Entonces volvió la oca meneando las alas, y el corzo, despué

[Illustration:

LIBROS

CÉLEBRES

ESPAÑOLES

Y

EXTRANJEROS

]

Director literario: V. Blasco Ibáñez

[Illustration:

EL LIBRO

DE LAS

MIL NOCHES Y UNA NOCHE

]

ES PROPIEDAD. DERECHOS EXCLUSIVOS DE TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL.

[Illustration]

[Illustration:

EL LIBRO

DE LAS MIL NOCHES

Y UNA NOCHE

TRADUCCIÓN DIRECTA Y LITERAL DEL ÁRABE POR EL

DOCTOR J. C. MARDRUS

Versión española de VICENTE BLASCO IBAÑEZ

PRÓLOGO DE E. GÓMEZ CARRILLO

TOMO SEXTO

Historia encantadora de los animales y de las

aves.--De Alí ben-Bekar y la bella Schamsennahar.--De

Kamaralzamán y la princesa Budur

la luna más bella entre las lunas.

PROMETEO

Germanías, 33.--VALENCIA

(Published in Spain)

]

[Illustration]

A MI AMIGO

ANDRÉS GIDE

J. C. M.

[Illustration]

[Illustration]

[Illustration]

HISTORIA ENCANTADORA

DE LOS ANIMALES Y DE LAS AVES

Cuento de la oca, el pavo real y la pava real

[Illustration]

He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que había en la antigüedad del

tiempo y en lo pasado de la edad y del momento un pavo real muy

aficionado á recorrer en compañía de su esposa las orillas del mar y á

pasearse por una selva que allí había, toda llena de arroyos y poblada

por el canto de las aves. Durante el día, el pavo y la pava buscaban

tranquilamente su alimento, y al llegar la noche se encaramaban á lo

alto del árbol más frondoso, para no tentar los deseos de algún vecino

que fuese poco escrupuloso en su admiración hacia la hermosura de la

pava. Y eran felices de este modo, bendiciendo al Bienhechor, que les

dejaba vivir en la paz y la dulzura.

Pero un día el pavo real invitó á su esposa para que le acompañase á una

isla que se veía desde la playa, y de este modo podrían cambiar de aires

y de perspectivas. La pava le contestó oyendo y obedeciendo, echaron á

volar los dos, y llegaron á la isla.

Aquella isla estaba cubierta de árboles cargados de frutas y regada por

multitud de arroyos. El pavo y su esposa quedaron extraordinariamente

encantados de su paseo por aquella frescura, y permanecieron allí algún

tiempo para probar todas las frutas y beber aquella agua tan dulce y tan

fina.

Cuando se disponían á regresar á su casa, vieron venir hacia ellos una

oca, que batía las alas llena de espanto. Y temblándole todas sus

plumas, fué á pedirles ayuda y protección. El pavo real y su esposa la

recibieron muy cordialmente, y la pava, hablándole con toda su

afabilidad, le dijo: «¡Sé bien venida entre nosotros! ¡Aquí encontrarás

el calor de la familia y cuanto necesites!» Entonces la oca empezó á

tranquilizarse, y el pavo, muy convencido de que la historia de la oca

sería una historia verdaderamente asombrosa, le preguntó: «¿Qué te ha

ocurrido y cuál es la causa de tu espanto?» Y respondió la oca: «Aún

estoy enferma de lo que acaba de sucederme y del terror horrible que me

inspira Ibn-Adán. ¡Alah nos guarde y nos libre de Ibn-Adán!» Y el pavo,

muy afligido, dijo: «¡Cálmate, mi buena oca, cálmate!» Y preguntó la

pava: «¿Cómo es posible que ese Ibn-Adán logre llegar hasta esta isla?

Desde la playa no puede saltar. Y no hay medio de atravesar de otro modo

tanto espacio de agua.» Entonces exclamó la oca: «¡Bendito sea el que os

ha puesto en mi camino para calmar mis terrores y devolver la paz á mi

corazón!» Y la pava dijo: «¡Oh hermana mía! Cuéntanos ahora el motivo de

ese terror que te inspira Ibn-Adán, y no calles nada de tu historia, que

ha de ser muy interesante.» Y la oca contó lo que sigue:

«Sabe, ¡oh pavo real lleno de gloria, y tú, dulce pava, la más

hospitalaria entre todas las pavas! que habito en esta isla desde

mi niñez, y he vivido siempre en ella sin ningún contratiempo y sin

que nada agobiase mi alma ni molestara mi vista. Pero anoche,

cuando estaba durmiendo con la cabeza debajo del ala, vi que se me

aparecía en sueños ese Ibn-Adán, que quiso entablar conversación

conmigo. Iba á contestarle, pero oí una voz que me gritaba:

¡Cuidado, ten mucho cuidado! ¡Desconfía de Ibn-Adán y de la dulzura

de sus palabras, pues ocultan sus perfidias! ¡Y no olvides lo que

dijo el poeta:

_¡Te da á gustar la dulzura que hay en la punta de su_

_lengua, para sorprenderte de improviso como el zorro!_

»Porque sabe, pobre oca, que Ibn-Adán posee tal grado de astucia,

que logra atraer á los habitantes del seno de las aguas y á los

monstruos más feroces del mar, y puede derribar como una masa desde

lo más alto de los aires las águilas que se ciernen tranquilas,

sólo con tirarles un puñado de barro. En fin, es tan pérfido, que

siendo tan débil, sabe vencer al elefante y utilizarlo como siervo

suyo y arrancarle los colmillos para hacer con ellos sus armas.

¡Ah, pobre oca, huye en seguida!»

»Entonces me desperté llena de espanto, y huí sin mirar atrás,

alargando el cuello y desplegando las alas. Seguí corriendo hasta

que las fuerzas me abandonaron. Luego, como había llegado al pie de

una montaña, me oculté detrás de una roca. Y mi corazón latía de

miedo y de cansancio, presa del temor que me inspiraba Ibn-Adán. Y

como no había comido ni bebido, me atormentaban el hambre y la sed.

Pero no sabía qué hacer ni me atrevía á moverme, cuando divisé

enfrente de mí, á la entrada de una caverna, un león rojo, de

mirada dulce, que inspiraba confianza y simpatía. Y aquel león, que

era muy joven, denotó una gran satisfacción al verme, encantado de

mi timidez, pues mi aspecto le había seducido. Así es que me llamó

de este modo: «¡Oh chiquita gentil, acércate y ven á conversar

conmigo un rato!» Y yo, muy agradecida á su invitación, me aproximé

á él humildemente. Y él me dijo: «¿Cómo te llamas y de qué raza

eres?» Y le contesté: «¡Me llaman oca y soy de la raza de las

aves!» Y me dijo: «¿Por qué estás tan temblorosa?» Entonces le

conté cuanto había visto y cuanto había oído en sueños. Y se

asombró muchísimo, y exclamó: «¡Yo también he tenido un sueño

análogo, y al contárselo á mi padre me ha puesto sobre aviso contra

Ibn-Adán, diciéndome que desconfiara de sus ardides y perfidias!

Pero hasta ahora no me he encontrado con ese Ibn-Adán.»

»Al oir estas palabras, aumentó mi espanto, y dije apresuradamente

al león: «No vacilemos en hacer lo que más nos conviene. Ha llegado

el momento de acabar con esa plaga, y á ti solo ¡oh hijo del sultán

de los animales! te corresponde la gloria de matar á Ibn-Adán, pues

haciéndolo así se acrecentará tu fama á los ojos de todas las

criaturas del cielo, del agua y de la tierra.» Y seguí lisonjeando

al león, hasta que le decidí á ponerse en busca de nuestro enemigo.

»Salió entonces de la caverna, y me dijo que le siguiese. Y yo iba

detrás de él. Y el león avanzaba arrogante, haciendo restallar la

cola sobre el lomo. Así caminamos, marchando yo detrás de él y sin

poder apenas seguirle, hasta que vimos á lo lejos una gran

polvareda, y al disiparse apareció un burro en pelo, sin albarda ni

ronzal, que brincaba, coceaba, se echaba al suelo y se revolcaba en

el polvo, con las cuatro patas al aire.

»Al ver esto, mi amigo el león se quedó muy asombrado, pues sus

padres casi no le habían permitido hasta entonces salir de la

caverna. Y el león llamó al burro: «¡Eh, tú, ven por aquí!» Y el

otro se apresuró á obedecerle. Y el león le dijo: «¿Por qué obras

así, animal loco? ¿De qué especie de animales eres?» Y contestó el

otro: «¡Oh mi señor! Soy el borrico tu esclavo, de la especie de

los borricos.» Y el león preguntó: «Pero ¿por qué corrías hacia

aquí?» Y el burro respondió: «¡Oh hijo del sultán de los animales!

Venía huyendo de Ibn-Adán.» Entonces el joven león se echó á reir,

y dijo: «¿Cómo con esa alzada tan respetable y esas anchuras temes

á Ibn-Adán?» Y el borrico, meneando la cola, denotando penetración,

dijo: «¡Oh hijo del sultán! Ya veo que no conoces á ese maldito. Si

le temo no es porque desee mi muerte, pues sus intenciones son

peores. Mi terror proviene del mal trato que me haría sufrir. Sabe

que hace que le sirva de cabalgadura, y para ello me pone en el

lomo una cosa que llama la albarda; después me aprieta la barriga

con otra cosa que llama la cincha, y debajo del rabo me pone un

anillo cuyo nombre he olvidado, pero que hiere cruelmente mis

partes delicadas. Por último, me mete en la boca un pedazo de

hierro que me ensangrienta la lengua y el paladar, y que llama

bocado. Entonces me monta, y para hacerme andar más aprisa, me pica

en el cuello y en el trasero con un aguijón. Y si el cansancio me

hace retrasar la marcha, lanza contra mí las más espantosas

maldiciones y las más horribles palabras, que me hacen estremecer,

á pesar de ser un borrico, pues me llama delante de todo el mundo

¡alcahuete! ¡hijo de zorra! ¡hijo de bardaje! ¡el culo de tu

hermana!, y qué sé yo qué otras cosas más. Y si por desgracia me

peo, para desahogarme algo el pecho, entonces su furor ya no conoce

límites, y vale más, por consideración á ti, ¡oh hijo de mi sultán!

que no repita todo lo que me hace y me dice en semejantes

circunstancias. Así es que no me entrego á tales desahogos más que

cuando sé que está muy lejos y tengo la seguridad de hallarme solo.

¡Pero hay más! Cuando yo llegue á viejo, me venderá á cualquier

aguador, que, poniéndome sobre el lomo un baste de madera, me

cargará de pesados pellejos y enormes cántaros de agua, hasta que,

no pudiendo más con los malos tratos y privaciones, reviente

míseramente. ¡Y entonces echarán mi esqueleto á los perros que

vagan por los vertederos! ¡Y tal es la suerte que me reserva

Ibn-Adán! ¿Habrá entre todas las criaturas quien sea más

desgraciado que yo? Responde, ¡oh buena y tierna oca!»

»Entonces ¡oh señores míos! sentí un estremecimiento de horror y de

piedad, y en el límite de la emoción, del espanto y del temblor,

exclamé: «¡Oh mi señor león! Verdaderamente el burro es muy

desgraciado. ¡Porque yo, sólo con oirle, me muero de lástima!» Y el

joven león, viendo al borrico dispuesto á largarse, le dijo: «¡Pero

no tengas prisa, compañero! ¡Quédate otro poco, porque realmente me

interesas! ¡Y me gustaría que me sirvieses de guía para llegar

hasta Ibn-Adán!» El burro contestó: «¡Lo siento, señor mío, pero

prefiero poner entre ambos la distancia de una buena jornada de

camino, pues le he dejado ayer cuando se dirigía hacia este lugar!

Y ahora busco un sitio seguro para resguardarme de sus perfidias y

de su astucia. Además, con licencia tuya, ahora que estoy

convencido de que no me oye, quiero desahogarme á gusto y gozar de

la vida.» Y dichas estas palabras, el burro lanzó un prolongado

rebuzno, al que siguieron trescientos pedos magníficos, que disparó

coceando. Se revolcó después sobre la hierba durante un buen rato,

y al fin se levantó. Entonces, como viese una polvareda que se

levantaba á lo lejos, enderezó una oreja, luego la otra, miró

fijamente, y volviendo la grupa echó á correr y desapareció.

»Una vez disipada la polvareda, apareció un caballo negro, con la

frente marcada por una mancha blanca como un dracma de plata,

hermoso, altivo, reluciente, y con las patas adornadas de una

corona de pelos blancos. Venía hacia nosotros relinchando de un

modo muy arrogante. Y cuando vió á mi amigo el joven león, se

detuvo en honor suyo, y quiso retirarse discretamente. Pero el

león, encantado de su elegancia y seducido por su aspecto, le dijo:

«¿Quién eres, hermoso animal? ¿Por qué corres de ese modo, como si

algo te inquietase en esta inmensa soledad?» El otro contestó: «¡Oh

rey de los animales! ¡Soy un caballo entre los caballos! ¡Y huyo

para evitar la proximidad de Ibn-Adán!»

»El león, al oir estas palabras, llegó al límite del asombro, y

dijo al caballo: «No hables de ese modo, ¡oh caballo! pues en

realidad es vergonzoso que sientas miedo hacia Ibn-Adán, siendo

fuerte como eres, y estando dotado de esa robustez y esas alturas,

y pudiendo con una sola coz hacerle pasar de la vida á la muerte.

¡Mírame! No soy tan grande como tú, y sin embargo, he prometido á

esta oca gentil librarla para siempre de sus terrores matando á

Ibn-Adán y devorándolo por completo. Entonces podré tener el gusto

de llevar nuevamente á esta pobre oca á su casa y al seno de su

familia.»

»Cuando el caballo oyó estas palabras de mi amigo, le miró con

sonrisa triste, y le dijo: «Arroja lejos de ti esos pensamientos,

¡oh hijo del sultán de los animales! y no te hagas ilusiones acerca

de mi fuerza, y mi alzada, y mi velocidad, pues todo eso es

insignificante para la astucia de Ibn-Adán. Y sabe que cuando estoy

en sus manos, logra domarme á su gusto, pues me pone en las patas

trabones de cáñamo y de crín, y me ata por la cabeza á un poste en

lo más alto de una pared, y de ese modo no puedo moverme ni

echarme. ¡Pero hay más! Cuando quiere montarme, me coloca sobre el

lomo una cosa que llama silla, me oprime el vientre con dos cinchas

muy duras que me mortifican, y me mete en la boca un pedazo de

acero, del cual tira mediante unas correas, con las que me dirige

por donde le place. Y montado en mí, me pincha y me perfora los

costados con las puntas de unas espuelas, y me ensangrienta todo el

cuerpo. ¡Pero no acaba ahí! Cuando soy viejo, y mi lomo ya no es

bastante flexible y resistente, ni mis músculos pueden llevarle

todo lo aprisa que él quisiera, me vende á algún molinero, que me

hace rodar día y noche la piedra del molino, hasta que sobreviene

mi completa decrepitud. ¡Entonces me entrega al desollador, que me

degüella, y me despelleja, y vende mi piel á los curtidores y mi

crin á los fabricantes de cribas, tamices y cedazos! ¡Y tal es la

suerte que me espera con ese Ibn-Adán!»

»Entonces el joven león, muy emocionado con lo que acababa de oir,

dijo al caballo: «Veo que es preciso desembarazar á la creación de

ese malhadado ser á quien todos llaman Ibn-Adán. Di, amigo mío:

¿cuándo y dónde has visto á Ibn-Adán?» El caballo dijo: «Huí de él

hacia el mediodía. ¡Y ahora me persigue, corriendo tras de mí!»

»Y apenas acababa de decir estas palabras, se alzó una gran

polvareda que le inspiró un terror inmenso, y sin darle tiempo para

disculparse huyó á todo galope. Y vimos en medio de la polvareda

aparecer y venir hacia nosotros, á paso largo, un camello muy

asustado que llegaba alargando el cuello y mugiendo

desesperadamente.

»Al ver á este animal tan grande y tan desmesuradamente colosal, el

león se figuró que debía de ser Ibn-Adán y nadie más que él, y sin

consultarme, se arrojó contra el camello, é iba á dar un salto y á

estrangularlo, cuando le grité con toda mi voz: «¡Oh hijo del

sultán, detente! ¡No es Ibn-Adán, sino un pobre camello, el más

inofensivo de los animales! ¡Y seguramente huye también de

Ibn-Adán!» Entonces el joven león se detuvo muy pasmado, y

preguntó al camello: «¿Pero de veras temes también á ese ser

llamado Ibn-Adán, ¡oh animal prodigioso!? ¿Para qué te sirven tus

pies enormes si no puedes aplastarle con ellos?» Y el camello

levantó lentamente la cabeza, y con la mirada extraviada como en

una pesadilla, repuso tristemente: «¡Oh hijo del sultán! Mira las

ventanas de mi nariz. ¡Todavía están agujereadas y hendidas por el

anillo de crin que me puso Ibn-Adán para domarme y dirigirme, y á

este anillo que aquí ves estaba sujeta una cuerda que Ibn-Adán

confiaba al más pequeño de sus hijos, el cual, montado en un

borriquillo, podía guiarme á su gusto, á mí y á todo un tropel de

camellos colocados en fila! ¡Mira mi lomo! ¡Todavía conserva las

heridas causadas por los fardos con que me carga desde hace siglos!

¡Mira mis patas! ¡Están callosas y molidas por las largas carreras

y los forzados viajes á través de la arena y de las piedras! ¡Pero

hay más! ¡Sabe que cuando me hago viejo, después de tantas noches

sin dormir y tantos días sin descanso, explota mi pobre piel y mis

huesos viejos, vendiéndome á un carnicero que revende mi carne á

los pobres, y mi cuero en las tenerías, y mi pelo á los que hilan y

tejen! ¡Y he aquí el trato que me hace sufrir Ibn-Adán!»

»Oídas estas palabras del camello, el joven león sintió un furor

sin límites, y rugió, arañó el suelo con las garras, y después dijo

al camello: «¡Apresúrate á decirme en dónde has dejado á Ibn-Adán!»

Y el camello respondió: «Viene buscándome, y no tardará en

presentarse. Así, pues, ¡oh hijo del sultán! déjame huir á otros

países, los más lejos á que pueda escaparme. ¡Pues ni las soledades

del desierto ni las tierras más remotas servirían para librarme de

su persecución!» Entonces el león le dijo: «¡Oh buen camello!

Aguarda un poco, y verás cómo derribo á Ibn-Adán, y trituro sus

huesos, y me bebo su sangre.» Pero el camello, estremecido por el

espanto, contestó: «Dispénsame, ¡oh hijo del sultán! Prefiero huir,

porque ya lo dijo el poeta:

_¡Si bajo la misma tienda que te alberga y en tu mismo país llega

á habitar un rostro desagradable,_

_Sólo una determinación has de tomar: déjale tu tienda y tu país y

apresúrate á marcharte!_»

»Y después de recitar esta estrofa tan acertada, el buen camello

besó la tierra entre las manos del león, se levantó, y le vimos

huir, tambaleándose en lontananza.

»Apenas había desaparecido, se presentó un vejete de aspecto muy

débil y de piel arrugada, llevando á cuestas un canasto con

herramientas de carpintero, y sobre la cabeza ocho tablas grandes.

»Al verle, ¡oh señores míos! no tuve fuerzas ni para avisar á mi

joven amigo, y caí como muerta al suelo. En cambio, el joven león,

muy divertido con el aspecto de aquel vejete tan raro, se le acercó

para examinarlo más de cerca. Y el carpintero se postró entonces

delante de él, y le dijo sonriendo, con acento muy humilde: «¡Oh

poderoso rey, lleno de gloria, que ocupas el primer puesto en la

creación! ¡Te deseo horas muy felices, y ruego á Alah que te

ensalce más todavía en el respeto del universo, acrecentando tus

fuerzas y virtudes! ¡Yo soy un desgraciado que viene á pedirte

ayuda y protección en las desdichas que le persiguen por parte de

un gran enemigo!» Y se puso á llorar, á gemir y á lamentarse.

»Entonces el joven león, muy conmovido con las lágrimas y el

aspecto tan desdichado de aquel hombre, suavizó la voz y le dijo:

«¿Quién te persigue de esa manera? ¿Y quién eres tú, el más

elocuente de los animales que conozco, y el más cortés, aunque seas

el más feo de todos?» El otro respondió: «¡Oh señor de los

animales! Pertenezco á la especie de los carpinteros, y mi opresor

es Ibn-Adán. ¡Ah, señor león! ¡Alah te guarde de las perfidias de

Ibn-Adán! ¡Todos los días, desde que amanece, me hace trabajar para

su provecho y nunca me paga; así es que, muriéndome de hambre, he

renunciado á trabajar para él, y he huído de las ciudades que

habita!»

»Al oir estas palabras, el león sintió un furor enorme; rugió,

brincó, resolló, echó espuma y sus ojo lanzaron chispas; y exclamó:

«Pero ¿dónde está ese Ibn-Adán? Quiero triturarlo con mis dientes,

y vengar á todas sus víctimas.» El hombre respondió: «No tardará en

presentarse, pues me viene persiguiendo, enfurecido por no tener

quien le haga la casa.» El león dijo: «Pero tú, ¡oh animal

carpintero! que andas á pasos tan cortos y que vas tan inseguro

sobre dos patas, ¿hacia dónde te diriges?» Y contestó el

carpintero: «Voy á buscar al visir de tu padre, al señor leopardo,

que me ha llamado por medio de un emisario suyo para que le

construya una cabaña sólida en que pueda albergarse y defenderse

contra los ataques de Ibn-Adán, pues quiere prevenirse desde que se

ha esparcido el rumor de la próxima llegada de Ibn-Adán á estos

parajes. ¡Y por eso me ves cargado con estas tablas y estas

herramientas!»

»Cuando el joven león oyó estas palabras, tuvo envidia al leopardo,

y dijo al carpintero: «¡Por vida mía! ¡Extremada audacia sería por

parte del visir de mi padre pretender que se ejecuten sus encargos

antes que los nuestros! ¡Vas á detenerte aquí, levantando para mi

defensa esa cabaña! ¡En cuanto al señor visir, que se aguarde!»

Pero el carpintero, haciendo como que se marchaba, contestó: «¡Oh

hijo del sultán! Te prometo volver en cuanto acabe la cabaña del

leopardo, porque temo mucho sus iras. ¡Y entonces te construiré, no

una cabaña, sino un palacio!» Pero el león no quiso hacerle caso, y

hasta se enfureció, y se arrojó sobre el carpintero para asustarle,

y á manera de chanza le apoyó una pata en el pecho. Y sólo con

aquella caricia, el hombrecillo perdió el equilibrio, y fué al

suelo con sus tablas y herramientas. Y el león se echó á reir al

ver el terror y la facha aturdida de aquel pobre hombre. Y éste,

aunque muy mortificado por dentro, no lo dió á entender y hasta

comenzó á sonreir, y humilde y cobardemente empezó su trabajo.

»Tomó, pues, las medidas del león en todas direcciones, y en pocos

instantes construyó un cajón sólidamente armado, al cual sólo dejó

una abertura angosta; y clavó en el interior grandes clavos cuyas

puntas estaban vueltas hacia dentro, de adelante hacia atrás; y

dejó á trechos unos agujeros no muy grandes. Hecho esto, invitó

respetuosamente al león á tomar posesión de su propiedad. Pero el

león vaciló al principio, y dijo al hombre: «¡La verdad es que eso

me parece muy estrecho, y no sé cómo podré penetrar ahí!» Y el

vejete repuso: «¡Bájate y entra arrastrándote, pues una vez dentro

te encontrarás muy á gusto!» Entonces el león se agachó, y su

cuerpo flexible se deslizó en el interior, sin dejar fuera más que

la cola. Pero el vejete se apresuró á enrollar aquella cola y

meterla rápidamente con lo demás, y en un abrir y cerrar de ojos

tapó la abertura y la clavó con solidez.

»Entonces el león intentó moverse y retroceder, pero las puntas

aceradas de los clavos le penetraron en la carne y le pincharon por

todos lados. Y se puso á rugir de dolor, y exclamó: «¡Oh

carpintero! ¿Qué viene á ser esta casa tan angosta que has

construído, y estas puntas que me hieren cruelmente?»

»Oídas estas palabras, el hombre lanzó un grito de triunfo, y

empezó á saltar y á reir, y dijo al león: «¡Son las puntas de

Ibn-Adán! ¡Oh perro del desierto! Así aprenderás á tu costa que

yo, Ibn-Adán, á pesar de mi fealdad, de mi cobardía y mi debilidad,

puedo triunfar de la fuerza y de la belleza.»

»Y dichas estas espantosas palabras, el miserable encendió una

antorcha, hacinó leña en torno del cajón y le prendió fuego. Y yo,

más paralizada que nunca de terror, vi á mi pobre amigo arder vivo,

muriendo con la muerte más cruel. Y el maldito Ibn-Adán, sin

haberme visto, porque estaba sentada en el suelo, se alejó

triunfante.

»Entonces, pasado bastante tiempo, me pude levantar, y me alejé con

el alma llena de espanto. Y así pude llegar hasta aquí, donde el

Destino hizo que os encontrara, ¡oh señores míos de alma

compasiva!»

Cuando el pavo real y la pava hubieron oído el relato de la oca...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente.

[Illustration:

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 147.ª NOCHE_

]

Ella dijo:

...Cuando el pavo real y la pava hubieron oído el relato de la oca, se

conmovieron hasta el límite de la emoción, y la pava dijo á la oca:

«¡Hermana, aquí estamos seguros; permanece con nosotros todo el tiempo

que quieras, hasta que Alah te devuelva la paz del corazón, único bien

estimable después de la salud! ¡Quédate, pues, y compartirás nuestra

suerte, buena ó mala!» Pero la oca dijo: «¡Tengo mucho miedo, mucho

miedo!» La pava repuso: «¡Pues no debes tenerlo! ¡Queriendo librarte de

la suerte que está escrita, tientas al Destino! ¡Éste es el más fuerte!

¡Y lo que en nuestra frente está escrito tiene que suceder! ¡No hay

deuda que no se pague! ¡De modo que si se nos ha fijado un fin, no hay

fuerza que pueda anularlo! ¡Pero lo que más ha de consolarte es la

convicción de que ninguna alma puede morir sin haber agotado los bienes

que le debe el Justo Retribuidor!»

Y mientras departían de esta suerte, crujieron las ramas á su alrededor,

y se oyó un ruido de pasos que turbó de tal modo á la pobre oca, que

tendió frenéticamente las alas, y se tiró al mar, gritando: «¡Tened

cuidado, tened cuidado! ¡Aunque todo destino haya de cumplirse!»

Pero aquello era una falsa alarma, pues entre las ramas apareció la

cabeza de un lindo corzo de ojos húmedos. Y la pava real gritó á la oca:

«¡Hermana mía, no te asustes así! ¡Vuelve en seguida! ¡Tenemos un nuevo

huésped! ¡Es un lindo corzo, de la raza de los animales, así como tú

eres de la de las aves! ¡Y no come carne sangrienta, sino hierba y

plantas! ¡Ven y ahuyenta tu inquietud, pues nada extenúa el cuerpo y

agota el alma como el temor y la zozobra!»

Entonces volvió la oca meneando las alas, y el corzo, después de las

zalemas de costumbre, les dijo: «¡Esta es la primera vez que vengo por

aquí, y nunca he visto tierra más fértil, ni plantas y hierbas más

frescas y tentadoras! ¡Permitidme, pues, que os acompañe y que disfrute

con vosotros de los beneficios del Creador!» Y los tres le contestaron:

«¡Sobre nuestras cabezas y nuestros ojos, ¡oh corzo lleno de cortesía!

¡Aquí encontrarás bienestar, amor de familia y todo género de

felicidades!» Y todos se pusieron á comer, á beber y á gozar de aquel

clima tan suave durante largo espacio de tiempo. Pero nunca dejaron de

rezar sus oraciones por la mañana y por la tarde, excepto la oca, que,

segura ya de la paz, olvidaba sus deberes para con el Distribuidor de la

tranquilidad constante.

¡No tardó en pagar con la vida aquella ingratitud hacia Alah!

Una mañana, un barco desarbolado fué arrojado á la costa; sus

tripulantes abordaron á la isla, y al ver el grupo formado por el pavo

real, su esposa, la oca y el corzo, se acercaron rápidamente. Entonces

los dos pavos reales volaron á lo lejos, ocultándose en las copas de los

árboles más frondosos, el corzo saltó, y en unos cuantos brincos se puso

fuera de alcance. Sólo la oca se quedó allí, pues aunque intentó correr,

la cercaron en seguida y la cogieron, comiéndosela en la primera comida

que hicieron en la isla.

En cuanto al pavo y la pava real, antes de dejar la isla para regresar á

su bosque, fueron ocultamente á enterarse de la suerte de la oca; y la

vieron en el momento que la degollaban. Entonces buscaron por todas

partes á su amigo el corzo, y después de mutuas zalemas y felicitaciones

por haber escapado del peligro, enteraron al corzo del infortunio de la

pobre oca. Y los tres lloraron mucho en recuerdo suyo, y la pava dijo:

«¡Era muy dulce, y modesta, y gentil!» Y el corzo exclamó: «¡Verdad es!

¡Pero á última hora descuidaba sus deberes para con Alah, y olvidaba

darle las gracias por sus beneficios!» Entonces dijo el pavo real: «¡Oh

hija de mi tío, y tú, corzo piadoso, oremos!» Y los tres besaron la

tierra entre las manos de Alah, y exclamaron:

_¡Bendito sea el Justo, el Retribuidor, el Dueño Soberano del

Poder, el Omnisciente, el Altísimo!_

_¡Gloria al Creador de todos los seres, al Vigilante de cada uno de

los seres, al Retribuidor de cada cual según sus méritos y

capacidades!_

_¡Alabado sea Aquel que ha desplegado los cielos, y los ha

redondeado, y los ha iluminado; Aquel que ha tendido la tierra á

cada lado de los mares, y la ha vestido y adornado con toda su

belleza!_

Entonces, después de haber contado esta historia, Schahrazada se

calló un momento. Y el rey Schahriar exclamó: «¡Qué admirable es

esa oración, y qué bien dotados están esos animales! Pero ¡oh

Schahrazada! ¿no sabes algo más respecto á ellos?» Y Schahrazada

dijo: «¡Oh rey lleno de generosidad! Eso no es nada comparado con

lo que podría contarte.» Y el rey preguntó: «Pues ¿qué esperas para

seguir?» Schahrazada dijo: «Antes de continuar la historia de los

animales, quiero contarte ¡oh rey! otra historia que confirmará las

conclusiones de ésta, es decir, lo agradable que es la oración para

el Señor.» Y el rey Schahriar dijo: «¡Ciertamente, puedes

contarla!»

Entonces Schahrazada dijo:

[Illustration]

[Illustration]

El pastor y la joven

Cuentan que en una montaña de entre las montañas del país musulmán había

un pastor dotado de una gran cordura y de una fe constante. Este pastor

llevaba una vida pacífica y retirada, contentándose con su suerte, y

viviendo con la leche y la lana, productos de su rebaño. Y este pastor

tenía tanta dulzura y reunía tantas bendiciones, que las bestias feroces

nunca atacaban á su rebaño, pues tanto le respetaban, que al verlo de

lejos le saludaban con sus gritos y aullidos. Este pastor siguió

viviendo así largo tiempo, sin interesarle, para su mayor dicha y

tranquilidad, nada de lo que pasaba en las ciudades del universo.

Pero un día Alah el Altísimo quiso probar el grado de su cordura y el

valor real de sus virtudes, y no encontró tentación más fuerte que

enviarle la beldad de la mujer. Encargó, pues, á uno de sus ángeles que

se disfrazase de mujer y no escatimara ninguno de los artificios

femeniles para hacer pecar al santo pastor.

Y un día en que el pastor, hallándose enfermo, estaba tendido en su

gruta y glorificaba en su alma al Creador, vió entrar de pronto en su

albergue, risueña y gentil, á una joven de ojos negros, á quien se podía

tomar también por un muchacho. Y al entrar se perfumó la gruta y el

pastor sintió que se estremecía su carne de viejo. Pero frunció el ceño

y se hizo un ovillo en su rincón, y dijo á la intrusa: «¿Qué vienes á

hacer aquí, ¡oh mujer desconocida!? ¡Ni te he llamado, ni me haces

ninguna falta!» La joven se acercó entonces, se sentó junto al viejo, y

le dijo: «¡Mírame! ¡Todavía no soy mujer, sino virgen, y vengo á

ofrecerme á ti, sencillamente por gusto y por lo que he sabido de tu

virtud!» Pero el anciano exclamó: «¡Oh tentadora del infierno, aléjate!

¡Déjame entregarme á la adoración de Aquel que no muere!» Entonces la

joven movió lentamente las flexibilidades de su cintura, miró al viejo,

que trataba de retroceder, y suspiró: «¡Dime! ¿Por qué no me quieres?

¡Te traigo un alma sumisa y un cuerpo á punto de derretirse de deseo!

¡Mira si mi pecho no es más blanco que la leche de tus ovejas! ¡Y si mi

desnudez no es más fresca que el agua de la sierra! Toca mi cabellera,

¡oh pastor! ¡Es más sedosa que el vello del cordero al salir del vientre

de su madre! ¡Mis caderas son finas y resbaladizas, y apenas se dibujan

en mi primera eflorescencia! ¡Y mis senos, que comienzan á hincharse, se

estremecerían sólo con que los rozara ligeramente tu mano! ¡Ven! ¡Mis

labios, que siento vibrar, se derretirán en tu boca! ¡Mis dientes tienen

mordiscos que infunden vida á los viejos moribundos! ¡Ven, que mi miel

está pronta á caer gota á gota de todos los poros de mi cuerpo! ¡Ven!»

Pero el viejo, aunque le temblaban todos los pelos de la barba, exclamó:

«¡Huye, ¡oh demonio! ó te echaré de aquí con este garrote!»

Entonces la joven celestial le echó frenéticamente los brazos al cuello

y le murmuró al oído: «¡Soy un fruto exquisito; cómelo y curarás!

¿Conoces el perfume del jazmín?... ¡Te parecería muy basto si olieras mi

virginidad!»

Pero el anciano exclamó: «¡El perfume de la plegaria es el único que

perdura! ¡Fuera de aquí, miserable seductora!» Y la rechazó con ambos

brazos.

Entonces la joven se levantó, se quitó rápidamente la ropa y se quedó

erguida, toda desnuda, blanca, sólo bañada en las oleadas de sus

cabellos. Y su mudo llamamiento, en la soledad de aquella gruta, era más

terrible que todos los gritos del delirio. Y el viejo no pudo dejar de

gemir, y para no ver ya á aquella azucena viviente, se cubrió la cabeza

con su manto, y exclamó: «¡Vete, vete, ¡oh mujer de ojos traicioneros!

¡Desde el principio del mundo eres la causa de nuestras calamidades!

¡Perdiste á los hombres de las edades primeras, y siembras la discordia

entre los hijos del mundo! ¡El que te escucha renuncia para siempre á

los goces infinitos, que sólo podrán disfrutar aquellos que te expulsan

de su vida!» Y el viejo ocultó más la cabeza entre los pliegues del

manto.

Pero la joven repuso: «¿Qué dices de los antiguos? ¡Los más sabios entre

ellos me adoraron, y me cantaron los más severos! ¡Y mi belleza no les

hizo desviarse del camino recto, sino que iluminó sus pasos y constituyó

la delicia de su vida! ¡La verdadera cordura ¡oh pastor! es olvidarlo

todo en mi seno! ¡Vuelve á la sabiduría! ¡Estoy dispuesta á abrirme á ti

y á llenarte de la verdadera sabiduría!» Entonces el viejo se volvió del

todo hacia la pared, y exclamó: «¡Atrás, engendro de malicia! ¡Te

abomino y te rechazo! ¡A cuántos hombres buenos has hecho traición, y á

cuántos malvados has protegido! ¡Tu hermosura es falsa! ¡En cambio, al

que sabe orar se le aparece una belleza que nunca podrán ver los que te

miran! ¡Atrás!»

Oídas estas palabras, la joven exclamó: «¡Oh pastor santo! ¡Bebe la

leche de tus ovejas, y vístete con su lana, y reza al Señor en la

soledad y en la paz de tu corazón!» Y la visión desapareció.

Entonces, desde todos los puntos de la montaña acudieron hacia el pastor

las alimañas silvestres, que besaron la tierra entre sus manos para

pedirle su bendición.

En este momento de su narración, Schahrazada se detuvo, y el rey

Schahriar, entristecido, le dijo: «¡Oh Schahrazada! El ejemplo del

pastor me da verdaderamente en qué pensar. ¡Y no sé si lo mejor

para mí sería retirarme á una gruta, y huir para siempre de las

preocupaciones de mi reino, y no tener más ocupación que apacentar

ovejas! ¡Pero antes quiero oir cómo continúa la Historia de los

Animales y las Aves!»

[Illustration:

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 148.ª NOCHE_

]

Schahrazada dijo:

[Illustration]

[Illustration]

Cuento de la tortuga y el martín pescador

Se cuenta en uno de mis libros antiguos, ¡oh rey afortunado! que un

martín pescador estaba un día á orillas de un río y observaba

atentamente, alargando el pescuezo, la corriente del agua. Pues tal era

el oficio que le permitía ganarse la vida y alimentar á sus hijos, y lo

ejercía sin pereza, desempeñando honradamente su profesión.

Y mientras vigilaba de tal modo el menor remolino y la ondulación más

leve, vió deslizarse por delante de él, y detenerse contra la peña en

que estaba observando, un cuerpo muerto de la raza humana. Entonces lo

examinó, y viendo que tenía heridas de importancia en todos sus miembros

y rastros de lanzazos y sablazos, pensó para sí: «¡Debe ser algún

bandido al cual han hecho expiar sus fechorías!» Después levantó las

alas y saludó al Retribuidor, diciendo: «¡Bendito sea Aquel que hace

servir á los malos después de muertos para el bienestar de sus buenos

servidores!» Y se dispuso á precipitarse sobre el cuerpo para arrancarle

algunos pedazos y llevárselos á sus crías, y comérselos con ellas. Pero

en seguida vió que el cielo se oscurecía por encima de él con una nube

de grandes aves de rapiña, como buitres y gavilanes, que empezaron á dar

vueltas en grandes círculos, acercándose cada vez más.

Al ver aquello, el martín pescador se sintió sobrecogido del temor de

que lo devorasen aquellos lobos del aire, y se apresuró á largarse á

todo vuelo lejos de allí. Y pasadas muchas horas se detuvo en la copa de

un árbol que se hallaba en medio del río, hacia su desembocadura, y

aguardó allí á que la corriente arrastrara hasta aquel sitio el cuerpo

flotante. Y muy entristecido, se puso á pensar en las vicisitudes y en

la inconstancia de la suerte. Y se decía: «He aquí que me veo obligado á

alejarme de mi país y de la orilla que me vió nacer, y en la cual están

mis hijos y mi esposa. ¡Ah, cuán vano es el mundo! ¡Y cuánto más vano

todavía el que se deja engañar por sus exterioridades, y confiando en la

buena suerte vive al día, sin ocuparse del mañana! ¡Si yo hubiese sido

más prudente habría hacinado provisiones para los días de necesidad como

el de hoy, y los lobos del aire no me habrían asustado al haber venido á

disputarme mis ganancias! ¡Pero el sabio nos aconseja la paciencia en

tales trances! ¡Tengámosla, pues!»

Y mientras recapacitaba de esta manera, vió á una tortuga que, saliendo

del agua y nadando lentamente, avanzaba hacia el árbol en que él se

encontraba. Y la tortuga levantó la cabeza, le vió en el árbol, y en

seguida le deseó la paz, y le dijo: «¿Cómo es ¡oh pescador! que has

desertado del ribazo en que generalmente te hallabas?» El pájaro

respondió:

«_¡Si bajo la misma tienda que te alberga y en tu mismo país llega

á habitar un rostro desagradable,_

»_Sólo una determinación has de tomar: déjale tu tienda y tu país y

apresúrate á marcharte!_

«Y yo ¡oh buena tortuga! he visto mi ribazo dispuesto á ser invadido por

los lobos del aire, y para que no me impresionaran de mala manera sus

caras desagradables, he preferido dejarlo todo y marcharme, hasta que

Alah quiera compadecerse de mi suerte.»

Cuando la tortuga oyó estas palabras, dijo al martín pescador: «Desde el

momento en que es así, aquí me tienes entre tus manos, dispuesta á

servirte con toda mi abnegación y á hacerte compañía en tu abandono é

indigencia, pues ya sé lo desdichado que es el extranjero lejos de su

país y de los suyos, y cuán dulce es para él hallar afecto y solicitud

entre los desconocidos. Y yo, aunque sólo te conozco de vista, seré para

ti una compañera atenta y cordial.»

Entonces el martín pescador dijo: «¡Oh tortuga de buen corazón, que eres

dura por fuera y dulce por dentro! ¡Comprendo que voy á llorar de

emoción ante la sinceridad de tu oferta! ¡Cuántas gracias te doy! ¡Y

cuán razonables son tus palabras acerca de la hospitalidad que se ha de

conceder á los extranjeros y la amistad que se ha de otorgar á las

personas en el infortunio! Porque, verdaderamente, ¿qué sería la vida

sin amigos, y sin las conversaciones con los amigos, y sin las risas y

canciones con los amigos? ¡El sabio es el que sabe encontrar amigos

conforme á su temperamento, pues no se puede considerar amigos á los

seres con quienes hay que tratar por razón del oficio, como yo trataba

con los martín pescadores de mi especie, que me envidiaban por mis

pescas y mis hallazgos! Así es que ahora deben estar muy contentos con

mi ausencia esos tristes compañeros, que sólo saben hablar de su pesca

y de sus mezquinos intereses, pero nunca piensan en elevar sus almas

hacia el Dador. Siempre están con el pico vuelto hacia la tierra. ¡Y

tienen alas, pero no las utilizan! Por eso la mayoría de ellos no

podrían volar aunque quisieran. No pueden hacer más que sumergirse, y á

veces se quedan en el fondo del agua.»

Al oir estas palabras, la tortuga, que escuchaba silenciosa, exclamó:

«¡Oh martín pescador, baja para que te abrace!» Y el martín pescador

bajó del árbol, y la tortuga le besó entre los ojos, y le dijo:

«Verdaderamente, ¡oh hermano mío! no has nacido para vivir en comunidad

con las aves de tu raza, que están completamente desprovistas de

sutileza y no poseen modales exquisitos. Quédate conmigo, y nuestra vida

será agradable en este rincón de la tierra perdido en medio del agua, á

la sombra de este árbol y entre el rumor de las olas.» Pero el martín

pescador dijo: «¡Oh hermana tortuga! Te doy las gracias. Pero ¿y los

niños? ¿y mi esposa?» La tortuga respondió: «¡Alah es grande y

misericordioso! Nos ayudará á transportarlos hasta aquí, y pasaremos

días tranquilos y libres de toda zozobra.» Al oirla, el martín pescador

dijo: «¡Oh tortuga! Demos juntos gracias al Óptimo, que ha permitido que

nos reuniéramos.» Y exclamaron:

_¡Loor á Nuestro Señor! ¡Da riquezas á unos y pobreza á otros! ¡Sus

designios son sabios y bien calculados!_

_¡Loor á Nuestro Señor! ¡Cuántos pobres son ricos en sonrisas!

¡Cuántos ricos son pobres de alegría!_

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la

mañana, y se calló discretamente. Entonces el rey Schahriar dijo:

«¡Oh Schahrazada! Tus palabras alejan de mí los feroces

pensamientos. ¡Quisiera saber si conoces historias de lobos, por

ejemplo, ó de animales montaraces!» Y contestó Schahrazada:

«¡Precisamente son las historias que mejor conozco!» Entonces el

rey Schahriar dijo: «¡Apresúrate, pues, á contarlas!» Y Schahrazada

prometió contarlas en la noche venidera.

[Illustration:

_PERO CUANDO LLEGÓ

LA 149.ª NOCHE_

]

Schahrazada dijo:

[Illustration]

[Illustration]

Cuento del lobo y el zorro

Sabe ¡oh rey afortunado! que el zorro, cansado de las continuas iras de

su señor el lobo, y de su constante ferocidad, y de sus intrusiones en

los últimos derechos que al zorro le quedaban, se sentó un día en el

tronco de un árbol y se puso á reflexionar. Después dió un brinco lleno

de alegría, porque se le había ocurrido una idea que le parecía la

solución. Y en seguida corrió en busca del lobo, hallándole al fin con

el pelo todo erizado, el hocico contraído y de muy mal humor. Desde lo

más lejos que pudo divisarle, besó la tierra, llegó humildemente ante

él, y aguardó con los ojos bajos que le interrogase. El lobo gritó:

«¿Qué te pasa, hijo de perro?» Y el zorro dijo: «Perdona ¡oh señor! mi

osadía, pero tengo una idea que exponerte y un ruego que dirigirte, si

tienes á bien otorgarme una audiencia.» El lobo gritó: «¡Ahorra

palabras, y en cuanto acabes, márchate en seguida, ó te romperé los

huesos!» Entonces el zorro dijo: «He notado ¡oh señor! que desde hace

algún tiempo Ibn-Adán nos hace una guerra incesante. ¡Por todo el bosque

no se ven más que trampas y lazos de todas clases! Como sigamos así,

llegará á ser inhabitable el bosque. ¿Qué te parecería de una alianza

entre todos los lobos y todos los zorros para oponerse en masa á los

ataques de Ibn-Adán y prohibirle que se acercase á nuestro territorio?»

Al oir estas palabras, el lobo exclamó: «¡Digo que eres muy osado

pretendiendo mi alianza y mi amistad, falso, enclenque y miserable

zorro! ¡Ahí tienes, por tu insolencia!» Y le sacudió una patada que le

tumbó en el suelo, medio muerto.

El zorro se levantó renqueando, pero se guardó muy bien de mostrar

ningún resentimiento; al contrario, revistió el aspecto más sonriente y

contrito, y dijo al lobo: «¡Señor, perdona á tu esclavo su falta de

tacto y su escaso trato social! ¡Reconozco mis faltas, que son muy

grandes! ¡Si no las hubiese advertido, ese golpe tan terrible como

merecido que me acabas de dirigir, y que bastaría por sí solo para matar

á un elefante, me las habría mostrado sobradamente!» El lobo, algo

calmado por la actitud del zorro, le dijo: «¡Así aprenderás para otra

vez á no meterte en lo que no te importa!» El zorro contestó: «¡Cuánta

razón tienes! Ya lo dijo el sabio: «No hables ni cuentes nada hasta que

te lo pidan, y no contestes nunca antes que te pregunten. Y no te

olvides de atender solamente lo que pueda interesarte. Pero sobre todo,

guárdate bien de prodigar consejos á quienes no hayan de comprenderlos,

y no los des tampoco á los malos, que te tomarían ojeriza por el bien

que quisieras hacerles.»

Tales eran las palabras que el zorro decía al lobo, pero por dentro

pensaba: «¡Ya me tocará la vez, y este lobo me pagará la deuda hasta lo

último, porque la arrogancia, la provocación, la insolencia y el orgullo

necio tienen al fin y al cabo su castigo! Humillémonos, pues, hasta que

seamos poderosos.» Después el zorro dijo: «¡Oh mi señor lobo! Ya sabes

que la equidad es la virtud de los poderosos, y la bondad y la dulzura

de modales los dones y el ornamento de los fuertes. El mismo Alah

perdona al culpable arrepentido. Ahora bien; mi crimen es enorme, ya lo

sé, pero mi arrepentimiento no es menor, pues ese golpe doloroso que has

tenido la bondad de darme me ha estropeado el cuerpo, pero me ha

remediado el alma, y esto es para mí un gran motivo de júbilo. Ya lo

dijo el sabio: «El castigo que te impone la mano de tu maestro tendrá al

principio cierta amargura, pero después te sabrá más dulce que la miel

clarificada.»

Entonces el lobo dijo al zorro: «Acepto tus disculpas y perdono tu mal

paso y la molestia que me has ocasionado obligándome á asestarte ese

golpe, pero tienes que ponerte de rodillas, con la cabeza en el polvo.»

Y el zorro, sin vacilar, se arrodilló y adoró al lobo, diciéndole:

«¡Alah te haga triunfar y consolide tu dominio!» Entonces el lobo dijo:

«Bueno está. Ahora marcha delante de mí y sírveme de batidor. Y si ves

algo de caza, ven á advertírmelo en seguida.» El zorro respondió oyendo

y obedeciendo, y se apresuró á marchar delante.

Pero al llegar á un terreno plantado de viñas, no tardó en observar algo

que le pareció sospechoso, pues tenía todo el aspecto de una trampa, y

para evitarlo dió un gran rodeo, diciendo para sí: «¡El que anda sin

mirar los agujeros que hay á su paso, está destinado á caer en ellos!

Además, mi experiencia de las asechanzas de Ibn-Adán ha de ponerme

siempre en guardia. Por ejemplo, si viera una figura de zorro en una

viña, en vez de acercarme echaría á correr, ¡pues sería seguramente un

cebo puesto allí por la perfidia de Ibn-Adán! ¡Y ahora me sorprende en

este viñedo algo que no me parece de buena ley! Veamos lo que es, pero

con prudencia, porque la prudencia es la mitad de la valentía.» Y

después de razonar así, el zorro empezó á avanzar poco á poco,

retrocediendo de cuando en cuando y olfateando á cada paso. Se

arrastraba y aguzaba las orejas, avanzaba y retrocedía cautelosamente, y

así acabó por llegar hasta el mismo límite de aquel lugar tan

sospechoso. Y bien hizo, pues pudo ver que era un hoyo hondo, cubierto

de débiles ramajes disimulados con tierra. Al verlo, exclamó: «¡Loor á

Alah, que me ha dotado de la admirable virtud de la prudencia y de estos

buenos ojos que me permiten ver tan claramente!» Después, pensando que

el lobo caería allí de cabeza, se puso á bailar de alegría, como si se

hubiera emborrachado con todas las uvas de la viña. Y entonó este canto:

_¡Lobo! ¡Lobo feroz! ¡Tu fosa está abierta, y la tierra dispuesta á

cegarla!_

_¡Lobo maldito! ¡Rondador de mozas, tragón de muchachos: en

adelante te comerás los excrementos que mi culo hará llover dentro

del hoyo, encima de tus hocicos!_

Y en seguida desanduvo lo andado, y fué á buscar al lobo, al cual dijo:

«¡Te anuncio una buena nueva! ¡Tu fortuna es grande, y las dichas

llueven sobre ti, sin que se cansen! ¡Sea continua la alegría en tu

casa, y también los goces!» El lobo exclamó: «¿Qué me anuncias? ¿Y á qué

vienen esas exageraciones?» El zorro dijo: «La viña está hermosa hoy.

¡Todo es júbilo, pues el amo del viñedo ha fallecido, y está tendido en

medio del campo, debajo de unas ramas que lo cubren!» El lobo gritó: «¿A

qué aguardas entonces, alcahuete vil, para llevarme allí? ¡Anda!» Y el

zorro se apresuró á guiarle hasta el centro del viñedo, y mostrándole el

sitio consabido, le dijo: «¡Allí es!» Entonces el lobo lanzó un aullido,

y de un brinco saltó hacia las ramas, que cedieron á su peso. Y el lobo

rodó hasta el fondo del hoyo. Cuando el zorro vio caer á su enemigo, se

sintió tan alegre, que antes de correr al hoyo para deleitarse con su

triunfo, se puso á brincar, y en el límite de la alegría, recitó para sí

estas estrofas:

_¡Alégrate, alma mía! ¡Todos mis deseos se han cumplido; el Destino

me sonríe!_

_¡La arrogancia, la supremacía y toda la gloria de la autoridad,

serán mías en el bosque!_

_¡Mías las viñas hermosas y las cacerías espléndidas, la grasa de

los gansos, los muslos de los patos, la pechuga de las gallinas y

la cabeza roja de los gallos!_

Y dando brincos llegó al borde del hoyo, palpitante el corazón. ¡Y cuál

no sería su júbilo al ver al lobo llorando por su caída y lamentándose

de su perdición irremediable! Entonces el zorro se puso también á llorar

y gemir, y el lobo levantó la cabeza y le vió llorar, y le dijo: «¡Oh

compañero zorro, qué bueno eres al llorar así conmigo! ¡Ya sé que

algunas veces fuí injusto contigo! Pero por favor, déjate ahora de

lágrimas y corre á avisar á mi esposa y á mis hijos, enterándoles del

peligro en que estoy y de la muerte que me amenaza.» Entonces el zorro

le dijo: «¡Ah, malvado! ¿Eres tan estúpido que supones que derramo estas

lágrimas por ti? ¡Desengáñate, miserable! ¡Si lloro, es porque hasta

ahora pudieras vivir sin contratiempo, y si me lamento tan amargamente,

es porque esta calamidad no te haya ocurrido antes! ¡Muere, pues,

maldito! ¡Te prometo mearme en tu tumba, y bailar con todos los zorros

sobre la tierra que te cubra!»

Oídas estas palabras, el lobo pensó: «¡No es ésta ocasión de amenazas,

pues es el único que me puede sacar de aquí!» Y le dijo: «¡Oh compañero!

Hace un instante me jurabas fidelidad y me dabas pruebas de la mayor

sumisión. ¿A qué viene este cambio? Reconozco que te he tratado algo

bruscamente; pero no me guardes rencor, y recuerda lo que dijo el poeta:

_¡Siembra generosamente los granos de tu bondad, hasta en los

terrenos que te parezcan estériles! ¡Tarde ó temprano, el sembrador

recogerá los frutos de su grano, superando á sus esperanzas!_»

Pero el zorro le dijo burlonamente: «¡Oh el más insensato de todos los

lobos y de todas las alimañas! ¿Has olvidado lo odioso de tu conducta?

¿Por qué no practicaste este consejo tan sabio del poeta:

_¡No oprimas, porque toda opresión produce la venganza, y toda

injusticia la represalia!_

_¡Porque si duermes después de la injusticia, el oprimido no duerme

más que con un ojo, y con el otro te acecha sin cesar! ¡Y el ojo de

Alah no se cierra nunca!?_

El libro de las mil noches y una noche; t. 6 · 第 1 / 12 段