Cuando oyeron este canto, sintieron los tres un goce tan grande, que

gritaron desde el fondo de su pecho: «¡Yz leil! ¡Ya salam! ¡Estas son

las palabras deliciosas!»

Después el joyero Amín, suponiendo que su presencia ya no era necesaria,

y en el colmo del placer al ver á los dos amantes uno en brazos de otro,

se decidió á dejarlos solos en la casa para no exponerse á molestarlos,

y se retiró discretamente. Emprendió el camino de su casa, y con el

ánimo completamente tranquilo se acostó pensando en la felicidad de sus

amigos. Y durmió hasta por la mañana.

Pero al despertarse vió delante de él á su esclava negra, con la cara

trastornada por el espanto. Y cuando abría la boca para preguntarle lo

que le había pasado, la negra le señaló con silencioso ademán á un

vecino que estaba á la puerta aguardando que despertase.

El vecino se acercó á una señal de Amín, y después de saludarle le dijo:

«¡Oh mi vecino, vengo á consolarte por la espantosa desgracia que ha

caído esta noche sobre tu casa!» El joyero exclamó: «¡Por Alah! ¿De qué

desgracia hablas?» Y el hombre dijo: «Puesto que no te has enterado

todavía, sabe que esta noche, apenas habías vuelto á tu casa, unos

ladrones cuya primera hazaña no debe de ser ésta, y que probablemente te

habrían visto la víspera trasladar á tu segunda casa cosas preciosas,

han aguardado que salieras para precipitarse dentro de la casa, donde no

pensaban encontrar á nadie; pero vieron á unos huéspedes que habías

alojado allí esta noche, y probablemente los habrán matado y hecho

desaparecer, pues no se ha podido dar con sus huellas. En cuanto á la

casa, los ladrones la han saqueado por completo, sin dejar ni una estera

ni un almohadón. ¡Y está ahora más limpia y vacía que nunca!»

Al oir esto, el joven Amín levantó los brazos lleno de amargura: «¡Qué

desgracia tan grande! ¡Mis bienes y todos los objetos que me habían

prestado los amigos se han perdido sin remisión! ¡Pero esto no vale nada

comparado con la pérdida de mis huéspedes!» Y enloquecido, descalzo y en

camisa, corrió á su segunda casa, seguido de cerca por el vecino, que

trataba de consolarle. ¡Y vió, efectivamente, que las habitaciones

resonaban como casa vacía! Entonces se desplomó llorando, prorrumpiendo

en suspiros, y luego exclamó: «¿Y qué haré ahora, vecino?» El vecino

contestó...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 164.ª NOCHE_

Ella dijo:

...El vecino contestó: «Creo, Amín, que el mejor partido es tomar la

desgracia con paciencia, y aguardar la captura de los ladrones, que

tarde ó temprano serán habidos, pues los guardias del gobernador andan

buscándolos no sólo por este robo, sino por otras fechorías que han

perpetrado hace poco tiempo.» Y el pobre joyero exclamó: «¡Oh Abalhassan

ben-Taher, prudente varón! ¡Qué buena idea tuviste al retirarte

tranquilamente á Bassra! ¡Pero lo que está escrito ha de ocurrir!» Y

Amín volvió á emprender tristemente el camino de su casa, en medio del

gentío, que había averiguado toda la historia y se compadecía de él al

verle pasar.

Y al llegar á la puerta de su casa, el joyero Amín vió en el vestíbulo á

un hombre que no conocía y le aguardaba. Y el hombre, al verle, se

levantó y le deseó la paz, y Amín le devolvió el saludo. Entonces el

hombre le dijo: «Tengo que decirte algunas palabras secretas, que sólo

debemos oir los dos.» Y Amín quiso llevarle á su aposento, pero el

hombre le dijo: «Vale más que estemos completamente solos; conque

vámonos á tu segunda casa.» Y Amín, pasmado, le preguntó: «Pero ¿cómo es

que no te conozco, y tú me conoces á mí y sabes que tengo dos casas?» El

desconocido se sonrió y dijo: «Ya te lo explicaré todo. ¡Y si Alah

quiere, contribuiré á consolarte!» Entonces Amín salió con el

desconocido, y llegó á la segunda casa; pero su acompañante hizo

observar á Amín que los ladrones habían echado la puerta abajo, y por

consiguiente no se podía estar allí libre de indiscretos. Después le

dijo: «¡Sígueme y te llevaré á un sitio que conozco!»

Entonces el hombre echó á andar, y Amín fué detrás de él, siguiéndole de

una calle á otra calle, de un zoco á otro zoco, de una puerta á otra

puerta, hasta el anochecer. Después, como hubieran llegado hasta el

Tigris, el hombre desconocido dijo: «¡Indudablemente estaremos más

seguros en la otra orilla!» Y en seguida se les acercó un barquero,

salido no se sabe de dónde, y antes de que Amín pudiera enterarse,

estaba ya con el otro en la barca, y tras unos vigorosos golpes de remo

se vieron en la orilla opuesta. El desconocido ayudó á Amín á saltar á

tierra cogiéndole de la mano, lo guió á través de unas calles angostas,

y el joyero, muy intranquilo, pensaba: «¡En mi vida he puesto aquí los

pies! ¿Qué aventura será esta aventura?»

Llegaron ante una puerta, toda de hierro, y el desconocido, sacando del

cinturón una enorme llave enmohecida, la metió en la cerradura, que

rechinó terriblemente, y la puerta se abrió. El desconocido entró con el

joyero y después cerró la puerta. Y se hundieron por un corredor, que

había que recorrer andando á gatas; y al final del corredor encontraron

una sala que estaba alumbrada por una sola lámpara colgada en el centro.

Y alrededor de aquella lámpara vió Amín sentados é inmóviles á diez

hombres vestidos de igual manera, y de caras tan parecidas é idénticas,

que creíase ver un solo rostro repetido diez veces en espejos.

Al verlos, Amín, que estaba ya rendido por lo que había andado desde por

la mañana, se sintió completamente desvanecido, y cayó al suelo.

Entonces el hombre que lo había traído le roció con un poco de agua, y

de tal modo lo reanimó. Después, como ya estaba puesta la mesa, los diez

hombres iguales se dispusieron á comer, no sin haber invitado á Amín á

compartir su cena, todos con la misma voz. Y Amín, viendo que los diez

comían de los mismos platos, dijo para si: «¡Si esto estuviera

envenenado no lo comerían!» Y á pesar de su terror, se acercó y comió

hasta saciarse, como hambriento que estaba desde por la mañana.

Terminada la comida, la misma voz una y décuple le preguntó: «¿Nos

conoces?» Él contestó: «¡No, por Alah!» Los diez le dijeron: «Somos los

ladrones que esta noche pasada hemos saqueado tu casa y hemos raptado á

tus huéspedes, al joven y á la muchacha que cantaba. ¡Pero,

desgraciadamente, la criada logró salvarse huyendo por la azotea!»

Entonces Amín exclamó: «¡Por Alah sobre todos vosotros! ¡Señores míos,

por favor, indicadme el lugar en que se encuentran mis dos huéspedes! ¡Y

confortad mi alma atormentada, hombres generosos que habéis saciado mi

hambre! ¡Y Alah os deje gozar en paz de cuanto me habéis quitado!

¡Dejadme ver á mis amigos! Entonces los ladrones alargaron el brazo,

todos al mismo tiempo, hacia una puerta cerrada, y le dijeron: «¡No

temas ya por su suerte! ¡Más seguros están con nosotros que en casa del

gobernador, y tú, por supuesto, lo mismo! ¡Sabe, efectivamente, que no

te hemos traído aquí más que para que nos digas la verdad acerca de

estos dos jóvenes, cuyo hermoso aspecto y noble actitud nos han pasmado

tanto que no nos hemos atrevido á interrogarles apenas hemos adivinado

con quién teníamos que habérnoslas!»

Entonces el joyero Amín se tranquilizó mucho, y no pensó más que en

granjearse todas las simpatías de los ladrones, y les dijo: «¡Oh señores

míos, bien claro veo ahora que si la compasión y la urbanidad llegaran á

desaparecer de la tierra, se encontrarían intactas en vuestra casa! ¡Y

no menos claro veo asimismo que cuando se trata con personas tan de fiar

y tan generosas como vosotros, el mejor medio y el más seguro para

captarse su confianza es no ocultarles nada de la verdad! ¡Escuchad,

pues, mi historia y la suya, pues es asombrosa hasta el último límite de

todos los asombros!»

Y el joyero Amín contó á los ladrones toda la historia de Schamsennahar

y Alí ben-Bekar, y sus relaciones con ellos, sin olvidar un detalle,

desde el principio hasta el fin. Pero no es necesario repetirla.

Cuando los ladrones hubieron oído la extraña historia, quedaron, en

efecto, extremadamente asombrados, y exclamaron: «¡Verdaderamente, es un

gran honor para nuestra casa albergar en este momento á la bella

Schamsennahar y al príncipe Alí ben-Bekar! Pero ¡oh joyero! ¿de veras no

te burlas de nosotros? ¿Son realmente ellos?» Y Amín exclamó: «¡Por

Alah, ¡oh señores míos! ellos son, absolutamente, con sus propios

ojos!» Entonces los ladrones se levantaron como un solo hombre, y

abrieron la puerta consabida, ó hicieron salir al príncipe Alí y á

Schamsennahar, disculpándose mil veces, y diciéndoles: «¡Os suplicamos

que nos perdonéis lo inconveniente de nuestra conducta, pues en realidad

no podíamos suponer que íbamos á capturar personas de vuestra categoría

en casa del joyero!» Después se volvieron hacia Amín y le dijeron: «¡Y á

ti te devolveremos en seguida los objetos preciosos que te hemos

arrebatado, y sentimos mucho no poder devolverte también los muebles,

porque los hemos dispersado, haciendo que los vendan en varios sitios y

en pública subasta!»

* * * * *

«Y la verdad es que se apresuraron á devolverme los objetos preciosos

envueltos en un paquete grande; y yo, olvidándolo todo, no dejé de

darles mil gracias por su generosidad[B]. Entonces nos dijeron á los

tres: «Ahora ya no queremos teneros más aquí, como no deseéis honrarnos

con vuestra presencia entre nosotros.» Y en seguida se pusieron á

nuestra disposición, haciéndonos prometer únicamente no delatarlos y

olvidar los desagradables ratos pasados.

»Nos llevaron, pues, á la orilla del río, y todavía no pensábamos en

comunicarnos nuestras inquietudes, pues el temor aún nos tenía sin

aliento, y nos inclinábamos á creer que todos aquellos sucesos ocurrían

en sueños. Después, con grandes señales de respeto, los diez nos

ayudaron á meternos en su barca, y se pusieron todos á remar con tal

vigor, que en un abrir y cerrar de ojos llegamos á la otra orilla. Pero

apenas habíamos desembarcado, ¡cuál no sería nuestro terror al vernos

cercados de pronto en redondo por los guardias del gobernador, y

capturados inmediatamente! Los ladrones, como se habían quedado en la

barca, tuvieron tiempo de ponerse fuera de su alcance á fuerza de remos.

»Entonces el jefe de los guardias se nos acercó, y nos preguntó con voz

amenazadora: «¿Quiénes sois y de dónde venís?» Sobrecogidos de miedo,

nos quedamos mudos, lo cual acrecentó aún más la desconfianza del jefe

de los guardias, que nos dijo: «¡Me vais á contestar categóricamente, ó

en el acto os mando atar de pies y manos, y se os llevarán mis hombres!

¡Decidme, pues, en donde vivís, en qué calle y en qué barrio!» Entonces,

queriendo salvar á toda costa la situación, comprendí que debía hablar,

y respondí: «¡Oh señor! Somos músicos, y esta mujer es cantora de

oficio. Esta noche estábamos en una fiesta que reclamaba nuestro

concurso en la casa de esas personas que nos han traído hasta aquí. Pero

no podemos deciros el nombre de esas personas, pues en nuestro oficio no

solemos enterarnos de tales pormenores, y nos basta sólo con que nos

paguen bien.» Y el jefe de los guardias me miró severamente, y me dijo:

«¡No tenéis mucha traza de cantantes, y me parecéis muy aterrados é

inquietos para ser personas que acaban de salir de una fiesta! Y vuestra

compañera, con tan buenas alhajas, tampoco tiene trazas de almea. ¡Hola!

¡Guardias, apoderaos de esta gente y llevadla en seguida á la cárcel!»

»Al oir estas palabras, Schamsennahar se decidió á intervenir

personalmente, y acercándose al jefe de los guardias, le llamó aparte y

le dijo al oído algunas palabras, que le hicieron tal efecto, que

retrocedió unos pasos y se inclinó hasta el suelo balbuciendo fórmulas

respetuosísimas de homenaje. Y en seguida dió orden á su gente de que

acercara dos embarcaciones, y ayudó á Schamsennahar á entrar en una,

mientras me introducía en otra con el príncipe Ben-Bekar. Después mandó

á los barqueros que nos llevaran adonde les mandáramos ir. Y en seguida

cada barca siguió diferente dirección: Schamsennahar hacia su palacio, y

nosotros hacia nuestro barrio.

»En cuanto á nosotros, apenas habíamos llegado á casa del príncipe,

cuando le vi, sin fuerzas ya y extenuado por tan continuas emociones,

desplomarse sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las

mujeres de la casa...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 165.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...sin conocimiento en brazos de sus servidores y de las mujeres de la

casa. Porque, según me dió á entender por el camino, después de lo que

había pasado, perdía toda esperanza de tener otra entrevista con su

amiga Schamsennahar.

»Entonces, mientras las mujeres y los servidores se ocupaban en hacer

volver al príncipe de su desmayo, su familia se figuró que yo debía de

ser el causante de todas aquellas desgracias que no entendían, y quiso

obligarme á darle toda clase de pormenores. Pero yo me guardé muy bien

de explicarles nada, y les dije: «¡Buena gente, lo que le ocurre al

príncipe es tan extraordinario, que él es el único que os lo puede

contar!» Y afortunadamente para mí, el príncipe recobró el conocimiento

en aquel instante, y sus parientes ya no se atrevieron á insistir en el

interrogatorio delante de él. Y yo, temiendo nuevas preguntas y ya algo

tranquilo respecto al estado de Ben-Bekar, cogí mi paquete y me fui á

toda prisa hacia mi casa.

»Al llegar encontré á la negra que daba gritos agudísimos y desesperados

y se abofeteaba, y todos los vecinos la rodeaban para consolarla de mi

perdición, que se creía segura. Así es que al verme, la esclava se echó

corriendo á mis pies, y quiso también someterme á un nuevo

interrogatorio. Pero yo puse término á todo esto diciéndole que por lo

pronto no tenía más que ganas de dormir; y me dejé caer, extenuado, en

los colchones, y poniendo la cara en la almohada dormí hasta el otro

día.

»Entonces la negra se me acercó y me hizo preguntas, y yo le dije: «Dame

un buen tazón lleno.» Me lo trajo, me lo bebí de un sorbo, y como la

negra insistía, le dije: «¡Ha sucedido lo que ha sucedido!» Entonces se

fué. Y yo me volví á dormir, y aquella vez no me desperté hasta pasados

dos días y dos noches.

»Y cuando pude incorporarme, me dije: «¡La verdad es que tengo que ir á

tomar un baño al hammam!» Y fuí en seguida, aunque seguía muy preocupado

con la situación de Ben-Bekar y Schamsennahar, de quienes nadie me había

traído noticias. Fuí, pues, al hammam, en donde tomé mi baño, y me

dirigí en seguida hacia mi tienda; y cuando sacaba la llave del bolsillo

para abrir la puerta, una mano me tocó en el hombro y una voz me dijo:

«¡Ya Amín!» Entonces me volví, y conocí á mi joven amiga, la confidente

de Schamsennahar.

»Pero en vez de alegrarme al verla, sentí un miedo atroz de que me

vieran los vecinos en conversación con ella, pues todos sabían que era

la confidente de la favorita. Me apresuré á meterme la llave en el

bolsillo, y sin volver la cara eché á correr, completamente

enloquecido, sin hacer caso de las voces de la joven, que corría detrás

de mí rogándome que me parara. Y así llegué hasta la puerta de una

mezquita solitaria, me precipité dentro, después de haber dejado á la

puerta las babuchas, me dirigí hacia el rincón más oscuro y adopté en

seguida la actitud de la oración. Entonces, más que nunca, pensé en lo

grande que había sido la cordura de mi antiguo amigo Abalhassan

ben-Taher, que había huído de todas aquellas complicaciones, retirándose

tranquilamente á Bassra. Y pensé para mis adentros: «¡Como Alah me saque

sano y salvo, hago voto de no volverme á meter en semejantes trances, ni

á hacer tales papeles!»

»Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 166.ª NOCHE_

Ella dijo:

»Apenas estaba en aquel rincón oscuro, cuando se me unió la confidente,

y ya entonces me decidí á hablar con ella, puesto que no teníamos

testigos. Empezó por preguntarme: «¿Cómo estás, amigo Amín?» Le

contesté: «Perfectamente de salud. ¡Pero prefiero la muerte á esta

constante inquietud en que vivimos!»

»Ella prosiguió: «¿Qué dirías si conocieras el estado en que se halla mi

pobre señora? ¡Ah! ¡Ya rabbí! ¡Me desmayo sólo con recordar el momento

en que la vi regresar á palacio! Yo pude llegar antes, huyendo de azotea

en azotea, y tirándome al suelo desde la última casa. ¡Si la hubieras

visto llegar! ¿Quién habría podido creer que aquella cara tan pálida

como la de un cadáver desenterrado era la de Schamsennahar, la luminosa?

Así es que al verla rompí en sollozos, echándome á sus pies y

besándoselos. Ella me mandó entregar al barquero mil dinares de oro por

su trabajo, y después le abandonaron las fuerzas y cayó desmayada en

nuestros brazos. La llevamos á la cama, y empecé á rociarle el rostro

con agua de flores; le sequé los ojos, le lavé pies y manos, y la mudé

de ropa. Entonces tuve la alegría de verla volver en sí, y le di en

seguida un sorbete de rosa, le hice oler jazmines, y le dije: «¡Oh mi

señora, por Alah sobre ti! ¿Adónde iremos á parar si seguimos así?» Ella

contestó: «¡Oh mi fiel confidente! ¡Ya no hay en la tierra nada que me

invite á la vida! Pero antes de morir quiero tener noticias de mi amado.

¡Ve, pues, á buscar al joyero Amín, y llévale estas bolsas llenas de

oro, y ruégale que las acepte en compensación de los daños y perjuicios

que le ha causado nuestra aventura!»

»Y la confidente me alargó un paquete muy pesado que llevaba, y que

debía de contener más de cinco mil dinares de oro, de lo cual,

efectivamente, pude cerciorarme más adelante. Después prosiguió:

«¡Schamsennahar me ha encargado además que te pida, como última súplica,

que nos des noticias, sean buenas ó malas, del príncipe Alí!»

»No pude negarle lo que me pedía como un favor, y á pesar de mi firme

resolución de no meterme más en aquella aventura peligrosa, le dije que

aquella noche en mi casa le facilitaría noticias sobre el príncipe. Y

después de rogar á la joven que fuese á mi tienda para dejar el paquete,

salí de la mezquita y me dirigí á casa del príncipe Alí ben-Bekar.

»Y allí me enteré de que todos, mujeres y servidores, me estaban

aguardando hacía tres días, y no sabían cómo hacer para tranquilizar al

príncipe Alí, que me reclamaba sin cesar, exhalando hondos suspiros. Y

le encontré con los ojos casi apagados, y con más aspecto de muerto que

de vivo. Entonces me acerqué á él con lágrimas en los ojos, y le

estreché contra mi pecho...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 167.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...y le estreché contra mi pecho, y le dije muchas cosas para

consolarle un poco, pero no lo pude conseguir, y me dijo: «¡Oh Amín,

como sé que mi alma va á escaparse, deseo antes de morir dejarte una

muestra de gratitud!» Y ordenó á sus esclavos: «¡Traed tal y cual cosa!»

Y en seguida los esclavos se apresuraron á traer toda clase de objetos

preciosos, vasijas de oro y plata, alhajas de mucho valor. Y me dijo:

«¡Te ruego que aceptes esto en sustitución de lo que te han robado!» Y

mandó á los esclavos que lo transportaran todo á mi casa. En seguida

dijo: «¡Sabe, amigo mío, que en este mundo todas las cosas tienen un

fin! ¡Desdichado de quien no alcanza su fin en el amor, pues no le queda

más que la muerte! Y si no fuera por mi respeto á la ley del Profeta

(¡sea con Él la paz!), ya habría yo apresurado el momento de esa muerte,

que comprendo que se aproxima. ¡Si supieras los sufrimientos que se

ocultan debajo de mis costillas! ¡No creo que exista hombre que haya

sufrido tantos dolores como los que llenan mi corazón!»

»Entonces le dije que la confidente me aguardaba en casa para saber

noticias suyas, enviada con tal objeto por Schamsennahar. Y fuí en

busca de la joven para contarle la desesperación del príncipe, y que

presentía su fin, y dejaría la tierra sin más pesar que el de verse

separado de su amada.

»A los pocos momentos de llegar á mi casa vi entrar á la confidente

llena de emoción y de trastorno, y de sus ojos brotaban abundantes

lágrimas. Y yo, cada vez más alarmado, le pregunté: «¡Por Alah! ¿Qué

pasa ahora? ¿Puede haber algo peor que lo que nos ha ocurrido?» Ella me

contestó temblando: «¡Ya nos ha caído encima lo que tanto temíamos!

¡Estamos perdidos sin remedio, desde el primero hasta el último! El

califa se ha enterado de todo, y he aquí lo ocurrido. A consecuencia de

la indiscreción de una de sus esclavas, el jefe de los eunucos entró en

sospechas, y empezó á interrogar una por una á todas las doncellas de

Schamsennahar. Y á pesar de sus negativas, dió con la pista y lo

descubrió todo. Enteró inmediatamente al califa, que mandó llamar á la

favorita, ordenando que la acompañaran, contra su costumbre, veinte

eunucos de palacio. ¡De modo que todas estamos en el límite del espanto!

¡Y yo he podido zafarme un momento para avisarte del peligro que nos

amenaza! ¡Ve, pues, á prevenir al príncipe para que tome las

precauciones necesarias!»

»Y dicho esto, la joven regresó corriendo á palacio.

»Entonces el mundo se ennegreció ante mis ojos, y exclamé: «¡No hay

poder ni fuerza más que en Alah el Altísimo y Omnipotente!» ¿Qué otra

cosa podía decir frente al Destino? Resolví volver á casa del príncipe,

aunque hacía pocos momentos que lo había dejado; y sin darle tiempo á

pedirme ninguna explicación, le grité: «¡Oh Alí, no tienes más remedio

que seguirme, ó te espera la muerte más ignominiosa! ¡El califa lo sabe

todo, y á estas horas habrá ordenado prenderte! ¡Alejémonos, sin perder

momento, y traspongamos las fronteras de nuestro país, fuera del alcance

de quienes te buscan!» Y en seguida, en nombre del príncipe, mandé á los

esclavos que cargaran tres camellos con los objetos más valiosos y con

víveres suficientes para el camino. Ayudé al príncipe á montar en otro

camello, en el cual también monté yo detrás de él. Y en cuanto el

príncipe se despidió de su madre, nos pusimos en camino, tomando el del

desierto...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 168.ª NOCHE_

Ella dijo:

»...nos pusimos en camino, tomando el del desierto.

»Pero toda cosa que está escrita debe ocurrir; los destinos, bajo un

cielo ú otro, han de cumplirse. Y efectivamente, nuestras desdichas

habían de continuarse, porque huyendo de un peligro, nos arrojábamos á

otro mayor todavía.

»He aquí que al anochecer, mientras íbamos por el desierto y

encaminándonos hacia un oasis, cuyo alminar sobresalía entre las

palmeras, vimos surgir de pronto, á nuestra izquierda, una cuadrilla de

bandoleros, que en un momento nos cercaron. Y como sabíamos muy bien que

el único medio para salvar la vida era no intentar resistencia alguna,

nos dejamos desarmar y despojar. Los bandidos nos quitaron las bestias

con toda la carga, y hasta nos arrebataron la ropa que llevábamos

encima, sin dejarnos más que la camisa. Hecho lo cual se alejaron, sin

ocuparse más de nuestra suerte.

»Mi pobre amigo el príncipe no era más que una cosa entre mis manos,

pues le habían aniquilado por completo tantas emociones repetidas. De

todos modos, le pude ayudar á arrastrarse poco á poco hasta la mezquita

que había en el oasis, y entramos allí para pasar la noche. El príncipe

se arrojó al suelo y me dijo: «¡Aquí voy á morir, ya que Schamsennahar

no debe de estar viva á estas horas!»

»En la mezquita estaba rezando un jeque, que al acabar sus devociones

nos miró un instante, se nos acercó, y nos dijo con bondad: «¡Oh

jóvenes! ¿sin duda sois forasteros y venís á pasar la noche aquí?» Le

contesté: «¡Oh jeque, somos unos forasteros á quienes los bandidos del

desierto acaban de despojar por completo, sin dejarnos más bienes que

la camisa que llevamos encima!»

El libro de las mil noches y una noche; t. 6 · 第 6 / 12 段