Mâcón, 18 de marzo de 1819.
Otra vez me hallo en Mâcón, pero muy intranquila, porque el encono de
los partidos políticos se halla en Francia muy excitado. A mi marido y a
mí se nos critica porque no participamos de la cólera de nuestros
correligionarios los realistas; esto, a mi entender, no es religioso ni
realista; que los hombres no creo hayan sido llamados al mundo para
injuriarse. Tanto mi marido como yo, nos hemos visto obligados a
separarnos de nuestras más íntimas relaciones sociales, encerrándonos en
nosotros mismos: nosotros nos contentamos siendo fieles a los Borbones,
sin perder por esto nuestra sangre fría, nuestro espíritu de justicia ni
nuestras almas. ¿No existen acaso bastantes pasiones a que hacer frente
dentro de nosotros mismos, sin necesidad de encender los odios políticos
en que arden en este momento los espíritus? Dice mi marido que él dio
su sangre a los Borbones el 10 de Agosto y que está dispuesto a
derramarla nuevamente: pero que él no abandonará jamás su buen sentido a
los furores de sus partidarios. Sin embargo, está triste y sufre mucho.
Así, dice él, es como se fomentan las guerras civiles. Los enemigos de
los realistas también están excitadísimos, de suerte que nos encontramos
en medio de dos partidos y en nuestro propio país proscritos y
sospechosos a unos y a otros. ¡Dios mío, derrama sobre todos el espíritu
de paz y de justicia! Alfonso ha partido otra vez para París. ¿Qué
objeto tendrá su viaje?