CXI

Hay aquí una interrupción: el manuscrito no continúa. Aquella pobre

madre ha hecho un viaje a París. He aquí la causa. Habíanla escrito de

allá, que su hijo estaba enfermo de una afección al pecho; púsose en

camino la noche del 12 de febrero en compañía de su hija Susana, joven

de dieciséis años, más parecida por su belleza a un ángel que a una

criatura humana. En sus notas de viaje se observa ligeramente que en

Chalón-sur-Saona tuvo el disgusto de encontrarse con una mascarada

grotesca, en la cual todos los objetos de su devoción, esto es, la

piedad, la religión, la monarquía y el pudor, estaban groseramente

ridiculizados; su alma se contrajo dolorosamente bajo este que le

pareció funesto augurio, presintiendo alguna catástrofe; al pasar por

Auxerre, una voz salida del fondo de un coche público, gritaba con voz

de trueno: «El duque de Berry ha sido asesinado». Aquella buena madre

llegó a París tristemente emocionada, pero sin ver cumplidos los fatales

augurios. Su hijo había entrado en el primer período de convalecencia y

había sido asistido cuidadosamente por sus amigos, los cuales se

hallaban a su lado en la pequeña bohardilla que le servía de habitación.

Su alegría fue inmensa y pronto olvidó las malas impresiones recibidas

durante el viaje, al saber que las primeras poesías de su hijo debían

aparecer luego impresas en un pequeño volumen. Esas poesías le habían

conquistado en poquísimo tiempo las simpatías generales y un buen

nombre. M. de Talleyrand mismo, este juez desdeñoso e infalible, acababa

de dar la señal de admiración. La dichosa madre recibió una carta al día

siguiente de la publicación del tomo de su hijo. El diplomático decía a

la princesa*** que le había proporcionado el volumen: He pasado la mayor

parte de la noche leyendo. Mi insomnio es una sentencia. No soy profeta,

no puedo deciros cuál será el efecto que produzca en el público, pero el

público mío, que lo componen mis impresiones, y que se oculta bajo mis

blancos cabellos, oigo que dice: «Aquí hay un genio». Ya tendremos

ocasión de hablar más despacio.

No es esto todo; los amigos de su hijo, confirmándose en la benevolencia

del aplauso público, hombres y mujeres, aprovecharon este momento de

calor para abrumar a solicitudes al ministro de Negocios Extranjeros. M.

Pasquier, literato también al mismo tiempo, nombró inmediatamente al

joven poeta secretario de la embajada de Nápoles. M. Simeón, ministro

del Interior e Instrucción pública, le remitió de parte del rey Luis

XVIII una colección de los clásicos latinos de _Lemaire_ con el

lisonjero testimonio de la satisfacción de S. M., quien le concedía

espontáneamente una pensión literaria, con cargo al presupuesto del

fomento de la literatura; cuya pensión venía destinada a suplir en parte

el pequeño sueldo que disfrutaba en la diplomacia.

La vida, la fortuna, la ambición, la gloria, y, sobre todo, el favor

general, estallaron al mismo tiempo sobre aquella existencia por tanto

tiempo retraída y desesperanzada. El corazón de la madre se inundó de

alegría. La celebridad de su hijo, la admiración que causó en París la

extraordinaria belleza de Susana, su hija idolatrada: las presentes

alegrías, las halagüeñas esperanzas del porvenir y sobre todo la

esperanza de que su hijo podía más adelante enlazarse con la joven

inglesa, de tal manera excitaron la mano temblorosa de la madre, que

durante tres meses, se observa en las páginas del _diario_ un

embriagador entusiasmo.

Estas páginas son demasiado íntimas; permita el lector que sobre ellas

guarde secreto. Existe una, sin embargo, que debo hacerla pública por la

extraña coincidencia profética de sus leyes, y de los sentimientos entre

el destino de la madre y el del hijo.

La noche del día de Pascua de 1820, escribe ella, se sintió «como

ahogada por su propia dicha y por la de sus hijos», y tuvo necesidad de

ir, a la caída de la tarde, a reponer su corazón demasiado lleno de

gracia y de lágrimas, a la iglesia de San Roque, donde ella iba a orar

frecuentemente en los primeros años de su juventud. Entra en el templo

acompañada de su hija Susana, y se arrodilla al lado de uno de los

pilares de la iglesia para dar gracias a Dios por los inmensos favores

que acaba de recibir. Aquellas oraciones, o mejor dicho, aquel himno que

dejó escrito, surge de su _diario_ envuelto en las últimas lágrimas de

júbilo y de piedad que derramó sin duda en medio de aquel éxtasis de

concentración ante Dios. ¡Todos los hijos deberían poder leer líneas

parecidas, para que, observándolas, como depende de ellos, casi siempre,

no amargar con desdichas, y sí llenar de felicidades, los corazones de

sus madres!

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 182 / 235 题