Alfonso recibió ayer un paquete de cartas de su mejor y más íntimo
amigo, M. de Virieu, quien le llama a París inmediatamente. El ha
vendido su caballo para hacerse con cien pesos; yo le he dado además
todas las economías que poseo. Ya ha partido. M. Virieu, quien ha
ingresado en la carrera diplomática y se interesa por Alfonso tanto como
él mismo, le decía en sus cartas que el conde de Lagarde, nuestro
embajador en España, estaba decidido a llevarle consigo a Madrid.
¡Quiera Dios que este proyecto se realice!
* * * * *
Todo ha fracasado. Alfonso acaba de volver más descorazonado que nunca
por los acontecimientos que le vuelven a sepultar nuevamente en la
inacción y la oscuridad. M. de Lagarde, que le conoce, y que hubiera
deseado llevarle consigo, no le ha sido posible, y ha partido, para
Madrid, dejando a mi pobre hijo en el mayor desconsuelo.
¡Si yo pudiera obtener para mi hijo la resignación que yo poseo! Pero el
es joven y es natural que sus pensamientos sean distintos a los míos.
El proyectado casamiento de mi Cesarina, resulta decididamente
irrealizable, me he visto obligada a decírselo así a este pobre joven.
La familia se ha obstinado en la negativa más absoluta; estoy
desesperada y he llorado mucho; el pobre joven parece resuelto a esperar
aún contra toda esperanza. También Cesarina está muy triste, pero bien
penetrada de su deber; teme, dice, que si fuerza por sí misma las
repugnancias, el descontento de aquellos de quienes nosotros dependemos
recaiga sobre mí. ¡Lástima grande que así se rompan las esperanzas de
dos almas puras que sentían una hacia la otra cierta inclinación
natural, por cierto bien inocente! Afortunadamente, el tal efecto no
constituía para Cesarina una pasión absoluta, y si únicamente una
simple disposición amorosa, y el reconocimiento natural en quien se ve
amada con vehemencia. ¡Pobre muchacho!
Me han hablado de otro matrimonio para mi hija con un hombre de mucho
mérito que ha pedido su mano; he conferenciado con ella sobre el
particular, y parece que se presta a la realización de dicho proyecto;
creo que ha reflexionado y está resuelta. No he podido comprender si
ella se ha manifestado condescendiente por sacarme de apuros o si ve
alguna razón de conveniencia particular: yo procuraré estudiar este
asunto con detenimiento. Alfonso me dice (y tiene mucha razón), que no
haga violencia alguna contra los sentimientos y afecciones que pueda
profesar a otra persona.
Me dice también mi hijo, que si es necesario él me apoyará contra todas
las oposiciones de la familia, hasta el momento en que sea completamente
libre de seguir sus inclinaciones naturales; Cesarina, al oír esto ha
contestado que no había experimentado más que el natural sentimiento en
toda persona reconocida a otra a quien ha inspirado una pasión, y que
seguiría sin pesar alguno la voluntad de la familia, que se uniría sin
repugnancia al hombre apreciable que se le destinaba; parece, por lo
tanto, que hay en ello tanta reflexión como simpatía. ¡Feliz el marido a
quien la Providencia le depare tan angelical criatura!
* * * * *
Al poco tiempo, o sea el 21 de febrero de 1819, se ve que la obediencia
de Cesarina se trocó en verdadera felicidad, al menos en apariencia.