Milly, julio 1826.
Hace tres días que estoy en Milly, donde me encuentro perfectamente: yo
desearía continuar aquí pero con mi esposo y Sofía. ¡Es muy triste para
los unos y para los otros el tener que vivir separados!... ahora parece
que siento más que antes la separación; ello debe ser la vejez que
avanza rápidamente: ya he perdido, puede decirse, por completo, aquella
actividad física y moral que me hacía gozar de la vida aun en la misma
soledad; siento, por el contrario, el peso de los sesenta años que voy a
cumplir; apenas puedo persuadirme de ello, pero no hay remedio; y sin
embargo, no estoy triste, ni mucho menos, pero sí quisiera que Dios me
hiciese la gracia de que pudiese emplear bien el poco tiempo que me
resta de estar en este mundo, y de no pensar más que en prepararme
debidamente para el otro, adonde con tanta ligereza me dirijo. Porque
estoy todavía completamente distraída y demasiado ocupada en cosas
terrenales; he visto (quién sabe si con demasiado interés), la belleza
de nuestros viñedos; ha habido una sequía atroz que los ha perjudicado
mucho; pero ahora, sobre todo aquí, han reverdecido un tanto y presentan
un hermoso aspecto con sus verdes pámpanos cargados de nacientes
racimos. ¡Nuestro porvenir está suspendido de los sarmientos de estas
cepas!... Es el hombre exactamente igual que el insecto que roe una
hoja, y que muere si la hoja perece. ¡Dios mío... proteged nuestras
plantas y sobre todo las de nuestros pobres campesinos!
Alfonso es el encargado de los negocios del rey en Toscana, Lucca y
Parma, y como quiera que todos los embajadores están fuera de Italia
(excepto el de Roma), le han aumentado la asignación en cuatro mil
pesos. Todos están contentos de él, y él parece estarlo también de la
posición que ocupa; únicamente que representa a su país con un poco más
de lujo del que yo quisiera; pero creo que, a pesar de ello, la
Providencia no le abandonará nunca.
Yo me acuerdo mucho de él, pero me paga mi cariño sobradamente,
acordándose también de mí; con la mayor ternura y solicitud recuerda y
le preocupan mis pequeñas obligaciones, y aquellas penas e
intranquilidades que me ocasionaron sus travesuras juveniles. Sería yo
una de las mujeres más dichosas si no hubiese perdido aquellas dos joyas
de mi maternal corona: ¡ah! ¡qué gran vacío encuentro sin su compañía
cuando al caer de la tarde paseo por mi jardín! ¡mis ojos y mis sentidos
todos las buscan inútilmente por todas partes! Es preciso irme
desprendiendo poco a poco, de buen o de mal grado, de este bajo suelo;
ya siento en mí la noche; ¿cuántas horas me faltan contar aún en este
negro abismo? Dios lo sabe; yo no he de contarlas, porque estoy
entregada a El absolutamente; lo que sí le pido, es que me retenga aquí
el tiempo necesario para ganar su estimación.
He dado principio a un trabajo que acaso durará lo que mi vida. Consiste
en una alfombra tapizada para el gabinete que Alfonso tiene en
Saint-Point. Cuando yo haya muerto, él pensará sin duda, al poner sobre
ella los pies, que en cada una de sus mallas iba yo encadenando, en mi
tiempo, un pensamiento para él. ¡Ay! este frágil tejido durará, por lo
menos, cien años; y tanto mis hijos como yo, habremos ya dejado de
existir... Estoy triste, muy triste.