CIII

Domingo, 21 de febrero de 1819.

El día 17 hemos llegado a Chambery; están los caminos intransitables y

hemos hecho el viaje en largas jornadas. La mayor parte de la familia

nos esperaba con impaciencia; hemos sido recibidos como príncipes.

Cesarina parece estar en su elemento, simpatizando con las gentes de

este país, que son buenas y sencillas; nos colman de atenciones, que

verdaderamente puedo calificar de amistosas.

Felicítome mucho todos los días por este casamiento, que tantos

disgustos me ha costado figurándome que había dificultades de verdadera

monta para realizarlo.

La figura de M. de Vignet no es muy notable; su fortuna es mediana; temí

muchas veces cometer un disparate; ¡y he sido yo quien lo ha hecho todo!

Rogué muchísimo a Dios que me diera acierto y que aclarase mis dudas, y

veo ahora con satisfacción que todo lo que pueda llamarse verdaderamente

cuerdo y razonable, se encuentra en este matrimonio. He podido

comprender que Cesarina no ha encontrado la menor repugnancia en la

figura de M. de Vignet; estoy segura de que le amará... Tengo la

satisfacción de ver que no me he equivocado; Cesarina le ama en efecto.

La reputación de M. de Vignet está bien cimentada y es hombre de grande

ingenio, muchos conocimientos y méritos de toda especie; su familia es

de las principales de este país, y es seguro que llegará a ocupar los

puestos más eminentes a que pueda aspirar, dada la carrera que tiene,

así por propios méritos como por el apoyo de su tío el conde de Maistre,

actual canciller. Tiene una hermana, buena y amable, que vive con él, y

un hermano, antiguo amigo de Alfonso, el cual ha resultado ser la

principal causa de este matrimonio.

Soy, por lo tanto, muy dichosa en haber encontrado una salida tan

honrosa para reparar todas las imprudencias que a causa de mi debilidad,

había cometido. ¡Cuántas veces yo misma me he reprochado aquella

conducta!

Pero en medio de la satisfacción que siento, recuerdo con honda pena al

joven que tan enamorado estaba de Cesarina y al cual apoyaba en sus

pretensiones. ¡Pobre joven! ¡Cuánto habrá sufrido!... Puesto que no

queda ya ninguna esperanza, es preciso, pues, romper del todo, lo antes

posible; Dios me ayudará como me ayuda siempre, y yo no me cansaré de

repetirle millones de veces mi reconocimiento por los beneficios que me

concede.

Con gran lucimiento hemos celebrado la boda aquí y en Mâcón.

El Manuscrito de mi madre aumentado con las comentarios, prólogo y epílogo · 第 170 / 235 题