regocijarme con tus desgracias y me deleite con tu humillación!»
Entonces el lobo dijo: «¡Oh zorro prudente de ideas fértiles y de
ingenio inventivo! Eres superior á tus palabras, y seguramente no las
piensas, pues las dices en broma. ¡Y en verdad, el caso no es para ello!
Te ruego que cojas una soga cualquiera y trates de atar una punta á un
árbol para alargarme la otra punta, y yo treparé por ese medio, y saldré
de este hoyo.» Pero el zorro se echó á reir, y le dijo: «¡Poco á poco,
¡oh lobo! poco á poco! ¡Primero saldrá tu alma y después tu cuerpo! ¡Y
las piedras y guijarros con que van á apedrearte realizarán
perfectamente esa separación! ¡Oh animal grosero, de ideas premiosas y
de escaso ingenio! Comparo tu suerte con la del HALCÓN Y LA PERDIZ.»
Al oir estas palabras, el lobo exclamó: «¡No entiendo muy bien lo que
quieres decirme con eso!»
Entonces el zorro dijo al lobo:
«Sabe ¡oh lobo! que un día fuí á comer algunos granos de uva á una
viña. Mientras estaba allí, á la sombra del follaje, vi
precipitarse desde lo alto de los aires un gran halcón sobre una
perdiz. Pero la perdiz logró librarse de las garras del halcón, y
corrió rápidamente á meterse en su escondrijo. Entonces el halcón,
que la había perseguido sin poder alcanzarla, se detuvo delante del
agujero que servía de entrada al albergue y gritó á la perdiz:
«¡Loquita que huyes de mí! ¿Ignoras lo mucho que te quiero? El
único motivo que me impulsó á cogerte fué el saber que estás
hambrienta, y quería darte el grano que he juntado para ti. ¡Ven,
pues, perdicita gentil, sal de tu albergue sin temor y ven á comer
el grano! ¡Y ojalá te sea muy gustoso, y se alivie tu corazón,
perdiz de mis ojos y de mi alma!» Cuando la perdiz oyó este
lenguaje, salió confiada de su escondite; pero en seguida el halcón
se lanzó sobre ella, le clavó las terribles garras en las carnes, y
de un picotazo la despanzurró. Y la perdiz, antes de morir, dijo:
«¡Oh maldito traidor! ¡Permita Alah que mi carne se convierta en
veneno dentro de tu vientre!» Y murió. En cuanto al halcón, la
devoró en un abrir y cerrar de ojos, pero en seguida le vino el
castigo por la voluntad de Alah; pues apenas llegó la perdiz al
vientre del traidor, cuando éste vió que se le caían todas las
plumas, como por efecto de una llama interior, y cayó inanimado al
suelo.»
«Y tú ¡oh lobo!--prosiguió el zorro--has caído en ese hoyo por
haberme dado muy mala vida y haber humillado mi alma hasta el
límite de la humillación.»
Entonces el lobo dijo al zorro: «¡Oh compañero, ayúdame! Da de lado
todos esos ejemplos que me citas, y olvidemos lo pasado. ¡Bien castigado
estoy, pues heme aquí en un hoyo, en el cual he caído á riesgo de
romperme una pata ó estropearme los ojos! ¡Trataremos de salir de este
mal paso, pues no ignoras que la amistad más firme es la que nace
después de una desgracia, y que el amigo verdadero está más cerca del
corazón que un hermano! ¡Ayúdame á salir de aquí, y seré para ti el
mejor de los amigos y el más cuerdo de los consejeros!»
Pero el zorro se echó á reir con más ganas, y dijo al lobo: «¡Veo que
ignoras las PALABRAS DE LOS SABIOS!» Y el lobo, pasmado, le preguntó:
«¿Qué palabras y á qué sabios te refieres?» Y el zorro dijo:
«Los sabios ¡oh lobo maldito! nos enseñan que la gente como tú, la gente
que tiene la máscara de la fealdad, el aspecto grosero y el cuerpo mal
formado, tiene también el alma tosca y desprovista de sutileza. ¡Y cuán
verdadero es esto en lo que te concierne! Lo que me has dicho acerca de
la amistad es muy exacto; pero ¡cómo te equivocas al quererlo aplicar á
tu alma de traidor! Porque ¡oh estúpido lobo! si realmente fueses tan
fértil en juiciosos consejos, ¿cómo no darías con el medio de salir de
ahí? Y si eres de veras tan poderoso como dices, ¡trata de salvar tu
alma de una muerte segura! ¿No recuerdas la HISTORIA DEL MÉDICO?» «Pero
¿qué médico es ése?», gritó el lobo. Y el zorro dijo:
«Había un aldeano que padecía un gran tumor en la mano derecha. Y
aquello le impedía trabajar. Y cansado ya de intentar varias
curaciones, mandó llamar á un hombre al cual se creía versado en
las ciencias médicas. El sabio fué á casa del enfermo, con una
venda en un ojo. Y el enfermo le preguntó: «¿Qué tienes en ese ojo,
¡oh médico!?» Éste contestó: «Un tumor que no me deja ver.»
Entonces el enfermo exclamó: «¿Tienes ese tumor y no lo curas? ¿Y
ahora vienes para curar el mío? ¡Vuelve la espalda, y enséñame la
anchura de tus hombros!»
«Y tú, ¡oh lobo de maldición! antes de pensar en darme consejos y
enseñarme ardides, sé lo bastante listo para librarte de ese hoyo y
guardarte de lo que te va á llover encima. Y si no, quédate para siempre
en donde estás.»
Entonces el lobo se echó á llorar, y antes de desesperarse por completo,
dijo al zorro: «¡Oh compañero! Te ruego que me saques de aquí,
acercándote por ejemplo al borde del hoyo y alargándome la punta del
rabo. Y me agarraré á ella y saldré del agujero. Y entonces, prometo
ante Alah arrepentirme de todas mis ferocidades pasadas, y me limaré las
garras, y me romperé los dientes, para no sentir la tentación de atacar
á mis vecinos. Después me pondré la ropa tosca de los ascetas y me
retiraré á la soledad para hacer penitencia, sin comer más que hierba ni
beber más que agua.» Pero el zorro, lejos de enternecerse, dijo al lobo:
«¿Y desde cuándo se puede cambiar tan fácilmente de naturaleza? Lobo
eres, y lobo seguirás siendo, y no he de ser yo quien crea en tu
arrepentimiento. ¡Y además, muy candoroso tendría yo que ser para
confiarte mi cola! Quiero verte morir, porque los sabios han dicho: «¡La
muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica la
tierra!...»
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration:
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 150.ª NOCHE_
]
Ella dijo:
«...¡La muerte del malo es un beneficio para la humanidad, pues purifica
la tierra!»
Al oir estas palabras, el lobo, lleno de rabia y desesperación, se
mordió una pata; pero dulcificando más la voz, dijo: «¡Oh zorro! La raza
á que perteneces es famosa entre todos los animales de la tierra, por
sus exquisitos modales, su elocuencia, su sutileza y la dulzura de su
temperamento. ¡Termina, pues, este juego, y recuerda las tradiciones de
tu familia!» Pero el zorro, al oir estas palabras, se echó á reir con
tanta gana, que se desmayó. No tardó en volver en sí, y dijo al lobo:
«Ya veo, ¡oh maravilloso bruto! que tu educación está completamente por
hacer. Pero no tengo tiempo para dedicarme á semejante tarea, y me
contentaré, antes de que revientes, con hacer penetrar en tus oídos
algunas de las palabras de los sabios. ¡Sabe, pues, que todo tiene
remedio, menos la muerte; que todo puede corromperse, menos el diamante;
y por último, que se puede uno librar de todo, menos del Destino!
»En cuanto á ti, me has hablado hace un momento, según creo, de
recompensarme al salir del hoyo y de otorgarme tu amistad. Sospecho que
te pareces á aquella SERPIENTE cuya historia no debes conocer, dada tu
ignorancia.» Y como el lobo confesase que la desconocía, el zorro dijo:
«Sabe ¡oh lobo! que hubo una vez una serpiente que había logrado
escaparse de manos de un titiritero. Y esta serpiente, no
acostumbrada á caminar por haber estado tanto tiempo enrollada en
un saco, se arrastraba penosamente por el suelo, y seguramente
habría sido aplastada, si un transeunte caritativo no la hubiera
visto, y creyéndola enferma, movido de piedad, la cogió y le dio
calor. Y lo primero que hizo la serpiente al recobrar la vida fué
buscar el sitio más delicado del cuerpo de su salvador y clavar en
él su diente cargado de veneno. Y el hombre cayó muerto
inmediatamente. Ya lo dijo el poeta:
_¡Desconfía y procura huir cuando la víbora se enrosque
mimosamente! ¡Va á estirarse, y su veneno entrará en tu carne con
la muerte!_
»Y también ¡oh lobo! hay estos versos admirables, que vienen muy bien al
caso:
_¡Cuando un niño haya sido cariñoso contigo y tú le trates mal, no
te asombre que te guarde rencor en el fondo del hígado, ni de que
se vengue algún día cuando tenga pelos en el brazo!_
»Y yo, maldito lobo, para dar comienzo á tu castigo y hacerte probar
anticipadamente las delicias que te aguardan en el fondo de ese hoyo,
mientras llega la ocasión de regar tu tumba como he dicho, he aquí lo
que te ofrezco: ¡levanta la cabeza, amigo!»
Y el zorro, volviéndose de espaldas, se apoyó con las patas de atrás en
el borde del hoyo, é hizo llover sobre el hocico del lobo lo suficiente
para ungirle y perfumarle hasta sus últimos momentos.
Y hecho esto, se subió á lo más alto de la escarpa, y empezó á chillar
llamando á los amos y á los guardas, que no tardaron en acudir. Y cuando
se acercaron, se ocultó el zorro, pero lo bastante cerca para ver las
piedras enormes que aquéllos tiraban al hoyo y oir los aullidos de
agonía de su enemigo el lobo.
Al llegar á este punto, Schahrazada se detuvo un momento para beber
un vaso de sorbete que le alargaba la pequeña Doniazada. El rey
Schahriar exclamó: «¡Ardía en impaciencia por saber la muerte del
lobo! ¡Ahora que ya ocurrió, quisiera oirte contar algo sobre la
ingenua é irreflexiva confianza y sus consecuencias!» Y Schahrazada
dijo: «¡Escucho y obedezco!»
[Illustration]
[Illustration]
Cuento del ratón y la comadreja
Había una mujer cuyo oficio no era otro que descortezar sésamo. Y un día
le llevaron una medida de sésamo de primera calidad, diciéndole: «El
médico ha mandado á un enfermo que se alimente exclusivamente con
sésamo. Y te lo traemos para que lo limpies y lo mondes con cuidado.» La
mujer lo cogió, puso en seguida manos á la obra, y al acabar el día lo
había limpiado y mondado completamente. ¡Y daba gusto ver aquel sésamo
tan blanco! Así es que una comadreja que andaba por allí se vió
tentadísima, y llegada la noche, se dedicó á transportarlo desde la
bandeja en que estaba á su madriguera. Y tan bien lo hizo, que por la
mañana no quedaba en la bandeja más que una cantidad muy pequeña de
sésamo.
Y oculta la comadreja, pudo juzgar el asombro y la ira de la mondadora
al ver aquella bandeja casi limpia del contenido. Y la oyó exclamar:
«¡Ah, si pudiera dar con el ladrón! ¡No pueden ser más que esos malditos
ratones que infestan la casa desde que se murió el gato! ¡Como pillase á
uno, le haría pagar las culpas de todos los otros!»
Cuando la comadreja oyó estas palabras, se dijo: «Es necesario, para
resguardarme de la venganza de esta mujer, tener que confirmar sus
sospechas, en cuanto atañe á los ratones. ¡Si no, puede que la tomara
conmigo y me rompiera los huesos!» Y en seguida fué á buscar al ratón, y
le dijo: «¡Oh hermano! ¡Todo vecino se debe á su vecino! ¡No hay nada
tan antipático como un vecino egoísta que no guarda atención alguna á
los que viven á su lado y no les envía nada de los platos exquisitos que
las hembras de la casa han guisado, ni de los dulces y pasteles
preparados en las grandes festividades!» Y el ratón contestó: «¡Cuán
verdad es todo eso, buena amiga! ¡Por eso, aunque haga pocos días que
estés aquí, me congratulo tanto de las buenas intenciones que
manifiestas! ¡Plegué á Alah que todos los vecinos sean tan buenos y tan
simpáticos como tú! Pero ¿qué tienes que anunciarme?» La comadreja dijo:
«La buena mujer que vive en esta casa ha recibido una medida de sésamo
fresco muy apetitoso. Se lo han comido hasta hartarse entre ella y sus
hijos, y sólo han dejado un puñado. Por eso vengo á avisártelo; prefiero
mil veces que lo aproveches tú, á que se lo coman los glotones de sus
parientes.»
Oídas estas palabras, el ratón se alegró tanto, que empezó á dar brincos
y á mover la cola. Y sin tomarse tiempo para reflexionar, ni advertir el
aspecto hipócrita de la comadreja, ni fijarse en la mujer que acechaba,
ni preguntarse siquiera qué móvil podía impulsar á la comadreja á
semejante acto de generosidad, corrió locamente y se precipitó en medio
de la bandeja, en donde brillaba el sésamo esplendente y mondado. Y se
llenó glotonamente la boca. Pero en aquel instante salió la mujer de
detrás de la puerta, y de un palo hendió la cabeza del ratón.
¡Y así el pobre ratón, por su imprudente confianza, pagó con la vida las
culpas ajenas!
Al oir estas palabras, el rey Schahriar exclamó: «¡Oh Schahrazada!
¡Qué lección de prudencia hay en ese cuento! ¡Si lo hubiera sabido
antes, me habría guardado muy bien de poner una confianza sin
límites en mi esposa, aquella libertina á quien maté con mis
propias manos, y no hubiese creído en los miserables eunucos negros
que ayudaron á la traidora! ¿Sabes por ventura alguna historia
referente á la fiel amistad?»
Y Schahrazada dijo:
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Cuento del cuervo y del gato de Algalia
He llegado á saber que un cuervo y un gato de Algalia habían trabado una
firme amistad y se pasaban las horas retozando y jugando á varios
juegos. Y un día que hablaban de cosas realmente interesantes, pues no
hacían caso de lo que pasaba á su alrededor, fueron devueltos á la
realidad por el rugido espantoso de un tigre, que resonaba en el
bosque.
Inmediatamente, el cuervo, que estaba en el tronco de un árbol al lado
de su amigo, se apresuró á ganar las ramas altas. En cuanto al gato, de
espantado no sabía dónde ocultarse, pues ignoraba el sitio de donde
acababa de salir el rugido del tigre. En tal perplejidad, dijo al
cuervo: «¿Qué haré, amigo mío? Dime si puedes indicarme algún medio, ó
si puedes prestarme algún socorro eficaz.» El cuervo respondió: «¿Qué no
haría yo por ti, buen amigo? Estoy dispuesto á afrontarlo todo para
sacarte de apuros; pero antes de acudir en tu socorro, déjame recordarte
lo que dijo el poeta:
_¡La verdadera amistad es la que nos impulsa á arrojarnos al
peligro para salvar al objeto amado, arriesgándonos á sucumbir!_
_¡Es la que nos hace abandonar bienes, padres y familia para ayudar
al hermano de nuestra amistad!_»
En seguida el cuervo se apresuró á volar hacia un rebaño que pasaba por
allí, guardado por enormes perros, más imponentes que leones. Y se fué
derecho á uno de los perros, se precipitó sobre su cabeza y le dió un
fuerte picotazo. Después se lanzó sobre otro perro é hizo lo mismo; y
habiendo excitado así á todos los perros, echó á volar á una altura
suficiente para que le fueran persiguiendo, pero sin que le alcanzaran
sus dientes. Y graznaba á toda voz, como para mofarse de ellos. De modo
que los perros le fueron siguiendo cada vez más furiosos, hasta que los
atrajo hacia el centro del bosque. Y cuando los ladridos hubieron
resonado en todo el bosque, el cuervo supuso que el tigre, espantado,
había debido huir; entonces el cuervo se remontó cuanto pudo, y
habiéndolo perdido de vista los perros, regresaron al rebaño. El cuervo
fué á buscar á su amigo el gato, al cual había salvado de aquel peligro,
y vivió con él en paz y felicidad.
Y ahora deseo contarte, ¡oh rey afortunado!--prosiguió
Schahrazada--la HISTORIA DEL CUERVO Y EL ZORRO.
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Cuento del cuervo el zorro
Se cuenta que un zorro viejo, cuya conciencia estaba cargada de no pocas
fechorías, se había retirado al fondo de un monte abundante en caza,
llevándose consigo á su esposa. Y siguió haciendo tanto destrozo, que
acabó por despoblar completamente la montaña, y para no morirse de
hambre, empezó por comerse á sus propios hijos y estrangular una noche
traidoramente á su esposa, á la cual devoró en un momento. Y hecho ésto,
no le quedó nada á que hincar el cliente.
Era demasiado viejo para cambiar de residencia, y no era bastante ágil
para cazar liebres y coger al vuelo las perdices. Mientras estaba
absorto en estas ideas, que le ennegrecían el mundo delante del hocico,
vió posarse en la copa de un árbol á un cuervo que parecía muy cansado.
Y en seguida pensó: «¡Si pudiera hacerme amigo de ese cuervo, sería mi
felicidad! ¡Tiene buenas alas que le permiten hacer lo que no pueden mis
patas baldadas! ¡Así, me traería el alimento, y además me haría compañía
en esta soledad que empieza á serme tan pesada!» Y pensado y hecho:
avanzó hasta el pie del árbol en que estaba posado el cuervo, y después
de las zalemas acostumbradas, le dijo: «¡Oh mi vecino! No ignoras que
todo buen musulmán tiene dos méritos para su vecino. El de ser musulmán
y el de ser su vecino. Reconozco en ti esos dos méritos, y me siento
conmovido por la atracción invencible de tu gentileza y por las buenas
disposiciones de amistad fraternal que te supongo. Y tú, ¡oh buen
cuervo! ¿qué sientes hacia mí?»
Al oir estas palabras el cuervo se echó á reir de tan buena gana, que le
faltó poco para caerse del árbol. Después dijo: «¡No puedo ocultarte que
es muy grande mi sorpresa! ¿De cuándo acá, ¡oh zorro! esa amistad
insólita? ¿Y cómo ha entrado la sinceridad en tu corazón, cuando sólo
estuvo en la punta de tu lengua? ¿Desde cuándo dos razas tan distintas
pueden fundirse tan perfectamente, siendo tú de la raza de los animales
y yo de la raza de las aves? Y sobre todo, ¡oh zorro! ya que eres tan
elocuente, ¿sabrías decirme desde cuándo los de tu raza han dejado de
ser de los que comen y los de mi raza los comidos? ¿Te asombras? ¡Pues
ciertamente no hay por qué! ¡Vamos, zorro, viejo malicioso, vuelve á
guardar todas esas hermosas palabras en tu alforja, y dispénsame de una
amistad respecto á la cual no me has dado pruebas!»
Entonces el zorro exclamó: «¡Oh cuervo juicioso, cuán perfectamente
razonas! Pero sabe que nada es imposible para Aquel que formó los
corazones de sus criaturas, y ha engendrado en el mío ese generoso
sentimiento hacia ti. Y para demostrarte que individuos de distinta raza
pueden estar de acuerdo, y para darte las pruebas que con tanta razón me
reclamas, no encuentro nada mejor que contarte la historia que he
llegado á saber, la historia de la pulga y el ratón, si es que quieres
escucharla.»
El cuervo repuso: «Puesto que hablas de pruebas, dispuesto estoy á oir
esa HISTORIA DE LA PULGA Y EL RATÓN, que desconozco.» Y el zorro la
narró de este modo:
«¡Oh amigo, lleno de gentileza! Los sabios versados en los libros
antiguos y modernos nos cuentan que una pulga y un ratón fueron á
vivir en la casa de un rico mercader, cada cual en el lugar que fué
más de su agrado.
»Ahora bien; cierta noche, la pulga, harta de chupar la sangre
agria del gato de la casa, saltó á la cama donde estaba tendida la
esposa del mercader, se deslizó entre la ropa, se escurrió por
debajo de la camisa para llegar á los muslos, y desde allí brincó
hasta el pliegue de la ingle, precisamente en el sitio más
delicado. Y notó realmente que aquel sitio era muy delicado, muy
suave, muy blanco y liso á pedir de boca. No tenía ni arrugas ni
pelos indiscretos. Al contrario, ¡oh cuervo amigo! al contrario. Y
fué el caso que la pulga se encasilló en aquel paraje y se puso á
chupar la deliciosa sangre de la mujer hasta llegar á la hartura.
Sin embargo, puso tan poca discreción en su trabajo, que la mujer
se despertó al sentir la picadura, y llevó la mano velozmente al
sitio picado, y habría aplastado á la pulga si ésta no se hubiese
escurrido diestramente por el calzón, corriendo á través de los
innumerables pliegues de esa prenda especial de la mujer, y
saltando desde allí al suelo para refugiarse en el primer agujero
que encontró. ¡Esto en cuanto á la pulga!
»En cuanto á la mujer, como lanzase un alarido de dolor que hizo
acudir á todas las esclavas, advertidas éstas de la causa del
sufrir de su señora, se apresuraron á remangarse los brazos y á
buscar la pulga entre las ropas. Dos esclavas se encargaron de las
faldas, otra de la camisa, y otras del amplio calzón, cuyos
pliegues examinaron escrupulosamente uno tras otro. Entretanto, la
mujer se hallaba completamente en cueros, y á la luz de los
candelabros se registraba la parte delantera mientras que la
esclava favorita le inspeccionaba minuciosamente la trasera. Pero
ya te puedes figurar, ¡oh cuervo! que no encontraron nada. ¡Y esto
es todo en cuanto á la mujer!»
El cuervo exclamó: «Pero á todo eso, ¿en dónde están las pruebas de que
me hablabas?» El zorro repuso: «¡Precisamente vamos á ello!» Y prosiguió
de esta manera:
«He aquí que el agujero en que se había refugiado la pulga era la
madriguera del ratón...
En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la
mañana, y se calló discretamente.
[Illustration]
_PERO CUANDO LLEGÓ
LA 151.ª NOCHE_
Ella dijo:
»...He aquí que el agujero en que se había refugiado la pulga era la
madriguera del ratón; de modo que cuando el ratón vió entrar á la pulga
en su casa se indignó extraordinariamente, y le dijo: «¿Qué vienes á
hacer aquí, ¡oh pulga! ya que no eres de mi especie ni de mi esencia?
¿Qué buscas aquí, ¡oh parásito! del cual sólo se puede esperar algo
desagradable?» Y la pulga contestó: «¡Oh ratón hospitalario entre los
ratones! Sabe que si he invadido tan indiscretamente tu domicilio, ha
sido contra mi voluntad, pues lo he hecho para librarme de la muerte con
que me amenazaba la dueña de esta casa. ¡Y todo por un poco de sangre
que le he chupado! ¡Verdad es que era de primera calidad, suave, tibia y
de maravillosa digestión! Vengo, pues, á ti, confiada en tu bondad, para
rogarte que me tengas en tu casa hasta que haya pasado el peligro. Lejos
de atormentarte y obligarte á huir de tu domicilio, te demostraré una
gratitud tan señalada, que darás las gracias á Alah por haberme admitido
en tu compañía.» Entonces, convencido el ratón por el acento sincero de
la pulga, dijo: «Si realmente es así, ¡oh pulga! puedes compartir mi
albergue y vivir aquí tranquila. Serás mi compañera en la próspera y en
la adversa fortuna. Y en cuanto á la sangre bebida en el muslo de la
mujer, no te apures. Digiérela gozosamente en la paz de tu corazón y con
delicia. Cada cual encuentra su alimento donde puede, y nada hay en ello
de reprensible; y si Alah nos ha dado la vida, no ha sido para que nos
dejemos morir de hambre ni de sed. Y á este propósito, he aquí los
versos que oí recitar un día por las calles á un santón:
_¡Nada tengo en la tierra que me sujete: ni muebles, ni esposa que
me gruña, ni casa! ¡Oh corazón mío, cuán libre estás!_
_¡Un pedazo de pan, un sorbo de agua y un poco de sal bastan para
mi alimento, pues estoy completamente solo! ¡Un raído ropón me
sirve de traje, y aún me sobra!_
_¡Tomo el pan donde lo encuentro, y acato el Destino conforme
viene! ¡Nada me pueden quitar! ¡Lo que cojo á los demás para vivir,
es lo que les sobra! ¡Corazón mío, cuán libre estás!_»
»Cuando la pulga oyó este discurso del ratón, se sintió muy conmovida, y
lo dijo: «¡Oh ratón, hermano mío, qué vida tan deliciosa vamos á pasar
juntos! ¡Alah apresure el momento en que pueda agradecer tus bondades!»
»Y el tal momento no tardó en llegar. Efectivamente, la misma noche, el
ratón, que había ido á dar una vuelta por la casa del mercader, oyó un
rumor metálico, y sorprendió al mercader que contaba uno por uno los
numerosos dinares guardados en un saquito, y cuando hubo echado la
cuenta, los escondió bajo la almohada, se tumbó en la cama, y se durmió.
»Entonces el ratón fué á buscar á la pulga, le contó lo que acababa de
ver, y le dijo: «Ha llegado la ocasión de que me ayudes á transportar
esos dinares de oro desde la cama del mercader hasta mi albergue.» Al
oir estas palabras, la pulga estuvo á punto de desmayarse de emoción,
por lo exorbitante que le pareció todo aquello, y exclamó con tristeza:
«No debes pensar en eso, ¡oh ratón! ¿Cómo he de llevar yo á cuestas un
dinar, cuando mil pulgas juntas no podrían ni siquiera moverlo? En
cambio puedo ayudarte de otro modo, pues tan pulga como me ves, me
encargo de sacar al mercader de su habitación ahuyentándole de la casa;
y entonces serás el amo del terreno, y sin apresurarte y á tu gusto
podrás transportar los dinares á tu madriguera.» El ratón exclamó:
«¡Eres en verdad una pulga excelente, y no había caído en ello hasta
ahora! Mi madriguera es lo suficientemente grande para encerrar todo el
oro, y he abierto setenta puertas para poder salir en el caso de que
quisieran emparedarme en ella. ¡Date prisa á ejecutar lo que me has
ofrecido!»