Milly, 21 de octubre de 1829.
¡21 de octubre!... ¡aniversario del nacimiento de mi hijo primero!... me
encuentro sola y deseo consagrar este día a las reflexiones que me
alientan y fortifican contra la muerte. ¡Cuántas vueltas y revueltas
tengo dadas durante mi vida, en estos mis paseos, meditando, con el
rosario en la mano unas veces, y otras, plegadas ambas manos, cuando
nadie de la casa podía verme, rogando o meditando arrodillada en la
hierba! ¡Ay, Dios mío! ¡lo que hubiera pasado por mí, durante mis
tribulaciones exteriores e interiores, sin la caritativa bondad de Dios
y si su imagen divina no se me hubiese presentado en mis pensamientos y
no me los hubiese sugerido más santos y más consoladores que los míos,
no es posible adivinarlo! Es una gracia inmensa, lo reconozco, que mis
aficiones por el recogimiento en Dios, me hayan hecho robar casi
diariamente, durante mi vida, algunas horas o solamente algunos minutos,
para ocuparme exclusivamente de El. Hoy es uno de los días en que le he
sentido más que nunca, y me he encontrado bañada en llanto, sin darme
cuenta de ello, mientras paseaba; parecía que mi vida se rejuvenecía,
que mi alma tomaba cuerpo y se disponía a presentarse a mi creador, a mi
juez...
¡Ay de mí!; ¡que su juicio, próximo a emitirse, sea indulgente!
Yo me he visto a mí misma como si fuese ayer; jugando, niña inocente,
entre las alamedas de Saint-Cloud; luego, más tarde ya, joven canonesa,
rogando y cantando en el templo del cabildo de Salles, triste y
pesarosa, cuando no emitía la voz como mis compañeras.
* * * * *
El motivo de no haberme consagrado yo absolutamente a la contemplación
de lo eterno, a los cantos del breviario y a las alabanzas del Señor en
la soledad de aquel claustro entre lo eterno y mundano, fue... porque vi
al que después fue mi marido, joven y buen mozo, vistiendo su brillante
uniforme, cuando vino a visitar a su hermana la canonesa Mme. de
Villars, en cuya casa había yo sido confiada de tutela, como de mayor
edad y más experiencia de la vida.
Entonces, pude observar que el gallardo oficial me distinguía entre
todas, y que aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para venir
a visitar a su hermana en el cabildo; yo misma sentía también cierto
efecto hacia aquella noble expresión, aquella gracia militar, aquella
franqueza de su mirada, y aquel su altivo ademán que no parecía amable
más que a mi lado. He sentido también la misma emoción de gozo que
experimenté y quedó encerrada dentro del corazón, cuando me hizo, por
fin, interrogar por su hermana para saber si consentía yo en que me
demandase en matrimonio; después, nuestra primera entrevista delante de
su hermana, nuestros paseos por los alrededores del colegio en compañía
de las canonesas de más edad, la demanda y los grandes obstáculos de la
familia, y las muchas lágrimas vertidas durante los tres años de
incertidumbres, mientras rogaba a Dios, para obtener el milagro del
consentimiento de su familia, que llegó a parecerme imposible; en fin,
los años de dicha y de ventura, en la humilde soledad de Milly, tan
humilde entonces como actualmente; mi desesperación cuando, apenas
casados, él, sacrificándolo todo, incluso a mí, corrió desesperado a
París para cumplir su deber de simple voluntario de la Casa Real,
durante el célebre 10 de Agosto; la protección divina que le hizo
escapar del jardín de las Tullerías cubierto de sangre; su huida, su
vuelta aquí, su encarcelamiento, mis inquietudes por su vida, mis
visitas a las rejas de su cárcel, donde yo le llevaba nuestro hijo para
que le abrazara al través de los hierros, mis excursiones con mi hijo en
brazos por toda la ciudad, tanto en Dijón como en Lyón, para enternecer
a los severos representantes del pueblo, donde una sola palabra
pronunciada por ellos podía ser para mí la vida o la muerte; la caída de
Robespierre, la vuelta a Milly, el nacimiento sucesivo de mis siete
hijos, su educación, sus casamientos y la desaparición de la tierra de
aquellos dos ángeles, de que los otros... ¡ah! no me consolarán jamás.
¡Y después, el descanso que sigue a tanta fatiga! El descanso, sí, al
mismo tiempo la vejez, porque yo voy envejeciendo, todo me lo indica con
la mayor claridad; por ejemplo: estos árboles que yo he plantado, estas
enredaderas que yo misma planté en la parte norte de la casa, con el
objeto de que no mintiesen los versos de mi hijo cuando describe a Milly
en sus _Armonías_ y la espesura que cubre actualmente todo el muro desde
los sótanos de la casa hasta el tejado; estas mismas paredes que van
cubriéndose de musgo, estos cedros que eran altos como mi última hija
Sofía a la edad de cuatro años, y que ahora me dejan pasar libremente
bajo sus ramas más elevadas que mi frente; todo, todo en fin, me dice
con muda y aterradora elocuencia, que voy envejeciendo, y que mi vida es
corta. ¡Ah! Sí, Dios mío... Cuando veo las tumbas de muchos viejos
vecinos que he conocido jóvenes, y sobre las cuales paso yo ahora cuando
voy a misa, pienso con tristeza que mi estancia en la tierra no puede
ser eterna, y que no puede tardar en abrírseme la eterna mansión: y las
lágrimas se me saltan cuando pienso en lodo lo que debo dejar a mi
partida: mi pobre marido, compañero fiel de mi juventud, que si bien no
está postrado en el lecho, sufre continuamente y necesita de mí, hoy
para sufrir, como ayer para ser dichoso: después mis hijos, ¡los hijos
de mi corazón!...
Alfonso y su esposa, a la que considero, por su ternura y por su virtud,
como una sexta hija; Cecilia y sus encantadores pequeñuelos, tercera
generación de corazones que aman y que han de ser amados; y luego,
aquellos que faltan y que me siguen como mi sombra sigue al sol
poniente, cuando yo paseo y medito en estas soledades. Mi Cesarina, la
que fue mi orgullo por su belleza encantadora, sepultada lejos de mí,
detrás de ese horizonte de los Alpes, de donde veo continuamente surgir
su recuerdo. Mi Susana, aquella santa que anticipadamente ostentó
alrededor de su frente la santa aureola y que Dios me quitó para que yo
pudiera ver en su recuerdo la imagen de un ángel de pureza. ¡Muertos los
unos, ausentes los otros!...
¡Otra vez sola, como antes de haber producido fruto alguno! ¡Los unos en
tierra, como la de estos árboles, los otros han sido llevados, lejos de
mí, por el jardinero del cielo! ¡Ah! ¡Qué pensamientos! Cómo me atraen y
persuaden dentro de ese jardín, y luego me arrojan de él, cuando han
henchido mi corazón y se va su sangre derritiendo en agua. ¡Ese pedazo
de tierra es para mí el «huerto de las olivas!» ¡Dios mío! ¡Este fue
para mí, el jardín delicioso que Salomón describe en su cantos; y hoy,
desierto y despojado de atractivos, sirve para que en él pueda recordar
mejor la muerte, con el pensamiento puesto en el Salvador del mundo, a
quien me figuro con el cáliz de la amargura en la mano preparándose a
desprenderse de este mundo impulsado por su divina gracia! ¡Y cuánto
adoro yo a este huertecito! Tanto por los vacíos que la muerte y el
tiempo han ido haciendo en torno mío, como cuando al dirigir mi vista
allá, en el fondo, bajo los tilos, para ver si alcanzo a distinguir los
vestidos blancos de los pequeñuelos, o cuando escucho para ver si oiré,
como otras veces, las alegres voces de mis hijos al encontrar alguna
flor o algún insecto entre sus espesuras. ¡Qué le he dado yo a Dios para
que me diese en propiedad este rincón de tierra y esta casita, de los
que algunas veces heme avergonzado por su aridez y su insignificancia,
pero que constituyeron el albergue dulcísimo de mi numerosa familia!
¡Ah! ¡Que sea El bendito, mil veces bendito este nido, y que después de
mí pueda abrigar aún a todos aquellos que me sucedan!
Dejemos esto: oigo la campana de Bussieres que toca el _Angelus_; vale
más rogar que escribir. Secaré mis lágrimas y diré, para mí sola, aquel
rosario al cual mis pequeñuelas respondían siguiéndome otras veces, y
que oirán hoy solamente los gorriones que se acuestan debajo de las
hojas o en las grietas de las piedras. No, no, mil veces no, es un error
perjudicial enternecerse, es preciso guardar las fuerzas para los
deberes que estoy obligada a llenar; cuando se está sobre el borde de la
tumba, las lágrimas, dice, no sé en qué parte, la Escritura, debilitan
el corazón del hombre. ¡Hoy necesito del mío como en mis tiempos
mejores!...