Martes, 9 de marzo 1819, en Saint-Amour
en el Franco Condado.
Al salir de Chambery el jueves, día 4, he realizado mi proyecto de
atravesar el monte Chat para venir aquí, en donde me encuentro desde el
viernes, día 6, a la caída de la tarde: ha sido una larga jornada por
aquellos espantosos caminos y ásperas pendientes. M. de Costa, que posee
un castillo al pie del monte, nos ha proporcionado dos caballos para la
subida; a pesar de ello me he visto precisada a caminar a pie en varias
de las numerosas y casi inaccesibles revueltas de la carretera, donde
era preciso contener las cabalgaduras; yo estaba llena de miedo viendo,
a una profundidad enorme y espantosa, grandes precipicios y el lago
Bourguet, en el cual podíamos sepultarnos al más pequeño descuido.
El descenso a la otra parte de la montaña, es al principio más suave,
pero, en Yenne, la pendiente vuelve a empezar de nuevo; viene a ser una
limitadísima cornisa sin parapeto, pegada por una parte a las
elevadísimas rocas de la montaña y teniendo en la otra, sin el menor
amparo, el caudaloso Ródano a tres o cuatrocientos pies de profundidad.
A la otra parte del río existen aún las enormes rocas donde estuvieron
las célebres prisiones de Pierre-Chatel, cuyo edificio pertenecía al
Estado. El paisaje es allí magnífico e incomparable: entre dos rocas
enormes hay un desfiladero: después de los días transcurridos, aún temo
que aquellas masas de prodigiosa altura se desprendan y nos sepulten
entre sus peñascos.
En todo se admira la inmensa pequeñez de los hombres y el poder de Dios.
Si reflexionáramos detenidamente lo poco que somos y valemos, siempre
estaríamos prevenidos para recibir la muerte, porque cualquier accidente
puede ocasionarla: no es así, sin embargo... ¡Oh! el orgullo humano es
grande. El hombre no advierte lo que la Naturaleza le muestra
constantemente; esto es, la realidad de lo eterno.
¡Cuánto orgullo hay en este bajo mundo!
¡Cuánta demencia!
* * * * *
Me encuentro en casa de mi hija Cecilia, descansando de mis fatigas
cotidianas; ella vive completamente dichosa; es adorada de todo el mundo
por su dulce carácter, y se ve rodeada de hermosísimos hijos cuyo número
aumenta cada año. Este pueblecito de Saint-Amour es delicioso. He tenido
ocasión de entregarme a mis reflexiones; tuve un gran disgusto al
separarme de mi Cesarina, y ella, por su parte, lo tuvo también al verme
partir. Siempre que estoy turbada y abrumada, despejo mi cabeza
reflexionando. Pero jamás sabemos de cierto en este mundo cuándo obramos
bien o mal: Dios lo quiere así para tenernos humillados siempre en
nuestra propia desconfianza. A él recomiendo continuamente aquella hija
querida, que dejé rodeada de una familia llena de virtudes de todo
género, y particularmente de piedad, dispuesta, al parecer, a amarla más
cada día.
Goza su esposo de mucha consideración, y aunque tiene más edad que ella,
se aman entrañablemente. Ella alternará con lo mejor de la sociedad del
país. Sus haberes, dado el cargo que desempeña su marido, son
suficientes a sus necesidades, porque aun cuando en el fondo no sea su
fortuna muy considerable, es seguro que la irá aumentando rápidamente.
En Chambery abunda poco el lujo, todas las fortunas son limitadas:
tengo, pues, motivos para creer que ha de vivir con desahogo y
tranquilidad.
La que hoy empieza a ocuparme es mi Susana, belleza de otro género, pero
belleza incomparable que llamo la atención de toda la sociedad de
Chambery y de la juventud de Piamonte, donde me la llevé cuando fuimos
a acompañar a su hermana para el casamiento. No se oían más que elogios
para ella, pero es tan cándida y sencilla, que no se preocupa lo más
mínimo de su belleza. Se me habló ya de un buen partido para colocarla.
¡Ah! ¡Si yo pudiese casarla más cerca de mí, y casar también a Alfonso!
Quién sabe, Dios mío, si de esta suerte olvidaría esta dichosa carrera
que le tiene preocupado y que acaso no conseguirá jamás.