EPÍLOGO

Nos encontramos a fines de otoño del año 1829.

Así en las esferas gubernamentales, como en los partidos políticos que

ansían el poder, existe una pasión que con frecuencia degenera en odio

de uno a otro bando. Efecto del delirio y la fiebre que domina los

espíritus, la Francia se encuentra en continua zozobra.

El primer ministro, que lo era a la sazón el príncipe de Polignac,

habíase propuesto hacer que yo fuese a París a ocupar la dirección de

los Negocios extranjeros; continuamente recibía yo cartas amistosas en

las que insistía en sus deseos; al fin, sucumbí, pero no para aceptar el

cargo que se me ofrecía, sino para explicar franca y terminantemente los

motivos que tenía para renunciar el empleo con tanta obstinación

ofrecido.

Amaba yo al príncipe, es cierto, pero su política me hacía temblar;

hubiera yo querido, cuando hablaba con él, separar a un lado el hombre,

al otro el ministro divorciado de la opinión pública.

Bien claramente había yo manifestado, en mi discurso al ingresar en la

Academia Francesa, mi resuelta oposición al golpe de Estado contra la

_Carta_ y los proyectos que el Gobierno había manifestado tener contra

la libertad del pensamiento y contra la independencia que el pueblo debe

poseer para elegir sus representantes.

No se esperaba de mí ciertamente aquel discurso político.

Los periódicos republicanos, orleanistas y bonapartistas que me acusaban

de reaccionario, acogieron mis declaraciones con entusiasmo, y M. Lainé

y M. Royer Collard reconocieron en ellas a su discípulo.

Al abandonar la sala del Instituto, ocupada aún por la inmensa

muchedumbre que había concurrido a la recepción, mi antiguo amigo el

duque de Rohan me salió al encuentro diciéndome al oído: «Abandonad toda

esperanza con respecto al ascenso en vuestra carrera; habéis defraudado

nuestras esperanzas y dado fuerza a nuestros enemigos políticos.» ¿Qué

me importaban a mí los ascensos en mi carrera cuando veía vacilar a

Carlos X en el trono, y al que deseaba separar del abismo que amenazaba

tragárselo?

Había el príncipe de Polignac puesto en mí sus esperanzas, y me

distinguía con una familiaridad política que acaso no mereciera. En las

confidencias con este grande hombre, entreveía un alma real, un espíritu

dispuesto ya para la emigración y un corazón alarmado por la conciencia.

Debo hacer constar en honor de Carlos X y del príncipe de Polignac, que

las predicciones del duque de Rohan, no se realizaron. Estos personajes

no me guardaron resentimiento alguno por mi discurso, y después de haber

discutido conmigo larga e inútilmente sobre los motivos, poco fundados

según ellos, de mi negativa y de la impremeditación de un golpe de

Estado, me ofrecieron el empleo de ministro plenipotenciario en Grecia.

Ocurría esto, cuando la Europa fundaba sobre un pasajero entusiasmo

aquella pujanza artificial, germen o ruina de no sé qué grandeza.

Participaba yo entonces de la ilusión que todos los liberales tenían

sobre los helenos, tan valientes en el combate, como disciplinados en el

gobierno.

Las potencias occidentales habían designado para rey de Grecia, al

príncipe de Cabourg, viudo de la princesa Carlota, heredera del trono de

Inglaterra. Este príncipe se encontraba en París: yo le conocí en Italia

durante el tiempo de su viudez, y adquirí con él una amistad tan íntima

como sincera. El príncipe de Polignac me presentó a él y le indicó que

yo era el francés más simpático a Grecia que, como ministro, podía

ofrecerle.

Alegrábame yo de asistir con semejante título y en tan elevadas

funciones, a la resurrección de aquel imperio, en el país de los grandes

recuerdos y de participar como lord Byron, el heroico poeta, de

resurrección tan gloriosa.

La justa previsión de que pudieran ocurrir en aquel renacimiento

disturbios y decepciones de gran importancia, hizo que el rey designado

se negara a aceptar las responsabilidades que pudieran sobrevenir, y que

saliera de París una noche huyendo de su reino y de la felicidad que en

él se le prometía.

Al día siguiente, cuando supimos lo ocurrido, apreciamos unánimemente

aquella huida del siguiente modo: El príncipe de Cabourg no tiene cabeza

suficiente para sostener esta corona; ocúpese la diplomacia en buscar

otra frente y sea cauta en la elección para no verse burlada de nuevo.

Así se hizo en efecto, y mientras esto ocurría, yo continué de ministro

plenipotenciario en situación expectante, recibiendo del príncipe de

Polignac cuantas distinciones eran compatibles con mi obstinado empeño

de no tomar parte alguna en los trabajos del Gobierno.

* * * * *

Entusiasmada mi madre por los rápidos ascensos obtenidos en mi carrera

diplomática, por mi futuro destino en la hermosa capital de Atenas, y

por mi elección para la Academia Francesa, no podía menos de sonreír

ante la realización de sus aspiraciones de siempre, del sueño dorado de

toda su vida.

Disponíame yo para ir a pasar a su lado el corto tiempo que creía

permanecer en Francia, y me hallaba en París con el objeto de ir

preparando los regalos que tenía por costumbre llevar a mi madre y a mis

hermanas siempre que las visitaba, después de un largo tiempo de

ausencia.

¡Pobre madre! ¡qué poco te daba en cambio de tantas privaciones como por

mi causa habías sufrido; de las joyas que habías vendido o empeñado para

satisfacer mis caprichos y mis viajes, o para ocultar mis faltas ante la

severidad siempre justa de mi padre!

* * * * *

Todo estaba dispuesto: los muebles todos que había en la habitación

ocupada por mí en la fonda, estaban cubiertos de cajas, estuches,

paquetes de tejidos diversos propios para vestidos, cofrecillos con

sorpresas para mis hermanas, un pequeño bazar, en fin, que yo me

complacía en mirar, mientras gozaba pensando en las exclamaciones de

alegría y reconocimiento que había de oír en la humilde casita de mi

madre. Yo me complacía anticipadamente en las sinceras demostraciones de

cariño y de satisfacción que había de recibir en su presencia.

Un día (séame permitido no consignar la fecha), entraba yo en el hotel

de***, con mi cabriolé atestado de cajitas y muebles propios para el uso

femenino; estaba alegre y satisfecho ante la idea de que había de partir

al siguiente día; al saltar del estribo y poner el pie sobre la primera

grada del vestíbulo observé, que, junto a la habitación del portero, se

hallaba mi buen amigo, el verdadero hermano de mi alma, el conde Aymon

de Virieu: parecía que la Providencia había destinado a este hombre para

que compartiera conmigo la vida.

Juntos habíamos cursado nuestros estudios; disfrutado de las mismas

alegrías en las casas de campo de ambas familias; seguido las mismas

rutas en nuestras excursiones, idénticas relaciones sociales, y

últimamente pertenecíamos los dos al cuerpo diplomático.

Al día siguiente, debía él también salir de París con destino a

Alemania, y por esta razón habíamos acordado comer juntos y pasar la

velada en mi habitación, con objeto de poder prolongar así nuestra

conversación y despedirnos con entera libertad.

Cuando al descender de mi carruaje me disponía a estrechar su mano, noté

en su expresiva fisonomía una palidez y una consternación que me dejaron

suspenso por unos instantes; sus ojos, siempre alegres y que parecían

iluminados por dos chispas salidas de su espíritu un tanto sarcástico,

aparecían por vez primera velados por una nube de tristeza.

Después que hubo contestado a mi alegre mirada con otra del mismo

género, sus ojos procuraron no encontrarse con los míos, y entonces pude

observar bien la tristeza, el recelo y el inexplicable temor de que

estaba poseído. Parecía que aquella tristeza aumentaba al verme a mí tan

tranquilo y satisfecho; mi calma, sobre todo, le mortificaba

horriblemente; quería censurar mi felicidad sin haberme él dicho antes

el motivo por el cual debiera estar yo triste.

De pronto, desapareció de mis ojos la alegría, y huyó la sonrisa de mis

labios: «Entremos en tu cuarto--me dijo con voz entrecortada;--necesito

hablarte de cosas muy tristes, y darte noticias muy poco agradables.

Procura tener valor para oírme, concentra todas tus fuerzas morales:

subamos.»

Conducido maquinalmente por mi amigo, subí la escalera y llegué hasta mi

cuarto: el golpe recibido en medio del corazón me había aturdido; ya en

la habitación, me senté sobre el borde de mi cama; mi pobre perro

saltaba de alegría al verme; ignoraba el fiel animalito el por qué sus

caricias, siempre contestadas con cariño, eran entonces esquivadas con

rudeza.

«Habla--le dije a mi amigo Virieu, ocultando el rostro entre ambas manos

y preparándome a recibir el golpe fatal.--Habla--repetí,--que este

silencio es para mí el peor de los suplicios.»

Entonces, usando de todos los miramientos, vacilaciones y rodeos,

tímidos unas veces, enérgicos otras, propios del hombre encargado de dar

una noticia inesperada y triste que ha de herir el corazón, me dijo,

recibiéndome en sus brazos: «¡Ya no tienes madre!» Me pareció que el

suelo se hundía bajo mis pies, que mi existencia vacilaba por

encontrarse sin base; mi alma elevose rápidamente al cielo como

queriendo buscar la de aquélla que fue vida de mi vida aquí en la

tierra. ¡Jamás hubiera creído que pudiese vivir sin ella un solo día! La

idea de la eterna separación, jamás se me había presentado sino allí

lejos, y aun dulcificada por la brevedad del tiempo que yo mismo debo

permanecer en este mundo. Yo la había visto tan hermosa y llena de vida,

que parecía alentar en lo mejor de su edad, y de súbito, me dicen que ha

desaparecido de mi vista para siempre: y precisamente cuando me

preparaba a recibirla en mis brazos, cuando iba a proporcionarle la

dicha de tenerme a su lado, después de haber cumplido a satisfacción mis

deberes de hijo... ¡Ah!... ¡La separación era un hecho y un hecho

terrible porque ni siquiera pude despedirme de ella! ¡Cuánto sufrí en

aquellos días! Por la mañana alimentaban mi vida dos corazones, y por la

tarde sólo me quedaba uno para llorar y gemir.

Mi desesperación llegó a ser mayor por encontrarme en París solo. La que

hubiera podido tomar una parte casi igual en mi dolor mezclando sus

lágrimas con las mías no se encontraba conmigo. ¡Yo solo en el vacío!

Sin esposa, sin hijos y sin madre. La suerte me deparó a un fiel amigo

que cubrió con su ternura aquel abismo de luto y de lamentos; acaso sin

él me hubiese precipitado en aquella horrible negrura.

Durante toda la noche, permanecí anonadado, no pude conciliar el sueño y

me acosté vestido. Aun recuerdo aquella noche cuyos minutos tengo

todavía presentes uno a uno, como si el tiempo no hubiera transcurrido

desde entonces, que pasé arrancando al sensible corazón de mi amigo, los

detalles todos de aquella muerte, más sentida por haber ocurrido tan

inesperadamente. Estos detalles los recuerdo perfectamente, pues

quedaron grabados en mi imaginación de tal suerte que pudiera recitarlos

con muy poca diferencia, tal como salieron de los labios de mi amigo. M.

Virieu, no se separó de mi lado hasta que amaneció: llegada esta hora,

se marchó a preparar lo necesario para mi partida a Mâcón. ¡Triste de

mí! Ya era demasiado tarde; ya no podría abrazar, antes de encerrarlos

en el sepulcro, los restos queridos de aquella mujer que durante nueve

meses me había llevado en sus entrañas, y en su corazón hasta el último

instante de su vida.

He aquí lo que mi amigo me contó acerca de aquella muerte; esta relación

está aumentada con las noticias que después adquirí, y que me

facilitaron los parientes y los amigos que presenciaron aquella

horrorosa y a la par dulce agonía de mi madre.

Llena de impaciencia y de alegría, esperaba diariamente mi llegada. Mi

elevación a la Academia, mi nombramiento de ministro de Grecia, y las

emociones que por otras causas sufriera, habían, al parecer, enardecido

ligeramente su sangre.

Era el 27 de noviembre; después de haber oído misa, se dirigió desde la

iglesia a los baños que había en el hospital y que estaban servidos por

hermanas de la Caridad. Mientras le preparaban el baño, estuvo hablando

con la superiora de asuntos religiosos: esta conversación la sostuvo con

la jovialidad y la gracia propias de su juventud.

Cuando la bañera estuvo dispuesta, mi madre entró en la celda sin

acompañamiento alguno, siguiendo la costumbre adquirida en el

_capítulo_, costumbre que siempre había conservado; nunca empleó

camarera para su servicio particular; sola se vestía, se desnudaba y

apagaba la luz al acostarse, en memoria (según ella decía), de la

humildad y de la pobreza de los primeros cristianos.

No hacía mucho que se hallaba en el baño, cuando la superiora, que

atravesaba el corredor en el cual estaban los cuartos de baño, creyó oír

gritos y gemidos ahogados cada vez más apagados. Inmediatamente la

superiora entró en la celda que mi madre ocupaba, y vio que el agua

caliente se derramaba por el suelo rebosando del baño; la espita

abierta, lanzaba a borbotones sobre el cuerpo desnudo de mi madre, aquel

hirviente líquido, parecido a un manantial de fuego, que abrasándole

pecho y espaldas la había privado del conocimiento. La propia superiora

y una sirviente, la separaron de la bañera.

Indudablemente ocurrió, que deseando refrescar el baño, debió abrir por

equivocación el grifo del agua caliente, y que aquel ardiente chorro

hirió de pronto su pecho y sus manos sin darle tiempo para cerrar la

espita. Después de un buen rato volvió al conocimiento, y entonces

abrazó a la superiora, quien también se encontraba herida de la mano y

del brazo; efecto de las quemaduras. Vuelta al conocimiento, acostáronla

sobre uno de los colchones del hospicio; en esta posición, la

trasladaron a su casa en brazos de cuatro mujeres pobres, de aquellas

incurables que ella había, en otro tiempo, auxiliado con alimentos,

ropas y medicinas, y curado las llagas con sus propias manos.

Pronto el rumor de la desgracia ocurrida habíase extendido por la

ciudad, y las gentes madrugadoras, o sea las sirvientes y las mujeres

devotas que salían del templo, la siguieron llorando y rezando en voz

alta hasta la puerta de su casa.

Al ver la dolorosa impresión que esta desgracia produjo en los

habitantes de la ciudad, hubiérase dicho que cada uno de ellos había

perdido a su madre como yo a la mía.

A los médicos no les pareció mortal el accidente, pero cuando se

levantaron las vendas de la primera cura, el mal apareció con toda la

gravedad que revestía.

Después de la fiebre, el delirio; pero un delirio especial, una especie

de sueño dulce y sonriente como su carácter mismo.

Había momentos en que parecía dejar su desvanecimiento, para dar las

gracias a las buenas mujeres que la servían y para alentar a nuestro

pobre padre, que permanecía a la cabecera del lecho, aterrado

completamente por el terrible golpe que acababa de recibir.

En aquella angustiosa situación, no cesaba de entregar las afecciones de

su alma a las personas a quien amaba y, especialmente, a Dios, con el

que quiso unirse por medio del Sacramento de la Eucaristía, tomando,

según su creencia, anticipada posesión de la Divinidad, o al contrario,

posesionándose la Divinidad de su persona. Entonces, inflamado su

hermoso rostro por el calor que da la convicción y beatificado por

aquella unión mística, iluminaba la beatificación, más que los cirios

que los pobres niños del hospicio sostenían en sus tiernas manecitas

mientras permanecían arrodillados en torno del lecho.

Después de la ceremonia religiosa, quedose profundamente dormida, y esto

hizo creer a los que la rodeaban que la mejoría se había iniciado; pero,

¡falsa creencia!... Su despertar fue el último, porque momentos después,

exhaló el postrer suspiro, tranquila y sonriente.

La mujer que la asistió durante su agonía, me ha repetido después, una

por una, todas aquellas palabras que pronunció continuamente: «Esposo

mío... Hijos míos... Alfonso, Mariana, Cecilia, Eugenia, Sofía, Dios os

bendiga. ¿Por qué no venís aquí para bendeciros yo también? ¡Alfonso!

Pobre hijo mío... ¡Qué disgusto tendrás por no haber podido estar a mi

lado en este trance supremo!... Dirás a todos que no sufro... Que ya

estoy en un lugar delicioso, desde el cual veo el cielo desde donde

bendicen a mis hijos...»

Después, sus labios sonreían dulcemente, balbuceaba algunas palabras y

nuevamente quedaba rendida por la fatiga. Así pasó toda la noche: y al

amanecer, en un momento de lucidez, dijo:--«¡Qué dichosa soy, Dios mío!

¡Oh! ¡Qué dichosa, qué dichosa!... No me había engañado, no, ahora lo

comprendo, cuánta felicidad...» Y al terminar esta frase, entregó su

alma a Dios.

* * * * *

Tal fue su muerte, palabra por palabra. Todos los testigos viven aún

para repetirlo, excepto nuestro padre y la pobre Filiberta, quien al

perder a su señora perdió también las ganas de vivir, y no existió luego

sino el tiempo indispensable para continuar con su señor los servicios

que había prestado a nuestra madre por cariño solamente. ¡Oh! ¡Este lazo

de la domesticidad es un noble y santo cambio entre el criado que se une

por amor a la familia, que retribuye, en cambio, sus servicios con

reconocimiento, ternura e igualdad ante el corazón! Este parentesco de

condiciones sobre la tierra, puede ser desigual por la fortuna, pero se

nivela siempre, cuando existe, por el cariño.

Tres días habían transcurrido desde que yo perdí a mi madre, cuando

llegué a Mâcón para ver, al menos, su querido rostro bajo el sudario.

Acompañábame un buen amigo verdadero «Samaritano», quien se encontraba

siempre allí en todas mis horas de dolor: Amadeo de Perseval, que yo

nombro, aunque ya se le alude en el manuscrito, por haberse consagrado

piadosamente a nuestra madre, y que había pretendido contarse en el

número de sus hijos. Sin embargo de no ser así, fue por bastante tiempo

estimado como tal.

El ataúd reposaba ya bajo montes de nieve dentro la tierra helada del

cementerio de la ciudad. Durante la ausencia de mi pobre padre,

arrancado casi moribundo de su casa, en el momento de morir mi madre, y

ausentes además sus hijos, se olvidaron de que la difunta había

manifestado varias veces su preferencia por el cementerio de

Saint-Point, a la sombra de la pequeña iglesia de la aldea, en aquel

valle tranquilo y delicioso donde gustaba tanto su piedad de recogerse

durante sus residencias veraniegas. No encontré para besar más que las

crudas tablas de su vacío lecho de muerte, el suelo de su cuarto, el

umbral de la puerta por la que su ataúd había pasado al salir entre los

tristes ecos de llanto general de la población, para ir a descansar en

el campo de la muerte. De súbito, rebelose mi corazón por la idea de un

deseo no cumplido de aquella santa mujer después de su transfiguración,

e igualmente contra la idea de no poder ver aquellos sagrados restos más

que al través de la multitud de muertos desconocidos o indiferentes.

Resolví, pues, ya que todavía era tiempo, reparar, en lo que dependiese

de mí, aquella negligencia que me demandaba una secreta voz, exhumando

aquellos restos para conducirlos al lugar de su predilección. Creía yo

que la eterna distancia había de acortarse entre aquella alma y la mía

si sus restos descansaban a la sombra de nuestra morada, en el vecino

cementerio junto a la iglesia de Saint-Point. Si he de decirlo todo,

había también en aquella pretendida exhumación un pretexto para

aprovechar la ocasión de mirar por última vez aquel rostro querido,

antes de que se volviera polvo con el transcurso del tiempo.

El ataúd no tenía signo distintivo de ninguna especie que le

diferenciase de los demás, así como tampoco había el sepulturero

señalado el sitio donde se hallaba sepultada mi madre; debía ser abierta

nuevamente la fosa, a fin de asegurar que nuestra piadosa intención no

fuese burlada, y no nos llevásemos unos restos desconocidos en lugar de

los de mi madre.

¡Olvidemos aquellos lúgubres detalles! Durante la noche se realizó todo

como era mi deseo. Separose la nieve amontonada sobre el surco de la

muerte, y encontramos a tientas, entre otros, el ataúd que buscábamos.

Filiberta, que era quien había amortajado a su querida señora, la

reconoció. Ella misma abrió el ataúd a la luz de unos cirios para que

pudiera yo entrever aquel rostro dormido. Era mi madre en toda su

belleza, menos la de los ojos, pero flotando su mirada al través de la

eternidad; mis labios tocaron con cariño y horror aquella frente, ¡aquel

ataúd, al volverse a cerrar, guardaba ya mis lágrimas! Yo velé solo, y

después con Filiberta, esperando la hora de la noche en la cual los

aldeanos de Milly debían ir llegando uno a uno y sin ruido, para llevar

sobre sus hombros, a través de cuatro horas de marcha, el cuerpo de su

señora. Al punto emprendimos a pie nuestro camino, sobre una inmensa y

gruesa sábana de nieve helada, al través del prolongado arrabal que va

de la ciudad a las primeras colinas de nuestro horizonte de montañas.

Aquel lúgubre cortejo estaba rigurosamente limitado a mí, ¡a mí

únicamente entre todos los miembros de la familia!... a los quinteros y

cultivadores de las tierras de Milly y a las mujeres y niños de aquellos

buenos hombres, que bajo sus pobres vestidos de luto habían creído, por

derecho de ternura, poder seguir al jefe de la familia, prolongando

sobre el camino la negra fila de plañideras cuyas lágrimas no era

preciso comprar. Ni una voz, ni un cuchicheo salió, durante el largo

trayecto, de aquella multitud. Nada se oía sobre la endurecida nieve,

más que el chocar de los zuecos de madera de las mujeres que llevaban a

sus hijos de la mano y, de cuando en cuando, el ruido sordo y cavernoso

del ataúd de encina, recibiendo una ligera sacudida, al cambiar de

sitio sobre los hombros de los portadores que se relevaban a porfía bajo

la carga para nosotros sagrada.

A dos horas y media de camino de la ciudad, dejamos la carretera

principal, para internarnos por una senda empedrada de témpanos, que

sigue la empinada colina que conduce al pueblo de Milly. En todas las

casas sus moradores estaban en vela y esperándonos; veíase en el umbral

de todas las chozas, algún viejo o algún niño teniendo en la mano un

velón de cobre, alumbrando temblorosos sus rostros pálidos y llenos de

lágrimas, tiritando de frío en aquella helada noche de diciembre.

Al llegar al patio de la casa, los portadores, seguidos de toda la gente

de la aldea, subieron las cinco gradas de piedra, colocando a la entrada

el ataúd; allí mismo, donde ella tenía costumbre de recibir todas las

mañanas a los pobres y a los enfermos, distribuyendo alimentos, caldo,

medicinas, ungüentos, trapos y vestidos, curando de rodillas las llagas

de los heridos. Aquellos mismos bancos de nogal, sobre los cuales

extendían sus piernas deformes o mutiladas, los pobres heridos o

enfermos, servían en aquel entonces para sostener el ataúd. Así, puede

decirse, que aun después de muerta se apoyó sobre los propios

instrumentos de su caridad. Un llanto general surgió en aquel momento de

los mil comprimidos corazones de todo aquel pueblo de aldeanos.

Cada uno de ellos se iba acercando a la pila de agua bendita de su

lecho, para mojar una rama de boj y esparcir aquella agua, mezclada con

sus lágrimas, sobre el ataúd. Durante esta parada, bajo el modesto techo

de su juventud y de sus amores, retiréme, yo solo, dentro de su cuarto,

sumergiendo mi rostro entre las almohadas de aquel lecho vacío, desde

donde escuchaba el prolongado choque de los zuecos de los hombres y

mujeres que subían y bajaban sin cesar, las gradas de piedra de la

entrada, para ir a su turno a arrodillarse y orar junto al vestíbulo.

Así estuvimos esperando los primeros resplandores del alba, antes de

emprender nuestra ruta por los elevados desfiladeros de la montaña,

cubierta de nieve en polvo, revuelta por el viento norte, allanando los

senderos y llenando los surcos. Aquellos senderos podían resultar por la

noche peligrosos para el reducido cortejo que debía trasladar el cuerpo,

desde la casa de Milly, al cementerio de Saint-Point.

Tan luego el alba apareció por las lejanas cumbres de los Alpes,

volvimos a emprender nuestra marcha, escoltados hasta la altura de la

primera colina que domina el jardín y las viñas, por todos los

habitantes de la aldea. Nos despedimos de toda aquella gente, a la que

parecía que arrancábamos su providencia, a la entrada del valle,

internándonos nosotros con un pequeño grupo de ocho aldeanos vigorosos,

por el escabroso y estrecho desfiladero que sube hasta el pico de

aquellas montañas llamado «La cruz de las señales.»

Iban delante cuatro hombres explorando el camino y separando la nieve, y

otros cuatro conducían el féretro. Yo seguía solo a mi madre, por las

huellas que mis conductores dejaban sobre la nieve que en algunos puntos

nos llegaba hasta la rodilla. Sólo el silbido producido por el viento

norte se dejaba oír en aquellas soledades. Dos pajaritos extraviados,

tiritando de frío, sin ver ningún punto sólido en que posarse, vinieron

a descansar un momento sobre el paño de luto que cubría el féretro y que

los portadores habían dejado en la saliente de una torrentera, mientras

rompían con su cuchillo la nieve helada en sus zuecos de madera. ¡No sé

por qué aquellos pobres pájaros extraviados, buscando asilo y socorro

sobre un ataúd, me hicieron derramar lágrimas abundantes! ¡Aquello me

recordó, sin duda, cuántas miserias y cuántas tristezas habían

encontrado asilo en aquel corazón mientras tuvo vida! Los tristes

pajarillos gorjearon durante algunos minutos uno o dos trinos

plañideros, emprendiendo luego el vuelo hacia la parte de Saint-Point,

delante de nosotros. Pensé en aquel momento en las dos almas de Cesarina

y Susana, llegando a figurarme que habían venido bajo aquel símbolo

alado, para recoger la de su madre, precediéndola en el lugar de su

descanso eterno. ¡Cómo se explica uno las supersticiones del corazón

cuando se encuentra éste emocionado y lejos de la influencia de la

razón! Hay momentos en los que todo hombre es mujer, en los que toda

virilidad es apagada por las lágrimas.

Nuestro viaje, cuya distancia se recorre durante la primavera en un par

de horas, duró siete, en medio de aquel océano de nieve, cuyas grandes

oleadas parecía que iban a tragarnos a cada instante. Había sitios entre

las torrenteras, tan profundos y peligrosos, y en los cuales sólo nos

guiábamos por los negros y gigantescos esqueletos de los castaños

inclinados sobre el abismo, que en ellos nos hubiéramos precipitado y

perecido, sin la destreza y el vigor de los sufridos aldeanos de Milly.

El peso de su preciosa carga les infundía sin duda confianza y valor.

Llegábamos a Saint-Point al caer de la tarde. Depositamos (como habíamos

hecho en Milly), el ataúd en el cuarto y sobre el lecho de mi madre, el

cual, después de algunos años, vino a ser el mío. Yo me encerré en un

aposento que une al gabinete con el dormitorio, y extendiendo un colchón

sobre el suelo, empecé allí la vela, teniendo abierta la puertecilla de

comunicación: era la postrera noche que aquellos sagrados restos debían

pasar bajo su antiguo techo. ¡No sé por qué me figuraba yo que

prolongaba su presencia a mi lado al prolongar yo al suyo mi vigilancia!

¡Sólo Dios sabe las lágrimas, las invocaciones, las bendiciones y

revelaciones de aquella noche! Falto de fuerzas, me quedé dormido al

amanecer, cuando la campana llamaba ya las gentes de los lejanos

caseríos situado en las dos altas cadenas de montañas, a la ceremonia de

la segunda sepultura. No fue ésta todavía su sepultura última, porque

por una extraña coincidencia de circunstancias no premeditadas, parecía

que la tierra tomaba, devolviendo y volviendo a tomar a su vez, aquellos

restos tan venerados y queridos, que parecía no haber medio de

desasirnos de ellos, disputándolos hasta la misma tumba. Al dirigir sus

miradas desde la ventana, sobre las dos inmensas pendientes de nieve que

formaban el valle, pude observar cómo descendían unas como nubes negras

por ambas pendientes, dirigiéndose a la iglesia y al castillo; aquellas

manchas eran formadas por la agrupación de cuantas gentes viven en

aquellas colinas. Toda la comarca congregada en duelo, enviaba, en alas

del viento, un prolongado y general gemido.

Nada había dispuesto en el cementerio para una sepultura definitiva. La

muerte nos había sorprendido sin tumba. Si a nuestra madre se le hubiese

consultado (como se consultó después a nuestro padre), sobre el modo y

el lugar de su reposo eterno, su humildad y su desprendimiento por

cuidados semejantes, la hubieran, sin duda alguna, hecho pedir en su

testamento el sitio que los pobres ocupan en la fosa común. Pero no tuvo

tiempo de hacerlo; solamente había indicado vagamente alguna vez el

deseo de ser enterrada en Saint-Point. Yo no podía decidirme a dejar

perder por mí, por mis hermanas y por la innumerable familia de

aldeanos, tan parientes por el corazón como nosotros por la sangre, el

vestigio de aquellas venerables reliquias bajo un poco de hierba o de

musgo roído continuamente por los carneros en el cementerio de la

aldea. Era indispensable para semejantes reliquias un relicario

adecuado. Determiné, por lo tanto, elevar un modesto panteón de familia

donde poder reunirnos, si Dios quiere dejarnos morir, donde juntos

habíamos vivido, sufrido y amado tanto.

El sitio y la disposición del jardín de Saint-Point se prestaban

perfectamente a la realización de mi idea. Hay una colina elevada, como

el pedestal de un templo antiguo, en medio del valle que conduce a la

iglesia y al castillo. La iglesia está situada en el terraplén y dentro

del recinto el castillo, lo cual indica a primera vista haber sido en

otros tiempos una dependencia y que, durante las pasadas edades, no era

otra cosa que la capilla de la mansión feudal. Hoy día, los jardines de

aquella mansión no están separados del rústico cementerio más que por

una cerca de bosques y avellanos y por algunos viejos nogales, cuyas

nueces, a merced de los pastores, como de todo el mundo, caen sobre las

tumbas de los muertos. Los negros muros y el romántico campanario de la

iglesia, unen en verano el umbrío fresco de su sombra a la sombra de la

cerca de avellanos, dando a aquella parte del jardín un aspecto especial

de oscuridad y recogimiento como la melancolía de un santuario. Este era

el lugar predilecto de nuestra madre durante las cálidas horas del

mediodía en la estación de las recolecciones. Veíala yo desde las

ventanas de mi cuarto, sentada, con el libro o el rosario en la mano,

sobre un poyo de madera adosado a un cerezo que domina el zarzal, cuyas

negras ramas, cuajados de fruto, se inclinaban sobre su cabeza.

En medio de mi desesperación, experimentaba yo un dulce consuelo

pensando en que mi madre iba a descansar para siempre en aquel lugar de

su predilección en vida; en la misma sombra y bajo el mismo césped

cubierto de hierba, de hojas y de frutos; en aquel jardín donde tantas

veces había rezado, leído o meditado sobre el porvenir de sus hijos.

Acordé construir allí mismo y sobre un terreno de propiedad particular

el sepulcro que había de ser en lo sucesivo el objeto más estimado por

nosotros. Pero como nadie puede responder hoy de inmovilizar ninguna

propiedad, aunque se trate de la sepultura de una familia, y como la

adversidad puede traspasar una tumba, lo mismo que otra propiedad

cualquiera, de una familia a otra, me asusta el caso de que puedan

entrar un día los acreedores u otras personas indiferentes en posesión

del castillo y de sus jardines, y no quiero yo, de ninguna manera, que

nuestros hijos ni nuestros nietos resulten desposeídos por expropiación

o venta, de los restos de una madre como de una cosa mundana y sin

importancia, pasando el mejor día de mano en mano. Semejante

profanación, próxima o lejana, llenaba de escrúpulos mi corazón. Medité,

pues, y resolví luego lo que cumplí más tarde y fue: hacer donación al

pueblo de la parte de nuestro jardín sobre el cual se elevara el

sepulcro, con la obligación de impedir la profanación o la enajenación

de ellos; y porque esta carga no resultase jamás onerosa a la parroquia,

yo me encargaba en cambio de concederle sobre la colina, al lado de la

iglesia, el terreno para construir una casa rectoral que le hacía falta.

Encargándome yo mismo de costear el edificio. Esta ley no podía ser

negada por el Municipio: aceptó el contrato tan ventajoso para él y que

yo le propuse, y fueron a su tiempo firmadas las concesiones sin

dificultad alguna.

No queriendo yo que durante mi vida o la de las personas de la misma

sangre que después que yo poseyeran aquella morada, el sepulcro,

enclavado igualmente dentro del cementerio y del jardín, fuese

substraído a nuestros ojos y a nuestro culto doméstico, proyecté (y

puse en práctica este proyecto en el más breve tiempo), un simple muro a

la altura conveniente, tapizado de hiedra, al objeto de que dicho muro

sirviese de límite entre el jardín y el cementerio, y que también nos

permitiese apoyarnos desde dentro sobre el sepulcro y elevar nuestras

recuerdos, nuestras oraciones y nuestras lágrimas sin ser vistos de

nadie. Durante aquella lúgubre noche, junto al féretro, del que por la

mañana debía separarme, el instinto de ternura que residía en mí ante la

última separación, me hizo concebir y combinar maquinalmente la creación

de semejante sepultura; ya había yo empezado a entreverla allá en Mâcón,

y ya había también obtenido del Gobierno autorización de colocar el

ataúd bajo las losas de la iglesia, dentro de la vasta sepultura de los

antiguos señores de Saint-Point, de la ilustre casa de los Rochefort.

¡Cuánto yo hubiera dado entonces para que el milagro que se produjo un

siglo antes en aquella misma sepultura, se hubiese reproducido ante mi

vista y la de mi padre!

He aquí lo sucedido: Una joven marquesa de Saint-Point, a la que se

creyó muerta a causa de un prolongado desvanecimiento, acababa de ser

enterrada en una fosa abierta en la bóveda de la sepultura; ya la piedra

que debía cerrarse bajo los pies del sacerdote estaba colocada sobre el

sepulcro. La noche del enterramiento, al bajar el campanero de tocar el

_Angelus_, le pareció oír gemidos bajo las losas sepulcrales. Lleno de

espanto fuese en seguida el campanero a dar cuenta a las gentes del

castillo de lo que había oído. Acudieron inmediatamente así el marido

como sus desconsolados deudos y sirvientes y oyeron en verdad la voz

subterránea. Levantose la piedra sellada desde la mañana, bajose a la

tumba y encontrose viva a la que creían muerta. Volviéronla en brazos de

todos y trocado el llanto en regocijo a su morada; y la joven y bella

condesa dio prolongados años de felicidad a su esposo antes de

descender, verdaderamente muerta, al sepulcro.

Yo había oído contar frecuentemente durante mi niñez al mismo campanero

y a su vieja esposa semejante _milagro_, del que habían sido testigos y

del cual se acordaban como ellos, los viejos. Pero ¡ay! ¡no se repiten

los prodigios tan fácilmente!

Al despertar el alba, fue transportado el ataúd de su lecho a la

iglesia; seguidos por el llanto y el duelo de doce aldeas, atravesaron

los restos de mi madre el jardín por el mismo sendero de los avellanos,

donde yo había visto frecuentemente volver de la iglesia a aquella

virtuosa mujer, radiante o compungido su rostro de dicha y de piedad.

Mis propias manos ayudaron a bajar y colocar el cuerpo de mi madre en su

eterna mansión.

Después de esta triste operación, me dirigí solo a la casa y me encerré

en mi cuarto. Las lágrimas tienen su pudor como tantos otros

sentimientos encerrados en lo más profundo del alma humana. Me dejé caer

sobre una silla, la mano derecha sobre la cabeza y fijos los ojos en la

iglesia, oía involuntariamente el toque melancólico de la campana, de

cuyas vibraciones tanto gustaba, y que, llorando entonces, llevaba mi

llanto entre sus sonidos a todas las colinas, penetrando en las cabañas

de mis buenos amigos los campesinos.

Recuerdo solamente que los pensamientos que tuve aquella noche, hijos de

la debilidad y de la fiebre producida por tantos días de emoción y de

insomnios se producían en mi cabeza vacía de ideas, al ruido del badajo

de hierro sobre el bronce, mientras lloraba el cadencioso unísono de la

campana.

Y no recuerdo más...

Breve sueño adormeció mis sentidos al venir la mañana. Después emprendí

de nuevo, acompañado de mis guías, bajo un sol glacial de invierno, que

parecía un sarcasmo a la estación y al dolor, los nevados senderos de la

montaña, en los que, a cada paso, corríamos un nuevo peligro de ser

sepultados. Tenía necesidad de ir corriendo a consolar a mi padre.

Nuestro invierno fue algo más que un simple y frío invierno...

¡Así perdimos nosotros nuestra madre, y nuestra pequeña comarca su

providencia, su santidad y su gracia!

¡Conservemos para nosotros aquella memoria! Por eso he copiado su

manuscrito. Nosotros desapareceremos de la tierra uno a uno, acaso no

tardando mucho, y llevaremos con nosotros el recuerdo de tanta ternura y

tanto dolor.

Conservarán por algún tiempo estas páginas las huellas de la familia;

pero después, también se trocarán en ceniza como nosotros. A esto queda

reducido el libro; a esto queda reducida una generación.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 233 / 235 题