Domingo, 3 diciembre de 1826.
Según parece, existen algunas probabilidades de casar a mi Sofía; si
esto se realiza, mi obra quedará terminada: entonces podré decir como el
viejo Simeón: «Basta, Señor, relevad a vuestro siervo». El pretendiente
es un hidalgo de Mende, en las montañas de Cévennes, llamado M. de
Ligonnés. Dicen que es persona de carácter y que posee una fortuna que,
sin ser muy grande, será suficiente para que vivan con desahogo: aquel
país no es un país de lujo, y mi Sofía es la razón y la piedad misma.