Nada de nuevo, si no es que me ha escrito diciéndome que Alfonso ha sido
bien recibido con mucha distinción entre personas de la mayor
concurrencia, donde su personalidad y sus talentos produce, según la
expresión de Mme. Vaux, mi hermana, un tipo de entusiasmo. Ella me cita
los nombres de una multitud de personas entre las cuales he conocido sus
madres en mi juventud: la princesa de Talmont, la princesa de la
Tréouille, Mme. Raignecourt, la amiga de Mme. Elisabeth, Mme. de
Saint-Aulaire, la duquesa de Broglie, hija de Mme. de Staël, Mme. de
Montcalm, hermana del duque de Richelieu, Mme. Dolomieu a que conocí en
la casa de la duquesa d'Orléans; y muchos hombres eminentes que se
apresuraron a ofrecerle su amistad, a él antes tan oscuro; el joven
duque de Rohan, el virtuoso M. de Montmorency, M. de Molé, M. Lainé, de
quien se dice ser un gran orador, M. Villemain, discípulo de M. de
Fontanes, que conoció en casa de M. Decazes, el favorito del rey, y
otros más que no recuerdo. Puede decirse que es ya conocido de todo el
mundo; empieza a sentirse una especie de rumor sordo precursor de la
gloria. ¡Qué satisfacción para una madre ver a su hijo en el pináculo de
la fama!... Estoy satisfecha de la inesperada acogida de que ha sido
objeto mi hijo, pero pido a Dios antes que la gloria y los honores, que
sea un hombre digno, y buen cristiano, como lo es su padre. Todo lo
demás, ya lo he dicho otras veces, no es más que vanidad.