solía, á tomar el fresco, y voló ligera hacia los estados del cielo,
para dirigirse desde allí al lugar hacia el cual se sintiera atraída. Y
al pasar por cerca de la techumbre de la torre, se asombró de ver luz en
un sitio en que desde hacía largos años nunca había visto nada. Dijo,
pues, para sí: «¡Seguramente que esa luz está ahí por algo! ¡He de
entrar dentro á ver lo que es!» Entonces dió un rodeo y penetró en la
torre, y vió al esclavo echado á la puerta; pero sin pararse, pasó por
encima y entró en la habitación. Y cuál no fué su encantadora sorpresa
al ver al joven que estaba echado medio desnudo en la cama. Empezó por
pararse de puntillas, y para verle mejor, se acercó sigilosamente,
después de haberse bajado las alas, que le molestaban un tanto en
aquella habitación tan angosta. Y levantó por completo la colcha que
tapaba la cara del joven, y la dejó estupefacta su hermosura. Y estuvo
sin respirar una hora, por temor á despertarle antes de haber podido
admirar á su gusto todas las delicadezas que le formaban. Porque en
verdad, el encanto que se desprendía de toda su persona, el color
delicado de sus mejillas, la tibieza de sus párpados de pestañas llenas
de sombra pálida y larguísimas, la curva adorable de sus cejas, todo
ello, incluso el olor embriagador de su piel y los reflejos dulces de su
cuerpo, hubieron de emocionar á la gentil Maimuna, que en toda su vida
de excursiones á través de la tierra habitable había visto semejante
belleza. Ciertamente, bien se le podían aplicar estos versos del poeta:
_¡Al contacto de mis labios vi que se ennegrecían sus pupilas, que
son mi locura, y se sonrojaban sus mejillas, que son toda mi alma!_
_Y exclamé: ¡Oh corazón mío! Di á los que se atreven á motejar tu
pasión: ¡Oh censores, enseñadme un objeto tan hermoso como mi muy
amado!_
Y cuando la efrita Maimuna, hija del efrit Domriatt, sació bien sus ojos
con aquel espectáculo maravilloso, alabó á Alah exclamando: «¡Bendito
sea el Creador que modela la perfección!» Después pensó: «¿Y cómo los
padres de este adolescente pueden separarse de él para encerrarle solo
en esta torre derruída? ¿No temerán los maleficios de los genios malos
de mi raza que habitan en los escombros y en los lugares desiertos? Pero
¡por Alah! ya que ellos no hacen caso de su hijo, juro otorgarle mi
protección y defenderle contra todo efrit que, atraído por sus encantos,
quiera abusar de él.» Después se inclinó sobre Kamaralzamán y le besó en
los labios con gran delicadeza, y en los párpados, y en ambas mejillas,
volviendo á taparle con la colcha, sin despertarle, y abrió las alas,
volando por la alta ventana hacia el cielo.
Pero al llegar á la región media para tomar el fresco, y cuando se
cernía tranquilamente, pensando en el joven dormido, de pronto, y nada
lejos, oyó un ruido de precipitado batir de alas que la hizo volverse
hacia aquella parte. Y vió que el autor del ruido era el efrit Dahnasch,
genio de mala especie, uno de los rebeldes que no acatan ni reconocen
la supremacía de Soleimán ben-Daúd. Y este Dahnasch era hijo de
Schamhurasch, el más rápido de los genios en las carreras aéreas.
Cuando Maimuna vió al malo de Dahnasch, temió que el bribón vislumbrase
la claridad de la torre y perpetrase allí cualquier fechoría, por lo que
se arrojó sobre él con un ímpetu semejante al del gavilán, é iba á
alcanzarle y agredirle, cuando Dahnasch le hizo seña de que se rendía á
discreción, y le dijo temblando de miedo: «¡Oh poderosa Maimuna, hija
del rey de los genios! ¡te conjuro, por el Nombre Augusto y por el
talismán sagrado del sello de Soleimán, á que no uses de tu poder para
hacerme daño! Y por mi parte te prometo no hacer nada reprensible.»
Entonces Maimuna dijo á Dahnasch, hijo de Schamhurasch: «¡Así sea! Me
avengo á perdonarte. ¡Pero apresúrate á decirme de dónde vienes á estas
horas, qué haces ahí y adónde piensas ir! ¡Y sobre todo, sé verídico en
tus palabras, ¡oh Dahnasch! pues si no, estoy dispuesta á arrancarte las
plumas de las alas con mis manos, á desollarte y á romperte los huesos,
para precipitarte después como una masa! ¡No creas poder librarte con
una mentira, oh Dahnasch!» Entonces el efrit dijo: «¡Oh mi dueña
Maimuna! ¡sabe que en este momento me has encontrado muy á propósito
para oir cualquier cosa completamente extraordinaria! ¡Pero prométeme
siquiera dejarme ir en paz si satisfago tu deseo y darme un
salvoconducto que en adelante me resguarde de la mala voluntad de todos
los genios, mis enemigos del aire, del mar y la tierra, ya que eres la
hija del rey de todos nosotros, Domriatt el formidable!» Así habló el
efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.
Entonces Maimuna, hija de Domriatt, dijo: «Te lo prometo por la gema
grabada con el sello de Soleimán ben-Daúd (¡sobre entrambos la oración y
la paz!). Pero habla, por fin, pues presiento que tu aventura es muy
extraña.» Entonces el efrit Dahnasch acortó la carrera, giró sobre sí
mismo, y fué á colocarse al lado de Maimuna. Después contó del modo
siguiente su aventura:
* * * * *
«Sabe ¡oh gloriosa Maimuna! que vengo en este momento del fondo de un
interior lejano, de los extremos de la China, país en que reina el Gran
Ghayur, señor de El-Buhur y de El-Kussur, en donde se yerguen en
derredor numerosas torres y se encuentra su corte, sus mujeres con sus
adornos y sus guardias en las encrucijadas y en todo el contorno. ¡Y
allí han visto mis ojos la cosa más hermosa de todos mis viajes y mis
jiras, su hija única, El-Sett Budur!
»Y como le es imposible á mi lengua, aun exponiéndose á criar pelo, el
pintarte la belleza de esa princesa, me contentaré con enumerarte
sencillamente sus cualidades de un modo aproximado. Escucha, pues, ¡oh
Maimuna!
»Te hablaré de su cabellera. Luego te describiré su rostro. Luego sus
mejillas, sus labios, su saliva, su lengua, su garganta, sus pechos, su
vientre, sus caderas, sus nalgas, su centro, sus muslos, y por fin sus
pies, ¡oh Maimuna!
»¡Bismilah!
»¡Oh su cabellera, señora mía! ¡Es tan oscura, que resulta más negra que
la separación de los amigos! ¡Y cuando se reparte en tres trenzas que
descienden hasta sus pies, creo ver tres noches á un tiempo!
»¡Y su rostro! ¡Es tan blanco como el día en que se encuentran los
amigos! ¡Si lo miro en el momento de brillar la luna llena, veo dos
lunas á la vez!
»¡Sus mejillas están formadas por una anémona dividida en dos corolas;
sus pómulos parecen la misma púrpura de los vinos, y su nariz es más
recta y más fina que una hoja de acero escogido!
»¡Sus labios son ágata coloreada y coral; su lengua--cuando la
mueve--segrega la elocuencia; y su saliva es más deseable que el zumo de
las uvas; apaga la sed más abrasadora! ¡Tal es su boca!
»¡Pero su seno! ¡Bendito sea el Creador! ¡Es una seducción viviente!
¡Sostiene dos pechos gemelos del marfil más puro, redondos, y que caben
en los cinco dedos de la mano!
»¡Su vientre tiene hoyuelos llenos de sombra y colocados con tanta
armonía como los caracteres árabes en el sello de un escriba copto de
Egipto! ¡Y este vientre da nacimiento á una cintura elástica ¡ya Alah! y
formada!... Pero ¡y sus nalgas!
»¡Sus nalgas! ¡oh, oh! ¡me estremezco! ¡Son una masa tan pesada, que
obligan á su ama á sentarse cuando se levanta y á levantarse cuando se
acuesta! Verdaderamente, ¡oh dueña mía! no puedo darte idea de ellas más
que recurriendo á estos versos del poeta:
_¡Tiene un trasero enorme y fastuoso, que necesitaría una cintura
menos frágil que aquella de que está suspendido!_
_¡Es, para ella y para mí, origen de tortura incesantes y de
alboroto, pues_
_A ella la obliga á sentarse cuando se levanta, y á mí, cuando
pienso en él, me pone el zib siempre erguido!_
»¡Tal es su trasero! Y de él se desprenden dos muslos gloriosos, de
mármol blanco, sólidos, unidos en lo alto por una corona. Después vienen
las piernas y los pies gentiles, y tan pequeños, que me asombra cómo
pueden sostener tantos pesos superpuestos.
»En cuanto á su centro, ¡oh Maimuna! á decir verdad, desespero de poder
hablarte de él como corresponde, pues es definitivo y absoluto. Por
ahora sólo esto mi lengua puede revelarte, pues ni siquiera con ademanes
me sería posible hacerte apreciar todas sus suntuosidades.
»Y así es, poco más ó menos, ¡oh Maimuna! la adolescente princesa
El-Sett Budur, hija del rey Ghayur...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 179.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...Y así es, poco más ó menos, ¡oh Maimuna! la adolescente princesa
El-Sett Budur, hija del rey Ghayur.
»Pero también he de decirte, ¡oh Maimuna! que el rey Ghayur amaba en
extremo á su hija El-Sett-Budur, cuyas perfecciones acabo de enumerarte
sencillamente, y la quería con afecto tan vivo, que su placer era
ingeniarse para darle cada día una distracción nueva. Pero como pasado
cierto tiempo ya se le agotaron toda clase de diversiones, pensó en
darle goces diferentes, construyendo para ella palacios maravillosos.
Empezó la serie por la edificación de siete, cada cual de estilo
distinto y de diversa materia preciosa. Así, pues, mandó construir el
primero todo de cristal, el segundo de alabastro diáfano, el tercero de
porcelana, el cuarto de mosaicos de pedrería, el quinto de plata, el
sexto de oro y el séptimo sólo de perlas y diamantes. Y el rey Ghayur no
dejó de mandar que cada palacio se adornase de la manera más adecuada al
estilo de su construcción; reunió en ellos todos los atractivos que
pudieran hacer su uso todavía más encantador, cuidando, por ejemplo, y
sobre todo, de la belleza de sus estanques y jardines. Y para distraer á
su hija Budur la hizo habitar en estos palacios, pero sólo un año en
cada uno, á fin de que no tuviera tiempo de cansarse y el placer
sucediera sin fatiga al placer.
»¡Es natural que, en medio de tantas cosas bellas, la belleza de la
joven se afinara, y llegara por último al estado supremo que hubo de
encantarme!
»De tal modo, que no te pasmarás, ¡oh Maimuna! si te digo que todos los
reyes vecinos á los Estados del rey Ghayur deseaban ardientemente
casarse con la joven de fastuoso trasero. Pero he de apresurarme, no
obstante, á tranquilizarte respecto á su virginidad, pues hasta ahora
rechazó con horror las proposiciones que su padre le transmitiera, y
contentóse con responderle cada vez: «¡Soy mi propia reina y mi única
dueña! ¿Cómo he de soportar que un hombre roce un cuerpo que tolera
apenas el contacto de la seda?»
»Y el rey Ghayur, que habría preferido la muerte á contrariar á Budur,
no encontraba nada que replicar, y se veía forzado á no atender las
peticiones de los reyes vecinos suyos y de los príncipes que con tal fin
iban á su reino desde los países más remotos. Y un día que un rey joven,
más bello y poderoso que los demás, se presentó después de haber enviado
muchos regalos preparatorios, el rey Ghayur habló de él á Budur, que,
indignada esta vez, estalló en reconvenciones, y exclamó: «¡Ya veo que
no me queda más que un medio de acabar con este tormento continuo! ¡Voy
á coger ese alfanje que veo ahí, y clavármelo de punta en el corazón
para que me salga por la espalda! ¡Por Alah! ¡No tengo otro recurso!» Y
como se disponía de veras á emplear tal violencia consigo misma, el rey
Ghayur se asustó de tal modo, que sacó la lengua, y sacudió la mano, y
puso los ojos en blanco; y después se apresuró á confiar á Budur á diez
viejas muy listas y llenas de experiencia, una de las cuales fué la
propia nodriza de Budur. Y desde entonces las diez viejas no la dejan un
momento y vigilan sucesivamente á la puerta de su habitación.
»Y he aquí ¡oh mi señora Maimuna! el estado actual de las cosas. Y yo no
ceso, ciertamente, de ir todas las noches á contemplar la belleza de la
princesa y á ensancharme los sentidos viendo sus esplendores. Y puedes
creer que no me faltan tentaciones de cabalgarla y deleitarme con su
trasero; pero pienso que sería una lástima atentar, á disgusto de la
propietaria, contra una suntuosidad tan bien guardada. Sin embargo, ¡oh
Maimuna! disfruto algo de ella durante su sueño; la beso, por ejemplo,
entre los dos ojos, suavemente, aunque se me pasan ganas muy grandes de
hacerlo con fuerza; pero desconfío de mí mismo, sabiendo que no podré
contenerme si empiezo, y prefiero abstenerme del todo por temor de
estropear á la joven.
»Te conjuro, pues, ¡oh Maimuna! á que vengas conmigo á ver á mi amiga
Budur, cuya belleza te encantará, sin duda alguna, y cuyas perfecciones
te garantizo que han de entusiasmarte. ¡Vamos ¡oh Maimuna! al país del
rey Ghayur para admirar á El-Sett Budur!»
* * * * *
Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 180.ª NOCHE_
Ella dijo:
...Así habló el efrit Dahnasch, hijo del rápido Schamhurasch.
Cuando la joven efrita Maimuna hubo oído esta historia, en vez de
contestar, se rió burlonamente, dió un aletazo en el vientre al efrit, y
escupiéndole en la cara, le dijo: «¡Qué estúpido estás con tu muchacha
meona! ¡Y verdaderamente me pregunto cómo te has atrevido á hablarme de
ella, cuando debes saber que no podría soportar por un momento la
comparación con el hermoso adolescente á quien amo!» Y el efrit exclamó,
limpiándose la cara: «Pero ¡oh mi señora! ignoro en absoluto la
existencia de tu joven amigo, y con perdón tuyo, no deseo más que
verlo, aunque me cuesta mucho trabajo creer que pueda igualar á la
hermosura de mi princesa.» Entonces Maimuna le gritó: «¿Quieres callar,
maldito? Te repito que mi amigo es tan hermoso, que si le vieras, aunque
fuese en sueños, te daría un ataque de epilepsia y babearías como un
camello.» Y Dahnasch preguntó: «Pero ¿dónde está y quién puede ser?»
Maimuna dijo: «¡Oh bribón! Sabe que está en el mismo caso que tu
princesa, y le han encerrado en la torre vieja á cuyo pie tengo mi
morada subterránea. Pero no te forjes la ilusión de que vas á verle sin
mí, pues ya conozco tus torpezas, y no te confiaría ni siquiera la
custodia del culo de un santón. No obstante, me avengo á consentir en
enseñártelo, para saber tu parecer, advirtiéndote que como tengas la
audacia de mentir, hablando contra la realidad de lo que vas á ver, te
arranco los ojos y te convierto en el más mísero de los genios. Además,
me pagarás una buena apuesta si mi amigo resulta más bello que tu
princesa; y para ser justa, me comprometo á pagar yo en el caso
contrario.» Y Dahnasch exclamó: «¡Acepto la condición! Ven, pues,
conmigo á ver á El-Sett Budur al país de su padre el rey Ghayur.» Pero
Maimuna dijo: «Acabaremos más pronto yendo á la torre, que está ahí á
nuestros pies, para empezar por juzgar la hermosura de mi amigo, y luego
compararemos.» Entonces Dahnasch respondió: «¡Escucho y obedezco!» Y
ambos bajaron en línea recta desde lo alto de los aires hasta la
techumbre de la torre, y penetraron por la ventana en el aposento de
Kamaralzamán.
Entonces Maimuna dijo al efrit Dahnasch: «¡No te muevas! ¡Y sobre todo,
sé correcto!» Después se acercó al joven dormido, y levantó la sábana
que en aquel momento le cubría. Y se volvió hacia Dahnasch y le dijo:
«¡Mira, oh maldito! ¡Y ten cuidado con no caerte todo lo largo que
eres!» Y Dahnasch alargó la cabeza, y retrocedió estupefacto; luego
estiró de nuevo el cuello é inspeccionó largo rato la cara y el cuerpo
del hermoso joven, al cabo de lo cual movió la cabeza y dijo: «¡Oh mi
señora Maimuna! ¡ya veo que tienes mucha disculpa al pensar que tu amigo
es de belleza incomparable, pues en verdad que nunca he visto tantas
perfecciones en un cuerpo de adolescente, y eso que sabes que conozco á
los más bellos de los hijos de los hombres; pero ¡oh Maimuna! el molde
que le fabricó no se ha roto sin producir antes una muestra femenil, que
es precisamente la princesa Budur!»
Al oir estas palabras, Maimuna se lanzó sobre Dahnasch y le dió un
aletazo en la cabeza, que le rompió un cuerno, y le gritó: «¡Oh tú, el
más vil de los genios! Ve inmediatamente al palacio de Sett Budur, en
ese país del rey Ghayur, y trae á la princesa desde allá hasta aquí,
pues no quiero molestarme en acompañarte á casa de esa chiquilla; en
cuanto la hayas traído, la acostaremos al lado de mi joven amigo, y
compararemos con nuestros propios ojos. ¡Y vuelve pronto, Dahnasch, ó te
despedazo el cuerpo y te echo como pasto á las hienas y á los cuervos!»
Entonces el efrit Dahnasch recogió el cuerno del suelo y se marchó con
aire lamentable, rascándose el trasero. Después atravesó el espacio como
una saeta, y no tardó en volver, pasada una hora, con su carga á
cuestas.
Y la princesa, dormida en hombros de Dahnasch, no tenía puesta más que
la camisa, y su cuerpo palpitaba en su blancura. Y en las amplias mangas
de la camisa estaban bordados estos versos, que se entrelazaban
agradablemente:
_¡Tres cosas le impiden otorgar á los humanos una mirada que diga
«Sí»: el temor á lo desconocido, el horror á lo conocido, y su
hermosura!_
Entonces Maimuna dijo á Dahnasch: «¡Me parece que debiste entretenerte
por el camino con esta joven, pues te has retrasado, y á un buen efrit
no le hace falta gastar una hora en ir del país de Khaledán á lo último
de la China y volver por el camino más recto! ¡Bueno! Apresúrate á
tender á esa muchacha al lado de mi amigo, para que hagamos nuestro
examen.» Y el efrit Dahnasch, con infinitas precauciones, colocó
suavemente en la cama á la princesa y le quitó la camisa.
Verdaderamente, la princesa era muy bella y tal como la había descrito
el efrit Dahnasch. Y Maimuna pudo observar que el parecido entre los dos
jóvenes era tan perfecto, que se les hubiera tomado por dos gemelos, y
solamente diferían en el centro; pero tenían la misma cara de luna, la
misma cintura delicada y las mismas nalgas redondas y llenas de
opulencia; y también pudo darse cuenta de que si la joven carecía en el
centro de lo que adornaba al adolescente, lo sustituía ventajosamente
con dos breves pechos maravillosos que denotaban su sexo suculento.
Dijo, pues, á Dahnasch: «Veo que se puede vacilar un momento acerca de
la preferencia debida á uno ú otra de nuestros amigos. ¡Pero hay que ser
ciego ó insensato como tú, para no reconocer que entre dos jóvenes de
igual belleza, siendo uno varón y otra hembra, el varón es superior á la
hembra! ¿Qué dices á eso, maldito?» Pero Dahnasch contestó: «¡Por mi
parte, sé lo que sé, y veo lo que veo, y el tiempo no me haría creer lo
contrario de lo que mis ojos han visto! Pero ¡oh mi señora! ¡si tuvieras
empeño en que mintiese, mentiría para darte gusto!»
Cuando la efrita Maimuna oyó estas palabras, se echó á reir, y
comprendiendo que no podría nunca ponerse de acuerdo con el testarudo
Dahnasch sólo por medio de un examen, le dijo: «Acaso haya un medio de
averiguar cuál de nosotros dos tiene razón, y es recurrir á nuestra
inspiración. El que diga los mejores versos en loor de su preferido,
será quien esté en lo cierto. ¿Estás conforme? ¿O no eres capaz de esa
habilidad, propia sólo de los seres delicados?» Pero el efrit Dahnasch
exclamó: «¡Eso es precisamente, señora mía, lo que quería proponerte!
Pues mi padre Schamhurasch me enseñó las reglas de la construcción
poética y el arte de los versos ligeros de ritmo perfecto. Pero sea tuya
la prioridad, ¡oh encantadora Maimuna!»
Entonces Maimuna se acercó á Kamaralzamán dormido, é inclinándose hacia
sus labios, se los besó suavemente; después le acarició la frente, y con
la mano en su cabellera, dijo, mirándole:
_¡Oh cuerpo claro, al que las ramas han dado su flexibilidad y los
jazmines su fragancia! ¿Qué cuerpo de virgen vale lo que tu olor?_
_Ojos en que el diamante puso su luz y la noche sus estrellas, ¿qué
ojos de mujer alcanzarán tu fuego?_
_Beso de tu boca, más dulce que la miel aromática, ¿qué beso
femenil logrará tu frescura?_
_¡Oh! ¡Acariciar tu cabellera y estremecerse con toda mi carne
sobre tu carne, y luego ver salir las estrellas en tus ojos!_
Cuando el efrit Dahnasch oyó estos versos de Maimuna, se extasió hasta
el límite del éxtasis, y después se convulsionó hasta el límite de la
convulsión, tanto por rendir homenaje al talento de la efrita como para
expresar la emoción que le habían causado ritmos tan afinados; pero no
tardó en acercarse á su vez á su amiga Budur, para inclinarse hacia sus
pechos desnudos y depositar en ellos una caricia; é inspirado por sus
encantos, dijo, mirándola:
_¡Los arrayanes de Damasco ¡oh joven! me exaltan el alma cuando
sonríen; pero tu belleza...!_
_¡Las rosas de Bagdad, alimentadas con claror de luna y rocío, me
embriagan el alma cuando sonríen; pero tus labios desnudos...!_
_¡Cuando sonríen tus labios desnudos y tu belleza florida, ¡oh
amada mía! me vuelven loco! ¡ Y desaparece todo lo demás!_
No bien Maimuna oyó oda tan deliciosa, sorprendióse en gran manera al
encontrar...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 182.ª NOCHE_
Ella dijo:
...sorprendióse en gran manera al encontrar en Dahnasch tanto talento
unido á tanta fealdad; como, aunque mujer, estaba dotada de cierta dosis
de buen juicio, no dejó de felicitar á Dahnasch, que se ensanchó en
extremo. Y le dijo: «¡Verdaderamente, ¡oh Dahnasch! tienes un alma
bastante delicada dentro de esa armazón que habitas; pero no creas que
vences en el arte de los versos, ni Sett Budur vence tampoco en
hermosura á Kamaralzamán!» Y Dahnasch, sofocado, exclamó: «¿Lo crees
así de veras?» Ella dijo: «¡Seguramente!» Él dijo: «¡No lo creo!» Ella
dijo: «¡Toma!» Y de un aletazo le hinchó un ojo. Él dijo: «¡Eso no
prueba nada!» Ella dijo: «¡Bueno! ¡Mírame el trasero!» Él dijo: «¡Está
bastante flaco!»
Al oir estas palabras, Maimuna, doblemente irritada, quiso precipitarse
sobre Dahnasch y estropearle alguna parte de su individuo; pero
Dahnasch, que lo había previsto, de pronto se convirtió en pulga y se
refugió sigilosamente en la cama debajo de los dos jóvenes; y como
Maimuna temía despertarlos, se vió obligada, para resolver aquel caso, á
jurar á Dahnasch que ya no le haría más daño; y Dahnasch, oído el
juramento, recobró su forma, pero se mantuvo en guardia. Entonces
Maimuna le dijo: «Oye, Dahnasch: no encuentro más medio para terminar
esta disputa que recurrir al arbitraje de un tercero.» Él dijo: «Me
avengo á ello.»
Entonces Maimuna dió con el pie en el suelo, que se entreabrió, dando
salida á un efrit espantoso, inmensamente horrible. En la cabeza tenía
seis cuernos, cada uno de cuatro mil cuatrocientos ochenta codos de
longitud; ostentaba tres rabos ahorquillados no menos extensos. Uno de
sus brazos tenía cinco mil quinientos cincuenta y cinco codos de largo,
y el otro medio codo nada más; era cojo y jorobado, y sus ojos estaban
colocados en el centro de la cara y en sentido longitudinal; las manos,
más anchas que calderos, acababan en garras de león; las piernas,
rematadas con cascos, le hacían renquear; y su zib, cuarenta veces más
gordo que el de un elefante, daba la vuelta por la espalda y surgía
triunfador. Se llamaba Kaschkasch ben-Fakhrasch ben-Atrasch, de la
posteridad de Eblis Abú-Hanfasch.
Y cuando la tierra se volvió á cerrar, el efrit Kaschkasch distinguió á
Maimuna, y en seguida besó la tierra entre sus manos, quedándose delante
de ella humildemente con los brazos cruzados, y le preguntó: «¡Oh mi
dueña Maimuna, hija de nuestro rey Domriatt! Soy el esclavo que aguarda
tus órdenes.» Ella dijo: «Quiero, Kaschkasch, que seas juez en la
disputa que ha surgido entre ese maldito Dahnasch y yo. Ocurre tal y
cuál cosa. Te corresponde ser imparcial, y después de echar una mirada á
ese lecho, decirnos quién te parece más hermoso, si mi amigo ó esa
joven.»
Entonces Kaschkasch se volvió hacia la cama en que ambos jóvenes dormían
tranquilos y desnudos, y al verlos, fué tal su emoción, que se agarró
con la mano izquierda la herramienta que se le erguía por encima de la
cabeza, y se puso á bailar, cogido con la mano derecha al triple rabo
ahorquillado. Después de lo cual dijo á Maimuna y á Dahnasch: «¡Por
Alah! Bien mirado, me parecen iguales en belleza y diferentes sólo en el
sexo. Pero de todos modos, sé de un medio único que puede dirimir la
contienda.» Ellos dijeron: «¡Date prisa á comunicárnoslo!» Él contestó:
«Dejadme primero cantar algo en honor á esa joven, que me alborota en
extremo.» Maimuna dijo: «Poco tiempo hay para eso. ¡Como no quieras
decirnos algunos versos acerca de ese hermoso adolescente!» Y Kaschkasch
dijo: «Acaso resulte algo extraordinario.» Ella contestó: «Canta de
todas maneras, siempre que los versos sean bien medidos y breves.»
Entonces Kaschkasch cantó estos versos oscuros y complicados:
_¡Adolescente, me recuerdas que al consagrarse á un amor único, el
cuidado y la zozobra ahogarían el fervor! ¡Sé prudente, corazón
mío!_
_¡Gusta el azúcar de los besos en el labio virginal; pero para que
el porvenir sea propicio, no dejes que se enmohezca la puerta de
salida! ¡El sabor á sal es delicioso en los labios menos fáciles!_