Mi pobre Alfonso es el que me ayuda a soportar los días de mi vejez, de
un modo admirable; me colma de obsequios y atiende solícito a mis
apuros, sean del género que quieran. Acaba de encargarse últimamente de
pagar, por nosotros, la pensión de seiscientos pesos que debemos a mi
cuñada Mme. de Villars. Consigno aquí todos esos rasgos de su cariño
hacia mí, y renuevo entre las satisfacciones de mi corazón, las mil y
mil bendiciones que yo debo a Dios por los buenos hijos que me ha
concedido.
Alfonso no se encuentra aquí en este momento; está en su propiedad de
Montculot, junto a Dijón; acaba de rehusar el llamamiento que le ha
hecho el nuevo ministro, M. de Polignac, con la intención de asociar su
nombre a un ministerio que no parece del agrado de la opinión. M. de
Polignac ha insistido, y mi hijo le ha contestado que de ninguna manera
quisiera él arriesgarse a ser cómplice de un golpe de Estado contra la
_Carta_: que este golpe de Estado, en su opinión, derribaría los
Borbones; que él sabe perfectamente que M. de Polignac no abriga
actualmente la intención de darlo, pero que la hostilidad recíproca
entre el ministerio y el país, llevaría mal de su grado a monsieur de
Polignac a un resultado fatal; termina rogando a M. de Polignac que se
sirva olvidarlo para estos asuntos.
Alfonso me ha mandado esta carta, la cual encuentro, por desgracia,
llena de razonamientos que convencen, pero que acaso interrumpirán las
relaciones que tiene entre sus amigos, y entorpezcan su carrera
diplomática. Yo considero que esto fuera una desgracia para mi hijo,
pero, estoy contenta de que obre conforme a sus principios, aunque a
trueque de perder su bienestar. La opinión es la conciencia de los
hombres políticos. Acaso esta conducta le sea favorable para el
porvenir, porque las circunstancias han de cambiar necesariamente.
Hay en este momento una plaza vacante en la Academia Francesa: muchos
académicos, entre otros M. de Lainé y M. Royer Collard, han escrito a mi
hijo para que se presente candidato, en la seguridad, dicen, de ser esta
vez admitido. El ha rehusado con una altivez que no me atrevo a
calificar; dice que donde se le ha esquivado la primera vez, no quiere,
a ningún precio, solicitar la entrada nuevamente; como no es posible
nombrar un candidato que no visite de nuevo a los académicos, no creo,
por lo tanto, que se le nombre a él. Mi amor propio ambicioso, sale
mortificado con esta su determinación, pero que Dios le humille lo
celebro «con toda mi alma».
Es forzoso, por lo tanto, que consigne una gran satisfacción que tuve
luego; mi vanidad de madre se manifiesta demasiado, ya lo comprendo,
pero... En una sesión pública celebrada por la Academia de Mâcón, hará
unas tres semanas, a la cual asistió una multitud inmensa, todo el
consejo general, todas las notabilidades de la ciudad y sus
inmediaciones, leyéronse muchos e interesantes trabajos; M. de
Lacretelle, un capítulo de la «Historia de la Restauración»; M. Quinet,
joven gallardo y distinguido por sus conocimientos, un fragmento de un
«Viaje a Grecia»; Alfonso debía recitar versos, se le esperaba con
impaciencia; cuando llegó su turno, resonó un aplauso general; la
concurrencia se puso en movimiento gritando, la mayor parte, que quería
verle; colocose en un sitio convenientemente elevado para poder
satisfacer los deseos del público, y empezó por una breve improvisación
en prosa, suplicando y agradeciendo la benevolencia de sus conciudadanos
y manifestando cuánto era su agradecimiento por el anticipado favor que
se le dispensaba; este exordio gustó muchísimo y los aplausos se
repitieron con entusiasmo. Luego recitó una epístola dirigida a M. de
Bienassis, en la cual se encierran trozos de poesía tiernísima; se le
interrumpía frecuentemente con murmullos de aprobación; Mariana y yo
estábamos verdaderamente emocionadas; luego se nos colmó de
felicitaciones y, ¿por qué no decirlo?, de dicha y orgullo; lo cual me
parece algo perdonable. Dios lo quiere y El ve y sabe bien, que lo que
yo deseo es que el talento de mi hijo sirva para honrar su santo nombre.
Hablemos ahora de mis hijas, cuyas bellas cualidades me enorgullecen
igualmente. Me gusta mucho recitar continuamente y con el pensamiento
puesto en Dios, desde las arboledas de Milly, bajo la sombra de la casa
que ha visto nacer a todos mis queridos hijos, este versículo de los
Salmos: «Señor, ya que habéis sido mi tranquilidad y mi esperanza en los
días de mi juventud, ¡no me dejéis abandonado, en los de mi vejez!
¡Cuando las fuerzas me faltan, no me retiréis vuestra diestra mano!»
¡Basta! ¡basta!... Yo debo empezar a reflexionar seriamente sobre la
decadencia de mi vida; si miro adelante, corta; y larga si dirijo hacia
atrás la vista, porque veo los muchos deberes que he debido cumplir.