amor tu espíritu amamanta,

Con que hace á los creyentes tornadizos;

Para cantarte, en fin, pon en mi seno

De tu esencia infernal todo el veneno.

Corazón de Boabdil, ante mis ojos

El libro pon de tu secreta historia;

Dame á leer los sueños, los antojos

Que te hicieron perder imperio y gloria,

Que de Dios te atrajeron los enojos,

Que mancharon tu vida y tu memoria,

Que te dieron al fin fatal y obscura

Muerte sin funeral ni sepultura.

¡Venid á mis conjuros!, yo os evoco,

Sombras enamoradas de Baena;

Almas á quienes dió por su amor loco

Lecho la eternidad, la vida pena;

Tú, hermosa, á cuyo amor faltó bien poco

Para abrazar traidor la fe agarena,

Y tú, africano Rey, cuya alma insana

Vendió su corazón á una cristiana.

Á la vida volved por un momento:

Recobrad vuestro sér á mi conjuro,

Vuestra faz, vuestra voz y movimiento:

Mas sólo lo poético y lo puro

De vuestro sér tomad, y al pensamiento

Mostraos á través del tiempo obscuro

Como fantasmas blancos y halagüeños,

Cual sombras puras de encantados sueños.

I

Descuella del castillo de Baena

La torre superior del homenaje

Sobre las otras torres de su fábrica,

Cual pino erguido sobre humildes sauces.

Compónese esta antigua fortaleza

De un vasto cuadrilátero que, iguales,

Flanquean cuatro torres, que en sus ángulos

Colocadas se ven y equidistantes,

Y á las que unen de robustos muros

Cuatro sólidos lienzos, según arte

Militar de aquel tiempo, coronados

De almenas, aspilleras y baluartes.

De cada lienzo en la extensión, esbeltos,

Cuatro torreoncillos sobresalen,

Que á la par que duplican la defensa,

Dan adorno á su fábrica elegante.

Estos lindos y aéreos torreones

Del muro en la mitad toman arranque,

Y en él apoyan sus ligeros cubos

Rematando en graciosas espirales,

Y, en el muro colgados, asemejan

Borlones de arabesco cortinaje,

Y sus cabezas almenadas, nidos

De cigüeñas y de águilas rëales.

En medio de esta fábrica se eleva

La torre principal, de la que parten

Cuatro arcadas que, uniéndola á los muros,

Su comunicación mantienen fácil.

Dividida en dos cuerpos esta torre,

Concluye el inferior en un adarve

Sobre el que cuatro puentes levadizos

Dejan aislada la maciza base:

De modo que si en caso de un asalto

Los muros exteriores se ganasen,

Aun quedarán sus bravos defensores

Señores de su centro inexpugnable.

Del cuerpo superior se alza orgullosa

La cabeza magnífica y gigante,

Ceñida de almenados torreones

En que ondea de Cabra el estandarte:

Y le cerca, partido por los puentes,

Hermoseando los sólidos adarves,

Un cinturón de huertos y jardines,

Copia gentil de los pensiles árabes.

Recreo de sus nobles Castellanos,

Cuando tiempo les dejan sus afanes

Guerreros ó políticos, en ellos

Se entregan á domésticos solaces.

La Condensa de Cabra al fin del día

Á sus floridos cenadores sale,

Y sus hijas en ellos de preciosas

Plantas cultivan tiestos á millares.

Y desde lejos á las dos hermanas

Viendo vagar entre sus flores y árboles,

Tal vez las cree el patán supersticioso

Del castillo los genios tutelares.

Tal es la fortaleza de Baena

Cuya historia es famosa en los romances,

Y á cuya antigua fábrica del mío

La descosida narración nos trae.

II

Es una noche clara en que ilumina

El firmamento azul la luna llena,

Con esa luz templada y argentina

Que extiende por la atmósfera serena

Un velo de fantástica neblina.

Las torres del castillo de Baena

Vense á su tibia claridad distintas,

Tomando en ella nacaradas tintas.

En paz reposa el señorial castillo;

Todo tranquilo en su recinto calla:

Del vigía que vela en el rastrillo

Y el centinela puesto en la muralla,

De las móviles armas radia el brillo:

Todo cerrado y barreado se halla;

No hay más que una ventana que no encaje

En la torre feudal del homenaje.

De ella asomado á la robusta reja

Contempla la campiña un prisionero,

Y á su ánima vagar por ella deja,

Dando un solaz mezquino y pasajero

Al rudo afán que el corazón le aqueja,

Y al pie de su ventana un ballestero

Vigila en el adarve, murmurando

La estrofa de un cantar de cuando en cuando.

Mas no es tan sólo al campo á lo que mira,

Sin duda, el melancólico cautivo;

Ni es para la aflicción con que suspira

La libertad el solo lenitivo.

Lo que espera no es, ni á lo que aspira,

Seña exterior, ni á verse fugitivo:

Su esperanza tal vez está pendiente

En un balcón del torreón de Oriente.

De él su mirada pertinaz no quita,

De su reja teniéndole frontero:

Mas que sorprenda cuidadoso evita

Su mirada el sombrío ballestero,

Cuya curiosidad acaso excita

La vigilia tenaz del prisionero;

Es ya empero la noche bien entrada

Y nada justifica su mirada.

La media noche al fin cantó el vigía,

Cuando he aquí que del balcón del muro

Lentamente se abrió la celosía;

Hundióse de su cárcel en lo obscuro

Al ver el prisionero que se abría,

Y á poco en la región del aire puro,

De una guzla morisca acompañada,

Se derramó una voz á ella acordada.

Y bien fuera por seña convenida,

Ó por acaso inmeditado fuera,

La guzla tras la reja fué tañida,

Del balcón al abrirse la vidriera:

Mas entonada por azar ú oída

Desde el balcón por alguien que la espera,

El cautivo esta cántiga entonaba,

Y hasta el balcón el viento la llevaba.

SERENATA MORISCA

ESTRIBILLO

Azucena--de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa--Nazarena,

Abre á mi canto tu celosía:

Abre, Sultana del alma mía.

1.ª

Sultana hermosa de los jardines,

Ramo de mirra, tazón de flores,

Bajo la huella de tus chapines

Nacen rosales, mirto y jazmines:

En cuyas ramas llenas de olores

Hacen su nido los colorines,

Duermen los genios de los amores,

Y buscan sombra los serafines.

¿Dónde hay belleza de criatura

Que se compare con tu hermosura?

Tienes el cuello airoso

De la paloma,

Y el aliento oloroso

Como el aroma;

Tus ojos puros

Son ojos de gazela,

Dulces y obscuros.

Cristiana bella,

Por ver un rayo de tu mirada,

Sentir tu aliento, seguir tu huella,

Yo te daría

El mejor carmen de mi Granada,

Mi mejor torre de Andalucía.

ESTRIBILLO

Azucena--de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa--Nazarena,

Abre á mi canto tu celosía:

Abre, Sultana del alma mía.

2.ª

Sultana, hermana de las huríes,

Que los jardines del cielo moran,

Tus dos mejillas son carmesíes

Como granadas que se coloran;

Tus labios rojos como rubíes,

Y me parecen cuando sonríes

Los dientes puros que en sí atesoran,

Corderos blancos entre alhelíes.

¿Quién es el hombre que te merece?

¿Quién la que hermosa te se parece?

Tu cintura es esbelta

Como las palmas;

Tu cabellera suelta,

Red de las almas;

Suave tu acento

Como el rumor del agua

Y el són del viento.

Cristiana hermosa,

De tus cabellos por solo un rizo,

Por tu sonrisa más desdeñosa,

Yo te daría

Mi castillejo más fronterizo,

Mi mejor puerto de Andalucía.

ESTRIBILLO

Azucena--de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa--Nazarena,

Abre á mi canto tu celosía:

Abre, Sultana del alma mía.

3.ª

Si tú admitieras, linda cristiana,

Las verdaderas creencias mías,

Á mi suntuosa corte africana

Como mi esposa me seguirías.

Tendrías fiestas todos los días,

Sortija y toros cada semana,

Y en mis palacios habitarías

De mis vasallos como Sultana.

¿Quién no te hablara puesto de hinojos?

¿Quién en ti osara poner los ojos?

Garza sobre una peña

Mal anidada,

Ven conmigo á ser dueña

De mi Granada.

Vuela sin ruido,

Las torres del Alhambra

Serán tu nido.

Bella cristiana,

Si te vinieras á ser mi esposa,

Para que fueras sola y Sultana

Yo te daría

Para tu esclava mi alma amorosa,

Para tu alcázar mi Andalucía.

ESTRIBILLO

Azucena--de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa--Nazarena,

Ven á ser Reina de Andalucía.

Ven ¡oh Sultana del alma mía!

Así dando la voz y el instrumento

El amante cantar por concluído,

Calló la guzla y expiró el acento:

De sus últimas notas el sonido

Fugaz el eco remedó en el viento

Con un suave y dulcísimo gemido.

Y al perderse en el aire la harmonía,

Se cerró del balcón la celosía.

Fin de los versos contenidos en el tomo segundo.

Zorrilla no pasó de aquí en su composición del POEMA Á GRANADA. Durante

los cuarenta años transcurridos desde que imprimió esos últimos versos

hasta su muerte, ofrecía continuar la obra, á veces dando á entender

que iba á constar de varios tomos, á veces de sólo un tercero, que dejó

anunciado en este segundo como próximo á publicarse. Sin embargo, ni en

las lecturas privadas que hacía constantemente de sus composiciones, ni

en los apuntes ó fragmentos de ellas que se han encontrado entre sus

papeles, figuraron nunca trozos inéditos del POEMA ó proyectos alusivos

á su desarrollo y terminación. Últimamente, cuando en 1889 el poeta fué

coronado en Granada, dijo que si se le alojaba un año en la Alhambra

escribiría ese tomo tercero, sobre el cual fundaba muchas ilusiones,

aunque no se detuvo á explicarlas, ni menos á indicar los resortes

artísticos de que iba á valerse.

Es, pues, de presumir que Zorrilla llevaba en su cerebro el POEMA,

y en disposición á toda hora de vaciarlo sobre el papel sin grandes

preparaciones, como sin ellas había vaciado tantos miles de versos en

leyendas, odas, dramas y romances, más pronto quizá compuestos que

concebidos. Todo puede creerse de su oriental fantasía, que esta vez se

cansó, por desgracia, antes de concluir una obra guardada para sí sola

en los anales del Parnaso español.

[Ilustración]

ÍNDICE

DE LOS

TÍTULOS CORRESPONDIENTES Á LAS DIVERSAS PARTES DEL POEMA

TOMO PRIMERO

DEDICATORIA Á DON BARTOLOMÉ MURIEL

PÁGINAS

Fantasía 17

Las dos luces 31

Inspiración 44

LEYENDA DE AL-HAMAR

_Libro de los sueños_ 49

_Libro de las Perlas_ 69

_Libro de los Alcázares_ 95

Alhambra 100

Generalife 103

Al-Hamar en sus Alcázares 109

_Libro de los espíritus._

Recuerdos 117

La carrera 127

_Libro de las Nieves._

Inspiración 147

La carrera 151

Alcázar de Azäel 162

GRANADA.--POEMA

_Libro primero.--Exposición._

Invocación 191

Narración 205

_Libro segundo.--Las Sultanas._

El camarín de Lindaraja 223

El salón de Comares 251

_Libro tercero.--Zahara._

Gonzalo Arias de Saavedra 263

TOMO SEGUNDO

Invocación 5

_Libro cuarto.--Azäel._ 9

_Libro quinto._

Introducción 67

Narración 71

_Libro sexto._

Las torres de la Alhambra 117

Narración 122

_Libro séptimo._ 189

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2 · 第 8 / 9 段