Sereno sobre su silla,

Con mirada centelleante

Espía un propicio instante

En liza tan desigual,

En tanto que en torno suyo

Van los tres caracoleando,

Á cada vuelta cerrando

La peligrosa espiral.

Giraba él en ellos puesta

La vista: por todas partes

Hallaba un arma funesta

Dirigida contra él.

Vió al fin que un potro rebelde

Se mostraba, y contra él hizo

Un amago: espantadizo

Encabritóse el corcel.

Hirió y arrancó, del círculo

Dentro, á escape jineteando,

Y á alguno siempre amagando

Con incierta rapidez;

Desigualó las distancias

Ciando, hiriendo y salvándose,

Y fué el círculo ensanchándose

Más y más de cada vez.

Ya sobre un lado fingía

Caer y sobre otro daba:

Ya al escape se tendía:

Ya diestro en firme paraba:

Ya de todos tres huía,

Y á todos tres amagaba

Y á salvo doquier hería

Con certera agilidad:

Hasta que romper logrando

La línea que manteniendo

Iban los tres, trabajando

Sobre el círculo y abriendo

Más sus distancias, girando

De repente, salió huyendo,

Un breve espacio ganando

Con extraña habilidad.

Cubierto entonces, tendido

Sobre su silla de pechos,

Comenzó á alargar los trechos

De unos á otros, y fué

Cargándoles uno á uno:

Con lo cual, hecha la suerte

De aquel combate moruno,

Echaron á tierra pie.

Moraima, que de lo alto

Miraba la escaramuza,

Á cada embestida y salto

Temblando por Abdilá,

Solamente sostenida

Por su ansiedad, en el mármol

Se sentó desvanecida

Al verla acabada ya.

Volvióse luego á su cámara.

¡Ay! todo lo comprendía:

Abdilá pasaba el día

Lección de armas en tomar.

Al fin lograba la madre

Hacer de su hijo un guerrero,

Tornándole áspero y fiero,

De su cariño á pesar.

Dos lunas después, por fruto

De este acendrado cariño

Dió Moraima á luz un niño

Que el porvenir la doró:

Y el Rey, un año más tarde,

Al prender á la briosa

Aixa, de Abdilá la esposa

En su torre encarceló.

Tal es su historia. Moraima,

La más triste de las moras,

Pasa allí sus largas horas

En silencio y soledad.

Moraima, que de su esposo

Encadenada á la huella,

Con él de su mala estrella

Parte la fatalidad.

La hermosa Sultana, pálida

De tez, mas de alma encendida,

Es la que está distraída

En su ajimez oriental.

Sabe que Abdilá está en salvo,

Mas pronto que vuelva espera

Á buscar la compañera

De su destino fatal.

Y vendrá: también lo sabe

Cuando al ajimez se asoma;

Lo sabe, sí: una paloma,

Mensajero fiel de amor,

Por mano desconocida

Enviada hasta su ventana,

Trajo un día á la Sultana

Un papel consolador.

Un Africano, jinete

Sobre mi corcel del desierto,

Llegó al camino encubierto

Sobre el que la torre da

Con temeraria osadía,

Y atada á un cordón de seda

La alzó hasta la celosía

Diciendo: «Abrid á Abdilá.»

Al ruido que en ella hicieron

Las alas de la paloma,

Abre Moraima y se asoma,

Y, asiéndola con placer,

Mira al audaz que esto osara:

Mas él huyendo, por única

Despedida, en voz muy clara,

Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»

Su pronta vuelta anunciaba

Del Príncipe la misiva:

Desde entonces la cautiva

Cada noche le aguardó:

Y aislada en aquella torre

Y sin amigos por fuera,

Á Aly-Athár y á Abdil espera

Como el papel prometió.

El modo, el día... lo ignora:

Espera que se los traiga

La fortuna protectora,

Y espéralos con afán.

Mas no está sola Moraima

En su torre: hay otros seres

Que distracción y placeres

Y pruebas de amor la dan.

Consigo (sin los que aguarda)

Tiene entera su fortuna:

Su hijo que duerme en la cuna,

Su nodriza, esclava fiel,

Y un negrito enano y mudo,

Que inteligencia destella,

Distracción única de ella

Y ocupación sólo de él.

Ligero como una corza,

Sagaz como una serpiente

Y audaz como diligente,

Todo lo escucha y lo ve.

Leal como un falderillo,

Pero con bríos de alano,

Doquier se tiende el enano

De su hermosa dueña al pie.

Mudo, jamás incomoda

Con plática inoportuna,

Pero no hay idea alguna

Que no sepa él expresar.

Los guardas le dejan libre

Teniéndole por salvaje,

Y no hay más astuto paje

En el reino de Alhamar.

Ni su forma es repugnante

Por sus defectos nativos,

Ni sus gestos expresivos

Mohines ingratos son:

La gracia de su sonrisa

De modo su rostro alegra,

Que se lee tras su faz negra

El placer del corazón.

Nada hay en él que amedrente,

Nada en su exterior que extrañe;

Nada en su interior que dañe;

Ni expresa su negra faz

La envidia, el pesar ó el odio

Que otros seres imperfectos

Abrigan con sus defectos

En su alma uraña y falaz.

No al ver la ajena hermosura

Su deformidad deplora;

Ve la hermosura y la adora

Con sincera admiración;

Sér mezquino en proporciones

Le formó naturaleza,

Mas bajo negra corteza

Le dió blanco el corazón.

Ve en Moraima el infortunio

Y leal la compadece;

Ve la hermosura, y se ofrece

Del débil y hermoso sér

En servicio: y admirando

La beldad sin pesadumbre,

Acepta su servidumbre

Como justa y con placer.

Amigo, juglar y esclavo,

Empléase en todo oficio

Y abarca todo servicio

De interior utilidad.

Entretiene la tristeza

Con sus juegos de destreza,

Y penetra con su instinto

La exterior seguridad.

Tal es la real servidumbre

Que asiste á la hermosa Mora

En la prisión en que llora,

Corta y débil, pero fiel.

Tal es el mejor amigo

De Moraima, el Nubio enano

Que de su amparo al abrigo

Vive, y se llama Kaël.

Ahora, y mientras Moraima

De tristes memorias presa

En recuerdos se embelesa

Asomada al mirador,

Duerme el negrillo á la sombra

Del lecho de la nodriza

Sobre el paño que tapiza

El alhamí en derredor.

Todo calla: permanece

Inmoble al balcón Moraima:

La noche se lobreguece,

Ausente la luna ya.

Ni una estrella en el espacio:

Todo es silencio y tinieblas

Dentro y fuera del palacio;

Mudo el universo está.

He aquí que, como avisado

Por algún sér misterioso,

El negrillo desvelado

La cabeza enderezó,

Y con la boca entreabierta,

Sin alentar, y clavados

Los ojos sobre la puerta,

Por un instante quedó.

Nada se oía: el instinto

De su raza le advertía

Un riesgo que todavía

Se escapaba del poder

De los sentidos: sólo era

Voz de su presentimiento,

No voz, rumor ni lamento

Que oirse pudiera hacer.

Él, empero, á deslizarse

Comenzó sobre la alfombra,

Llegando como una sombra

Hasta la puerta exterior:

Mas al pegar al encaje

De sus hojas el oído,

Le hirió otro distinto ruido

Que entró por el mirador.

Volvió un punto á su absoluta

Inmovilidad, tendiendo

La cabeza y conteniendo

La respiración Kaël.

Alumbró luego un relámpago

Su mirada inteligente,

Y al lejos confusamente

Se oyó trotar un corcel.

Sacó de su arrobamiento

Su rumor á la Sultana,

Que intentó con ansia vana

Las tinieblas penetrar.

Kaël, por las colgaduras

Trepando á la celosía,

Se puso el són que traía

El aire libre á escuchar.

Tal vez era algún viajero

Que á ver venía á Granada,

Tal vez algún mensajero,

Acaso algún mercader

Que, deseando temprano

Ganar la alcaicería,

Llegaba á la Alhambra ufano

Aun antes de amanecer.

Todavía no pisaba

El camino que circunda

De la Alhambra la alcazaba

Sombría, cuando Kaël,

De la ventana saltando

Con agilidad salvaje,

Corrió á la puerta, aplicando

El oído á su cancel.

Moraima, á sus pantomimas

Y señas acostumbrada,

Con impaciente mirada

Explicación le pidió.

Kaël, pasando una mano

Alrededor de su frente

É irguiéndose altivamente,

Á Aixa por allí anunció.

¿Y el caballo? preguntóle

La bella Mora temblando;

Y al mirador señalando

Y con los brazos Kaël

De un ave imitando el vuelo

Y leer ansiosamente

Fingiendo, trajo á su mente

La paloma y el papel.

Moraima, aún no asegurada

De comprenderle, le hizo

Su pregunta reiterada,

Y él sus señas repitió.

Lanzóse ella á la ventana,

Mas detúvola él á punto

Que á la misma puerta junto

La voz de Aixa resonó.

--«Abre»--en su imperioso tono

Dijo con alguno hablando:

Y ante ella el portón girando,

Pareció bajo el dintel.

Ante su rostro severo

Calló Moraima, inclinándose,

Y fué á hacerla, prosternándose,

Larga _zalema_ Kaël.

Con una antorcha un esclavo

Seguía de Aixa la huella;

Cerró la puerta, y en ella

Quedóse el esclavo en pie:

Sin fijar la vista apenas

En Moraima, la Africana

En silencio á la ventana

Con paso altanero fué.

Mas no bien á su antepecho

Tocó, cuando al pie del muro,

Sobre el arrecife obscuro

Trotar al corcel se oyó.

Asomóse Aixa: el caballo

Paró en firme: cesó el ruido,

Y un ruiseñor, sorprendido

Tal vez al huir, silbó.

Sacando entonces del seno

Aixa un torzal muy delgado

Que tiene un plomillo atado

Á una punta, dijo:--_va_,--

Y por el balcón lanzóle

Prestando el oído atento.

Después de un breve momento,

Dijeron abajo:--_ya_.

Recogió el torzal la Mora,

Y de la bujía al brillo

Fué á examinar un anillo

Que volvía atado á él.

Él es--dijo--y una llave

En vez del anillo atando,

Tornó á arrojarle, tornando

Á oirse trotar el corcel.

Reinó un silencio completo

Por un instante. Moraima,

Con el corazón inquieto

Miraba á Aixa, sin osar

Interrumpirle: la esclava

Con el infante dormía,

Y el enanillo escuchaba,

Como Aixa, sin respirar.

Quietos, atentos, callados,

Parecían esculturas

Ó seres que allí encantados

Un Genio paralizó.

Confuso luego y lejano

Comenzó un rumor á oirse,

Que cada vez más cercano

Por grados se acrecentó.

Al principio fué un susurro

Suave, como el soñoliento

Rumor que produce el viento

Entre las hojas: después

Pareció que muchas voces

Hablaban en el camino

Por lo bajo, y al fin vino

El són claro tal cual es.

Ruido de pasos unidos,

Iguales y acompasados,

Pasos de muchos soldados

que avanzan con rapidez:

Y Moraima, no pudiendo

Contenerse, adelantóse

Á par de Aixa y asomóse

En silencio al ajimez.

Quitó la antorcha al esclavo

Y, asiéndose al cortinaje,

Al labrado barandaje

Trepó con ella Kaël.

Sacóla sobre el camino,

Y su roja llamarada

Reflejó en la gente armada

Que descendía por él.

Como una inmensa serpiente

Que se arrastra en la pradera,

Así su movible hilera

En torno ciñendo va

Del regio alcázar el muro,

Hasta sumirse en lo obscuro

De la bóveda excusada

Que sobre el camino da.

Subterráneos pasadizos

Que en los cimientos macizos

Labrar mandó de la _Torre_

_De los picos_ Alhamar,

Dan á una puerta de hierro,

Cuya boca honda y callada

No se cansa aquella armada

Muchedumbre de tragar.

Tal vez la traición ó el oro

Franquean aquella puerta,

Puesto que en silencio abierta

Da paso al largo cordón

De armados, que en ella se hunde

Cual procesión de fantasmas

Que unas en otras confunde

Febril imaginación.

Con fiebre á su vez las veía

Deslizarse una tras otra

Moraima, y no se atrevía

Á la Reina á interrogar,

Quien con altanera calma

Y semblante satisfecho,

Desde el calado antepecho

Las contemplaba pasar.

Como vagas creaciones

De un sueño, en el subterráneo

Jinetes tras de peones

Se hundieron: volvió el cancel

De la poterna á cerrarse,

Y tras él, desde la altura,

Del arrecife á la hondura

Lanzó su antorcha Kaël.

Entonces Aixa, volviéndose

Á Moraima, por la mano

Asiéndola y con ufano

Semblante detrás de sí

Llevándola, el aposento

Cruzó con ella callada

Hasta ponerla á la entrada

De su oriental alhamí.

Allí, del lecho que parte

Con su nodriza el dormido

Hijo de Abdilá, corrido

Teniendo ante ella el tapiz,

La dijo:--«Ahora, hija enteca

»De un árabe, débil planta

»De savia fría, levanta

»Con orgullo la cerviz.

»El sol que tras de la sierra

»Se elevará esta mañana,

»Te saludará Sultana,

»Pese el sangriento Muley.

»Encrespa, pues, tu flotante

»Melena rubia, leona

»Real, porque tu tierno infante

»Es desde hoy hijo de un Rey.»

Dijo, y comprendiólo todo

Moraima en aquel momento:

Mas aunque libre y contento

Dentro su pecho saltó

Su corazón, ante el vano

Orgullo de soberano

Ni aun el latido más leve

En holocausto ofreció.

Abrazó, con sus caricias

Despertándole, á su hijo:

Mas únicamente dijo,

Con inquietud juvenil,

Volviéndose á la Africana:

--«¿Pero supongo, Sultana,

»Qué me ha traído esa gente

»Á mi esposo Abú-Abdil?»

Miróla Aixa como un águila

Mira, dejándola ir viva,

Á una alondra fugitiva

Que encuentra por su región,

Con esa mirada propia

De los seres colosales

Que á los débiles mortales

Sólo otorgan compasión.

Criaturas fuertes, y almas

Todas vigor, que calculan

Por el que ellas acumulan

El vigor de las demás:

Almas en quien arde virgen

La luz de su fe divina,

Mas para quien no ilumina

Su luz la tierra jamás.

Seres dueños de los ímpetus

De las terrenas pasiones,

Que juzgan los corazones

Del suyo por la virtud,

Y que siguen inflexibles

El carril de sus deberes,

Creyendo á todos los seres

Con su firme rectitud.

Seres que nacen en tiempos

Indignos de ellos; de gente

Que arrastra cobardemente

Su existencia terrenal:

Seres que bajo su siglo

Se sepultan con fiereza,

Sin humillar la cabeza

Ante su siglo fatal.

Tal fué Aixa y tal la fría

Mirada que echó á Moraima

Que trémula la sentía

Sobre su frente pesar:

Tales estas dos mujeres

Iguales sólo en fortuna:

Débil cual las flores una,

Otra fiera como el mar.

El silencio de un momento

Que produjo esta mirada

Kaël con un movimiento

De alegría interrumpió.

Corrió á la puerta, el oído

Á sus hojas aplicando,

Y ufano á los pies saltando

De su señora volvió.

Pasos presurosos, rápidos

Por los jardines se oían,

Y luces se percibían

De los vidrios á través:

Aixa exclamó:--«Ahí le tienes:

»Por suerte no es tan villano

»Que como un perro cristiano

»Venga á tenderse á tus pies.»

Dijo: mas ya no la oía

Moraima, que entrelazados

Sus bellos brazos tenía

Al cuello de Abú-Abdil:

Y el viejo Aly-Athár, que entraba

Detrás del Rey, de su hija

Embebido contemplaba

El arrebato infantil.

Ella, soltando al esposo,

Corrió á los brazos del padre,

Que los abrió cariñoso,

Y olvidando la ocasión

En que se encontraba, en ellos

La levantó como á un niño

De su paternal cariño

En la expansiva efusión.

Hasta los negros esclavos

Que alumbraron tal escena

Su emoción con harta pena

Pudieron disimular.

Aixa tan sólo inactiva

Y silenciosa á sus brazos

Con circunspección altiva

Dejó á Abú-Abdil llegar.

Y le abrazó: más diciéndole:

«Abdil, ya estás en el trono:

»Tuyo es, y el cielo en tu abono

»Contra la injusticia está:

»Piensa, empero, que Aláh es justo

»Y que con airada mano

»Quita el trono al Rey villano

»Lo mismo que se le da.

»No olvides que á la fortuna,

»De los valientes amiga,

»Sólo el valiente la obliga

»Y huye del cobarde vil.

»Como hombre, pues, sube al trono;

»Mas si Aláh al fin te abandona,

»No bajes de él sin corona,

»Sino sin cabeza, Abdil.»

Diciendo así, la Africana

Abandonó el aposento,

Y ocupáronse al momento

Los fuertes por Abdilá,

En el silencio nocturno

Sorprendiendo á los soldados

Á quien los dejó fiados

Muley, que hacia Alhama va.

IV

El sol, al asomar por el Oriente,

Del Rey Abú-Abdil vió la bandera

Flotar sobre la Alhambra y por su gente

Guarnecida á Granada. Nueva era

Comenzaba á correr, y alegremente

Corrió la muchedumbre novelera,

Al vencido Muley abandonando,

Del nuevo Rey á acrecentar el bando.

¡Clemente Aláh, cuya potente mano

Los imperios del polvo creadora

Engendra y los reduce á polvo vano,

Según tu santa ley niveladora

De la humildad y del orgullo humano:

Tiéndela pío hacia la gente mora!

¿Qué va á ser de ella en guerra fratricida

Entre el padre y el hijo dividida?

LIBRO SÉPTIMO

I

¿Quién acota los fallos del destino

Ni el pie sujeta de la errante fama,

En medio del incógnito camino

Por do rauda sus nuevas desparrama?

Su voz por el cristiano y granadino

Reino la historia pregonó de Alhama,

Y á par en su defensa como buenos

Se arrojaron Cristianos y Agarenos.

Por recobrarla Hasán, desde Granada

Corrió con su veloz caballería,

Y á defenderla en masa levantada

Acudió la cristiana Andalucía.

Salió al campo Fernando: su morada

Abandonó Isabel, y lució el día

En que á mortal y decisiva guerra

Se aprestó de una vez la Hispana tierra.

Juntó Muley cincuenta mil guerreros

De Alhama al avanzar por el camino,

Á cinco mil valientes caballeros

Que trae del territorio granadino;

Y en el valle á la vez por cien senderos

Lanzando de su gente el torbellino,

En alas de la rabia que le inflama

Llegó el viejo feroz al pie de Alhama.

La voz de la morisca muchedumbre

La roca estremeció donde se asienta;

Mas Ponce de León, desde la cumbre

La voz oyendo de la grey sedienta

De su sangre leal, la pesadumbre

Para aumentar del árabe y la afrenta,

Elevó las banderas Alhameñas

Al par de sus católicas enseñas.

Al verlas de los muros en la cima

Ondear Muley, con la encendida saña

De quien su honor manchado en nada estima

El asalto emprendió de la montaña;

Mas era el jefe que velaba encima

El más ilustre capitán de España,

Y á la amenaza de Muley rabiosa

Contestó con sonrisa desdeñosa.

Vió el árabe Monarca esta sonrisa,

Y al punto comprendió con pesadumbre

Que su impotencia el de León le avisa

Para asaltar la inaccesible cumbre.

De venganza la sed dióle más prisa

Que discurso, y fió en la muchedumbre,

Y vió que sin inmensa artillería

Jamás á los cristianos rendiría.

Tarde lo vió; mas viendo con despecho

Que arriesgaba el honor y el tiempo urgía,

Él mismo por el áspero repecho

Sus gentes al asalto conducía:

Y en impaciencia y en furor deshecho,

Contemplaba que sólo conseguía

Abrir á sus valientes sepultura

De aquellos precipicios en la hondura.

La encanecida barba se mesaba

El iracundo Rey, y de la empresa

No desistir en su furor juraba

Hasta cobrar la codiciada presa:

Correos tras correos despachaba

Máquinas de batir á toda priesa

Demandando, y tenaz en tal intento

Ante Alhama plantó su campamento.

Los peñascos minó, los manantiales

Cegó que daban agua á los sitiados,

Y de la villa en derrededor sus reales

Circunvalando, les dejó bloqueados.

Pronto de su constancia las fatales

Consecuencias sintieron los cercados,

Viendo que, sin socorro pronto y fuerte,

Su esperanza mejor era la muerte.

El valeroso capitán cristiano,

Que el apellido de León tenía,

Sin dar tregua al discurso ni á la mano,

Su valor de León no desmentía:

Y viéndole al peligro el más cercano,

Siempre y doquier en vela noche y día,

No hubo ni un solo cristiano que cejara

Ni que matar por él no se dejara.

Infatigable, impávido, tranquilo,

Con el valor del héroe sereno,

Salió seis veces por oculto silo

El campo á sorprender del Agareno;

De agua otras cien por conservar un hilo

Que de un peñasco les quedó en el seno,

Peleó con el fango á la rodilla

Mientras bebían de él los de la villa.

En vano gran refuerzo poderoso

De hondas, ribadoquines y lombardas

Llegó por fin al Árabe orgulloso;

Él con sus arcabuces y espingardas

Continuo fuego sustentó animoso;

Y aunque ya asaz por el cansancio tardas

Las manos, de tronar sobre las rocas

Jamás cesaron sus ardientes bocas.

Asombrado Muley de tanto arrojo,

Pactos amigos al Marqués propuso;

Mas Ponce de León, con grande enojo,

Á sus mensajes sin dudar repuso:

--«Cuando en Alhama mi estandarte rojo

»Roja de sangre infiel mi mano puso,

»No fué para quitarle á tu venida,

»Sino bajo él para dejar la vida.»

--«Pues bien, dijo Muley, serás mi esclavo,

Ya que no te contenta ser mi amigo.»

--«Mejor me está la esclavitud al cabo.»

Replicó fieramente D. Rodrigo.

--«Muere, pues,» dijo al irse el viejo bravo.

--«Dios de mi honrado fin será testigo.»

Dijo el Marqués; y el Moro y el Cristiano

Volvieron á sus armas á echar mano.

Ensordeció otra vez la artillería

Los precipicios cóncavos de Alhama,

Y el cristiano valor vió en su agonía

De su esperanza vacilar la llama.

Habían hecho ya cuanto podía

Hacerse por la patria y por la fama

Los Castellanos, mas al fin, mortales

Se agotaban sus fuerzas corporales.

Rayaba ya la postrimera aurora

Que podía alumbrar su resistencia:

Postrer asalto de la hueste mora

Iba fin á poner á su existencia,

Y, viendo sin pavor su última hora,

De su muerte aguardaban la sentencia;

Mas Dios, que no abandona al buen cristiano,

Entre Alhama y Muley tendió su mano.

La luz de las hogueras con que invoca

Socorro el pueblo á la invasión expuesto,

De ciudad en ciudad, de roca en roca,

Se difundió por el país bien presto;

Y al resplandor que á pelear convoca,

El peligro de Alhama manifiesto,

De Cristo por los campos andaluces

Avanzaron las lanzas y las cruces.

Alonso de Aguilar, el compañero

De armas de Ponce de León, la gente

De sus estados allegó el primero;

Y cruzando los montes diligente,

Como una estatua de bruñido acero

Asomó sobre un cerro del Oriente.

Y el sol, como un fantasma de luz y oro

La presentó á la vista del Rey moro.

Los hermanos Girón, de Calatrava

Con la legión ecuestre aparecieron

Por un valle de sauces: con su brava

Infantería por el Sur salieron

Los Córdobas de Cabra, y por la caba

De un monte que al cruzarle descubrieron,

Asomaron, los dos bajo una enseña,

El Conde de Alcaudete y el de Ureña.

Mirábalos Muley considerando

Su fuerza escasa para serios fines,

Y se aprestaba á cometerlos, cuando

Del montuoso horizonte á los confines

Vió de peones numeroso bando,

Y en el agudo són de sus clarines

Conoció y en sus cárdenos pendones

De Enrique de Guzmán los escuadrones.

Con ira entonces comprendió que junto

Un ejército entero en su mal era,

É impío blasfemó, viendo en un punto

Venir sobre él la Cristiandad entera;

Y mirando avanzar en buen conjunto

Los jinetes cristianos por doquiera,

Cual jabalí acosado por los perros

Alzó su campo y se acogió á los cerros.

Desde ellos vió con cólera impotente

Sus postigos abrir á los de Alhama;

Y echando al corazón la mano ardiente,

Á contener la hiel que se derrama

En sus hinchados vasos, y la frente

Al peso del baldón que se la infama

Doblando, con ahogado y ronco grito

Exclamó: «¡Alahú akbar! estaba escrito.»

Entonces silencioso y cabizbajo

De sus gentes cubrió la retirada,

Rechazando por sí, no sin trabajo,

De las huestes de Ureña una avanzada.

Cuando en salvo la vió, por un atajo

Se encaminó otra vez hacia Granada,

Seguido de unos pocos caballeros

De su aciaga fortuna compañeros.

Mas ¡ay! su estrella en la gentil Granada

Para siempre su luz obscurecía,

Y era ya aquella la postrer jornada

Que hacer por ella como Rey debía.

Ya en la Alhambra, de rayos coronada,

Estrella más feliz resplandecía,

Y á otro pendón que al de Muley su gloria

Otorgaba versátil la victoria.

En la vega al entrar, de una colina

Al revolver el áspero sendero,

De la luna á la lumbre mortecina

Vió correr hacia él un caballero.

Era un doncel de raza granadina

Que, ante él parando el fatigado overo,

Dijo con voz por la carrera ahogada:

--«Tente, Señor: no vuelvas á Granada.»

--«¿Por qué?»--dijo Muley.--«Porque ya llegas

Tarde: de ella Abdilá se ha apoderado.»

--«¿Y mi Wazir Abú-l'Kasín-Ben-Egas?»

--«Está en los Alixares encerrado.»

--«¿Y mi Zoraya?»--«De las turbas ciegas

Por milagro no más se ha libertado:

Los pocos fieles que te quedan vivos,

Te buscan por la sierra fugitivos.»

--«¿Todo pues lo perdí?--La honra te queda.

--Te engañas, infeliz; sin ella vengo.

--La puedes recobrar mientras que leda

Se conserve tu fe.--Ya no la tengo

Tampoco: es fuerza que al destino ceda;

Su ley fatal á obedecer me avengo.

--Aún te resta, señor, una esperanza.

--¿Cuál?--La mejor de todas: la venganza.

--Tienes razón. ¿Podemos todavía

En el alcázar penetrar?--Acaso:

Si te ayuda tu intrépida osadía,

Yo puedo abrirte hasta la Alhambra paso

En las tinieblas de la noche.--Guía:

Y si á ella subo, como frágil vaso

Quebrantaré de Aixa y de su hijo

La existencia fatal que Aláh maldijo.»

Y el Rey, á la venganza decidido,

Á los que son con él la faz volviendo

Les dijo: «Á este mancebo habéis oído;

Uniros á mi suerte no pretendo;

Abandonad, si os place, al Rey vencido.»

Mas la mano los Árabes poniendo

De los corvos alfanjes en los pomos,

Respondieron resueltos: «Tuyos somos.»

Metió Muley á su corcel la espuela,

Y echando por delante al Granadino,

Pensando en sorprender su ciudadela

Hacia Granada continuó el camino.

Mas ¡ay! en vano el hombre se rebela

Contra la ley de su fatal destino,

En vano avasallar quiere á la suerte:

La voluntad de Dios siempre es más fuerte.

Era la hora en que entregado al sueño

Abú-Abdil, en la Alhambra aposentado,

Soñaba con el bien de que era dueño,

Con el cetro que á Hasán había robado.

Aixa también, desarrugado el ceño,

Su saña habiendo y su ambición saciado,

Al fin vengada de su infiel esposo,

Entregábase en brazos del reposo.

Era todo silencio en el recinto

Del regio alcázar de la corte mora:

Reinaba en su dorado laberinto

Del descanso la paz reparadora,

Cuando el eco de un ¡ay! claro y distinto

De sala en sala retumbó á deshora,

Y el joven Rey, de sus estancias dueño,

Al eco de aquel ¡ay! rompió su sueño.

Oyólo al par la varonil Sultana

Su madre, y fuera del suntuoso lecho

Lanzándose veloz, á la ventana

Escuchó atentamente largo trecho.

Sus sentidos sutiles de Africana

Y el velador instinto de su pecho

La revelaron el terrible arcano

De aquel ¡ay! eco del dolor humano.

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2 · 第 5 / 9 段