De nada valió que allá por los años de 1768 y con motivo de los daños

ocasionados por los terremotos sufridos en 1766, el Gobierno Supremo

concediera franquicias á la importacion de provisiones; ni habia

comerciantes que se hallaran en aptitud de hacer competencia á las

compañías que tenian la esclusiva mercantil de América, ni el consumo

de la Isla ofrecia sumas de suficiente consideracion para estimarse

el beneficio. Penetrado de que no lo habia el Gobierno Supremo y no

queriendo dejar abandonada á la Isla, dispuso que sus atenciones se

cubrieran por las cajas de Méjico, las que hacian al efecto cada tres ó

cuatro meses una remesa de numerario en cantidad suficiente para cubrir

el presupuesto de esta antilla.

Estas remesas, que el pueblo conocia con el nombre de situados, sufrian

casi siempre los retardos propios de las dificultades con que en

aquella época luchaba la navegacion; y como que de ellas dependia el

bienestar de muchas familias, especialmente en esta ciudad, centro de

la administracion general de la provincia, no es extraño que fueran

esperadas con toda la ansiedad propia de quien confia mejorar su

situacion. Desde que se acercaba el tiempo en que se suponia que debia

llegar el buque portador de la moneda, todo el mundo concurria con

excesiva, pero justificada frecuencia, á las alturas de la poblacion,

y se excudriñaba minuciosamente el horizonte, queriendo las miradas

traspasar esa línea imaginaria que nos oculta un mas allá que nada sin

embargo encubre. Y no solamente concurrian todos ó la mayor parte de

los vecinos á interrogar con el deseo al impasible Océano, sino que á

medida que se calculaba mas próximo el dia de la llegada de la nave,

se establecian guardias que pasaban los dias y las noches en constante

vigilancia, hasta que al fin eran coronados los deseos con el feliz

éxito de ver aparecer en el horizonte un punto blanco que á proporcion

que crecia ensanchaba los corazones de los espectadores. Cuando el

buque era reconocido, la ansiedad se convertia en regocijo y grandes

y pequeños, hombres y mugeres, niños y ancianos de todas clases y

condiciones, porque para todos era una verdadera alegría, recorrian

las calles, acompañados de una música y desahogando su entusiasmo

con estrepitosos vivas y bulliciosa algazara. Y como esta escena se

producia casi siempre en las primeras horas de la mañana, cuando la

luz del alba dejaba distinguir la embarcacion, de aquí el orígen y

el nombre de la _alborada_, que se conservó despues, segun he dicho,

como un recuerdo, cuando ya las cajas de la provincia no necesitaron

de auxilio extraño, merced al celo y amor patrio de un hijo ilustre

de este suelo, el Sr. don Ramon Power, Vice-presidente que fué de las

Córtes constituyentes de la Nacion en 1812, y al genio del Intendente

D. Alejandro Ramirez que organizó económicamente la Isla, con un

acierto digno de que nunca deje de tenerse por ejemplo.

Las _alboradas_ quedaron pues reducidas á una especie de aniversarios

festivos; que sin duda debian serlo en mayor grado para aquellas

personas que habian tenido ocasion de apreciar lo que valia una de

aquellas fiestas; y que lo fueron despues aun para aquellos que

solo por tradicion alcanzaron la diversion. Andando el tiempo las

_alboradas_ fueron adelantando su hora de salida y ya no fué al romper

el dia cuando dieron principio sinó que avanzaban á las horas de la

noche, hasta llegar á las primas noches; y como no es posible que

una diversion que solo consiste en recorrer las calles al sonido de

la música y en medio de vivas y gritos de alegría se haga durar sin

cansancio por muchas horas, sucedió y sucede que dando principio en las

primeras horas de la noche no pueden prolongarse mas allá de la media

noche, convirtiéndose así en una antítesis de su nombre.

Al llegar el nuevo período constitucional de los años de 1820 y 21

cesó otra vez la ceremonia del pendon, en solo los años que aquel

duró; y volvió á reproducirse y conservarse desde 1823 hasta 1836

en que concluyó definitivamente, como se verá mas adelante. En este

intérvalo de trece años, las fiestas populares de San Juan presentaron

una progresiva animacion, que deja entrever sin duda la prosperidad

material que tomaba la Isla; y la aficion creciente por las carreras

de caballos, el deseo general de lucir los mejores animales de esta

especie y la facilidad estraordinaria con que por consecuencia de las

fiestas se hacian negocios de caballos, demuestran que cada vez se

hacia sentir mas y mas la necesidad de esos animales para el movimiento

interior de la provincia, que aumentaba rápidamente con el crecimiento

de la poblacion. Esos trece años y algunos pocos mas, posteriores al de

1836, pueden considerarse como el período culminante de las antiguas

fiestas del Patron; la vela, la alborada; los bailes, muchas veces

realizados en algunas calles, bajo el ligero techo de lienzo de las

enramadas que al intento se levantaban; y las carreras de caballos

en las vísperas y dias de San Juan y de San Pedro, estas últimas de

máscaras, formaban el conjunto de diversiones que constituian la fiesta

del Patron, en la que solo intervenia el Ayuntamiento sosteniendo las

funciones religiosas y conservando la ceremonia oficial del pendon

que cada año se celebraba con mas pompa y solemnidad. Todavia existe

una generacion entera que recuerda con gusto aquellos placeres en

los que reinaba la mas franca amistad; y sin duda por el encanto que

comunica á todas las cosas el recuerdo de lo pasado, muchos hay que

nada encuentran capaz de suplir á aquellas fiestas que el tiempo ha

transformado.

Sin embargo de esta opinion y por mas que se reconozca que las carreras

de caballos, tales como se efectuaban, tenian su razon de ser en la

conveniencia pública, preciso es confesar que esta fiesta ofrecia

detalles que se armonizan poco con las condiciones de un pueblo culto.

Refiérome á las gritas que, especialmente por las noches, se daban á

los que iban á caballo; y en las que se proferian palabras y frases que

la decencia no consiente. Y era esto tanto menos dispensable cuanto

que no se reducian á un solo lugar ni á un solo momento, sino que se

reproducia tan poco decorosa escena en todas las horas que duraban las

carreras de la noche y en todos los sitios de la capital; puesto que

los que no montaban sentábanse en sillas á las puertas de las casas y

muchos se reunian en el atrio de la Catedral que metafóricamente se

llamaba _el balcon de los arrancados_, suponiéndose que los que allí

asistian no tenian con qué tomar parte en la fiesta.

La verdad me obliga á consignar con dolor que en esas gritas se hacia

muchas veces figurar la reputacion de familias enteras, que la envidia

ó la maledicencia pretendia deslustrar valiéndose para ello de los

momentos en que ciertamente habia mas expansion, pero expansion de

cordial alegría que fué alterada mas de una vez por aquella causa;

y ninguna persona sensata podia mirar con indiferencia tan odioso

proceder. Por fortuna esos abusos, que nunca pudieron ser usos y

costumbres semejantes faltas, pasaron ya del todo; y me complazco, por

amor á mi país, en dejar tambien consignado que este pueblo ha variado

mucho de entonces acá, merced, mas que á la educacion que se le ha dado

hasta ahora, por desgracia muy escasa, á la que él mismo ha adquirido,

siquiera no sea mas que por el roce frecuente de los forasteros y

estrangeros que todos los dias nos visitan.

Tales eran las antiguas fiestas de San Juan, en su período de mayor

auge, segun las recuerdan todavia muchas personas; y aun cuando no me

atreva yo á calificarlas de locura, como lo hace el respetable Fr.

Iñigo, por mas que en las carreras particularmente hubiera cierto

desenfreno poco compatible con las maneras de un pueblo culto; juzgo sí

que la transformacion social que desde entonces ha tenido la poblacion

hizo imposible que continuaran las fiestas como venian; y por eso se

verán entrar en el período de decadencia que paso á describir.

[Ilustración]

IV.

_El San Juan en los últimos treinta años._

En el año de 1836 volvió á aparecer la forma constitucional en nuestro

sistema político y con ella la transformacion del antiguo Ayuntamiento;

y como era de esperarse desde luego fué suprimida la ceremonia del

pendon, sin que haya vuelto á figurar posteriormente, no obstante

las variaciones gubernamentales que hemos tenido, porque en medio de

estas, los Ayuntamientos conservaron por algunos años la organizacion

constitucional y despues que la perdieron ya se habia perdido la

costumbre de aquellas demostraciones.

Suprimido el paseo del pendon, no tomó parte por de pronto el

Ayuntamiento mas que en lo tocante á la funcion religiosa; pero

corriendo los años y sin duda para que no se perdieran del todo las

costumbres anteriores, se encuentra que pocos años mas tarde, por el de

1841 y 42, la Corporacion municipal costeaba la música de la _alborada

de la leche_, de que ya he dado noticia.

Apesar de esta poca participacion del Cuerpo popular y sin embargo de

la falta de la ceremonia oficial, las fiestas del Patron fueron muy

animadas algunos años; y las variaciones de su mayor ó menor esplendor

dependian regularmente de la mejor ó peor situacion económica de la

Isla. Empero, á medida que pasaban años y en medio mismo de la alegría

con que se veia llegar el mes de San Juan, notóse que las carreras de

caballos iban siendo menos concurridas; y que el número de animales de

aquella especie que venian á alquilarse en las noches de las fiestas

disminuia de un año á otro. El bando burlesco que se acostumbraba

publicar la víspera de San Pedro á medio dia ya no era ni con mucho,

en 1847, lo que solia ser en otros tiempos; y la mascarada que para

él recorria las calles, apenas contaba una docena de ginetes, restos

quizás de la gente de buen humor que á centenares se reunia en otras

épocas.

De qué dependiera la decadencia que cada vez en mayor grado ofrecian

las fiestas populares, es cosa que no creo que nadie pueda decir

terminantemente; pues ni en toda la década de 1836 á 1846 tuvieron

prohibicion alguna, ni se conoció motivo alguno ostensible que

produjera el desaliento. La única razon que á ello puede atribuirse

es el cambio rápido que en aquella época sufrieron las costumbres del

pueblo, en proporcion del desarrollo mercantil que tenia la Isla y

que, aumentando el movimiento marítimo, hacia acrecer de una manera,

extraordinaria para entonces, el número de forasteros y estrangeros

que se encontraban en nuestra ciudad. Tal vez contribuyó tambien algo

á ello la disminucion que hubo en los negocios de caballos, sin duda

porque la poblacion, que antes acudia á desparramarse por los campos,

empezó ya desde 1837 á agruparse en las costas en donde la retenian

los intereses mercantiles que al poco tiempo se vieron desarrollarse.

La verdad es que en 1847 las fiestas de San Juan se encontraban muy

decaidas; y que ni se encendian ya sino en muy corto número, en las

noches de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro, las _candeladas_

ú hogueras, que en otro tiempo alumbraban todas las esquinas; ni habia

en verdad motivo para hacerlo, puesto que era muy escaso el número de

ginetes que recorrian las calles.

El San Juan de 1848, que estuvo muy animado por la circunstancia de

que la poblacion quiso obsequiar al Gobernador Superior que entonces

regia la Isla, hubiera sido sin duda la última llamarada de aquella luz

que se apagaba por sí sola y por propia consuncion, á no haber venido

posteriormente á reanimarla causas que pronto verán los lectores. En

dicho año, no obstante, la misma diversion de las carreras tomó un

aspecto que no era el que se le conocia; pues si bien se reunieron

centenares de caballos que montaban ágiles ginetes y elegantes

amazonas, no corrian aquellos desbandados por las calles, como era

la costumbre, sino que formado cerrado escuadron llevaron una gran

_alborada_, ó mejor dicho, una gran serenata al Gefe Superior de la

Provincia; y en el mismo órden con que á su palacio concurrieron,

continuaron la marcha por todas las calles, á la luz de los blandones

que llevaban los lacayos. Y aun en medio mismo de la animacion que esta

fiesta produjo, fué de notarse la decadencia en que ya estaban las

diversiones, por el hecho de que, pasadas las noches de la víspera y

dia de San Juan, en la primera de las cuales tuvo efecto la serenata,

desaparecieron los caballos sin esperar las noches de San Pedro, en que

muy pocos ginetes se vieron por las calles.

Las carreras de por las tardes, que en años anteriores ofrecian un

bonito espectáculo por el crecido número de apuestas damas que, en

ellas tomaban parte, casi no llamaban la atencion; porque ni habia

aficionadas que quisieran conservar la costumbre, ni se traian ya

caballos, como en otro tiempo, notables por su gallardía y escogido

paso.

En tal estado se hallaban las fiestas de San Juan, al llegar el año de

1849; y pocos años mas hubieran tardado en terminarse del todo para no

aparecer en adelante mas que entre los recuerdos de los que vivieron en

aquella época, cuando salió un bando que prohibia las carreras de San

Juan.

La índole del libro que escribo no me permite juzgar esta disposicion,

que necesita además el transcurso del tiempo para serlo con la

imparcialidad que deben considerarse todas las cuestiones históricas,

por pequeña ó grande que sea su importancia. Basta á mi intento

manifestar que todos los deseos se vieron contrariados, por mas que

ya no existieran por sostener las carreras de caballos; y que si poco

empeño se habia mostrado por estas en los últimos años, menos fué el

que hubo en 1849 por las diversiones con que trataron de suplirse;

debido todo, sin duda, á la forma en que se hizo la transicion, puesto

que transicion habia y se iba realizando paulatinamente.

Ni las serenatas, ni los bailes públicos, ni ninguna de las diversiones

inventadas para suplir á las carreras, tuvieron eco en el pueblo, ni

aun llamaron su atencion; y la maledicencia, siempre pronta á morder,

suplió desde el primer momento al dulce y poético nombre de _veladas de

San Juan_, el de _velorio de San Juan_; para representar de este modo

la muerte de las antiguas costumbres.

El buen sentido práctico de este pueblo y su amor al órden, hicieron

que pasaran estos hechos como desapercibidos; y, en los dos años

subsiguientes, bien hubiera podido asegurarse que habia muerto el San

Juan completamente. Sin embargo, el recuerdo de las fiestas populares

subsistia latente en todos los espíritus; tal vez mas que por el deseo

de conservarlas, por la contrariedad que habian esperimentado: así

fué que, apenas llegó á la Isla otro gobernador, una de las primeras

peticiones que tuvo fueron las carreras de caballos; mas como la

prohibicion se extendia para siempre, el Gobernador se vió obligado á

recurrir á S. M. para que resolviese lo que estimase mas conveniente.

Por fortuna la Augusta Reina, á quien no en valde se apellida la

Buena y que tantas pruebas tiene dadas de su amor á estas apartadas

provincias, cedió, como siempre, á la súplica que se le hizo; y no

solo concedió las carreras, sino que, comprendiendo la razon de ser de

estas, ordenó que se celebrara cada dos años una exposicion pública de

los productos de la Isla y un concurso de caballos, que fuera estímulo

bastante para la mejora de las razas: cuyos actos debian efectuarse en

el mes de San Juan, por considerarse que en él habia mayor concurrencia

de forasteros en esta ciudad.

El año de 1854, en que, por primera vez, se cumplió este soberano

mandato, fué una época de plácemes y de alegría durante todo el mes de

Junio; y la afluencia de gentes extrañas, atraidas por la fiesta, la

novedad de la exposicion, y el empeño que mostraron por tomar parte

en el concurso todos aquellos que tenian caballos propios para ello,

produjeron una animacion desconocida hacia ya muchos años y que nadie

se hubiera imaginado en los cuatro anteriores: las carreras de las

vísperas y dias de San Juan y San Pedro estuvieron tan concurridas

como en sus mejores tiempos; los obsequios que se prodigaron al digno

Gobernador fueron tan multiplicados como sinceros y espontáneos; hubo

ruidosas alboradas, á pié y á caballo, entre ellas alguna jibaresca,

en la que en dialecto provincial lució su ingenio algun _trovador_

del país; las diversiones se sucedieron sin interrupcion durante los

treinta dias de Junio; y por último, la _resurreccion del San Juan_,

como se llamó vulgarmente á aquella fiesta fué tan completa que las

antiguas costumbres, muertas ya por los años, volvieron á aparecer

rejuvenecidas, ofreciendo vivir por mucho tiempo. Carreras, alboradas á

pié y á caballo, regatas, concursos de caballos, bailes, y todo cuanto

en los tiempos pasados habia tenido lugar para las fiestas del Patron,

entró en el programa de aquel año, mas las nuevas diversiones que

iban apareciendo poco á poco para encargarse de suplir las antiguas.

Esta circunstancia y la de que la primera exposicion pública de

productos del país se celebró en el mismo mes, atrajo una concurrencia

extraordinaria de gentes de todas las partes de la Isla, que dieron

sin duda mayor realce á aquellas fiestas, en las que tomó ya una parte

mas activa el Ayuntamiento de la Capital, puesto que costeó diferentes

diversiones públicas como las regatas y un baile que dió en los salones

de su casa; fiesta digna de la Corporacion que la ofrecia y del pueblo

al que iba dedicada y que veia ir así cambiándose sus costumbres

antiguas por el camino en que debian encontrarse con las de pueblos mas

cultos.

En el año de 1855 las fiestas de San Juan no ofrecieron ni tanta

variedad de diversiones ni tanta animacion como en 1854; pero en cambio

se introdujo la costumbre de los disparos y detonaciones de todos

calibres, con una abundancia tal que no pareció sino que cada cual

quiso hacer gala de poseer alguna arma de fuego y de saber manejarla.

Puede decirse que las fiestas se reasumieron todas en tiros; pues

apesar de que hubo alboradas y carreras, ni en unas ni en otras se notó

la animacion y la concurrencia que tuvieron en el año anterior. Habia

pasado el motivo que reanimó las diversiones de 1854 y las fiestas de

San Juan volvieron á presentarse en un nuevo período de decadencia que

nada fué capaz de interrumpir durante diez años seguidos. Cada año que

transcurria iba siendo menor el número de ginetes que se presentaban en

las tardes de las vísperas y dias de San Juan y San Pedro; y años hubo

en que ni un solo caballo se veia por las noches, las cuales pasaban

indiferentes, sin mostrar indicio alguno de lo que habian sido en otro

tiempo.

Y no se diga que esto acontecia porque el pueblo no se hallaba en

ánimo de divertirse; ocasiones tubo de probar lo contrario con

distintas causas y particularmente en las fiestas reales celebradas

por el Natalicio de S. A. R. el Serenísimo Sr. Príncipe de Asturias;

en las que hubo la franca y expansiva alegría que caracteriza á estos

habitantes; y en las que se sucedieron sin interrupcion durante diez

ó doce dias las mas variadas diversiones. La verdadera causa era que

ya el pueblo no gustaba, por lo menos en el grado que antes, de las

fiestas tradicionales con que se celebraba al Patron; y ó que habian de

cambiarse aquellas en armonía con las variaciones que en las costumbres

se notaban, ó que concluirian por terminar definitivamente sin dejar

mas que su recuerdo que se estinguiria probablemente con el tiempo.

El Ayuntamiento, que hacia tantos años habia dejado de tomar en las

fiestas la parte activa que en otras épocas tomaba, tuvo el acierto

de no ver con indiferencia la transformacion que se operaba; y sin

intervenir en la voluntad pública, ni para cohartar ni para impulsar

al pueblo á que se divirtiese en la forma que quisiera, ofreció

constantemente en la década á que acabo de referirme bailes y alboradas

que siempre fueron acogidas con gusto por el pueblo; pero el primitivo

San Juan decaia y eran necesarios nuevos esfuerzos para hacerle

revivir, probablemente por un corto tiempo, como ya habia acontecido

diversas veces.

En el año de 1865 se realizaron esos esfuerzos, con motivo de la

invitacion hecha á las señoritas de Cáguas, que estas tuvieron la

amabilidad de aceptar; y su presencia en nuestra ciudad produjo una

animacion de que hacia tiempo no se daba muestras; siendo de notarse

que en todos los dias del mes de Junio salieron _alboradas_ de

cuantos gremios comerciales é industriales contiene la poblacion.

Con tales precedentes y en medio de la alegría general que reinaba,

natural era esperar que revivieran las carreras de caballos y que las

calles volvieran á verse, en las noches de San Juan y San Pedro, tan

concurridas como lo habian estado en otras épocas. ¡Vana esperanza!

Apenas hubo por las tardes algunas jóvenes que, por cortesía sin duda,

acompañaron á correr á las Cagüeñas; por la noche, la misma soledad de

los años anteriores, la misma falta de caballos. No parece sino que

el pueblo habia adquirido ya la conviccion de que era pasada la época

de la diversion favorita de nuestros antepasados; y voluntariamente

abandonaba las costumbres que aquellos le legaran.

El contraste de gustos entre unas y otras generaciones se puso mas

de relieve el año último, en el que el Ayuntamiento comprendiendo

la variacion que el tiempo habia introducido en las costumbres,

sin rechazar las que ya lo han sido por la opinion, ofreció nuevas

diversiones que anteriormente nunca habian formado parte de las

fiestas. Esas diversiones nuevas fueron, sin embargo, aceptadas de muy

buen grado por el público que las favoreció concurriendo á ellas en

número muy considerable; mientras que dejaba pasar indiferente las que

en otro tiempo eran el principal atractivo del San Juan.

Y no se atribuya esta eleccion al encanto que siempre ofrece la

novedad; porque en el presente año hemos vuelto á ver las citadas

diversiones tan favorecidas como en el anterior, y no obstante ya

no eran nuevas. La causa verdadera de la variacion estriba, pues,

indudablemente en la transformacion de los gustos; en la alteracion que

han sufrido las costumbres; y así es de creerse, con mas razon, cuando

se reflexiona sobre las profundas variaciones que han tenido todos

nuestros hábitos y hasta los mas pequeños detalles de la vida en esta

antilla. Y no es extraño que tal acontezca porque lo propio pasa con la

humanidad entera; y esa es la obra lenta pero indefectible del tiempo

que, como he dicho antes, todo lo cambia y lo trastorna todo, sin que

frecuentemente nos apercibamos de ello, ni aun sepamos darnos cuenta de

lo que sucede á nuestra vista.

Ha terminado la ligera reseña que me propuse hacer de la historia de

las fiestas del Patron: antes de pasar á la descripcion de las que

se han efectuado en presente año preciso será que, aunque en breves

palabras, dé una idea de la situacion del país en los momentos en que

aquellas se aproximaban, para que pueda formarse juicio del motivo que,

en mi humilde sentir, ha forzado al Ayuntamiento á verificarlas con la

esplendidez con que las hemos visto efectuarse.

[Ilustración]

V.

_Situacion del país._

Que este mundo es un valle de lágrimas es cosa que por sabida debe

callarse, sobre todo entre los que profesamos la religion, única

verdadera de Jesu-Cristo; y que los dias de la vida son pocos y están

llenos de miserias, hace algunos centenares de siglos que lo dejó

consignado el paciente Job. Desde el instante en que por vez primera

sentimos el aire que alimenta nuestra existencia, hasta los últimos

suspiros que arroja el moribundo, es una série no interrumpida de

impresiones desagradables, que concluirian por matarnos sino fuera

porque llevamos dentro del alma el olvido, bálsamo eficaz que cura las

dolencias del corazon. Por eso el hombre rie y canta y se regocija,

no obstante los pesares que casi sin cesar le abruman. Pero hay

impresiones y hay pesares de tal magnitud que, arrojando el espanto y

la desolacion, lo mismo en los hombres que en los pueblos, dejan tras

sí una huella que tarda mucho en desaparecer: hay momentos y dias y

épocas enteras, tan aciagas en la vida de los hombres y de los pueblos,

que no es dable borrar su memoria, por mas que pasen las sensaciones

desagradables que produjeron mientras su duracion. Puerto-Rico acaba

de pasar por una de esas épocas fatales y no es extraño por tanto

encontrar todavia en estos momentos muchos ánimos contristados que no

saben ni aun darse razon de su profunda tristeza.

Las fiestas de San Juan Reseña histórica de lo que han sido y de lo que son relación verídica de las que se celebran en este año de 1868 · 第 2 / 9 段