De nuevo vuelve mi madre a abrir su _diario_, interrumpido por algunas
semanas, transcurridas entre viajes y ocurrencias de géneros diversos.
* * * * *
Mâcón, 3 de julio de 1820.
Desde el día 31 de mayo han sido tales mis ocupaciones, que no me ha
sido posible consignar en este _diario_, un hecho altamente interesante
y que es de los más importantes de mi vida.
El casamiento de mi hijo Alfonso ha tenido lugar el 6 de junio en la
iglesia propiedad del gobernador de Chambery. Mi hija política pasó en
el retiro más completo los días que precedieron al de la boda. La
ceremonia tuvo lugar a las ocho de la mañana, habiendo asistido a ella
el gobernador y su esposa, el ayudante de campo del gobernador, la
marquesa de la Pierre y sus cuatro hijas, el señor conde de Maistre, M.
de Vignet y la señorita Olimpia, su hermana, y monseñor el obispo de
Annecy; celebró la misa y consagró el matrimonio el abate de Etioles.
Mi nueva hija vestía con toda la seriedad y elegancia imaginables;
llevaba un magnífico vestido de muselina bordada, y un riquísimo velo de
encaje que la cubría casi por completo; imposible imaginar otra
presencia tan llena de dignidad, de gracia y de modestia. ¡Qué modales
tan elegantes y tan llenos de naturalidad!... Yo estaba afectadísima y
no me es posible referir todo lo que pasó por mí al ver llegado para mi
hijo el momento más solemne e importante de su existencia; he rogado a
Dios con mucho ardor, pero debo reprocharme, como me reprocho todavía,
el no haber rogado lo bastante; ¿cómo puede una madre dar gracias
suficientes por las alegrías de su corazón, cuando llega a tocar para su
hijo el colmo de cuanto podía desear? La misión de las madres sobre la
tierra, termina con el día en que ven asegurada la dicha de aquellos que
son sangre de su sangre.
Espero rezar al pie de estos mismos altares, por iguales ceremonias,
alguna vez más, porque hoy me han hablado de un buen partido para mi
hermosa Susana; ¡dichoso, dichoso aquél a quien Dios tenga destinada la
posesión de semejante ángel!
Alfonso, su esposa y su madre política, han partido para Italia después
de la ceremonia, yendo a ocupar en Nápoles su puesto junto al duque de
Narbona.
Me he llevado conmigo a mi pobre Cesarina hasta. Mâcón, a fin de
consultar por su salud con los médicos de Lyón; se encuentra algo
enferma: Dios parece que quiere mandarme algunas penas proporcionadas a
mi felicidad. He encontrado igualmente a mi buena amiga, Mme. Paradis,
mi segunda hermana en todo conceptos, muy enferma también. ¡Ah! he
estado junto a ella más de quince días, cuidándola día y noche; la pobre
no tenía tranquilidad, aparente a lo menos, sino al verme a su lado:
¡ha muerto en mis brazos! ¡Qué amiga tan santa he perdido en ella! Yo
tuve la fortuna de inspirarle una fe y una resignación que ella no
sentía como yo, al nacer la amistad que nos ha unido; pero ha muerto en
la esperanza y, creo poder asegurarlo, en gracia de Dios. ¡Qué vacío ha
dejado junto a mí semejante pérdida! Vivía en Mâcón, frente a mi casa, y
al ver la menor señal de turbación o de dolor en mi semblante, corría a
mi lado a consolarme y compartir conmigo las penas. Al morir quería
legarme toda su fortuna, pero yo no lo he consentido: únicamente, y como
recuerdo de amistad, he consentido en admitir algo de lo que constituía
su fortuna, que no era escasa. Consiste este recuerdo en una pequeña
propiedad que poseía en Saint-Clement, al lado de la puerta de Mâcón,
hoy en mi dominio.
Sin esta incomparable amiga, que buscaba mis tristezas y mis necesidades
cuando yo las sufría por mis hijos, en el fondo de mi corazón; que se
olvidaba de sí propia para venir en mi socorro y que hacía
frecuentemente más de lo que podía, no sé muchas veces lo que hubiera
sido de mí.
¡Ah! ¡que nuestro afecto dure y se eternice allá en el cielo como yo
deseo! No dejaré pasar ni una noche ni una mañana sin rogar por ella, y
cuando vea delante de mis ventanas, a la otra parte de la calle, aquella
ventana cerrada para siempre, o encuadrando otras caras, ¡cómo se
partirá mi corazón de tristeza y de pesar, sino la entreveo a ella...
allá en el cielo!...
¡Cuánto debo yo a mis buenas amigas! Creo verdaderamente que la amistad
es la forma visible de Dios. El mismo corazón divino parece entendernos,
hablarnos, comprendernos y abrirse, en el corazón de nuestros amigos. No
he tenido privilegiados en ningún lance de mi vida; cuando me han sido
arrebatados, no he creído jamás haberlos perdido, ¡tan presentes los
tengo! Poseo ahora un cariño extraordinario a la joven y bellísima Mme.
Delahante, sobre todo, y a pesar de la diferencia de edades, ella me ha
tomado como a su segunda madre; la quiero como si fuera mi hija.