el medio para saber quién acierta!» Y el efrit Kaschkasch dijo: «Mi
opinión es que el único medio que se ha de emplear consiste en
despertarlos sucesivamente, mientras nosotros tres permanecemos
invisibles. Y acordemos que aquel de los dos que manifieste amor más
ardiente hacia el otro y demuestre más pasión en sus ademanes y actitud,
será ciertamente el menos hermoso, pues se reconocerá subyugado por los
encantos de su compañero.»
Oídas estas palabras del efrit Kaschkasch...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 183.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Oídas estas palabras del efrit Kaschkasch, Maimuna exclamó:
«¡Admirable idea!» Y Dahnasch también exclamó: «¡Me parece muy bien!» E
inmediatamente se convirtió otra vez en pulga, pero esta vez para picar
en el cuello al hermoso Kamaralzamán.
Al sentir tal picadura, que fué terrible, Kamaralzamán se despertó con
sobresalto y se llevó la mano rápidamente al sitio picado; pero nada
pudo coger, pues el veloz Dahnasch, que se había vengado algo en la piel
del adolescente de todas las afrentas de Maimuna, soportadas en
silencio, pronto recobró su forma de efrit invisible para ser testigo de
lo que iba á suceder. Y en verdad que fué muy notable lo que sucedió.
En efecto, Kamaralzamán, todavía soñoliento, dejó caer la mano que no
había podido cazar la pulga, y la mano fué precisamente á tocar el muslo
desnudo de la joven. Aquella sensación le hizo abrir los ojos, é
inmediatamente los volvió á cerrar, deslumbrado y conmovido. Y sintió
junto á él aquel cuerpo más tierno que la manteca y aquel aliento más
grato que el perfume del almizcle. De modo, que su sorpresa fué
extremada, pero no desprovista de atractivos, y acabó por levantar la
cabeza y contemplar la incomparable belleza de la desconocida que dormía
á su lado.
Apoyó, pues, el codo en las almohadas, y olvidándose en un momento de la
aversión que experimentó por el otro sexo hasta entonces, empezó á
detallar con miradas de deleite las perfecciones de la joven. Primero la
comparó mentalmente con una hermosa ciudadela coronada por una cúpula,
después con una perla, luego con una rosa, ya que de primera intención
no podía establecer comparaciones muy exactas, porque siempre se había
negado á mirar á las mujeres, y era muy ignorante en cuanto á sus formas
y sus gracias. Pero no tardó en comprender que su última comparación era
la más precisa, y la más cierta la penúltima; y en cuanto á la primera,
pronto le hizo sonreir.
De modo que Kamaralzamán se inclinó hacia la rosa, y vió que el perfume
de su carne era tan delicioso, que pasó la nariz por toda su superficie.
Y le agradó tanto aquello, que dijo para sí: «¡Voy á tocarla para
enterarme!» Y paseó los dedos por todos los contornos de la perla, y
comprobó que aquel contacto le abrasaba el cuerpo y provocaba
movimientos y latidos en diversas partes de su individuo, de tal modo,
que experimentó violento deseo de dar libre carrera á aquel instinto
natural tan espontáneo. Y exclamó: «¡Todo sucede mediante la voluntad de
Alah!» Y se dispuso á la copulación.
Cogió, pues, á la joven, pensando: «¡Cuánto me asombra que esté sin
calzón!» Y le dió vueltas y más vueltas, y la palpó, y después dijo,
maravillado: «¡Ya Alah! ¡Qué trasero tan gordo!» Luego le acarició el
vientre, y dijo: «¡Es una maravilla de ternura!» Después le tentó los
pechos, y los cogió, y al llenarse las dos manos, sintió tal
estremecimiento voluptuoso, que exclamó: «¡Por Alah! ¡No tengo más
remedio que despertarla para hacer bien las cosas! Pero ¿cómo no se ha
despertado en el tiempo que llevo tocándola?
Y lo que impedía despertarse á la joven era la voluntad del efrit
Dahnasch, que la había sumido en aquel sueño tan pesado para facilitar
la acción de Kamaralzamán.
Y Kamaralzamán puso sus labios en los de la princesa y le dió un
prolongado beso; y como no se despertaba, le dió el segundo, y el
tercero, sin que ella manifestara percatarse. Entonces empezó á
hablarle, diciendo: «¡Oh corazón mío! ¡Ojos míos! ¡Hígado mío!
¡Despiértate! ¡Soy Kamaralzamán!» Pero la joven no hizo el menor
movimiento.
Entonces Kamaralzamán, al ver lo inútil de sus llamamientos, dijo para
sí: «¡Por Alah! ¡Ya no puedo aguardar más! ¡Todo me impulsa á entrar en
ella! ¡Veré si lo puedo lograr mientras duerme!» Y se tendió encima de
la joven.
A todo esto, Maimuna, y Dahnasch, y Kaschkasch miraban. Y Maimuna
empezaba á alarmarse y se apresuraba ya, en caso de consumarse el acto,
á decir que aquello no valía.
Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca
arriba...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 184.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Kamaralzamán se tendió, pues, encima de la joven, que dormía boca
arriba, sin otra vestidura que su cabellera suelta, y la enlazó con sus
brazos; é iba á practicar el primer ensayo de lo que pensaba hacer,
cuando de pronto se estremeció, desenlazóse, y pensó, meneando la
cabeza: «Seguramente es el rey, mi padre, quien ha mandado traer á esta
joven á mi cama para experimentar conmigo el efecto del contacto de las
mujeres; y ahora debe estar detrás de esa pared con los ojos aplicados á
algún agujero para ver si esto sale bien. Y mañana entrará aquí y me
dirá: «¡Kamaralzamán, decías que te inspiraban horror el matrimonio y
las mujeres! Pues ¿qué has hecho esta noche con una joven? ¡Ah,
Kamaralzamán! ¡quieres fornicar secretamente, pero te niegas á casarte,
aunque sepas lo feliz que me haría ver mi descendencia asegurada y mi
trono transmitido á mis hijos!» Y entonces me considerarán falso y
embustero. Más vale que me abstenga esta noche de fornicar, á pesar de
la mucha gana que tengo, y aguardar á mañana; y entonces pediré á mi
padre que me case con esta bella adolescente. ¡Y así él se pondrá
contento, y yo podré usar á gusto ese cuerpo bendito!»
Y en el acto, con gran alegría de Maimuna, que había empezado á sentir
terribles inquietudes, y con gran disgusto de Dahnasch, que en cambio
había pensado que el príncipe copularía y se puso á bailar de gusto,
Kamaralzamán se inclinó otra vez hacia Sett Budur, y después de haberla
besado en la boca, le quitó del dedo meñique una sortija adornada con un
hermoso diamante, y se la puso en su propio dedo meñique, para denotar
que desde aquel momento diputaba á la joven por esposa; y luego de haber
puesto en el dedo de la joven su propia sortija, le volvió la espalda,
aunque con gran pesar, y no tardó en tornar á dormirse.
Maimuna, al ver aquello, se entusiasmó, y Dahnasch quedó muy confuso;
pero no tardó en decir á Maimuna: «¡Esto no es más que la mitad de la
prueba; ahora te toca á ti!»
Entonces Maimuna se convirtió en seguida en pulga, y saltó al muslo de
Sett Budur; y de allí subió al ombligo, retrocediendo después como unos
cuatro dedos, y se paró precisamente en la cumbre del montecillo que
domina el valle de las rosas; y allí, con una sola picadura, en la cual
puso todos sus celos y su venganza, hizo saltar de dolor á la joven, que
abrió los ojos y se incorporó á escape, llevándose las dos manos á la
delantera. Y en seguida lanzó un grito de terror y asombro al ver junto
á ella al joven tendido de costado. Pero á la primera mirada que le
dirigió, no tardó en pasar del espanto á la admiración, y de la
admiración al placer, y del placer á un desahogo de alegría que pronto
hubo de llegar al delirio.
Efectivamente; al primer susto, dijo para sí: «¡Desventurada Budur, hete
aquí comprometida para siempre! ¡En tu cama hay un extraño á quien no
viste nunca! ¡Qué audacia la suya! ¡Ah! ¡Voy á llamar á los eunucos,
para que acudan y le arrojen por la ventana al río! Y sin embargo, ¡oh
Budur! ¿quién sabe si éste será el marido que tu padre escogió para ti?
Mírale, ¡oh Budur! antes de acudir á la violencia.»
Y entonces fué cuando Budur dirigió al joven una mirada, y con aquel
rápido examen quedó deslumbrada por su gentileza, y exclamó: «¡Oh
corazón mío! ¡Qué hermoso es!» Y desde aquel mismo instante quedó tan
por completo cautivada, que se inclinó hacia aquella boca que sonreía en
sueños y le dió un beso en los labios, exclamando: «¡Qué dulce es! ¡Por
Alah! ¡A éste sí que le quiero como esposo! ¿Por qué ha tardado tanto mi
padre en traérmelo?» Después cogió temblando la mano del joven y la
conservó entre las suyas, y le habló afablemente para despertarle,
diciendo: «¡Gentil amigo! ¡Oh luz de mis ojos! ¡Oh alma mía! ¡Levántate,
levántate! ¡Ven á besarme, querido mío, ven, ven! ¡Por mi vida sobre ti!
¡Despierta!»
Pero como Kamaralzamán, á causa del encanto á que le había sometido la
vengativa Maimuna, no hacía un movimiento indicador de que se
despertara, la hermosa Budur supuso que era por culpa de ella, que no le
llamaba con bastante ardor. Y sin preocuparse de que la miraran ó no,
entreabrió la camisa de seda que al principio se había apresurado á
echarse encima, y se deslizó lo más cerca posible del joven, y le rodeó
con sus brazos, y juntó los muslos con los suyos, y le dijo
frenéticamente al oído: «¡Toma! ¡Poséeme toda! ¡Verás cuán obediente y
amable soy! ¡He aquí los narcisos de mis pechos y el vergel de mi
vientre, que es muy suave, mira! ¡He aquí mi ombligo, que gusta de la
caricia delicada; ven á disfrutar de él! ¡Después saborearás las
primicias de la fruta que poseo! ¡La noche no será bastante larga para
nuestros juegos! ¡Y gozaremos hasta que sea de día!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 185.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...¡Y gozaremos hasta que sea de día!»
Pero como Kamaralzamán, cada vez más sumido en el sueño, seguía sin
contestar, la hermosa Budur creyó por un momento que era una ficción de
aquél para sorprenderla más, y medio riéndose, le dijo: «¡Vamos, vamos,
gentil amigo, no seas tan falso! ¿Es que mi padre te ha dado esas
lecciones de malicia para vencer mi orgullo? ¡Inútil trabajo, en verdad!
¡Pues tu belleza, por sí sola, ¡oh joven gamo esbelto y encantador! me
ha convertido en la más sumisa de las esclavas de amor!»
Pero como Kamaralzamán seguía inmóvil, Sett Budur, cada vez más
subyugada, añadió: «¡Oh señor de la belleza, mira! ¡Yo también paso por
hermosa; á mi alrededor todo vive admirando mis encantos fríos y
serenos! ¡Tú fuiste el único que ha logrado encender el deseo en la
mirada tranquila de Budur! ¿Por qué no te despiertas, adorable joven?
¿Por qué no te despiertas, di? ¡Heme aquí! ¡Me siento morir!»
Y la joven escondió la cabeza debajo del brazo del príncipe, y le mordió
mimosamente en el cuello y en una oreja, pero sin resultado. Después,
como ya no podía resistir á la llama encendida en ella por vez primera,
empezó á rebuscar con la mano por entre las piernas y los muslos del
joven, y los encontró tan lisos y redondos, que no pudo evitar que la
mano resbalase por su superficie. Entonces, como por casualidad,
encontró por el camino y entre ellos un objeto tan nuevo para ella, que
lo miró con los ojos muy abiertos, y vió que entre sus manos cambiaba de
forma á cada momento. Al principio se asustó mucho; pero rápidamente
comprendió su uso particular; pues así como el deseo es mucho más
intenso en las mujeres que en los hombres, su inteligencia es también
más veloz para apreciar las relaciones entre los órganos encantadores.
Lo cogió, pues, á mano llena, y mientras besaba los labios del joven con
ardor, sucedió lo que sucedió.
Tras de lo cual, Sett Budur cubrió de besos á su amigo dormido, sin
dejar un sitio en que no pusiera los labios. Después, algo calmada, le
cogió las manos y se las besó una tras otra en la palma; luego le
levantó y se lo puso en el regazo, y le rodeó el cuello con los brazos,
y así enlazados, cuerpo contra cuerpo, mezclando sus alientos, se durmió
sonriendo.
¡Esto fué todo! ¡Y en tanto los tres genios seguían invisibles, sin
perder un ademán! Consumada la cosa tan pronto, Maimuna traspuso el
límite del júbilo, Dahnasch reconoció sin dificultad que Budur había
llegado mucho más allá en las manifestaciones de su ardor y le había
hecho perder la apuesta. Pero Maimuna, segura ya de la victoria, fué
magnánima, y dijo á Dahnasch: «En cuanto á la apuesta que me debes, te
la perdono, ¡oh maldito! Y hasta voy á darte un salvoconducto, que en
adelante te asegurará la tranquilidad. ¡Pero cuida de no abusar de él,
ni vuelvas á faltar á la corrección!»
Después de lo cual la joven efrita se volvió hacia Kaschkasch, y le dijo
afablemente: «¡Kaschkasch, te doy mil gracias por tu consejo! ¡Y te
nombro jefe de mis emisarios, y de mi cuenta corre que mi padre Domriatt
apruebe mi decisión!» Luego añadió: «¡Ahora, avanzad ambos y coged á esa
joven, y transportadla pronto al palacio de su padre Ghayur, señor de
El-Buhur y El-Kussur! ¡Vistos los rápidos progresos que acaba de hacer
delante de mis ojos, le otorgo mi amistad y tengo ya completa confianza
en su porvenir! ¡Ya veréis cómo realiza grandes cosas!» Y los dos genios
respondieron: «¡Inschalah!» Y después...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 186.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Y los dos genios respondieron: «¡Inschalah!» Y después se acercaron
al lecho, cogieron á la joven, que se echaron á cuestas, y volaron con
ella hasta el palacio del rey Ghayur, al cual no tardaron en llegar, y
la depositaron con delicadeza en su cama, para irse en seguida cada cual
por un lado.
En cuanto á Maimuna, se volvió á su pozo, después de haber depositado un
beso en los ojos de su amigo.
Eso en cuanto á los tres.
Pero en cuanto á Kamaralzamán, por la mañana despertó del sueño con el
cerebro todavía turbado por su aventura nocturna. Y se volvió hacia la
derecha y hacia la izquierda; pero, como era natural, sin encontrar á la
joven. Entonces dijo para sí: «¡Bien adiviné que era mi padre el que
había preparado todo esto para probarme, é impulsarme al matrimonio! De
modo que he hecho bien en aguardar para pedirle el consentimiento, como
buen hijo.» Después llamó al esclavo echado á la puerta, gritándole:
«¡Eh, tumbón, levántate!» Y el esclavo se levantó sobresaltado, y medio
dormido aún se apresuró á llevar á su amo el jarro y la palangana. Y
Kamaralzamán cogió la jofaina y el jarro, y se fué al retrete á hacer
sus necesidades, verificando luego sus abluciones con cuidado, y volvió
para cumplir su rezo de la mañana, y comió un bocado, y leyó un
versículo del Korán. Después, tranquilamente, y como de pasada, preguntó
al esclavo: «Sauab, ¿adonde llevaste á la muchacha de esta noche?» El
esclavo, estupefacto, exclamó: «¿Qué muchacha, ¡oh amo Kamaralzamán!?»
Éste dijo levantando la voz: «¡Te ordeno, bribón, que me respondas sin
rodeos! ¿Dónde está la joven que ha pasado la noche conmigo en la cama?»
El esclavo contestó: «¡Por Alah! ¡Oh señor, no he visto ni muchacha ni
muchacho! ¡Y además, nadie ha podido entrar aquí, estando yo echado
delante de la puerta!» Kamaralzamán gritó: «¡Eunuco malhadado, también
tú te atreves á contrariarme y á disgustarme! ¡Ah maldito, te han
enseñado ardides y mentiras! ¡Por última vez te intimo á que me digas la
verdad!» Entonces el esclavo levantó los brazos al cielo, y exclamó:
«¡Alah es el único grande! ¡Oh amo Kamaralzamán, no entiendo una palabra
de lo que me preguntas!»
Entonces Kamaralzamán le gritó: «¡Acércate, maldito!» Y habiéndose
acercado el eunuco, lo agarró del cuello y lo tiró al suelo, y le pateó
con tanta furia, que el eunuco soltó un cuesco. Entonces Kamaralzamán
siguió dándole patadas y puñetazos, hasta que le dejó medio muerto. Y
como el eunuco por toda explicación lanzaba gritos inarticulados,
Kamaralzamán le dijo: «¡Aguarda un poco!» Y corrió á buscar la soga
gorda de cáñamo que servía para sacar el agua del pozo, se la pasó al
esclavo por debajo de los sobacos, la ató fuertemente, y le arrastró
hacia el orificio del pozo, descolgándole hasta que le sumergió del todo
en el agua.
Y como era en invierno, y el agua estaba muy desagradable, y corría un
viento muy frío, el eunuco empezó á estornudar y pedir perdón. Pero
Kamaralzamán le zambulló varias veces, gritando cada vez: «¡No saldrás
hasta que confieses la verdad! ¡Si no, te ahogo!» Entonces el eunuco
pensó: «¡Seguramente lo hará como lo dice!» Y después gritó: «¡Amo
Kamaralzamán, sácame de aquí y te diré la verdad!» Entonces el príncipe
lo sacó, y le vió que temblaba como caña al viento, y castañeteaba los
dientes de frío y miedo, y presentaba un aspecto asqueroso chorreando
agua y sangrando por la nariz.
El eunuco, al sentirse momentáneamente fuera de peligro, no perdió un
instante, y dijo al príncipe: «¡Permíteme que vaya primero á mudarme de
ropa y á limpiarme las narices!» Y Kamaralzamán le dijo: «¡Vete, pero no
pierdas tiempo! ¡Y vuelve pronto á darme noticias!» Y el eunuco salió
corriendo, y se fué á palacio á buscar al padre de Kamaralzamán.
Y en aquel momento el rey Schahramán conversaba con su gran visir,
diciendo: «¡Oh visir mío! ¡he pasado muy mala noche, por lo inquieto que
está mi corazón respecto á mi hijo Kamaralzamán! ¡Y temo mucho de que le
haya ocurrido alguna desgracia en esa torre vieja, tan mal acondicionada
para un joven tan delicado como mi hijo!» Pero el visir le contestó:
«¡Tranquilízate! ¡Por Alah! ¡Nada ha de sucederle allí! ¡Así se domará
su arrogancia y se reducirá su orgullo!»
Y en el acto se presentó el eunuco en el estado en que le habían puesto,
y cayó á los pies del rey, y exclamó: «¡Oh señor nuestro y sultán! ¡La
desventura ha entrado en tu casa! ¡Mi amo Kamaralzamán acaba de
despertarse completamente loco! ¡Y para darte una prueba de su locura,
sabe que me dijo tal y cuál cosa, y me hizo tal y cuál otra! ¡Y yo ¡por
Alah! no he visto entrar en el aposento del príncipe muchacha ni
muchacho!»
Oídas tales palabras, el rey Schahramán ya no tuvo duda de sus
presentimientos, y gritó á su visir: «¡Maldición! ¡Tuya es la culpa, ¡oh
visir de perros! ¡Tú me sugeriste la idea calamitosa de encerrar á mi
hijo, á la llama de mi corazón! ¡Ah, hijo de perro! ¡levántate y corre
pronto á ver lo que pasa, y vuelve aquí á darme cuenta de ello
inmediatamente!
En seguida salió el gran visir, acompañado del eunuco, y se dirigió á la
torre, pidiendo pormenores, que el esclavo le dió, y bien alarmantes.
Así es que el visir no entró en la habitación sin precauciones
infinitas, metiendo poco á poco primero la cabeza y después el cuerpo.
¡Y cuál no fué su sorpresa al ver á Kamaralzamán sentado tranquilamente
en la cama y leyendo con atención el Korán!...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 187.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Kamaralzamán sentado tranquilamente en la cama y leyendo con atención
el Korán! Se acercó á él, y después de la zalema más respetuosa, se
sentó en el suelo cerca del lecho, y le dijo: «¡Cómo nos ha alarmado
este eunuco de betún! ¡Figúrate que este hijo de zorra se presentó
trastornado y con facha de perro sarnoso á asustarnos, contándonos cosas
que sería indecente repetir delante de ti! ¡Turbó nuestra quietud de tal
manera, que estoy alborotado todavía!» Y Kamaralzamán dijo:
«¡Verdaderamente, no os habrá molestado más de lo que me ha molestado á
mí hace poco! ¡Pero ¡oh visir de mi padre! me alegraría mucho saber lo
que os pudo contar!» El visir contestó: «¡Alah preserve tu juventud!
¡Alah robustezca tu entendimiento! ¡Aleje de ti las acciones no
mesuradas y libre á tu lengua de las palabras sin sal! ¡Este hijo de
bardaje afirma que te has vuelto loco de repente, y le has hablado de
una joven que pasó la noche contigo, y que luego te acaloraste con otras
insensateces semejantes, y que has acabado por molerle á golpes y
echarle al pozo! ¡Oh Kamaralzamán! ¿No es verdad que todo se reduce á
una osadía de ese negro podrido?»
Oídas tales palabras, Kamaralzamán se sonrió con aire de superioridad, y
dijo al visir: «¡Por Alah! ¿Has acabado con las chanzas, viejo sucio, ó
quieres también enterarte de si el agua del pozo sirve para el hammam?
¡Te advierto que si ahora mismo no me dices lo que mi padre y tú habéis
hecho con mi amante, la joven de hermosos ojos negros y mejillas frescas
y sonrosadas, me pagarás tus astucias más caras que el eunuco!»
Entonces, sobrecogido otra vez el visir por una inquietud sin límites,
se levantó andando hacia atrás, y dijo: «¡El nombre de Alah sobre ti y
alrededor de ti! ¡Ya Kamaralzamán! ¿por qué hablas de esa manera? ¡Si es
que has soñado eso á consecuencia de una mala digestión, apresúrate por
favor á disipar el sueño! ¡Ya Kamaralzamán, esta conversación no es
razonable!»
Al oir tales palabras, el joven exclamó: «¡Para demostrarte ¡oh jeque de
maldición! que no he visto á la joven con las orejas, sino con este ojo
y este otro, y que no he palpado y olido las rosas de su cuerpo con los
ojos, sino con estos dedos y esta nariz, toma!» Y le dió un cabezazo en
el vientre que lo tiró al suelo, y después le agarró las barbas, que
llevaba muy largas, y se las enrolló alrededor de la muñeca, y seguro de
que no podía escaparse, empezó á darle recios golpes todo el tiempo que
se lo permitieron sus fuerzas.
El desdichado gran visir, viendo que perdía las barbas pelo á pelo, y
que también el alma estaba á punto de despedirse, se dijo para sí:
«¡Ahora tengo que mentir! ¡Es el único medio de librarme de las manos
de este loco!» Por lo tanto, le dijo: «¡Oh mi señor! ¡Te ruego que me
perdones por haberte engañado! La culpa es de tu padre, que me encargó
mucho, so pena de horca inmediata, que no te revelara todavía el sitio
en que se ha depositado á la joven consabida. Pero si quieres soltarme,
voy á escape á suplicar al rey tu padre que te saque de esta torre, y le
daré cuenta de tu deseo de casarte con la joven. ¡Lo cual le alegrará
hasta el límite de la alegría!»
Al oir estas palabras, Kamaralzamán le soltó y le dijo: «¡En tal caso,
ve pronto á avisar á mi padre, y vuelve á traerme inmediatamente la
contestación!»
En cuanto el visir se vió libre, se precipitó fuera del aposento,
cuidando de cerrar la puerta con doble vuelta de llave, y corrió, fuera
de sí y con la ropa hecha pedazos, á la sala del trono.
Al ver el rey Schahramán á su visir en aquel estado lamentable, le dijo:
«¡Te hallo muy abatido y sin turbante! ¡Y pareces muy mortificado! ¡Bien
se ve que ha debido de ocurrirte algo desagradable!» El visir respondió:
«¡Lo que me pasa es menos desagradable que lo que le sucede á tu hijo,
¡oh rey!» Éste preguntó: «Pues entonces, ¿qué es?» El visir dijo: «¡No
cabe duda de que está completamente loco!»
A estas palabras, el rey vió que la luz se convertía en tinieblas
delante de sus ojos, y dijo: «¡Alah me asista! ¡Dime pronto los
caracteres de la locura que ataca á mi hijo!» Y el visir contestó:
«¡Escucho y obedezco!» Y refirió al rey todos los pormenores de la
escena, sin olvidar cómo escapó de manos de Kamaralzamán.
Entonces el rey se encolerizó en extremo, y gritó: «¡Oh el más
calamitoso de los visires! ¡Esta noticia que me anuncias vale tu cabeza!
¡Por Alah! ¡Si es realmente ese el estado de mi hijo, te mandaré
crucificar encima del minarete más alto, para enseñarte á no darme
consejos tan detestables como los que fueron la primera causa de esta
desdicha!» Y se precipitó hacia la torre, y seguido del visir penetró en
la habitación de Kamaralzamán.
Cuando Kamaralzamán vió entrar á su padre, se levantó rápidamente en
honor suyo, y saltó de la cama, y se quedó respetuosamente delante de
él, cruzado de brazos, después de haberle besado la mano, á fuer de buen
hijo. Y el rey, contentísimo al ver á su hijo tan pacífico, le echó los
brazos con ternura alrededor del cuello y le besó entre los dos ojos,
llorando de alegría.
Tras de lo cual le hizo sentarse junto á él, encima de la cama, y se
volvió indignado hacia el visir, y le dijo: «¡Ya ves cómo eres el último
de los últimos entre los visires! ¿Cómo osaste venir á contarme que mi
hijo estaba de esta ó la otra manera, llenando de espanto mi corazón y
haciéndome añicos el hígado?» Luego añadió: «¡Además, vas á oir con tus
propios oídos las respuestas llenas de sentido común que me dará mi
amado hijo!» Miró entonces paternalmente al joven, y le preguntó: