Iba á dejar en brazos de las sombras

Á la tierra el crepúsculo: la vega,

El monte y la ciudad entre sus turbios

Vapores comenzaban á sumirse,

Y el ocaso, alumbrado todavía

Con desgarradas ráfagas de fuego,

Ultima luz que el sol reverberaba,

Teñía los collados con purpúreos

Resplandores de incendio. Á la cabeza

De su hueste Muley había apenas

Traspasado las puertas de Granada

Con dirección á Alhama, y en las torres,

En las murallas y altas azoteas,

Para verle salir, la muchedumbre

Se aglomeraba silenciosa y triste.

Sus alas ¡ay! sobre la gente mora

El genio del dolor tendido había;

Fatal presentimiento de amargura

Sus corazones lúgubre llenaba,

Y miraban tal vez indiferentes

De sus hermanos el socorro. Apenas

Algunos grupos de la plebe sórdida

Que al camino salieron vitoreaban

Pagados á Muley: ardid inútil

De política torpe que aumentaba

El desprecio del pueblo entristecido.

El rumor de los gritos desacordes

Confuso con las ráfagas llegaba

Hasta el alto mirab, en donde inquieta

Le escuchaba Zoraya tras las árabes

Labores de su espesa celosía.

Fijos los ojos, la mirada torva,

Presa de aquel fatal presentimiento

Que acaso con su atmósfera pesaba

Sobre la mora gente, la lectura

De su alméh favorita oía, empero

Sin escucharla. Á veces el oído

Hacia el rumor de la ciudad tendía,

Y la alméh se paraba, y en silencio

Quedaba el aposento hasta que vuelta

La favorita en sí decía «sigue»:

Mas desechados iban diez volúmenes

De distraer su espíritu incapaces.

Los peregrinos viajes y aventuras,

Los inspirados y divinos libros

Del Korán, las leyendas orientales

De los poetas de Damasco y Córdoba,

Desarrugar su ceño no podían

Ni atraer su atención; guerras, encantos,

Sueños, amores, himnos de alabanza

Á su propia hermosura dirigidos,

Pasaban por su oído resbalando

Como agua por encima de las rocas:

Y sin embargo, sus lecturas eran

En los célebres libros escogidas

De los más sabios escritores, siendo

Leídas con las gratas inflexiones

De una voz melodiosa, amaestrada

En el arte divino de la música,

Y en la recitación que alas de fuego

Presta á la encantadora poesía.

Á la luz de una lámpara de plata

Colocada en un trípode de concha,

La alméh, tomando el séptimo volumen,

Comenzaba á leer los puros versos

De Abú-Taleb-Abdel-Gebar, de Júcar,

Que cantó las victorias y virtudes

De los almorávides:--«Pasa, dijo

La impaciente Zoraya interrumpiéndola;

Otra leyenda busca;» y fué pasando

La alméh las hojas de su libro, en ellas

Sin posar su mirada la Zoraya

Diciendo distraída:--«¿Quién prosigue?

--Abí-Aly-Anás.--Pasa. ¿Quién otro?

--El faquí Zacaría.--¿De qué trata?

--Da consuelos al rey en la amargura

De sus pesares.--¿Cuáles eran?--Creo

Que él solo se salvó de una batalla.

--Lee: tal vez consolar logre los míos.

--Mas no me escuchas ¡oh Sultana!--Esclava,

Lee y obedece.» Prosiguió leyendo

La reprendida alméh y á su profunda

É inquieta distracción volvió Zoraya.

La deliciosa voz de la lectora

Resonaba en el cóncavo recinto

Del camarín, como el rumor continuo

De un arroyo que corre bajo el césped

Quebrando entre los guijos sus cristales:

Los harmoniosos versos del poeta

Árabe, recitados en su lengua

Riquísima, en los tonos é inflexiones

Dulces sin par del andaluz dialecto,

Resonaban en él inútilmente,

Y en su vacío espacio se perdían

Como el canto de un pájaro extraviado

En el llano infecundo del desierto.

Zoraya no escuchaba tiempo hacía

De la alméh la lectura: á los cristales

Del calado ajimez pegado el rostro,

Penetrar del crepúsculo anhelaba

La obscuridad creciente: pero en vano.

La ciudad se sumía en las tinieblas,

Y el rumor que llegaba hasta su oído

Era tan sordo, tan confuso y vago,

Que era imposible comprender su origen.

La humana voz asemejaba á veces

Ronco, amenazador, cual si en tumulto

Se agitara la plebe descontenta;

Otras, el triste é íntimo lamento

En que prorrumpe á un tiempo la familia

Que en derredor del padre moribundo

Su último aliento aguarda, y al lanzarle

En llanto universal rompe afligida.

Otras, gemido largo y misterioso,

Como si algún espíritu que, errante

Huyendo por la atmósfera, espantado

En sus vacíos senos le lanzara:

Mas siempre, siempre al comprender la Mora

Del rumor el origen verdadero,

Le encontraba con rabia producido

Por alguna bandada de palomas,

Ó por el són del aire en la arboleda,

Ó por la voz de algún pastor tardío

Que guiaba en los cerros su rebaño.

Y volvía á tenderse despechada

En los cojines blandos, y volvía

Á mandar continuar una lectura

Que no escuchaba, mas que el tiempo largo

De su impaciencia entretenía.--«Sigue,»

Decía á la lectora: mas un libro

Y otro libro hojeado uno por uno

Inútilmente había, y con tristeza

En silencio la alméh la contemplaba.

--«Sigue,» dijo con ímpetu la altiva

Favorita: y la alméh, postrada en tierra,

Dijo:--«Imposible continuar, Sultana.

--¿Por qué?--Porque tus libros uno á uno

Has ido desechando, y en sus hojas

No hay ya más que leer.--Busca otros nuevos.

--No poseemos más.--Pues toma un arpa

Y cántame..... distráeme..... entretenme.....

Si no, ¿de qué me sirves? ¿Qué te valen

Los talentos que encomian los imbéciles

Que te enviaron á mí?» La desdichada

Alméh, sus gracias y talento viendo

Denostados así, dobló la frente

Sobre su pecho, y abrasado llanto

Comenzó á derramar. Zoraya un punto

Permaneció en silencio contemplándola:

Empero en la impaciencia que la agita,

En la rabia tal vez que la devora

El vengativo corazón, ajena

Á toda compasión, díjola:--«Vete:

Para nada me sirves. Dí al primero

Que halles en esa cámara que venga

Á divertirme: un guardia, algún esclavo

Cuya cabeza al menos me responda

De su talento, si le falta. Vete.»

Salió la alméh: volvió á la celosía

Zoraya. Era ya noche: por doquiera

Extendida la sombra encapotaba

La tierra. Alguna luz pálida y trémula

Brillaba en los postigos entreabiertos

De las casas fronteras á la Alhambra,

Del ajeriz en el tranquilo barrio.

Más allá, por las calles angulosas

Del Albaycín, se oía sordamente

La voz de sus inquietos moradores

Elevarse en murmullo misterioso,

Como si sus vecinos, sus moradas

Dejando, por las calles reunidos

Con tumultuosa plática turbasen

La solitaria calma de la noche.

Zoraya en vano sondear quisiera

Lo que en el Albaycín pasa á estas horas.

Es el barrio que habitan los parciales

De Aixa y de su hijo, y en la torre

De Comares están de él fronteriza.

¿Quién sabe si el rumor que en su absoluta

Obscuridad del Albaycín se alza

Será efecto ó señal de inteligencia

Entre el barrio y la torre? ¡Oh! Tarda mucho

El Wazir en volver. ¿Si por desdicha

La partida del Rey infunde aliento

Á los conspiradores, y en las calles,

Tomadas ya, al Wazir han sorprendido?

Todo lo teme ya la favorita:

Pero todo lo ignora abandonada

En el mirab donde impaciente espera:

Y he aquí que, al volverse, de la entrada

Bajo el dintel y del tapiz delante

Ve un esclavo que aguarda silencioso.

ZORAYA

¿Qué quieres?

EL ESCLAVO

¡Oh Sultana! á ti me envía

La alméh que acaba de partir llorando

Despedida por ti.

ZORAYA

¿De dónde vienes?

ESCLAVO

De la ciudad.

ZORAYA

¿De la ciudad? ¿qué pasa

Allí?

ESCLAVO

Ya nada: de los muros lejos

Va ya Muley: el pueblo se retira

Después de haberle visto.

ZORAYA

¿Á despedirle

Mucha gente acudió?

ESCLAVO

Salió, Sultana,

Toda cuanta hay en la ciudad.

ZORAYA

¿Y viste

Á los del Albaycín?

ESCLAVO

Todos estaban

De la puerta Monaita en las alturas

Como bandada de águilas.

ZORAYA

¿Inquietos

Se mostraban sus grupos?

ESCLAVO

Al contrario:

Al Rey desde los altos despedían

Diciéndole: ¡buen viaje! y saludábanle

Con las manos de lejos.

ZORAYA

¿Y en qué sitio

Viste al Wazir?

ESCLAVO

Tras de las huestes queda

Hablando con el Rey.

ZORAYA

¿Tú estabas próximo

Á ellos?

ESCLAVO

Sí: mas en torno defendidos

Por centinelas platicaban ambos

En calma.

ZORAYA

Ea, pues, mientras espero

La vuelta del Wazir, ve cómo puedes

Distraer mi impaciencia; me fastidio.

¿Qué harás para alegrar á tu señora?

ESCLAVO

Manda, y veré si obedecerte puedo.

ZORAYA

¡Si puedes!

ESCLAVO

Sí, Sultana, soy Cristiano:

Me cautivaron en Jerez los Moros,

Y conservo mi fe. Si contra ella

Me mandaras obrar, perdona, pero

No te obedecería. Dios es antes

Para mí que la vida.--La Zoraya

Le oía de hito en hito contemplándole,

Y recordando que en sus venas corre

Sangre cristiana, chispeante y roja,

Con ardiente rubor la faz sentía:

Su niñez con vergüenza recordaba

Tímida ante el esclavo la señora:

Pronto, empero, repuesta y su sonrisa

Habitual en sus labios ver dejando,

Más terrible mil veces que su ceño,

Díjole:--«Eres cristiano..... enhorabuena.

Veamos lo que saben los cristianos

Para abreviar el tiempo á sus señores

Cuando pesa sobre ellos el fastidio,

Ó esperan, y esperar les importuna.

Dime: ¿En qué te ocupabas en tu patria?

--Era paje de un noble caballero

De Calatrava.--¿Cuál era tu oficio

Con él?--Le preparaba sus arneses,

Salía detrás de él á la campaña,

Me batía á su lado. Si vencíamos,

Dábamos gracias al Señor á un tiempo;

Si nos vencían y salía herido,

Le curaba, velándole constante

Junto á su lecho: y en salud completa

Ó en grave enfermedad, todas las noches

Devotas oraciones le leía,

Ó leyendas sagradas de la Biblia

Le recitaba. Así creí, Sultana,

Mi existencia pasar en su servicio

Mientras durara su existencia, y luego,

Admitido en la Orden, como noble

Pelear y morir en la defensa

De mi fe; Dios, empero, de otro modo

Lo dispuso, Sultana. Un día aciago,

Caminando la vuelta de Antequera,

Dió en nosotros un árabe algarada.

Viajábamos diez y ocho caballeros

Con otros tantos pajes, y los Moros

Eran un escuadrón; nos aprestamos

Á combatir: cayeron uno á uno

Los más valientes, mi señor entre ellos.

Yo, con intento de salvar su cuerpo

Ó perecer sobre él, lidié con ira,

Y Dios me castigó: caí cautivo,

Y pasto de los cuervos fué el cadáver

Del último Solís, hijo de Martos;

Su familia y la gloria de su casa

Acabaron en él. Tal es mi historia,

Sultana. Tuyo soy, manda á tu esclavo.»

La favorita de Muley sus ojos

Encendidos de cólera fijaba

Sobre los ojos del cautivo, en vano

De sus palabras la intención oculta

Profundizar queriendo. Ella, cristiana

Y de la raza de Solís nacida,

Era el último sér que se animaba

Con sangre de Solís. Aquel esclavo,

Servidor de su casa en otro tiempo,

La vió niña tal vez en el castillo

De la encomienda de su padre; ahora,

En Granada cautivo, ¿conocía

De su señor á la hija renegada?

Su presencia en la Alhambra, ¿era un agüero

Favorable ó funesto? ¿Era un amigo

Que velaba por ella? ¿Era un espía

Que traidor la acechaba? Los recuerdos

De su infancia dichosa y sus dormidos

Remordimientos, á la par alzándose

Como horribles espectros á su vista,

La helaron de terror. La sombra airada

De su ultrajado padre parecía

Que tras aquel cristiano á levantarse

Iba, y en el pavor supersticioso

De su alma criminal y en la nerviosa

Exaltación del miedo, sus miradas

Fijó en la puerta de la estancia. Ante ella,

Pálido como el mármol que sostiene

Su cincelada bóveda, sombrío

Cual fantasma del féretro evocado,

El viejo Aly-Mazer la contemplaba

En lúgubre silencio. Sus pupilas

Radiaban con fulgor siniestro y trémulo,

Y los hilos brillantes de sus rayos,

Como los de la baba poderosa

De la culebra, al estrellarse ardientes

En las pupilas de Zoraya, á ellas

Se adherían tenaces, é invisible

Extendiendo una red en torno suyo,

En sus mágicos nudos la envolvía,

Y el vigor de su sér paralizaba,

Aunque en su helado cuerpo arder sentía

La inquieta sangre como hirviente lava.

Subyugada, incapaz de movimiento,

Víctima de poder incomprensible,

Vió Zoraya cruzando el aposento

Llegar á Aly-Mazer con paso lento,

Su mágica influencia indefinible

Dominando su sér, y en su semblante

Su fulgente mirar teniendo fijo,

Con desdeñosa voz así la dijo:

--«¿Te fastidias, Sultana? ¿Te impacientas?

¿De tu infeliz alméh con las historias

Vacías de interés no te contentas?

¿Por qué no lees las íntimas memorias

Que en el fondo de tu ánima aposentas?

¿Por qué en vez de leyendas ilusorias

No lees sobre tu faz tu historia horrenda?

¿Crees que no hay interés en su leyenda?

Iguales son los fallos soberanos

Para todos: delira y entretente

Tu porvenir meciendo en sueños vanos:

Mas escrito tu horóscopo en tu frente

Llevas: sobre las rayas de tus manos

Tus ojos pon y le verás patente.

Naciste y morirás entre cristianos:

Y, más fatal que el de Abdilá, tu sino

La obscuridad te anuncia solamente;

Su estrella real apagará tu estrella:

Su destino anonada tu destino;

Extranjera á Granada, no hay en ella

Para tu raza impura

Ni trono, ni mansión, ni sepultura.

Esclava sin pudor, tu cuello doma

Al yugo de tu dueño; renegada

Sin fe y sin patria, el fugitivo aroma

De tu poder pasó: sobre Granada

De otro poder real el alba asoma;

Tú no posees sobre su tierra nada:

La estrella de Bu-Abdil, contraria tuya,

Es fuerza que al brillar tu luz destruya.»

Dijo el severo Aly, y con el cristiano

Partió, y á la Sultana fascinada

Un escrito al partir dejó en la mano.

II

Su vida y su vigor recobró al punto

Libre de Aly-Mazer ya la presencia,

Y al misterioso escrito echó Zoraya

Una mirada de pavura llena.

Criada desde niña entre los Árabes,

De la superstición de su creencia

Es víctima su espíritu, y con miedo

De él contempló las misteriosas letras.

El escrito es su horóscopo: los datos

De la consultación que le encabeza,

De su país, su raza y nacimiento

Son los nombres exactos y las fechas.

Un confuso dibujo cabalístico

Marca la conjunción de los planetas

Que, desde el punto en que nació, su vida

Dominan con su mágica influencia;

Y bajo el doble nombre entrelazado

Que entre Cristianos y Árabes conserva,

Explicando sus cálculos y signos

Se leía en arábigo esta letra:

«Cinco años será Cristiana,

Veinticinco será Mora,

Diez esclava y diez Sultana:

Mas su estrella protectora

Va á apagar antes de un hora

Otra estrella soberana.--

Ni Española ni Africana,

Ni de raza engendradora,

Morirá en tierra cristiana

Ni cautiva ni señora;

Odiada como tirana,

Oculta como traidora.»

Fijos aún los espantados ojos

En el fatal pronóstico, y apenas

Con tiempo de ocultarle, en la otra cámara

Oyó los pasos del Wazir Ben-Egas.

Dominó su emoción, dió á su semblante

Su expresión ordinaria, y de la puerta

Al dintel el Wazir apareciendo,

Diálogo se entabló de esta manera:

ZORAYA

¡Por Aláh, que impaciente te aguardaba!

EL WAZIR

Detúvome Muley más que quisiera

Mi impaciencia también.

ZORAYA

¿Partió?

EL WAZIR

Va lejos,

Sultana.

ZORAYA

¿Y la ciudad?

EL WAZIR

Tranquila queda.

ZORAYA

Del callado Albaycín la misteriosa

Obscuridad algún secreto encierra.

EL WAZIR

El que todos los barrios: por Alhama

Lloran con profundísima tristeza,

Y la ciudad por la perdida villa

Yace de luto universal cubierta.

ZORAYA

¿Y la Sultana? ¿Y Abdilá? ¿Qué órdenes

Con respecto á los dos Muley te deja?

EL WAZIR

¡El infierno sin duda les protege!

ZORAYA

Acaba de una vez: habla.

EL WAZIR

Funestas

Nuevas de ellos te traigo. El Rey no quiso

Que por su propia boca lo supieras.

Abdilá, descolgado por su madre,

Por un balcón huyó.

ZORAYA

¡Maldita sea

Mi confianza en ti! Siempre he temido

Que te burlara su infernal destreza.

Pero explícame en fin.....

EL WAZIR

Es imposible:

Todo se ignora aún.

ZORAYA

Pero ¿y la fuerza

De tu ley? ¿No eres tú juez de la Alhambra?

EL WAZIR

Muley prohibe que se emplee en ella

Mi autoridad, y manda que en su alcázar

No obedecida pero libre sea.

ZORAYA

¿Aixa libre en la Alhambra?

EL WAZIR

Sí.

ZORAYA

¿Acotada

Tu autoridad?

EL WAZIR

Prohibe que la ejerza

Contra ella.

ZORAYA

Wazir, te estás mofando.

EL WAZIR

No lo permita Aláh. Del Rey la letra

Conoces: lee sus órdenes escritas

Por él: esta es su ley mientras su ausencia:

«Sin potestad, mas libre, viva Aixa

Mi esposa, Abú-l'Kasín: la más pequeña

Ofensa ó vejación que sufrir la hagas,

La consideraré contra mí hecha.

La razón yo la sé: de la Sultana

Me respondes, Wazir, con la cabeza.»

ZORAYA

¡Oh! la mía se pierde en tal misterio.

EL WAZIR

Pero tal vez la mía le penetra.

He interrogado á Zil, á los esclavos

Que le sirvieron, á su guardia negra,

Y á la torre maldita sé que ha ido,

Que en Comares furioso entró á su vuelta,

Que estuvo allí con la Sultana á solas,

Que ella salió después altiva y fiera,

Y que Muley, sombrío y aterrado,

Libre la dejó ir, cielos y tierra

Diciendo que contra él se conjuraban,

De una impresión supersticiosa presa.

Pues bien, Zoraya, en esa torre creo

Que encontraré la explicación entera

De su superstición y de sus órdenes

Incomprensibles de hoy.

ZORAYA

Bien dices: vuela,

Wazir Abú-l'Kasín, vuela á esa torre,

Demuele sus murallas, y sus piedras

Registra una por una, y aprisiona

Sin piedad, interroga y atormenta

Al sér aciago que en la torre encuentres,

Hasta que des con la verdad.

EL WAZIR

Modera

Tu cólera, Sultana: todavía

Algo que hacer en la ciudad me resta.

En sus barrios acaso entre las sombras

Ya criminal conspiración fermenta,

Y es mi primer obligación á salvo

Ponerte á ti de su furor. Te esperan

Al postigo del Agua tus esclavos

Y una guardia leal que te defienda.

Vas á habitar los Alijares: este,

Más que regio palacio, es fortaleza,

Y en ausencia del Rey todo lo temo

De la Sultana audaz.

ZORAYA

Me desesperas,

Abú-l'Kasín con tu prudencia imbécil.

Cuando torne Muley, que la baile muerta,

Y nos dará las gracias.

EL WAZIR

Tú deliras,

Zoraya: eso sería en ancha hoguera

Tornar el fuego que debajo duerme

De la ceniza aún: mientras alienta

El Príncipe Abdilá, siempre los suyos

Tienen un capitán y una bandera:

Y en tanto que la madre está segura,

Rehén tenemos para el hijo en ella.

Vamos, y fía en mí; partamos antes

Que la luna en los cielos aparezca,

Porque importa que nadie se aperciba

De que el palacio de la Alhambra dejas

La Zoraya, cediendo á las razones

Del prudente Wazir, aunque la pesa,

Dejó el mirab y, en el espeso velo

Embozada la faz, siguió sus huellas.

De la torre del Agua en el postigo

Una escolta leal halló dispuesta,

Y al fuerte de los regios Alixares

La condujo el Wazir en las tinieblas.

Mas en el punto de partir, del muro

Donde la torre apoya á las almenas.

Una mujer que se asomó espiaba

La ruta por do van. Era la Reina.

III

Sobre el muro que el recinto

De la Alhambra real circunda,

Si en fortaleza segunda

Primera en esplendidez,

Hay una torre morisca

Frontera al Generalife,

Que sobre angosto arrecife

Abre un dorado ajimez.

Este arrecife tortuoso,

Que extiende sus líneas combas

Entre yedras y gayombas,

Madreselvas y jazmín,

Solitario, áspero, umbrío,

Parece el lecho de un río

Que dividió en otro tiempo

El alcázar del jardín.

Fresco, umbroso en el verano,

Abrigado en el invierno,

Gozando el verdor eterno

De la yedra y el laurel,

Es este oculto arrecife,

Lleno de sombra y misterio,

Huella oriental del imperio

De la raza de Ismael.

Á un lado, Generalife

De sus floridos verjeles

Le entolda con los laureles,

Le impregna de aromas mil;

Al otro, la Alhambra espléndida

Le fía por sus ventanas

De cautivas y sultanas

Toda su historia gentil.

De una parte le armonizan,

Por el lado de las flores,

Los canoros ruiseñores

Que anidan en el verjel:

De otra, por el del alcázar,

Opuesto al de los jardines,

Las zambras y los festines

Que se celebran en él.

Por un lado le engalana

La rica naturaleza,

Por otro le dan grandeza

Las cien torres de Alhamar;

Por allí muestra patente

Dios su creadora mano,

Por aquí del soberano

Se hace el poder acatar.

Tal vez en noche de estío,

Al són de un arpa morisca,

Desde el muro una odalisca

Entona amante canción,

Y algún colorín celoso,

Desde la verde floresta,

Con trino amante contesta

Del arpa amorosa al són.

En la ciudad empezando

Y abriendo paso á la sierra,

¿Quién sabe cuántos encierra

Secretos de honra y amor

Este encantado camino,

Bajo flores encubierto

Y sobre peñas abierto

De un palacio en derredor?

¡Cuánta hermosa enamorada

Intentó el arduo descenso

Del vacío espacio extenso

Que hay desde él á su balcón!

¡Y cuánto noble Africano

Cayó en su arenosa loma,

Muerto por oculta mano

Y por oculta razón!

No hay un pie de este camino

Que una tradición no hechice,

Que un nombre no poetice,

Ó dé un recuerdo valor.

La torre allí _de los Picos_

Se eleva, cuyos cimientos

Defienden encantamientos

De un sabio conjurador.

Allá la _de la Cautiva_,

Donde entre són de cadenas

Viene á lamentar sus penas

El alma de una mujer:

Allá la _puerta de Hierro_,

Por do su vida salvaron

Los Reyes á quien lanzaron

Sus vasallos del poder.

Y allí, en fin, el pie cercado

De adelfa y silvestres plantas,

La torre de _las Infantas_

Se alza con regia altivez,

Abriendo en su grueso muro,

Frontero á Generalife,

Encima del arrecife

Un misterioso ajimez.

Una graciosa ventana

De arabescos y labores

Orlada, cuyos colores

Minió maestro pincel:

Una ventana morisca

Que, en dibujos de oro envuelto,

Parte un pilarcillo esbelto

De mármol de Macaël:

Un mirador delicioso,

Cuyo arco filigranado

Está en redor festonado

Con leyendas del Korán;

Cuyos dos graciosos huecos

Ornados de medallones,

Hojas, nichos y agallones,

Contento á los ojos dan.

Mas ¿quién mora en esa torre

Donde jamás se percibe

Ni el rostro de quien la vive,

Ni ruido de humana voz?

Jamás de aquella ventana

Se abre al sol la celosía,

Ni de un cantar la armonía

Da nunca al aura veloz.

Muestra, empero, que se habita

Allá en las nocturnas horas

La luz de las tembladoras

Lámparas de su interior,

Que á pesar de su cerrada

Celosía y su vidriera

De colores, lanza fuera

Su trémulo resplandor.

Y á veces apunta el alba

Ya, y tras esta celosía

Se percibe todavía

De la lámpara el fulgor,

Y una sombra que va y viene

Por dentro del aposento,

Da ó quita á cada momento

Luz ó sombra al mirador.

Su movimiento incesante,

Sus paradas repentinas,

Recogiendo las cortinas

Para ver ó para oir,

Demuestran que el desvelado

De aquel ajimez espera

Algo que dél por afuera

Debe sin duda venir.

Mas pasa una noche y otra,

Y la luz del sol se traga

Su luz, y con ella apaga

El que allí esperando está

Su esperanza, hasta otra noche

Que vuelve á arder la bujía,

Y él vuelve á la celosía

Y tras ella viene y va.

Es alta noche: en el sueño

Yace el mundo sumergido:

El aire se ha recogido

Bajo del césped feraz:

Tiéndense inmobles las ramas

De los troncos, no se mueve

Ni la ráfaga más leve,

Ni el murmullo más fugaz.

¡Silencio!--He aquí que, en medio

Del universal reposo,

El mirador misterioso

Se abre por primera vez.

La celosía dorada

Se levanta: la cortina

Se descorre, y se ilumina

Por adentro el ajimez.

Y al pilar que en dos divide

El arco de su ventana

Llega una figura humana

Lentamente: una mujer,

Sultana, esclava, cautiva,

Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos

Á altura tan excesiva

La podrán reconocer?

Apartó de ante su rostro

Su blanco y flotante velo:

Una mirada del cielo

Por la cavidad tendió,

Y, vuelta hacia el Occidente

Do ya tocando la luna

Está, en la lengua moruna

Y con voz triste exclamó:

«¡Un día más!--La menguante

»Luna hacia la mar declina,

»Y su lumbrera argentina

»Toca al horizonte ya.

»¡Casto fanal de la noche,

»De los creyentes lumbrera,

»Que tu brillante carrera

»Guíe protector Aláh!

»Ve en paz ¡oh de las tinieblas

»Sultana dominadora,

»Pendón de la gente mora,

»Lámpara de la oración!

»¡Y plegue á Aláh que mañana,

»Cuando vuelvas por Oriente,

»Vuelva con tu luz naciente

»La luz de mi corazón!

»Ve en paz: y si sobre Loja

»Al verter tu lumbre pura,

»Hallas vivos por ventura

»Á mi buen padre Aly-Athár

»Con el Príncipe mi esposo,

»Que es la luz del alma mía,

»Diles ¡ay! que noche y día

»Les aguardo sin cesar.»

Dijo, y la frente apoyando

En el pilar arabesco,

Dentro el marco pintoresco

Del morisco mirador

Quedó, como una escultura

Para su cuadro labrada

La Mora desconsolada,

Á solas con su dolor.

Resalta, á la luz de espalda,

Su contorno destacado

Sobre el fondo iluminado

Del aposento oriental:

Y parece desde lejos

Al genio de la pureza,

Que va á partir con tristeza

De una cámara nupcial.

Mas aquel busto tan noble

De suave y rubio cabello,

Aquel nacarino cuello

Pálido como el marfil,

Aquel brazo modelado

Por una ática escultura,

Aquella frágil cintura,

Y aquel todo tan gentil;

Asomado á tales horas

Á una torre destinada

Sólo á las Princesas moras,

Al ojo menos sutil

Delatan á la que ocupa

Su misteriosa ventana,

Por la infelice Sultana

Esposa de Abú-Abdil.

Es ella, sí: allí apacenta

El dolor que la acongoja

Moraima, la flor de Loja,

La azucena de Aly-Athár:

La gacela de ojos garzos,

Cuyas niñas de azul cielo

Eran fuentes de consuelo

Para el viejo militar.

Hoy son ya fuentes de lágrimas:

Sus abrasadas pupilas

No reflejan hoy tranquilas

La pura luz del placer;

Hoy la dulce paz del niño

Su sonrisa no revela,

Porque en sus labios la hiela

El dolor de la mujer.

Moraima, sí, la más triste,

La más pura de las Moras,

Pasa allí sus largas horas

En silencio y soledad.

Moraima, que de su esposo

Encadenada á la huella,

Con él de su mala estrella

Parte la fatalidad.

Triste es su historia. Su padre,

La mejor lanza africana,

La otorgó como Sultana

Al sucesor de su Rey;

Temiendo al viejo soldado

En rebelión harto crítica,

Con su torcida política

Pensó en tal boda Muley.

El bravo Aly-Athár, más hombre

De pelea que de Estado,

Se dió en ello por honrado

Y á Granada la llevó.

La boda hizo el Rey al punto,

Pero á sí mismo se dijo:

«¡Imbécil! le doy el hijo,

Pero la corona no.»

Dos niños eran entrambos,

Rubios, alegres, gentiles:

Apenas sus quince abriles

Cumplido habrían los dos;

Hermosos como inocentes,

Les unieron y se amaron:

Mas en su amor no contaron

Con la voluntad de Dios.

Sosegados ya los pueblos,

No fué Aly-Athár peligroso:

Y en su aislamiento amoroso

Afeminado Abdilá,

Los hijos de la Zoraya,

Merced al fatal destino

De Abdilá, libre el camino

Tendrían del trono ya.

Tal pensó el Rey; los dos niños,

Sin cálculo y sin encono,

De sus derechos á un trono

Ni aun se acordaron tal vez:

Pero otro sér mas activo

Á quien amor no adormía,

En lugar de ellos abría

Sus ojos con avidez.

Aixa, la altiva Sultana,

Celosa de su derecho,

Fué una mañana á su lecho

Como un ensueño fatal.

Abrieron sobresaltados

Los dos Príncipes los ojos,

Y ella, respirando enojos,

Dijo con voz sepulcral:

«Aquel á quien Dios destina

»Á ceñir una corona,

»Sus derechos no abandona

»Sino por orden de Dios.

»Hijo de Reyes, despierta:

»Rompe tus amantes lazos

»Y tiende el alma y los brazos

»De tu real corona en pos.

»Y á ti, flor silvestre y pálida

»De los peñascos de Loja,

»¿Por ventura te se antoja

»Que no hay más ley que el placer?

»¿Crees que tus ojos de cielo,

»Tu alma y tu tez de nieve,

»El dote son que traer debe

»Á un Príncipe una mujer?

»Pues te engañas: la que espera

»Dominar como Sultana,

»Necesita un alma entera,

»Con más altivez que amor.

»Despertad pues; los lobeznos

»De la torpe renegada

»Giran con planta callada

»De vuestro trono en redor.»

Abú-Abdilá, de su madre

Hecho á la exacta obediencia,

Tras ella sin resistencia

Del aposento salió:

Moraima, sobrecogida

Por la plática severa

De aquella Reina altanera,

Quedóse sola y lloró.

«¿Qué me importan á mí, dijo,

»Su poder y su corona?

»Lo que mi amor ambiciona

»Es no más su corazón;

»Y si éste me lo arrebatan

»Por el gobierno y la guerra,

»¿Qué me dejan en la tierra

»Á mí, sin regia ambición?»

¡Pobre niña! el joven Príncipe

Empezó desde aquel día

Á dejar su compañía

Y su cámara á dejar:

Venía por él su madre

Apenas el sol rayaba,

Y hasta que el sol se ocultaba

No le veía tornar.

Entonces, aunque volvía

Alegre y enamorado,

Volvía tan fatigado,

Tan hambriento y sin vigor,

Que en la mesa devoraba

Y se dormía en el lecho,

Cual si no hubiera en su pecho

Ni corazón ni calor.

Moraima, en su seno amante

Colocando su cabeza,

Contemplaba con tristeza

Su rostro franco y leal,

Que empezaba en el reposo

De su fatigado sueño

Á adquirir un torvo ceño

Que no le era natural.

«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía

»La pobre niña) ¿Qué afanes

»Más propios para gañanes

»Me le cansarán así?

»Si tanto cuesta á los Príncipes

»Guardar su trono, ¡pluguiera

»Á Aláh que pastor naciera,

»Sin esperar más que en mí!»

Y una mañana, Moraima,

Un sueño tenaz fingiendo,

Fué desde lejos siguiendo

Á la Reina y á Abdilá,

Y vió que, cruzando apriesa

De los muros el espacio,

Se salieron del palacio

Al bosque que al río da.

Corrió al oratorio regio

Que domina su enramada,

Y vióles á una esplanada

Tras una loma llegar.

Allí esperaban tres hombres

Hasta los dientes armados,

Con caballos ensillados

Y en guisa de pelear.

Ciñóse una jacerina,

Embrazó una recia adarga,

Asió de una lanza larga

Y cabalgó Abú-Abdil.

Salió el caballo botando:

Moraima tembló de gozo

Y miedo al verle tan mozo,

Tan armado y tan gentil.

Cabalgaron uno á uno

Los otros tres: apartóse

La Sultana, y preparóse

La escaramuza. Abdilá,

En medio de la esplanada

Y de los tres circundado,

Á la suerte preparado

Inmóvil y atento está.

Dió la señal la Sultana,

Y empezaron los guerreros

En torno de Abdil mañeros

En círculo á galopar,

Á cada vuelta estrechándole;

Mas, como un chacal atento,

Espiando él un momento

Su línea para salvar.

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2 · 第 4 / 9 段