Hallábase el pendon depositado en las Salas Capitulares y el

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LAS FIESTAS DE SAN JUAN.

RESEÑA HISTORICA

de

LO QUE HAN SIDO Y DE LO QUE SON;

Y

RELACION VERIDICA

de las que se celebran en este año de 1868,

por

Federico Asenjo.

PUERTO-RICO.

_Imprenta del Comercio._

1868

AL EXCMO. AYUNTAMIENTO

de la Ciudad de S. Juan Bautista

DE PUERTO-RICO.

_A nadie mejor que á V. E., que ha sabido conservar las fiestas

populares de la muy noble y muy leal Ciudad que representa, puede ser

dedicado este librito. Sírvase V. E. aceptarlo como una débil muestra

de la gratitud de aquel á quien ha hecho la honra de elegir para su

Secretario._

Federico Asenjo.

[Ilustración]

INTRODUCCION.

Cosa sabida es por todo el mundo que los pueblos, como los individuos,

tienen su infancia, su juventud, su edad viril y su vejez; y que en

cada una de estas épocas, lo mismo que el hombre, cambian de faz,

aunque conservando siempre ciertos caracteres que constituyen la

fisonomía especial de cada uno, y tambien el carácter moral que les es

propio.

El hombre tranquilo y circunspecto, que ocupa un lugar distinguido

en sociedad por su juicioso proceder, no deja de ser el mismo niño

jugueton y travieso que en otro tiempo era el disgusto de sus padres;

pero la edad le ha hecho variar de condiciones y sus usos y costumbres

han cambiado, si bien conservan siempre cierto sello particular que

distingue su individualidad. Es el mismo hombre que fué desde que

nació, pero no tiene ya ni la vivacidad de la niñez, ni la impetuosidad

de la juventud: sus impulsos violentos se han calmado, sus mismas

pasiones se han apaciguado algun tanto. Su genio, por mas que un

adagio vulgar diga que

genio y figura

hasta la sepultura,

su genio, repito, ha decaido mucho; sin que por todo eso, deje de

reconocerse constantemente el mismo hombre.

Tal es la obra lenta pero segura del tiempo, que todo lo muda y lo

trastorna todo sin permitir, por lo comun, que ni aun nos apercibamos

de ello. Y esa obra se realiza sin intermision, no solo en el hombre,

sino tambien en todo lo que le rodea; desde la tierra que cambia de

naturaleza, sin cambiar de lugar ni de fisonomía, digámoslo así, y

el mineral que acrece y muda de faz sin mudar de naturaleza; hasta

el árbol que tiene en su vida las mismas épocas que el hombre en la

suya y el animal que se aproxima mas á este; y el mar inmenso que

rodea la tierra y que muda sin cesar de aspecto siendo no obstante el

mismo en todos tiempos; y el cielo hermoso que nos cubre y que aparece

frecuentemente á nuestra vista con distintas faces, por mas que sea

siempre el espacio infinito en que se pierde la razon del sábio.

Los pueblos se hallan tambien sugetos á esta ley; y por eso los vemos

cambiar de faz á medida que pasan años; y mudar de condiciones segun

van recorriendo las diferentes épocas de su vida, mucho mas largas por

cierto que las de la vida del hombre. Este pueblo, sencillo y frugal

en otro tiempo, apenas conserva algunos restos de su pasada sobriedad;

aquel otro de carácter alegre y bullicioso, rie todavia y se regocija,

pero con cierta compostura que le era antes desconocida; este otro casi

no conserva nada del carácter melancólico que distinguia á sus hijos,

en medio del estruendo de los negocios que hoy le ocupan; pero en medio

de todos estos cambios y mudanzas, que ya desde la época del célebre

orador romano hacian exclamar á los viejos _¡O tempora! ¡O mores!_ y

que continuan todavia, apesar de los diez y nueve siglos transcurridos,

haciéndoles exclamar _¡Qué tiempos aquellos!_ refiriendose á los de su

juventud; esos cambios y mudanzas, vuelvo á decir, se llevan á cabo sin

que los pueblos dejen de ser los que son y sin que dejen de conservar

siempre algo que distingue á cada cual de ellos de todos los demás que

cubren la superficie de la tierra.

Ese algo, que forma la distincion, lo constituyen los usos y

costumbres, así como tambien las tradiciones.

La tradicion es para un pueblo lo que la memoria para el hombre.

Si la memoria es infiel, el hombre no sabe dar cuenta de los hechos que

ha visto sucederse.

Si la tradicion no es verídica se pierde la memoria de los

acontecimientos que la historia no ha sabido, ó no ha querido, ó no

ha podido conservar; y como que, en tratándose de la vida de un

pueblo, los hechos cambian á medida que la edad de aquel varia, de aquí

el que, á la vuelta de los años que componen la vida de dos ó tres

generaciones, se pierda la memoria de sucesos muy vulgares; ó cambie de

tal modo su recuerdo que ni remotamente pueda nadie darse cuenta de lo

que fueron los hechos en su orígen.

Esto es lo que mas generalmente acontece con los usos y costumbres

populares; porque llamados unos y otras á variar constantemente, en

proporcion de las variaciones que sufre el estado de adelanto ó de

atraso del pueblo á que pertenecen, llegan á alejarse á veces tanto

de lo que fueron en su principio que difícilmente se reconoce su modo

primitivo de existencia.

Por eso yo creo que mientras mas varien los usos y costumbres de

un pueblo, mas empeño debe este poner en conservar incólumes las

tradiciones que á ellos se refieren; y procurar que, á traves de las

alteraciones que esperimentan con el tiempo, se trasluzca siempre

con toda claridad el punto donde nacieron y la forma que tuvieron al

comenzar.

Quizas parecerá á mis lectores que no merecen la pena de que se les

consagre una atencion tan especial los usos y costumbres; pero, si así

pensaran, bastaria para convencerles de lo contrario, recordarles que

por solo las variaciones de los usos y costumbres se puede conocer la

historia entera de un pueblo; y que el carácter y las condiciones de

cualquier pueblo se hallan retratados en sus usos y costumbres.

Ciceron escribió un libro sobre las costumbres en que dejó pintado

el pueblo romano; y Voltaire nos ha dejado un "Ensayo sobre las

costumbres" en que trata de reseñar las diferencias que separan entre

sí á todos los pueblos de la tierra y los puntos de contacto en que se

unen.

Yo voy pues á reseñar algunos usos y costumbres de este hermoso país,

que tan desconocido es hasta para muchos de los mismos que lo habitan;

y no solo reseñaré algunos de los mas culminantes, sino que lo haré

comparándolos en diversas épocas de la vida de este pueblo, para que

pueda formarse juicio de sus progresos ó retrogadaciones; y se conciba

la marcha que ha traido de algunas décadas á esta parte.

Este trabajo, pues, que no me atrevo á llamar libro, no será

simplemente una crónica, por mas que no tenga pretensiones de ser

historia; será sí la tradicion escrita, tal cual la hemos oido de

nuestros padres, segun se la refirieron nuestros abuelos; y segun

consta de algunos documentos incoherentes que la casualidad ha puesto

en mis manos cuando la necesidad ó la ociosidad me han obligado á

revolver algunos archivos.

Empero, para que la tradicion, que he tratado de tomar desde su orígen,

pueda ser continuada sin interrupcion, no solo me concretaré á la

parte histórica de las _Fiestas de San Juan_, sino que trataré de

describir, lo mejor que me sea posible, las que se celebren en este año.

El _San Juan_, como vulgarmente hemos dicho siempre, ha sido en todos

tiempos, una fiesta tan popular en esta ciudad, tan peculiar de esta

poblacion, y ha ofrecido una fisonomía tan especial, que examinándola

con algun detenimiento podriamos concluir por conocer esta localidad.

Así como los juegos olímpicos de la antigua Grecia demostraban la

necesidad que aquel pueblo esperimentaba de tener hombres fuertes y

ágiles para la guerra; las carreras de San Juan ponen de manifiesto la

necesidad que este pueblo ha esperimentado siempre de poseer buenos

caballos que no se arredren ante los frecuentes obstáculos de su

erizado suelo.

Así como los Israelitas y los Romanos y los Normandos y los Francos

celebraban con júbilo y alegría la conmemoracion de hechos de grande

importancia en su vida, así tambien los Puerto-riqueños ven con júbilo

las _alboradas_ que les recuerdan hechos no menos gratos que eran el

consuelo de esta poblacion en épocas tristes y azarosas; como tendrán

ocasion de verlo los lectores mas adelante.

Y aun la suprimida _vela_ tuvo tambien su razon de ser, y hubiera

podido quedar justificada, á no habérsela hecho degenerar en

demostraciones poco dignas de un pueblo que con razon se precia de

culto y de avanzado.

Por lo visto, el lector comprenderá que me prometo hacerle conocer _las

fiestas de San Juan_, tales como han sido en otros tiempos y cuales

son en los presentes. Fáltame solo que mis fuerzas correspondan á mis

prometimientos; que no por ser el asunto alegre y al parecer ligero,

deja siempre de ser difícil en extremo el llenar cumplidamente el papel

de cronista verdadero y no cansado.

Espero que mas que mi poca disposicion, contribuirá á ello en mucha

parte el entusiasmo que por todas partes se nota y que comunicará á mi

tosca pluma la vida y la animacion de que de otro modo careciera.

[Ilustración]

I.

_Ojeada restrospectiva._

San Juan Bautista fué declarado Patron de la Isla, tal vez por el

nombre que á esta habia dado el Almirante Colon al descubrirla en 16 de

Noviembre de 1493, quizás por el de la Reina que entonces se sentaba

en el trono de las Españas, que nada dicen sobre ello las historias;

pero es lo cierto que al expedir su primera pastoral en Sevilla el 26

de Setiembre de 1512 el Sr. D. Alonso Manso, primer Obispo de esta

diócesis, trasladando la bula de ereccion de nuestra Santa Iglesia,

declara que esta se levanta á honra del dicho Sr. San Juan; y como

tal patrono fué desde entonces y ha sido siempre reconocido el Divino

Precursor.

Sin embargo de esta declaratoria, no aparece que, en el primer siglo

transcurrido desde la citada fecha, se celebrara la fiesta del patron

San Juan ni aun con el culto que debiera haberle dado la Iglesia que se

habia puesto bajo su advocacion; y mucho menos con fiesta ni regocijo

alguno público y profano. Verdad es que en aquellos tiempos primitivos

harto tenian que hacer nuestros valientes antepasados con atender

primero á los caribes y despues á los corsarios que constantemente los

tenian en jaque; y el poco tiempo de paz y tranquilidad que podian

gozar lo necesitaban demasiado, ya para el laboreo de las minas, ya

para la labranza de la tierra, ya tambien para construirse las pobres

habitaciones en que se albergaban; sin que pudieran por lo visto pensar

en diversiones.

Así se pasó un siglo ó poco mas, sin que nadie se acordara al parecer

del Santo Patron, ni aun el mismo Obispo que le escogió como tal, ni

su sucesor el Maestro D. Fray Manuel de Mercado, hasta que en 1637

ó 38, que no sabemos á punto fijo la fecha, el Gobernador, de buena

memoria para esta Isla, D. Iñigo de la Mota Sarmiento hizo reconstruir

el crucero de la Santa Iglesia y echar á esta una cerca, solicitando

al efecto la cobranza de deudas que por su antigüedad se creian

incobrables; y el Cabildo eclesiástico, reconocido á estos beneficios,

se obligó perpétuamente á decirle una misa cantada todos los años al

Sr. San Juan Bautista en su dia, en obsequio de la devocion especial

que por él tenia el indicado Gobernador.[1]

[1] Carta del Sr. Canónigo de esta Santa Iglesia, Don

Diego de Torres Vargas al Cronista Maestro Gil Gonzalez

Dávila--23 de Abril de 1647--(Biblioteca histórica de

Puerto-Rico).

Con la fiesta religiosa de San Juan y tal vez por afecto á D. Iñigo

de la Mota Sarmiento, que fué muy querido y muy llorado por esta

poblacion, nacieron probablemente las fiestas populares de San Juan;

pero nada nos dicen ni la historia ni la tradicion, y solo lo supongo

porque componiéndose las fiestas primitivas de este pueblo de danzas,

toros y cañas, aparece que ya en 1644 se celebraban para San Antonio,

que es en un dia del mes de Junio, como lo atestigua el Sr. Obispo D.

Fray Damian Lopez de Haro en su carta á Juan Diaz de la Calle.[2]

[2] Biblioteca histórica de Puerto-Rico, pág. 439.

Las corridas de toros y cañas debieron empezar á efectuarse por los

años de 1610 ú 11, y se hacian en su principio solo en honor de

Santiago, por disposicion del Gobernador don Gabriel de Rojas.

En medio de la oscuridad que se sigue á la poquísima luz que sobre las

fiestas de San Juan proporcionan estos ligeros apuntes, únicos que se

encuentran al asunto referentes en los pocos documentos que se conocen

relativos á Puerto-Rico, es sin duda permitido suponer que el orígen

de las carreras de caballos data de la época en que se establecieron

las corridas de toros y cañas; y que probablemente las primeras de

estas se suprimieron, andando el tiempo, por la dificultad de encontrar

animales propios para ellas; y las segundas se convirtieron solo en

carreras para dar mas soltura á la ligereza de los caballos indígenas

que necesitan libre rienda y ancho espacio para lucir su gallardía y

excelente paso.

Y difícil seria salir de una hipótesis cualquiera, mas ó menos fundada,

en lo relativo á la época que hemos pasado, porque el holandés Boduyno

Henrico arrasó con el fuego todos los archivos de la ciudad en 1625.

Continuando el siglo diez y siete, las fiestas de San Juan y algunas

otras notables del año hubieron de regularizarse hasta el extremo de

hacerse fiestas votivas para el Ayuntamiento de la Ciudad, al cual se

le concedió por los años de 1685 ú 87 (que no consta con exactitud la

fecha) el impuesto de un maravedí en cuartillo de aloja y ocho en el

de aguardiente para cubrir, entre otras atenciones, las de las citadas

fiestas: ese impuesto, que solo se concedió en su principio por seis

años, fué prorrogado por igual tiempo en 1693 y volvió á serlo en 1702

y en 1709 y en 1714, como aparece de una carta real fechada en Sevilla

á 13 de Diciembre de 1730 y dirijida al Concejo, Justicias y Regimiento

de esta Ciudad.

Las fiestas votivas á que se ha hecho referencia, eran las de la

Purificacion de Nuestra Señora, el Corpus Christi, San Juan, Santiago

y Santa Rosa; y en tres de ellas se efectuaban sin duda carreras de

caballos, á juzgar por lo que dicen los historiadores que copiaré

dentro de poco; pero un acuerdo del Ayuntamiento de 30 de Junio de

1778, que he tenido ocasion de consultar, hace conocer que las de San

Juan se celebraban con especial solemnidad, desde tiempo inmemorial

(tal vez desde que empezaron, á fines del siglo XVII) no solo como

honor debido al Santo Patron, sino tambien como prueba de feudo

vasallage al Soberano de las Españas. Y en efecto, en dicha fiesta no

solo se celebraba solemne funcion de iglesia con vísperas, rindiéndose

guardia de honor al Santo, en el tabernáculo en que se colocaba; sino

que en los dias 24 y 25 de Junio se llevaban á sus piés las llaves

de la ciudad, "en reconocimiento á su soberana proteccion," como lo

dice el acuerdo consultado. Por su parte los regocijos públicos eran

tambien de un carácter especial que los distinguia completamente de

las demás festividades votivas: efectuábanse carreras de caballos

desde la víspera de San Juan hasta el dia de San Pedro, en que tenian

participacion todos los habitantes, bien como ginetes, bien como

espectadores que se convertian en actores dando ó respondiendo las

chanzas mas ó menos agudas que entre unos y otros se cruzaban.

Oigamos como describe estas carreras el único historiador de la Isla,

Fr. Iñigo Abad de la Sierra, que escribió su historia quizás en el

mismo año en que fué tomado el acuerdo del Cabildo que acaba de citarse.

"Las fiestas principales, dice el ilustrado historiador, las celebran

tambien con corridas de caballos, á que son tan propensos como

diestros. Nadie pierde esta diversion: hasta las niñas mas tiernas, que

no pueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzon de la silla

de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los

dias mas solemnes. En la Capital son los de San Juan, San Pedro y San

Mateo.[3] La víspera de San Juan al amanecer entra gran multitud de

corredores que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus caballos:

cuando dan las doce del dia salen de las casas hombres y mugeres de

todas edades y clases montados en sus caballos enjaezados con toda la

mayor ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que

llevan las sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó

galoneado de oro, mosquitero de lo mismo, frenos, estribos y espuelas

de plata: algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo

metal. Los que no tienen caudal para tanto cubren sus caballos de

variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género

adornándolos con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en

empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.

[3] Fr. Iñigo fué testigo ocular y hay que creerle

que se corria para San Mateo, por mas que este dia no

se encuentre citado en ningun documento. En cambio no

figuran los dias de la Candelaria y Santiago.

"Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de

la víspera de San Juan salen por aquellas calles con sus caballos, que

son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que

por lo comun son de los amigos ó parientes de una familia; dan vueltas

por toda la Ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que

los caballos se rinden. Entonces toman otros y continúan su corrida con

tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético que corre

por todas partes.

"No obstante la confusion y tropel de la corrida, rara vez sucede

desgracia alguna y si ocurre algun azar es á algun Español que

encontrándose con el peloton de corredores al volver alguna esquina,

no sabe evitar los encuentros con la destreza que los criollos. Estos,

aunque el caballo corra á toda carrera, dejan sueltas las riendas sobre

el arzon de la silla, los brazos cruzados, fumando su cigarro, diciendo

algunas gracias á las de las ventanas y á las que corren. Al llegar á

las esquinas que han de doblar, llaman al caballo con aquella rienda, y

aunque vengan muchos por la misma calle, saben pasar por medio de los

pelotones sin tropezar con nadie. Las mugeres van con igual ó mayor

desembarazo y seguridad que los hombres, sentadas de medio lado sobre

sillas á la gineta, con solo un estribo. Llevan espuela y látigo para

avivar la velocidad de los caballos, de los cuales algunos suelen caer

muertos sin haber manifestado flaqueza en la carrera y todos quedan

estropeados y sin provecho para mucho tiempo; verdad es que todo el año

los cuidan con esmero para lucirlos en estas fiestas[4].

[4] Perdóneme el respetable Fr. Iñigo, pero temo que

haya andado algun tanto exagerado en ciertos puntos

de esta descripcion, probablemente porque su carácter

sacerdotal no le permitió ver la fiesta de cerca. Ni

es concebible lo de correr el mismo ginete dia y noche

sin descanso, ni puede admitirse lo de que los caballos

estuvieran inútiles todo el año sin servir mas que para

la fiesta de San Juan.

"No toda la carrera es tumultuosa y confusa: á las nueve del dia sale

el pendon de la ciudad acompañado del Cabildo, Nobleza y Oficialidad,

de la tropa; dos compañías de caballería, presididos del Gobernador;

este paseo se ejecuta con toda pompa y buen órden, y en él lucen las

galas, palafrenes, jaeces, criados y caballos. Va por las calles

principales de la Ciudad, y en una de ellas corren parejas por su

órden, despues de las cuales llevan el pendon á la Catedral, que recibe

el Cabildo eclesiástico y vuelve á despedir despues de la misa mayor,

que lo restituyen á la Casa de la Ciudad con toda la ostentacion

posible, sin que por este acto tan circunspecto y magnífico se

suspendan en las otras calles las carreras, voces y zambra con que las

gentes desahogan su extremado regocijo ó loca pasion, que reina aquel

dia."

Otro escritor,[5] francés de orígen y que no tuvo motivos para conocer

la isla como el historiador que acabo de copiar, de acuerdo sin embargo

en casi todo con él, aunque no pudo conocerle ni es probable que

tuviera noticia de su obra, escribia lo siguiente en 1797.

[5] Mr. Andrès Pedro Ledru en su obra titulada "Voyage

aux iles de Teneriffe, la Trinité, Saint-Thomas,

Saint-Croix et Porto-Rico", traduccion de D. Julio L.

de Vizcarrondo.

"Sábese cuanto gustan á los Españoles las fiestas y las ceremonias

públicas. En Europa son aficionados á las corridas de toros; en

América á las carreras de caballos. Hacia dos dias[6] que este último

espectáculo ocupaba á la Ciudad entera, que me pareció convertida en

un vasto picadero. Una multitud de habitantes de los campos habian

concurrido para esta diversion. Imagínense tres ó cuatrocientos

caballeros, enmascarados ó vestidos con trages extraños, corriendo sin

órden por las calles, tan pronto solos, tan pronto reunidos en grupos

numerosos. Por aquí muchos petimetres disfrazados de mendigos divertian

á los espectadores con el contraste de los harapos que los cubrian y

el rico arnés de los corceles que oprimian; por allá levantaba una

polvareda un grupo de jóvenes oficiales. Muchos franceses, mezclados

con ellos, eran reconocidos fácilmente por su ligero y bullicioso

talante. Su amable locura, variada bajo mil formas diferentes, esparcia

á su paso la risa y la alegría. Muchas jóvenes entraron en la lid;

todas se llevaron el honor de la carrera, tanto por su gracioso y

seductor porte, como por la velocidad de su palafren. Dudo que nuestras

bellas de Paris puedan disputar con las amazonas de Puerto-Rico el arte

de manejar un caballo con tanta gracia como atrevimiento. La velocidad

de estos caballos indígenas es admirable: no tienen trote ni el galope

ordinario, sino una especie de andadura, un paso tan precipitado que

el ojo mas atento no puede seguir el movimiento de sus patas.

[6] El 15 y el 16 de Julio de 1797 puesto que el 17 fué

que llegó Mr. Ledru.

"Los habitantes de Puerto-Rico celebran con semejantes carreras las

principales fiestas del calendario romano, especialmente las de

Páscuas, San Juan, Santiago, San Mateo[7]. Desde la víspera viene á la

Ciudad un gran número de ginetes de todos los puntos de la Isla. Los

juegos comienzan á medio dia precisamente y continúan sin interrupcion

hasta la noche. Es un espectáculo agradable ver las calles y las

plazas llenas de corredores al galope; y los balcones, las puertos y

hasta los techos llenos de curiosos; por todas partes se oyen risas,

provocaciones que recuerdan los picantes placeres del carnaval. Al dia

siguiente la fiesta toma un carácter mas sério. El Gobernador, seguido

de los miembros del Cabildo[8], de la oficialidad, de la nobleza,

escoltado por la guarnicion, todos á caballo y ricamente vestidos, sale

á las nueve de la casa consistorial: el cortejo recorre gravemente

las principales calles, al sonido de una música guerrera, y se dirije

en seguida hácia la Catedral, en donde se celebra una solemne misa,

terminada la cual vuelve en el mismo órden á la casa consistorial; y

entonces dan principio de nuevo las carreras de la víspera, que duran

hasta por la noche, aunque esta no siempre da la señal de retirada."

[7] Mr. Ledru permaneció un año y un mes en Puerto-Rico

y debió ver que en efecto se corria en todas estas

fiestas.

[8] Ayuntamiento.

Esta última parte de Mr. Ledru, como la última tambien de los párrafos

tomados á Fr. Iñigo, se refiere á un dia en particular, que no era otro

que el de la festividad del Santo Patron.

En medio de la algaraza y gresca generales habia algunas horas de

intérvalo en la mañana del dia de San Juan, en las que la fiesta tomaba

un carácter sério y hasta magestuoso, en tanto que el pendon Real

paseaba las calles de la Ciudad, que con esa demostracion rendia un

tributo de homenage al Soberano, segun la antigua usanza de los tiempos

feudales que todavia se conservaba en todas las provincias de la nacion.

Hallábase el pendon depositado en las Salas Capitulares y el dia

indicado, reunido el Ayuntamiento en el mismo local pasaba en

cuerpo á buscar al Regidor Alférez Real, que era el que levantaba

aquella insignia y despues al Gobernador Superior, Presidente

de la Corporacion, volviendo en seguida á la casa consistorial.

Frente á esta, y de antemano, esperaban en la plaza los principales

funcionarios, la oficialidad de la guarnicion, los escribanos y las

personas mas notables de la poblacion, caballeros en los mas briosos

corceles que podian encontrar, pues era lujo lucir los de mejor paso y

gallardía.

Tomado el pendon por el Alférez Real, á presencia de toda la

Corporacion que le escoltaba, á manera de guardia de honor, montaban

todos los individuos que la componian y se ponia en marcha el cortejo,

seguido de una compañia de milicias de caballería, recorriendo en

forma procesional las principales calles de la Ciudad. Terminado el

paseo, se situaban el Gobernador y Ayuntamiento en un palco ó tribuna

que al efecto se levantaba, lujosamente engalanado, al extremo de una

de dichas calles, que en el siglo pasado era la de la Fortaleza y

posteriormente fué la de San Sebastian; y daban principio las carreras

de caballos, en parejas de á dos, comenzando por los miembros del

Ayuntamiento y concluyendo por los últimos soldados de la escolta.

Escusado es que yo diga que la poblacion entera concurria á presenciar

esta fiesta, agolpándose en las avenidas de las calles que confluian á

la en que aquella se celebraba, y llenando las puertas y balcones de

las casas que ostentaban vistosas colgaduras. Aun recuerdo, tal vez

confusamente si bien con todo el grato placer que producen en el alma

las memorias de los alegres dias de la infancia, que mi casa, situada

en la calle de la fiesta, se llenaba, como todas las del vecindario,

de amigos invitados que compartian aquel dia nuestro almuerzo, y nos

exijian, como de rigor, el tradicional _manjar-blanco_. Y eso que yo

solo alcancé el último de los años en que se celebró la fiesta del

pendon.

Terminadas las carreras, volvia el cortejo á ponerse en marcha y se

dirijia á la Catedral; allí el Alférez Real tomaba su puesto al lado

izquierdo del Preste durante la procesion y despues del Presidente del

Ayuntamiento mientras la misa: en tanto que esta duraba, el pendon

permanecia en el presbiterio, al lado del Evangelio; y concluido, era

tomado de nuevo por el Alférez Real y conducido con la misma pompa á la

casa de Ciudad, en cuyos balcones ondeaba despues por el resto del dia.

Los Alféreces reales y los Regidores que los suplian en vacantes,

ausencias ó enfermedades, competian en dar cada cual mas esplendor

á esta fiesta; y no se reducian á lo oficial, por decirlo así,

sino que, terminado el acto, obsequiaban á los concurrentes con un

espléndido refresco; y en la noche del mismo dia, ó en la del siguiente

generalmente, daban baile en su casa.[9] Este baile era por lo comun

el anuncio de los que despues seguian hasta el 30 de Agosto, en que se

celebraba la fiesta de Santa Rosa, como patrona de las Indias; aunque

aquella diversion no era tan frecuente como lo es en nuestros tiempos,

sin duda porque las gentes de aquella época, aunque aficionadas á

Terpsícore, estaban mas bien que por el _dulce merengue_, como hoy se

dice, por el movimiento del caballo; puesto que si los bailes no eran

frecuentes, las carreras se repetian bien amenudo, como lo dicen los

escritores que he citado.

[9] Estos detalles están tomados del acta del

Ayuntamiento, de 14 de Mayo de 1804, que los describe

minuciosamente á consecuencia de una cuestion de

ceremonia promovida por el Alférez Real, que lo era

entonces D. José Power.

Además de estas fiestas, se efectuó indudablemente desde principios ó

mediados del siglo pasado la que se conoce con el nombre de _alborada

de la leche_, que á tan malos términos la hemos visto llegar en la

década anterior á la presente. A juzgar por las medidas de policía que

se tomaron por los años de 1780 y 81, esta fiesta nació de que los

forasteros que concurrian á las carreras llegaban generalmente á la

ciudad en la madrugada de la víspera de San Juan y sus amigos salian á

recibirlos al campo de Puerta de tierra, cosa por cierto bien natural

en tiempo de tanta franqueza y en que era costumbre general dejar el

lecho antes que la aurora derramara sus rosados resplandores.

Pero es el caso que á la misma hora llegaban tambien al mismo sitio

los jíbaros que traian frutos para el mercado y mas especialmente los

espendedores de leche; y detenidos estos unas veces por los ginetes

que se les adelantaban impidiéndoles el paso; y chasqueados otras los

que salian de la Ciudad al ver que no llegaban las personas que iban á

recibir; se amostazaban unos y otros, prorumpiendo los mas fogosos en

dichos agudos é inocentes que eran aplaudidos por toda la concurrencia

y adelantándose algunos á lanzar picantes epígramas que no quedaban sin

contestacion. Y como que el camino de la burla es resbaladizo de suyo,

pronto de los dichos se pasó á los hechos; y se lanzaban de una á otra

parte proyectiles que la decencia no debió permitir siquiera que se

tomaran en las manos, como no permite tampoco el que se nombren.

Andando el tiempo esta diversion llegó á verificarse con música; pero

los que salian no eran ya los amigos que iban á recibir á sus amigos,

sino los chiquillos que iban á impedir, con obstáculos poco limpios,

el paso de los jíbaros; y algunos curiosos que encontraban en ello una

diversion que no lo era desde el momento en que ocasionaba perjuicios á

un número considerable de individuos.

Por fortuna la última vez que recuerdo esta diversion de algunos años

á esta parte, lejos de ofrecer el aspecto repugnante que tenia en el

tiempo que acabo de indicar, fué por el contrario un obsequio hecho á

muchas señoras y señoritas distinguidas que tuvieron la complacencia

de ir á tomar el café en una de las glorietas del paseo de Puerta de

tierra, que estaba preparada para este objeto. Reunióse una numerosa

y escogida concurrencia; y la novedad de esta especie de ribota, así

como el atractivo de la música, distrageron al público de su anterior

costumbre.

[Ilustración]

II.

_Alternativas del San Juan._

Ya los lectores conocen lo que fueron las fiestas del Patron en sus

primeros tiempos y hasta terminar el siglo pasado.

Funcion religiosa, el paseo del pendon y las carreras de caballos.

¿Quién no trasluce á traves de estas tres simples cosas todo el

carácter de aquella sociedad que vivia en nuestro país, como habia

vivido la de Europa en plena edad media? Dios, el Rey y la patria,

tomada esta en la estrecha acepcion de la provincia, (lo que no era

extraño en las prácticas feudales) eran en resúmen el significado de

aquellas tres clases de fiestas que componian el conjunto de las de San

Juan. Imposible era en verdad que gentes, no solo tan religiosas sino

hasta tan respetuosas como las de aquella época, en todos los actos

de su vida, de cualquier género que fueran, no comenzaran por volver

los ojos hácia el cielo y dar gracias ó impetrar la clemencia del que

todo lo rige. Los hombres que entonces dirijian, sinó los destinos,

por lo menos la vida cuotidiana de este pueblo; aquellos que formaban

el respetable cuerpo que se conocia bajo el significativo título

de Concejo, Justicias y Regimiento de Puerto-Rico, juzgaban que su

primera demostracion de homenage debia ser ofrecida al Santo bajo cuya

advocacion se habia levantado la ciudad, para obtener así su favorable

intercesion ante el trono del Omnipotente; por eso se apresuraban

desde la víspera de San Juan á ir á presentar á este las llaves de la

ciudad como el mejor testimonio de que se reconocian colocados bajo su

especial proteccion. Acto sencillo pero solemne que envuelve en sí un

no sé qué de ternura respetuosa que conmueve las fibras del sentimiento

hasta en el alma mas descreida.

Despues venia el acto de vasallage á aquel bajo cuya proteccion vivian

en la tierra; y el paseo del pendon no era mas que un tributo de

homenage rendido al Soberano que regia los destinos de esta Isla.

Por último, le tocaba su vez al país. Apesar de que en mas de una

ocasion y muy generalmente, aun por personas de buen criterio, he

oido criticar las carreras de caballos como una diversion casi

salvaje, creo que las carreras formaban la principal fiesta del pueblo

porque envolvian en sí el remedio de una gran necesidad que aquel

esperimentaba, sobre todo en aquellos tiempos; y la conviccion íntima

de esa necesidad trabajaba quizás mas que la tradicion en conservar el

medio de subvenir á ella, sin darse razon ni aun los mismos que lo

hacian, como amenudo acontece con todo aquello en que interviene el

público.

Mas adelante tendré ocasion de volver á presentar á mis lectores este

asunto que, en mi humilde juicio, constituye la esencia ó por lo menos

la razon de ser de las carreras de San Juan.

Pasemos ahora al objeto de este capítulo.

No obstante el esplendor y realce que se ha visto trataba de dar el

Ayuntamiento á las fiestas de su Santo Patron, no por esto se libraron

estas de sufrir las alternativas que tan propias son de todas las cosas

humanas; y ya en el año de 1778 fué tan grande la desanimacion que

reinó en el público, á consecuencia de la falta de asistencia de los

principales funcionarios, de la oficialidad y de las personas visibles,

que el Ayuntamiento creyó oportuno elevar su voz hasta el Trono y

esponer á S. M. los perjuicios que irrogaria á la poblacion y á la

Isla entera la falta de la fiesta; porque habian quedado "desanimados

estos moradores y naturales y totalmente desmayados en la crianza de

sus caballos, con el esmero que lo habian acostumbrado para lograr una

ventajosa estimacion y utilidad del público, objeto que les obligaba

á encarecer su peticion de que no tan solo no se dejasen decaer las

fiestas de San Juan, sino que, por el contrario, se observara en este

asunto el estilo de tantos años pasados."[10]

[10] Acuerdo de 30 de Junio de 1778.

El acta capitular en que consta esta peticion, tomada sin duda alguna

en medio de la impresion desagradable que esperimentara la Corporacion,

revela, entre otras cosas, que la desanimacion pública era tal que,

aun la víspera del dia de San Pedro en que tanto se corria antes y se

corrió despues, no habia habido carreras.

El Rey se sirvió declarar obligatoria[11] para todas las Corporaciones

y funcionarios civiles y militares la concurrencia á las fiestas

religiosa y del pendon; pero, sin embargo de esto, las diversiones

decayeron mucho en los años subsecuentes y fué necesario que

transcurrieran algunos y que se presentara un acontecimiento tan

estraordinario como el del sitio puesto por los Ingleses á esta plaza,

para que las carreras volvieran á ser lo que antiguamente fueron y

tuvieran toda la animacion que vió en ellas el naturalista Mr. Ledru.

[11] No he encontrado disposicion alguna que lo diga;

pero así se deduce de varias actas de años posteriores.

Al comenzar el siglo XIX las fiestas de San Juan estaban probablemente

decaidas, apesar de que las carreras de caballos fueran siempre

concurridísimas; pero, en cambio, esta clase de diversion iba

concretándose á solo las fiestas del Patron y fué poco á poco dejando

de correrse para San Mateo y aun para Santiago, cesando de hacerse

definitivamente en estos dos últimos dias cuando apenas habian

transcurrido diez ó doce años del presente siglo; y de tal manera se

desistió de ello que no pudo conseguirse el que volviera á correrse en

el dia de Santiago, no obstante los esfuerzos que para ello hicieron

muchos aficionados algunos años mas tarde.

Como era consiguiente, concretadas las carreras de caballos á solo la

fiesta de San Juan, ó mejor dicho á la víspera y dia de este santo y

víspera y dia de San Pedro, notábase mas animacion para ellas; y las

_candeladas_, ú hogueras en las esquinas de las calles, que venian

de tiempo inmemorial y habian caido en desuso casi completamente,

volvieron á encenderse con mas ardor en las noches de aquellos dias;

no pareciendo sino que el deseo con que cada año se esperaba la fiesta

avivaba la llama de aquellas.

En el segundo año de este siglo, ó sea el de 1801, un nuevo motivo,

extraño del todo á las fiestas del Santo Patron, fué sin embargo

causa de que tomaran estas un esplendor cual nunca se habia conocido,

haciendo á la vez que su recuerdo conservara por mucho tiempo vivo el

ardor de estos habitantes para celebrar el San Juan. En dicho año,

y no antes, porque segun aparece de las actas capitulares, no fué

posible efectuarlo, el Ayuntamiento de la Capital dispuso celebrar la

victoria que este pueblo habia obtenido en 1797 sobre los Ingleses

que sitiaron la Ciudad, al mismo tiempo que demostrar su gratitud por

las gracias que el Soberano concedia á la Capital, á consecuencia de

dicha victoria, entre las que se cuenta la del título de MUY NOBLE Y

MUY LEAL con que hoy se distingue. Unióse á estas funciones la de la

inauguracion de la nueva Casa Consistorial que se habia terminado por

la misma fecha y que es la que hoy existe, aunque bastante reformada;

y con tales motivos, designados los dias de Julio que median entre San

Pedro y Santiago para la fiesta de la conmemoracion de la victoria,

hubo sin duda aquel año una fiesta no interrumpida desde los primeros

de Junio hasta los primeros de Agosto, ó quizás hasta los últimos de

este último mes, en que se celebra á Santa Rosa.

No he podido encontrar documento alguno ni crónica que describa estas

fiestas, ni la tradicion conserva, que yo sepa, (y he hecho diligencias

por averiguarlo) recuerdo alguno del éxito que tuvieron; pero es de

suponerse que fueran espléndidas porque la concurrencia de forasteros

á la Ciudad fué tal que hubieron de levantarse viviendas provisionales

en todos los barrios altos de la Capital; y hallándose muy escasos los

artículos de subsistencia, hasta la misma carne, el Gobierno se vió

obligado á disponer que se formara un padron de vecinos y los que no lo

fueran de esta localidad volvieran á la suya en un término que excedia

al de los dias de las fiestas. ¡Medida sensible por lo que afectaba al

ensanche y engrandecimiento futuros de esta poblacion!

En este año tuvo orígen la _vela_, segun los datos que me suministró

un honrado y alegre anciano cuya memoria recuerdo siempre con gusto; la

_vela_, que no pueden menos de recordar todos aquellos que, como yo,

puedan por desgracia hacer memoria de los sucesos acaecidos en las tres

últimas décadas, era, segun yo la conocí, una silva, una demostracion

de burla hecha á las personas que pasaban por la calle y especialmente

á los forasteros que venian á las fiestas y que encontraban un

recibimiento descortés en lugar de la amistosa hospitalidad que debia

dispensárseles, y que se les daba sin duda pero amargándola con

frecuentes y descompasados gritos que casi les impedian salir á la

calle en los dias anteriores á la víspera y festividad del Patron, en

los que por fortuna cesaba semejante demostracion. La _vela_, frase

que en su principio debió tener el verbo en plural y decir por lo

tanto _vedla_, era un espectáculo tan grotesco como original que no

se concibe en un pueblo de tan buenos sentimientos y de tan honrado

corazon como el de Puerto-Rico: hoy que ha pasado completamente, no

se explica que por todas partes se encontraran gentes dispuestas

á burlarse de todo el que veian pasar por delante de la puerta de

su casa, usando para ello de instrumentos desagradables, como el

cuerno, el _fotuto_, los almireces empleados como campanas, matracas

y todo lo que formara ruido inarmónico y descompasado. Con dolor es

necesario confesar que estábamos mal educados todavia; si bien debemos

regocijarnos de lo que en este camino hemos adelantado.

¡Y cuán distinta cosa era esta grosera burla de lo que habia sido en

su principio la _vela_! Acostumbrado este pueblo en aquellos tiempos

á vivir casi en familia, sus actos llevaban un sello de franqueza que

no puede hoy existir, pero que no por eso deja de ser lamentable que

no puedan tenerlo. Aquellas buenas gentes que ya hemos visto que desde

casi mediados del siglo pasado salian á Puerta de tierra á recibir

á sus amigos que venian á las fiestas, conservaban todavia esta

costumbre en 1801; pero como la inmigracion fué estraordinaria en este

año y siendo los medios de locomocion muy escasos no todos hubieron

de ponerse en marcha cuando lo pensaron, sucedia frecuentemente que

los que esperaban se llevaban chasco mas de una vez no viendo llegar

á los que eran esperados; y cuando al fin los descubrian bien en

el sitio designado ó á la puerta de sus casas, eran sorprendidos

agradablemente y prorumpian en aclamaciones de júbilo, en las que casi

siempre tomaban parte los vecinos, porque los vecinos en aquella época

gozaban del derecho de entrar y salir en las casas contiguas como en

la suya propia, tomando parte en las alegrías y en los pesares de la

familia. ¡Qué tiempos y qué costumbres! Verdad es que, echadas en una

balanza las ventajas y los inconvenientes de semejantes franquezas,

no sé en verdad cual de los dos platillos seria el que apareciera

mas recargado, por mas que hoy tronemos contra los abusos de aquella

costumbre, sin tener en cuenta que nuestros abuelos, al contrario de

nosotros que nos movemos mucho, nacian, vivian y morian en una misma

casa; y como de igual modo procedian el que vivia enfrente y los que

vivian á los costados, los vecinos que tenian tanta franqueza no eran

en resúmen mas que cuatro ó seis amigos verdaderos, como quizás no se

encuentran hoy. A esas demostraciones de júbilo solia agregarse de vez

en cuando una música, aunque no fuera muy armoniosa; y hé aquí lo que

engendró la _vela_, que el tiempo y quizás el cambio de costumbres se

encargaron de degenerar, hasta el extremo de convertir en una cosa, por

lo menos inaceptable, lo que en su principio fué sin duda laudable;

una muestra de afecto propia de aquellos tiempos y de aquellas gentes.

Por fortuna nuestro pueblo que, sin perder su natural bondad, va

adquiriendo cada dia mas cultura ha rechazado hace ya muchos años esas

burlas incalificables y nada tendré por tanto que decir de ellas como

cronista.

En los años de 1802 y 1803, las fiestas de San Juan decayeron algun

tanto, por consecuencia de que ni el Ayuntamiento ni el público

concurrieron á las funciones religiosas, á causa del mal estado de

la pequeña parte del templo que hacia de Catedral, por hallarse esta

arruinada á consecuencia de temporales sufridos, y sabido es que el

pueblo de Puerto-Rico ha antepuesto siempre á todo sus sentimientos y

sus prácticas religiosas; pero rehabilitada, aunque no del todo, la

Iglesia, en 1804 volvieron á continuar las fiestas de San Juan, sin

otra innovacion en los años subsiguientes que la de la introduccion de

las _alboradas_, de que tendré ocasion de ocuparme mas adelante; y así

se conservaron con mas ó menos auge, con mas ó menos animacion, hasta

estos últimos treinta años en que han sufrido las variadas peripecias

que se verán en el capítulo siguiente.

[Ilustración]

III.

_El San Juan en el presente siglo._

Poco despues de los años en que quedó el relato al terminar el anterior

capítulo y cuando aun no habian corrido mas que veinte del presente

siglo, la poblacion de la Isla tuvo un aumento repentino y de notable

consideracion, producido por las emigraciones, primero de la parte

francesa de la América del Norte, y despues de los paises situados

á orillas del mar Caribe en la América del Sud. Esas emigraciones

trageron á la vez que capitales y conocimientos, que hicieron tomar

un desarrollo inesperado al trabajo de la Isla, un grado de cultura

superior sin duda al de esta sociedad, que harta tenia en medio del

aislamiento en que se encontraba, y que tuvo el talento de apropiarse

muy pronto los adelantos que se le entraron por las puertas cuando

menos lo imaginaba.

El número de familias que llegó á la Isla, por crecido que fuera y por

mucha influencia que ejerciera en la prosperidad social y material

del país, no fué sin embargo bastante para reformar las costumbres;

y mucho menos los actos oficiales que figuraban como una de las mas

importantes partes de las fiestas populares de esta ciudad, porque

precisamente esos actos representaban principios por los que los

emigrantes acababan de sacrificar su porvenir, su posicion, sus

familias y todo cuanto puede constituir el bienestar del hombre sobre

la tierra. ¡Rasgo sublime de abnegacion en aras del amor patrio, que

me complazco en recordar con admiracion y respeto, por mas que él me

obligue hoy á doblar mi humilde frente para buscar en el trabajo el

alimento de mis hijos y el mio propio! Así pues las costumbres de

este pueblo continuaron siendo lo que eran y las fiestas populares de

San Juan se vieron cada vez mas animadas, merced al mayor número de

individuos que en ellas tomaban parte; y que la tomaban con tanto mayor

gusto cuanto que la diversion de las carreras se amoldaba bastante á

los usos de su país.

El mismo aumento de poblacion y por consecuencia la necesidad de mayor

número de caballerías para facilitar el mayor movimiento que aquel

producia en el interior de la Isla, desprovista de toda clase de

caminos que no fueran los de herradura y aun estos mismos en mal estado

casi siempre, eran un nuevo estímulo para las carreras de San Juan,

que sin propósito determinado y por solo la fuerza de la necesidad

llegaron á ser, sin que nadie lo dijera, una especie de féria anual que

estimulaba la crianza del ganado mejorando constantemente las razas de

caballos.

Así pasaron algunos años, celebrándose en todos ellos las fiestas

del Patron, sin que se introdujeran mas variaciones que aquellas que

sin duda producia en cada año el mejor ó peor humor de los vecinos

y por consiguiente la mas ó menos predisposicion para divertirse.

Llegó empero el año de 1812 y con él la nueva forma constitucional

que el Gobierno Supremo dió á la nacion, inclusas estas sus apartadas

provincias; y variada por completo la organizacion del Ayuntamiento

de esta Ciudad, como la de todos los demás del Reino, cesaron los

actos públicos oficiales que se celebraban para San Juan y las fiestas

tomaron entonces un carácter enteramente popular, al que en nada

contribuyó por de pronto el Municipio, como no fuera en sostener las

funciones religiosas que se efectuaban en obsequio del Santo tutelar.

Pasada la época constitucional volvió el pendon á pasear las calles

de la Capital y los Alféreces Reales volvieron á festejar aquel acto

con refrescos y bailes, como se habia acostumbrado hacerlo en los años

anteriores; y este pueblo, tan sencillo como fiel y respetuoso, vió

de nuevo, con la misma consideracion con que siempre la habia visto,

aquella ceremonia que no era mas que un recuerdo de lo que de hecho

habia dejado de existir.

Por esta época tuvieron orígen las alboradas como parte de las fiestas

de San Juan; y al incluirlas en el número de estas sin duda que fué la

intencion de perpetuar la memoria de acontecimientos que habian sido de

grande importancia en su tiempo.

Sabido es que nuestra Isla fué considerada hasta principios de este

siglo simplemente como un presidio y de consiguiente ni nunca se le

permitió comunicacion de ningun género con los paises estrangeros, ni

aun la misma Madre patria hacia con nuestra provincia otros negocios

que el simple aprovisionamiento de que regularmente estaba encargada

alguna de las compañías marítimas que, por un error económico,

pretendieron ejercer un monopolio con la América, desde los tiempos

de su descubrimiento. En tal estado, no teniendo comercio ni pudiendo

nacer en el interior industria alguna, por carecer de estímulo para la

produccion, la Isla languidecia constantemente, sin ofrecer recursos

de ninguna clase á la poblacion que acrecia sin embargo cada dia,

merced á la abundancia de la tierra; y las atenciones públicas se veian

relegadas al olvido por la falta de medios con que cubrirlas, pues el

país no daba ni podia dar rentas ni aun para las cargas personales mas

perentorias.

Las fiestas de San Juan Reseña histórica de lo que han sido y de lo que son relación verídica de las que se celebran en este año de 1868 · 第 1 / 9 段