«Kamaralzamán, ¿sabes qué día es hoy?» El otro respondió: «¡Seguramente!

Es sábado.» El rey dirigió una mirada llena de ira y triunfo al visir

aterrado, y le dijo: «Lo oyes, ¿verdad?» Después prosiguió:

«Y mañana, Kamaralzamán, ¿qué día será? ¿Lo sabes?» El príncipe

contestó: «¡Sí, por cierto!...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGO

LA 188.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...¡Sí, por cierto! Será domingo, y después lunes, luego martes,

miércoles, jueves, y finalmente viernes, día santo.» Y el rey, en el

colmo de la dicha, exclamó: «¡Oh hijo mío! ¡oh Kamaralzamán! ¡lejos de

ti todo mal agüero! Pero dime también cómo se llama en árabe el mes en

que estamos.» El príncipe respondió. «Se llama en árabe mes de

Zul-Kiidat. Después viene el mes de Zul-Hidjat, luego vendrá Moharram,

seguido de Safar, de Rabialaual, de Rabialthaní, de Gamadialuala, de

Gamadialthania, de Ragab, de Schaaban, de Ramadán, y por fin, de

Schaual.»

Entonces el rey llegó al límite extremo de la alegría, y tranquilizado

ya acerca del estado de su hijo, se volvió hacia el visir y le escupió

en la cara, diciéndole: «¡Aquí no hay más loco que tú, viejo visir

malhadado!» Y el visir meneó la cabeza y quiso contestar; pero se calló,

y se dijo: «¡Aguardemos al final!»

Y el rey dijo en seguida á su hijo: «¡Hijo mío, figúrate que este jeque

y ese eunuco de betún han ido á contarme tales y cuáles palabras que les

habías dicho respecto á una supuesta joven que había pasado la noche

contigo! ¡Diles en la cara que han mentido!»

Al oir estas palabras, Kamaralzamán se sonrió amargamente, y dijo al

rey: «¡Oh padre mío! ¡sabe que en verdad ya no tengo ni ganas ni

paciencia para soportar más tiempo esa broma que me parece ha durado

bastante! ¡Por favor, ahórrame tal mortificación, y no digas más palabra

de ello, pues noto que se me han secado mucho los humores con todo lo

que me has hecho pasar! Sin embargo, ¡oh padre mío! sabe que ahora estoy

bien resuelto á no desobedecerte más, y que consiento en casarme con la

hermosa joven que has tenido á bien mandarme esta noche para que me

acompañara en la cama. La he encontrado perfectamente deseable, y sólo

con verla se me ha puesto toda la sangre en movimiento.»

Al oir estas palabras de su hijo, el rey exclamó: «¡El nombre de Alah

sobre ti y alrededor de ti, ¡oh hijo mío! ¡Él te guarde de los

maleficios y la locura! ¡Ah, hijo mío! ¿Qué pesadilla has tenido para

usar semejante lenguaje? ¿Qué manjares pesados comiste anoche para que

la digestión ejerciera un influjo tan funesto en tu cerebro? ¡Por favor,

hijo mío, tranquilízate! ¡No volveré en mi vida á contrariarte! ¡Y

malditos sean el casamiento, y la hora del casamiento, y cuantos me

vuelvan á hablar de casamiento!»

Entonces Kamaralzamán dijo á su padre: «¡Tus palabras sobre mi cabeza,

¡oh padre mío! ¡Pero júrame antes con el gran juramento que no te has

enterado de mi aventura de esta noche con la hermosa joven que, como te

probaré, dejó en mí más de una huella de la acción compartida!» Y el rey

Schahramán exclamó: «¡Te lo juro por la verdad del santo nombre de Alah,

dios de Muza y de Ibrahim, que envió á Mohammad entre las criaturas como

prenda de paz y salvación! ¡Amín!» Y Kamaralzamán repitió: «¡Amín!» Pero

le dijo á su padre: «¿Qué dirías ahora si te diera pruebas de que la

joven ha pasado por mis brazos?» El rey dijo: «¡Te escucho!» Y

Kamaralzamán prosiguió:

«Si alguien ¡oh padre mío! te dijera: «La noche pasada me desperté

sobresaltado y vi delante de mí á uno dispuesto á luchar conmigo de un

modo sangriento. Entonces yo, aunque sin querer atravesarle, hice

inconscientemente un movimiento que impulsó á mi espada hacia su vientre

desnudo. Y por la mañana me desperté y vi que mi espada estaba, en

efecto, teñida de sangre y espuma.» ¿Qué dirías ¡oh padre mío! al que

después de hablarte así, te enseñara la espada ensangrentada?» El rey

dijo: «Le diría que la sangre sola, sin el cuerpo del adversario, no era

más que media prueba.»

Entonces Kamaralzamán dijo: «¡Oh padre mío! Yo también, esta mañana, al

despertarme, me encontré el bajo vientre cubierto de sangre; la

palangana, que está todavía en el retrete, te lo demostrará. Pero como

prueba más convincente todavía, he aquí la sortija de la adolescente. En

cuanto á mi sortija, ha desaparecido, como ves.»

Al oir aquello, el rey corrió al retrete y vió que, efectivamente, la

palangana consabida contenía...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 191.ª NOCHE_

Ella dijo:

...el rey corrió al retrete y vió que, efectivamente, la palangana

consabida contenía una cantidad enorme de sangre, y dijo para sí: «¡Este

es un indicio de que la contrincante tiene una salud maravillosa y una

expansión leal y franca!» Y pensó también: «¡Advierto con certeza en

todo esto la mano del visir!» Después volvió apresuradamente junto á

Kamaralzamán, exclamando: «¡Veamos ahora la sortija!» Y la cogió, y le

dió vueltas y más vueltas, y luego se la devolvió á Kamaralzamán,

diciendo: «Es una prueba que me confunde por completo.» Y permaneció una

hora sin decir palabra. Después se lanzó de pronto sobre el visir, y le

gritó: «¡Tú eres el que ha armado toda esta intriga, viejo alcahuete!»

Pero el visir cayó á los pies del rey, y juró, por el Libro Noble y por

la Fe, que no se había metido en nada de aquello. Y el eunuco hizo el

mismo juramento.

Entonces el rey, que cada vez lo entendía menos, dijo á su hijo: «¡Sólo

Alah puede aclarar este misterio!» Pero Kamaralzamán, muy conmovido,

replicó: «¡Oh padre mío! ¡te suplico que hagas pesquisas y gestiones

para devolverme á la deliciosa joven cuyo recuerdo me alborota el alma,

y te conjuro á que tengas compasión de mí y hagas que se la encuentre, ó

moriré!» El rey se echó á llorar, y dijo á su hijo: «¡Ya Kamaralzamán!

¡sólo Alah es grande, y sólo él conoce lo desconocido! ¡A nosotros no

nos queda sino afligirnos ambos: tú por ese amor sin esperanza, y yo por

tu propia aflicción y por mi impotencia para remediarla!»

En seguida el rey, muy desconsolado, cogió de la mano á su hijo y se lo

llevó desde la torre hasta el palacio, en donde se encerró con él. Y se

negó á ocuparse en los asuntos de su reino para quedarse llorando con

Kamaralzamán, que se había metido en la cama lleno de desesperación por

amar á una joven desconocida que, luego de tan señaladas pruebas de

amor, había desaparecido.

Después el rey, para verse más libre aún de las cosas y gente de palacio

y no ocuparse más que en cuidar á su hijo, á quien tanto quería, mandó

edificar en medio del mar un palacio, unido sólo á la tierra por una

escollera de veinte codos de anchura, y lo hizo amueblar para su uso y

el de su hijo. Y ambos lo habitaban solos, lejos del mundo y de las

preocupaciones, para no pensar más que en su desgracia. Y á fin de

consolarse un tanto, Kamaralzamán no encontraba nada como la lectura de

buenos libros acerca del amor y el recitar versos de los poetas

inspirados, como los siguientes entre otros mil:

_¡Oh guerrera hábil en el combate de las rosas! ¡La sangre delicada

de los trofeos que adornan tu frente triunfal tiñe de púrpura tu

profunda cabellera, y el vergel natal de todas sus flores se

inclina para besar tus pies infantiles!_

_¡Tan suave es ¡oh princesa! tu cuerpo sobrenatural, que el aire,

encantado, se aromatiza al tocarlo; y si la brisa curiosa penetrase

debajo de tu túnica, en ella se eternizaría!_

_¡Tan bella es tu cintura, ¡oh hurí! que el collar de tu garganta

desnuda se queja de no ser tu cinturón! ¡Pero tus piernas sutiles,

cuyos tobillos están cercados de cascabeles, hacen crujir de

envidia á las pulseras de tus muñecas!_

Todo eso en cuanto á Kamaralzamán y á su padre el rey Schahramán.

* * * * *

Vamos ahora con la princesa Budur. Cuando los dos genios la dejaron en

su lecho del palacio de su padre el rey Ghayur, casi había transcurrido

la noche. A las tres horas apareció la aurora, y Budur se despertó.

Sonreía todavía á su amado y se desperezaba de gusto, en ese momento

delicioso de semisueño al lado del amante, á quien creía junto á ella. Y

al alargar los brazos vagamente para rodearle el cuello antes de abrir

los ojos, no cogió más que el vacío. Entonces se despertó del todo y ya

no vió al hermoso adolescente, al cual había amado aquella noche. Y le

tembló el corazón hasta casi perder el juicio, exhalando un grito agudo,

que hizo acudir á las diez mujeres encargadas de su custodia, y entre

ellas á su nodriza. Rodearon ansiosas el lecho, y la nodriza le preguntó

con acento asustado: «¿Qué ocurre, ¡oh mi señora!?...»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 193.ª NOCHE_

Ella dijo:

...con acento asustado: «¿Qué ocurre, ¡oh mi señora!?» Budur exclamó:

«¡Me lo preguntas como si no lo supieras, mujer llena de astucia! ¡Dime

en seguida lo que ha sido del joven adorable que esta noche ha dormido

en mis brazos, y al cual amo con todas mis fuerzas!» La nodriza,

escandalizada hasta el límite extremo, alargó el pescuezo para entender

mejor, y dijo: «¡Oh princesa, líbrete Alah de todas las cosas

inconvenientes! ¡Esas palabras no son de las que tú acostumbras á decir!

¡Por favor, explícate más, y si es broma que gastas con nosotras, date

prisa á decírnoslo!» Budur se incorporó á medias en la cama, y le gritó

amenazadora: «¡Malhadada nodriza, te mando que me digas en seguida dónde

está el hermoso joven á quien he entregado esta noche por voluntad

propia mi cuerpo, mi corazón y mi virginidad!»

Al oir estas palabras, á la nodriza le pareció que el mundo entero se

achicaba ante sus ojos; dióse de golpes y se tiró al suelo, lo mismo que

las otras diez viejas; y todas empezaron á gritar desaforadamente: «¡Qué

negra mañana! ¡Qué enormidad! ¡Oh nuestra perdición!»

Pero la nodriza, sin dejar de lamentarse, preguntó: «¡Ya Sett Budur!

¡Por Alah! ¡Recobra la razón y no digas más cosas tan poco dignas de tu

nobleza!» Pero Budur le gritó: «¿Quieres callar, vieja maldita, y

decirme de una vez lo que habéis hecho entre todas de mi amante, el de

los ojos negros, cejas arqueadas y levantadas en los extremos, el que

pasó toda la noche conmigo hasta por la mañana, y que tenía debajo del

ombligo una cosa que no tengo yo?»

Cuando la nodriza y las otras diez mujeres oyeron semejantes palabras,

levantaron los brazos al cielo y exclamaron: «¡Oh confusión! ¡Oh señora

nuestra, libre te veas de la locura, y de las asechanzas malignas, y del

mal de ojo! ¡Verdaderamente, traspasas esta mañana los límites de la

chanza!» Y la nodriza, golpeándose el pecho, dijo: «¡Oh mi dueña Budur!

¿qué lenguaje es ese? ¡Si semejantes bromas llegaran á oídos del rey,

nos dejaría sin alma al momento! ¡Y ningún poder nos libraría de su

coraje!» Pero Sett Budur, con los labios trémulos, gritó: «¡Por última

vez te pregunto si quieres ó no decirme dónde se encuentra el hermoso

joven cuyas huellas tengo todavía en el cuerpo!» Y Budur hizo ademán de

entreabrirse la camisa.

Al ver aquello, todas las mujeres se tiraron al suelo de bruces, y

exclamaron: «¡Qué lástima de joven, que se ha vuelto loca!» Pero estas

palabras enfurecieron de tal manera á Budur, que descolgó de la pared

una espada y se precipitó sobre las mujeres para atravesarlas.

Enloquecidas entonces, se echaron fuera, atropellándose y aullando, y

llegaron en desorden y demudados los semblantes al aposento del rey. Y

la nodriza, con lágrimas en los ojos, le enteró de lo que acababa de

decir Sett Budur, y añadió: «¡A todas nos habría matado ó herido si no

huyéramos!» Y el rey exclamó: «¡Qué enormidad! Pero ¿viste si realmente

ha perdido lo que ha perdido?» La nodriza se tapó la cara con las manos,

y dijo llorando: «¡Lo he visto! ¡Había mucha sangre!» Entonces el rey

dijo: «¡Eso es una completa enormidad!» Y aunque en aquel momento

estuviera descalzo y con el turbante de noche en la cabeza, se precipitó

en la habitación de Budur.

El rey miró á su hija con aspecto muy severo, y le dijo: «¿Es verdad,

Budur, que esta noche has dormido con uno, y llevas encima todavía las

huellas de su paso? ¿Y has perdido lo que has perdido?» Ella respondió:

«¡Sí, por cierto, ¡oh padre mío! pues tú fuiste quien tal quiso, y á fe

que escogiste perfectamente al joven; tan hermoso era, que ardo en

deseos de saber por qué luego me lo quitaste! Además, he aquí su

sortija, que me ha dado después de coger la mía.»

Entonces el rey, padre de Budur, que ya había creído á su hija medio

loca, dijo para sí: «¡Ha llegado al límite de la locura!» Y le dijo:

«Budur, ¿quieres decirme de una vez lo que significa esa conducta

extraña y tan poco digna de tu posición?» Entonces Budur ya no pudo

contenerse, y se rasgó la camisa de abajo arriba, y se puso a sollozar,

dándose de bofetadas.

Al ver aquello, el rey ordenó á los eunucos y á las viejas que le

sujetaran las manos para que no se hiciera daño, y en caso de

reincidencia, que la encadenaran y le pusieran al cuello una argolla de

hierro, y la ataran á la ventana de su habitación.

Luego el rey Ghayur, desesperado, se retiró á sus aposentos, pensando en

los medios que utilizaría para obtener la curación de aquella locura que

suponía en su hija. Pues, á pesar de todo, seguía queriéndola con tanto

cariño como antes y no podía acostumbrarse á la idea de que se hubiese

vuelto loca para siempre.

Reunió, pues, en su palacio á todos los sabios de su reino, médicos,

astrólogos, magos, hombres versados en libros antiguos, y drogueros, y

les dijo á todos: «Mi hija El-Sett Budur está en tal y cuál estado. Se

la daré por esposa á aquel de vosotros que la cure, y le nombraré

heredero de mi trono cuando yo muera. Pero al que habiendo entrado en el

aposento de mi hija no haya logrado curarla, se le cortará la cabeza.»

Después mandó pregonar lo mismo por toda la ciudad, y envió correos á

todos sus Estados para promulgarlo.

Y se presentaron muchos médicos, sabios, astrólogos, magos y drogueros;

pero una hora más tarde se veían encima de la puerta del palacio sus

cabezas cortadas. Y en poco tiempo se juntaron cuarenta cabezas de

médicos y otros mercaderes de drogas, colocadas simétricamente á lo

largo de la fachada del palacio. Entonces los otros pensaron: «¡Mala

señal! ¡La enfermedad debe ser incurable!» Y nadie se atrevía á

presentarse, para no exponerse á que le cortaran la cabeza. Esto en

cuanto á los médicos y al castigo que se les aplicó en tal caso.

Pero en cuanto á Budur, tenía un hermano de leche, hijo de su nodriza,

llamado Marzauán. Y Marzauán, aunque musulmán ortodoxo y buen creyente,

había estudiado la magia y la brujería, los libros de los indios y los

egipcios, los caracteres talismánicos y la ciencia de las estrellas; y

después, como ya no tenía nada que aprender en los libros, se había

dedicado á viajar, y había recorrido las comarcas más remotas,

consultando á los hombres más duchos en las ciencias secretas, y de este

modo se había empapado en todos los conocimientos humanos. Y entonces

púsose en camino para regresar á su país, al que había llegado con buena

salud.

Y lo primero que vió Marzauán al entrar en la ciudad fueron las cuarenta

cabezas cortadas de los médicos, colgadas encima de la puerta del

palacio. Y al preguntar á los transeuntes, le explicaron toda la

historia y la ignorancia notoria de los médicos justamente ejecutados...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 194.ª NOCHE_

Ella dijo:

...la ignorancia notoria de los médicos justamente ejecutados.

Entonces Marzauán entró en casa de su madre, y después de las efusiones

del regreso, le pidió pormenores sobre la cuestión; y su madre le confió

lo que había sabido, que entristeció mucho á Marzauán, porque se había

criado con Budur y la quería con cariño mayor del que suelen

experimentar los hermanos por las hermanas. Reflexionó durante una hora,

y después levantó la cabeza y le dijo á su madre: «¿Podrías hacerme

entrar en su aposento secretamente, para que trate de ver si conozco el

origen de su mal y si tiene remedio ó no?» Y su madre le dijo: «Difícil

es, ¡oh Marzauán! De todos modos, ya que lo deseas, apresúrate á

vestirte de mujer y á seguirme.» Y Marzauán se preparó inmediatamente, y

disfrazado de mujer, siguió á su madre al palacio.

Cuando llegaron á la puerta del aposento, el eunuco de guardia quiso

prohibir la entrada á la mujer que no conocía, pero la vieja le deslizó

en la mano un buen regalo, y le dijo: «¡Oh jefe del palacio! ¡la

princesa Budur, que está tan enferma, me ha expresado el deseo de ver á

ésta, mi hija, que es su hermana de leche! ¡Déjanos pasar, pues, ¡oh

padre de la cortesía!» Y el eunuco, tan lisonjeado por estas palabras

como satisfecho por el regalo, respondió: «¡Entrad pronto, pero no os

entretengáis!» Y entraron ambos.

Cuando Marzauán llegó á presencia de la princesa, se levantó el velo que

le cubría el rostro, se sentó en el suelo, y sacó de debajo de la ropa

un astrolabio, libros de hechicería y una vela; y se disponía á sacar el

horóscopo de Budur antes de interrogarla, cuando de pronto la joven se

arrojó á su cuello y le besó con ternura, pues le había reconocido en

seguida. Luego le dijo: «¿Cómo, hermano Marzauán, crees también en mi

locura, como todos los demás? ¡Ah! ¡Desengáñate, Marzauán! ¿No sabes lo

que dijo el poeta? Oye estas palabras, y reflexiona después sobre su

alcance:

_Han dicho_: «_¡Está loca! ¡Oh juventud perdida!_»

_Yo les digo_: «_¡Dichosos los locos! ¡Gozan más de la vida, y en

eso se diferencian de la muchedumbre vulgar que se ríe de sus

acciones!_»

_Y les digo también_: «_¡Mi locura no tiene más que un remedio, y

es el regreso de mi amigo!_»

Cuando Marzauán oyó estos versos, comprendió en seguida que Budur estaba

sencillamente enamorada y que esta era toda su enfermedad. Y le dijo:

«El hombre sagaz sólo necesita una seña para enterarse. Apresúrate á

contarme tu historia, y si Alah quiere, seré para ti causa de consuelo y

el mediador para tu salvación.» Entonces Budur le refirió minuciosamente

toda la aventura, que no ganaría nada con que la repitiéramos. Y

prorrumpió en llanto, diciendo: «¿He aquí mi triste suerte, ¡oh

Marzauán! y ya no vivo más que llorando noche y día, y apenas los versos

de amor que recito consiguen refrescar un poco la quemadura de mi

hígado!»

Oídas estas palabras, Marzauán bajó la cabeza para reflexionar, y

durante una hora se sumió en sus pensamientos. Después levantó la

cabeza, y dijo á la desolada Budur: «¡Por Alah! Veo claro que tu

historia es exacta de todo punto; pero en verdad que resulta difícil de

entender. Sin embargo, tengo esperanza de curar tu corazón dándote la

satisfacción que deseas. Pero ¡por Alah! procura aguantar con paciencia

hasta mi regreso. ¡Y estate bien segura de que el día en que de nuevo me

veas junto á ti, será aquel en que te habré traído de la mano á tu

amante!» Y dicho esto, Marzauán se retiró bruscamente de la habitación

de la princesa, su hermana de leche, y el mismo día se fué de la ciudad

del rey Ghayur.

Fuera ya de las murallas, Marzauán viajó durante un mes entero de ciudad

en ciudad y de isla en isla, y por todas partes no oía á la gente hablar

en todas sus conversaciones más que de la historia extraña de Sett

Budur. Pero al cabo del mes de viaje, Marzauán llegó á una gran ciudad,

situada á orillas del mar, y que se llamaba Tarab, y dejó de oir á la

gente hablar de Sett Budur; pero en cambio no se ocupaban más que de la

historia sorprendente de un príncipe, hijo del rey de aquella comarca,

que se llamaba Kamaralzamán. Y Marzauán hizo que le contaran los

pormenores de aquella aventura, y los encontró tan semejantes en todos

sus puntos á los que ya sabía de Sett Budur, que se enteró con exactitud

del lugar en que se encontraba aquel hijo del rey. Se le dijo que tal

sitio estaba muy lejos, y que á él llevaban dos caminos: uno por tierra

y otro por mar; por tierra se tardaba seis meses en llegar al país de

Khaledán, en el cual encontrábase Kamaralzamán; por mar no se tardaba

más que un mes. Entonces Marzauán, sin vacilar, escogió la vía marítima,

embarcándose en un buque que salía precisamente para las islas del reino

de Khaledán.

La nave en que se había embarcado Marzauán tuvo viento favorable durante

toda la travesía; pero el mismo día que llegó á la vista de la capital

del reino, una tempestad formidable levantó las olas del mar y proyectó

al aire la nave, que giró sobre sí misma y zozobró sin remedio en un

peñasco tajado. Pero Marzauán, entre otras cualidades, tenía la de saber

nadar á la perfección, y de todos los pasajeros fué el único que pudo

salvarse agarrándose al palo mayor que había caído al mar. Y la fuerza

de la corriente le arrastró precisamente hacia la lengua de tierra en

que estaba edificado el palacio que habitaba Kamaralzamán con su padre.

Y quiso el Destino que en aquel momento el gran visir, que había ido á

dar cuenta al rey del estado del reino, estuviera mirando por la ventana

que daba al mar, y al ver á aquel joven que arribaba de tal manera,

mandó á los esclavos que fuesen á socorrerle y se lo trajeran, no sin

haberle proporcionado ropa para mudarse y darle de beber un vaso de

sorbete para calmar su espíritu.

A los pocos momentos, Marzauán entró en la sala en que estaba el visir.

Y como era bien formado y de aspecto gentil, agradó en seguida al gran

visir, que se puso á interrogarle, y pronto se dió cuenta de lo extenso

de sus conocimientos y de su cordura. Y dijo para sí: «¡Seguramente debe

de estar versado en la medicina!» Y le dijo: «¡Alah te ha guiado hasta

aquí para curar á un enfermo á quien quiere mucho su padre...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 196.ª NOCHE_

Ella dijo:

«...á un enfermo á quien quiere mucho su padre, y que para todos

nosotros es causa de aflicción continua!» Y Marzauán le preguntó: «¿A

qué enfermo te refieres?» El otro contestó: «Al príncipe Kamaralzamán,

hijo de nuestro rey Schahramán, que habita aquí mismo.»

Oídas estas palabras, Marzauán dijo para sí: «¡El Destino me favorece

más de lo que yo esperaba!» Después preguntó al visir: «¿Y cuál es la

enfermedad que padece el hijo del rey?» El visir dijo: «Yo creo

sencillamente que está loco. ¡Pero su padre afirma que le han hecho mal

de ojo ó algo parecido, y se halla á punto de creer una historia extraña

que su hijo le ha contado!» Y el visir contó á Marzauán la historia

entera desde su origen.

Cuando Marzauán oyó el relato, llegó al límite de la alegría, pues ya no

dudó de que el príncipe Kamaralzamán fuera el joven que había pasado la

famosa noche con Sett Budur, dejando á su amada un recuerdo tan vivo.

Pero se guardó muy bien de explicárselo al gran visir, y sólo le dijo:

«¡Estoy seguro de que viendo al joven daré antes con el tratamiento

indicado, y gracias al cual le curaré, si Alah quiere!» Y el visir le

llevó sin tardanza al aposento de Kamaralzamán.

Y lo primero que llamó la atención de Marzauán al mirar al príncipe fué

su parecido extraordinario con Sett Budur. Y tan estupefacto se quedó,

que no pudo por menos de exclamar: «¡Ya Alah! ¡Bendito sea Aquel que

crea bellezas tan semejantes, dándoles los mismos atributos ó iguales

perfecciones!»

Al oir estas palabras, Kamaralzamán, que hallábase tendido

lánguidamente en el lecho y con los ojos medio cerrados, los abrió por

completo y aguzó el oído. Pero Marzauán, aprovechando aquella atención

del príncipe, improvisaba ya los siguientes versos, para darle á

entender de una manera embozada lo que ni el rey Schahramán ni el gran

visir podían comprender:

_¡Trataré de cantar los méritos de una beldad, causante de mis

padecimientos, para hacer revivir el recuerdo de sus antiguos

encantos!_

_Me dicen_: «_¡Oh tú, el herido por la flecha de amor, levántate!

¡He aquí la copa llena, y la guitarra para alegrarte!_»

_Yo les digo_: «_¿Cómo podré alegrarme si amo? ¿Hay mayor alegría

que la del amor y la de padecer por amor?_

»_¡Amo tanto á mi amiga, que me encela hasta la camisa que toca sus

caderas cuando la camisa se ciñe demasiado á sus caderas hermosas,

benditas y suaves!_

»_¡Amo tanto á mi amiga, que tengo celos de la copa que toca sus

labios gentiles cuando la copa roza durante mucho tiempo sus

labios, creados para el beso!_

»_¡No me censuréis por amarla tan apasionadamente; bastante padezco

con mi propio amor!_

El libro de las mil noches y una noche; t. 6 · 第 10 / 12 段