»Entonces la pulga, dando brincos, saltó á la cama en que dormía el

mercader, fué rectamente hacia las posaderas, y en ellas le picó como

nunca había picado pulga alguna en trasero humano. El mercader, al

sentir la picadura y el agudísimo dolor que le produjo, se levantó

rápidamente, llevándose la mano al honroso sitio, del cual ya se había

apresurado á alejarse la pulga. Y el mercader empezó á lanzar mil

maldiciones, que resonaban en el vacío de la casa silenciosa. Después de

dar mil vueltas, trató de volverse á dormir. ¡Pero no contaba con su

enemigo! En vista de que el mercader se empeñaba en seguir acostado, la

pulga volvió á la carga más enfurecida que antes, y esta vez le picó con

todas sus fuerzas en el sensible lugar que se llama el perineo.

«Entonces el mercader, sobresaltado y rugiendo, rechazó las mantas y

las ropas, y bajó corriendo al lugar donde estaba el pozo, y allí se

remojó insistentemente con agua fría, á fin de calmar el escozor. Y ya

no quiso volver á su alcoba, sino que se echó en un banco del patio para

pasar el resto de la noche.

»De esta suerte el ratón pudo transportar á su madriguera sin ninguna

dificultad todo el oro del comerciante, y cuando amaneció ya no quedaba

un dinar en el saco.

»Y de este modo supo agradecer la pulga la hospitalidad del ratón,

recompensándole con creces.

* * * * *

»Y tú, amigo cuervo--prosiguió el zorro--, espero que pronto verás mi

abnegación en cambio del pacto de amistad que sellemos.»

Pero el cuervo dijo: «Verdaderamente, ¡oh mi señor zorro! tu historia no

me ha convencido ni mucho menos. Al cabo y al fin, cada cual puede

libremente hacer ó dejar de hacer el bien, sobre todo cuando este bien

amenaza convertirse en causa de varias calamidades. Y este es el caso

presente. Hace mucho tiempo que eres famoso por tus perfidias y por el

incumplimiento de la palabra empeñada. ¿Cómo ha de inspirarme ninguna

confianza un ser como tú, de mala fe, y que ha sabido últimamente

traicionar y hacer perecer á su primo el lobo? Porque ¡oh traidor entre

los traidores! estoy bien enterado de esa fechoría tuya, cuyo relato es

sabido de toda la gente animal. ¡De modo que si te prestaste á

sacrificar á uno que si no era de tu especie era de tu raza, si lo has

traicionado después de tratarle como amigo tanto tiempo y de adularle de

mil maneras, es seguro que para ti será un juego la perdición de

cualquier otro animal que sea de raza diferente de la tuya! Esto me

recuerda una historia muy aplicable al caso.» El zorro preguntó: «¿Qué

historia?» Y el cuervo dijo: «¡La del buitre!» Entonces exclamó el

zorro: «No conozco nada de esa HISTORIA DEL BUITRE. ¡Cuéntamela!» Y el

cuervo habló de este modo:

«Había un buitre cuya tiranía sobrepasaba todos los límites

conocidos. No se sabía de ave alguna, ni chica ni grande, que

estuviese libre de sus vejaciones. Había sembrado el terror entre

todos los lobos del aire y de la tierra, y de tal modo se le temía,

que las alimañas más feroces, al verle llegar, soltaban lo que

tuvieran y huían espantadas de su pico formidable y de sus plumas

erizadas. Pero llegó un tiempo en que los años, acumulados sobre su

cabeza, se la desplumaron del todo, le gastaron las garras y le

hicieron caer á pedazos las quijadas amenazadoras. La intemperie

ayudó también á dejarle el cuerpo baldado y las alas sin virtud.

Entonces se convirtió en tal objeto de lástima, que sus antiguos

enemigos no quisieron devolverle sus tiranías y sólo le trataron

con desprecio. Y para comer tenía que contentarse con las sobras

que dejaban las aves y los animales.

»Y he aquí ¡oh zorro! que tú has perdido ahora tus fuerzas, pero te

queda aún la alevosía. Quieres, viejo é imposibilitado como estás,

aliarte conmigo, que, gracias á la bondad del Hacedor, conservo intacto

el empuje de mis alas, lo agudo de mi vista y lo acerado de mi pico. ¡No

quieras hacer conmigo lo que hizo EL GORRIÓN!» Pero el zorro, lleno de

asombro, preguntó: «¿De qué gorrión hablas?» Y el cuervo dijo:

«He llegado á saber que un gorrión habitaba un prado, en el cual

pacía con un rebaño de corderos. Rayaba la tierra con el pico,

siguiendo á los carneros, cuando de pronto vió que un águila enorme

se precipitaba sobre un corderillo, se lo llevaba en las garras y

desaparecía con él á lo lejos. El gorrión, sintiéndose acometido de

una extrema arrogancia, extendió las alas poseído de vanidad, y

dijo para sí: «También yo sé volar, y por tanto, podré arrebatar un

carnero de los más grandes.» Inmediatamente eligió el carnero más

gordo que pudo hallar entre todos: tenía una lana abundante y

añeja, y por debajo del vientre, empapada con los orines de por la

noche, no era más que una masa pegajosa y putrefacta. El gorrión se

lanzó sobre el lomo del carnero, y quiso llevárselo. Pero al primer

impulso, las patas se le quedaron enredadas en las vedijas de lana,

y entonces él fué el que quedó prisionero. Acudió el pastor, se

apoderó de él, le arrancó las plumas de las alas, y atándole una

pata con un bramante, se lo dio á sus hijos para que jugasen con

él, y les dijo: «¡Mirad bien este pájaro! Ha querido, por desgracia

suya, habérselas con quien es más fuerte que él, y por eso ha sido

castigado con la esclavitud.»

»Y tú ¡oh zorro inválido! quieres ahora compararte conmigo, pues tienes

la audacia de proponerme tu alianza. ¡Vamos, viejo taimado, vuelve las

espaldas en seguida!» Comprendió el zorro entonces que era inútil querer

engañar á un individuo tan listo como el cuervo. Y dominado por la

rabia, empezó á rechinar tan de recio las mandíbulas, que se rompió un

diente. Y el cuervo, burlonamente, dijo: «¡Siento de veras que te hayas

roto un diente por mi negativa!» Pero el zorro le miró con un respeto

sin límites, y le dijo: «No es por tu negativa por lo que me he roto el

diente, sino por la vergüenza de haber dado con uno más listo que yo.»

Y dichas estas palabras, el zorro se apresuró á largarse para ir á

esconderse.

Y tal es ¡oh rey afortunado!--prosiguió Schahrazada--la historia

del zorro y el cuervo. Acaso haya sido poco larga; pero ahora me

propongo, si Alah me otorga vida hasta mañana, y tienes gusto en

ello, contarte la HISTORIA DE LA BELLA SCHAMSENNAHAR CON EL

PRÍNCIPE ALÍ BEN-BEKAR.

Y el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada! No creas que me hayan

aburrido las historias de los animales y las aves, ni que me hayan

parecido largas, pues me han encantado. ¡Y si supieras otras, me

agradaría oirlas, aunque sólo fuese por lo que me podrían

aprovechar! Y ya que me anuncias una historia que por el título me

parece completamente admirable, estoy dispuesto á oirla.»

En aquel momento Schahrazada vió aparecer la mañana, y rogó al rey

que aguardara hasta el día siguiente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 152.ª NOCHE_

Ella dijo:

[Illustration]

[Illustration]

[Illustration]

HISTORIA DE ALÍ BEN-BEKAR Y LA BELLA SCHAMSENNAHAR

[Illustration]

He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que había en Bagdad, durante el

reinado que transcurrió del califa Harún Al-Rachid, un joven mercader,

muy bien formado y muy rico, que se llamaba Abalhassan ben-Taher. Era

seguramente el más hermoso y afable y el más ricamente vestido de todos

los mercaderes del Gran Zoco. Así es que había sido elegido por el jefe

de los eunucos de palacio para proveer á las favoritas de todas las

cosas, telas ó pedrería que pudieran necesitar. Y tales damas se atenían

ciegamente á su buen gusto y sobre todo á su discreción, muchas veces

puesta á prueba en los encargos que le hacían. Nunca dejaba de servir

toda clase de refrescos á los eunucos que iban á hacerle los encargos,

ni olvidaba obsequiarles con un regalo adecuado al puesto que ocupaban

cerca de sus dueñas. Así es que el joven Abalhassan era adorado de todas

las mujeres y de todos los esclavos de palacio, y de tal modo le

apreciaban, que el mismo califa acabó por notarlo. Y apenas le vió, le

apreció también por sus buenos modales y su hermosura agradable y

sencilla. Le dió libre entrada en el palacio á todas horas del día ó de

la noche; y como el joven Abalhassan unía á sus cualidades el don del

canto y la poesía, el califa, que no encontraba quien superase la

hermosa voz y bella dicción de este poeta, le mandaba con frecuencia

acompañarle á comer, á fin de que improvisase versos de perfecto ritmo.

De suerte que la tienda de Abalhassan era la más conocida de cuantos

jóvenes había en Bagdad, hijos de emires ó notables, y asimismo la

conocían las mujeres de nobles dignatarios y chambelanes.

Uno de los más asiduos concurrentes á la tienda era un joven que se

había hecho muy amigo de Abalhassan, por lo hermoso y atrayente que era.

Se llamaba Alí ben-Bekar, y descendía de los antiguos reyes de Persia.

Su apostura encantaba, sus mejillas estaban sonrosadas y frescas, las

cejas perfectamente trazadas, la dentadura sonriente y el habla

deliciosa.

Un día que el príncipe Alí ben-Bekar estaba sentado en la tienda al lado

de su amigo Abalhassan ben-Taher y ambos conversaban y reían, vieron

llegar á diez muchachas, hermosas como lunas, y escoltando á una joven

montada en una mula que llevaba jaeces de brocado y estribos de oro.

Esta joven iba tapada con un izar de seda de color de rosa, sujeto á la

cintura con un cinturón bordado de oro de cinco dedos de ancho,

incrustado de grandes perlas y pedrería. Su rostro lo cubría un velillo

transparente, y sus ojos irradiaban espléndidos á través del velillo. La

piel de sus manos era tan suave como la misma seda, y sus dedos,

cargados de diamantes, parecían así más bien formados. Su talle y sus

formas podían adivinarse como maravillosas, á pesar de lo poco que de

ellas se podía ver.

Cuando la comitiva llegó á la puerta de la tienda descabalgó la joven

apoyándose en los hombros de las esclavas. Entró en la tienda, deseó la

paz á Abalhassan, que le devolvió el saludo con el más profundo respeto

y se apresuró á arreglar los almohadones y el diván para invitarla á

sentarse. Después se retiró unos pocos pasos para esperar sus órdenes. Y

la joven se puso á elegir pausadamente unas telas de fondo de oro,

algunos objetos de orfebrería y varios frascos de esencia de rosas. Y

como no temía que la molestasen en casa de Abalhassan, se levantó un

momento el velillo de la cara, y brilló sin ningún obstáculo toda su

belleza.

Apenas el joven príncipe Alí ben-Bekar vió aquel semblante tan hermoso,

quedó pasmado de admiración, y una pasión inmensa se encendió en el

fondo de su hígado. Después, discretamente, hizo ademán de alejarse, y

entonces la hermosa joven, que se había fijado en él y también se había

sentido conmovida, dijo á Abalhassan con una voz admirable: «No quiero

ser causante de que se vayan tus parroquianos. ¡Invita á ese joven á

quedarse!» Y sonrió admirablemente.

Al oir estas palabras, el príncipe Alí ben-Bekar llegó al límite de la

alegría, y no queriendo ser menos galante, dijo á la joven: «Por Alah,

¡oh señora mía! si me alejaba no era sólo por temor de ser importuno,

sino porque al verte pensé en estos versos del poeta:

_¡Oh tú que miras al sol! ¿No ves que habita en alturas que ninguna

mirada humana podrá medir?_

_¿Piensas poder alcanzarlo sin alas, ó crees ¡oh candoroso! que va

á bajar hasta ti?_»

Cuando la joven oyó esta estrofa, recitada con amargo tono, quedó

impresionada por el sentimiento que en ella había, y le sedujo el

aspecto de su enamorado. Le dirigió sonriente una larga mirada, hizo una

seña al mercader para que se acercase, y le preguntó á media voz:

«Abalhassan, ¿quién es ese joven, y de dónde viene?» El otro contestó:

«Es el príncipe Alí ben-Bekar, descendiente de los reyes de Persia. Es

tan noble como hermoso. Y es mi mejor amigo.» La joven repuso:

«Verdaderamente gentil. Y no te asombre ¡oh Abalhassan! que poco después

de marcharme veas llegar á una de mis esclavas, para invitaros á los dos

á venir á verme.

Porque quisiera demostrarle que hay en Bagdad palacios más hermosos,

mujeres más bellas y almas más expertas que en la corte de los reyes de

Persia.» Y Abalhassan, que necesitaba poco para entender las cosas, se

inclinó y dijo: «¡Sobre mi cabeza y sobre mis ojos!»

Entonces la joven se echó de nuevo el velillo á la cara y salió, dejando

en pos de sí el sutil perfume de la ropa guardada entre jazmín y

sándalo.

Y Alí ben-Bekar, después de salir la joven, permaneció un buen rato sin

saber lo que decía, hasta el punto de que Abalhassan tuvo que advertirle

que los parroquianos notaban su agitación y empezaban á extrañarla. Y

Alí ben-Bekar respondió: «¡Oh Ben-Taher! ¿Cómo no he de estar agitado,

si el alma quiere escapárseme del cuerpo para unirse á esa luna que ha

rendido mi corazón y lo ha hecho entregarse sin consultar á la razón?»

Después añadió: «¡Oh Ben-Taher! ¡Por favor! ¿Quién es esa joven á la

cual pareces conocer? ¡Apresúrate á decírmelo!» Y Abalhassan respondió:

«¡Es la favorita predilecta del Emir de los Creyentes! ¡Se llama

Schamsennahar![A]. El califa la trata con consideraciones que apenas se

otorgan á la misma Sett Zobeida, su legítima esposa. Tiene un palacio

propio, en el que manda como dueña absoluta, sin que la vigilen los

eunucos, pues el califa tiene en ella una confianza ilimitada. Y lleva

razón al obrar de este modo, pues siendo la más hermosa de todas las

mujeres de palacio, es la que da menos que hablar con guiños de ojos á

los esclavos y eunucos.»

Apenas acababa Abalhassan de dar estas explicaciones á su amigo Alí

ben-Bekar, cuando entró una esclava jovencita, que, aproximándose á

Abalhassan, le dijo al oído: «Mi señora Schamsennahar os llama á ti y á

tu amigo.» Y en seguida Abalhassan se levantó, hizo seña á Alí

ben-Bekar, y después de cerrar la puerta de la tienda siguieron á la

esclava, que los guió al palacio de Harún Al-Rachid.

Y entonces el príncipe Alí se creyó transportado á la misma morada de

los genios, donde todas las cosas son tan bellas que la lengua del

hombre criaría pelos antes de poder describirlas. Pero la esclava, sin

darles tiempo á expresar su encanto, dió unas palmadas, y en seguida

apareció una negra cargada con una gran bandeja cubierta de manjares y

frutas, y la colocó en un taburete. Sólo el perfume que exhalaban era ya

un admirable bálsamo para la nariz y el corazón. La esclava se puso á

servirlos con extremada consideración, y cuando estuvieron ahitos, les

presentó una jofaina y una vasija de oro llena de agua perfumada para

que se lavasen las manos; luego les presentó un jarro maravilloso

incrustado de rubíes y diamantes y lleno de agua de rosas, les echó en

una y en otra mano para la barba y el rostro, y después les llevó

perfume de áloe en una cazoleta de oro, y les perfumó el traje, según

costumbre. Y hecho esto, abrió una puerta y les rogó que la siguieran.

Y los introdujo en un salón de una arquitectura deslumbrante.

Hallábase coronado por una cúpula sostenida por ochenta columnas del

mármol más transparente y más puro; las bases y capiteles estaban

esculpidos con arte exquisito y adornados con aves de oro y animales de

cuatro pies. Y la cúpula tenía pintados sobre fondo de oro unos dibujos

de líneas coloreadas y como vivientes, que representaban los mismos

adornos que los de la gran alfombra que cubría la sala. En los espacios

que quedaban entre las columnas había grandes jarrones con flores, ó

sencillamente unas grandes ánforas, hermosas con su propia belleza y su

carne de jaspe, ágata ó cristal. Y aquella sala daba á un jardín, cuya

entrada reproducía, con guijarros de colores, los mismos dibujos de la

alfombra; de modo que la cúpula, el salón y el jardín se continuaban

bajo el cielo tranquilo y azul.

Y mientras el príncipe Alí ben-Bekar y Abalhassan admiraban esta

delicada combinación, vieron sentadas en corro, con los pechos

turgentes, los ojos negros y las mejillas sonrosadas, diez muchachas que

tenían cada una en la mano un instrumento de cuerda...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 153.ª NOCHE_

Ella dijo:

...diez muchachas que tenían cada una en la mano un instrumento de

cuerda.

Y á una señal de la esclava favorita, aquellas jóvenes tocaron á un

tiempo un preludio dulcísimo. Y el príncipe Alí, cuyo corazón estaba

lleno del recuerdo de Schamsennahar, sintió que los ojos se le llenaban

de lágrimas. Y dijo á su amigo Abalhassan: «¡Ah, hermano mío, cuán

conmovida siento mi alma! ¡Esos acordes me hablan en un lenguaje que la

hace llorar, sin saber á punto fijo por qué!» Abalhassan dijo: «¡Mi

joven señor, tranquiliza tu alma y presta toda tu atención á este

concierto, que promete ser admirable, gracias á la hermosa

Schamsennahar, que seguramente llegará pronto!»

Y en efecto, apenas Abalhassan había pronunciado estas palabras, cuando

las diez mujeres se levantaron á la vez, y unas pulsando las cuerdas, y

agitando otras rítmicamente sus panderetillas, entonaron este canto:

_¡Azul, nos miras con sonrisa de felicidad! ¡Y he aquí que la luna

levanta sus lienzos de nube, para velarse confusa! ¡Y el sol, sol

vencedor, huye también y no brilla ya!_

Y el coro se detuvo aguardando la respuesta, que cantó una de las diez

jóvenes:

_¡He aquí nuestra luna que avanza! ¡Y viene porque el sol nos ha

visitado, un sol juvenil y principesco, que ha venido á rendir

tributo á Schamsennahar!_

Entonces el príncipe Alí, que representaba á aquel sol, miró á la parte

opuesta, y vió acercarse doce negras jóvenes, que llevaban en hombros un

trono de plata maciza cubierto con un dosel de terciopelo, y en el cual

estaba sentada una joven tapada con un gran velo de seda que flotaba por

delante del trono. Y aquellas negras llevaban el pecho desnudo y las

piernas desnudas; y una faja de seda y oro, ajustada á la cintura, hacía

resaltar las opulentas nalgas de las cargadoras. Y cuando llegaron

adonde estaban las cantarinas, dejaron suavemente en el suelo el trono

de plata y retrocedieron hasta debajo de los árboles.

Entonces una mano apartó el velo de seda, y brillaron unos ojos en un

rostro de luna: era Schamsennahar. Llevaba un gran manto azul en fondo

de oro, constelado de perlas, diamantes y rubíes, todo ello de una

calidad y un precio incalculables. Apartadas las cortinas del trono,

Schamsennahar se despojó completamente del velo de seda, y miró

sonriendo al príncipe Alí, é inclinó levemente la cabeza. Y el príncipe

Alí, suspirando, la miró, y con el lenguaje mudo de los ojos se dijeron

en pocos instantes más cosas de las que hubieran podido decirse en mucho

tiempo.

Schamsennahar pudo por fin separar sus miradas de los ojos de Alí

ben-Bekar, para mandar á sus doncellas que cantaran. Entonces una de

ellas se apresuró á templar el laúd, y cantó:

_¡Oh Destino! Cuando dos amantes, atraídos entre sí, se encuentran

dignos el uno del otro y se unen en un beso, ¿quién tiene la culpa

más que tú?_

_Y la amante dice: ¡Oh corazón mío, dame otro beso! ¡Te lo

devolveré con el mismo calor que tenga el tuyo! ¡Y si quisieras que

tuviera más calor, cuán fácil me sería complacerte!_

Entonces Schamsennahar y Alí ben-Bekar suspiraron; y otra joven cantó,

obedeciendo á una seña de la hermosa favorita:

_¡Oh muy amado! ¡Luz que ilumina el espacio en que están las

flores, como los ojos del muy amado!_

_¡Oh carne que filtras la bebida de mis labios! ¡oh carne tan dulce

para mis labios!_

_¡Oh muy amado! Cuando te encontré, la Belleza me detuvo para

decirme entusiasmada_:

_¡Helo aquí! ¡Ha sido modelado por dedos divinos! ¡Es una caricia,

es como un bordado magnífico!_

Al oir estos versos, el príncipe Alí ben-Bekar y la hermosa

Schamsennahar se miraron largo rato; pero ya una tercera cantarina

decía:

_¡Las horas dichosas ¡oh jóvenes! corren como el agua, rápidas como

el agua! ¡Creedme, enamorados, no aguardéis más!_

_¡Aprovechad la dicha! ¡Sus promesas son fugaces! ¡Aprovechad la

belleza de vuestros años y el momento que os une!_

Cuando la cantarina hubo acabado su estrofa, el príncipe Alí exhaló un

prolongado suspiro, y sin poder reprimir por más tiempo su emoción,

rompió en sollozos. Schamsennahar, que no estaba menos conmovida, se

echó á llorar también, y no pudiendo sobreponerse á su pasión, se

levantó del trono y se dirigió hacia la puerta de la sala.

Inmediatamente Alí ben-Bekar corrió en la misma dirección, y al llegar

detrás del cortinaje que cubría la puerta se encontró con su amada. Fué

tan grande su emoción al besarse y tan intenso su delirio, que se

desmayaron uno en brazos de otro, y seguramente se habrían caído al

suelo si no los hubiesen sostenido las doncellas que habían seguido á

cierta distancia á su ama. Las esclavas se apresuraron á llevarlos á un

diván, donde les hicieron volver en sí á fuerza de rociarlos con agua de

rosas y con perfumes vivificantes.

Y Schamsennahar, al volver en si, sonrió dichosa al ver á su amigo Alí

ben-Bekar; pero como no viese á Abalhassan ben-Taher, preguntó

ansiosamente por él. Y Abalhassan, por discreción, se había retirado de

allí temiendo las consecuencias desagradables que pudiese tener aquella

aventura si llegaba á divulgarse por el palacio. Pero en cuanto se

enteró de que la favorita preguntaba por él, avanzó respetuosamente y se

inclinó ante ella. Y Schamsennahar dijo: «¡Oh Abalhassan! ¿cómo podré

agradecerte tus buenos oficios? ¡Gracias á ti he conocido lo más digno

de ser amado que hay entre las criaturas, y he gozado unos instantes

incomparables en que el alma se llena de felicidad! ¡Sabe ¡oh Ben-Taher!

que Schamsennahar no será ingrata!» Y Abalhassan se inclinó

profundamente ante la favorita, pidiendo á Alah que le concediese todos

los deseos que pudiera sentir su alma.

Entonces Schamsennahar se volvió hacia su amigo Alí ben-Bekar, y le

dijo: «¡Oh mi señor! ¡ya no dudo de tu cariño, aunque el mío supere á

todo lo que puedas sentir hacia mí! Pero ¡ay! el Destino es muy cruel al

tenerme sujeta á este palacio y no serme posible dar entera satisfacción

á mi ternura.» Alí ben-Bekar contestó: «¡Oh mi señora! ¡tu amor ha

penetrado en mí de tal suerte, que forma parte de mi alma, hasta el

punto de que después de mi muerte seguirá unido á ella! ¡Cuán

desdichados somos al no podernos amar libremente!» Y dicho esto, las

lágrimas inundaron como una lluvia las mejillas del príncipe Alí y las

de Schamsennahar. Pero Abalhassan se acercó á ellos discretamente, y

les dijo: «¡Por Alah! ¡No entiendo nada de ese llanto, ahora que estáis

juntos! ¿Qué sería si estuvierais separados? El momento no es para estar

tristes, sino para alegraros y pasar el tiempo agradablemente.»

Y la bella Schamsennahar, al oir estas palabras de Abalhassan, cuyos

consejos estimaba en mucho, se secó las lágrimas é hizo seña á una de

sus esclavas, que salió en seguida, volviendo después con varias criadas

que llevaban grandes bandejas de plata con toda clase de viandas de

aspecto tentador. Y colocadas las bandejas en la alfombra entre Alí

ben-Bekar y Schamsennahar, se alejaron las criadas y permanecieron

inmóviles junto á la puerta.

Entonces Schamsennahar invitó á Abalhassan á sentarse con ellos frente á

los platos de oro cincelado, donde aparecían las frutas redondas y

maduras y los sabrosos pasteles. Y con sus propias manos, la favorita se

puso á servirles de cada plato, y colocaba los bocados en los labios de

su amigo Alí ben-Bekar. Cuando hubieron comido, apresuráronse los

criados á llevarse las fuentes de oro, y les presentaron un jarro de oro

fino en una palangana de plata cincelada, y se lavaron las manos con el

agua perfumada que les echaron. Después se sentaron de nuevo, y las

esclavas negras les ofrecieron copas de ágata de varios colores llenas

de un vino exquisito, que alegraba los ojos y ensanchaba el alma. Lo

bebieron lentamente mirándose largo rato, y vacías ya las copas,

Schamsennahar despidió á todas las esclavas, quedando solamente las

cantarinas y tañedoras de instrumentos.

Entonces, teniendo deseos de cantar, la favorita mandó á una de las

esclavas que preludiase el tono, y la esclava templó su laúd, y cantó

dulcemente:

_¡Alma mía, cómo te agotas! ¡Las manos del amor te agitaron en

todos sentidos, arrojando á todos los vientos tu misterio!_

_¡Alma mía! ¡Te guardaba delicadamente en mi pecho, y te escapas

para correr hacia el que te hace sufrir!_

_¡Corred, lágrimas mías! ¡Os escapáis de mis párpados para correr

hacia el cruel! ¡Lágrimas mías, también vosotras estáis enamoradas

de mi muy amado!_

Entonces Schamsennahar alargó el brazo, llenó una copa, bebió de ella, y

luego se la ofreció al príncipe Alí, que bebió también, poniendo los

labios en el mismo sitio que habían tocado los labios de su amiga...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration]

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 154.ª NOCHE_

Ella dijo:

...que bebió también, poniendo los labios en el mismo sitio que habían

tocado los labios de su amiga, mientras las cuerdas de los instrumentos

se estremecían amorosamente bajo los dedos de las tañedoras. Y

Schamsennahar hizo otra seña á una de las cantarinas para que cantase

algo. Y la esclava cantó:

El libro de las mil noches y una noche; t. 6 · 第 3 / 12 段