_¡Mis mejillas están regadas incesantemente por el licor de mis

ojos!_

_¡La copa en que pongo mis labios se llena con mis lágrimas más que

con el vino del copero!_

_¡Por Alah! ¡oh corazón mío, bebe de este licor! ¡Te infundirá mi

alma, que se escapa de mis ojos!_

En este momento Schamsennahar se sintió dominada completamente por las

notas conmovedoras de las canciones, y cogiendo un laúd de manos de una

de las esclavas entornó los ojos, y con toda el alma cantó estas

estrofas admirables:

_¡Oh luz de mis ojos! ¡oh hermosura de la gacela joven! ¡Si te

alejas, me muero; si te acercas, me embriago! ¡Vivo ardiendo, y

gozando me extingo!_

_¡La olorosa brisa nació del soplo de tu aliento; de tu aliento,

que embalsama las noches del desierto y las tibias noches bajo las

palmeras admirables!_

_¡Oh brisa que estás enamorada de su contacto amado! ¡Tengo celos

de ese beso que robas en el lunar de su barbilla y en el hoyuelo de

sus mejillas! ¡Porque tu caricia es tan intensa, que toda su carne

se estremece!_

_¡Jazmines de su vientre bajo el ligerísimo vestido, jazmines de su

piel suave y blanca como una piedra de luna!_

_¡Saliva de su boca que amo, capullo de sus labios sonrosados! ¡Ah,

las mejillas húmedas y los ojos cerrados después de los abrazos de

amor!_

_¡Oh corazón mío! ¡Te extravías en los deliciosos repliegues de una

carne de pedrería! ¡Ten cuidado! ¡El amor te acecha, y sus flechas

están preparadas!_

Cuando Alí ben-Bekar y Abalhassan ben-Taher oyeron este canto de

Schamsennahar, se sintieron transportados por el éxtasis; después se

estremecieron de placer, y exclamaron: «¡Oh Alah, oh Alah!» Y rieron y

lloraron al mismo tiempo. El príncipe Alí, en el límite de la emoción,

cogió un laúd y se lo dió á Abalhassan, rogándole que le acompañase,

pues iba á cantar. Y cerró los ojos, y con la cabeza inclinada y apoyada

en la mano, cantó á media voz al estilo de su país:

_¡Escucha, oh copero!_

_¡Es tan hermoso mi amor, que si yo fuese el dueño de todas las

ciudades, se las daría en seguida, por tocar una sola vez con mis

labios el lunar de su mejilla ingrata!_

_¡Su rostro es tan bello, que hasta el lunar le sobra! ¡Porque

tiene tal belleza propia, que ni las rosas ni el terciopelo de un

vello juvenil le añadirían nuevo encanto!_

Y lo dijo el príncipe Alí ben-Bekar con una voz admirable. Y cuando se

extinguía aquel canto, la esclava favorita acudió trémula y asustada y

dijo á Schamsennahar: «¡Oh mi señora! Massrur, Afif y otros eunucos

están á la puerta y solicitan hablar contigo.»

Al oir estas palabras se alarmaron el príncipe Alí, Abalhassan y todas

las esclavas, y hasta temblaron por su vida. Pero Schamsennahar, la

única que conservaba la calma, sonrió tranquilamente y dijo á todos:

«¡No temáis! ¡Y dejadme á mi!» Después ordenó á su confidente: «Procura

entretener á Massrur, á Afif y á los demás, diciéndoles que nos den

tiempo para recibirlos con arreglo á su categoría.» Y mandó á las

esclavas que cerraran todas las puertas y corrieran cuidadosamente las

cortinas. Hecho esto, invitó al príncipe y á Abalhassan á que no se

moviesen de allí y que nada temieran. Después salió con sus esclavas por

la puerta que daba al jardín, mandándola cerrar detrás de ella, y fué á

sentarse en el trono que había dispuesto que pusieran bajo la sombra de

los árboles. Ordenó á una de las esclavas jóvenes que le diera masaje y

á las otras que se apartaran más lejos, mientras enviaba á una esclava

negra para que abriese la puerta y diese entrada á Massrur y á los otros

que habían llegado con él.

Entonces Massrur, Afif y veinte eunucos avanzaron desde lejos encorvados

hasta tierra, con la espada desnuda en la mano y el talle ceñido por el

ancho cinturón, y saludaron á la favorita con las mayores muestras de

respeto. Y Schamsennahar dijo: «¡Oh Massrur! ¡Alah haga que seas

portador de buenas nuevas!» Y Massrur contestó: «¡Inschala! ¡oh mi

señora!» Y acercándose al trono de la favorita, prosiguió: «El Emir de

los Creyentes te envía su saludo de paz y te dice que desea

ardientemente verte. Y te hace saber que este día se le ha anunciado

como lleno de alegría y bendito entre todos; y quiere acabarlo junto á

ti, para que sea admirable del todo. Pero antes quisiera saber si

prefieres ir á su palacio ó recibirle en tu casa, aquí mismo.»

Oídas estas palabras, incorporóse Schamsennahar, se prosternó y besó la

tierra en señal de que consideraba como una orden el deseo del califa, y

contestó: «¡Soy la esclava sumisa y dichosa del Emir de los Creyentes!

Te ruego, pues, ¡oh Massrur! que digas á nuestro amo lo feliz que soy al

recibirle, y que su venida iluminará este palacio.»

Entonces el jefe de los eunucos y su séquito se apresuraron á retirarse,

y Schamsennahar corrió en seguida al salón en que se hallaba su

enamorado, y con lágrimas en los ojos le estrechó contra su pecho, y le

besó tiernamente, lo mismo que él á ella; y luego le expresó su pena por

despedirse de él antes de lo que esperaba. Y ambos se echaron á llorar

uno en brazos de otro. Y el príncipe Alí pudo por fin decir a su amada:

«¡Oh mi señora! ¡por favor, déjame estrecharte y sentirte junto á mí y

gozar de tu contacto adorable, ya que está próximo el momento de la

separación fatal! ¡Conservaré en mi carne este contacto amado y en mi

alma su recuerdo! ¡Será un consuelo en la ausencia y endulzará mi

tristeza!» Ella contestó: «¡Oh Alí! ¡Por Alah! ¡A mí sola me alcanza la

tristeza, pues que me quedo sola en este palacio, sin más que tu

recuerdo! ¡Tú tendrás los zocos para distraerte y las jóvenes de la

calle! ¡Sus gracias y sus ojos alargados te harán olvidar á esta

desconsolada Schamsennahar, tu enamorada! ¡El tintineo de los brazaletes

de cristal de esas jóvenes disiparán hasta las huellas de mi imagen ante

tus ojos! ¡Oh amado mío! ¿Cómo podré resistir los estallidos de mi

dolor, ni reprimir los gritos de mi garganta reemplazándolos con las

canciones que me pida el Emir de los Creyentes? ¿Cómo podrá articular mi

lengua las palabras armoniosas? ¿Con qué sonrisa le podré recibir,

cuando eres tú solo el que puedes aliviar mi alma? ¿Qué miradas tan

ansiosas no he de fijar en el sitio que ocupaste junto á mí, ¡oh Alí!? Y

sobre todo, ¿cómo podré, sin que me cueste la vida, llevar á mis labios

la copa que me ofrezca el Emir de los Creyentes? ¡Estoy segura de que,

al beberla, una ponzoña implacable correrá por mis venas! Y entonces,

¡cuán ligera me será la muerte, oh amado mío!»

En este momento, cuando Abalhassan ben-Taher se disponía á consolarlos,

apareció la esclava confidente para avisar á su ama que se acercaba el

califa. Y Schamsennahar, arrasados los ojos en lágrimas, no tuvo tiempo

más que para dar el último beso á su amado, y dijo á la confidente:

«Llévalos á la galería que da al Tigris, y cuando la noche esté bien

oscura, hazlos salir diestramente por la parte del río.» Y dichas estas

palabras, Schamsennahar reprimió los sollozos que la ahogaban, para

correr al encuentro del califa, que avanzaba por el lado opuesto.

Por su parte, la esclava guió al príncipe Alí y á Abalhassan hacia la

galería consabida, y se retiró después de haber cerrado cuidadosamente

la puerta. Y los dos jóvenes se hallaron en la mayor oscuridad; pero á

los pocos momentos, á través de las ventanas caladas entró una gran

claridad y pudieron distinguir una comitiva formada por cien jóvenes

eunucos que llevaban en las manos antorchas encendidas; y tras de estos

cien eunucos seguían otros cien eunucos viejos que llevaban en la mano

un alfanje desnudo; y por último, á veinte pasos de ellos avanzaba,

magnifico, precedido del jefe de los eunucos y rodeado por veinte

esclavas jóvenes, blancas como la luna, el califa Harún Al-Rachid.

El califa iba precedido por Massrur, llevando á la derecha á Afif,

segundo jefe de los eunucos, y á la izquierda al otro segundo jefe,

Wassif. ¡Y era, en verdad, arrogante y hermoso por sí mismo y por todo

el resplandor que hacia él proyectaban las antorchas de los esclavos y

las pedrerías de las damas! Y así avanzó al son de los instrumentos que

tañían las esclavas, y así llegó hasta Schamsennahar, que se había

prosternado á sus pies. El emir se apresuró á ayudarla á levantarse,

tendiéndole una mano, que ella se llevó á los labios. Después,

contentísimo por volverla á ver, le dijo: «¡Oh Schamsennahar! Las

atenciones de mi reino me impedían tiempo ha descansar mi vista en tu

rostro. Pero Alah me ha otorgado esta noche bendita para regocijar

completamente mis ojos con tus encantos.» Después fué á sentarse en el

trono de plata, mientras la favorita se sentaba frente á él, y las otras

veinte mujeres formaban un círculo alrededor de ellos en asientos

colocados á igual distancia unos de otros. Las tañedoras de instrumentos

y las cantarinas formaron otro grupo cercano á la favorita, mientras los

eunucos, jóvenes y viejos, se alejaban, según costumbre, hasta llegar

junto á los árboles, teniendo siempre las antorchas encendidas,

alumbrando desde lejos, á fin de que el califa pudiera deleitarse

cómodamente con el fresco de la noche.

El emir hizo una seña á las cantarinas, é inmediatamente una de ellas,

acompañada por las demás, entonó estas estrofas, que el califa prefería

entre todas las que cantaba, por la belleza de su ritmo y la rica

melodía de los finales:

_¡Oh niño! ¡el rocío enamorado de la mañana humedece las flores

entreabiertas, y una brisa del Edén balancea sus tallos! ¡Pero tus

ojos...!_

_¡Tus ojos son el límpido manantial que ha de apagar largamente la

sed que siente el cáliz de mis labios! ¡Y tu boca...!_

_¡Tu boca ¡oh joven amigo! es la colmena de perlas donde fluye una

miel envidiada por las abejas!_

Y cantadas estas maravillosas estrofas con voz apasionada, la cantarina

se calló. Y Schamsennahar hizo seña á su favorita, que sabía el amor que

le había inspirado el príncipe Alí; y la esclava cantó estos versos, que

se aplicaban perfectamente á los sentimientos de su señora:

_¡Cuando la joven beduína encuentra en su camino á un hermoso

jinete, sus mejillas se ponen tan rojas como la flor del laurel que

crece en Arabia!_

_¡Oh joven aventurera! ¡Apaga ese fuego que enciende tus colores!

¡Preserva á tu alma de una pasión que la consumiría! ¡Sigue

tranquila en tu desierto, pues el hacer sufrir de amor es don de

los jinetes hermosos!_

Cuando la bella Schamsennahar oyó estos versos, sintió una emoción tan

viva, que se echó hacia atrás y cayó desvanecida en brazos de las

mujeres que habían acudido en su auxilio.

Y al verlo el príncipe Alí, que miraba la escena tras la ventana, se

sintió sobrecogido de un dolor tan intenso...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 155.ª NOCHE_

Ella dijo:

...se sintió sobrecogido de un dolor tan intenso, que cayó también

desmayado en brazos de su amigo Abalhassan ben-Taher. Entonces

Abalhassan se alarmó mucho por causa del lugar en que se hallaban, y

cuando buscaba un poco de agua entre aquella oscuridad para rociarle la

cara á su amigo, vió abrirse una de las puertas de la galería, y

apareció la esclava confidente de Shamsennahar, que dijo con voz llena

de susto: «¡Voy á haceros salir, pues se ha armado un alboroto y me temo

que haya llegado nuestro día fatal! ¡Seguidme, ó démonos por muertos!»

Pero Abalhassan repuso: «¡Oh caritativa joven! Advierte el estado en que

se halla mi amigo. ¡Acércate y mira!»

Cuando la esclava vió al príncipe Alí desmayado sobre la alfombra,

corrió á una mesa en que se hallaban varios frascos, cogió uno que

contenía agua de flores, y refrescó el rostro del joven, que no tardó

en recobrar el sentido. Entonces Abalhassan lo cogió por los hombros, y

la joven por los pies, y entre los dos lo transportaron fuera de la

galería, hasta el pie del palacio, á la orilla del Tigris. Lo dejaron en

un banco, dió unas palmadas la joven, y en seguida apareció por el río

una barca con un solo remero, que se apresuró á atracar. Y sin

pronunciar palabra alguna, á una seña de la esclava cogió en brazos al

príncipe Alí y lo llevó á la embarcación, donde se apresuró á saltar

Abalhassan. En cuanto á la esclava, se excusó por no poder acompañarlos

más lejos, y con voz muy triste les deseó la paz, regresando en seguida

al palacio.

Cuando la barca llegó á la otra orilla, Alí ben-Bekar, ya completamente

repuesto merced á la frescura del agua y de la brisa, pudo desembarcar,

sostenido por su amigo. Pero pronto tuvo que sentarse en una piedra,

porque sentía que se le iba el alma. Y Abalhassan, no sabiendo ya cómo

salir del apuro, lo dijo: «¡Oh amigo mío! Cobra ánimo y tranquiliza tu

alma, porque realmente este sitio nada tiene de seguro y estas orillas

están infestadas de bandidos y malhechores. ¡Un poco de aliento nada

más, y estaremos seguros, cerca de aquí, en casa de uno de mis amigos

que vive junto á esa luz que ves!» Después le dijo: «¡En nombre de

Alah!» Y ayudó á su amigo á levantarse, y emprendió con él lentamente el

camino de la casa consabida, á cuya puerta no tardó en llegar. Entonces,

á pesar de lo intempestivo de la hora, llamó á aquella puerta, y en

seguida alguien fué á abrir; y apenas se dió á conocer Abalhassan, fué

recibido inmediatamente con gran cordialidad, lo mismo que su amigo. Y

pretextó un motivo cualquiera para explicar su llegada á hora tan

irregular. Y en aquella casa, donde la hospitalidad se practicó según

sus más admirables preceptos, pasaron el resto de la noche, sin que se

les importunara con preguntas indiscretas. Y ambos, por su parte,

sufrían: Abalhassan porque no estaba acostumbrado á dormir fuera de casa

y le preocupaban las inquietudes de su familia, y el príncipe Alí porque

tenía delante de los ojos la imagen de Schamsennahar, pálida y desmayada

de dolor en brazos de sus doncellas, á los pies del califa.

De modo que en cuanto amaneció se despidieron de su huésped y marcharon

á la ciudad, y no obstante la dificultad con que andaba Alí ben-Bekar,

no tardaron en llegar á la calle en que estaban sus casas. Pero como la

primera á que llegaron era la de Abalhassan, éste invitó á su amigo á

descansar en su casa, no queriendo dejarle solo en estado tan

lamentable. Y dijo á su servidumbre que le prepararan la mejor

habitación y tendieran en el suelo los magníficos colchones que se

conservaban bien enrollados en las alacenas para aquellos casos. Y el

príncipe Alí, tan cansado como si hubiera andado días enteros, sólo tuvo

fuerzas para dejarse caer en los colchones, y pudo por fin dormir

algunas horas. Al despertar hizo sus abluciones, cumplió sus deberes del

rezo y se vistió, dispuesto á salir, pero Abalhassan le detuvo: «¡Oh mi

dueño! ¡es preferible que pases el día y la noche en esta casa, y así

podré acompañarte y distraer tus penas!» Y le obligó á quedarse. Llegada

la noche, Abalhassan, después de haber pasado el día departiendo con su

amigo, mandó llamar á las cantarinas más afamadas de Bagdad; pero nada

pudo distraer á Alí ben-Bekar de sus tristes pensamientos, pues al

contrario, las cantarinas sólo consiguieron exasperar su mal y su dolor.

Y pasó una noche más mala que las otras; y por la mañana había empeorado

de tal modo, que su amigo Abalhassan ya no le quiso detener más.

Decidióse, pues, á acompañarle hasta su casa, después de haberle ayudado

á montar en una mula que los esclavos del príncipe habían traído de la

cuadra. Y cuando lo hubo entregado á su servidumbre y estuvo seguro de

que por lo pronto ya no necesitaba su presencia, se despidió de él con

palabras consoladoras, prometiéndole volver lo antes posible. Después

salió de casa y se dirigió al zoco, donde volvió á abrir la tienda, que

había estado cerrada todo aquel tiempo.

Y apenas había acabado de arreglar la tienda y se había sentado para

aguardar á los parroquianos, vio llegar...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 156.ª NOCHE_

Ella dijo:

...y se había sentado para aguardar á los parroquianos, vió llegar á la

joven esclava confidente de Schamsennahar. Ésta le deseó la paz, y

Abalhassan le devolvió el saludo, y notó que su aspecto era muy triste y

preocupado, y que el corazón le debía de latir más de prisa que de

costumbre. Y le dijo: «¡Cuánto celebro que hayas venido, ¡oh caritativa

joven! ¡Te ruego que me enteres del estado de tu señora!» Ella contestó:

«¡Te suplico que empieces por darme noticias del príncipe Alí, al cual

tuve que dejar de aquella manera!» Y Abalhassan le refirió todo lo que

había visto del dolor de su amigo. Y cuando hubo acabado, la confidente

se puso todavía más triste de lo que estaba, y lanzó grandes suspiros, y

con voz conmovida dijo á Abalhassan: «¡Cuán grande es nuestra desdicha!

¡Sabe ¡oh Ben-Taher! que el estado de mi pobre señora es más lamentable

todavía! Pero voy á contarte lo que ocurrió desde que saliste con tu

amigo, cuando mi señora cayó desmayada á los pies del califa, que, muy

afligido, no supo á qué atribuir tan súbito accidente. ¡Helo aquí!

»Cuando os dejé bajo la custodia del barquero, volví muy inquieta junto

á Schamsennahar, á la cual encontré todavía desmayada y muy pálida,

cayéndole las lágrimas gota á gota por entre su cabellera suelta. El

Emir de los Creyentes, en el límite de la aflicción, estaba sentado

junto á ella, y á pesar de los cuidados que le prodigaba, no conseguía

que recobrase el sentido. Y todas nosotras sentíamos una desolación

inmensa; y á las ansiosas preguntas que el califa nos dirigía para saber

la causa de aquel mal tan súbito, no contestábamos más que con lágrimas

y echándonos al suelo para besar la tierra entre sus manos, pero sin

revelarle el secreto. Y esta angustia inexpresable se prolongó hasta

medianoche. Entonces, á fuerza de refrescarle las sienes con agua de

rosas y agua de flores y de hacerle aire con los abanicos, tuvimos por

fin la alegría de verla volver de su desmayo poco á poco. Pero en

seguida rompió en un torrente de lágrimas, con inmenso asombro del

califa, que acabó por llorar lo mismo que ella. ¡Y todo aquello era muy

triste y muy extraordinario!

»Y cuando el califa vió que podía dirigir la palabra á su favorita, le

dijo: «¡Schamsennahar, luz de mis ojos, dime la causa de tu mal para que

pueda consolarte! ¡Mira cómo tu estado me hace sufrir!» Entonces

Schamsennahar hizo un esfuerzo para besar los pies del califa, que no se

lo permitió, pues le cogió las manos y siguió interrogándola con

dulzura. Entonces ella le dijo: «¡Oh Emir de los Creyentes! El mal que

padezco es pasajero. Lo causan ciertas cosas que he comido durante el

día y que me han sentado mal.» Y el califa preguntó: «¿Pero qué has

comido, ¡oh Schamsennahar!?» Ella dijo: «¡Dos limones ácidos, seis

manzanas agrias, un gran trozo de kenafa; y además, como tenía mucha

hambre, un plato de alfónsigos salados, granos de calabacín y garbanzos

confitados con azúcar y recién salidos del horno!» Entonces el califa

exclamó: «¡Oh imprudente Schamsennahar! ¡Me asombras de veras! ¡No dudo

de que esas cosas sean infinitamente apetecibles y deliciosas, pero de

todos modos, debes moderarte un poco, é impedir que tu alma se precipite

desconsideradamente sobre lo que le gusta! ¡Por Alah! ¡No te vuelvas á

ver en ese estado!» Y el califa, que generalmente es tan escaso de

palabras y caricias para las demás mujeres, siguió hablando á su

favorita con muchos miramientos, y la veló hasta por la mañana. Pero al

ver que su estado no mejoraba mucho, mandó llamar á todos los médicos

del palacio y de la ciudad, que, como era natural, estuvieron muy lejos

de adivinar la verdadera enfermedad que padecía mi ama, y cuya

agravación era debida á lo cohibida que estaba en presencia del emir. Y

los tales sabios prescribieron una receta tan complicada, que á pesar de

mi buena voluntad ¡oh Ben-Taher! no puedo repetirte una palabra de ella.

»Finalmente, el califa, seguido de los médicos y de todos los demás,

acabó por retirarse, y entonces pude acercarme á mi ama, y le cubrí de

besos las manos, y le dije tales palabras de consuelo, asegurándole que

corría de mi cuenta hacerle ver de nuevo al príncipe Alí ben-Bekar, que

acabó por dejar que la cuidara. Le di á beber un vaso de agua fresca con

agua de flores, que le sentó muy bien. Y olvidándose de sí misma, me

mandó que corriese á tu casa para saber de su amado, cuyo gran dolor le

referí minuciosamente.»

Oídas estas palabras, Abalhassan ben-Taher exclamó: «¡Oh joven! ¡ahora

que ya nada me queda que decirte acerca del estado de nuestro amigo,

apresúrate á volver junto á tu ama, transmítele mis saludos de paz, y

dile que he experimentado mucha pena al saber lo que le ha ocurrido, y

dile también que no dejo de reconocer que ha sido una prueba muy dura,

pero que la exhorto á la paciencia, y sobre todo á la más estricta

reserva en palabras, por temor de que las cosas acaben por llegar á

oídos del califa! ¡Y mañana volverás á mi tienda, y si Alah quiere, las

noticias que nos transmitiremos serán más consoladoras!»

Entonces la joven le dió expresivas gracias por sus palabras y por todas

sus atenciones, y le dejó. Y Abalhassan se pasó el resto del día en la

tienda, pero la cerró más temprano que de costumbre para correr á casa

de su amigo Ben-Bekar...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 157.ª NOCHE_

Ella dijo:

...para correr á casa de su amigo Ben-Bekar. Y llamó á la puerta, que el

portero vino á abrir, y al entrar encontró á su amigo rodeado de un gran

círculo de médicos de todas clases, y de parientes y amigos. Y unos le

tomaban el pulso, otros le prescribían cada cual un remedio

completamente distinto, y las viejas porfiaban echando á los médicos

miradas de reojo, de tal modo, que el joven sentía que se le oprimía el

alma de impaciencia; y sin fuerzas ya para no ver ni oir nada, metió la

cabeza debajo de las mantas, tapándose las orejas con ambas manos.

Pero en aquel momento Abalhassan avanzó hacia su cabecera, y le dijo

sonriendo: «¡La paz sea contigo!» El joven contestó: «¡Y contigo la paz

y los beneficios de Alah con sus bendiciones! ¡Plegue á Alah que seas

portador de noticias tan blancas como tu cara, ¡oh amigo mío!» Entonces

Abalhassan, que no quería hablar delante de todos aquellos visitantes,

se contentó con guiñar un ojo; y cuando se marchó toda la gente abrazó á

su amigo y le contó todo lo que le había dicho la esclava. Y añadió:

«¡Puedes estar seguro ¡oh hermano mío! de que mi alma entera te

pertenece! ¡Y no descansaré hasta haberte devuelto la tranquilidad del

corazón!» Y tanto le conmovió el proceder de su amigo, que lloró con

toda su alma, y dijo: «¡Te ruego que completes tus bondades pasando

conmigo esta noche, para que yo pueda conversar contigo y distraer los

pensamientos que me atormentan!» Y Ben-Taher accedió á su deseo, y se

quedó con él recitándole poemas de amor. Versos dedicados al amigo y

versos referentes á la muy amada. Y he aquí, entre otros mil, los versos

en honor de la amada:

_¡Atravesó con el acero de su mirada la visera de mi casco, y ató

para siempre mi alma á la flexibilidad de su cintura!_

_¡Completamente blanca se aparece á mis ojos con el grano de

almizcle que adorna el alcanfor de su barba!_

_¡Si tiembla, súbitamente asustada, el coral de sus mejillas toma

la palidez de las perlas ó el mate del azúcar cande._

_¡Si suspira apesarada, apoyando la mano en el pecho desnudo, ¡oh

ojos míos! contad el espectáculo que veis!_

_¡Vemos--dicen mis ojos--un hermoso lago, del cual brotan cinco

cañas cuya punta está adornada con coral de rosas!_

_¡Oh guerrero! ¡no creas que tu alfanje bien templado pueda

guardarte de sus hermosos párpados!_

_¡No tiene lanza para atravesarte, pero has de temer á su cintura

recta! ¡Haría de ti, en un momento, el más humilde de sus

esclavos!_

Y estos otros:

_¡Su cuerpo es un ramo de oro; sus pechos, dos copas redondas y

transparentes que reposan boca abajo! ¡Sus labios de granada están

perfumados con su aliento!_

Pero entonces Abalhassan, al ver á su amigo excesivamente impresionado

con estos versos, dijo: «¡Oh Alí! ¡voy á cantarte aquellas estrofas que

tanto gustabas de recitar á mi lado en el zoco! ¡Ojalá deposite un

bálsamo en tu herida! Escucha, pues, amigo mío, estas palabras

maravillosas del poeta:

_¡El oro de la copa es admirable bajo el rubí de ese vino, ¡oh

copero!_

El libro de las mil noches y una noche; t. 6 · 第 4 / 12 段