La série de males que ha venido afligiendo á esta poblacion y á toda

la Isla desde hace algunos meses no puede menos que dejar un recuerdo

imperecedero en todos los que lo han sufrido y que se trasmitirá, sin

duda alguna, á las generaciones venideras. Aun no habiamos llegado al

último tercio del año último, y ya hacia por lo menos año y medio que

una crísis tan profunda como prolongada habia producido la mas completa

perturbacion en la vida económica de este pueblo y de la antilla

entera. El dinero, agente sostenedor de todas las transacciones,

habia huido precipitadamente de todas partes; y con él desapareció la

animacion, el movimiento de los mercados que constituye la vida de las

poblaciones; todo el mundo se encontraba mal; y así como antiguamente

los físicos decian que la naturaleza tenia horror al vacio, todo el

mundo no decia sino que tenia horror por el vacio de los bolsillos.

No entra en el objeto de este libro indagar las causas que dieron

orígen á esta situacion; y por lo tanto solo diré de ella que el

pueblo, con el buen sentido práctico que muestra tan amenudo, la

llamaba la época de la yuca, aludiendo á lo áspera y amarga que es esta

raiz. Y fué tan larga la época de la YUCA, que de seguro todo el mundo

se indigestó para largo tiempo. Es lo cierto que la situacion era muy

tirante; y que ni el proletario encontraba como ganar el pan, ni el

empleado podia recibir á tiempo su sueldo, ni el casero su mesada, ni

el comerciante salia de su mercancía, ni se cumplian los compromisos

contraidos, ni nadie sabia como habia de seguir viviendo. Solo la usura

levantaba floreciente su cabeza en medio de este campo de ruinas;

concluyendo de devastar, á manera de terrible parásito cuanto quedaba

en pié y cogia entre sus mortíferas ramas.

Así corria el mes de Octubre último y todos esperaban la llegada

de las próximas cosechas para salir algun tanto del malestar que

generalmente se esperimentaba; pero la Providencia, en sus altos

é inescrutables juicios, tenia decretada otra cosa. El pueblo de

Puerto-Rico habia de sufrir mayores pruebas; y la crísis económica no

era mas que un preludio de lo que venia tras ella. El dia 29 de Octubre

terminó en medio del soplo devastador del huracan: en menos de dos

horas, desencadenados los elementos, arrasaron cuanto en su camino se

interpuso; desde los débiles arbustos, que en sus espigas contenian el

alimento de centenares de familias, hasta los árboles seculares, que

proporcionan la materia prima de las habitaciones ó el combustible

que arde diariamente en las casas, fueron arrancados violentamente

y arrastrados por los rios que desencadenados corrian hácia el mar

llevando en su impetuosa corriente cuanto encontraban á su paso.

El sol del dia siguiente alumbró una escena de desolacion que

nadie hubiera imaginado la víspera: los campos que el dia anterior

ostentaban lozanas plantaciones, esperanza del laborioso cultivador,

estaban talados, por el soplo destructor del vendabal, ó anegados

por el desbordamiento de los rios; y los pobres campesinos lloraban

desconsolados la pérdida del hogar en que algunas horas antes se

albergaban. En las costas, el mar habia arrojado á las orillas los

restos de las embarcaciones que no pudieron soportar el empuje de

los vientos. No era posible contemplar con ojos indiferentes tantos

intereses destruidos, tanto trabajo perdido, tantas esperanzas

frustradas en el intérvalo de una sola noche; y en medio del pesar que

embargaba todos los corazones resonó espontánea y pura la voz de la

caridad en favor de los desgraciados que mas habian sufrido en aquella

espantosa catástrofe. Pocos dias bastaron para mitigar las penas y

consolar las aflicciones que dejó tras sí la noche del 29 de Octubre,

gracias al privilegio que para ello tiene la hermosa virtud de la

caridad.

Empero aun no estaba agotada la amarga copa que debia apurar este

pueblo; el porvenir contenia aun para él nuevas amarguras que pronto

debia gustar; y apenas debian transcurrir algunos dias sin que la

desventura llamara de nuevo á nuestras puertas.

Corria el dia 18 de Noviembre en medio de un calor sofocante, extraño

ya para lo avanzado de la estacion; y la calma precursora casi siempre

de los grandes trastornos de la naturaleza, parecia amagar nuestra

existencia. El pueblo, sin embargo, entregado á sus habituales faenas

no podia presentir lo que momentos despues le habia de pasar: de

repente la tierra se estremece, tan fuerte y prolongadamente, que todo

el mundo huye despavorido de las habitaciones, buscando los sitios

despejados en donde evitar las desgracias propias de las ruinas. La

madre llora por su hijo ausente; el esposo busca solícito la esposa;

el hijo corre á encontrar el amparo de su padre; y todos consternados

imploran el auxilio divino: ¡el auxilio divino! que es la fuente

inagotable de todas las verdaderas esperanzas, de todos los consuelos

positivos. Por fortuna la fé se conserva robusta en nuestro suelo; y

el pueblo encuentra en ella un bálsamo que mitiga sus aflicciones, un

poderoso brazo que le sostiene en sus conflictos.

Despues de un minuto de afanosa é interminable angustia, en que la vida

y la muerte lucharon enfurecidamente sobre nuestras cabezas, la tierra

volvió á su estado normal y los habitantes se retiraron á sus casas,

tal vez sin darse cuenta de lo que hacian é impulsados solo por el

poderoso atractivo del hogar doméstico. Bien poco, sin embargo, duró

su reposo, porque la tierra volvió á temblar pocos momentos despues; y

tembló hasta diez ó doce veces mas en el intérvalo de veinte y cuatro

horas. Entonces la poblacion despavorida huyó á los campos y á las

afueras de la ciudad, sin cuidarse de las incomodidades y aun de los

riesgos propios de semejante peregrinacion. La capital, poco antes

bulliciosa y animada se vió reducida á triste soledad; y la dulce paz

doméstica habia desaparecido en breves instantes, sin que nadie pudiera

decirse cuando habria de ser recuperada.

Así pasaron largos dias y prolongadas noches llenos de ansiedad y

de amargura; y mientras tanto la ciudad esperimentaba todos los

fatales resultados de la ausencia de la poblacion; su comercio decaia

rápidamente; su riqueza territorial sufria las consecuencias de las

violentas sacudidas que esperimentaba el suelo; y la desconfianza,

alimentada por la constante repeticion de los temblores durante seis

meses seguidos, retenia á los habitantes fuera de la poblacion,

viniendo solo á ella el tiempo preciso aquellos que tenian obligaciones

que cumplir, los cuales se retiraban diariamente á pasar las noches

donde no les impidiera el sueño el amago constante de los techos.

Inútil es pintar los terribles perjuicios que tan anormal situacion

trajo consigo; los gastos de cada familia se multiplicaron en una

proporcion que distaba mucho de lo que podian dar de sí los recursos,

y la falta de equilibrio se hizo aun mayor por las enfermedades que

pronto entraron á formar parte de aquel cortejo de males que afligía

á la poblacion. Los lazos sociales, si no se rompieron por completo,

estuvieron disueltos largo tiempo, porque cada uno atendia á su propia

conservacion y á la de su familia; y salvo aquellos que tienen el deber

de velar por el público ó aquellos pocos á quienes la caridad mueve

siempre á tender una mano generosa á la desgracia, bajo cualquiera faz

que se presente, los demás no se ocupaban de lo que á su alrededor

pasaba, porque el terror y la angustia en que vivian los embargaban por

completo.

Sin duda alguna que el malestar que produjo la emigracion daba

resultados peores quizás que los de la misma causa que engendró

aquella; y que de prolongarse por poco tiempo mas tan anómala situacion

hubiera decaido la ciudad de tal manera que difícilmente se habria

repuesto en muchos años.

Por fortuna la Providencia se apiadó de este pueblo y despues de seis

meses de penas y disgustos, la confianza apareció otra vez sobre

nuestro horizonte, con débil luz en su principio, pero al fin dejando

entrever mejores dias. Contristados, sin embargo, todavia los ánimos y

mas apesarados por la misma soledad en que se vivia, no todos los que

habian salido de la ciudad se atrevian á volver; y solo la necesidad

obligó á algunos á ocupar sus antiguos hogares. El espíritu público

estaba tan decaido que la ciudad daba pocas muestras de vida; y no ya

diversiones, en las que nadie pensaba, pero ni aun reuniones amistosas

se contaban en que poder esparcir el ánimo abatido: las tiendas de

comercio se veian constantemente desiertas y las mismas calles no

presentaban ni con mucho el movimiento que anteriormente les era propio.

Cada dia que pasaba agravaba mas y mas tan terrible situacion; y ó

era preciso dejar morir de inanicion un pueblo que cuenta elementos

bastantes para vivir y prosperar; ó se necesitaba un remedio pronto

y eficaz que hiciese desaparecer el triste estado en que se hallaba

la ciudad. ¿Quién podia y debia emprender esta obra de regeneracion,

digámoslo así? ¿Quién podia y debia trabajar para levantar el espíritu

público de la postracion en que yacia? ¿Y qué medios debian emplearse

para ello, cuando la mitad de la poblacion aun no habia vuelto á sus

hogares?

Puesta la mano sobre el corazon y con la imparcialidad que siempre debe

reinar cuando se trata de la cosa pública, declaro que, en mi humilde

juicio, el único llamado á realizar esa obra era el Ayuntamiento, como

representante legítimo de ese mismo pueblo que habia de reanimarse; y

por eso me congratulo en declarar que el Ayuntamiento estuvo oportuno y

acertado cuando resolvió emprender la obra; y mas oportuno y acertado

estuvo cuando escogió como medios para ello las fiestas de San Juan.

Siguiendo así su propia tradicion, nunca interrumpida, como lo han

visto los lectores, presentaba al público, á la vez que los placeres

propios de un pueblo culto, los encantos de la tradicion, siempre

agradable y tal vez más cuando ha empezado á entrar en la época de los

recuerdos.

Este doble atractivo era irresistible; y mucho mas lo era al anuncio

de la esplendidez que debian tener las fiestas. Si el Ayuntamiento no

hubiera sido pródigo en las diversiones, no habria tenido que pensar

en conseguir el principal objeto de ellas; y demás hubiera estado que

hubiese realizado algunas de aquellas que ni siquiera habrian merecido

el honor de ser vistas por los que se hallaban fuera de la ciudad. Por

otra parte y bajo el punto de vista económico y tambien social, la

acertada resolucion del Ayuntamiento está justificada por la sentencia

en que se apoya la higiene pública: _Salux populi suprema lex esto._

Si la parte material de la sociedad exige tal ley, con más rigor debe

observarse cuando se trata no solo de intereses materiales, sino

tambien de los morales é intelectuales.

Hoy que, al escribir estas líneas, han pasado ya las fiestas, para

saber si el Ayuntamiento ha conseguido su objeto, basta apelar á los

habitantes todos de la ciudad que han vuelto á sus hogares; basta

contemplar como ha vuelto á existir la confianza que todos tenian,

antes de la terrible época pasada, para entregarse á sus habituales

faenas y tambien para trabajar por el porvenir, que si nadie es capaz

de entrever, por lo menos no se halla envuelto en las opacas nubes que

lo han ocultado largo tiempo.

Si causas agenas completamente á la Corporacion popular han podido

impedir que se levante el espíritu público con todo el empuje que

lo hubiera hecho, no se la culpe á ella de actos en que no ha

intervenido y que tal vez deplora mas que cualquiera otro. Júzguesela

exclusivamente en su obra; y tómese en consideracion su pensamiento,

no bajo la mezquina mira de un egoísmo siempre injustificable, sino

teniendo en cuenta el noble y generoso intento que se propuso, superior

en mucho al exíguo valor de unos pocos millares de escudos.

Tales son las razones que justifican las fiestas de San Juan en el

presente año; como las recibió el público lo verá el lector en los

capítulos que siguen, en que trataré de describirlas de la mejor manera

que le sea posible á mi pobre pluma.

[Ilustración]

VI.

_Principio de las Fiestas._

Florido mes de Junio,

Bendito seas......

(_Trueba._)

He aquí que ha dado principio el alegre mes de Junio, con sus plácidas

noches, sus frescas brisas, sus gratos recuerdos y sus halagadoras

fiestas. El pueblo de Puerto-Rico vuelve á verlo en medio del regocijo

y del bullicio que en otros tiempos animaban á la Ciudad y en el

alborozo general, que por todas partes cunde, con la rapidez del

relámpago, se conoce que estamos en el alegre mes de San Juan. ¡Bendito

mes que, de generacion en generacion, ha sabido ir conservando, siempre

frescos y palpitantes, los recuerdos de nuestros antepasados; por mas

que las eventualidades y los fracasos propios de la vida humana hayan

perturbado mas de una vez las costumbres que de muy antiguo conocemos!

El mes de Junio trae consigo, entre las olas embalsamadas de sus puras

brisas, el misterioso encanto de la tradicion; ese no sé qué que hace

vibrar mas ó menos fuertemente en todos los corazones el sentimiento de

la alegría, de esa alegría melancólica que constituye uno de los mas

gratos y dulces placeres del alma, bien que se halle uno en la soledad

de los campos, ó en el retiro de su habitacion, ó en medio mismo

de las espansiones de una fiesta. Por eso, aun cuando no todos los

habitantes de esta Ciudad desean siempre el mes de San Juan, todos en

general lo ven llegar con ese gozo interior que engendra muy pronto el

regocijo público; y es porque las costumbres tienen en sí un atractivo

irresistible que subyuga todos los corazones, que los predispone para

el placer y que despierta en ellos una tierna simpatía por todo aquello

que nos legaron nuestros antepasados.

¿Quién no recuerda los hermosos dias de la niñez en los que el mes

de Junio conserva un lugar tan predilecto? ¿Quién no hace memoria de

aquellas inocentes alegrías que todos hemos gustado á la luz de los

hachones que alumbraban y aun alumbran las _alboradas_ ó al resplandor

de las hogueras que iluminaban las calles en las noches de las

carreras? ¿Quién, de los que alcanzó San Juan en todo su esplendor,

no guarda con gusto en el fondo de su alma el puro placer de haber

acompañado una elegante _camarracha_, á la que el amor aumentaba los

encantos de los años juveniles? Verdad es que en aquellos tiempos de

franca amistad, en que este pueblo componia por decirlo así una sola

familia, esas fiestas tenian casi el atractivo del hogar doméstico y la

expansion por consecuencia era mas verdadera y mas general; pero aunque

las condiciones sociales de la poblacion hayan cambiado mucho, sus

costumbres se han sostenido á traves de los años y todavia las vemos

subsistir, si bien con las transformaciones propias de los cambios que

ha sufrido esta sociedad.

Prueba de ello la alegría y el júbilo que en todos rebozan desde que

ha comenzado el grato mes de las fiestas. La inauguracion de estas no

ha podido ser mas animada: á medida que se aproximaban las doce del

dia 1º de Junio iban apareciendo en todos los balcones asta-banderas y

cordeles, indicio cierto de que todos los vecinos se preparaban á tomar

parte en el regocijo público; y las calles principales y especialmente

las que afluyen á la plaza en que se halla la Casa Consistorial se

llenaban de gente que con semblante placentero esperaba solo el momento

de dar expansion á la alegría que experimentaba; dejando escapar de vez

en cuando alegres risas ó formando corros en que reinaba bulliciosa

algazara comprimida todavia por no ser la ocasion; los petardos y

detonaciones que, como á hurtadillas, se dejaban oir, completaban aquel

conjunto de emociones que bullian por todas partes sin atreverse á

brotar libremente, á la manera que bulle entre la máquina, buscando

expansion, el vapor que un instante despues la pone en movimiento.

A medio dia en punto la banda de música militar que acompañaba el

piquete para la publicacion del bando tocó la marcha real en señal de

que se enarbolaba en el Ayuntamiento el pabellon nacional, y en seguida

que subieron por los aires los cohetes que lo anunciaban, la ciudad

entera se vió rápidamente empavesada con centenares de banderas que,

batidas por la brisa, animaban las calles con sus variados y brillantes

colores, en los que descollaban con predileccion los hermosos colores

nacionales. Leido el bando frente á los portales de la Casa de la

ciudad se puso en marcha el cortejo, al que seguian millares de

personas de todas clases y condiciones; aumentando progresivamente el

ruido de las detonaciones que se sucedian sin interrupcion, los alegres

ecos de la música que cual rápidos mensageros cruzaban los aires en

todas direcciones para avisar al vecindario el principio de la fiesta y

la bulliciosa y festiva algazara del gentío que llenaba las calles. Aun

no habia recorrido mas que dos ó tres de estas el bando, cuando ya se

dejaron oir los armoniosos sonidos de dos orquestas mas, una en el café

de "La Zaragozana" y otra en la puerta del bonito establecimiento de

"Los Precios fijos"; quemándose en uno y otro punto multitud de cohetes

y petardos, á cuyo ruido concurria la gente ocupando bien pronto las

avenidas de las calles que confluyen en aquellos sitios.

La ciudad entera presentaba un aspecto encantador con sus mil banderas

desplegadas por el viento y el eco de alegría que por todas partes

resonaba á la par de los continuados disparos que sin cesar se oian.

Hombres y mugeres y niños, toda la poblacion en fin, entusiasmada con

el júbilo general acudia á las calles ó á los balcones de las casas

para tomar parte de algun modo en la fiesta pública.

La novedad del adorno que apareció frente al establecimiento antes

citado de "Los Precios Fijos," atrajo por el momento mayor concurrencia

hácia aquel punto; y en efecto presentaba un bonito golpe de vista la

confluencia de las calles de San Justo y la Fortaleza; en el mismo

centro y á conveniente altura pende una caprichosa mongolfiera de

vivos y bien combinados colores y de forma octogona, teniendo en cada

una de sus caras ó facetas un viva al PATRON, á NUESTRA REINA, al

PRÍNCIPE, á la PATRIA, á la PROVINCIA y á su DIGNO GOBERNADOR; y los

escudos nacional y de Puerto-Rico: en la parte inferior cuelga un

bonito canastillo sostenido por elegantes lazos de cintas y exhornado

con pequeñas banderolas; y al rededor, en forma de aspa y en direccion

á las cuatro esquinas de las calles flamean vistosos pabellones

nacionales y banderas provinciales de Cataluña y Puerto-Rico.

Apenas habia terminado la zambra en este lugar y empezaba á dispersarse

la concurrencia, cuando los ecos de una nueva orquesta que avanzaba

por la calle de San Justo, en direccion de sur á norte, volvieron á

hacerla apiñar y seguir el nuevo foco de alegría que se presentaba;

detúvose la música en el trozo de la citada calle que corre desde la

de San Francisco á la Luna y despues de entusiastas vivas y nuevas

detonaciones y cohetes, en medio de los alegres gritos de la multitud,

apareció un hermoso globo que bien pronto se lanzó al espacio seguido

de las miradas de la muchedumbre, que, en su curiosidad, desafiaban los

vívidos resplandores solares.

La fuerza del sol, sin embargo, mas sensible aun cuando reverbera en

el enlozado de nuestras calles, apaciguó algun tanto la animacion que

habia reinado durante tres horas consecutivas; y la gente se retiró

á sus casas hasta que llegada la tarde y refrescada la atmósfera

por la brisa que no cesó de soplar en todo el dia, volvió á notarse

concurrencia, sobre todo en los puntos principales de la poblacion.

Miéntras en la plaza principal se preparaban, ante un público numeroso,

los fuegos de artificio que debian quemarse por la noche, en la calle

de San Francisco una orquesta dejó oir sus primeros acordes y pronto

atrajo hácia aquel punto centenares de espectadores, deseosos de

presenciar todas las fiestas. La que anunciaba la música se reducia,

sin embargo, por esa vez al simple acto de enarbolar las banderas de

algunas casas que no las habian izado á medio dia; y los concurrentes

hubieron de conformarse por tanto con el solo espectáculo del bullicio

propio del caso y de los disparos que abundaron como de costumbre;

siendo agradablemente sorprendidos, cuando al retirarse, ya entrada

la noche, se vieron iluminados de repente por una intensa y brillante

luz roja de Bengala, que ardía frente á la puerta de la farmacia del

sucesor del señor Teillard, y cuya duracion hizo que se prolongara la

permanencia de los espectadores en aquel sitio.

Cuando cesó el efecto producido por la luz, pudo contemplarse una

de esas hermosísimas noches de los trópicos que superan á toda

descripcion: en un cielo de azul puro y transparente, tachonado de

lucientes estrellas, brillaba en todo su esplendor la luna, esa diosa

de los paganos, cantada por todos los poetas y tan querida de todos los

amantes, sin duda porque al ténue resplandor de sus blanquecinos rayos,

la naturaleza se reviste de un encanto indescifrable que hermosea los

objetos bajo el tinte de melancolía en que los envuelve. La ciudad

se hallaba doblemente iluminada y hasta la misma naturaleza parecia

contribuir á la fiesta con la esplendidez propia de todas sus escenas.

Por todas las calles que dan á la plaza principal afluia la gente en

tropel para presenciar los fuegos que dieron principio á las ocho en

punto. Cohetes, ruedas, llamas ardieron sucesivamente, en medio de

los aplausos del público y de los armoniosos acordes de una música

militar que amenizaba el acto; y con intérvalo de una hora se elevaron

dos globos de distintas formas y dimensiones, venciendo el mayor la

contrariedad de haberse roto contra uno de los adornos del salon

de la plaza. Despues de una hora de grato entretenimiento, del que

disfrutaron millares de personas que hacinadas ocupaban la plaza, las

calles de los alrededores y los balcones, puertas y azoteas de las

casas que dan al primer sitio, se dió fuego á un castillo de tres

cuerpos, y unos quince piés de alto, que era la pieza principal de

los fuegos. Empezó á arder por el cuerpo inferior que presentó de

pronto iluminadas con bonitas luces de variados colores las puertas

que adornaban los cuatro frentes; y antes de que esas luces se

estinguieran, comunicándose el fuego á los cuerpos superiores, se

iluminaron de repente, haciendo disparos en todas direcciones y dejando

escapar cohetes. Cuando el fuego era mas intenso, el espectáculo no

podia ser mas hermoso; torrentes de luz entremezclados de torrentes de

fuego aparecian por los cuatro lados, dejando ver de vez en cuando los

fogages de los disparos de mas ó menos intensidad que salian de los

distintos cuerpos del edificio, hasta concluir en el remate superior

por la elevacion de cohetes de gran fuerza.

Un momento despues la ilusion habia desaparecido y solo quedaba un poco

de humo que el perezoso viento de la noche arrastraba lentamente por

los aires. Así pasan todas las ilusiones de la vida, sin dejar mas

que un poco de humo; á veces brillante cuando la luz de la gloria lo

ilumina, á veces denso y opaco cuando lo ennegrece el remordimiento de

lo pasado.

Una llama blanquísima de Bengala que iluminó la plaza por fin de

fiesta, permitió ver la apiñada muchedumbre que se oprimia buscando

salida; aquellos millares de cabezas presentaban en su fluctuacion la

imágen del embravecido mar cuando sus olas encrespadas se precipitan

las unas sobre las otras, amenazando destruir cuanto encuentren á su

paso. El mar humano que allí se movia, nada, sin embargo, destruyó;

y pronto por el contrario desparramada por las calles desapareció la

numerosa concurrencia satisfecha y alegre, narrando cada cual aquello

que mas habia llamado su atencion.

La plaza, no obstante, no quedó desierta; permanecian firmes en ella

todos los que se disponian á acompañar la música que debia recorrer las

calles; y los chiquillos se disputaban acaloradamente el derecho de

convertirse en portadores de las teas con que por costumbre se habia de

iluminar aquel alegre paseo nocturno.

A las diez en punto partió la música acompañada de un numeroso séquito

que no la abandonó ni por un momento en la larga escursion que hizo

por todas las calles de la ciudad. Media noche era cuando todavia se

dejaban oir sus dulces ecos y el alegre bullicio de los acompañantes

que no querian perder ni una sola nota ni tampoco un solo incidente de

los de aquel dia.

Las fiestas de San Juan Reseña histórica de lo que han sido y de lo que son relación verídica de las que se celebran en este año de 1868 · 第 3 / 9 段