Esto es lo que resta aquí en la tierra del alma pura de aquella santa y
encantadora mujer.
Lo demás está escrito en el alma de sus hijos, en las tradiciones de la
humilde aldea en que vivió por espacio de cuarenta años, y en los
recuerdos siempre sonrientes como ella, de aquella sociedad
verdaderamente ática de Mâcón, donde su recuerdo cuenta tantos amigos
como mujeres contemporáneas suyas existen.
El resto del manuscrito de nuestra madre no tiene interés ninguno para
la tercera generación de sus descendientes; son bagatelas de su virtud.
Cualquiera de los pequeñuelos de hoy, que sienta curiosidad de
conocerlas, las encontrará escritas de su puño, entre los dieciocho
pequeños cuadernos originales, que les trasmitiré tal como los he
recibido, de un inventario de los afectos del corazón. Allí la
encontrarán a ella, bajo las mil formas de la madre de los pobres, y de
la mujer piadosa, derramando los más íntimos misterios de sus
escrúpulos y de sus humillaciones ante Dios.
Aquí se encuentran los ardores y la ternura de su alma, en los
ejercicios cotidianos, en el campo o al pie de su cama; allá las
asistencias a las ceremonias religiosas, sus exámenes de conciencia la
víspera de los días en que debía acercarse purificada a la mesa
eucarística; acullá, las diarias y numerosas economías domésticas,
hechas para ejercer la caridad que debía sostener con el trigo de sus
graneros, el vino de sus viñas, los sarmientos de sus cepas, la leche de
sus vacas y los huevos de su gallinero; los precios del pan, la manteca,
el azúcar, las legumbres durante este o aquel mes del año; el cálculo
continuado para reducir la frugalidad de la mesa a las escaceses de la
cosecha, y para poder sufragar constantemente, sobre sus necesidades, la
gran parte destinada a los pobres y los socorros furtivos que
proporcionaba a su hijo; más lejos, se encuentran recetas cuidadosamente
registradas y comentadas contra las enfermedades comunes a las gentes
del campo: un tratado completo de medicina rural que ella ejercía a
cualquier hora del día y en particular en la entrada de la casa de
Milly, siempre llena (sobre todo por la mañana), de imposibilitados,
viejos, mujeres y criaturas enfermas, que su fama de bondadosa y
entendida atraía de más de veinte aldeas cercanas, y que venían como en
romería a visitar aquella santa; en fin, están también allí las noches
pasadas a la cabecera de sus hijos delicados o de los enfermos de la
aldea, y las apuntaciones técnicas que tomaba durante sus horas de vela
de los experimentos y cálculos que hacía sobre los síntomas, los
accesos, los recrudecimientos de la fiebre, y las zozobras o esperanzas
que producía la enfermedad en el paciente.
¡Cuántas veces, hasta las mismas sábanas de su cama, que tomaba de su
armario y rasgaba a medida de la necesidad, servían para vendar las
llagas del viejo indigente, que curaba ella con sus propias manos!
Otras, venciendo con su pensamiento, toda repugnancia, de igual manera
se acercaba al lecho de muerte, que servía las más débiles necesidades
del enfermo, descollando siempre por el vigor de su fe, por la energía
de su carácter, y por su gran fuerza de voluntad.
Y al terminar sus obras de caridad, lavadas sus hermosas manos, enjutos
sus ojos de las lágrimas vertidas por males ajenos, cambiando su vestido
de seda gris por otro elegante y sencillo, volvía otra vez entre la
sociedad, suelto el espíritu, abierto el corazón, con la graciosa
expresión de la dama discreta y sociable, animando las conversaciones,
expansionando el corazón ajeno, llevándose con su serenidad las penas y
sinsabores de las almas, como se lleva el viento tibio de la primavera
entre sus torbellinos, las hojas secas de la noche para dejar en
libertad de abrirse a los botones de las nuevas flores. Se la adoraba,
sin que ella hubiese pensado jamás en hacerse adorar, en todas las
irradiaciones de su carácter y de sus hechos. El rostro de los aldeanos
que la veían pasar, acompañada de sus hijas, para ir al templo o
viniendo de visitar sus chozas, tomaba una expresión tierna y grave a la
par, como si fuera la imagen de la caridad la que pasaba por su lado.
Ella entonces estaba satisfecha; todos los acontecimientos de su vida
parecían haber desfilado ante sus ojos, y un prolongado y apacible
horizonte se extendía a su vista. La vejez robusta y varonil de su
esposo iba venciendo sus enfermedades dolorosas, pero no mortales,
viéndose que el Cielo le reservaba para más largos días que a los demás
miembros de la familia, alcanzando en efecto, sin decadencia de corazón
ni de espíritu, hasta la edad de noventa años. Su hijo, que había sido
por mucho tiempo el tormento de su espíritu, se había ya vuelto
juicioso; habiendo atravesado las tormentas de su primera juventud sin
tocar aún el mediodía de la vida, calmado y satisfecho por un casamiento
conforme a su corazón, viviendo en Italia, su país predilecto, por razón
de su empleo en la diplomacia, en el lugar más risueño de Europa,
satisfecho del rango secundario, pero honorífico que ocupaba; cubierto,
además, antes de tiempo, de cierta aureola poética, que solamente
refluía en el corazón de su madre, sin excitar la cólera de los
envidiosos, estuvo en aquel entonces con licencia en París, llegando a
ser nombrado (sin ningún género de intrigas), miembro de la Academia
Francesa: gloria oficial de las letras que jamás le alucinó ni engañó a
él, pero sí alucinó y engañó agradablemente el corazón de su anciano
padre. Este, que se había acostumbrado a mirar desde su provincia el
título de miembro de la Academia Francesa, no solamente como una especie
de consagración de la gloria de un hombre, sino de una familia, como un
sacramento de la fama legítima y contra la cual la posteridad no osaría
protestar jamás, estaban en extremo satisfecho. Su madre gozábase, por
fin, pudiendo decir a toda la familia de su marido: Ya estáis viendo
cómo, eso que llamabais mis ilusiones de madre, no ha sido una quimera,
como decíais vosotros; ya veis como yo tenía razón cuando os pedía
paciencia y perdón por algunas ligerezas de aquel hijo querido, que
ratifica por fin mi ternura honrando vuestro linaje.
Su hijo se ocupaba entonces en hacer el obligado discurso de recepción,
que debía por la primera vez presentarle en aquella tribuna literaria,
desde la cual ardía él en deseos de elevarse a su tiempo, a la tribuna
política, blanco constante de todas sus aspiraciones.
El esperaba defender a la vez, siguiendo las huellas de M. de Serres y
de M. Lainé, sus maestros y sus modelos, los Borbones, el ídolo de su
padre, y la constitución liberal, satisfacción entonces de su espíritu.
Quería él defender las instituciones y sus principios contra las
reacciones de la monarquía y contra los impacientes de la república,
cuyas aspiraciones habían de empezar a cumplirse después de la
revolución de julio de 1830 y la de febrero de 1848, cuya hora no había
sonado aún con el toque de rebato de aquellas dos ya expresadas
revoluciones.