ocasionados por los terremotos sufridos en 1766, el Gobierno Supremo
concediera franquicias á la importacion de provisiones; ni habia
comerciantes que se hallaran en aptitud de hacer competencia á las
compañías que tenian la esclusiva mercantil de América, ni el consumo
de la Isla ofrecia sumas de suficiente consideracion para estimarse
el beneficio. Penetrado de que no lo habia el Gobierno Supremo y no
queriendo dejar abandonada á la Isla, dispuso que sus atenciones se
cubrieran por las cajas de Méjico, las que hacian al efecto cada tres ó
cuatro meses una remesa de numerario en cantidad suficiente para cubrir
el presupuesto de esta antilla.
Estas remesas, que el pueblo conocia con el nombre de situados, sufrian
casi siempre los retardos propios de las dificultades con que en
aquella época luchaba la navegacion; y como que de ellas dependia el
bienestar de muchas familias, especialmente en esta ciudad, centro de
la administracion general de la provincia, no es extraño que fueran
esperadas con toda la ansiedad propia de quien confia mejorar su
situacion. Desde que se acercaba el tiempo en que se suponia que debia
llegar el buque portador de la moneda, todo el mundo concurria con
excesiva, pero justificada frecuencia, á las alturas de la poblacion,
y se excudriñaba minuciosamente el horizonte, queriendo las miradas
traspasar esa línea imaginaria que nos oculta un mas allá que nada sin
embargo encubre. Y no solamente concurrian todos ó la mayor parte de
los vecinos á interrogar con el deseo al impasible Océano, sino que á
medida que se calculaba mas próximo el dia de la llegada de la nave,
se establecian guardias que pasaban los dias y las noches en constante
vigilancia, hasta que al fin eran coronados los deseos con el feliz
éxito de ver aparecer en el horizonte un punto blanco que á proporcion
que crecia ensanchaba los corazones de los espectadores. Cuando el
buque era reconocido, la ansiedad se convertia en regocijo y grandes
y pequeños, hombres y mugeres, niños y ancianos de todas clases y
condiciones, porque para todos era una verdadera alegría, recorrian
las calles, acompañados de una música y desahogando su entusiasmo
con estrepitosos vivas y bulliciosa algazara. Y como esta escena se
producia casi siempre en las primeras horas de la mañana, cuando la
luz del alba dejaba distinguir la embarcacion, de aquí el orígen y
el nombre de la _alborada_, que se conservó despues, segun he dicho,
como un recuerdo, cuando ya las cajas de la provincia no necesitaron
de auxilio extraño, merced al celo y amor patrio de un hijo ilustre
de este suelo, el Sr. don Ramon Power, Vice-presidente que fué de las
Córtes constituyentes de la Nacion en 1812, y al genio del Intendente
D. Alejandro Ramirez que organizó económicamente la Isla, con un
acierto digno de que nunca deje de tenerse por ejemplo.
Las _alboradas_ quedaron pues reducidas á una especie de aniversarios
festivos; que sin duda debian serlo en mayor grado para aquellas
personas que habian tenido ocasion de apreciar lo que valia una de
aquellas fiestas; y que lo fueron despues aun para aquellos que
solo por tradicion alcanzaron la diversion. Andando el tiempo las
_alboradas_ fueron adelantando su hora de salida y ya no fué al romper
el dia cuando dieron principio sinó que avanzaban á las horas de la
noche, hasta llegar á las primas noches; y como no es posible que
una diversion que solo consiste en recorrer las calles al sonido de
la música y en medio de vivas y gritos de alegría se haga durar sin
cansancio por muchas horas, sucedió y sucede que dando principio en las
primeras horas de la noche no pueden prolongarse mas allá de la media
noche, convirtiéndose así en una antítesis de su nombre.
Al llegar el nuevo período constitucional de los años de 1820 y 21
cesó otra vez la ceremonia del pendon, en solo los años que aquel
duró; y volvió á reproducirse y conservarse desde 1823 hasta 1836
en que concluyó definitivamente, como se verá mas adelante. En este
intérvalo de trece años, las fiestas populares de San Juan presentaron
una progresiva animacion, que deja entrever sin duda la prosperidad
material que tomaba la Isla; y la aficion creciente por las carreras
de caballos, el deseo general de lucir los mejores animales de esta
especie y la facilidad estraordinaria con que por consecuencia de las
fiestas se hacian negocios de caballos, demuestran que cada vez se
hacia sentir mas y mas la necesidad de esos animales para el movimiento
interior de la provincia, que aumentaba rápidamente con el crecimiento
de la poblacion. Esos trece años y algunos pocos mas, posteriores al de
1836, pueden considerarse como el período culminante de las antiguas
fiestas del Patron; la vela, la alborada; los bailes, muchas veces
realizados en algunas calles, bajo el ligero techo de lienzo de las
enramadas que al intento se levantaban; y las carreras de caballos
en las vísperas y dias de San Juan y de San Pedro, estas últimas de
máscaras, formaban el conjunto de diversiones que constituian la fiesta
del Patron, en la que solo intervenia el Ayuntamiento sosteniendo las
funciones religiosas y conservando la ceremonia oficial del pendon
que cada año se celebraba con mas pompa y solemnidad. Todavia existe
una generacion entera que recuerda con gusto aquellos placeres en
los que reinaba la mas franca amistad; y sin duda por el encanto que
comunica á todas las cosas el recuerdo de lo pasado, muchos hay que
nada encuentran capaz de suplir á aquellas fiestas que el tiempo ha
transformado.
Sin embargo de esta opinion y por mas que se reconozca que las carreras
de caballos, tales como se efectuaban, tenian su razon de ser en la
conveniencia pública, preciso es confesar que esta fiesta ofrecia
detalles que se armonizan poco con las condiciones de un pueblo culto.
Refiérome á las gritas que, especialmente por las noches, se daban á
los que iban á caballo; y en las que se proferian palabras y frases que
la decencia no consiente. Y era esto tanto menos dispensable cuanto
que no se reducian á un solo lugar ni á un solo momento, sino que se
reproducia tan poco decorosa escena en todas las horas que duraban las
carreras de la noche y en todos los sitios de la capital; puesto que
los que no montaban sentábanse en sillas á las puertas de las casas y
muchos se reunian en el atrio de la Catedral que metafóricamente se
llamaba _el balcon de los arrancados_, suponiéndose que los que allí
asistian no tenian con qué tomar parte en la fiesta.
La verdad me obliga á consignar con dolor que en esas gritas se hacia
muchas veces figurar la reputacion de familias enteras, que la envidia
ó la maledicencia pretendia deslustrar valiéndose para ello de los
momentos en que ciertamente habia mas expansion, pero expansion de
cordial alegría que fué alterada mas de una vez por aquella causa;
y ninguna persona sensata podia mirar con indiferencia tan odioso
proceder. Por fortuna esos abusos, que nunca pudieron ser usos y
costumbres semejantes faltas, pasaron ya del todo; y me complazco, por
amor á mi país, en dejar tambien consignado que este pueblo ha variado
mucho de entonces acá, merced, mas que á la educacion que se le ha dado
hasta ahora, por desgracia muy escasa, á la que él mismo ha adquirido,
siquiera no sea mas que por el roce frecuente de los forasteros y
estrangeros que todos los dias nos visitan.
Tales eran las antiguas fiestas de San Juan, en su período de mayor
auge, segun las recuerdan todavia muchas personas; y aun cuando no me
atreva yo á calificarlas de locura, como lo hace el respetable Fr.
Iñigo, por mas que en las carreras particularmente hubiera cierto
desenfreno poco compatible con las maneras de un pueblo culto; juzgo sí
que la transformacion social que desde entonces ha tenido la poblacion
hizo imposible que continuaran las fiestas como venian; y por eso se
verán entrar en el período de decadencia que paso á describir.
[Ilustración]
IV.
_El San Juan en los últimos treinta años._
En el año de 1836 volvió á aparecer la forma constitucional en nuestro
sistema político y con ella la transformacion del antiguo Ayuntamiento;
y como era de esperarse desde luego fué suprimida la ceremonia del
pendon, sin que haya vuelto á figurar posteriormente, no obstante
las variaciones gubernamentales que hemos tenido, porque en medio de
estas, los Ayuntamientos conservaron por algunos años la organizacion
constitucional y despues que la perdieron ya se habia perdido la
costumbre de aquellas demostraciones.
Suprimido el paseo del pendon, no tomó parte por de pronto el
Ayuntamiento mas que en lo tocante á la funcion religiosa; pero
corriendo los años y sin duda para que no se perdieran del todo las
costumbres anteriores, se encuentra que pocos años mas tarde, por el de
1841 y 42, la Corporacion municipal costeaba la música de la _alborada
de la leche_, de que ya he dado noticia.
Apesar de esta poca participacion del Cuerpo popular y sin embargo de
la falta de la ceremonia oficial, las fiestas del Patron fueron muy
animadas algunos años; y las variaciones de su mayor ó menor esplendor
dependian regularmente de la mejor ó peor situacion económica de la
Isla. Empero, á medida que pasaban años y en medio mismo de la alegría
con que se veia llegar el mes de San Juan, notóse que las carreras de
caballos iban siendo menos concurridas; y que el número de animales de
aquella especie que venian á alquilarse en las noches de las fiestas
disminuia de un año á otro. El bando burlesco que se acostumbraba
publicar la víspera de San Pedro á medio dia ya no era ni con mucho,
en 1847, lo que solia ser en otros tiempos; y la mascarada que para
él recorria las calles, apenas contaba una docena de ginetes, restos
quizás de la gente de buen humor que á centenares se reunia en otras
épocas.
De qué dependiera la decadencia que cada vez en mayor grado ofrecian
las fiestas populares, es cosa que no creo que nadie pueda decir
terminantemente; pues ni en toda la década de 1836 á 1846 tuvieron
prohibicion alguna, ni se conoció motivo alguno ostensible que
produjera el desaliento. La única razon que á ello puede atribuirse
es el cambio rápido que en aquella época sufrieron las costumbres del
pueblo, en proporcion del desarrollo mercantil que tenia la Isla y
que, aumentando el movimiento marítimo, hacia acrecer de una manera,
extraordinaria para entonces, el número de forasteros y estrangeros
que se encontraban en nuestra ciudad. Tal vez contribuyó tambien algo
á ello la disminucion que hubo en los negocios de caballos, sin duda
porque la poblacion, que antes acudia á desparramarse por los campos,
empezó ya desde 1837 á agruparse en las costas en donde la retenian
los intereses mercantiles que al poco tiempo se vieron desarrollarse.
La verdad es que en 1847 las fiestas de San Juan se encontraban muy
decaidas; y que ni se encendian ya sino en muy corto número, en las
noches de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro, las _candeladas_
ú hogueras, que en otro tiempo alumbraban todas las esquinas; ni habia
en verdad motivo para hacerlo, puesto que era muy escaso el número de
ginetes que recorrian las calles.
El San Juan de 1848, que estuvo muy animado por la circunstancia de
que la poblacion quiso obsequiar al Gobernador Superior que entonces
regia la Isla, hubiera sido sin duda la última llamarada de aquella luz
que se apagaba por sí sola y por propia consuncion, á no haber venido
posteriormente á reanimarla causas que pronto verán los lectores. En
dicho año, no obstante, la misma diversion de las carreras tomó un
aspecto que no era el que se le conocia; pues si bien se reunieron
centenares de caballos que montaban ágiles ginetes y elegantes
amazonas, no corrian aquellos desbandados por las calles, como era
la costumbre, sino que formado cerrado escuadron llevaron una gran
_alborada_, ó mejor dicho, una gran serenata al Gefe Superior de la
Provincia; y en el mismo órden con que á su palacio concurrieron,
continuaron la marcha por todas las calles, á la luz de los blandones
que llevaban los lacayos. Y aun en medio mismo de la animacion que esta
fiesta produjo, fué de notarse la decadencia en que ya estaban las
diversiones, por el hecho de que, pasadas las noches de la víspera y
dia de San Juan, en la primera de las cuales tuvo efecto la serenata,
desaparecieron los caballos sin esperar las noches de San Pedro, en que
muy pocos ginetes se vieron por las calles.
Las carreras de por las tardes, que en años anteriores ofrecian un
bonito espectáculo por el crecido número de apuestas damas que, en
ellas tomaban parte, casi no llamaban la atencion; porque ni habia
aficionadas que quisieran conservar la costumbre, ni se traian ya
caballos, como en otro tiempo, notables por su gallardía y escogido
paso.
En tal estado se hallaban las fiestas de San Juan, al llegar el año de
1849; y pocos años mas hubieran tardado en terminarse del todo para no
aparecer en adelante mas que entre los recuerdos de los que vivieron en
aquella época, cuando salió un bando que prohibia las carreras de San
Juan.
La índole del libro que escribo no me permite juzgar esta disposicion,
que necesita además el transcurso del tiempo para serlo con la
imparcialidad que deben considerarse todas las cuestiones históricas,
por pequeña ó grande que sea su importancia. Basta á mi intento
manifestar que todos los deseos se vieron contrariados, por mas que
ya no existieran por sostener las carreras de caballos; y que si poco
empeño se habia mostrado por estas en los últimos años, menos fué el
que hubo en 1849 por las diversiones con que trataron de suplirse;
debido todo, sin duda, á la forma en que se hizo la transicion, puesto
que transicion habia y se iba realizando paulatinamente.
Ni las serenatas, ni los bailes públicos, ni ninguna de las diversiones
inventadas para suplir á las carreras, tuvieron eco en el pueblo, ni
aun llamaron su atencion; y la maledicencia, siempre pronta á morder,
suplió desde el primer momento al dulce y poético nombre de _veladas de
San Juan_, el de _velorio de San Juan_; para representar de este modo
la muerte de las antiguas costumbres.
El buen sentido práctico de este pueblo y su amor al órden, hicieron
que pasaran estos hechos como desapercibidos; y, en los dos años
subsiguientes, bien hubiera podido asegurarse que habia muerto el San
Juan completamente. Sin embargo, el recuerdo de las fiestas populares
subsistia latente en todos los espíritus; tal vez mas que por el deseo
de conservarlas, por la contrariedad que habian esperimentado: así
fué que, apenas llegó á la Isla otro gobernador, una de las primeras
peticiones que tuvo fueron las carreras de caballos; mas como la
prohibicion se extendia para siempre, el Gobernador se vió obligado á
recurrir á S. M. para que resolviese lo que estimase mas conveniente.
Por fortuna la Augusta Reina, á quien no en valde se apellida la
Buena y que tantas pruebas tiene dadas de su amor á estas apartadas
provincias, cedió, como siempre, á la súplica que se le hizo; y no
solo concedió las carreras, sino que, comprendiendo la razon de ser de
estas, ordenó que se celebrara cada dos años una exposicion pública de
los productos de la Isla y un concurso de caballos, que fuera estímulo
bastante para la mejora de las razas: cuyos actos debian efectuarse en
el mes de San Juan, por considerarse que en él habia mayor concurrencia
de forasteros en esta ciudad.
El año de 1854, en que, por primera vez, se cumplió este soberano
mandato, fué una época de plácemes y de alegría durante todo el mes de
Junio; y la afluencia de gentes extrañas, atraidas por la fiesta, la
novedad de la exposicion, y el empeño que mostraron por tomar parte
en el concurso todos aquellos que tenian caballos propios para ello,
produjeron una animacion desconocida hacia ya muchos años y que nadie
se hubiera imaginado en los cuatro anteriores: las carreras de las
vísperas y dias de San Juan y San Pedro estuvieron tan concurridas
como en sus mejores tiempos; los obsequios que se prodigaron al digno
Gobernador fueron tan multiplicados como sinceros y espontáneos; hubo
ruidosas alboradas, á pié y á caballo, entre ellas alguna jibaresca,
en la que en dialecto provincial lució su ingenio algun _trovador_
del país; las diversiones se sucedieron sin interrupcion durante los
treinta dias de Junio; y por último, la _resurreccion del San Juan_,
como se llamó vulgarmente á aquella fiesta fué tan completa que las
antiguas costumbres, muertas ya por los años, volvieron á aparecer
rejuvenecidas, ofreciendo vivir por mucho tiempo. Carreras, alboradas á
pié y á caballo, regatas, concursos de caballos, bailes, y todo cuanto
en los tiempos pasados habia tenido lugar para las fiestas del Patron,
entró en el programa de aquel año, mas las nuevas diversiones que
iban apareciendo poco á poco para encargarse de suplir las antiguas.
Esta circunstancia y la de que la primera exposicion pública de
productos del país se celebró en el mismo mes, atrajo una concurrencia
extraordinaria de gentes de todas las partes de la Isla, que dieron
sin duda mayor realce á aquellas fiestas, en las que tomó ya una parte
mas activa el Ayuntamiento de la Capital, puesto que costeó diferentes
diversiones públicas como las regatas y un baile que dió en los salones
de su casa; fiesta digna de la Corporacion que la ofrecia y del pueblo
al que iba dedicada y que veia ir así cambiándose sus costumbres
antiguas por el camino en que debian encontrarse con las de pueblos mas
cultos.
En el año de 1855 las fiestas de San Juan no ofrecieron ni tanta
variedad de diversiones ni tanta animacion como en 1854; pero en cambio
se introdujo la costumbre de los disparos y detonaciones de todos
calibres, con una abundancia tal que no pareció sino que cada cual
quiso hacer gala de poseer alguna arma de fuego y de saber manejarla.
Puede decirse que las fiestas se reasumieron todas en tiros; pues
apesar de que hubo alboradas y carreras, ni en unas ni en otras se notó
la animacion y la concurrencia que tuvieron en el año anterior. Habia
pasado el motivo que reanimó las diversiones de 1854 y las fiestas de
San Juan volvieron á presentarse en un nuevo período de decadencia que
nada fué capaz de interrumpir durante diez años seguidos. Cada año que
transcurria iba siendo menor el número de ginetes que se presentaban en
las tardes de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro; y años hubo
en que ni un solo caballo se veia por las noches, las cuales pasaban
indiferentes, sin mostrar indicio alguno de lo que habian sido en otro
tiempo.
Y no se diga que esto acontecia porque el pueblo no se hallaba en
ánimo de divertirse; ocasiones tubo de probar lo contrario con
distintas causas y particularmente en las fiestas reales celebradas
por el Natalicio de S. A. R. el Serenísimo Sr. Príncipe de Asturias;
en las que hubo la franca y expansiva alegría que caracteriza á estos
habitantes; y en las que se sucedieron sin interrupcion durante diez
ó doce dias las mas variadas diversiones. La verdadera causa era que
ya el pueblo no gustaba, por lo menos en el grado que antes, de las
fiestas tradicionales con que se celebraba al Patron; y ó que habian de
cambiarse aquellas en armonía con las variaciones que en las costumbres
se notaban, ó que concluirian por terminar definitivamente sin dejar
mas que su recuerdo que se estinguiria probablemente con el tiempo.
El Ayuntamiento, que hacia tantos años habia dejado de tomar en las
fiestas la parte activa que en otras épocas tomaba, tuvo el acierto
de no ver con indiferencia la transformacion que se operaba; y sin
intervenir en la voluntad pública, ni para cohartar ni para impulsar
al pueblo á que se divirtiese en la forma que quisiera, ofreció
constantemente en la década á que acabo de referirme bailes y alboradas
que siempre fueron acogidas con gusto por el pueblo; pero el primitivo
San Juan decaia y eran necesarios nuevos esfuerzos para hacerle
revivir, probablemente por un corto tiempo, como ya habia acontecido
diversas veces.
En el año de 1865 se realizaron esos esfuerzos, con motivo de la
invitacion hecha á las señoritas de Cáguas, que estas tuvieron la
amabilidad de aceptar; y su presencia en nuestra ciudad produjo una
animacion de que hacia tiempo no se daba muestras; siendo de notarse
que en todos los dias del mes de Junio salieron _alboradas_ de
cuantos gremios comerciales é industriales contiene la poblacion.
Con tales precedentes y en medio de la alegría general que reinaba,
natural era esperar que revivieran las carreras de caballos y que las
calles volvieran á verse, en las noches de San Juan y San Pedro, tan
concurridas como lo habian estado en otras épocas. ¡Vana esperanza!
Apenas hubo por las tardes algunas jóvenes que, por cortesía sin duda,
acompañaron á correr á las Cagüeñas; por la noche, la misma soledad de
los años anteriores, la misma falta de caballos. No parece sino que
el pueblo habia adquirido ya la conviccion de que era pasada la época
de la diversion favorita de nuestros antepasados; y voluntariamente
abandonaba las costumbres que aquellos le legaran.
El contraste de gustos entre unas y otras generaciones se puso mas
de relieve el año último, en el que el Ayuntamiento comprendiendo
la variacion que el tiempo habia introducido en las costumbres,
sin rechazar las que ya lo han sido por la opinion, ofreció nuevas
diversiones que anteriormente nunca habian formado parte de las
fiestas. Esas diversiones nuevas fueron, sin embargo, aceptadas de muy
buen grado por el público que las favoreció concurriendo á ellas en
número muy considerable; mientras que dejaba pasar indiferente las que
en otro tiempo eran el principal atractivo del San Juan.
Y no se atribuya esta eleccion al encanto que siempre ofrece la
novedad; porque en el presente año hemos vuelto á ver las citadas
diversiones tan favorecidas como en el anterior, y no obstante ya
no eran nuevas. La causa verdadera de la variacion estriba, pues,
indudablemente en la transformacion de los gustos; en la alteracion que
han sufrido las costumbres; y así es de creerse, con mas razon, cuando
se reflexiona sobre las profundas variaciones que han tenido todos
nuestros hábitos y hasta los mas pequeños detalles de la vida en esta
antilla. Y no es extraño que tal acontezca porque lo propio pasa con la
humanidad entera; y esa es la obra lenta pero indefectible del tiempo
que, como he dicho antes, todo lo cambia y lo trastorna todo, sin que
frecuentemente nos apercibamos de ello, ni aun sepamos darnos cuenta de
lo que sucede á nuestra vista.
Ha terminado la ligera reseña que me propuse hacer de la historia de
las fiestas del Patron: antes de pasar á la descripcion de las que
se han efectuado en presente año preciso será que, aunque en breves
palabras, dé una idea de la situacion del país en los momentos en que
aquellas se aproximaban, para que pueda formarse juicio del motivo que,
en mi humilde sentir, ha forzado al Ayuntamiento á verificarlas con la
esplendidez con que las hemos visto efectuarse.
[Ilustración]
V.
_Situacion del país._
Que este mundo es un valle de lágrimas es cosa que por sabida debe
callarse, sobre todo entre los que profesamos la religion, única
verdadera de Jesu-Cristo; y que los dias de la vida son pocos y están
llenos de miserias, hace algunos centenares de siglos que lo dejó
consignado el paciente Job. Desde el instante en que por vez primera
sentimos el aire que alimenta nuestra existencia, hasta los últimos
suspiros que arroja el moribundo, es una série no interrumpida de
impresiones desagradables, que concluirian por matarnos sino fuera
porque llevamos dentro del alma el olvido, bálsamo eficaz que cura las
dolencias del corazon. Por eso el hombre rie y canta y se regocija,
no obstante los pesares que casi sin cesar le abruman. Pero hay
impresiones y hay pesares de tal magnitud que, arrojando el espanto y
la desolacion, lo mismo en los hombres que en los pueblos, dejan tras
sí una huella que tarda mucho en desaparecer: hay momentos y dias y
épocas enteras, tan aciagas en la vida de los hombres y de los pueblos,
que no es dable borrar su memoria, por mas que pasen las sensaciones
desagradables que produjeron mientras su duracion. Puerto-Rico acaba
de pasar por una de esas épocas fatales y no es extraño por tanto
encontrar todavia en estos momentos muchos ánimos contristados que no
saben ni aun darse razon de su profunda tristeza.