--«Mira, escucha y comprende lo que pasa

En torno tuyo ¡oh Rey!--¿Ves esas sombras

Que como en alas de los vientos cruzan

Esos llanos y montes con que sueñas,

De esa obscura ciudad saliendo todas?

Los corredores son, que el Rey cristiano

Envía á sus alcaides fronterizos.

Esa ciudad de donde parten, cuyo

Mudo recinto en las tinieblas yace

Al parecer pacífico y tranquilo,

Es Medina del Campo. Desde aquellas

Torres los Reyes de Castilla miran

Hacia Granada, el pensamiento fijo

En su desolación y la memoria

En el fatal horóscopo, que anuncia

Á Abú-Abdil como el postrer monarca

Que reinará en la Alhambra; sus jinetes

Por eso envían en secreto, y sólo

Caminando de noche, á sus mejores

Adalides. ¿Y sabes el mensaje

Que les llevan, Muley? Que pues rompiste

Las treguas tú, cayendo sobre Zahara,

Den por abierto el campo de la guerra

Y metan por tus tierras sus pendones,

Talando sin piedad y destruyendo

Mieses, viñedos, torres y ciudades.

Vuelve ahora la vista hacia este lado:

¿Ves ese cerro sobre el cual blanquean

Las almenadas torres y los muros

De una morisca villa? Son las torres

Y las murallas de Guadix. ¿Ves ese

Pendón que en ellas vagarosa agita

El aura de la noche? No es ya el tuyo:

Es el de Abú-Abdil. ¿Ves esos hombres

Que, envueltos en sus blancos alquiceles

Y jaiques africanos, uno á uno

Entran en la segura fortaleza

Do se hospeda tu alcaide? Todos esos

Son los parciales de Abdilá, que acuden

Á ofrecerle su brazo y sus tesoros

Contra su mismo padre: y son los mismos

Que tus inicuas leyes desterraron

De Granada; los hijos y los nietos

De aquella ilustre raza degollada

Por el infame padre del que ahora

Es tu primer Wazir, tu consejero,

Del tirano tal vez que por ti reina:

De Abú'l-Kasín Ben-Egas, hijo digno

Del renegado vil á quien llamaron

Moros y Castellanos con desprecio

El _Tornadizo_: y todos alimentan

Sed de venganza contra él, y el odio

Hierve en su corazón contra la impura

Cristiana á quien adoras, y detestan

Toda la estirpe vil de renegados

Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan

Hacia la rebelión, que ya fermenta

Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego

Puede atajar tal vez Dios solamente,

¡Alahú-akbar! así está escrito. Vuelve

La vista hacia ese valle: es el de Dona.

¿Ves esa multitud de gente armada

Que por él atraviesa? Son Cristianos

Que á Alhama van. Á Alhama, donde tienes

Tus más ricos tesoros: donde acuden

Con tus anuales rentas tus alcaides:

Donde almacenas los inmensos víveres

Á tus tropas fronteras necesarios.

Á Alhama van: la llave de Granada,

Como los Granadinos la apellidan:

Á Alhama van. Repara cómo trepan

Por los peñascos en que está fundada,

Como astutos reptiles, los Cristianos

Escaladores; mira cómo llegan

De los muros al pie sin ser sentidos:

Mira cómo aproximan las escalas:

Mira cómo en silencio en las almenas

Aseguran las manos, cómo tienden

Los cautelosos ojos al recinto

Del muro y del adarve abandonados:

Mira cómo el primero salta dentro

Y sesenta tras él. Ese maldito

Es Ortega del Prado, ese famoso

Escalador cuyas sorpresas tienen

En vela eterna á los Alcaides todos

De tus castillos fronterizos. Mira

Cómo asesina al centinela y corre

Á sorprender la guardia de las puertas:

Mira cómo un enjambre de Cristianos

Por las murallas entra. ¡Ay de tu Alhama!

¡Ay de los que no ven que están cercados

De lobos Nazarenos! Mira, mira.

Aquel jinete, que á su frente viene

Á emboscarse traidor junto al postigo,

Es Ponce de León, Marqués de Cádiz,

Maldecido de Aláh y azote nuestro.

Aquel otro de arnés empavonado,

Es el rico Asistente de Sevilla

Diego de Merlo: aquel que con el hacha

El barreado rastrillo hace pedazos

Con fuerzas de Titán, es Juan de Robles,

Alcaide de Jerez, que mató un toro

Dándole en el testuz un puñetazo.

Y no creas que es gente allegadiza,

Poco diestra en la lid y mal armada;

No, Muley, son guerreros avezados

Á pelear: ilustres por sus hechos

Y por su sangre generosa: todo

Cuanto encierra mejor Andalucía

De Castellanos capitanes. Mira:

¿Ves aquel joven cuyo bozo apenas

Sobre su labio superior apunta?

Bien puedes con el alba que esclarece

Divisarle, jinete en un morcillo

Que piafa de impaciencia: ese es un hijo

De aquel Conde de Cabra cuyo brazo

Teme no más Aly-Athár de Loja;

Es su hijo Don Martín, prez de la raza

De Fernández de Córdova. Aquel otro

Que monta un potro negro y que tremola

Un pendoncillo cárdeno en la lanza,

Don Pedro Enríquez es, Adelantado

Mayor de Andalucía. Toda entera

La tienes ya sobre tu reino: toda

Tiene la voz de alarma y se dispone

Para vengar á Zahara. ¡Ay de tu Alhama,

Que tienen ya por suya! ¡Oh! mira, mira:

Aquel que gana el caracol estrecho

Del torreón y baja á dar entrada

Á los que aguardan del postigo fuera,

Es el Comendador Martín Galindo,

Que ha jurado inmolar treinta Muslimes

Á la implacable sombra de un hermano

Muerto á sus pies por el Zegrí de Vélez.

Mira cómo ayudado de Estremera

Su escudero, y de Pedro de Valdivia,

Alcaide de Archidona, desatranca

Los pesados barrotes de la puerta

Y sube las cadenas del rastrillo.

Ya logró levantarle: ya una hoja

Franqueó del postigo: apresurados

Mira cómo por él se lanzan todos

Sedientos de oro y sangre ¡Aláh clemente,

Compadece á los Árabes! Escucha.

¿No oyes el repentino clamoreo

Que ensordece la villa? ¡Desdichada!

Su gente anoche se acostó tranquila,

Y en brazos de la muerte se despierta.

Mira aquel que en la torre de homenaje

De la alta ciudadela ha enarbolado

La bandera cristiana; oye cuál grita,

Agitando frenético los brazos,

¡Alhama por Castilla!... ya la tienen.

Mas no: mira los tuyos cómo acuden

Á la pelea: todavía es suya

La villa, y el castillo solamente

De los Cristianos es. ¡Aláh bendito!

Mira cómo coronan las murallas,

Una nube de flechas arrojando

Sobre los siervos de Jesús. ¡Cuál caen

Entre los muros de ambos fuertes! Cejan,

Se encierran otra vez en el castillo

La tierra con su sangre enrojeciendo.

¡Ah, leales Muslimes, degollados

Primeros que rendidos! Viejos, niños,

Mujeres, cuantos ciñen el turbante

Africano, pelean por su patria.

Mira, van á intentar una salida:

Ya están acorralados los Cristianos

En el castillo, y á su vez ahora

Van á ser los sitiados. No hay tronera,

Ni lucerna, ni almena, ni resquicio

Por donde asome un ojo castellano,

Que cubierto de dardos no se vea

En el instante mismo. Ya los tuyos

Comienzan á salir: mas ¡Cielo santo!

En tumulto, sin orden y sin jefe,

Como muchachos de una escuela salen.

¡Oh! van á ser pasados á cuchillo

Si los Cristianos dan en ellos. ¡Pronto

Desdichados! ¡atrás! ¡atrás! Es tarde.

Un lienzo de muralla derribando

Los Cristianos se lanzan de repente

Sobre su ciega multitud, y en ellos

Corno en ganados en redil se ceban.

Huyen: la puerta los de dentro quieren

Cerrar: mas se aproximan unos y otros

En confuso tropel: todo es en vano:

Todos al par se precipitan dentro.

Oye cómo á la avara soldadesca

Autorizan los jefes al saqueo,

Para animar sus bárbaros instintos.

¡Ira de Dios! La muerte por las calles,

Por las plazas, las casas y mezquitas,

Corre hambrienta de víctimas humanas

Y se harta de cadáveres. En vano

Unos pocos valientes, prefiriendo

La muerte al cautiverio, se resisten

Como leones del desierto. En vano

En tu regio _mirab_ encastillándose,

Ante el ara sagrada del Profeta

Forman una muralla con sus pechos.

Un impío Cristiano, una embreada

Tea aplicando á la dorada puerta,

Sopla la llama arrodillado, en tanto

Que otros con sus escudos le protegen

De los árabes tiros. Ya la llama

Prendió en la puerta cincelada: el humo

En espirales pardas culebrea

Por cima de los cascos: ya las chispas

Saltan á impulso del seguro soplo

De la adarga de cuero con que aventan

El incendio naciente, y ya rechina

La primorosa ensambladura hendiéndose.

Mira cómo abrasada se desploma

La mezquita y sepulta á los Muslimes:

Mira cómo el incendio se propaga

Por sus bazares y almacenes: mira

Las lagunas de sangre, en cuyo fondo

La voz de todo un pueblo degollado

Al justiciero Aláh contra ti clama:

Mira cómo el incendio, porque veas

Mejor, extiende en derredor su llama

Encendiendo á tu honor mortuorias teas:

Mira la cruz sobre el peñón de Alhama!....

Desventurado Rey, ¡maldito seas!....»

Dijo y calló la voz del nigromante;

De la frase final lúgubre el eco

En pavoroso són zumbó un instante

Bajo morisco artesonado hueco.

Un momento después la luz brillante

Se extinguió de las lámparas: un paso

Lento, más firme gravitó en la alfombra:

Sintióse en los tapices un escaso

Rumor.... y todo fué silencio y sombra.

IV

Despuntaba la luz de la mañana:

El sol, detrás aún del horizonte,

Tendía ya su resplandor de grana

Como un inmenso chal de monte en monte.

Alfombraba la escarcha las laderas

De los valles de Darro, y argentinas

Del árbol desprendíanse ligeras

Las perlas del rocío, á las primeras

Ráfagas de las auras matutinas.

Diáfana en fin la atmósfera, sereno

El cielo y quieto el aire, se anunciaba

Un día claro y de alegría lleno

Que al perezoso mundo despertaba.

En la loma del cerro abandonado,

Donde se eleva el torreón obscuro

Que al vulgo atemoriza, un hombre armado

Yacía al pie de solitario muro,

De espaldas en sus piedras apoyado.

Verde caftán de damasquina tela,

Cuyo valor y forma la elevada

Clase y poder del portador revela,

Cubría su armadura cincelada,

El calado antifaz de su celada

No permitiendo ver si duerme ó vela.

Allá en el valle y á la torre vuelto

De espalda, un negro y colosal Nubiano

Dormía echado en su alquicel envuelto,

Á precaución habiéndose revuelto

Las bridas de dos yeguas á la mano.

La hermosa raza del desierto en ellas

Se dejaba admirar, y en sus mantillas

De seda tunecí, y en las hebillas

De plata de su arnés, bien claras huellas

Se veían del lujo de su dueño,

Cuya venida retardaba acaso

Dulce el placer, ó descuidado el sueño.

El sol, apareciendo de repente

Tras de las cumbres de la helada sierra,

Derramó su esplendor sobre la tierra,

Y un rayo de su luz hirió el luciente

Casco de la armadura en que se encierra

El hombre que en la torre al pie del muro

Yace, su oculta faz dando al Oriente.

Su calor ó su luz, si es que dormía,

Le desvelaron: si aguardaba su hora,

Le avisaron puntuales que era día.

Entonces el armado, la pereza

Ó el sueño desechando, en torno suyo

Revolvió lentamente la cabeza:

Dió tensión á su cuerpo entumecido,

Y con señales claras de sorpresa

Reconoció el lugar: mas de la torre

Viéndose á los umbrales, como herido

De repentina idea, ó tal vez presa

De una locura, alzóse, y una gruesa

Piedra cogiendo entre sus brazos, corre,

Y con cuanto vigor halló en su pecho

Lanzándola en impulso bien medido

Contra el postigo de madera estrecho,

Le descuajó del quicio carcomido.

Cayó dentro la hoja levantando

Una nube de polvo, revocada

Por su hueco en espesa bocanada:

Al temeroso ruido, despertando

El negro que esperaba en la alhameda,

Volvióse con pavor: mas no vió nada

En medio de la densa polvareda.

Inmóvil el Nubiano contemplaba

Desvanecerse el polvo que impelido

Por el aura corría, y esperaba

Sin duda hallar detrás de su cortina

Aquel maldito torreón hundido

Y abrasada ó desierta la colina,

Cuando á manera de marmóreo busto

Que, abandonando su sepulcro, asoma

Del panteón á la puerta, vió con susto

Bajar hacia él por la empinada loma

Una radiante y colosal figura,

Tras sí dejando el torreón vetusto

Del cual la vió salir con gran pavura.

Ya para huir despavorido acaso

Las manos á la crin y el pie al estribo

Iba á llevar, cuando atajó su paso

La voz de su señor (cuya armadura

Brillaba al Sol con resplandor tan vivo

Que deslumbraba), y dándole el nativo

Nombre gritóle:--«¡Zil, pronto, á caballo!»

Y montando de un salto, á toda brida

Lanzó su yegua. Zil, como él activo,

Sacó en escape volador tendida

La suya de él en pos, y esclavo y dueño

Se hundieron de su rápida corrida

Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.

V

Media hora después caía muerta

De fatiga á los pies de su jinete

La yegua del fiel Zil, ante la puerta

De la Alhambra: tras él Muley llegando,

Á contener la suya no bastando

Desenfrenada y en carrera abierta,

Con ella por el pórtico se mete.

Sujetaron á un tiempo veinte manos

Al fogoso animal: á tierra echóse

El fatigado Amir, y en medio hallóse

De su guardia de negros africanos.

Como una torva y rencorosa hiena

Que olfatea con ansia en el desierto,

Buscando el tronco del viajero muerto

Que enterró el salteador bajo la arena:

Tal el fiero Muley el zurdo paso

Enderezó á la torre de Comares,

Con el designio de manchar acaso

Con un nefando crimen sus hogares.

En su rostro, de cólera amarillo,

La decisión horrenda se leía

En su sangriento corazón forjada,

Y el infernal placer de su alma impía

En sus trémulos labios y en el brillo

Siniestro de su lúgubre mirada.

Los negros su furor adivinando

En su ademán y rostro descompuesto,

Paso le abrieron con temor callando:

Él, en vez de palabras, empleando

Un imperioso irresistible gesto,

Abrir mandó la cámara africana

Que sirve de prisión á la Sultana.

En sepulcral silencio, más terrible

Que la voz más furiosa, entró en la estancia,

De Comares Muley: con impasible,

Desdeñosa y sultánica arrogancia,

Serena faz y fulgurantes ojos,

Á Aixa halló que acercarse le veía

En pie y desafiando sus enojos,

Silenciosa como él, como él sombría.

Como audaz cazador que, asegurado

De la muerta leona, hallar espera

Sus cachorros sin riesgo, y confiado

Avanza hasta la oculta madriguera:

Mas en su boca lóbrega, imprudente

Los cachorros dormidos reclamando

Escarba, y con terror ve de repente,

Su ondulante espiral desarrollando,

Salir con un silbido una serpiente:

Tal se encontró Muley bajo la altiva

É imperiosa mirada de la Mora,

Á quien débil juzgó como cautiva

É insolente encontró como señora.

Miráronse un momento frente á frente

Aixa y Muley-Hasán: mas no hay quien pueda

La mirada arrostrar resplandeciente

De esta mujer, cuyo ánimo valiente

Tanta virtud como valor hospeda.

Con los brazos cruzados sobre el pecho

Preguntó al Rey impávida:--«¿Qué quieres?»

--«Tu hijo,» exclamó Muley.--«¡Qué imbécil eres!»

Repuso con desprecio la Sultana,

Dominando á Muley á su despecho.

«¿Cuándo has supuesto que albergado viva

»En el pecho viril de una Africana

»El villano temor de una cautiva,

»Ni el corazón servil de una Cristiana?

»Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho.

»¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato!

»Libre partió: mas si seguir su huella

»Deseas, de ocultártela no trato.

»Corre á tu villa de Guadix, y en ella,

»De Dios y de tus pueblos con la ayuda,

»Alzado Rey le encontrarás sin duda.»

--«¡En Guadix!--dijo el Rey,--¡no lo he soñado!»

Y, de pavor mortal sobrecogido,

Ante la Mora en pie quedó aterrado,

Mudo é inmóvil, cual del rayo herido.

Ella le contempló por un instante

Sin comprender lo que por él pasaba:

Mas suponiendo que algo meditaba

Contra el fugado Príncipe, arrogante

Díjole, de él poniéndose delante:

«La bestia más feroz, jamás se encona

»Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo

»Del tigre que á sus hijos no perdona?

»Ya á todo yo por Abdilá me atrevo:

»Tigre, te encontrarás con la leona.

»De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano,

»Ni tocar al menor de sus cabellos

»Sin que, cual tú feroz, mi regia mano

»Meta un puñal entre tu mano y ellos.»

Dijo, y una insolente carcajada

Soltó, la espalda con desdén volviendo:

No la volvió Muley ni una mirada

Ni la escuchó tal vez, sólo atendiendo

Á la duda fatal en que vacila:

Y la Sultana, hallándola entreabierta,

Con noble majestad pasó la puerta

Y á su cámara real fuese tranquila.

Vióla Muley el patio de la alberca

Cruzar, volviendo en sí: mas no dió un paso

Contra ella, ni el gesto más escaso

Hizo, aunque la guardia el patio cerca.

En silencio, los brazos sobre el pecho

Cruzados é inclinada la cabeza,

Á solas con su mal ó su despecho,

Presa permaneció por largo trecho

De ruin superstición ú honda tristeza.

Mas notando el Monarca de repente

Que sus guardias le estaban contemplando,

Miró á su dignidad, irguió la frente,

Y, cobrando su indómita fiereza,

Al patio se lanzó, donde llegando

Tendió la vista en derredor, ansioso

De encontrar una víctima á su saña.

En pie, junto á un pilar del peristilo,

Vió un hombre cuya cara le era extraña,

Pálido, ensangrentado, silencioso,

Y de torvo ademán, pero tranquilo.

Sonrió al divisarle, satisfecho

De hallar en quien la cólera del pecho

Descargar, y con calma aterradora

Fuese Muley á él. De pie derecho,

Contemplándole audaz, con ojo fijo,

El hombre le aguardó, y hasta él llegando

El iracundo Rey así le dijo:

--«¿Quién eres?»--«Nadie ya,» repuso el hombre.

De la ira Muley sintió la llama

Subirle al rostro, y de furor temblando:

«¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?»

Y con acento de tristeza lleno

Al Rey el hombre contestó sereno:

«No tiene nombre ya, país no tiene,

»Ni familia ni tribu le reclama

»Por suyo aquel que, su país dejando

»Esclavo, huyendo de su patria viene

»Á contar el baldón con que se infama.

»Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo;

»Y él solo ves en mí que escapó vivo

»De la tremenda asolación de Alhama.»

Palideció el Monarca de pavura

Á esta nueva fatal: su mensajero

Sonrió con sardónica amargura

Así siguiendo:--«Amir, mi alma está pura

»De traición: combatí junto al primero:

»Mas cuando todo se perdió, mi escaso

»Aliento aproveché con la esperanza

»De poder, á tus pies llegando acaso,

«Pedirte, no favor, sino venganza;

»Pero no para mí: yo no la quiero:

»Sin honra y sin hogar morir prefiero.

»Alhama se perdió por tu abandono

»Y clamó contra ti su pueblo entero:

»Mas yo soy un creyente verdadero

»Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono

»En nombre de mi raza te perdono.»

Dijo el lëal; y con sublime calma

En su pecho la daga sepultando,

Expiró, buen Muslim, encomendando

Su venganza á su Rey, á Dios su alma.

La guardia de los negros, torva y muda,

Ante el cuerpo del último Alhameño

Lloró tal vez su bárbaro heroísmo:

Sólo insensible y enarcado el ceño

Permaneció Muley con faz sañuda,

Víctima de un segundo parasismo

De su pavor recóndito sin duda.

Reinó un punto el silencio más solemne:

Luego, hablando Muley consigo mismo,

Dijo:--«Sí, la verdad está perenne:

»La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡

»¡Y ÉL libre ya!--¡Confúndale el abismo!

«¡Más valiera al nacer haberle muerto!»

Y aquí el Rey, humillando la cabeza,

Prosiguió con hondísima tristeza:

«¿Conque el cielo y la tierra se han unido

»En contra mía por tan varios modos?»

Mas irguiéndola al punto con fiereza,

Dijo:--«Mas no dirán que me he rendido:

»Mientras vive Muley, aún no han vencido:

»Todos, pues, contra mí, yo contra todos.»

Y volviendo la espalda, á pasos lentos

Volvió Muley de su oriental palacio

Á entrar en los dorados aposentos

Donde Zil le siguió tras breve espacio.

VI

«¡Ay de mi Alhama!» en su palacio dijo

Muley, que aun suya en su dolor la llama:

Y el eco triste, de sus techos hijo,

Suspiró: «_¡Alhama!_»

Desde las torres del gentil palacio

Bajó en las brisas, y de rama en rama

Corrió los huertos y gimió el espacio:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

Llegó hasta el vulgo la terrible nueva.

¿Quién pára el vuelo de la errante fama?

Su voz diciendo en la ciudad se eleva:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

La turba ociosa, de pavor transida,

La aciaga nueva por doquier derrama:

Doquier repiten por donde es oída:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

El ruin villano y el audaz guerrero,

El noble altivo y la orgullosa dama

Dicen, llorando con el pueblo entero:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

Y el pueblo entero del palacio augusto

Corre á las puertas, y furioso clama

Con voz que impone á sus vivientes susto:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

La guardia negra que á Muley defiende

«¡Atrás!» las picas enristrando exclama:

Se irrita el pueblo, y el clamor se extiende:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

Las regias salas el motín conturba

Que en torno de ellas cual tormenta brama.

Y al grito tiemblan de la airada turba:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

Muley no duerme: cinco mil guerreros

En quienes arde del honor la llama,

De sus legiones manda delanteros

Ir sobre _Alhama_.

Y al caer la noche, jineteando al frente

De hueste inmensa que la lid reclama,

Partió gritando con su armada gente:

«_¡Venganza á Alhama!_»

«_¡Venganza á Alhama!_» Repitió la plebe

Que al Rey valiente y vengador aclama:

«¡Aláh, le dijo, la victoria lleve

Contigo _á Alhama_!»

Mas ¿quién penetra en el destino obscuro

De su ancho velo por la espesa trama?

Voz misteriosa suspiró en el muro:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

Eco siniestro, que la fe desmiente

De los Muslimes y á su Rey infama,

Toda la noche repitió doliente:

«_¡Ay de mi Alhama!_»

¡Tal vez las almas de los muertos, cuyos

Miembros sin tumba el agua desparrama

De los nublados, piden á los suyos

Tierra en _Alhama_!

LIBRO SEXTO

LAS TORRES DE LA ALHAMBRA

Más allá de la torre de Comares,

De la Alhambra rëal siguiendo el muro,

Recuerdo de los blancos alminares

De Damasco y esbelto cual seguro,

Dominando alamedas seculares

De frescas sombras y de ambiente puro,

Se alza un torreoncillo de arabesco

Estilo, aéreo, blanco y pintoresco.

Su cabeza gentil no se levanta

Coronada de sólidas almenas,

Ni su robusta construcción espanta

Con aspilleras de espingardas llenas.

Defiéndenle no más soledad santa

Y quietud misteriosa, y bien ajenas

De apariencia marcial, siempre cerradas

Sus celosías con primor caladas.

Tal vez despide al despuntar el día

En espirales mil humo de aromas

Cual pebete oriental su celosía:

Tal vez los ecos de las verdes lomas

Despierta por la noche la harmonía

De los cantos que exhala, y las palomas

Y aves, á quienes place su murmullo,

La aduermen con sus trinos y su arrullo.

Es esta torrecilla solitaria

Un sagrado alminar, y su clausura

Destinada no más á la plegaria

De la mañana, goza el aura pura

Del valle y la extensión y vista varia

De la vega feraz desde su altura.

Es el mirab del Rey do sólo él ora,

Y tal vez la mujer que le enamora.

Hoy, con escarnio de la Fe, le habita,

Transformando en harén de sus amores

El alminar de la oración bendita

Y en camarín de sueños tentadores,

Zoraya, la insolente favorita:

Destinando sus áureos miradores

De su ocioso mirar para recreo,

Para atalaya de su vil deseo.

Alcánzase desde ellos la sombría

Torre que guarda á la rival Sultana,

Y ella afanosa sin cesar espía

Desde allí la prisión de la Africana.

Por eso ocupa el mirador que impía

Con su presencia criminal profana:

Mas Dios á su rival tendió la mano

Y ya, libre Boabdil, la espía en vano.

Sobre campo y ciudad el delicioso

Mirab descuella como erguida palma;

Y es en verdad lugar maravilloso

Para elevar al Criador el alma,

Ya del alba temprana en el reposo,

Ya de la noche en la apacible calma:

Y el Moro y el Judío y el Cristiano

Ten desde allí del Criador la mano.

¡Quién no te cree, Señor, quién no te adora

Cuando, á la luz del sol en que amaneces,

Ve esta rica ciudad de raza mora

Salir de entre los lóbregos dobleces

De la nocturna sombra, y á la aurora

Abriendo sus moriscos ajimeces

Ostentar á tus pies lozana y pura,

Perfumada y radiante su hermosura!

Yo te adoro, Señor, cuando la admiro

Dormida en el tapiz de su ancha vega;

Yo te adoro, Señor, cuando respiro

Su aura salubre que entre flores juega:

Yo te adoro, Señor, desde el retiro

De esta torre oriental que el Dauro riega;

Y aquí tu omnipotencia revelada,

Yo te adoro, Señor, sobre Granada.

¡Bendita sea la potente mano

Que llenó sus colinas de verdura,

De agua los valles, de arboleda el llano,

De amantes ruiseñores la espesura,

De campesino aroma el aire sano,

De nieve su alta sierra, de frescura

Sus noches pardas, de placer sus días

Y todo su recinto de harmonías!

Yo te conozco ¡oh Dios! en los rumores

Que á este árabe balcón me trae el viento

Perfumado entre pámpanos y flores,

Y harmonizado con el grato acento

De las aves de Abril. Tantos primores

Producto son de tu divino aliento;

Porque á tu aliento creador se aliña

Con sus mejores galas la campiña.

Tú soplas ¡oh Señor! desde la altura

Y saltan los collados de alegría,

Y se cubre de flores la llanura,

Y se llenan los bosques de harmonía,

Y se aduermen las aguas en la hondura,

Y sin nublados resplandece el día:

Que en tus ojos la vida reverbera

Y es tu aliento, Señor, la primavera.

Y no hay región recóndita en el mundo

En donde más tu majestad se ostente,

Donde sea tu aliento mas fecundo,

Ni la tierra en tu prez mas diligente.

Señor, tú estás aquí; tú en lo profundo

Brillas aquí del corazón creyente;

Tú estas aquí; tu trono y tu morada,

Tras este cielo azul, sobre Granada.

Dame ¡oh Señor! de querubín aliento,

Porque pueda esta vida transitoria

Emplear en cantar con digno acento

En medio de este edén tu inmensa gloria:

Y al lanzar desde aquí mi voz al viento

Dando á Granada su oriental historia,

Purifique, Señor, mi arpa cristiana

El impúdico harén de una Sultana.

NARRACIÓN

I

Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 2 · 第 3 / 9 段