dijo: «¡Oh jóvenes, aguardad unos momentos, y seré con vosotros!» Salió,
para volver en seguida acompañado de un muchacho que llevaba un paquete.
El jeque sacó de allí unos trajes, y nos rogó que nos los pusiéramos, y
después dijo: «Venid á mi casa, donde estaréis mejor que en esta
mezquita, pues debéis de tener hambre y sed.» Y nos obligó á acompañarle
á su casa, á la cual no llegó el príncipe más que para tenderse sin
aliento en una alfombra. Y entonces, á lo lejos, como si viniera con la
brisa que soplaba por el oasis á través de las palmeras, se dejó oir la
voz de alguna pobre que cantaba plañideramente estos versos tristes:
_¡Lloraba yo al ver aproximarse el fin de mi juventud! ¡Pero sequé
pronto aquellas lágrimas, para no llorar más que la separación de
mi amigo!_
_¡Si el momento de la muerte le parece amargo á mi alma, no es
porque sea duro dejar una vida de amarguras, sino por irse lejos de
los ojos del amigo!_
_¡Ah! ¡Si yo hubiera sabido que el momento de la despedida estaba
tan próximo, y que me vería privado para siempre de mi amigo, me
habría llevado, como provisión para el camino, algo del contacto de
sus ojos adorados!_
»Apenas Alí ben-Bekar había empezado á oir aquel canto, levantó la
cabeza y se puso á escuchar como fuera de sí. Y cuando la voz se
extinguió le vimos volver á caer de pronto, exhalando un hondo suspiro.
Había expirado...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 169.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...le vimos volver á caer de pronto, exhalando un hondo suspiro. Había
expirado.
»Al ver aquello, el jeque y yo rompimos á llorar, y nos pasamos así toda
la noche; y le conté entre lágrimas esta triste historia. Y al llegar la
mañana le confié el cadáver hasta que la familia, avisada por mí, fuera
á buscarlo. Me despedí de aquel hombre tan bueno, y me dirigí
rápidamente á Bagdad, aprovechando la salida de una caravana que allá se
dirigía. Y en cuanto llegué, corrí á casa del príncipe, sin mudarme
siquiera de ropa, y me presenté á su madre.
»Cuando la madre de Ben-Bekar me vió llegar solo, sin su hijo, y observó
mi tristeza, empezó á temblar, y yo le dije: «¡Oh venerable madre de
Alí, Alah es el que manda, y la criatura tiene que someterse! Cuando se
dirige á un alma el escrito de llamada, el alma tiene que presentarse
sin demora delante de su amo.»
»Al oir esto, la madre de Alí exhaló un gran grito, y cayendo de bruces
al suelo, exclamó: «¡Qué horror! ¿Habrá muerto mi hijo?»
»Yo bajé los ojos, sin poder pronunciar una palabra. Y vi cómo la pobre
madre, ahogada por los sollozos, se desmayaba. Y me puse á llorar todas
las lágrimas de mi corazón, mientras las mujeres llenaban la casa con
sus lamentos.
»Cuando por fin pudo oirme la madre de Alí, le conté los pormenores de
la muerte, y le dije: «¡Reconozca Alah lo grande de tus méritos ¡oh
madre de Alí! y te remunere con sus beneficios y su misericordia!»
Entonces ella me preguntó: «¿Pero no ha dejado ningún encargo para que
me lo transmitieras?» Yo contesté: «Me dijo que, si moría, era su mayor
deseo que lo transportaran á Bagdad.» La madre del príncipe volvió á
romper en llanto, desgarrándose los vestidos, y dijo que inmediatamente
iría con una caravana para recoger el cadáver de su hijo.
»Y dejándola entregada á sus preparativos de marcha, regresé á mi
domicilio, pensando: «¡Oh príncipe Alí, desventurado amante! ¡Qué
lástima que tu juventud haya sido segada en su más hermosa floración!»
»Y al llegar á mi casa, cuando eché mano al bolsillo para sacar la
llave, me tocaron en el brazo; me volví, y vi á la confidente de
Schamsennahar vestida de luto y con cara muy triste. Quise escaparme,
pero la joven me obligó á entrar en casa con ella. Y sin hablarnos,
rompimos á llorar uno y otro. Después le dije: «¿Ya sabrás la
desgracia?» Ella respondió: «¿A cuál te refieres, Amín?» Yo le dije:
«¡La muerte del príncipe Alí!» Y al verla llorar de nuevo comprendí que
nada sabía, y la enteré en medio de grandes sollozos.
»Después ella me preguntó: «¿Y tú, conoces mi desgracia?» Yo exclamé:
«¿Habrá perecido Schamsennahar por orden del califa?» Ella contestó:
«Schamsennahar ha muerto, pero no como supones. ¡Oh desventurada señora
mía!» Y rompió á llorar, hasta que por fin me dijo: «¡Escúchame, Amín!
* * * * *
»Cuando Schamsennahar llegó acompañada por los veinte eunucos á
presencia del califa, éste despidió á todo el mundo, se acercó á ella,
la mandó sentar junto á él, y con voz llena de bondad le dijo: «¡Oh
Schamsennahar! Tienes enemigos en palacio, y estos enemigos han querido
calumniarte deformando tus actos y presentándomelos bajo un aspecto
indigno de ti y de mí. Sabe que te quiero más que nunca, y para probarlo
ante todo el palacio, he dado órdenes de que se aumente tu tren de casa,
y el número de tus esclavas, y los gastos tuyos. ¡Te ruego, por tanto,
que abandones esa aflicción que me aflige también á mí! ¡Y para
distraerte, voy á llamar á las cantarinas de palacio, y disponer que
traigan bandejas cargadas de frutas y bebidas!»
»Inmediatamente entraron las tañedoras de instrumentos y las cantarinas.
Los esclavos vinieron cargados con grandes bandejas repletas de
apetitoso contenido. Y cuando todo estuvo dispuesto, el califa, sentado
al lado de Schamsennahar, que á pesar de tanta bondad se sentía cada vez
más débil, mandó á las cantarinas que empezaran. Y una de ellas, al son
de los laúdes, pulsados por los dedos de sus compañeras, prorrumpió en
este canto:
_¡Oh lágrimas, hacéis traición á los secretos de mi alma, no
dejando que guarde para mí sola un dolor cultivado en silencio!_
_¡He perdido al amigo amado por mi corazón!..._
»Y he aquí que antes de terminarse la estrofa, Schamsennahar exhaló un
gran suspiro y cayó de espaldas. El califa, afectadísimo, se inclinó
hacia ella rápidamente, creyéndola desmayada, ¡pero la levantó muerta!
»Entonces tiró la copa que tenía en la mano, derribó las bandejas, y
mientras dábamos gritos espantosos nos mandó salir á todas, ordenando
que rompiéramos las guitarras y los laúdes de la fiesta. Yo fuí la única
á quien permitió la permanencia en el salón. El emir se colocó á
Schamsennahar en las rodillas, y así estuvo llorando toda la noche,
mandándome que no dejase entrar á nadie.
A la mañana siguiente confió el cuerpo á las plañideras y lavadoras, y
mandó que se le hicieran funerales de mujer legítima, y todavía más
grandiosos. Después se encerró en sus habitaciones, y desde entonces no
se le ha vuelto á ver en el salón de justicia.»
* * * * *
»Por mi parte, lloré con la joven la muerte de Schamsennahar, y ambos
nos pusimos de acuerdo para que Alí ben-Bekar fuese enterrado al lado de
Schamsennahar. Y aguardamos el regreso de la madre, y cuando regresó,
tributamos al cadáver del príncipe unos fastuosos funerales, y logramos
que se le sepultara al lado de la tumba de Schamsennahar.
»Y desde entonces yo y la joven confidente, que llegó á ser mi esposa,
visitamos las dos tumbas, para llorar por los amantes, de quienes
habíamos sido tan amigos.»
Y tal es, ¡oh rey afortunado!--prosiguió Schahrazada--la historia
conmovedora de Schamsennahar, favorita del califa Harún Al-Rachid.
En esto la pequeña Doniazada, no pudiendo reprimirse por más tiempo,
prorrumpió en sollozos, hundiendo la cabeza en la alfombra. Y el rey
Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! ¡esa historia me ha entristecido
mucho!»
Entonces Schahrazada dijo: «¡Oh rey! ¡Si te he contado esa historia, tan
diferente de las otras, ha sido más que nada por los versos admirables
que contiene, y sobre todo, para disponerte mejor á la alegría que ha de
causarte la que me propongo contar ahora, si tienes á bien permitirlo!»
Y el rey Schahriar contestó: «¡Oh Schahrazada! ¡hazme olvidar esta
tristeza, y hazme saber el título de esa historia que me prometes!» Y
Schahrazada dijo: «Es la HISTORIA MÁGICA DE LA PRINCESA BUDUR, LA LUNA
MÁS BELLA ENTRE TODAS LAS LUNAS.»
Y la pequeña Doniazada, levantando la cabeza, exclamó: «¡Oh mi hermana
Schahrazada! ¡cuánta sería tu bondad si la empezaras en el acto!» Pero
Schahrazada dijo: «¡De todo corazón, y como homenaje debido á este rey
bien portado y de buenos modales! Pero no será hasta la noche próxima.»
Y como veía aparecer la mañana, Schahrazada, discretamente, se calló.
[Illustration]
[Illustration]
Historia de Kamaralzamán y la princesa Budur, la luna más bella entre
todas las lunas
_CUANDO LLEGÓ
LA 170.ª NOCHE_
[Illustration]
La pequeña Doniazada, que ya no podía resistir más su impaciencia,
se levantó de la alfombra en que estaba acurrucada, y dijo á
Schahrazada: «¡Oh hermana mía, te ruego que nos cuentes la historia
prometida, cuyo título solo ya me estremece de placer y emoción!»
Y Schahrazada sonrió á su hermana, y le dijo: «Aguardo, para
empezar, la venia del rey.»
Entonces el rey Schahriar, que aquella noche se había dado prisa á
hacer su cosa con Schahrazada, por el mucho ardor con que deseaba
la tal historia, dijo:
«¡Oh Schahrazada, cuando quieras puedes empezar la historia mágica
que, según tu promesa, me ha de gustar tanto!»
Y al punto Schahrazada contó la historia siguiente:
He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que hubo durante la antigüedad
del tiempo, en el país de Khaledán, un rey llamado Schahramán, dueño de
poderosos ejércitos y de riquezas considerables. Pero este rey, aunque
era extremadamente dichoso y tenía setenta favoritas, sin contar sus
cuatro mujeres legítimas, sufría en el alma por su esterilidad en cuanto
á descendencia, pues había llegado á edad avanzada, y sus huesos y su
médula empezaban á adelgazar, y Alah no le dotaba de un hijo que pudiera
sucederle en el trono del reino.
Un día se decidió á poner al gran visir al corriente de sus ocultas
penas, y habiéndole mandado llamar, le dijo: «¡Oh mi visir, ya no sé á
qué atribuir esta esterilidad que me hace padecer enormemente!» Y el
gran visir reflexionó durante una hora, al cabo de la cual levantó la
cabeza y dijo al rey: «¡Oh rey, verdaderamente es ésta una cuestión muy
delicada, y sólo la puede resolver Alah Todopoderoso! Créeme que,
después de haber reflexionado bien, no doy más que con una solución.» Y
el rey le preguntó: «¿Y cuál es?» El visir contestó: «¡Hela aquí! Esta
noche, antes de entrar en el harén, cuida de cumplir escrupulosamente
los deberes ordenados por el rito; haz tus abluciones con fervor y
somete por medio de la oración tu voluntad á la de Alah el Bienhechor.
¡Y de esa manera, tu unión con una esposa escogida será fertilizada por
la bendición!»
Al oir estas palabras de su visir, el rey exclamó: «¡Oh visir de
prudente palabra, acabas de indicarme un remedio admirable!» Y dió
expresivas gracias al visir por el consejo, y le regaló un ropón de
honor. Llegada ya la noche, entró en el departamento de las mujeres, no
sin haber cumplido minuciosamente los deberes del rito, y eligió á la
más joven de sus mujeres, á la que tenía las caderas más suntuosas, que
era una virgen de raza, y se introdujo en ella aquella noche. Y la
fecundó en el mismo instante y hora. Y al cabo de nueve meses, día por
día, parió la joven un varón, en medio de festejos y al son de flautas,
pífanos y címbalos.
Y el niño que acababa de nacer resultó tan hermoso, y tan semejante era
á una luna, que su padre, maravillado, le puso por nombre
Kamaralzamán[C].
¡Y en verdad que aquel niño era la más bella de las cosas creadas! Hubo
de comprobarse especialmente cuando llegó á la adolescencia, y la
belleza esparció sobre sus quince años todas las flores que encantan la
vista de los humanos. Con la edad, sus perfecciones habían llegado á su
límite; sus ojos se habían hecho más mágicos que los de los ángeles
Harut y Marut; sus miradas, más seductoras que las de Taghut, y sus
mejillas, más agradables que las anémonas. En cuanto á su cintura, se
había hecho más flexible que la caña del bambú, y más fina que una hebra
de seda. Pero en cuanto á sus nalgas, eran tan pesadas, que podían
tomarse por una montana de arena en movimiento, y los ruiseñores se
ponían á cantar al verlas.
Así, nada tenía de extraño que su cintura delicadísima se quejara unas
veces del peso enorme que la seguía, y que otras, cansada del poso, se
enojase con las nalgas.
A todo esto, conservaba tanta frescura como las rosas y era tan
delicioso como la brisa de la tarde. Y precisamente los poetas de su
época trataron de expresar de un modo cadencioso la belleza que les
pasmaba, y le cantaron en versos numerosos, como los siguientes, entre
otros mil:
_Cuando los humanos le ven, exclaman: ¡Mis ojos pueden leer estas
palabras que la belleza ha trazado sobre su frente! «¡Afirmo que es
el único hermoso!_»
_¡Cornalinas son sus labios al sonreir; su saliva es miel
derretida; sus dientes, un collar de perlas; sus cabellos se
enroscan junto á sus sienes en rizos negros, como los escorpiones
que muerden el corazón de los enamorados!_
_¡De una recortadura de sus uñas se hizo el cuarto de la luna!
¡Pero su grupa fastuosa que tiembla, los hoyuelos de sus nalgas y
la flexibilidad de su cintura, superan á toda expresión!_
Mucho quería el rey Schahramán á su hijo, hasta tal punto, que no podía
separarse de él un momento. Y como tenía que disipar con exceso sus
cualidades y su hermosura, deseaba en extremo no morirse sin verle
casado, y disfrutar así de su posteridad. Y un día que le preocupaba más
que de costumbre tal idea, se la manifestó á su gran visir, que le dijo:
«¡La idea es excelente! Porque el matrimonio suaviza el humor.» Entonces
el rey Schahramán dijo al jefe de los eunucos: «¡Ve pronto á decir á mi
hijo Kamaralzamán que venga á hablar conmigo!» Y en cuanto el eunuco le
transmitió la orden, Kamaralzamán se presentó á su padre, y después de
haberle deseado la paz respetuosamente, besó la tierra entre sus manos,
con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra á un hijo sumiso
para su padre...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGO
LA 171.ª NOCHE_
Ella dijo:
...con los ojos bajos y en modesta actitud, como cuadra á un hijo sumiso
para su padre.
Entonces el rey Schahramán le dijo: «¡Oh hijo mío Kamaralzamán, mucho
desearía no morirme sin verte casado, para alegrarme contigo y
ensancharme el corazón con tu boda!»
Al oir estas palabras de su padre, Kamaralzamán cambió de color, y
contestó con voz alterada: «Sabe ¡oh padre! que en realidad no siento
inclinación alguna al matrimonio, y mi alma no tiene afecto á las
mujeres. Pues además de la aversión instintiva que les tengo, he leído
en los libros de los sabios tantos ejemplos de sus maldades y perfidias,
que llegué á preferir la muerte á su proximidad. Y por otra parte, ¡oh
padre mío! escucha lo que á tal respecto dicen nuestros más estimados
poetas:
_¡Desdichado aquel á quien el Destino dota de una mujer! ¡Está
perdido, aunque para encerrarse edifique mil fortalezas de piedras
unidas con garfios de acero! ¡Como cañas las sacudirían los ardides
de esas criaturas!_
_¡Ah! ¡Desgraciado de ese hombre! ¡La perfidia posee ojos hermosos,
alargados con khol negro, y bellas trenzas abundantes, pero le hará
pasar por la garganta tantos pesares, que le cortarán la
respiración!_
»Otro dice:
_¡Me interrogáis acerca de esas criaturas que llamáis mujeres!
¡Sabéis que estoy versado en el conocimiento de sus fechorías, y
gastado por toda la experiencia que he adquirido!_
_¿Qué os diré, ¡oh jóvenes!?... ¡Huid de ellas! ¡Ya veis que mi
cabeza ha encanecido! ¡Ya podréis adivinar cuáles fueron los
resultados de su amor!_
»Y ha dicho otro:
_¡Hasta la virgen que se llama nueva, no es más que un cadáver que
ni los buitres querrían!_
_¡De noche crees poseerla, porque ha cuchicheado junto á ti
mimosamente secretos que no lo son! ¡Qué error! ¡Mañana
pertenecerán á otro sus muslos y sus partes mejor guardadas!_
_¡Créeme ¡oh amigo mío! que es una posada abierta para todo el que
llega! ¡Penetra en ella si quieres; pero al día siguiente sal y
vete sin volver la cabeza! ¡Deja para otros el sitio que á su vez
habrán de abandonar, si conocen la cordura!_
»¡De modo, ¡oh padre! que aunque haya de apenarte mucho, no vacilaré en
suicidarme si me quieres obligar á que me case!»
Cuando el rey Schahramán oyó estas palabras de su hijo, quedó en extremo
confuso y afligido, y la luz se convirtió en tinieblas ante sus ojos.
Pero como quería excesivamente á su hijo y deseaba no ocasionarle penas,
se contentó con decirle: «Kamaralzamán, no he de insistir sobre un
asunto que, por lo que veo, no te agrada. Pero como todavía eres joven,
tienes tiempo para reflexionar, así como para pensar en la alegría que
me produciría el verte casado y con hijos.»
Y aquel día no volvió á hablarle del asunto, sino que le mimó y le hizo
buenos regalos, y procedió del mismo modo con él durante un año.
Pero pasado el año, lo mandó llamar, como la primera vez, y le dijo:
«¿Recuerdas, Kamaralzamán, mi ruego, y has reflexionado sobre lo que te
pedí y sobre la felicidad que me causaría que te casaras?» Entonces
Kamaralzamán se prosternó delante del rey, su padre, y le dijo: «¡Oh
padre mío! ¿Cómo olvidar tus consejos, ni dejar de obedecerte, cuando el
mismo Alah me ordena el respeto y la sumisión? Pero por lo que afecta al
matrimonio, he reflexionado todo este tiempo, y estoy más resuelto que
nunca á no contraerlo, y más que nunca los libros de antiguos y modernos
me enseñan á evitar las mujeres á toda costa, pues son taimadas, necias
y repugnantes. ¡Líbreme Alah de ellas, aunque sea preciso que me mate!»
Oídas estas palabras, el rey Schahramán comprendió que sería
contraproducente todavía insistir más ú obligar á la obediencia á aquel
hijo querido. Pero su pesar fué tan grande, que se levantó desolado y
mandó llamar aparte al gran visir, á quien dijo: «¡Oh mi visir! ¡qué
locos son los padres que desean tener hijos! ¡Sólo dan penas y
decepciones! He aquí que Kamaralzamán está más resuelto aún que el año
pasado á huir de las mujeres y del matrimonio. ¡Qué desdicha la mía, oh
mi visir! ¿Y cómo la remediaremos?»
Entonces el visir inclinó la frente y recapacitó largo rato. Y luego
levantó la cabeza y dijo al rey: «¡Oh rey del siglo! He aquí el remedio
que vamos á emplear: ten paciencia un año más, y entonces, en vez de
hablarle de eso en secreto, reune á todos los emires, visires y grandes
de la corte, así como á todos los oficiales de palacio, y delante de
todos ellos declárale tu resolución de casarle sin demora. Y entonces no
se atreverá á desobedecerte ante la respetable asamblea, y te contestará
oyendo y sometiéndose...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGO
LA 172.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...y te contestará oyendo y sometiéndose.»
Tanto satisfizo al rey este discurso del visir, que exclamó: «¡Por Alah!
¡Es una idea realizable!» Y demostró su alegría ofreciendo al visir uno
de los más bellos ropones de honor. Después de lo cual tuvo paciencia el
tiempo indicado, y mandó reunir entonces la asamblea, ordenando que
asistiese á ella su hijo Kamaralzamán. Y el joven entró en la sala,
iluminándola con su presencia. ¡Y qué lunar en su barbilla! ¡Y qué
perfume ¡ya Alah! cuando pasaba! Y cuando se vió delante de su padre,
besó tres veces la tierra entre sus manos, y se quedó de pie aguardando
que su padre le dirigiera la palabra. El rey le dijo: «¡Oh hijo mío!
Sabe que te mandé asistir á esta asamblea sólo para expresarte mi
resolución de casarte con una princesa digna de tu categoría, y
alegrarme así con mi posteridad antes de fallecer.»
Cuando Kamaralzamán oyó estas palabras de su padre, sintióse de
improviso atacado por una especie de locura, que le dictó cierta
respuesta tan poco respetuosa, que todos los circunstantes bajaron los
ojos, cohibidos, y el rey quedó mortificado hasta el límite extremo de
la mortificación; y como estaba obligado á poner coto á tamaña
insolencia en público, gritó á su hijo con voz terrible: «¡Ahora verás
lo que cuesta á los hijos desobedecer á sus padres y no guardarles la
consideración debida!» E inmediatamente mandó á los guardias que ataran
á Kamaralzamán los brazos á la espalda y le encerraran en la torre vieja
de la ruinosa ciudadela contigua al palacio. Lo cual se ejecutó
inmediatamente. Y uno de los guardias se quedó á la puerta para vigilar
al príncipe y acudir á su llamamiento en caso de necesidad.
Cuando Kamaralzamán se vió encerrado de aquel modo, se entristeció
mucho, y dijo para sí: «Acaso más me habría valido obedecer á mi padre y
casarme contra mi gusto para complacerle. ¡Siquiera así habría evitado
darle tal pena y que me encerraran en esta especie de calabozo, en lo
más alto de esta torre vieja! ¡Ah, malditas mujeres, hasta de mi
infortunio sois la principal causa!» Esto en cuanto á Kamaralzamán.
Pero respecto á Schahramán, se retiró á sus aposentos, y al pensar que
su hijo, al cual quería tanto, estaba en aquel momento solo, triste y
encerrado, y quizá desesperado, empezó á lamentarse y á llorar. Porque
su cariño al hijo era grandísimo y le hacía olvidar la insolencia de que
en público se había hecho reo. Y se enfureció mucho contra el visir, que
fué quien le instigó á reunir la asamblea, por lo que le mandó llamar y
le dijo: «¡Tú eres el mayor culpable! ¡A no ser por tu malhadado
consejo, no me habría visto obligado á ser riguroso con mi hijo! ¡Vamos,
habla! ¿Qué tienes que contestarme? Y dime cómo nos conduciremos en lo
sucesivo. ¡Porque yo no puedo acostumbrarme á la idea del castigo que á
estas horas está sufriendo todavía mi hijo, la llama de mi corazón!»
Entonces el visir le dijo: «¡Oh rey, ten paciencia, dejándole sólo
quince días encerrado, y verás cómo se apresura á someterse á tu deseo!»
El rey dijo: «¿Estás bien seguro?» El visir dijo: «¡Ciertamente!»
Entonces el rey exhaló varios suspiros, y fué á tenderse en la cama, y
pasó una noche de insomnio, por lo mucho que penaba su corazón á causa
de aquel único hijo que era su mayor alegría. Y durmió menos, porque
estaba acostumbrado á que su hijo durmiera á su lado, en la misma cama,
y á ponerle su propio brazo por almohada, velándole así personalmente
el sueño. De modo que aquella noche, por más vueltas y revueltas que dió
en todos sentidos, no pudo cerrar los ojos. Eso en cuanto al rey
Schahramán.
Y volvamos al príncipe Kamaralzamán. Al caer la noche, el esclavo
encargado de guardar la puerta entró con un candelabro encendido, que
dejó á los pies del lecho, pues había cuidado de arreglar en aquella
habitación una cama bien acondicionada para el hijo del rey; y
verificado esto, se retiró. Entonces Kamaralzamán se levantó, hizo sus
abluciones, recitó algunos capítulos del Korán, y pensó en desnudarse
para pasar la noche. Se quitó, pues, toda la ropa, sin dejar puesta más
que la camisa encima del cuerpo, y se puso á la cabeza un pañuelo de
seda azul. Y más que nunca parecía así tan hermoso como la luna de la
noche 14.ª Se tendió entonces en la cama, y aunque desconsolado con la
idea de haber enojado á su padre, no tardó en dormirse profundamente.
Pero no sabía, ni podía figurárselo, lo que le iba á ocurrir aquella
noche, en aquella torre vieja, frecuentada por los genios del aire y de
la tierra.
En efecto...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGO
LA 173.ª NOCHE[D]_
Ella dijo:
...En efecto, la torre en que se había encerrado á Kamaralzamán estaba
abandonada de muchos años atrás y databa del tiempo de los antiguos
romanos; y al pie de la torre había un pozo, también antiquísimo y de
construcción romana. Y aquel pozo era precisamente el que servía de
habitación á una efrita joven, llamada Maimuna.
La efrita Maimuna, de la posteridad de Eblis, era hija del poderoso
efrit Domriatt, jefe principal de los genios subterráneos. Maimuna era
una efrita muy agradable, creyente, sumisa, ilustre entre todas las
hijas de los genios por sus propias virtudes y las de su ascendencia,
famosa en las regiones de lo desconocido.